>Correspondencia
Carlos E. Restrepo, Fernando González
Editorial Universidad de Antioquia, 1995.

 

Reseña de Dario Jaramillo Agudelo

   

En Colombia son escasas las correspondencias. La expurgación, cuando no la desaparición de los archivos, combinados con la extinción del hábito de escribir cartas, indica que llegamos tarde al género. Existen algunos epistolarios (Bolívar y Santander) políticos publicados, algunos más filolóficos que literarios (Cuervo), otros lo mejor del Nadaísmo como Correspondencia violada, de manera que la aparición de la Correspondencia entre Fernando González y Carlos E. Restrepo es un aporte al género.

En Medellín y algunos municipios circunvecinos se sostiene la curiosa teoría de que Fernando González era filófoso. Existen tesis universitarias y espesos volúmenes que parten de ese supuesto, adornado con una lista de otras habilidades para la historia y la sociología. Don Fernando también se lo creía.

La primera ventaja de este volumen es que González no ejerce de filósofo, ni de historiador, ni de teórico social en las cartas que le escribe a su suegro, el entonces expresidente de la república Carlos E. Restrepo. Aquí se limita a ejercer de yerno, rol al que le quedan bien sus mejores cualidades la sinceridad, su sentido religioso, y aún sus defectos más ostensible, como el exceso de emocionalidad, su amor al dinero y sus afanes burocráticos.

El suegro poderoso hace nombrar cónsul en Marsella al autodenominado filósofo, que le escribe: "Estoy feliz de empleado, sobretodo desde ayer. Nada hay tan reconfortante como esos cheques rayados que vienen de Londres. Son mejores que la Imitación de Cristo. El ideal socrático: que el Estado mantenga a los filósofos sucios en el Partenón. Pero la gente es generalmente muy ingrata con los filósofos". Entretanto el suegro, zorro viejo, le da el consejo que dan los políticos: "No se comprometa".

Esta correspondencia tiene valor documental. Su tono es íntimo, familiar, se habla de dinero, de enfermedades, de amigos y enemigos, en la intimidad de la familia. Y González es un hombre provinciano que no renuncia a serlo de ahí su autenticidad y repleto de ideas hechas entre una cabeza terca: estos elementos revelan una curiosa visión de Europa y una fluctuante vida emocional: en una carta reniega con pataleta a la nacionalidad colombiana y le comunica a su suegro ilustre que le pedirá a su amigo y biografiado Juan Vicente Gómez que le otorgue la nacionalidad venezolana. A la siguiente, se colombianiza de nuevo. De seguro en el intervalo el suegro lo regañó, cosa que ignoramos, porque son pocas las cartas de Carlos E. y muchas las del autodenominado filósofo de Envigado.

 

 

 

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