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XINo hay rosa sin espinas.COMO yo tratase al siguiente día de mandar hacer un lindo vestido para presentarme en casa de Elisa, fui al correo á ver si tenía carta de mis padres. En efecto, la había para mi; mi madre era la que escribía, el contenido de su carta era siguiente: «Vega del Palmarito, febrero 20 de 18... «Mi amado Luisito: ¿Cómo podré pintarte el dolor de corazón al trazar estas fatales líneas que mi trémula mano y mi adolorida imaginación se rehusan á producir? ¿Cómo podré anunciarte el funesto suceso con que la Divina Providencia ha querido abrumarnos, dejándome á mí triste y desconsola viuda, y a tí desamparado huérfano?...... Tu amoroso padre, mi virtuoso y heroico compañero de tantos años, ha muerto víctima de un atroz pronunciamiento, que al llevarse la vida de nuestro apoyo nos arrebató la mayor parte de nuestra honrada fortuna. Sumergida en el más espantoso dolor, no había tenido fuerzas para paticiparte tan lamentable suceso, por no acibarar tu existencia. Vente pronto, pues no me queda más consuelo ni esperanza que verte. «Irene hace mucho tiempo que nos dejó, y está al lado de sus padres. Ruega al Señor que me dé valor, y recibe el corazón destrozado de tu tierna y amorosa madre, que espera verte antes de quince días.» Como un golpe de rayo que, desprendiéndose de lo alto de las nubes, hiende y destroza un bello y frondoso árbol, lleno de vida y lozanía, fué esta carta para mí: anonadado y sumergido en el más atroz dolor, corro, vuelo á encerrarme en mi cuarto, y allí, dando explosión á mi corazón destrozado, me entrego al más frenético dolor! Mi acudiente, que ya lo sabía, me trata de consolar; me manifiesta que siendo éste un golpe inesperado de la suerte, yo debo resignarme y disponerme á partir, siendo el único sostén de mi desdichada madre en tan amarga situación, y necesario además para asegurar el resto de nuestra menoscabada fortuna. El mismo hizo los preparativos de mi viaje, que se verificó dos días después de tan infausta noticia. Llegué en el espacio de doce días á aquella casa paterna, á donde volvía con un corazón distinto del que de allí había sacado, que yo había sufrido los mortales ataques de punzantes dolores y de pasiones desgarradoras. Caí en los brazos de mi anciana y triste madre, que me esperaba con la mayor ansiedad; llené de besos aquella mano para mí tan benéfica, y estreché contra mi pecho aquel corazón, parte de mí mismo y que tan digno de lástima y de consuelo se exhibió para mí en aquella lúgubre peripecia de mi azarosa existencia. Después de los primeros sollozos, mi madre me refirió como mi malhadado padre, Jefe político de Piedecuesta, había sucumbido víctima de su celo por el orden público, tratando de reprimir un pronunciamiento y salvar la Constitución del país y las vidas de los honrados vecinos: que en sus últimos momentos se había acordado de mí y me había recomendado fuese el apoyo de mi desamparada madre y un modelo de honradez y de virtud. Después de haber dado juntos un justo pábulo al dolor de tan lamentable pérdida, fuíme á descansar; al día siguiente díjome mi madre: -Hijo mío, los sucesos políticos nos ponen cada día más en la imposibilidad de vivir largo tiempo en estos lugares. Todos los animales y ganados nos han sido robados, y yo no querría por nada en el mundo que tú, mi única esperanza, mi solo amor sobre la tierra, fueras víctima, como tu padre, del odio de los partidos. Vendamos «el Palmarito», y sus plantíos; vendamos nuestra casa en el lugar y vámonos para Bogotá, donde nos radicaremos y yo podré supervigilar tu educación, rodeándote de mis maternales cuidados. Fué convenido, pues, que se haría aquella venta, la que se verificó, parte de contado y parte á plazos, y preparamos nuestro viaje á Bogotá para diez días después. Tan pronto como supo Irene mi llegada, voló á verme. Ya no era la tierna y fresca niña que yo había dejado y á quien alzaba en mis brazos en nuestros cándidos ó infantiles juegos. Era una linda joven, pero algún tanto seria. Sea efecto del estado de mi alma, ó de cualquiera otra causa, no me pareció tan atractiva como antes. Es verdad que yo no la amaba ya. Ocupado enteramente en los preparativos y celebración del contrato, tenía qué ausentarme frecuentemente á la villa, y esto, unido á los pocos deseos que yo tenía de verme á solas con ella, hacía que evitase una entrevista que no podía menos de sernos igualmente dolorosa, tanto á ella como á mí. Sin embargo, este temido momento llegó. Una noche, á hora muy avanzada, hallándome yo escribiendo en mi cuarto, y precisamente la víspera de nuestra marcha, sentí empujar la puerta: volví la cabeza hacia atrás y ví entrar á Irene. Estaba inquieta y turbada: díjela se sentase, y dejando la pluma, sentéme á su lado en un canapé. Ella rompió el silencio tratándome de ingrato, que la había olvidado y no la había escrito con frecuencia, y que después de tan largo silencio ella temía que mi corazón hubiese cambiado en Bogotá, en donde, sin duda, habría visto mujeres de mayor mérito y belleza. Tranquilicéla, ofreciéndole que mi frialdad no provenía de otra causa sino de la gravedad de los pesares que me abrumaban por la pérdida de mi padre, la aflicción de mi madre, el derroche de nuestra fortuna, el abandono y venta que, por fuerza, teníamos que hacer de nuestra propiedad, la ausencia de aquellos lugares y los multiplicados quehaceres que, por consecuencia de esto, tenía. Acordándome luego de la tierna compañera de mi infancia, que había sido el consuelo de mis amados padres, le pregunté si ella no había variado de sentimientos respecto de mí. La inocente hija de los campos díjome llorando: -¡Ah! ¡hombre ingrato! ¿Puedes tú creer en la volubilidad de mis promesas y falsía de mis juramentos? Conociendo cuán bella era aquella alma, cuán sencillo y cándido aquel corazón, enternecíme, tomé su mano, la estreché contra mi pecho y la dije: -Irene mía, compañera de mi infancia, de mis juegos, créeme que después de mi querida madre no existe en el mundo un ser cuya felicidad sea más cara para mí que la tuya. Mira, tan luego como mis asuntos se terminen y arreglen y concluya mis estudios en Bogotá, mi primer cuidado será hacerte feliz. Calmóse un tanto la enamorada doncella, y lo restante de su visita lo pasó refiriéndome minuciosamente los rápidos y dolorosos sucesos ocurridos en la posesión después de mi ausencia, y como ella se había retirado á cuidar de su madre enferma. |
