Capítulo I

A los treinta y un años Rimbaud estaba muerto. Desde la madrugada de sus treinta y un años escobar contempló la revelación, parada en el alféizar como un pájaro: a los treinta y un años Rimbaud estaba muerto. Increíble.

Fina seguía durmiendo junto a él, como si no se diera cuenta de la gravedad de la cosa. Le tapó las narices con dos dedos. Fina gimió, se revolvió en las sábanas; y después, con un ronquido, empezó a respirar tranquilamente por la boca. Las mujeres no entienden.
  
Afuera cantaron los primeros pájaros, se oyó el ruido del primer motor, que es siempre el de una motocicleta. Es la hora de morir. Sentado sobre el coxis, con la nuca apoyada en el filo del espaldar de la cama y los ojos mirando el techo sin molduras, Escobar se esforzó por no pensar en nada. Que el universo lo absorbiera dulcemente, sin ruido. Que cuando Fina al fin se despertara hallara apenas un charquito de humedad entre las sábanas revueltas. Pensó que ya nunca más sería el mismo que se esforzaba ahora por no pensar en nada; pensó que nunca más sería el mismo que ahora pensaba que nunca más sería el mismo. Pero afuera crecían los ruidos de la vida. Sintió en su bajo vientre una punzada de advertencia: las ganas de orinar. La vida. Ah, levantarse. Tampoco esta vez moriremos.

    Vio asomar una raja delgada de sol por sobre el filo hirsuto de los cerros, como un ascua. El sol entero se alzó de un solo golpe, globuloso, rosado oscuro en la neblina, y más arriba el cielo era ya azul, azul añil, tal vez: ¿cual es el azul añil? Y más arriba todavía, de un azul más profundo, tal vez azul cobalto. Como todos los días, probablemente. Aunque esas no eran horas de despertarse a ver todos los días. Nada garantizaba que el sol saliera así todos los días. No era posible. Decidió brindarle un poema, como un acto de fe.

              Sol puntual, sol igual,
              sol fatal
              lento sol caracol
              sol de Colombia.

   Y era un lánguido sol lleno de eles, de día que promete lluvia. Quiso despertar a Fina para recitarle su poema. Pero ya había pasado el entusiasmo.
  
    Quieto en la cama vio el lento ensombrecerse del día, las agrias nubes grises crecer sobre los cerros, el trazado plomizo de las primeras gotas de la lluvia, pesadas como piedras. Tal vez hubiera sido preferible estar muerto. No soportar el mismo día una vez y otra vez, el mismo sol, la misma lluvia, el tedio hasta los mismos bordes: la vida que va pasando y va volviendo en redondo. Y si se acaba la vida, faltan las reencarnaciones. El previsible despertar de Fina, el jugo naranja, el desayuno.
  
     Cada día pasaban menos cosas, y cosas más iguales, como si sólo sucedieran recuerdos. Al despertarse cada día tenía siempre la boca llena de un sabor áspero de hierro, la garganta atascada como un caño oxidado de sulfatos. ¿Se oxidan los sulfatos? ¿Se sulfatan los óxidos? Pasaba días enteros durmiendo, soñando vagos sueños, sueños de sorda angustia, persecuciones lentas y repetidas por patios de cemento encharcados de lluvia. Fina lo despertaba, le daba de comer, lo dejaba dormir, lo olvidaba en su sueño: a veces insistía en darle vitaminas, como si fuera eso. Había dejado de sentir, de esperar, de hacer planes, de pensar cosas complicadas, con incógnitas. A veces todavía -pero era por inercia- se le seguía viniendo a la cabeza algún poema: un poema bobísimo, como la bobería misma de componer un poema. La forma debe reflejar el contenido. Sí, pero para qué. Sí, pero ah... Como si su organismo por costumbre, fuera poniendo huevos sin querer: un breve esfuerzo, un hipo, y una cosa redonda queda ahí abandonada -asonante, consonante, infecunda. A los treinta y un años Rimbaud estaba muerto, por lo menos. Se sentía resecado, reblandecido, enfriado, moribundo, y rodeado de cosas terriblemente muertas. Y así, días. Semanas. Algo en él le decía que aquello iba a durar toda la vida. Y nada le decía cuánto iba a durar la vida.

- Mi amor, oye: -dijo Escobar sin moverse. Y recitó:

   Desde antes de nacer
   (parece que fue ayer)
   estoy muerto.
  
Fina lo miró con irritación.

- Es un poema que acabo de pensar- se disculpó Escobar.
- ¿Hoy tampoco te piensas levantar?
- Hoy tampoco. Pero me afeitaré, probablemente.
- Me muero de la rabia de verte todo el día durmiendo como un cerdo.
- Tú tienes un trabajo, niña. Y clases de ballet, de karate, no sé.
- Sal de la cama. Voy a tenderla.
- La mujer hacendosa es como el rayo.
- No pongas los ojos en blanco.
- No estoy poniendo los ojos en blanco.
- Estás poniendo los ojos en blanco. Lo sabes perfectamente.

  Fina tendió la cama, puso sábanas limpias. Escobar se metió de nuevo entre las sábanas frías, rompió la geometría de sus dobleces, inició nuevos pliegues, arrugas incipientes que al cabo de la mañana se habrían convertido en nudos tibios. Sin mirarlo, Fina recogió bolsas y talegos, carteras, cigarrillos, zapatillas. Salió. La puerta del apartamento se cerró de un golpe.

- ¡Tráeme hierba! - gritó Escobar.

Pero no hubo sino un silencio sin respuestas, vibrátil, casi dominical.

- Tráeme hierba, mi amor: es mi cumpleaños -dijo, en voz alta todavía, sabiendo que era inútil.
  
   Cuando uno está tendido bocarriba, y si pone las yemas de los dedos en cierto sitio del vientre, se diría que se oye pasar el tiempo. Escobar lo oyó pasar un rato largo. Sería bueno ir al baño antes de que volviera el sueño, antes de la primera siesta matinal. Retazos de imágenes, fosforescencias en la negrura tibia de los párpados cerrados, nubarrones negros y duros que se dejaban caer con una especie de graznido, un crepitar de fondo de pitos y motores, el golpear de la lluvia en la ventana: la mañana habitual. Y el llamado insistente de la vejiga, como un tamborileo. Se levantó con un suspiro. Empezó a caminar hacia el baño, mirando fascinado el juego de vaivén de los tendones bajo la piel de sus pies descalzos. Apoyaba el talón primero, sin verlo, sin sentirlo, y luego toda la planta, sintiendo la blandura de la alfombra en el arco del pie, y por último los dedos se pegaban unánimes al piso, como ventosas rosadas, los tendones, que tal vez eran más bien huesos metacarpianos, estiraban la piel y la hacían blanquear sobre el gris pardo de la alfombra; pero ya venía el otro pie de más atrás, lanzaba sus propios dedos unánimes contra el piso sus metacarpos, sus metatarsos: la monotonía terrible de la naturaleza. Orinó con unción. De niño era capaz de enviar el chorro a cuatro metros. Y ahora ya no. He vivido.
  
   Leyó por cuarta vez, quizás por quinta vez: jabón de crema con Eucerit (sustancia afín a la piel) que limpia y cuida la piel de todo el cuerpo, dejándola delicadamente suave. A los treinta y un años Rimbaud no sólo estaba muerto, sino que había renunciado por completo a la literatura, esa falacia: crema afín a la piel. Halló otro texto: nueva fórmula de componentes activos que proporcionan humedad y la incorporan a la piel. Verificó: no había ningún error: eran dos textos diferentes, dos productos distintos, dos frascos. Y otro más: crema renovadora. Y otro, en francés: lait de beauté. Qué poca variedad ofrece la literatura.

   Sacó de la biblioteca el tomo de la R y se derrumbó en el sofá con los ojos cerrados. El lomo frío de la enciclopedia le pesaba en el vientre. Dejó escapar un ay muy quedo y largo -un aaaaayaaaaayaaaaaaaaayyy sin fuerzas, sin y ganas, que le salía del alma. Dios mío, deben de ser apenas las nueve de la mañana. "Rimbaud, Arthur. 1854-1891. Poeta francés de la escue-". No es posible. De cincuenta y cuatro a sesenta son seis, a noventa y uno treinta y uno, y seis treinta y siete. Menos treinta y uno, seis: todavía me quedan seis años. No es posible. Hizo la cuenta restando 1954 de 1891. Lo mismo: treinta y siete. A los treinta y siete años de su edad, Rimbaud Arthur cedió a la gangrena en un hospital de Marsella. Seis años todavía: no hay error en las cuentas. ¿Pero por qué Rimbaud? En fin, las cosas son así. Tiene que haber algún poeta que haya muerto más joven. Algún efebo inglés. Pero pensar, buscar...

   Se bañó, se afeitó. Las once apenas. Se bañó nuevamente. Se embadurnó de crema con Eucerit. Resultó no ser tan afín a la piel como el texto prometía, y tuvo que volver a bañarse. Las doce, nada más. Habían pasado sólo tres horas de los miles de horas que caben en seis años: ejércitos de horas alineadas, pacientes, esperando su turno, horas que hay que matar una por una a medida que asoman la cabeza- que se ven venir una tras otra desde la curva gris del horizonte, como olas; que llegan a estrellarse por fin con un planazo contra la grava de la playa cuando ya asoman otras más, más lejos, una detrás de otra. Horas que van reproduciéndose sin que se sepa cuándo, preñada cada una de muchos miles de horas idénticas a ella. Escobar se miró largamente en el espejo. Media hora, tal vez. Señor, dentro de seis años estaré completamente calvo.

   Crema renovadora para cabellos secos y maltratados. Les devuelve su brillo, su suavidad y su flexibilidad naturales, prometía la etiqueta. Pero rechazó los auxilios de la ciencia. La una, tal vez la una y cuarto; con mucha suerte, y media. Desnudo todavía, salió del baño.

   A la una y media de la tarde las cosas se congelan en una gran quietud universal que remeda la rigidez de la muerte: inmóviles, bañadas por una luz también inerte. Cerrando el ojo izquierdo se las ve más doradas, y cerrando el derecho, más azules. Tonos fríos y calientes: todo está ya nombrado, todo ha sido ya dicho, y todo se repite. Todas las cosas están entonces unidas entre sí, comunicadas por una red compleja de corrientes subterráneas, torrentes silenciosos de la linfa incolora de la cual todas las cosas están hechas. En resumen -se dijo Escobar- todas las cosas acaban siendo cosas; sólo cosas, tal vez intercambiables. Da lo mismo, y quizás es lo mismo, orinar que mirar por la ventana. Fue a orinar otra vez. Miró por la ventana. Pensó orinar por la ventana, pero no le quedaba ya con qué. Era exactamente lo mismo: la misma transparencia un poco turbia. Todas las cosas son una sola cosa.

   - Me pregunto si no habré descubierto el secreto esencial del Universo- dijo en voz alta. El silencio chupó el sonido de su voz. Ya no estaba seguro de haber hablado en voz alta, ni recordaba tampoco los pasos minuciosos de su proceso reflexivo. El ser, la nada, la esencia, la conciencia. Tema para un poema metafísico. La esencia de un poema es el Poema. Y eso servía también para el primer verso del poema o inclusive para todo el poema: un poema es un poema es un poema. Pero eso está ya dicho, pero es que todo está ya dicho, pero es que todos los poemas son poemas son poemas. La palabra poema empezaba a sonarle cremosa untuosa, con un olor de agente activo, de Eucerit, mas bien dulzón. Poema, poema, poema. Se le quedaban grumos de poema pegados al paladar, en el fondo de la encía, a donde no llegaba la punta de la lengua, espesos y blancuzcos, con una consistencia espumosa de nata. Se metió en la cama, se cubrió la cabeza con las sábanas, y en la penumbra tibia, empezó a llamar a su madre con voz queda.

 

 


   Lo despertó con un peso de angustia el repiquetear taladrante del teléfono. Ahuecada, lejana, la voz entristecida de su madre.

- Mijo.
- Mamá.
- No me llamas nunca.
- Hace un rato te llamé. No contestó nadie.
- Estaba hablando con Ernestico Espinosa.
- Siempre estás hablando con Ernestico Espinosa, mamá, ¿De qué hablan?
- Ernestico es magnífico cardiólogo.
  ¿Qué era lo de su madre? ¿Hipertensión? ¿Infratensión, si así se llama lo contrario? 
- ¿Cómo sigue tu tensión?
- Igual.
- Ah.
- No vienes nunca, mijo.

