Capítulo X

 

   Tal vez se quedó dormido un rato. Se oyó a sí mismo rasguñar la madera de una puerta, como un perro que rasguña una puerta intentando salir de alguna parte. Pero si acaso durmió, al despertar seguía sentado en el sillón, con la cara en las manos. Oyó timbrar. Poco a poco se dio cuenta de que timbraban a la puerta. Estaba cansadísimo. Timbraban a la puerta, y estaba cansadísimo. No iba a mover un dedo. Recordó de repente que tenía la vida hecha pedazos. La vida rota en cien pedazos puntudos y cortantes, como si se le acabara de caer de las manos. Y no sabía si llorar, o ponerse en cuclillas a recoger los pedazos uno por uno. (¿Pero por cuál se empieza?). Como un perro gimiendo y rasguñando detrás de una puerta cerrada, abrumado de angustia, sin poder escaparse. Seguían timbrando. Fina no. Fina no podía ser, Fina había entrado abriendo con su llave. Estaba solo. Había perdido a Fina. (Y a Angela). Timbraban a la puerta. No iba a abrir. No quería ver a nadie. Timbraban a la puerta. Timbraban y timbraban a la puerta. Le dolía la cabeza. Los brazos, las piernas. Le dolía la columna vertebral. Había dormido mal, torcido en el sillón. No, no era eso: estaba solo para siempre en la vida, sin Fina. Fina tenía de pronto el pelo corto, desconocido: la nuca limpia y desnuda bajo el corte de navaja. Sí, efectivamente timbraban a la puerta. Pero no se iba a levantar, no iba a abrir, no iba a ir a ver, no quería ver a nadie. Se incorporó pesadamente, miró por la rendija de la puerta. No veía nada. Cerró el ojo, lo volvió a abrir. No veía nada. Se puso en cuatro patas en el piso. Le dolía la cabeza. Miró por la rendija inferior, que era más ancha. No veía nada, ni una sombra. De afuera suspendieron los timbrazos, oyéndolo, sin duda. Estaba haciendo ruido. Se quedó quieto en cuatro patas. Oyó una voz:

- ¿Ignacio?
   Se le erizaron los vellos de la nuca. Era Henna. No contestó.
- ¿Ignacio? Sé que está ahí. Acabo de oirlo -y se rio. La risa de Henna. Dio unos golpecitos juguetones en la puerta: tan tararantan - tan tan. Ábrame, soy Henna.
   No contestó, siguió ahí acurrucado, sin hacer ningún ruido.
- Ay, ábrame, no se haga el chistoso.

   Por ningún motivo le abriría jamás a Henna: Henna no volvería nunca a pisar esa casa. Si era necesario que muriera ahí acurrucado en el piso, así moriría. Pero le empezaban a doler las rodillas. Gateó en silencio hacia el sillón conteniendo el aliento, pero bajo la alfombra craquearon las tablas del piso.

- ¡Ajajá! -dijo Henna, riéndose. -Lo estoy oyendo, Ignacio. Ábrame, no sea bobo.

   Hubo un largo silencio. Escobar se sentó en su sillón. Ahora le habían quedado lejos los cigarrillos, mierda. Le dolía la cabeza. Y encima Henna. Recordó de pronto que Fina había venido y se había vuelto a ir, oh, mierda mierda mierda. . . Dejó escapar un gemido.

