En Secreto
Germán Castro Caicedo
Planeta, Santafé de Bogotá, D.C., 1996.
Reseña de Dario Jaramillo Agudelo
La paradoja consiste en la sensación, por un lado, de placer en la lectura de Germán Castro Caycedo y en la gratificación íntima que produce comprobar que existen periodistas valerosos, muy valerosos, en Colombia, comprometidos hasta los tuétanos con la fidelidad a sus descubrimientos, aún a costa de riesgos casi siempre atinentes a la conservación de la propia vida. Pero, por otro lado, en contraste, está también la sensación de horror que suscita la visión apocalíptica de un país violento, violentísimo, que nunca ha dejado de estar en varias guerras simultáneas y donde el imperio de las armas convierte la ley en un chiste cruel y el estado en un testigo pasivo, ensangrentado e ineficiente hasta el ridículo.
En Secreto contiene cuatro extensos reportajes que recorren treinta años de nuestra historia reciente. El primero con Jaime Arenas; eran los sesenta, la etapa romántica e idealista de la guerrilla colombiana. Allí, Arenas da testimonio de Camilo Torres y de sí mismo, del inútil martirio del primero y de su propia decepción de un ELN que desprecia a los intelectuales y le rinde culto a la fuerza.
En un movimiento parabólico, En Secreto continúa con una extensísima entrevista a Jaime Bateman, el malogrado líder del M-19, adicto al maní y al mamagallismo, justificador de secuestros y, en el fondo un populista algo cándido ("lo que queremos es que todos los colombianos tengan su Renault-4", decía), acaso con una capacidad de liderazgo mayor que la de todos sus suscesores en la cabeza del Eme.
El tercer testimonio establece el contraste entre el idealismo sangriento de los sesenta y setenta, y el sangriento horror de los ochenta y noventa. El único denominador común es la sangre. Se trata de una conversación con Carlos Castaño, jefe de las autodefensas antiguerrilleras de Córdoba. Sin negar sus propias tropelías, Castaño pone en evidencia la ineficacia del ejército para combatir la guerrilla, la pérdida del ideal político de ésta, reducida al más vulgar y abusivo bandolerismo, y la cadena de venganzas que perpetúa la violencia.
El último reportaje del libro recoge los recuerdos de Castro Caycedo de sus conversaciones con Pablo Escobar. "Soy todo lo que quise ser: un bandido" fue lo primero que le espetó. Y cuenta la complicidad de Noriega, de Somoza y de los sandinistas con el narcotráfico. Flota en el reportaje la adicción a la violencia del supercapo, quien hace explícito el juicio que acabó por apoderarse de toda una sociedad perpleja y sin valores: "yo no sé a todas éstas quién es honorable y quién es pendejo".