   Tembló de sólo pensarlo. Una cosa es llamar a la madre en el trance severo de la muerte, y otra muy diferente visitarla. El informe saquito de huesos perfumado y pintado, arrebujado en chales en el hondo sillón, junto a la chimenea siempre encendida. La alta onda gris petrificada del cabello, el haz de tendones de la garganta aprisionado por seis vueltas de collares de perlas. Las sirvientas almidonadas y crujientes. Los tíos bebiendo whiskies pálidos, las tías empecinadas en el té. Ernestico Espinosa, con perfil ondulado y perfumado de cardiólogo, de perla en la corbata.
Monseñor Boterito Jaramillo, con su sotana de botones morados, perdidos en el cuello bajo su doble juego de papadas. Ricardito Patiño, poeta de salones, eructando su whisky con dulzura tras una larga mano desmayada, veteada de pecas grises, rojas, violetas. Las bandejas de plata de muffins y tostadas, el fulgor apagado de los frascos tallados de cristal, llenos de whisky y brandy. El fulgor obstinado de los marcos de plata con fotos desvaídas de difuntos: su abuelo don Foción, cinchado en su uniforme de general de la guerra; su padre con el dedo meñique estirado apoyado en la punta de una mesa, de frac, cuando era joven, cuando estaba vivo, cuando era plenipotenciario en Asunción; su hermano Focioncito con su sonrisa sepia de seis años y sus rizos de oro, arrebatado al cielo en la flor de la infancia.

- ¿Estás ahí?
- Sí, mamá.
- ¿Dónde estás?
- Aquí, mamá, en mi casa. Me estás llamando tú.
- Claro. Como tú nunca llamas.
- Hace un rato llamé.
- Pero no vienes nunca.
- ¿Y tu tensión? ¿Igual?
- Bajísima. Ernestico Espinosa me dice que nunca ha visto una tensión tan baja.
  En la voz de doña Leonor vibraba un desproporcionado orgullo.
- Ah...
- Es que claro: yo aquí sola en este caserón. . .
- ¿Sola? ¿Sola, mamá? "Nadie nadie la cuidaba / sino Andrés y Juan y Gil / y ocho       criados y dos pajes / de librea y corbatín".
- No te burles, mijo. El servicio está imposible. Les da uno la mano y le arrancan el codo. Es que en esta casa hace falta un hombre. "La voz del hombre es como el rayo", decía siempre tu papá, el pobre.
- Sí, mamá.
- ¿Por qué no te vienes a vivir acá? Para no estar tan sola. Tu cama está ahí, intacta, como cuando te fuiste. Y la de Focioncito.

   Escobar apartó el auricular y puso cara de mártir. Para nadie, en el aire. ¿Qué hora podría ser? Las dos, quizá. Las tres, calculo por la densa oscuridad del cielo hinchado de lluvia. Dejó que su mamá hablara un rato sola en la otra punta del teléfono. Arrepentido, volvió a escuchar. Doña Leonor hablaba todavía de Focioncito, arrebatado al cielo en la flor de la infancia.

- Mamá, por favor. Focioncito está muerto.
- Yo sé, mijo. Eso es lo malo. Si no, no estaría sola, tú lo sabes.
- Mamá, tú no estás sola.
- Ignacio, no te permito que vuelvas a decir que las sirvientas son compañía.
- No, mamá. Pero allá se la pasa todo el mundo. Tío Foción, tía Clemencita, tío Pablo, tía Memé -.
- Tu tía Clemencita está acabada.
- Bueno, mamá, pero tíos y tías, primos, primas, sobrinos, sobrinas, tu amigo Ricardito, Ernestico Espinosa que va a tomarte la tensión todos los días, monseñor Boterito Jaramillo que va todas las tardes a tomarse tu coñac, tu amiga Lulucita Pineda.
- Lulucita ya casi ni respira, mijo, la pobre. Parkinson. Ernestico no le da ni medio año. Y monseñor Botero Jaramillo tiene cáncer en la lengua.
- Sí, mamá, eso le pasa a todo el mundo.
   Se quedaron callados los dos un rato.
- Mijo.
- Mamá.
- ¿Qué haces?
- Nada. Estaba durmiendo. Me despertaste.
- Mijo ¿no piensas hacer nunca nada?
- No. Sí. No se. Estoy escribiendo un poema.
- ¿El mismo?
- Sí, mamá, el mismo.
- ¿Cuándo lo vas a publicar?
- No sé. Cuando lo acabe.
- ¿Y cuándo lo piensas acabar?
- No sé.
- Mijo.
- Mamá.
- Te vas a alcoholizar, mijo. Como Ricardito.
- ¡Mamá, por favor!
- No veo por qué te exaltas, Ignacio. A tu edad, Ricardito había publicado ya ni sé cuántos libros de poesía. Me acuerdo de uno que me dedicó a mí que se llamaba Ritos, Rimas. Restos. Ramos... ya ni se. Ruinas. Todo se me olvida. Es la tensión baja.
- Es que no me quiero volver como Ricardito, mamá. Precisamente.
A su edad, Rimbaud estaba muerto. Y a la de Ricardito, no digamos.
- No seas injusto. Ricardito tenía muy buenos versos.
- Dime alguno.
Al otro lado del hilo se oyó a doña Leonor pensar durante un rato.
- Ya no me acuerdo, mijo. Es la tensión. Es que estamos todos muy viejos, son pendejadas.
- Mijo.
- Mamá.
- Estoy muy vieja, mijo. Estoy muy sola.
   Escobar alzó de nuevo los ojos al cielo. Abandonó el auricular recalentado sobre el pecho. Lo recogió irritado.
- Mamá, tú no estás sola. ¿Por qué no te casas con Ricardito?
-¿Con Ricardito, mijo? -oyó la risa cristalina de su madre. Colgó el teléfono.

   Había perdido una hora. Había ganado una hora. De su vida. De su muerte, tal vez. También él estaba solo, y viejo: tenía treinta y un años, y a su edad Rimbaud, o por lo menos Ricardito... ¿Volver a casa de su madre, a su cama tendida desde siempre, esperándolo? El claustro materno. Los altos cielos rasos, las maderas pulidas, los prados del jardín atravesados por carreras de perros. Y a lo mejor Ernestico Espinosa descubría al auscultarlo que el problema era eso, una tensión bajísima. Volver a casa de su madre. Reproducir su infancia de lutos y silencios. Envejecerían juntos. Permitiría que su tensión bajara lentamente, que su sangre se fuera deteniendo; se iría muriendo poco a poco, convirtiéndose en una foto desvaída en un marco de plata.

   De nuevo lo agredió el repentino repiquetear frenético. Hubiera debido dejar el teléfono descolgado. Hubiera debído conocerla mejor: al fin y al cabo lo había parido. Dejó que el teléfono sonara más de diez veces. Descolgó.

- Mijo.
- Mamá.
- ¿Por qué no contestabas? Pensé que te había pasado algo
- No sonaba el teléfono.
- ¿Por qué no vienes a comer esta noche? No te veo nunca.
- No puedo, mamá.
- Viene Ernestico Espinosa. Viene monseñor Boterito Jaramillo. Va a haber un soufflé de queso de verdadera fantasía, mijo, lo mejor de Saturnina. También viene Ricardito, claro.
- La ciencia, la religión, la poesía, la gastronomía. No te privas de nada. Pero de veras, no puedo.
- Trata de poder, mijo. ¡Es que estoy tan sola!
- ¡Pero mamá, por Dios! ¿No dices que van a comer Ernestico Espinosa y Ricardito y monseñor Botero Jaramillo?
- Pero eso no es nadie, mijo. Tú sabes que eso no es nadie.
- Mamá, de verdad, te lo digo perfectamente en serio: cásate. Si no te quieres casar con Ricardito, cásate con Ernestico Espinosa, tan ondulado, tan perfumado, tan cardiólogo. Está loco por tí.
- ¿Por mí? No seas ingenuo, mijo. ¿Quién va a estar loco por esta vieja? A Ernestico lo que le interesa es la plata, pobre.
- Entonces con tu amigo monseñor Botero Jaramillo.
- No digas eso, Ignacio. Es un sacerdote. Además tiene cáncer en la lengua.
- Perdóname, mamá, pero tengo que colgar. Están llamando a la puerta.
- Te espero entonces. Hay soufflé.

Colgó. Se acomodó mejor entre las sábanas. Se quedó dormido.

 

 

 

Lo despertó el retorno de Fina.

- ¿Me trajiste la hierba?

   Fina lo miró con ojos de agua oscura, movida, barrida por corrientes. Mal signo. O a lo mejor buen signo. Nunca podía acordarse de si era buen o mal signo que los ojos de Fina estuvieran oscuros o claros, turbios o luminosos. Pero era un signo, y todos los signos son malos. Mientras la estaba mirando, a Fina le empezaron a temblar los labios. Y sin preaviso, con la cara quieta, le brotaron las lagrimas. Así a primera vista, parecía llanto de rabia. Del peor. Pésimo signo.

- ¡Pero niña! - Escobar se enderezó en la cama. Levantarse, esforzarse, las tablas frías del piso, el brazo protector sobre los hombros, la brega para que ella aceptara el peso del brazo protector. Se le venía encima una tarea de lidiador. De filósofo estoico.

- Pero niña... -repitió sin moverse de la cama.- ¿Qué pasa?
- Nada.
- Claro que pasa algo.

   Fina lloraba para largo, sin limpiarse las lágrimas, dejándolas rodar por toda la cara y formar luego una gota pesada y transparente en la barbilla. Dramas no. Dios mío. Fina le dio la espalda y se puso a mirar llover por la ventana. Ah, dramas no, dramas no. Fina, mi amor, entiende: yo nunca sé qué hacer en estos casos, y además estoy débil, y hoy todo sale mal: primero fue Rimbaud, luego la esencia, luego llamó mamá, y ahora tú, encima, y al que le toca reconciliarse siempre es a mí, claro, cuando yo no he hecho nada. Yo estaba aquí acostado sin molestar a nadie cuando empezó a salir el sol, que no supo durar, y se soltó de lo negro este aguacero que no conoce límites, y las horas ernpezaron a pasar muy lentamente y cada vez peor, y ahora volviste tú -sin hierba, te había pedido hierba, pero no importa ya la hierba: es la lluvia, es el tiempo que pasa, es tu llanto, es tu injusticia, es la injusticia general, lo terrible que se suma a lo terrible, que se acumula, que se espesa, se fragua y se endurece en una masa compacta y sólida y pesada de magma o de algo así que una vez hecho y duro se desploma sobre mí como un cielo de piedra, mi amor.

- Mi amor, dime qué pasa.
- Es problema mío.
- Tus problemas son mis problemas. ¡Claro, no te traigo hierba!
- No me traes hierba, es cierto. Pero no es eso. Es que te quiero.
- No seas payaso.

   Y encima, el tono: como de navajazo. En el silencio rencoroso se oía subir desde la calle el canturreo de unos niños en la lluvia, entrecortado de jadeos y de ruidos de pies y de gritos de excitación incontenible. Nadie sabe los dramas que lo esperan en la edad adulta. Escobar se levantó suspirando, se acercó a Fina, miró por la ventana. A través de su pelo le llegaban el olor y el calor de sus lágrimas, En cuanto la tocó la sintió endurecerse, y retiró la mano. En la acera, harapientos y empapados, tres niños como enanos y una niña más grande daban saltos incomprensibles, tarareando felices su tarareo insensato bajo la lluvia floja e implacable, siguiendo un laberinto de tizas amarillas medio borrado por el agua. No se contentan con jugar en el asfalto: además cantan. Besó a Fina en el pelo. Sintió una repentina oleada de ternura y deseo.

- Ven.

   Fina lo apartó de un codazo en el estómago. Seguía llorando, con los ojos cerrados y las narices aplastadas contra el vidrio, empañándolo: estaba viva. Le lanzó otro codazo al esternón, que Escobar esquivó. Le atrapó las muñecas y la mantuvo inmóvil, pegada a la ventana. Ella volvió la cabeza para mirarlo con rabia, con la boca apretada y la cara empapada de lágrimas, repentinamente infantil entre las manchas rojas y las hinchazones del llanto.

- Quiero tener un hijo.
- Fina, por favor.
- Estoy hablando en serio. Contesta sí o no.

La soltó, volvió a la cama, se acostó bocabajo. El junco se dobla mientras pasa la saña inexplicable del viento. Fina vino a sentarse en el borde de la cama.

- Es en serio, Ignacio: contesta sí o no.
- Qué pasa si contesto que no.
- Es en serio.
- Pero Fina, de veras, es perfectamente posible que conteste que no.
- Lo llamaremos Ignacito.
- No. Me parece espantoso. Un espejo. Un juez.
- Entonces cómo quieres? Lo llamaremos Gedeón.
- Fina, no quiero tener un hijo.
- Te estoy hablando en serio. Si me quieres, dame un hijo.
- Pero mi amor, son dos cosas que no tienen nada qué ver.
Además es la primera vez que se te ocurre tener un hijo.
- Tengo veintisiete años.
- Y yo treinta y uno - dijo Escobar, de pasada, por si ella caía en la cuenta de que era su cumpleaños y ni un regalo, nada. Fina repitió:
- Yo tengo veintisiete años.
- Te faltan veintisiete para la menopausia.
- No seas imbécil.
- Es en serio, mi amor. En mi familia se tienen los hijos viejos. Mamá me tuvo a mí pasados los cuarenta.
- No me pongas el ejemplo de tu mamá.
- ¿Qué tiene de malo mi mamá?
- Nada. Que es tu mamá.
- Eso no tiene nada de malo. Esta tarde llamó.
- ¿Ves?

Se miraron un rato desafiantes, Fina volvió al ataque.