-¡No se ría, lo estoy oyendo! -dijo Henna desde el otro lado de la puerta. Siguió callado, sintiéndose repleto de odio por Henna, imaginando cómo podría abrir la puerta de repente y recibirla a hachazos, a mordiscos. La señora Niño empezó a golpear nuevamente en el techo, en el silencio: tac tac tap tap tap taratactactactaptaratac tap tap tap tac tac. Tenía hambre. Ah, pero ir a la cocina. . . No se movió. En el vasto silencio repercutían los golpes obstinados de la señora Niño: tac tac tac taratactap tap tap tarac- taptactarataptaptactaptactac tac.
- ¿Qué son esos ruidos tan raros que está haciendo? -preguntó Henna tras la puerta. Y en vista de que no contestaba, añadió: -A ver, a que adivino: ¿bolas de cristal?. . . ¿Está clavando algo con martillo?. . .
   Súbitamente impacientada, golpeó la puerta con la mano abierta.
- ¡Ay, ábrame, Ignacio, no sea chistoso!. . . ¿Sabe qué?
   Lo vi ayer en el restaurante.
   Silencio, silencio.
- ¿Por qué no me saludó? Ernesto le gritó, y todo. ¿Es que soy invisible?
   Silencio.
- Estábamos con su prima Lucía y con Juan Manuel. Son adorados ¿sabe?
   Silencio.
- ¿A que no sabe qué pedí? ¡Langosta! Hacía tiempos que no comía langosta. Y ostras. Estaban ricas. ¿Usted ha comido alguna vez langosta en ese sitio? Es buenísima, viera.
  Silencio. Henna exclamó, perdiendo la paciencia:
- ¡Ay, Ignacio, abra de una vez! No crea que es chévere estar aquí parada como una boba hablando con una puerta. ¿Quiere que me ponga a llorar?
  ¡No no no no! Sí, que se pusiera a llorar. Guardó silencio.
- Ignacio, quiero hablarle. -Silencio. - Es en serio, ábrame, tenemos que hablar.
   Silencio.
- ¿Sabe que no entendí por qué se hizo el muerto todo es te tiempo? Al principio creí que le había pasado algo.
   Silencio. Silencio.
- ¿Qué es lo que pasa con su teléfono? ¿Sabe que está como cortado? Lo llamé como cien veces. Le apuesto a que es que se le olvidó pagar. O le dio pereza. Silencio.
- Quiero que hablemos de eso, y de otras cosas.
   Silencio.
- Ábrame, Ignacio. Es en serio.
   Silencio.
- Anoche, después de que lo vi, me quedé pensando toda la noche en lo nuestro ¿sabe?
   Silencio.
- Ernesto quería que fuéramos a discoteca, y Lucía me insistió, porque Juan Manuel no la lleva nunca. Pero no sé, yo no estaba como en ánimo, les dije que me dejaran en mi casa. ¿Quién era esa niña que estaba con usted?
   Silencio.
- ¿No me quiere decir?
   Silencio.
- Bueno, no me diga. A mí qué me importa.
   Silencio.
- Ignacio, por favor, abra la puerta, no sea niño chiquito. Silencio. Henna golpeó violentamente con las dos manos. Silencio. Se pegó al timbre.
- ¡Ábrame, ábrame, ábrame, ábrame, ábrame!!! ¿Quiere que me vuelva loca?
  Silencio.
- ¿Sabe qué? Me voy a sentar aquí contra la puerta hasta que me abra.
   Silencio. La oyó acurrucarse en el piso, golpear la puerta con la espalda, reir, soltar un gritico.
- ¿Sabe qué? El piso está helado.
   Silencio.
- Si me da pulmonía, usted me cuida.
   Silencio.
   Al cabo de un minuto oyó que Henna se ponía de pie, se palmeaba las nalgas para limpiarse el polvo.
- ¡Ay, Ignacio, ábrame! ¿Quiere que se lo suplique de rodillas? Bueno, se lo suplico de rodillas.
   Silencio.
- Ábrame, Ignacio, llevo una hora aquí como una boba.
   Silencio.
- Ábrame que quiero darle un beso.
   Silencio.
- ¿Sabe qué? -Henna bajó la voz hasta un cuchicheo:
- Quiero que hagamos el amor.
   Silencio.
- ¡Lo voy a violar!
   Silencio.
- Ignacio, es en serio: desde anoche he estado pensando en usted y en mí. Quiero que hablemos. Apenas me dejaron en la casa me puse a escribirle una carta. Pero después pensé que estas cosas es mejor hablarlas ¿no le parece? Por eso vine.
   Silencio.
- ¡Ay, Ignacio!
   Silencio.
- Ahora ya ni siquiera sé si usted está ahí o no. Me estoy sintiendo como una boba. ¿Está ahí?
   Silencio. Oyó la risa de Henna:
- Sólo dígame sí o no: ¿está ahí?
   Silencio.
- Ay. Ignacio, si no quiere hablar ahora, no hablamos, sólo le doy la carta y ya ¿bueno? Pero ábrame.
   Silencio.
- Lo que pasa es que no la terminé. Pensé que esas cosas era mejor que las habláramos cara a cara ¿no le parece? Por carta son como muy frías, no sé. Pero traje lo que le había escrito por si acaso.
   Silencio. Henna volvió a golpear, volvió a reír, la oyó sollozar:
- Ay, Ignacio. . .
   Oyó que intentaba pasar algo, sin duda la carta, por debajo de la puerta.
- No cabe. Me tiene que abrir -exclamó, triunfal.
   Silencio.
- Tiene que abrirme aunque sea un poquitico, y yo meto la mano y le paso la carta y ya ¿bueno?
   Silencio.
   La oyó rasgar papel.
- Bueno, me toca pasársela sin el sobre ¿no le importa? Le voy a pasar la carta por debajo hoja por hoja ¿bueno? Después usted las ordena. El que es perezoso trabaja dos veces.
   Silencio.
- ¡Bueno, aunque sea contésteme!
   Silencio.
   Vio asomar la punta de un papel por debajo de la puerta, y luego otro y otro y otro y otro.
- Ahí están en orden, pero se los numeré por si acaso. ¿Oyó?
   Silencio.
- Ay, Ignacio. . .

   Se fue por fin. Escobar se quedó sentado en el sillón, inmóvil, con la mirada vaga puesta en la hilera de papeles que asomaban por el filo de la puerta y a veces se movían, como si bajo la puerta soplaran rachas de viento. En el techo golpeaba la señora Niño. Algún día iba a tener que tomar medidas serias con respecto a la señora Niño. Y encima Henna, qué horror. Una punzada en el epigastrio le recordó su abandono. Fina había venido, se había ido otra vez. Fina había abortado un hijo suyo. Ah, imbécil, imbécil, imbécil. . . El. Fina también, imbécil. Ah, mierda.

   Dejó pasar las horas, inmóvil.

   Tenía hambre. Le dolía la cabeza. Por fin reunió fuerzas para levantarse y echar a andar el tocadiscos en un gesto ya maquinal para combatir los ruidos de la señora Niño.

            ¡Díme cómo me arranco del alma
            esta pena de amor!
            ¡esta pena de amor!. ..

