VI

El Diciembre

Yo entraba cada vez más en la sociedad y afecto de mis ca­maradas de colegio. Aprendí á bailar, á jugar, y fui presentado en varias tertulias por un amigo íntimo: poco á poco se iban borrando de mi pecho aquellos santos recuerdos, y empañándose el puro cristal de la virtuosa y santa educación recibida de mis buenos padres. De día en día la memoria de éstos y la de mi amada Irene perturbaban menos mi corazón, pues el juego, el baile, la orgía y serenata ocupaban mi atención.

Llega por fin el ansiado diciembre, y después de un lucido certamen, salimos á gozar de las frescas mañanas, de las misas de aguinaldo con música y de los alegres bailes. Yo había hecho conocimiento con un joven comerciante cuyo almacén quedaba contiguo al de mi acudiente. Este hombre era rico, ó á lo menos lo parecía: su edad de treinta y más años, su fisonomía vulgar y sin expresión, no revelaba ser accesible á otro sentimiento que al de la codicia.

En una de aquellas frescas y deliciosas mañanas en que, rebosando de placer y halagado por las más risueñas esperanzas, trepaba alegre, en compañía de un amigo de colegio, la larga cuesta que conduce á la capilla ó ermita de Egipto, en donde se celebraban, á la sazón, misas muy concurridas, con alegre músi.ca, en la que se dejaba oír la deliciosa bandola; llegamos al atrio del templo, y allí parados, noté entre las varias mujeres que pa­saban delante de mi vista, una que hacía parte de un grupo ele­gantísimo, acompañada de varios jóvenes y un señor de edad, que parecía ser el jefe de aquella familia. Esta mujer era esbel­ta de talle y de un aire noble, aristocrático y encantador. Seguíla involuntariamente, y aunque me coloqué en el templo en un sitio favorable y conveniente para continuar mis observacio­nes, no pude obtener de ella una sola mirada; tan embebecida así estaba en la lectura de su librito de oraciones, lujosamente forrado de terciopelo morado, con broches de platina. Concluido el oficio divino, salió en compañía de las otras, y al pasar saludéla con cierta timidez: ella me contestó con una ligera inclinación de cabeza y con seriedad; pero, ay Dios!... en aquella mira­da dirigida al tímido estudiante, se disparaba la saeta que debía atravesar mi adolorido pecho y causarme el más atroz y dilata­do martirio.

A mi regreso supe que esta jóven beldad se llamaba Elisa, que era hija de un opulento negociante, que pertenecía á una familia de la alta aristocracia, á la aristocracia millonaria, y por consiguiente, gente orgullosa y ensoberbecida con las riquezas, y que tenía varios hermanos que seguían la misma profesión de su padre.

Ah! señor, ¡quién hubiera pensado que á los ojos de aquellas gentes no hay peor delito que ser pobre!

Una sola vez la había visto, y aquella devastadora pasión, aquella cruel enfermedad que se llama amor, se había infiltrado en mi pecho y amenazaba causarme los mayores estragos.

En uno de los días posteriores pasaba yo frente á la espléndida y opulenta habitación de mi diosa encantada, que mas bien hubiera podido llamarse palacio, pero no la veía casi nunca al balcón. ¿Qué hacer para penetrar en aquel alcázar del Oriente?...

Enfermo y delirante cada día más y más, yo no tenía sino una idea fija; yo no hacía mas que girar en un círculo vicioso, y semejante á Ixion, yo daba vuelta á aquella interminable rueda. Yo me decía á mí mismo: ¿me amará? Ah! tal vez su corazón pre­ferirá otro amante; tal vez, decía....... no soy sino un insignifi­cante escolar de provincia, sin mérito y sin dinero.... Pero no, yo me haré presentar en la casa, me insinuaré en la confianza de la familia, declararé mi inclinación, me haré amar... Iré luego donde mi padre, le pediré la mitad ó las dos terceras partes de su haber, diez ó doce mil pesos...; ellos no necesitan de tanto... Qué sé yo cuántas ideas alimentaba mi febricitante imaginación....

Para colmo de mi desgracia, fuí al teatro el domingo siguiente, en asocio de la familia de mi acudiente. Ah! qué feliz y venturosa casualidad! En uno dé los palcos del centro, y contiguo al que yo ocupaba, se hallaba mi adorada Elisa. Bendije al Dios de los amantes y me coloqué convenientemente para observar y ser observado.

Ah! quién hubiera sabido que aquella casualidad, que tan próspera me parecía, iba á ser para mí un encuentro fatídico y una ocasión maldecida.....

La armonía de la orquesta que ejecutaba la Norma y otros trozos de música sublimes, el alumbrado y todos los esplendores de una noche de gran función, me parecían otros tantos homenajes tributados á la diosa de mis pensamientos y dueño de todos mis afectos. Yo estaba arrobado, y me sentía con una fiebre deliciosa, porque me veía á pocos pasos de, ella, y respi­rando su mismo ambiente perfumado. No me atrevía á contem­plar aquella cabeza divina que, no dado, estaría ocupada por pensamientos santos y celestiales, aquel pecho que encerraba el corazón que yo creía poseer y juzgaba latiría á par del mío; fi­nalmente, aquel delicado talle que, vestido de un lujosísimo traje, cual ángel del Señor, y que yo no sabré describir, me parecía que la habrían de arrebatar á mi vista! Ah! yo bebía trago á trago el tósigo fatal que debía volverme demente, y convertir la tierra para mí en un infortunio continuado y en el antro del infortunio y del dolor!

En uno de los entreactos dirigióse á una de sus amigas haciéndole yo no sé qué observación ó pregunta, y se sonrió... ¡Qué sonrisa y qué mirada!... En estas graciosas actitudes acabó de matarme!...

El mal era, pues, irremediable: yo debía apurar hasta las he­ces el cáliz de una pasión desgraciada. Concluyó la función sin que yo hubiese puesto la menor atención á ella; tan arrobado estaba en la contemplación del ídolo de mi pecho. Al verla desaparecer sentía que arrastraba consigo una parte de mi corazón.

Yo no sé si los qué han sufrido el terrible azote del amor han pasado, como yo, por lo que experimentaba entonces: me encontraba tímido y sentía como embotada mi mente: una especie de fluido magnético sé había esparcido por todo mí ser; mis ojos habían perdido su brillo, y sus pupilas no arrojaban sino un destello triste y marchito; mis mejillas estaban hundidas, y parecía que hubiera sufrido largas noches de insomnios y vigilias.

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