- No quiero que mi hijo sea como tu. Hijo de viejos. Hijo único.
- Yo no soy hijo único. Tuve un hermano mayor que se murió cuando yo tenía cinco años. Se llamaba Poción.
- De eso se murió, claro.
- ¡Y tú le quieres poner al tuyo Gedeón!
- Yo no quiero: eres tú. Si por mí fuera, le pondría Alejandro.
- Alejandro es nombre de marica.
- No tiene nada de malo tener un hijo marica.
- Los maricas que se llaman Alejandro tienen tendencia a poner después una peluquería o salón de beauté.
- Cobarde.
- Eso tampoco tiene nada qué ver. Mira, mi amor, entiende: a mí mi vida se me ha llenado siempre de cosas espantosas Por no saber decir que no: payasos de cristal de Murano, artesanías típicas, corbatas de raboegallo. Cuando por fin entiendo ya sin lugar a dudas que no soporto esas cosas espantosas, las cosas espantosas ya están ahí instaladas para quedarse para siempre, y yo me voy muriendo poco a poco de la rabia. Un hijo es una de esas cosas espantosas. Pero he descubierto, por fin, que no me gusta lo que no me gusta. Lo cual es una tautología, expresión ideal a toda proposición filosófica.
- Farsante.
Y de nuevo Fina empezó a llorar.
- Pero mi amor, mi amor, no llores, Fina, por favor. Claro que soy un farsante, mi amor, pero-
- No lloro por eso, imbécil. Si eres farsante, allá tú.
- Entonces por qué lloras.
- Porque me da la gana.

Y no daba la menor señal de estar pensando en hacer la comida. Dios mío, si esto es la vida conyugal a secas, que tal agregarle un hijo. Una cosa cauchuda llena de sangre y líquidos, que llora desde el momento de nacer, que nace con los puños apretados para hacer más difícil la cuenta de los dedos, con la piel arrugada, amoratada, que hay que lamer para dejarla limpia. Un hijo que nos mira, que nos juzga, que gatea, que se arrastra, que va dejando un rastro pegajoso, una estela de baba y de pipí, de popó, de vómitos de leche, de cosas tibias, resbalosas.

- Fina ¿tú no tienes hambre?
- Tú no estás tratando de entender lo que yo digo.
- Mi amor, entendí perfectamente: quieres un hijo. Yo no. Eres tú la que no está tratando de entender. Mi amor, yo comprendo que las mujeres quieran tener hijos: dar vida nueva, reproducir la especie, amamantar, tejer, lavar pañales. Pero un hijo es el fin de la libertad. Un guardián. Un ancla. Un carcelero.
- Un hijo no es eso.
- Según me han explicado a mí, un hijo es sobre todo eso
- Mi hijo no es eso.
- Tu hijo es mi hijo, y mi hijo es más o menos eso. Me da la impresión de que estamos usando las mismas palabras con distintos significados.
- estás usando palabras.
- ¿Y tú no?
- Yo también. Pero tú te quedas en las palabras.
- Ensayemos la mímica.
- Imbécil.
- ¿Pero cómo quieres que nos entendamos si lo único que haces es llorar y decirme imbécil? Pon algo de tu parte, francamente.
- Lloro y te digo imbécil porque no me estás entendiendo.
- Me parece que hemos llegado a un círculo vicioso.
- Mierda.

   Escobar enterró la cara en la almohada. Dormirse para siempre, mandarse embalsamar, resucitar de nuevo cuando Fina hubiera reencarnado otra vez en la Fina sensata que tomaba la píldora para no tener hijos. Y hacer el amor sin más proyectos, besar su cuello caliente sobre el latido de la vena yugular, sentir su aliento y el rumor de sus besos en la cara y quedarse dormido de perfil, con el culo fresco de Fina encajado en su vientre, como cucharas de plata guardadas en un cajón. Afuera se acababa el día entre el estruendo de la lluvia. Ya no subían las voces de los niños que coreaban su ronda chorreando agua: se habían ido a sus casas con la lluvia en el fondo de los huesos y ya no volverían jamás, o volverían al día siguiente, o en su lugar vendrían otros: los niños son inagotables.

- Fina, yo no sé tú: pero yo no he comido en todo el día.
- Que yo quiera tener un hijo no te importa. Te importa que te haga la comida.
- Mi amor: antes de conocerte yo ni pensaba en tener hijos, ni necesitaba a nadie que me hiciera la comida. Me la hacía yo sólito, como un hombre.
- Tú me usas, Ignacio.
- Mi amor, por favor...

   Pero es verdad, mi amor: en otro tiempo todo era distinto. Nos hemos ido ahogando. Todo pasaba sin esfuerzos, sin tragedias, sin llantos. Los días se iban siguiendo los unos a los otros sin que formaran meses, ni mucho menos años: nadie pensaba en tener hijos, nadie tomaba decisiones drásticas. Estábamos tú y yo, mi amor, como suspendidos en medio de la vida. El cuerpo de Fina, atravesado ahora sobre la cama, le pesaba en las piernas, hecho de huesos duros que se clavaban en sus huesos. Ya no lloraba. Pero tal vez era peor su peso de silencio. Se le empezaron a dormir las piernas. Buscó en ella algún sitio neutral para besarla. Pero no era sólo el beso: era todo el esfuerzo injustificado de la reconciliación. Pedir perdón cuando no tenía por qué pedir perdón. Regatear el hijo, prometer un hijo para después, para más tarde, un nieto, mejor, para mucho más tarde. Iba creciendo su rencor: lo oía latir su rencor. Carajo, Fina, es que no hay derecho: yo era libre como un pájaro, tenía el futuro abierto, sin confines. Yo te quiero, mi amor. Pero qué es este amor que nos encierra. Reconcíliate tú. Pídeme perdón tú. No, no: de nuevo el drama, los esfuerzos. Déjame en paz, mi amor, este amor que nos mata de fatiga no puede ser amor. Mi soledad, más bien, mi libertad sin ti. Otra vez el futuro: hasta cuándo me durará el futuro. Yo te quise, mi amor, te quiero; pero entiende, no quiero este cansancio. O tu amor recobrado, sin tragedias. Lo que llegara antes, lo que viniera sin esfuerzo. Y lo que fuera, lo recibiría con alivio -y con nostalgia por la otra posibilidad perdida: nunca nada es completo. Sobre sus piernas sentía aumentar el peso de Fina, crecientemente injusto. Hace un mes, hace un año, esta mujer pesaba mucho menos. Aunque sin duda ella también sentía el obstinado palpitar de su propia injusticia. Un respiro. Tú antes nunca pesaste tanto, Fina. Un respiro, un peso que se quita de encima de mi vida. Y en todo caso, una ruptura nunca es definitiv. O casi nunca. Uno nunca sabe esas cosas de antemano.

- Mi amor, no sé si te das cuenta; pero tengo las piernas totalmente dormidas.
- No me importa.
- Ah, bueno. Te lo decía porque pensé que no te dabas cuenta.

   Entonces Fina empezó a trepar cama arriba, abrazándolo. Lo besó en los hombros, en el cuello.

-No quiero que peleemos, mi amor.

Se besaron. Todo volvía a los cauces conocidos del amor.

- Yo te quiero.
- Yo te quiero, mi amor.

   Fina era tibia y lisa, y no pesaba casi, tendida encima de su pecho. Su pelo oscuro y suave le llenaba los dedos. Le acarició la espalda torsionada, la paleta saliente, le besó las sienes y los párpados. Fina estiró su cuello y se besaron otra vez en la boca, hasta perder el aliento. Como antes, como siempre. Y sin embargo todavía le quedaba en el recuerdo un aleteo de duda, una nostalgia de lo que hubiera sido su libertad recuperada, su soledad, su cura de reposo. Una reconciliación es siempre prematura.

- Mi amor.
- Mi amor...
- Se me ocurre que a lo mejor estás tratando de violarme a traición para dejarme después lleno de hijos.
   Fina lo contempló en silencio, con las pupilas agrandabas de sombra. Le acarició la frente con la mano.
- Te estás muriendo, Ignacio.
   Y fue a encerrarse en el baño.




   Escobar se estiró en la cama, arqueó la espalda, hizo craquear los huesos, se frotó las pantorrillas entumecidas, abrió las piernas para dejar correr un río de aire fresco entre los muslos, se acomodó el escroto, lanzó un largo suspiro voluptuoso, abierto en aspa de molino en la cama vacía, erizados los pelos de la nuca, separados los dedos de los pies. Desde un punto de vista estrictamente ético, no está nada bien lo que acabo de hacer. Bostezó. Sentía fluir el chorro firme de su sangre debajo de la piel, oía el crepitar de su intestino enrollado en el vientre, hambriento, ansioso, esperando comida. Algo caliente. Algo salado. Algo caliente y líquido y sabroso y potente y nutritivo, para convaleciente. Aunque claro, había que darle a Fina tiempo para recuperarse. Hacía semanas que no sentía tantas ganas de comer. ¿Qué comería? Imaginó un ajiaco -aunque es difícil, un ajiaco en la cama. El aroma, primero, el vaho caliente que se eleva del plato, los anillos espesos de crema que se emulsionan poco a poco en el caldo espeso y amarillo, la textura untuosa de las papas criollas que se deshacen en el paladar, la textura más firme, más fibrosa, de la papa tocana. O paramuna. La que sabía era Fina. La carne blanca del pollo desmenuzado y firme, el verde áspero de las hojas de guasca flotando en la mitad de la cuchara, el verde fino amarillento, del aguacate partido en dos entre su cáscara. Los granos tiernos de mazorca que se arrancan con rumor de jugo, la tusa rezumante, impregnada de caldo. Y luego, repetir.

   Pero un ajiaco es largo.

   Cualquier cosa. Fina sabía. Paciencia. Era cosa de esperar a que se le pasara la rabieta.

   Imaginó el peso caliente del bolo alimenticio rodando garganta abajo, resbalando en la mucosa, cayendo en la caverna del estómago, naufragando en la dulce marea ansiosa, burbujeante, de los jugos gástricos. Del baño no llegaba ningún ruido. Fina era capaz de quedarse encerrada hasta la media noche, dejándolo morir de hambre. Bostezó. Sus tripas dejaron escapar un quejido largo, reverberante.

-¡Fina, mi amor!

   Con el silencio le llegó una oleada repentina de rabia. Fina era capaz de estarse echando cremas para la piel mientras él se moría de hambre. Por la ventana veía el cielo completamente negro. Afuera latía viva la ciudad; afuera había una noche inmensa, llena de restaurantes, mientras él ahí adentro, en el día de su cumpleaños, moría de hambre. -¡Fina!

   Afuera lo esperaba la noche entera, cargada de prodigios. -¡Fina, me vas a dar de comer, sí o no!

  "Me vas a dar un hijo, sí o no", había preguntado Fina, y él había dicho que no. Claro, quería vengarse. Untándose de cremas y potingues en el baño, de pomadas con Eudorit o como se llamara aquella mierda, feliz, gozando su venganza, oyéndolo sin duda revolcarse del hambre. Con una energía milagrosa saltó de la cama, buscó ropa en el armario. Al llegar a los zapatos lo dominó de nuevo el desaliento.

-¡Fina, mi amor!.

  El silencio otra vez, espeso en torno suyo. Se puso los zapatos. Claro, encerrada en el baño para que no pueda peinarme yo en ninguna parte. Tembloroso de cólera, se peinó con los dedos ante su oscuro reflejo en la ventana. Salió y cerró la puerta de un golpe. Se arrepintió de inmediato. Se quedó prestando oído, con la cara pegada a la madera. No se oía nada que revelara la reacción de Fina. Volvió a entrar, cerrando desde dentro, con un portazo que produjo ecos definitivos. Tampoco entonces Fina salió del baño en alas de su amor.

-Fina, por favor. Ay, mierda.

  Esperó un poco más. Pensó que la situación se estaba volviendo demasiado grotesca. Salió otra vez, cerrando sin ruido la puerta.

 

   No se veía ni un taxi, y seguía lloviznando. Pensó en volver, otra vez arrepentido. Y el arrepentimiento de Fina, por su lado, y encima de las sábanas otra vez ordenadas el cuerpo de Fina, ligero y largo, todo el olor desgajado del cuerpo de Fina bajo el suyo, y su quijada sobre el hombro de Fina, respirando su olor. Y después de la reconciliación, y a lo mejor el llanto -pero estaba dispuesto a aceptar incluso el llanto-, comerían cosas simples, dejando la cama llena de migajas. Pero estaba dispuesto a aceptar incluso las migajas. Fina se dormiría en su hombro, y él también se dormiría sintiendo contra su cuerpo todo el calor de Fina, y en su mano el peso dormido de su seno, como un pájaro preso, y el hueso fino de su cadera amoldado en el hueso de su propia cadera. Y aunque no fuera así, iba a aceptar cualquier cosa. Porque ahora resultaba evidente que la noche no lo había estado esperando. En su arrebato de cólera -más bien de lírica, ahora lo comprendía-había visto la negra frescura del cielo, las moles de los árboles bamboleándose abajo, movidas por el viento. Había soñado un viento oliendo a campo. Y ahora, sobrepasado el breve rectángulo del parque, no había ya ningún árbol, y el viento sólo le traía ráfagas de llovizna, y no había tal transparente negrura de la noche, sino sólo las luces borrosas de los carros. Todos particulares: ni un taxi. ¿De dónde salen tantos ricos en Bogotá, gente con carro? Ni un peatón. Las manos se le iban azulando de frío entre los bolsillos. Al asfalto mojado de la Carrera Séptima se pegaban las hojas blandas de un periódico, robadas por el viento a unos gamines que se acomodaban para dormir en el portal enrejado de una tienda de motos. Y un niño corría tras ellas con las piernas desnudas en la lluvia, y los carros frenaban para no atropellarlo, lo cual era increíble, mientras en el portal dormían dos más, indiferentes, con aire serio de cadáveres. Ningún semáforo parecía funcionar. En otra tienda, una alarma electrónica soltaba acompasados aullidos de tristeza, sin que nadie acudiera. Caminó rumbo al Sur, con la llovizna entre los ojos. Y lentamente sentía morir en él la esperanza de que pasara un taxi.