   Lo volvió a golpear su dolor. Abandonado. Se hizo café en la cocina, oyendo la interrogación obsesiva de la salsa como un clavarse repetido de navajazos en el alma: díme cómo me arranco del alma esta pena de amor, esta pena de amor, esta pena de amor. Díme cómo me arranco del alma este inmenso dolor, este inmenso dolor, esta pena de amor. . . No había nada más que decir. No era necesario añadir una sola palabra. Díme cómo me arranco del alma esta pena de amor.. . Pensó en emborracharse para salir del paso. La sola idea le dio arcadas. Dio vueltas por la casa, seguido por su angustia. Cada latido de su corazón era un picotazo de angustia, era su propio corazón devorándose a sí mismo como un buitre, a picotazos. Díme cómo me arranco del alma esta pena de amor. Dímelo, Fina, tú. Vuelve. Perdóname. Arráncame del alma esta pena de amor. Díme como me arranco del alma esta pena de amor. Pero no iba a volver, lo sabía. Se había ido, había vuelto, había abortado y había vuelto, y se había vuelto a ir, ahora sí para siempre. Para siempre: se negaba a admitir semejante posibilidad. Para siempre. Nunca se le había ocurrido que pudieran existir cosas para siempre. Díme cómo me arranco del alma esta pena de amor. Para siempre. No era posible, no era tolerable, no estaba dispuesto a aceptarlo. No existían cosas para siempre. Volvería a ver a Angela, y quizás harían el amor. Y posiblemente a Cecilia también. A Fina ya nunca más la volvería a ver, nunca más en su vida, porque se había ido para siempre. Se había ido para siempre. Para siempre. Para siempre. Pasarían años y años, y Fina no volvería porque se había ido para siempre. Se tiró bocabajo en el sofá, sollozando de impotencia. No podía ser, Fina no podía haberse ido para siempre. Sintió un bulto bajo su pecho: un pedazo de encaje. Ah, Patricia. No pudo reprimir una sonrisa enternecida. Maquinalmente se llevó los encajes al rostro para olerlos, los miró a contra luz. Era ya media mañana y ni siquiera había abierto las cortinas. Abrió de par en par las ventanas. La casa debía oler a diablos, a colillas, a sexo enfriado, a marihuana. Marihuana era lo que le estaba haciendo falta, naturalmente. Pero no había en la casa.

   Cambió el disco. Necesitaba algo sedante. Descartó, con un estremecimiento, la Serenata Haffner. "No seas fúnebre, flaco". Descartó a todo Mozart con su alegría insultante, inconsciente. Bach: algo de verdad fúnebre. Hasta los más distantes confines del futuro Fina ya nunca volvería a estar con él. Se había cortado el pelo. El pelo le volvería a crecer. Fina no volvería jamás. ¿Vivaldi? Demasiado frívolo, demasiado brincón. Puso un disco de Telemann: el vasto subir de agua de la melancolía y su vasto descenso, como las olas inmensas del océano -y luego un estallido de alegría, un andante, un allegro: la solidez de la técnica alemana. Pero no, pero no. Necesitaba un cacho: una hierba potente, que lo dejara dormido de un golpe, para siempre. No tenía sueño. Tal vez había metido demasiada coca.

   Se bañó. Se miró en el espejo. Acarició con un dedo la sombra, cada vez más densa y sucia, de la barba en las mejillas. Decidió que se dejaría crecer la barba. Tal vez de esa manera Fina lo pensaría mejor, regresaría otra vez.

   Se estaba volviendo un imbécil. Salió a la calle, haciendo volar del portazo los papeles de Henna alineados debajo de la puerta.

 

 

 

   Era un día seco, azul, con una luz tan dura que lo obligaba a guiñar los ojos para avistar los taxis. Bajo el cielo sin una sola nube hacía un calor picante, y no pasaba ningún taxi. Cogió un bus que corría como una flecha rumbo al sur. En su interior carcomido de orín hacía un calor pesado, pegajoso. El chofer llevaba la radio a todo volumen. Con discreción, con respeto, con anticipación considerable, los pasajeros le pedían a veces que por favor, señor, parara, si quería. Escobar bajó aproximadamente a la altura de la torre del Hilton, con dos monjas. Una tercera se quedó colgada de la puerta del bus y temieron, perderla, pero el chofer, compasivo, paró unos metros más allá. Se abrazaron las tres, felices, llenas de dientes de oro. Escobar caminó con el sol en los ojos rumbo al cielo inundado de luz blanca. Hacía meses que no compraba hierba, y dudaba de saber encontrar la casa de Golmundo -¿se llamaba Golmundo? ¿Gesualdo? -y dudaba aún mas de que la hierba de Golmundo le sirviera esta vez para salir del paso. Díme cómo me arranco del alma esta pena de amor, esta pena de amor... Trepó las callejuelas en pendiente de detrás del hotel, empedradas y secas, vigiladas desde lo alto de un alféizar con geranios por un gordo gato blanco que al paso de Escobar cerró los ojos con asco. Era ya otra ciudad, más vieja, más pobre, más provinciana. Tapiones ciegos pintados de colores pastel en la luminosidad intolerable de la mañana. Sombras rígidas, angulosas. Tejados de teja parda, áticos falsos, puertas verdes y estrechas de madera. Olor a aburrimiento. La casa de Golmundo o de Gesualdo, si era esa, estaba cerrada a piedra y lodo, abandonada. Se asomó por el hueco de una ventana rota. Olía a mierda.

- ¿Un cien, hermano?

   Era un hippy mugriento, macilento, con una camiseta manchada de pintura que anunciaba "Colombiana, la Nuestra". Tenía los dientes negros y carcomidos, y ojos muertos.

- ¿Un bazuko? ¿perico? ¿un ciencito?
- Un cien.
- Fresco, hermano.

   Y a pasos despaciosos el hippy se alejó con los cien pesos.

   Nunca volvió. Escobar se quedó parado un rato en medio de la calle, sudando al sol entre niños que jugaban al fútbol. Luego echó calle arriba, hacia el oriente, atravesó un río de automóviles, siguió subiendo hacia los cerros por calles empinadas, ya sin pavimentar, que terminaban de repente en unos prados donde pacían ovejas. Un niño solitario se divertía en cuclillas escupiendo en un charco que espejeaba al sol. Tendría tal vez cuatro años. Escobar no entendía mucho de niños. Mira, Fina: hubiera podido ser nuestro hijo.

- ¿Venden hierba por aquí?

   El niño le indicó con el dedo una puerta metálica, sin dejar de escupir con atención reconcentrada en el charco putrefacto. Su largo hilo de baba cabrilleaba en la luz. Escobar golpeó a la puerta, le abrieron, pidió un cien.

- ¿Es buena?
- De la Sierra, broder.
- ¿Pero es buena?
   Se palpaba áspera, cobriza, crujiente en su envoltorio de papel periódico.
- Tiene mucho rastrojo -se quejó.
- De la mejor, hermano. ¿Quién lo recomendó?

