El hilo de los días
Piedad Bonnett
Premios Nacionales de Cultura
Colcultura, 1994.
Reseña de Dario Jaramillo Agudelo
Piedad Bonnett (Amalfi, Antioquia, 1951), profesora universitaria, traductora, al filo de sus cuarenta años había publicado un libro de poemas De círculo y ceniza (1989) y el año pasado la Fundación Simón y Lola Guberek estaba editándole el segundo, Nadie en casa, cuando el tercero se ganaba el Premio Nacional de Poesía: El hilo de los días que Colcultura y Tercer Mundo acaban de editar.
Los poemas de Piedad Bonnett no relampaguean de imágenes deslumbrantes ni metáforas originales. Es convencional en el vocabulario de palabras poéticas aceptadas como poéticas según el uso del poeta promedio en castellano. Encuentro su valor en un tono conversacional, de confidencia es decir, de confesión, que le imprimen un sello de autenticidad, precisamente por su talento para darle verosimilitud a la voz poética, al ser humano que se expresa con ella.
A la vez, ese ser humano testimonia pensamientos y emociones propios de una vida corriente, posibles en otro que no se crea demasiado excepcional. El hilo de los días se divide en tres partes, la primera con el mismo título del libro, una secuencia de poemas alrededor de la casa de la infancia. Desde la puerta ("luce de verde como invitando a entrar", pero "en su ansiedad el visitante olvida que esa puerta... está hecha también para salir"), pasando por la sala, el cuarto de costura, el comedor, las pesadillas en la alcoba de la infancia, la cocina, hasta el poema que cierra el ciclo desgarradoramente: "Tenía techo el mundo entonces... ¿Qué poderoso cataclismo, que oscura y sistemática tarea nos dejó a la intemperie sufriendo viento y lluvia?".
Las otras dos partes, que leo como continuación argumental de la primera, se titulan "Los cuchillos del alba" y "La cicatriz en el espejo", alguien que vive el miedo propio y de los otros, entierra a sus muertos, descansa los domingos, padece la violencia de la esquina y su humillación por verse asaltada en su casa. Alguien que, contra todos esos males, se cura con poesía: "El poema es también tirabuzón, anzuelo que se tira en viejas aguas. Máquina de hacer pompas de jabón. Es vendaje, es compresa, es sanguijuela que extrae los venenos de la sangre. Juguete de latón, consolador de viudas. Monstruo de mil cabezas, matita que sembramos en medio del jardín, conjuro mágico, bisturí, cuerda floja, cobertizo. Estos apenas son algunos de los muchos, los incontables usos del poema...".