   Al cabo de cinco cuadras seguía lloviznando igual. Pero al cabo de cinco cuadras volver es ya imposible. Torció el rumbo al oeste, hacia Chapinero, pensando -pero tarde- que al salir de su casa hubiera debido encaminarse al Norte. Al parecer llovía en todo Bogotá, con una lluvia fina que iba royendo el asfalto, que borraba en el cielo el resplandor de los anuncios luminosos, que dejaba una baba resbalosa en el cemento gris de las aceras. Montones de basuras fermentadas se disolvían bajo la lluvia, soltando bocanadas de vaho tibio. La Carrera Trece era un corredor de agonía, un encajonamiento de luces de neón surcado por los buses que pasaban iluminados como altares en la semana santa, con las puertas abiertas, despidiendo un hedor ácido de cuerpos humanos fermentados, de ropas empapadas, desgranando en las esquinas racimos de pasajeros que quedaban hundidos hasta las corvas en los charcos mientras se protegían el pelo con hojas de periódico. A través de los vidrios, sucios de grasa y lluvia, se veían quietas caras borrosas, verdosas, torvas, de ojos muertos.

  Un jovencito uniformado y de cachucha lo atrapó por el brazo, le agitó ante los ojos un mazo de tarjetas, le silabeó al oído con voz ronca de saliva y lascivia:                    

- Buenas hembras, hermano. Pase sin compromiso.

  Era violáceo y se veía hambriento en la luz de neón de los anuncios. Escobar vaciló. Lo tentaba la idea de pasar sin compromiso. El muchachito uniformado lo tironeó del brazo, le indicó una escalera alfombrada de rojo, empinada y angosta, un túnel de sangre.

-Por aquí, doctor.

  Ahora lo llamaba doctor. Arriba se oía música. Buenas hembras. Pero no quería hembras. Se detuvo a mitad de la escalera. Esa no era la noche que se había imaginado al salir de su casa, la noche prometida, deseada. Bajó un par de escalones. En la puerta, el muchachito hambreado se resguardaba de la lluvia. ¿Cómo decirle que no, que mejor no, que no quería subir, pese a las buenas hembras? Había pasado sin compromiso, sí, pero no había acabado de pasar. Vaciló nuevamente. Arriba se abrieron violentamente las cortinas y un hombre cayó sobre Escobar, se abrazó a él: un viejecito palpitante, con los ojos encharcados en lágrimas y un hilillo de sangre en las narices. Agitó su paraguas hacia arriba, sin soltar a Escobar:

- ¡Comunistas! -gritó.

   Las cortinas se abrieron otra vez y dos hombres oscuros, de bigote, descendieron las escaleras lentamente. El viejecito bajó a la carrera, trastabillando, huyendo. Miraron a Escobar. Sintió un pozo de frío en los sobacos y en el vientre, y un olor agrio de violencia. Retrocedió con prisa hacia la calle. El jovencito de cachucha quiso cerrarle el paso, agitando en la mano otras tarjetas. Lo esquivó. Huyó por la Trece hacia el sur, sin correr, sin mirar hacia atrás, sin oír nada, a largos pasos presurosos que al cabo de media cuadra le dolían como puñaladas en las ingles.

  La lluvia era peor que antes, y tampoco había taxis. Se sintió más seguro al abrigo de una larga cola culebreante ante la taquilla de un cine "Cuando las colegialas crecen": en un enorme cartel de colores, los encantos algo ajados de una colegiala vienesa ya bastante crecida, tal vez de cuarenta años. Le dolían los hombros y la nuca de no mirar hacia atrás. El sudor y la llovizna le empapaban la frente, se daba resbalones en los tramos esporádicos e inesperados de acera enladrillada, jabonosa, saltaba zanjas repentinas abiertas por los trabajadores del acueducto o del teléfono, curadas ya por muchas intemperies, rosadas y amarillas de greda, ruidosas como arroyos. Un bar a su derecha. Entró. Sudaba. Franqueó cortinas púrpuras.

   En una media luna de luz azul cobalto, un tanguista argentino o con acento argentino levantaba las cejas, engarabitaba los dedos, hinchaba la garganta, sufría, cantaba:

        Siglo Veinte cambalache
        Problemático y febril...

   Pidió una cerveza en la barra, pero no había cerveza. Un whisky, entonces. Le pusieron delante un platico ovalado con maní. Lo devoró de un par de manotadas. Recordó que había salido justamente porque quería comer, y pidió más maní. Habas tostadas. Almendras. Papas fritas. No le dieron nada. Pero se quedó, ahí, tomándose su whisky con sabor a amoniaco. Si no hubiera sido por el tanguista, aquello hubiera sido un remanso de paz.

       Que el mundo siempre fue y será una porquería
       ya lo sé. En el quinientos diez,
       y en el dos mil también...

   Cuando al fin terminó, el aplauso fue escaso. Tampoco era para más, pero Escobar se dio cuenta de que estaba prácticamente solo. Salió a la pista de luz una señora fuerte de pelo azul oscuro, vestida de drapeado blanco como una vestal romana, que declaró ser paraguaya. Pidió un aplauso. Hubo un aplauso apático. Anunció que iba a cantar. Pidió otro aplauso. Aplaudieron sólo el barman y el guitarrista acompañante. La señora paraguaya arrojó besos a la redonda, echándolos a volar con un ramillete de dedos apretados que se abrían en la punta de un brazo blanco como tiza, pulposo. El guitarrista acompañante también arrojó besos.

       Dóoooonde estás ahora, Cuañataííí
       que tu suave canto no llega a mííí
       dónde estás ahora
       mi ser te añora
       con frenesí.

   Esa señora gorda y más bien triste no había podido conocer nunca el frenesí. Y sin embargo una profunda convicción parecía embargarla cuando lo aseguraba, y le temblaba la barbilla. ¿Habría que creerle? Yendo más lejos: ¿es posible añorar con frenesí? No era esa la noche, no era esa. Escobar pagó, salió.

   Pero ya iba dejando atrás la parte populosa de la carrera Trece. ¿Por qué no había caminado rumbo al norte? ¿Pero cómo volver? Más adelante se levantaban casas cerradas de familia de un estilo vagamente holandés, acaso tirolés, colegios, prostíbulos con nombre de colegio. ¿Buenas hembras? Quizás. Pero no quería hembras. Ventanales de tiendas de motos y de carros, bancos, iglesias bizantinas, bombas de gasolina, funerarias, un parque abandonado con un busto de mármol sepultado en la hierba, tal vez de José Enrique Rodó, pensador uruguayo. ¿Y más allá? Más bancos. El bunker de concreto de la embajada norteamericana, y otros bancos, y un triángulo de pasto con una estatua ecuestre del general San Martín, Libertador de la Argentina, ciego, en bronce verde y negro, cagado de palomas, lavado por la lluvia, mirando pensativo las chimeneas de hierro, el laberinto de tuberías y caños de una fábrica de cervezas, los muros descascarados de un convento de monjas. Y por fin unas torres llenas de restaurantes, ya en el filo del centro.

   Por lo menos treinta cuadras. Sin duda había cien sitios donde comer por el camino, pero cosas horribles. Pizzas plastificadas, hamburgesas de carne de cadáveres, bandejas de una salsa flotante con papas amarillas forradas en una grasa fría, con puntos verdes, pedazos de sobrebarriga atravesados por una elástica retícula de rilas y de nervios. Pensó en el ajiaco de Fina, y lo añoró con frenesí. ¿Volver? No, no podía volver. Y además no había taxis.

  Vio un letrero naranja de neón palpitante: Music Bar, Comida y Dancing. De la puerta entreabierta brotaba una rendija de luz y de vapor, casi un calor de hogar. Por si eso fuera poco, el sitio se llamaba El Oasis.

   Lo de music, bueno, music: sobre todo boleros. Lo de dancing, pues sí, dancing: unas cuantas parejas danzaban confusamente. Pero de comida no había sino picadas: fragmentos de carne dura y tibia, papas fritas enfriadas, rodajas de salchicha de lata tipo exportación, agrias. ¿A dónde exportarían salchichas? No era posible. Picó picada tibia, haciéndola bajar con ron. Y pese a todo se sintió mejor. Había un montón de gente picando vorazmente una picada igual, sin la menor protesta. No iban a dejar nada para la exportación a Taiwan o a Bruselas. Muchas mesas de hombres, y algunas de parejas, y otras de mujeres solas, o de dos en dos, esperando. Una gorda cansada se le acercó a Escobar.

- ¿Vamos a tirar, mi amor?

   La miró sorprendido. La gorda siguió más adelante, cansada, indiferente, repitiendo su oferta en otras mesas de hombres solos, una vez y otra vez: vamos a tirar mi amor, vamos a tirar mi amor, sin esperanza, o por lo menos sin esperar respuesta: vamosatirarmiamor, y pasaba a otra mesa. Un jovencito bien vestido se levantó y se fue con ella. Escobar quedó estupefacto. Por los parlantes, los boleros ofrecían la misma cosa: vamos a tirar, mi amor, vamos a tirar, mi amor. Los hombres bailaban haciendo fuerza furtiva para estrechar el contacto con los senos o el vientre de sus parejas, mientras pensaban entre dientes: vamos a tirar, mi amor. Y hacían un ruido con la boca, tchin tchín tchín, para disimular sus pensamientos, al ritmo aproximado de la música. Y las mujeres, por su lado, escuchaban también una voz interior que repetía en el eco de sus trompas de Falopio: vamos a tirar, mi amor. Buenas hembras, hermano. En fin. Pero no querían mostrarse fáciles, y mantenían a raya a los machos ansiosos clavándoles un codo en la clavícula. El Oasis entero vibraba con un solo latido: vamos a tirar, mi amor. ¿Para eso había salido a la noche espantosa? Bebió su ron. La vida.

   En la mesa vecina, un grupo de adolescentes de aspecto bestial expresaba sus juicios en voz alta:

- Mírele el culo a esa, hermanolo. Mírele las tetas.
Todos le miraban el culo, y las tetas, y cambiaban risotadas procaces y puñetazos en los brazos.
- Buenas hembras, hermano.
- Yo no me voy de aquí sin tirar, mi hermano. Míreme esa hembra.
- Nadie se va de aquí hasta que amanezca -decretaba el más tuerte. Y el más bruto aprobaba, extático:
- Debe ser bestial ver amanecer a estas horas.

   Tal vez. ¿Pero qué horas serían? Las diez, o por ahí: a lo sumo las once. A esas horas debía estar amaneciendo en Tokio. ¿Esperaría él también el amanecer? Otro amanecer, el sol puntual, igual, fatal, lento sol caracol, sol de Colombia. Ah, no. Toda una noche en El Oasis, regada en ron, adobada con ofertas fatigadas de amor, de cuando en cuando. Recordó que era su fiesta de cumpleaños. Por lo menos Rimbaud, a su edad, ya estaba muerto. O no.

   Desde las diez hasta el amanecer podían pasar cosas terribles. Ese borracho que se le venía encima, por ejemplo tambaleándose entre las mesas, buscando el hombro de mi amigo. Se veía armado. Nueve de cada diez están armados, calculó. Y al día siguiente, en los periódicos, su fotografía negra y gris, de cédula: distinguido poeta ultimado en burdel. Un tiro, bueno: vaya y venga. Pero imaginó sus venas vueltas piedra ante el brillo asombroso de un puñal, la hoja filosa abriendo carne, músculos, segando arterias femorales, sajando en dos capas de grasa, amarillas y tiernas. El dolor, la sorpresa. "Porque se quería tirar a la vieja que estaba conmigo", o "porque no se quiso dejar invitar a un trago": la razón habitual, la razón suficiente. Le aceptaría un trago. Le diría que sí, que su vieja era una buena hembra. Pero lo vio cambiar de ruta respiró: no estaba respirando"-. lo vio en la bruma de tabaco hallar por fin el hombro de otro amigo a quien matar, si ese era el caso, dar rienda suelta al llanto:

- Esa vieja no va a tirar, hermano...

   Estaba enamorado.

   Desde las diez -o diez y media- hasta el amanecer, podía no pasar nada. Y eso podía ser peor todavía. Pensó en volver. Volver era imposible. Pidió otro ron.