   Escobar señaló vagamente en dirección al niño que escupía en el charco, pero hubiera podido estar señalando toda la vastedad urbana hasta los lejanísimos plásticos de los invernaderos que centelleaban en la luz de occidente. Más allá de la ciudad inmensa, la Sabana se abría como un inmenso lago hasta la cordillera.

   Bajó de nuevo, acariciando en el bolsillo su envoltorio de hierba de la Sierra, haciéndolo crujir. El niño del charco le tiró una piedra, que no le dio, y salió corriendo a esconderse. En un talud lleno de pasto, a pleno sol, se masturbaba un loco quejándose en voz alta:

- Ay, mamacita. . . Ay, mamacita. . . Ay, mamacita. . .

   Escobar echó a andar hacia el norte por la carrera quinta. Se paró en una esquina a armar un cacho, pero vio con temor que estaba a veinte pasos de una estación de policía. Recordó que tenía hambre. Entró a una tienda. Atarugó de hierba, para probarla, la punta de un cigarrillo. Le pidió desayuno a una señora gorda y maternal.

- Uuuuh, eso a estas horas ya será su almuercito, sumercé. Qué le pongo. Sus costillitas de marrano, sus papiTas chorreadas.

   Quería desayunar. Eran las doce apenas. Pidió changua con huevo mientras fumaba lo que había de marihuana en su cigarrillo. Le supo un poco seca. Miró los almanaques colgados en el muro: una rubia en vestido de baño anunciaba cerveza. ¿Angela? No, no era Angela, aunque el mundo es un pañuelo. En la mesa de latón pegachento había moscas, tornasoladas en la penumbra. Un Sagrado Corazón fosforescente pendía de una pared: recordó otro igual, hacía ya tiempos, en casa de Cecilia, la noche de los bares. Cecilia. Fina, mi amor. Díme como me arranco del alma esta pena de amor, esta pena de amor. Volvió a fumar. Era una hierba buena, de la Sierra.

   La señora maternal le puso un gran tazón humeante de changua.

- Su arepita, su pique de ají bravo aquí en esta coquita. Esta bravo, sumercé. ¿No le provoca un aguacatico?

   Se quedó contemplando embelesado el huevo tibio que nadaba entre dos aguas en el líquido lechoso, como un niño en un vientre. Rasgó la yema hinchada con el filo de la cuchara, dejó escapar una cinta naranja que se desenrolló en lentas volutas mucilaginosas por el tazón desbordante, oloroso a culantro y al aroma pugnaz de cebolla picada. - Changua -pensaba, jugando a abrir con la cuchara nuevas heridas rojas en la yema del huevo. -Changua, changua.- La palabra le sonaba salada y quemante, y como si debiera escribirse con diéresis: changüa. El aguasal (¿aguasal?) picaba la punta de la lengua, los finos tallos del culantro crujían bajo los dientes. Cada cucharada era un prodigio, rayada de verde, rielante, reflejando invertido y diminuto el rectángulo de luz recortada de la puerta, y glogloteaba al pasar por su garganta, caliente en el esófago, cayendo en un chorro grueso allá adentro, en donde ya no lo sentía. Pero podía ver en colores, si cerraba los ojos, el estremecimiento del estómago al iniciar sus movimientos peristálticos, el goteo de los jugos gástricos en las paredes cavernosas, el píloro y el yeyuno-ileón, rosados y amarillos, del tamaño de un dedo, iniciando sus imperceptibles contorsiones con disciplinado esfuerzo. Con los ojos cerrados no le sabía a nada la changüa. Probó la arepa, amarilla, con la reja de la parrilla quemada en negro, acarició con la lengua el sabor ligeramente dulzón y granulado del maíz.

- Otra changua, señora, por favor.
- ¿No quiere más bien su carnecita asada, su buena lengua, su torta de menudo? Eso con tanta changüa se va a embuchar. O sus buenas criadillas, su pezuña, su pierna de gallina guisada. . .
- No, no. Changua, por favor. Changua.
- Su mazamorrita de sal, su cuchuquito. . . Eso para que tanta changua, sumercé, eso ni alimenta.

   Soñó con la changua que vendría, sumido en una placentera expectativa, fumando. Y llegó al fin, igual a la primera, con un huevo flotante que parecía gemelo del anterior y la misma blancura modesta de la otra.

   Pero no era lo mismo. La misma sal, la misma arepa. Pero no. Había sido un error querer resucitar aquella maravilla. Hija del pasado. El pasado, a un minuto de distancia-inalcanzable. La traba le había salido fluctuante y volandera, e incluso metafísica. Era verdad: la hierba era potente.

   Apartó la taza apenas mediada.

- Una cerveza, señora, por favor -pidió.
- ¿Y ahora? ¿qué, no le cupo? Eso hasta lo bueno cansa. ¿No quiere su gallinita guisada, ahora sí? O su buena pezuña, sus chicharroncitos, sus chunchullos, su bofe...  

¿Una buena fritanga con de todo? Le pongo su mazorquita asada en un platico sus buenas rellenas, su chorizo, su carne bien tiernita, su lomito de marrano bien tostadito, bien sabroso.

   La señora gorda lo miraba maternal, limpiándose las manos coloradas en el vientre. En el fondo, sentado en un bulto de papas, distinguió un borracho que no había visto antes, completamente inmóvil, con una cerveza en la mano y veinte cascos vacíos en la mesa. Pidió una buena fritanga con de todo, y la comió chorreándose de grasa, envuelto en un olor a cuero chamuscado y humo de leña.

- Su papila criolla.

