EDAD DE ORO DE LA CRONICA.
Crónicas de otras muertes y otras vidas. Selecciones de sucesos.
Recopilación, prólogo y notas: Rogelio Echavarría.
Editorial Universidad de Antioquia, Medellín. 1993.
Reseña de Dario Jaramillo Agudelo
Cuando algunos de los redactores de El Espectador, clausurado por Rojas Pinilla en 1956, se vieron sin trabajo, se agruparon alrededor de un Semanario, Sucesos, que sobrevivió durante 280 números dirigido por Rogelio Echavarría y Felipe González Toledo.
El poeta Echavarría realizó para la colección de periodismo de la Universidad de Antioquia, una selección de crónicas publicadas en Sucesos y el resultado es un libro entretenido y variado, con páginas que el lector de hoy, distante 30 años de los hechos que las originaron, se las lee con auténtico placer. Un libro entretenido, de buen periodismo, que es como decir buena literatura. Palabra bien escrita, palabra como arte, que en estas crónicas no se refiere a hechos imaginados sino a noticias de la vida real.
Con respecto a la crónica actual -si hoy existe algo comparable a lo que se entendía por tal hace 30 años-, las crónicas de Sucesos tenían otro sentido de la extensión. Entonces se escribía más y, acaso, había más individualidad, hoy homogenizada por paradigmas, manuales de estilo e imperativos de la brevedad (por ejemplo: ¿quién, entonces, se atrevía a reseñar un libro en cuatro párrafos?). Por lo demás, esta antología es una buena muestra de que la primera persona, el cronista como cuasi-protagonista, no es propiamente un invento del nuevo periodismo.
El libro se abre con la recopilación de crónicas de Felipe González Toledo sobre la muerte y proceso de Gaitán. Rogelio Echavarría no lo rebaja de "el más grande reportero judicial y uno de los mejores cronistas de Bogotá en el presente siglo." La lectura de estos textos y el pequeño volumen publicado por Colcultura hace veinte años confirman las afirmaciones del poeta. Las casi cien páginas de González se leen como un folletín policíaco.
La segunda parte del libro se abre con dos crónicas -también de corte policíaco- de García Márquez, quien en ese entonces ejercía el periodismo en Venezuela. Donde también estaba Plinio Apuleyo Mendoza, autor de otra crónica, también policíaca y -en algo- relacionada con Gaitán. Después de ellos desfila una pléyade de periodistas: Carlos Villar Borda, Guillermo Cano, -un reportaje sobre Dominguín y Lucía Bose-, José Guerra -que escribe sobre el hijo colombiano de Josefina Baker-, Dario Bautista, quien traza lo que hoy llamarían un "perfil humano" de Luis Angel Arango. Hay crónicas deportivas y de hípica. Y no podían faltar los poetas: Arturo Escobar Uribe escribe sobre un poeta maldito colombiano bastante desconocido, Claudio de Alas, una especie de Barba Jacob que vivió en Chile y Argentina; y de Juan Lozano y Lozano hay una deliciosa crónica sobre León de Greiff. El espacio se agota, quién fuera cronista, sin agotar el contenido de este legibilísimo volumen.