   A dos mesas de distancia, desdibujada en el aire espeso, vio a una mujer sola y quieta. Apoyaba la barbilla en la palma y bebía algo del color de la sangre a través de un pitillo: las mejillas se le hundían al chupar. Buena hembra. No, no era esa la palabra. Una niña, un oasis. Tal vez diecisiete años. Olía a hembra, sin duda: hembra de pocas carnes. Escobar sintió un nudo en la garganta. Un huesecito fino le ponía una mancha de luz en la piel mate del hombro: ah, si viniera y le dijera: vamos a tirar, mi amor.

- Mi amor-pensó Escobar. -Mi amor.

   Pero ella estaba absorta en su bebida. ¿Qué hacía ahí? Dieciseis años. Diecisiete, a lo sumo. Era absolutamente incomprensible que todavía estuviera sola. No les gustaban flacas. Carne de exportación -ese culo, hermanolo, esas tetas. Casi no tenía tetas. Lo esperaba. La acarició de lejos, con los ojos. La niña sorprendió su mirada y la mantuvo con ojo negro y triste, impávido, de huérfana. Se distrajo al hacerlo, y se atoró con su bebida roja -tal vez su propia sangre- y tosió. Escobar se fue en busca del baño, con el corazón golpeándole en el pecho.

 


   Respiró hondo. Por detrás del hedor a vómito y a meados se adivinaba un fondo de frescura, casi de campo abierto. Hizo pipí sin prisa, y dijo en alta voz:

- Mi amor.
- "Mi amor", así, frente a los baldosines desportillados de un baño público, mientras hacia pipí, sonaba como dicho por una voz que no fuera la suya.
- Mi amor. ¿Mi amor? Mi amor. Mi amoooor. Mi amo-or. ¡Mi amor! Mi amor.
  Ensayó diversas entonaciones. No lo convencía ninguna
-Mi aaamooor. Mi. A. Mor. Miá mor. Mi amor. Mi amor. Mi amor, mi amor, mi amor, mi amor, mi amor. . .

  Una embestida en los ríñones lo estrelló contra la pared de baldosines. Se volvió, aguardando otra vez, ahora sí, la muerte repentina. Un borracho en el piso luchaba en vano por ponerse en pie, como un sapo volcado, agitaba los brazos, resbalaba: se le brotaban los ojos de las órbitas, se le congestionaba la papada. Escobar le tendió la mano en un gesto instintivo. Parecía inofensivo.

- Gracias. Gracias. Perdón -se excusaba el borracho, que bien mirado no parecía borrado, y se limpiaba con la manga las rodilleras húmedas del pantalón. -Es que aquí había un escalón-explicó-: debió ser que lo quitaron.

   Escobar enrojeció de pronto, recordando que lo había sorprendido ensayando maneras para decir "mi amor". A la pared. A sí mismo. El otro lo miraba con ojo que podía ser burlón, balanceándose un poco sobre las cortas piernas. Le dio la espalda, mascullando "con permiso".

- Cómo no, bien pueda, siga -respondió el otro, amabilísimo.




   Seguía sentada ahí, sola en el mundo, con su vaso de sangre sobre la mesa de metal desnudo. Pidió otro ron. Quería ganar tiempo, mientras pensaba qué decirle. Mi amor. No, mi amor no. ¿Bailamos? ¿Y si decía que no? Espero algún bolero bueno para bailar. Pero a lo mejor no quería bailar, o no sabía bailar, o no quería bailar con el, y se quedaría entonces parado como un bobo, con la mano estirada y sin saber qué hacer. Imaginó diversas propuestas, diversas negativas, y diversas respuestas de reserva. ¿Bailamos? No. ¿Por qué? Es un lindo bolero. ¿Bailamos? No. ¿Por qué? El baile es una aventura Indica. ¿Una qué? Aventura. Lúdica. Una aventura lúdica. Del latín ludens, juego. ¿Bailamos, señorita? No. ¿Un trago? No. ¿Vamos a tirar, mi amor?.
¿Y qué haría si a todo le decía que no?

   Respiró hondo. Decidió abordarla en cuanto pasara un tiempo prudencial. Audaces fortuna juvat. Pidió otro ron. Miró a lo lejos, prestó oído a las voces, al estrépito. Gritos, boleros, llantos de borracho. En una mesa alguien gritaba ¡puta! Y otro le contestaba ¡puta! Hijueputa, tal vez. Ah, no: ¡poeta! ¿Sería con él? Probablemente no: Colombia es tierra de poetas. No le diría a la niña que él también. Empezó a incorporarse. Le pusieron una mano en el hombro. El puñal, ahora sí. No. Era el gordito del baño.

- Venga, maestro, que le quiero presentar a unos amigos.
- ¿A mí? No... -manoteó, resistiéndose.
- Es que tenemos allá una discusión de poetas: venga, usted que es poeta, y les explica.

   ¿Y cómo había sabido que él también era poeta? Colombia es tierra de poetas, pero no se puede parar uno en medio de un bar y decir: ése es poeta, porque a lo mejor no. No supo qué hacer. Se dejó llevar, se abrieron paso entre las mesas, empujando, pidiendo excusas por los empujones con palmaditas en el hombro.

- Vea, maestro, le presento: Rubén, Ramón, Narciso. Y yo, que soy Edén. Sin protocolo: aquí todos somos poetas.
- ¿Quién que es no es poeta? -interrogó Ramón, o Rubén.

   Aquello prometía ser espantoso. Escobar se presentó de mala gana:                         - Ignacio.
- Lindo nombre -opinó Narciso, y le ofreció una mano larga y blanda. Rubén y Ramón hubieran podido ser gemelos, y a lo mejor eran gemelos. ¿Poetas? A lo mejor. Tenían los dedos gordos y manchados de azul, de jugadores de billar, y chaleco, y corbata. Edén también. Narciso no. Con Ramón -o quizás con Rubén- estaba una mujer de brazos gordezuelos, senos amplios, candongas, con cara de aburrirse mortalmente. No se la presentaron. ¿Buena hembra, hermano? No.
- Rubén -explicó Edén - dice que Pablo Neruda es más grande poeta que César Vallejo.

Ramón dice que Vallejo es más grande que Neruda. Usted qué opina, maestro.

- El mejor de todos es Federico -intervino Narciso. Y ante el shhh que hizo Edén: -Pero es verdad, Edén: a mí me parece que el mejor es Federico.
- Sí, sí... pero ahora la discusión es entre César y Pablo. Deja a ver qué opina Ignacio.
César, Pablo, Federico. Se aprovechan de que están muertos, pensó Escobar. Y encima Rubén, Ramón, Edén, Narciso. No había derecho.
- Una cosa es Neruda -dijo-, y otra es Pablo. Y una cosa es Vallejo, y otra es César. Y Neruda y Vallejo también son dos cosas muy distintas.

Lo miraron. Se escuchó el tintinear de las candongas, como una campanilla en el momento de la elevación.

- Sí, claro -dijo por fin Rubén, tal vez Ramón- : son muy distintos. Pero cuál de los dos es el más grande.
- César -explicó nuevamente escobar, con paciencia no es lo mismo que Vallejo. Y Pablo no es lo mismo que Neruda.
- ¿Y Federico? -interrumpió Narciso, ansioso. Bueno, bueno, bueno: pero cuál es el más grande -insistió Ramón o Rubén, terco, frunciendo el ceño.
- Neruda -prosiguió Escobar- no es Neruda: Es Reyes. Neftalí Reyes. Ni Pablo, ni Neruda.
Los ojos de Ramón (¿era Ramón? ¿era Rubén?) se estrecharon y se hicieron pesados de repente:
- Mire, maestro: si usted cree que somos una panda de huevones está muy pero muy equivocado.
- Pero...
- Pero muy pero muy equivocado, maestrico.
- Rubén se había puesto bruscamente en pie. Los demás se levantaron también, para calmarlo. Le dieron palmaditas en la mejilla, lo envolvieron en un rumor sedante de amistad.
- Tranquilo, Ramón, tranquilo... -era Ramón.
- Tranquilo, hermano... -a lo mejor era, en efecto, hermano de Rubén. Y ya tranquilo, y sin transición, posó las puntas de sus dedos sobre el abombado esternón, sobre el chaleco, y empezó a declamar:

           De todo esto yo soy el único que parte.
           De este banco me voy, de mis calzones,
           de mi gran situación. . .

   Pero no era verdad: no partía, se quedaba ahí. Y apenas había terminado de recitar el poema y golpeaba a Escobar en el pecho con el dedo grueso y tieso, diciéndole ¿ah? ¿ah? ¿ah? cuando se levantaba Rubén y apoyaba las puntas de los dedos en su propio esternón, y ahuecaba la voz:

-            Amo el amor de los marineros
              que besan, y se van. . .

   Pero él tampoco se iba. Y cuando al terminar interrogaba a su vez a Escobar a fuertes empujones en el pecho Narciso recitaba, también él:

-            Me despediré
             en la encrucijada.
             Para entrar en el camino
             de mi alma.

   Y se interrumpía a sí mismo para comentar, suspirando:

- Lo más lindo de Federico son las Suites.

   Pero no se despedía, ni muchísimo menos. Ni Ramón partía, ni Rubén se iba, ni Narciso se despedía. Edén, por su parte, parecía dispuesto a quedarse. A la gordita de amplios senos sí se le notaba que hubiera preferido no estar ahí. Tenía cara de llamarse Graciela. Había, pensó Escobar, una contradicción evidente entre lo que recitaban y lo que hacían. Sin duda era esa la mentira poética. Pero a esas alturas, después de tantos rones, él mismo tenía ganas de echarse su poema, como los otros, Se puso en pie, apoyó las puntas de los dedos en el esternón, engoló la voz:

             Palabras.
             En vez de un mar de luz,
             el río de la forma:
             reflujo en el flujo
             ir y volver intercambiables.
             La realidad no se repite:
             es nuestro, y no real,
             ese afán frívolo de simetría...

- No rima nada -comentó Narciso en un cuchicheo.
- Shhh -hizo Edén. Y Narciso insistió, arrogante, en voz alta:
- Pues es verdad: no rima nada de nada.

Escobar volvió a tomar el hilo:

             Tarea de lo irreal:
             reproducir reflejos,
             reiterar con espejos los espejos.

- Eso de los espejos es bonito -concedió Narciso, y Graciela también suspiró, pero podía ser de aburrimiento. Ramón y Narciso habían puesto ojo vidrioso. Edén escuchaba con sonrisita suficiente. Escobar prosiguió, impertérrito. De todos modos ya no podía parar.

             El cielo no señala
             el dedo que señala el cielo.
             El dedo no dibuja
             sino un cielo en el cielo.
             Y ese cielo no es cielo,
             ni es el cielo.
             Pero esto ya no es más que explicación:
             sombra de lo ya dicho.

- Eso del cielo cielo también es bonito -aprobó Narciso.

- No sé, me recuerda eso tan lindo de la luna luna en el Romancero Gitano.

Escobar se sentó, bebió, se sirvió más ron, y al ver que la botella estaba a punto de acabarse dio palmadas y voces e hizo gestos para que les trajeran otra. Se sentía mareado, y tenía la impresión de haber hecho el ridículo: recitado, el poema era bastante peor que en su recuerdo: la realidad no se repite. La mentira poética otra vez. En fin, ya era tarde. Oía el fragor del bar, los boleros. Muy lejos, mas allá de muchas mesas, tan inaccesible como una isla río arriba, veía la delgada figura silenciosa de la niña morena de ojos tristes. No le veía los ojos. Ella no lo miraba.

- Lo del cielo cielo es bonito, pero no sé... no sé... -dijo por fin Narciso.
- Le falta fuerza -dictaminó Rubén. -Fuerza.
- Sí -confirmó Ramón- Y además no es telúrico. No terrígeno. No es geológico. No es nuestro.
- ¿De qué se trata? -interrogó Graciela, y pareció después arrepentirse. Todos, incluyendo a Escobar, miraban a Edén. Le molestaba bastante su sonrisita satisfecha.
- Bueeeno... -empezó Edén, didáctico. En el baño cuando estaba caído, hubiera debido deshacer a bofetadas su sonrisita petulante. -Bueno. Es un poema bien hecho, no se puede negar -por lo menos se había dado cuenta de eso-, pero... Pero es reiterativo. Pleonástico. En ese poema todo está demasiado dicho.
- Se trata de eso -se defendió Escobar. ¿Pero por qué? Un poema debería saber defenderse solo. Pero no lo podía dejar morir así no más, abandonarlo.
- Un poema debe ser un pleonasmo. De ahí viene el fracaso de toda poesía: en el mundo real no puede existir la redundancia: lo que está ya dicho, está ya dicho.
- No, papito -intervino intempestivamente Graciela:
- Una poesía es como cuando uno no sabe qué decir, y lo dice.
  Un deslumbramiento estalló en el cerebro de Escobar.
- Tiene razón la señorita -concedió Edén. - Pero también tiene razón Ignacio. No en lo que dice ahora, sino en lo que dice en el poema, que es lo contrario: no se puede decir lo que ya está dicho, pero hay que volver a decirlo. Sólo que, dicho así, tan repetido y tan explícito, el poema se anula: bastaba con el principio: "Palabras" O con el final: "Pero esto ya no es más que explicación: sombra de lo ya dicho". Porque -concluyó Edén sonriendo con suficiencia- en efecto, el resto no es más que explicación.

