XIII

La orfandad y la oración

APRESURÉME á volver la espalda por última vez á aquellos valles poblados para mí de tan amables recuerdos, y por tercera vez entré en Bogotá en una noche más lóbrega y lluviosa que la primera. Llego á mi casa, golpeo á la puerta, sale á abrir­me una persona que me es enteramente desconocida: pregunto por mi madre, sin dar á conocer que yo era su hijo... ¡oh tormen­to!... la estrella de la desgracia que me acompaña me tenía pre­parado un nuevo sufrimiento, otro nuevo dolor!... la más terri­ble nueva se me da...-La señora que usted busca, se me dice, hace quince días murió, por consecuencia de una fiebre tifoidea que desolaba la ciudad!

Anonadado por aquel nuevo golpe, me senté á llorar en el umbral de aquella casa, para mí en otro tiempo tan amada, puesto que ella había encerrado lo más querido y sagrado para mí sobre la tierra. No quise buscar posada, y después dé haber colocado mi mula y montura en el patio de una casa pobre, que me era conocida, salí errante por las calles, para dar expan­sión libremente á mi dolor.

Fué aquélla la noche que hice por primera vez un ámplio conocimiento con ese frío marmóreo que se llama sereno, y que debía ser más tarde mi elemento habitual: sí, el sereno, del pobre, el compañero obligado de sus infortunios y de sus penas! Y en efecto, á pesar de los sufrimientos que hasta entonces habían lacerado mi corazón, no había yo bebido todavía á grandes tragos el cáliz de la amargura y del dolor.

Yo, joven de veinticuatro años, huérfano, arruinado y sin más compañero ni amigo sobre la tierra que mi angustiado y afligido corazón! Fué en aquella terrible noche cuando supe qué cosa es el infortunio: ví despedirse una á una las estrellas del firmamento, y oí contar la rápida oscilación del reloj, que anuncia á los mortales la velocidad del tiempo y la efímera duración de su quimérica felicidad. Sí, éste era un aprendizaje que debería serme útil más tarde, porque yo no estaba aún sino en el prin­cipio del sufrimiento y del dolor.

La mañana me sorprendió en los bancos de la Capuchina. Entumecido por el frío de la noche, y herido por el más hondo pesar, yo no podía llorar..... Había llorado tanto!... En veinte y cuatro años ya la fuente de mis ojos se había agotado, y Dios me negaba hasta el consuelo de las lágrimas!.....

Pero yo vertía otras interiormente, y puedo decir que las he­ridas de mi afligido pecho se desangraban allá dentro, gota á gota...

Fuíme maquinalmente, y al pasar por frente á San Juan de Dios tocaban á misa de seis. Entróme en aquel templo, y postrado ante las aras del Dios que, en medio de mis torturas, juzga­ba era para mí tan inclemente, le pedí consuelo y valor, y aun más le pedí; le pedí el perdón de mis delitos y ofrecí ante la imagen de su martirio y de su cruz el holocausto de mis aflicciones y acerbas penas. Consideré como un sacrilegio, como una blasfemia, quejarme dentro de aquellos tristes muros, donde habían resonado en tantos años los ayes del dolor de la carne y los clamores de la desesperación del alma... La mía se serenó: una santa resignación y una angélica paz bajaron de los cielos á mi corazón, y ésta fué la primera vez que experimenté los sublimes consuelos de la religión, que para mí ha sido el bálsamo refres­cante y el lenitivo de todas mis amarguras y dolores.

Salí del templo y fuíme á buscar un albergue pobre, pues yo no podía pagar otro. Encontrólo en una familia honrada, y luego, como yo tuviese que desempeñar los sacrosantos deberes que me imponía el recuerdo de mi adorada madre, fuíme á la casa en donde había entregado su alma al Creador, recogí todos sus muebles y alhajitas, últimos vestigios de lo que para mí había sido tan caro sobre la tierra. Entre éstos se encuentra, y con­servo todavía, un crucifijo que jamás he querido enajenar, ni aun en los mayores apuros de mi pobreza, y que es el compañe­ro en mi soledad y el confidente y consejero en mis trabajos.

Trasladéme luego al cementerio: me hice señalar el lugar que guardaba los restos preciosos, y allí postrado oré por el alma de mi difunta madre: pedíla perdón por los pesares y sinsabores que la causé en su vida, y me encomendé á su alma bienaventurada. Luego, dando un beso á aquella tierra que nos separaba para siempre, salí y fuí á ordenar que se grabase una lápida que indicase el lugar de su eterno reposo.

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