   La señora gorda le puso una bandeja de papitas criollas arrugadas y amarillas. Tenía ya media docena de cervezas vacías en su mesa, entre las moscas perezosas, pero todavía le faltaban bastantes para alcanzar al borracho inmóvil del fondo. Bebía a pico de botella, y le quedaba un cuajaron de espuma blanca en el bigote de tres días. Se sentía tranquilo, protegido. Las moscas caminaban por el rostro del Sagrado Corazón, por el vestido de baño negro de la niña rubia que anunciaba cerveza, a quien alguien le había ennegrecido con lápiz los incisivos superiores. Una ancha cinta de sol golpeaba ahora en su mesa. Eructó unos relentes agrios de chorizo y cerveza. Se sacó unas hilachas de marrano de entre dos muelas. Encendió su chicharra.

- Su postrecito de natas, su arequipe, su dulce de breva- propuso la señora gorda.
- Un tinto no más, señora, gracias.
- Pero eso sí le va a tocar puro tintico de olla, sumercé. Eso aquí como no somos modernos. . .

   Salió al sol del comienzo de la tarde, sintiéndose pesado, satisfecho, parándose a eructar cada dos pasos. Compró cigarrillos en una esquina. Andaba flotando, como si caminara sobre el agua. Al cabo de una cuadra, sin embargo, empezó a sentirse ligeramente paranoico. Atravesó la calle para evitar un policía de verde que parecía dormido, parado ante su poste, inmóvil, como sumido en una profunda catatonía. Se sentía perseguido. "La subversión no descansa", había dicho Ceballos. Al cruzar cada bocacalle tenía que volver sobre sus pasos para cerciorarse de que no había sido atropellado por un carro, como pasa a menudo, y veía su cadáver despatarrado en el asfalto, rodeado de un corrillo de curiosos. Al pisar evitaba las ranuras del piso, o a veces plantaba firmemente ambos pies sobre ellas, con los brazos en jarras, desafiante, afrontando lo que fuera, un rayo o un abismo repentino, mientras los transeúntes tropezaban con él y lo injuriaban. Con asombro, descubrió que había llegado caminando hasta la mitad del Parque Nacional, en donde rechinaban con estrépito la gran rueda y un carrusel de caballitos, girando lentamente, cargados de adultos. Pensó que debía ser domingo. El cielo estaba azul, surcado por escasas nubes redondas y muy altas. Empezaron a herirlo los gritos y las risas, los chirridos del carrusel, el martillear de fierros. Se alejó. Se adentró en un bosquecillo de eucaliptos, se tumbó bocarriba, sintiendo fría la tierra bajo el pasto ralo y las hojas secas y las campanitas de madera de las pepas caídas. Armó otro cacho de hierba de la Sierra y fumó medio, bocarriba en la tierra.

   Las nubes, ahora más numerosas, avanzaban en el viento con orden. Un orden imperfecto, sin embargo. Había una que parecía perder ventaja, que en un momento dado incluso pareció devolverse, pero ya para entonces se había convertido en otra nube, absorbida por un grupo de nubes que pasaban formadas como monjas en paseo, con las cofias aleteantes y blancas, y se convertían luego en un gran cisne y en un tanque de guerra. Se fueron. Pasaron otras. Una perseguía a otra sin llegar a alcanzarla, lograba acercársele hasta casi tocarla e incluso rasguñarla un instante con una zarpa de gasa, y la perdía otra vez: burlona, más ágil y más blanca que su perseguidora, que sin duda era macho, y ella hembra. Y se fueron también, tan alegóricas, se disolvieron en el aire. Luego vino una grande, pesadota, tan densa que sólo tenía el borde luminoso de plata. Y se ensombreció el día y Escobar sintió repentinamente frío y miedo de la lluvia. Pero también pasó esa nube. El sol calentaba otra vez, los eucaliptos mecían sus altos troncos rojos, bamboleaban muy arriba en el viento sus follajes plateados, dejaban caer un amplio rumor de seda restregada. Pasaban pájaros, altas golondrinas veloces, negras y caprichosas como moscas. Oyó lejos el ladrido de un perro. Una mirla grande y negra aleteó y voló de un eucalipto a otro. Graznó dos veces y volvió a volar más lejos. Una pepa cayó a su lado desde arriba, plateada y azul, con un sonido blando entre la hierba.

   Una punzada brusca lo hizo cerrar los ojos: Fina no iba a volver. Se había ido para siempre. Pero al cerrar los ojos contra la luz del cielo había empezado a ver colores fascinantes a través de los párpados: escarlatas, anaranjados, amarillos violentos de cromo, rosados brillantes, una lluvia de puntitos violeta. Bajo su cuerpo tendido sentía el movimiento rotatorio de la tierra, majestuoso, y al abrir los ojos veía otra vez el pausado girar de las copas de los árboles, alto y sonoro, atravesado por golondrinas como flechas. Sentía que su coxis había empezado a echar raicillas que se clavaban ávidas en el suelo, buscando la humedad, topándose con chizas y babosas, contorneando sin lucha las raíces fibrosas de los eucaliptos, enredándose con las raíces frías de la hierba. Aquello tenía una inequívoca textura de domingo.