   Escobar lo miraba con asombro. Podía ser sólo el trago, pero si no era así, todo eso hubiera podido haberlo dicho él mismo. ¿Sería Edén una repetición de él mismo? ¿Su pleonasmo? No: él no podía tener esas tres papaditas, esa unción clerical, esa sonrisita jactanciosa. ¿Sería poeta Edén? Su sonrisita jactanciosa era más bien de crítico.

- ¿No te gustó lo del cielo cielo? -inquirió Narciso. -A mi me parece que es la parte con más sentimiento.

   Edén le dio unas palmaditas en la mano, sin mirarlo, como a un niño. Escobar se sintió molesto: también a él, en lo más íntimo, le parecía que la parte del cielo cielo era la que tenía más sentimiento. ¿Serían en fin de cuentas Narciso y él una sola persona? Imposible.

- Se trataba -explicó- de que el poema se destruyera a sí mismo, como una máquina infernal. Y se destruye así: contradiciéndose, al mismo tiempo que dice una vez y otra vez lo mismo. Que es además lo contrario de lo que quiere decir. ¿Qué es la poesía, si no?

   Graciela se levantó y se fue. Rubén apenas movió una mano en el aire para detenerla. Se encogió de hombros. Sirvió ron a la redonda. La cabezota dormida de Ramón cayo sobre la mesa. Edén sonreía, fatuo.

- No, maestro -dijo. -Todo eso estaría bien si su poema fuera bueno. Pero es malo.
   ¿Y qué mejor que un mal poema para destruir la poesía?
Pero Escobar, resoplante de ron, se contentó con afirmar.
- No hay poemas buenos.
   Edén sonrió con sus dientecillos aguzados. Sacó del bolsillo interior del saco un papel con antiguos dobleces, y lo alargó sobre la mesa, sobre los vasos mediados, sobre la cabeza roncante de Ramón, en silencio.
- ¿Otro poema? -se deslumbró Narciso. -¿Ya lo conozco, Edén? No me habías dicho.
   Escobar empezó a leer en voz alta. Debía ser una mierda.

         Enfermos nerviosos
         (externado e internado)
         Reflexología humana y Sexología.
         Doctor Edén Morán Marín.
         Reflexólogo.
         Quince años al servicio de la especialidad.

   Se interrumpió:
- Es un anuncio.
- Todo poema es un anuncio -aceptó Edén. Escobar asintió. Prosiguió:

         Examinador de reflejos condicionados
         y otros
         en el Colegio Militar
         Tomás Cipriano de Mosquera.

- No parece un poema tuyo -protestó Narciso. -Me gusta mucho más ese de "si un ángel me apretara contra su corazón..."
- No interrumpas a Ignacio -interrumpió rápidamente Edén. Escobar siguió leyendo:

         Síntomas que mas eficientemente obedecen
         a la terapia
         de Reflexología Biofísica:
         Timidez, complejos.
         Estados de ansiedad.
         Sensaciones angustiosas de muerte
         locura y desfallecimientos.
         Temores de crítica
         enemigos y persecución.
         Traumas de la pubertad.
         Insuficiencias glandulares.
         Inestabilidades emocionales como Tristeza, Llanto
         y desesperación suicida.

   Narciso prorrumpió en sollozos. "Así es, así es", repetía mientras Edén lo reconfortaba con palmaditas y cuchicheos.

         Estados obsesivos y pasionales angustiosos.
         Sensaciones orgánicas
         de agotamiento cerebral.
         Fatiga, mareos
         e insomnio pertinaz.
         Reflejos incontrolables de rubor, sudor, temblor,
         palpitaciones y
         TODAS LAS PSICONEUROSIS SEXUALES.

- ¿Cómo, cómo? -Narciso alzó su rostro bañado en llanto. Era, visiblemente, un muchacho muy sensible. A lo mejor Federico era así.
-TODAS LAS PSICONEUROSIS SEXUALES -repitió Escobar en tono neutro.
- No, no, desde antes: ¿cómo era?
- Reflejos incontrolables de rubor...
- ¡Eso, eso! "Narciso miró a Edén entre sus lágrimas, casi con rencor: -Y tú no me habías dicho. . .

   Escobar estaba desconcertado. Creía que cosas así sólo habían sucedido en otros siglos, en Alemania, cuando recitaba Hölderlin. El bar le daba lentas vueltas en torno a la cabeza: la hirsuta cabeza de Ramón sobre la mesa, con la mejilla en un charco de ron, la silla de repente vacía de Rubén. ¿A dónde se había ido? Y en el fondo un fragor de sillas arrastradas, de boleros, de risotadas de borrachos. Siguió:

         Reflejos incontrolables de rubor, sudor, temblor,
         Palpitaciones
         y
         TODAS LAS PSICONEUROSIS SEXUALES.

   Hubo un largo silencio entre los tres. Narciso sollozaba. Con un esfuerzo, Escobar se sobrepuso a la involuntaria admiración que poco a poco lo había ido ganando:

- Pero es un anuncio -insistió.
- Era un anuncio -corrigió Edén. -Ahora es un poema.
Y señaló con un fruncimiento de la boca la postración elocuente de Narciso. Escobar asintió gravemente.
- Es más -prosiguió Edén, exaltándose: -es un poema total. Todo está ahí: todos los temas eternos del alma humana. Desde lo más subjetivo -mi propio nombre. Edén Morán Marín -hasta lo más impersonal y colectivo: todas las psiconeurosis. Desde la vastedad cósmica -temores de crítica- hasta la minucia intimista -internado y externado. Y todas las pasiones oscuras que mueven a los hombres: la locura, la tristeza, el insomnio pertinaz. No falta ni siquiera el hilo de Ariadna de la temporalidad: quince años al servicio de la especialidad.

   Edén golpeó la mesa entre los vasos con la punta redondeada del índice. La cabeza de Ramón dio unos saltitos:

- Este poema es un compendio del Universo.
   Escobar volvió a asentir, abrumado. ¿Para qué seguir? Una súbita depresión lo había invadido. Cualquier anuncio es poesía, si bien se mira -y ese poema era muy superior a su poema, incluso como anuncio. Todavía arguyó débilmente:
- ¿Y eso de "examinador de reflejos condicionados y otros"?
- Masajes -explicó Edén. -Soy masajista en un colegio de secundaria. Los poetas no vivimos del aire, maestro.
   Rubén surgió de nuevo, como coagulado del estrépito! trayendo de la mano a cuatro músicos. Los presentó:
- Los Auténticos.

   Escobar se daba cuenta de que había perdido por completo el control de la noche. Veía desperezarse a Ramón, le bailaba ante los ojos la sonrisita de Edén, empezaba sentir en los ojos un cosquilleo, como si le brotaran lágrima de alcohol por los vasos sanguíneos. El vocerío y la música le llegaban lejanos, como a través de un casco de sonido afelpados. Tuvo un impulso irresistible:

- ¡Nadie se va de aquí hasta que amanezca!
- Lo calmaron. Apretó a Rubén y a Ramón contra su corazón, respirando el agrio olor del ron derramado en sus solapas, rodando fraternal por sus barbillas. Los músicos templaban sus instrumentos, se daban mutuamente el Escobar abrazó a Edén, que reía, y luego abrazó a Narciso sintiéndolo blando entre su abrazo. Todos brindaron. La primera guitarra rasgueó un arco de agua, y Escobar se descubrió asombrado riendo a carcajadas y cantando con brío:

         Yo lo que quiero es que vuelva.
         que vuelva conmigo
         la que se fuéééécé...

   Aunque era él el que se había ido. Ahora cantaban todos, inclusive Narciso, que soltaba risitas, y Edén, que balanceaba los codos al cantar, llevando el ritmo. Rubén y Ramón cantaban abrazados, de pie, con voz engolada de bajos, con el vaso en la mano. El coro se elevaba hacia el techo como un vasto andamiaje, ahogando el estrépito mecánico de los boleros en los altoparlantes, robusto, melodioso, apenas deslucido por menudas divergencias de letra, subrayado por el entrechocar de dos botellas en manos de Narciso. Los Simbólicos sonreían, pero se les notaba que hubieran preferido cantar solos.

         - ¡Te Vas porque yo quiero que te vaaayas!
         ¡A la hora que yo quiera, te detengo...!

Bramó Rubén. Y todos corearon, felices. Y después cantaron Mujer, si puedes tú con Dios hablaaar, y luego Luuuna que se quieebra sobre las tinieeeblas de mis soledad, y Tú la dejaaaste ir, vereda tropicaaal, y Essta tarde vi llover, ví gente correr, y no estabas túúü, y Quizás, quizás, quizaas, y Reloj no marques las horas porque voy a enloquecer. Cantaron, cada vez más borrachos, canciones de mujeres. Escobar empezaba a sentirse otra vez acorralado por la literatura. La vejiga le empezaba a latir al ritmo de sus sienes, y le pesaba como un lastre. Fue al baño. Por detrás del hedor a vómitos y a meados se adivinaba un fondo de frescura, casi de campo abierto. ¿Había estado ya en ese baño alguna vez? Edén se le acercó por detrás, risueño, lo tomó por el codo y se balancearon juntos un instante. Edén había estado ahí con él, cuando no se llamaba Edén todavía.

- El que orina solo, muere solo -sentenció Edén.
   Orinaron juntos, fraternales. Escobar observó de reojo que Edén sostenía su pipí para orinar con el dedo meñique levantado, como si sostuviera una taza de té. Edén observó de reojo que Escobar lo observaba de reojo, y le hizo un guiño cómplice. Escobar respondió con otro guiño cómplice.
- Mi amor -dijo Edén. Miá-mor. Mia-móo-ooo-or.

   A Escobar se le pasó la borrachera de un golpe. Ese hijo de puta lo podía chantajear toda la vida. Dejó escapar una risa nerviosa, enrojeciendo, y sin saber por qué volvió a guiñar el ojo. Edén se le acercó un poco más, le dio un codazo cómplice en las costillas, y los dos perdieron el equilibrio. Se abrazaron para no caer. Edén reía con su risita aguda, y al cabo de un momento de abrazo bamboleante Escobar sintió que le acariciaba el pipi con una mano tibia. Lo apartó de un empellón y retrocedió él, trastabillando. No supo qué decir.

-Ay mi amor, déjese -propuso Edén, con una voz repentinamente antinatural.
-No, mire, propóngale a Narciso -empezó Escobar: pero ya Edén, soltando otra risita, se le venía encima de nuevo y le cogía el pipí entre dos manos húmedas. El empujón de Escobar lo hizo rodar esta vez por el piso mojado. Se quedaron mirándose en silencio. Escobar en pie, con las rodillas vacilantes y el miembro repentinamente retraído, y Edén de bruces en el piso, jadeante, con la mirada roja de sangre. Se le acercó, andando en las rodillas.
- ¡Déjese déjese déjese déjese déjese!

   Tras un breve forcejeo. Edén rodó de nuevo por tierra. Se incorporó otra vez, con su miembro asomando la cabeza por entre la bragueta. Escobar avanzó un paso, lo agarró por las solapas y lo zarandeó de un lado a otro, manteniendo difícilmente el equilibrio. Por un lado, pensó, la cosa estaba bien: era un pretexto para romper para siempre esa amistad, que se estaba volviendo pegajosa. Edén tenía la calvita incipiente cuajada de gotitas de sudor, y espuma en las comisuras. Gruñía ininteligiblemente mientras Escobar lo zarandeaba con moderada violencia, sin saber qué hacer con él exactamente, sintiendo en la cara su aliento alcohólico entre el olor agrio del baño.

   Edén le lanzó una patada a las espinillas. Escobar lo estrelló contra los baldosines del muro, maravillándose de su propia violencia. Edén se aflojó, pudo darle la vuelta entre sus brazos y le hizo golpear el filo de porcelana del orinal con la frente, creyendo que con eso bastaría. Edén le lanzó un talonazo traicionero a la espinilla, y Escobar le estrelló de nuevo la frente contra el muro, en represalias. Aunque ninguno de los dos hablaba, debían estar armando un estruendo considerable. Intentó un golpe de karate contra la nuca, sin efecto: -¡pero quieto, carajo, estése quieto!"- mientras Edén se retorcía y lanzaba taconazos y codazos, y gruñía medio ahorcado por el antebrazo de Escobar. Escobar se acaballó en sus espaldas, y Edén, increíblemente, echó a correr hacia la puerta con su peso a cuestas. Le trenzó los pies en las corvas, y ambos se derrumbaron con estrépito. Los parietales de Edén chocaron contra el ángulo del rincón, su occipital contra la quijada de Escobar. Se quedó quieto. Escobar se puso en pie, jadeando, con el labio sangrante.

   Volteó el cadáver bocarriba.
-No puedo haberlo matado -pensó, despavorido. -No soy tan fuerte.
   La frente de Edén era una masa sanguinolenta. Al parecer no respiraba, ni tenía pulso en la muñeca.
- Mierda mierda mierda, lo maté.
   Pero no, el pulso le latía: es que es difícil encontrar el pulso.

   Logró sentar el cuerpo blando con la espalda apoyada en un rincón. Intentó hacerlo vomitar, para que su estado le pareciera natural a quien entrara al baño, pero Edén no dejó escapar ni siquiera saliva. Se echó agua en la cara y la cabeza, se peinó ante el espejo. Pensó lavarle a Edén la sangre de la frente y del rostro, pero le pareció demasiado difícil la tarea. Desde la puerta le echó una última mirada al cuerpo inerte. Entre las piernas abiertas y estiradas asomaba todavía el miembro, como una gruesa orquídea morada y negra.

   Vio que en su mesa lo esperaban Rubén, Ramón, Narciso, los Melódicos. Mas allá, en otra mesa, distinguió a la morena flaca que le había estremecido el corazón al principio de la noche: sola y muda en el humo, en la bruma caliente, en el estrépito: Caminó hacia ella en línea recta. La tomó por el codo, sin preguntarle nada, y la levantó a pulso, y sin detenerse ni volver la mirada la llevó hasta la puerta y el frío de la calle.

- Suelte, ole, por qué tanto afán. . .

   Al otro lado de la calle oscura había un anuncio de neón con aspecto de flor. La hizo cruzar la calle casi al trote, sin hablar, huyendo, esperando oír a cada instante la gritería de los perseguidores. Una barra, un barman detrás de la barra, mesitas sumidas en una oscuridad tibia, malva, boleros: un oasis. Todavía le temblaban las manos.

-Vamos a bailar, mi amor.

   Mansamente la niña lo siguió hasta la pista, maquinalmente le encajó el codo en la clavícula. Bailaron un bolero tras otro. Durante la tanda entera Escobar bailó como un autómata, todavía embebido en el recuerdo de la violencia y la pelea, pensando en cosas que hubiera debido hacer y no había hecho. La vida pasa demasiado rápido, y el error, el error. Dejado solo en el baño. Edén podía haber muerto. Quizás había acabado muriéndose por su propia cuenta -ahogándose en los charcos del piso, tragándose la lengua. Soltó a su pareja en medio de la pista y se miró las manos de asesino, negras en la luz malva. ¿Sangre? No. Se sentaron. Un camarero los obligó a pedir whisky. Después ron, el primer trago le supo a agua. Se volvió a mirar las manos, sin hallarlas distintas.

-¿Ves algo raro en estas manos?
- Manitas quietas ¿oquei?
- ¿Cómo te llamas?

    Se llamaba Cecilia. Confesó que era estudiante. A la segunda tanda, al segundo whisky, ya bailaba desmadejada, en sus brazos, sin mantenerlo a raya con el codo, sin intentar esquivar la rodilla que se abría paso entre sus muslos. Le gustaba el trago, porque se siente uno como ligerito, de lo más chévere. Lo malo es que a veces se emborracha uno. Cuando tenía trece años, allá en Yopal, su hermano Julio Alberto y su novio la habían emborrachado por primera vez. Tomar es chévere, pero después a uno le duele la cabeza. Se habían aprovechado de ella.

-¿Quiénes?

   Los hombres. Al parecer, todos los hombres. Cecilia indicaba la redondez del universo con un gesto del brazo. Al día siguiente, su hermano Julio Alberto y su novio la habían vendido a un burdel de Villavicencio, aunque su novio no tenía la culpa, seguro que Julio Alberto ni siquiera le dio su parte de la plata. Se había despertado sola y con dolor de cabeza. La señora le había pegado, por quejarse. Escobar, al bailar, le besaba la frente lisa, las cejas rectas y negras, los párpados pintados, que ella cerraba con hastío, protestando, borracha.

- Todos los hombres lo que quieren es eso.

   Sentados otra vez le besuqueo la mano, se la puso al desgaire entre sus piernas, sobre su miembro hinchado y palpitante. Ella la dejó ahí, como quien deja en una mesa un objeto extraño, un paquete blando, tibio, un cadáver de pájaro.

- ¿Y usted qué hace, ole?
- Versos -confesó Escobar. Cecilia intentó fijar la mirada oscura, soltó una risa que se diluyó en un hipo.
- Soy poeta -insistió Escobar. Cecilia movió la cabeza, negando: su pelo era una explosión negra.
- Eso dicen todos -dijo al fin. -Pero lo que quieren es eso.

   Y retiró la mano. Escobar pidió mas whisky.

   Cecilia hablaba arrastrando la voz, sembrando su historia con oles y "ole mire le digo'' y "manitas quietas ¿oquei?" cuando Escobar la acariciaba en una pausa. Los años de aprendizaje en el prostíbulo, los choferes de bus sobre su cuerpo, las detalladas exigencias del doctor Pedraza, juez promiscuo civil municipal. Escobar sentía celos. Hasta su primer aborto había sido una reina: el comandante de la base de Yopal iba a comerle en la mano, mansitico, el secretario de Hacienda del Meta, que botaba plata hasta por los oídos, no se quería acostar sino con ella, el directorio liberal, que eran nueve señores, venía y la cabalgaba con regularidad. Claro: había días polvorientos y tristes, días de dormir y comer chocolates y leer revistas, días de escribir cartas de ansia confusa y de melancolía al Correo del Corazón de los periódicos. Pero también había días de delirio y de feria ganadera en que la emborrachaban con vinos espumosos y se sentía flotar de lo más chévere.

- Carpe diem -interpoló Escobar, borracho.
- Qué carro Beeme ni qué carajo: allá la gente lo que tiene es puro Toyota y puro Lanrover ¿no ve que eso es el llano?

   Escobar la abrazaba, sentía los huesos de sus hombros crujir, ceder sobre su pecho. A veces ella se quitaba un zapato frotando un pie con el otro y movía los deditos para restablecer la circulación de la sangre y Escobar, al descubrir que no llevaba medias, se deshacía por dentro imaginando la piel suave de los muslos desnudos bajo el vestido rosa de volantes marchitos, fucsias en la penumbra, mustios de manos ávidas. Descubrió entre las gasas redondeles menudos de quemaduras de cigarrillos de borracho, y la besó en la nuca sin poder contenerse.

-Ay, ole, déjeme le cuento, ¿oquei?

   Y apartaba la cara cuando él quería besarla, echando atrás el cuello en una carcajada de borracha. Las tardes quietas del burdel, jugando cartas con las demás pupilas. Cecilia, mija, lávate, que hoy viene el senador y el senador sodomizándola, desnuda, con la barriga peluda atravesada por una banda tricolor. El gringo bobo y rubio de los Cuerpos de Paz, que enseñaba a grabar Patos Donalds en cuero, que al puro principio parecía sólo medio huevón, pero que en fin de cuentas lo que quería era salvarla y llevársela a Connecticut para presentarle a su familia. En épocas de gira electoral se había acostado con candidatos a la presidencia de la República, y con sus guardaespaldas. En menos de dos años había conocido a mil hombres. Y lo que querían todos los hombres era eso: Cecilia abría las piernas, se levantaba el vuelo del vestido y señalaba eso con el dedo.

   Escobar le besaba los hombros, las orejas. De Cecilia, emanaba un olor denso y ácido, a maquillaje derretido en perfumes. Sus senos cónicos y tiernos tensaban el vestido en el ir y venir de la respiración, con el pezón marcado como un timbre. Su boca se veía como una herida púrpura en la penumbra cargada de boleros. La besó en la boca. Ella luchó un momento contra el beso, apretando los labios, gruñendo con un gruñido que le hinchaba el cuello, cediendo al fin, dejándose aplastar los labios contra los dientes duros, abriendo grande el paladar para que se trenzaran las dos lenguas, aspirando, chupando, sin aliento perdida. Una niña perdida. Escobar se deshizo por dentro

- Vamos a tirar, mi amor.

   Cecilia se dejó llevar por el codo hasta la puerta. Pero faltaba pagar: ¿a qué hora habían tomado tantos whiskies?. Pagó. Recuperó a Cecilia, desgonzada en una silla. Cecilia se dejó recuperar. Se dejaba. Se dejaba besar, llevar, recuperar, guiar, perder. Así se había dejado vender a los trece años. Se dejaba colgar entre sus brazos, como un trapo. No tenía a donde llevarla. Recordó a Fina, con cólera: Fin: no la recibiría en su casa. No lo permitiría. No lo perdonaría. Ah, Fina, mierda, no hay derecho: tú me echaste, ahora no me dejas volver. Pero mira: tengo a Cecilia, que me adora. O que se deja, por lo menos. ¿A dónde ir? Era tardísimo. Se emborrachó de súbito con el aire nocturno. ¿Qué hacía ahí, con Cecilia borracha colgada de sus brazos, lisa y morena y húmeda en el frío? Cecilia se bamboleaba, sin huesos, cada vez más pesada, y su rostro era gris. A sus pies paró un taxi. Subieron. ¿A dónde ir?

- ¿En dónde vives?
- Con unas amigas. Por allá.
  Señaló con el brazo delgado hacia el sur.

   No era muy lejos, a esas horas, por calles encharcadas, relucientes, en un parpadear amarillo de semáforos. El taxista tenía ojos rojos de amanecido, y el radio a todo volumen. Un trío melifluo cantaba en el radio: La que se fue. Escobar recordó a los Auténticos, cayó de boca en el recuerdo de su pelea en el baño con Edén Morán Marín, sintió un mareo de náusea, ahuyentó los recuerdos con una sacudida. Se despertó Cecilia, que se había echado a dormir sobre su hombro metiéndole en las narices la fragancia de su pelo. Le sonrió:

- No se me acelere, papito...
- No...

   Ahora fue ella la que puso su mano entre los muslos de Escobar, frotando dulcemente la curva de la bragueta. Y esta vez fue Escobar el que le retiró la mano, por temor al taxista. Pero llegaron pronto. Era en un tercer piso. Cecilia vivía con dos amigas, explicó, que también eran estudiantes. No estaban. No era hora de que estuvieran, explicó: trabajaban en un Club Privé.

- ¿Tiene perico, papito?
   Escobar no tenía perico.
- Le doy, si quiere. Pero me lo paga ¿oquei?
- Oquei.

   La cama era amplia, blanda, con manchas misteriosas en la colcha. La lamparita de la mesa de noche daba una luz naranja, y a través de las cortinas cerradas se filtraba el parpadear rojo y verde de un anuncio. Escobar se tendió bocarriba, y el mundo se cerró sobre él como un aleteo negro. Sintió que lo sacudían por los hombros.

- Ole ¿no quería perico?
 

   Cecilia estaba ahora desnuda de la cintura hacia abajo: el vello oscuro del pubis le subía por el vientre como una mano negra. Entre los botones abiertos de la blusa los ojos desenfocados de Escobar le veían cuatro tetas: dos pálidas y azules a través del tejido, con los pezones negros como moras, y otras dos desnudas y calientes a la luz de la lámpara. No podía tener tantas. Le cogió una con la mano, más blanda de lo que su mano esperaba. Cecilia le apartó la mano. Le ofreció una línea de coca en la superficie de un espejo, mas bien grisácea. Escobar aspiró, contuvo un estornudo, se sentó pesadamente en la cama. Dios mío.
Quitarse los zapatos.

- Ya desvístase, papito.
- Ya voy. Cecilia, amor.

   Tenía la confusa impresión de que las cosas no estaban sucediendo en el orden debido. Se paseaba de un lado a otro del cuarto, en calzoncillos y zapatos, y descubría con sorpresa que había llegado a un extremo del cuarto sin haber pasado nunca por los puntos intermedios. La realidad no coincidía con lo que debía ser la realidad. Si por tres veces me sale el mismo número de pasos, quiere decir que he pasado por los mismos sitios, y que por consiguiente los sitios están ahí. Cecilia, sentada en la cama con las piernas cruzadas, con los talones apoyados en lo negro del pubis, seguía narrando su vida: el senador, el gringo, la fiesta de sus quince años, cuando el mayor Vanegas -¿quién era el mayor Vanegas? -le había dicho: "ya eres una mujer". Era chévere, el mayor Vanegas, y en la cama era un tigre. Escobar, todavía enredado en sus medidas y cálculos espaciales, sintió celos del mayor Vanegas. Se sentó en la cama. Después, el viaje a Bogotá con el doctor Mahecha. ¿Quién era el doctor Mahecha? Al parecer había perdido datos esenciales de la historia. ¿Mil hombres? No tenía celos suficientes. ¿Cómo contar la historia de mil hombres en una sola noche, o inclusive en mil noches? Cecilia se perdía en sus recuerdos, se iba por caminos laterales, historias paralelas, parentescos: el ahijado del doctor Mahecha, que tenía los ojos de Roberto Carlos. ¿Quién era Roberto Carlos? ¿Y quién era el ahijado del doctor Mahecha? Scherezada, en sus noches, debía contar historias parecidas: la historia de los tres ahijados del doctor Mahecha.

   Escobar empezó a besarle el cuello, sin mucho esfuerzo le quitó la blusa, le besó las axilas, los senitos puntudos. Le metió la mano entre las piernas. Cecilia interrumpió por fin su historia.

- Ay papito. . . Me puso toda aceleradita -dijo.