   Lo despertó un perro olfateándole la cara. Huyó espantado cuando Escobar se incorporó de un brinco. Otra vez tenía hambre. Se puso en pie entumecido, con un dolor de humedad en los riñones y tiritando de frío, aunque el sol seguía alto. Tenía, viéndolo bien, un hambre atroz. Estaba ya demasiado lejos para volver a la tienda materna de la gorda. Entre las maquinarias de diversiones encontraría comida, una buena fritanga otra vez, morcillas rezumantes de grasa, chorizos olorosos a humo y a especias, tal vez incluso un pedazo jugoso de ternera no demasiado carbonizado por las brasas. O por lo menos perros calientes con mostaza. Pero sólo encontró papas fritas, reblandecidas en su talego de papel celofán, y bolsitas de patacones resecos, de maní dulce, de chicharrones acartonados. Compró una nube rosada de algodón de azúcar que fabricaban en una máquina misteriosa, y que se le pegó inmediatamente a las barbas crecidas. Para compensar el dulce compró un talego de maíz tote fabricado por otra máquina admirable, pidiendo que le echaran mucha sal. Y fue peor. No resistía el fragor estridente de los hierros, los empujones de la gente el girar contradictorio del carrusel y la gran rueda, los chillidos de los carritos locos, la música de los altoparlantes, los gritos de la muchedumbre dominguera. La sed, que inexplicablemente había confundido con ganas de comer maíz tote, vino a manifestarse claramente cuando ya iba muy lejos, frente al bosque de su siesta. Demasiado lejos para volver atrás una vez más. Pero era una sed espesa. Pero, ah, de nuevo el ruido, los empujones, los olores. Vaciló largamente, dando un paso adelante y otro atrás, como aconseja Lenin. Al otro lado de la calle, en su bosque de eucaliptos, vio a un niño que jugaba a arrojar en el aire y volver a coger una pelota de oro, como una visión mitológica. Tenía que ser una naranja. Se le hizo agua la boca.

-¡Te la compro! -gritó desde su propio lado de la calle, por encima del zumbido veloz de los automóviles. Era efectivamente una naranja: el niño la peló con las uñas, hundió los dientes en la pulpa blanca, manchada de dorado. Escobar pudo ver que el jugo le rodaba por la barbilla y apenas podía contenerse para no arrojarse al torrente de carros.

-¡Te compro lo que te queda! -volvió a gritar. El niño levantó su naranja mordisqueada a la luz, sonriendo. Y sin previo aviso la tiró con toda su fuerza contra el ancho parabrisas de un automóvil que venía a toda velocidad. La naranja estalló en el vidrio lanzando al sol un chorro de diamantes, y el carro pareció perder el control por un instante, hizo unas cuantas eses en medio de un aullido pavoroso de llantas desgarradas y fue a parar cincuenta metros más allá. Regresó en rápido reverso y frenó delante de Escobar. Se bajó un señor gordo, sudoroso, de patillas espesas y rizadas y ojos inyectados en sangre. El niño, parado en su talud al otro lado de la calle, hizo un saludo militar. El señor disparó apoyándose en el techo de su carro, aferrando con la mano izquierda la gruesa muñeca derecha en torno al reloj de oro para afinar la puntería. El niño echó a correr zigzagueante entre los árboles. Cuando hubo disparado seis tiros y el niño no era más que un pequeño blanco movedizo que trepaba el monte a la carrera rumbo a los barrios de invasión, el señor gordo volvió a cargar entre bufidos su pistola, subió a su carro y arrancó, rutilante y rugiente, haciendo gritar las llantas en la primera curva.

   A Escobar le flaqueaban las rodillas, y los carros que en ningún momento habían dejado de pasar lo rozaban veloces, arrojándole bruscos ventarrones calientes mientras se tambaleaban por el borde de la cuneta. La sed le atenazaba la garganta, pero se le había pasado por completo la traba. En cuanto pudo bajó a la carrera séptima, entró a una heladería, pidió una Coca-Cola helada. En la pared había un cartel, con una niña rubia sonriendo en vestido de baño: "Colombiana, la Nuestra". Tampoco era Angela. Recordó de pronto a la compañera Zoraida, que se jugaba la vida en la lucha contra la penetración imperialista. Rechazó la Coca-Cola.

- ¿Qué tiene, que sea de industria nacional?
- Kist, Lux, una Postobón -sugirió la empleada. Todas sonaban mucho más entranjeras que Coca-Cola. Pidió con acento patriótico:
- Colombiana, la Nuestra.

   Bebió a largos tragos el líquido dulzón, el sabor de la patria.

 

 

 

 

Su casa, al fin. La sirvientica de trenzas lavaba la escalera.

- ¿Los domingos también lavas la escalera?
- Eso una no descansa. . . -dijo la sirvientica poniéndose roja de vergüenza. La explotación. La plusvalía. Pasó saltando sobre los charcos jabonosos. Por la ventana de la tarde entraba una seca luz de cobre. Puso a Telemann. Encendió la chicharra todavía larga y amarilla, chisporroteante cortada de estallidos de semillas, y el aire se fue poblando de lentas volutas amarillas. Le extrañó muchísimo encontrar limpio el cenicero. Miró en torno, súbitamente alerta. ¿Fina?
- ¡Fina!!!

   No estaba en la cocina ni en el baño ni en su cuarto, Fina, en nuestro cuarto. Pero estaba lavada la cocina, los platos ordenados en montoncitos todavía goteantes, la cama tendida, los ceniceros limpios. ¿Henna, tal vez? Henna no tenía llave. Y Henna hubiera esperado encerrada en el baño, por ejemplo, y a su llegada hubiera brincado incontenible como un muñeco de resorte, llena de risas y gritando ¡sorpresa!. No: surprise. ¡Surprais! Era Fina, olía a Fina, sólo Fina, de entrada, hubiera procedido a vaciar los ceniceros, era posible incluso rastrear la pista de Fina a través de cordilleras y desiertos siguiendo su inequívoca estela de ceniceros limpios. Ah, Fina, ya volviste otra vez, mi amor, yo te esperaba. Creía que estaba solo para siempre en esta vida, mi amor, sin tí. Te esperaba, mi amor. Una oleada de ternura le saltó de repente del pecho hasta los ojos, haciéndolo sentarse. Fina, mi amor. . . Estás aquí otra vez, y la casa está limpia. Tu casa. Nuestra casa. Todo está igual que cuando tú te fuiste: yo no he tocado nada. En tu ausencia, se han secado las flores.

   ¡Flores! Flores, mi amor, no te he comprado flores. Volverás entre flores. No vuelvas a volver hasta que yo haya vuelto con tus flores. Corrió a la calle, compró brazadas de flores, crisantemas, gladiolos, rosas rosadas y amarillas, hortensias del tamaño de la cabeza de un niño, unas chiquitas, blancas, campesinas, cuyo nombre ignoraba: gypsofilias, le dijo la florista. Subió las escaleras corriendo, derramando una lluvia de pétalos en los recién lavados escalones: más trabajo para la sirvientica - y ahora que Fina había vuelto sentía un remordimiento por haber deseado a la pobre sirvientica, tan insignificante, tan accesible, tan vecina- y a Patricia, y a Cecilia, y a Angela. . . No más, mi amor, no más: soy todo tuyo, ya no huelo a otras, tendremos un hijo cuando quieras, o dos. Llenó de flores todos los recipientes que encontró. Se duchó. Se puso una camisa limpia. ¿Se afeitaría? No: esta barba es tu barba: juntos los tres empezaremos una nueva vida. Pensó que lo del hijo había que pensarlo mejor. Convencería a Fina de que esperaran un tiempo. Bañado, limpio, listo, se sirvió un whisky y se sentó a esperarla.

   Al segundo whisky Fina no había llegado todavía. Impaciente, nervioso, dio vueltas por la sala. Se paró ante su mesa; ordenadas en un montoncito estaban las hojas de la carta de Henna, y encima de la carta, pisándola, el sostén de Patricia. Se quedó frío. Se tranquilizó: Fina, furiosa, claro, y con razón. Pero había vuelto, había vuelto a volver. Tiraría a la basura los trapos de Patricia: un homenaje a Fina, un sacrificio expiatorio. Al mismo tiempo, le pareció que era una tontería tirarlos. Los escondió en la biblioteca, entre los libros. Se sirvió un nuevo whisky y se sentó a leer la carta de Henna para matar el tiempo. Eran seis páginas por lado y lado, escritas con su letra grande y redonda, numeradas a todo lo ancho de la hoja con números grasosos, rojos, hechos con lápiz de labios.

Querido Ignacio:

   ¿Con qué derecho lo llamaba querido? El no la quería.

Lo vi esta noche saliendo del Bauteau Fantôm (se escribe así?) (bueno usted sabe que yo no se francés), o mejor dicho, entrando, los que salíamos éramos yo con Ernesto y unos primos suyos que habíamos ido a comer mariscos y al salir qué veo, Ignacio Escobar con "otra", sentí una cosa , ¿sabe?, no sé, yo sí esperaba encontrármelo a usted un día para que habláramos pero no así, yo con Ernesto y usted con "otra", me sentí lo más raro. Bueno, no sé como decirle, pero "quiero" hablar con usted, "tenemos" que hablar, me la he pasado llamando a su casa y su teléfono siempre ocupado ocupado ocupado, "tenemos" que hablar Ignacio yo sé que a usted no le gusta esto de que "tenemos" ni nada de eso pero es por eso, usted me dijo que era que tenía que irse a donde su mamá y yo me quedé esperándolo y eran "mentiras" lo supe después. Así que ahora sí. "por favor", tenemos que hablar, usted mismo se da cuenta.

   Eso es lo que quería decirle, yo siempre trataba pero usted que no, que después. Porque usted es "egoísta", a lo mejor usted mismo no lo sabe porque no se ha dado cuenta o no se lo han dicho, no sé, aunque su mamá me ha dicho que muchas veces ((ah, le "tengo" que hablar de su mamá, estamos íntimas, yo la adoro))

¿Con qué derecho adoraba Henna a su mama?

   Yo a su mamá le creo todo pero es que a lo mejor no se lo ha dicho nadie que lo "quiera" ((¡¡"no lo digo por "ella", no crea"!!)), porque yo creo que a usted lo "quise" y usted a mí me "quiso". . . no es que lo crea es que estoy "segura". . . así que déjeme decirle porqué es porque lo quiero, usted es puro puro puro egoísmo. Usted es "totalmente" egoísta!!!

   Y usted cree que eso no es "malo" pero yo creo que sí, no digo "malo" en el sentido de pecado ni eso ¿no?
sino "malo", usted me entiende, no como de la Iglesia ni eso sino "malo", de eso hemos estado hablando mucho con su mamá y con el amigo de ella monseñor que es un viejito adorado, yo lo adoro, no parece "cura" ni nada sino al contrario muy moderno, como muy psicólogo (¿se escribe así?) y es cultísimo. Bueno usted lo conoce mejor que yo, él me dijo que lo había bautizado, para qué le cuento. Bueno usted cree que ser "egoísta " no es "malo "y a mí me parece que es por eso que usted está tan "mal" se lo digo en serio Ignacio. Yo creo que usted no "puede" ser feliz porque es demasiado demasiado demasiado egoísta, pero lo que se dice demasiado. Y así uno no puede ser feliz aunque quiera ni por mucho que quiera sino al contrario, es infeliz porque se quiere demasiado uno mismo ¿ve? Yo no sé si queda claro, por eso es que quiero más bien que hablemos porque usted sabe que yo no sé escribir, sino cartas ((bueno esto es una carta ¿no? ja ja)). . . Usted lo que le pasa es que cree que siendo "egoísta" está más protegido y no le pasa nada ni nada y es puro por el contrario, que al contrario lo que le pasa es que es tan tan tan tan tan egoísta que así no puede vivir de lo puro egoísta sino que es como si se estuviera muriendo. Yo no sé si está claro lo que quiero decir, por eso me gustaría mas bien que habláramos, si es que usted puede, claro, si es que su egoísmo lo deja "hablar" y perdóneme que se lo diga (((no es por nada pero yo creo que usted sé portó muy "mal" conmigo diciéndome "mentiras" cuando me dijo que se iba a vivir a donde su mamá y no sé qué y sí se cuántos que después yo supe que eran "mentiras", pero bueno)))…

   Le va a parecer una bobería que se lo diga pero yo creo que hay que "darse" Ignacio, en eso yo no estoy muy de acuerdo con su mamá, yo creo que hay que "darse" y eso es lo que le pasa a usted que no se "quiere"," dar". Lo que pasa es que yo creo que usted todavía eso no lo ha entendido y por eso está tan "mal". Hay que "amar" (((yo sé que suena una bobería))) y yo creo que lo que le pasa a usted conmigo es que le dio susto "amar" y le dio susto "darse" y por eso fue que se tuvo que poner a inventar todas esas "mentiras" (pero no importa). Yo tampoco entendía, no crea, pero es ahora que he entendido con Ernesto y quiero que usted también lo entienda (nos vamos a casar ¿no le había dicho?), usted le pasa que no se da porque se quiere demasiado y es por eso que no puede vivir.