   La abrazó, tendida sobre la cama, aplastando sus senos calientes con su pecho, respirando el olor penetrante de su pelo, pesando sobre ella con su sexo. Pero bajo los calzoncillos -pues seguía con los calzoncillos y los zapatos puestos no sentía nada: un silencio. Pensó que había tomado demasiado trago, o había mezclado trago, o estaba demasiado emocionado. Bajo su peso el cuerpo liso y delgado de Cecilia se retorcía. Se acomodó mejor encima de ella, para darse más juego. La vio abrir sus ojos líquidos:

- ¿Y eso qué le pasa? Ya métala, papito, ya métala.

   Calma. Es el trago. Vamos por partes. Cecilia dejó de moverse para toser contra el pecho de Escobar. La besó en las sienes, en los párpados: olía a sudor, a perfume caliente, entre jazmín y fresas. Le mordió un tendón en el cuello: la piel y la carne cedieron bajo sus dientes, y ella se quejó. Le acarició con la mejilla la curva de los senos, le mordisqueó los oscuros pezones erguidos, lamió el sabor salado entre sus senos, le besó el ombligo, liso y hondo, hundió su boca en el nido mullido y aromático de su sexo entreabierto. Pero en el silencio de sus calzoncillos las cosas no mejoraban. Calma. Es el trago. Calma. Hay que darle tiempo al tiempo.

- Cecilia.
- Ay, ole, métala.
- ¿Me quieres?
- Ay, ole, métala.
- Mientras no me digas que me quieres, no.
- Ay, métala ya, no joda. . . Escobar se mantuvo firme.
- No. Mientras no me digas que me quieres, no.
- Ay, ole. . . Bueno, lo quiero, pero métala ya papito. ¿oquei?

   Oquei, pero no era fácil. Cecilia le bajó los calzoncillos: entre sus dedos frescos le cogió los testículos y el miembro arrugado y dormido, que se encogió todavía más bajo el contacto. ¿Es que no se le para?

   Lo tomó con dos dedos, por la punta, echándole un rápido vistazo pericial. Escobar también lo miró, enroscado en sí mismo, con su ojito de cíclope bien apretado, como un gato dormido.

- No es eso -explicó. -¿Quiere que yo le haga cosas?
- No. Espera. Voy a quitarme los zapatos.

   Se los quitó con lentitud deliberada, confiando en un milagro. Cuando volvió a enderezarse Cecilia dormía, con la boca abierta sobre la almohada. La miró dormir. Así debía dormir todas las noches. Con la yema del dedo le acarició la línea redonda de la grupa. Empezaba a sentir un palpitar doloroso en la frente, tenía sed, tenía ganas de orinar. ¿Dónde quedaría el baño? Intentó hacer la cuenta del número de veces que había orinado ya esa noche: recordó el rostro de Edén lleno de sangre, con un vahído súbito. Se acostó bocarriba al lado de Cecilia. No podía haberlo matado. Cerró los ojos y lo envolvió un ramalazo de espanto, inesperado y negro, y los abrió otra vez, temblando, cubierto de repente de sudor. Sentía el dolor batir en oleadas contra las paredes de su cráneo, en estallidos rítmicos que le dejaban los ojos llenos de puntos de luz. Una contracción del esófago le inundó la garganta de bilis, o de ron, o de whisky, de algo que sabía a yodo. Inclinándose por sobre el cuerpo dormido de Cecilia apagó la lamparita. El cuarto se llenó de la luz lechosa de la calle. Abrió las cortinas. Estaba amaneciendo, y en la blanda luz del día parpadeaba rojo y verde, invertido, el anuncio de neón, pero su parpadeo seguía un ritmo distinto del que tenía el dolor en su caja craneana. Cerró la cortina, abrumado por una sorda angustia. Encontró un baño estrecho que olía a perfumes encerrados, a pino, a cañerías en mal estado. Cuando volvía, lo sobresaltó la mirada fija de un Sagrado Corazón de tamaño natural, rubio, con bucles. Se miró en su vago reflejo en el vidrio, hizo coincidir el reflejo de sus ojos con los ojos mansos de la imagen.
-Dios mío -pidió- que se me pare.

   Pero tampoco. Miró a Cecilia dormida, bocabajo, con una pierna delgada encogida bajo el vientre. Se iba a morir de frío. La cubrió con la sábana, arreglando sus pliegues para que dibujaran por transparencia las líneas puras de su cuerpo dormido. La acomodó mejor, le separó dulcemente las piernas para crear un vacío, tensó la sábana sobre la doble almendra de sus nalgas, como si dispusiera un arreglo floral. En silencio volvió al pasillo del baño, vació el florero del Sagrado Corazón. Eran flores de plástico, mantenidas derechas con alambres. Arrancó los alambres y dispuso las flores en semicírculo en torno al sueño de Cecilia. Única flor entre las flores. Decidió dedicarle un soneto.

          Única flor entre las flores: eres
          mi flor de carne entre tus falsas flores.
          Pedúnculo que aviva mis amores...

   Otra vez la mentira poética, persiguiéndolo como una erinia vengativa. ¿Acaso había avivado sus amores? Pero bueno: un soneto, en fin de cuentas, es una expresión de amor tan válida como una erección. Entonces, eso: un soneto que fuera al mismo tiempo una justificación de su impotencia. Un soneto explicativo, persuasorio, didascálico: mira, Cecilia, lo que pasa es que la sangre se me va a la cabeza, y se derrama allá en un surtidor de versos. Además, era cierto: sentía su cabeza a punto de estallar. Buscó en donde escribir. Un cuaderno de hojas cuadriculadas, con torpe letra redonda y espaciada de semianalfabeta: labandería, cesenta pesos, alcaseles cuatro, paqete de cotex doce pesos.

          Cecilia: mi amor esquiva
          las ansias de poseerte.

   No. Un soneto no es exactamente lo mismo que una erección, digan lo que digan. Miró a Cecilia, buscando inspiración. Ahora se chupaba un dedo en su sueño.

          Cecilia, mi amor te esquiva.
          Ya lo ves: se finge inerte.
          De tanto querer quererte
          te quiere...

   ¿Por qué se había impuesto una rima en "iva", tan difícil? Altiva, primitiva, repetitiva.
Cecilia, mi amor te esquiva.

          Ya lo ves: se finge inerte.
          De tanto querer quererte
          no te quiere fugitiva:

         Te quiere tener cautiva
         de cepo más cierto y fuerte
         que ese remedo de muerte
         del amor: te quiere viva.

          Me dirás, si te despiertas,
          que estás dormida y no muerta.
          Me dirás "metala ¿oquei?"

          Querrás imponer tu ley.
          Y mi amor quiere ser rey
          y no buey, niña casquivana.

   Su cabeza palpitaba en breves fogonazos de dolor. Leyó en voz alta, de rodillas a los pies de la cama. Tal vez así le leía Petrarca sus sonetos a Laura, después de haber intentado inútilmente acostarse con ella. Y tal vez Laura seguía durmiendo impávida, como Cecilia ahora, respirando por la boca abierta, sin oír una sola palabra. Tal vez. Pero Laura despertaría tarde o temprano, con ojos legañosos, y el soneto, en cambio, guardaría su frescura de rosa recién cortada. Laura iría envejeciendo, año tras año, y acabaría muriendo, y sus huesos se disolverían por último en la cal de la fosa común, y en cambio ahí seguirían eternamente jóvenes los sonetos de Petrarca. Volvió a leer el suyo. No era un soneto de Petrarca.

   Y Cecilia seguía dormida, bella y serena en la luz plomiza del día. En su sueño, su codo había roto el semicírculo cerrado de las flores de plástico. Las contó. Eran catorce, inevitablemente, como los versos de un soneto: hubiera debido sospecharlo. Rígidas y sin gracia, visiblemente falsas, colocadas en un orden geométrico antinatural. Toma, Cecilia, un soneto: catorce versos de plástico que ni siquiera sirven para despertarte. Sintió vergüenza de sí mismo, odio por su pobre pipí encogido de frío entre el vello de su bajo vientre, inservible. Como un estrambote en la punta de un soneto. Dios mío, no más metáforas.

   Y por si todo eso no bastara, su dolor de cabeza seguía agravándose. Lo sentía pesar como un lingote de metal candente atravesado en su cráneo, apoyado en la gelatina gris de su cerebro como una espada de fuego en un cojín. Se tendió bocarriba en la cama, se tapó hasta la frente con las sábanas. Con los puños cerrados se oprimía las sienes en un esfuerzo vano: si pudiera lograr que de pronto cedieran las paredes de hueso, que se hundieran con un corto crujido de fractura y dejaran escapar el dolor, y entrar el viento. Detrás de su cabeza, inaccesible, palpitaba algo espantoso. Cuando cerraba los ojos lo sentía desplomarse sobre él como un telón de sangre, con un rugido de incendio. Perdía pie, sentía que perdía pie y caía en imprevistos huecos de oscuridad, horadados de golpe por un chorro de luz que pasaba a su lado aullando, rozándolo, como un tren en la negrura de la noche. Abría los ojos, empapado de súbito terror, se tentaba el pecho resollante en busca del latido de su corazón. Alguien que me asegure que estoy vivo. Veía el color del día, mortecino, un verde lívido al trasluz de las cortinas cerradas. Alguien que haga volver la noche. Contra su flanco sentía las ancas curvas y frescas de Cecilia dormida. Cecilia, abrázame, apriétame, protégeme, perdóname.




   Lo despertó el repiquetear ensordecedor del aguacero. Si estoy en Bogotá, raciocinó, son las dos de la tarde. A su lado, Cecilia seguía dormida, arrebujada en las sábanas. Fue al baño a beber agua, se miró en el espejo los ojos estriados de sangre, pedazos de carne cruda. Quiso orinar, pero se lo impidió la erección que le brotaba entre las ingles: una lanza de carne. Regresó al cuarto con las manos cerradas en torno a ella, caminando con el paso envarado y solemne de los portaestandartes. Se inclinó sobre el cuerpo inmóvil de Cecilia, apartó con un dedo los mechones oscuros que le cubrían la frente. Ella movió la cabeza, dejando ver en la mejilla una marca escarlata dejada por un pliegue de la almohada. La almohada estaba llena de manchas rojas, malvas, azules, que habían chorreado por las mejillas de Cecilia formando pozos tornasolados. Su boca abierta estaba limpia, color de rosa, fresca.

   Sin soltar su erección se metió entre las sábanas. Besó un seno húmedo que asomaba por debajo del brazo. Abrazó el cuerpo dormido, estrelló su boca contra la cavidad del hombro, gimiendo de amor. Cecilia lo abrazó, dormida todavía, diciendo "venga papito" con una voz sin matices, de muñeca de cuerda, escobar apretó contra el suyo todo su cuerpo delgado, sintiendo que los huesos cedían, que los ligamentos y los tendones se aflojaban. Le separó las piernas brutalmente y de inmediato se vio inundado en una sola convulsión caliente, irremediable, entre los muslos de Cecilia. Ella lo apartó de un empellón, ya perfectamente despierta, gritando " ¡carajo hijueputa la sábana!".

   Escobar siguió tendido en la cama, vivo apenas por la palpitación levísima que transmitía desde el cerebro el dolor de cabeza, que había vuelto de pronto: una masa compacta que llenaba su cráneo como materia sólida, más pesada que el plomo. Cecilia iba y venía desnuda, con los pequeños senos bamboleantes, lanzando maldiciones, manejando instrumentos de limpieza, esponjas, trapos húmedos, rollos de papel del baño, hijueputa ni que una fuera sirvienta para andar lavando sábanas, antes no echó la ceba. Tú no eras así, Cecilia. Luego entendió el destrozo de las flores de plástico y soltó berridos de indignación. Volvió a chillar cuando encontró el soneto: hijueputa mi libreta de cuentas. Lo arrugó, lo tiró hecho una pelota en el balde de agua sucia. Cecilia, es mi soneto. Tu soneto, Cecilia. Escobar, balbuciendo "perdón, perdón" de cuando en cuando, empezó a vestirse.

- Ole y mis dos mil pesos.
- ¿Dos mil pesos? -dijo Escobar, incrédulo. Tú no eras así, Cecilia.
- Mejor dicho y mire cómo me dejó la cama, mire, no sea cochino, y encima todo el perico que se metió, y mire cómo me volvió mis flores malparido, eso son otros quinientos
- Quinientos pesos?
Buscó en sus bolsillos el burujo de billetes, sintiéndose humillado, explotado, rabioso. Podía cobrarle su soneto.
- No hay sino mil quinientos -mintió. Ella le arrebató los billetes de un manotazo. Había mil ochocientos.
- Mejor dicho diga que lo que me quiere es robar, preste paca el reloj aunque sea, seguro además ni es fino.
- No tengo reloj.
- Ora sí mejor dicho la jodida fui yo, no le digo, si eso es de huevona que es uno de meterse con cualquier hijueputa. Ya vayase hijueputa.
- Está lloviendo.
- Pues mójese -o qué: ¿ya ni hombre es para eso tampoco?

   Por el hueco de la escalera seguía oyendo la voz áspera de Cecilia. Otra voz. Esa no era tu voz, Cecilia.

   El aguacero estaba en todo su furor.

  

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