   Yo no lo entendía tampoco, ya le digo, lo he entendido es ahora ya "después". He entendido muchas cosas "después'' hablando con su mamá, con Ernesto, con monseñor Botero Jaramillo que es un cura increíble (él nos va a casar) ((quiero hablar con usted "antes"))
Escobar se estremeció. Fue a servirse otro whisky. Fina no aparecía.

(((aunque claro, usted va a decir que no, seguro, no sólo por lo del egoísmo que le digo que al fin y al cabo a mí qué más me da, el que pierde es usted, sino peor, por pura "vanidad" que usted nunca nunca nunca se va a querer reconocer a sí mismo que se pudo haber equivocado porque eso es lo que es usted un "vanidoso" y un "egoísta", pero eso sí quién pierde)))

   Quiero "VERLO", Yo sé que usted no me ha querido llamar ni nada y que se está escondiendo pero no se esconda de mí Ignacio yo ya no lo quiero a usted no me tenga "miedo", yo quiero a Ernesto, y el amor es lo único, lo único, lo "único", ojalá usted se dé cuenta y ojalá le vaya bien, yo quiero lo mejor para usted. Pero tenemos que "hablar", no por mí, por usted, por los dos. Yo creo que le puedo ayudar (usted va a decir que qué boba ¿no?) o no ayudarle, porque usted no se deja ayudar, sino hacerle "ver", para que pueda ser feliz usted también. Yo ahora soy feliz con Ernesto. ¿Y sabe por qué no éramos felices los dos cuando vivíamos juntos? pues por eso, porque usted no se "entrega" Ignacio y yo creo que vivir es "eso" (fíjese ahora me acabo de poner a llorar yo sola como una boba sólo de acordarme, tan boba ¿no?). Bueno.

   O mejor dicho a lo mejor es que usted no quiere vivir, y entonces sí allá usted, yo no le puedo ayudar ni su mamá ni "nadie" (su mamá lo conoce muy bien, no es que ella no lo quiera a usted sino que es así, pero ella es su mamá, es una vieja sensacional, tengo que contarle, hablamos de todo), bueno.

   Usted sabe que yo no soy escritora ni nada Ignacio (el escritor es usted, ja ja), por eso a lo mejor no entiendo, pero yo creo que es por eso que tampoco puede escribir (qué tal que no fuera escritor, ja ja), ¿se acuerda que yo le decía que me escribiera un poema de "amor" y usted no podía?

   Escobar sintió un mareo de rabia al recordarlo.

pues sabe qué? seguro era por eso. No era que no pudiera como usted creía sino que en el fondo no "quería" porque le daba "miedo", perdóneme que le diga, por "cobarde". ¿Por qué no se dejaba llevar, y se sentaba, y me lo escribía? Pero claro, es que usted no se deja "llevar", por eso es que no vive las cosas sino que se sienta ahí a pensarlas y perdóneme que se lo diga pero a mí me parece que usted piensa "demasiado " las cosas y no hay que pensarlas "tanto", hay que dejarse llevar. Yo no sé sí será como dice Leonor que es

   ¿Leonor? ¿Con qué derecho llamaba Henna "Leonor" a su mamá?

un problema suyo de "carácter", claro que ella lo conoce más que yo (desde que nació, ja ja) (((Ah, antes de que se me olvide Ignacio que llame a su mamá. Usted no va nunca a verla y ella está muy sola a veces, yo la acompaño todo lo que puedo pero claro, no es lo mismo»). Pero bueno, es que usted piensa las cosas demasiado ¿no cree?

   He estado pensando (ja ja: y yo diciéndole a usted que no piense tanto!!! pero es en serio, he estado pensando mucho, no sólo de lo nuestro sino de todo, monseñor Botero me dio a leer unos libros) (Nitch, bueno, de todo! ¿Usted ha leído a William Bleik (¿se escribe así?), en eso que dice de que empuja tu arado sobre
osamentas de tus antepasados? No parece cura, ya le digo, yo lo adoro), pero bueno, lo que le decía: he estado pensando, y yo creo que lo que le pasa a usted es eso, que es "cobarde". No cobarde de cobarde, ¿me entiende? sino cobarde de que le dan miedo las cosas porque las piensa "demasiado" y después le da miedo vivir las cosas ¿me entiende? (por eso es que quiero que hablemos, Ignacio, usted sabe el trabajo que a mí me cuesta escribir) (y eso que ahora llevo ya ni sé cuántas páginas, no sé, me dieron ganas de escribirle. Pero quiero que hablemos. Yo creo que ahora si podemos "hablar" ¿no? porque antes era haciendo el amor todo el rato (esto no se lo vaya a contar a Ernesto, ja ja). Pero por ejemplo yo pienso que usted es "cobarde" porque no se atreve a decirse la verdad usted mismo ¿me entiende? No digo que me diga la verdad a mí (o a mí no, digamos a cualquiera, no sé, a Fina (si no le importa que le nombre a Fina ¿sabe que no la volví a ver nunca? Yo no sé qué cara le hubiera puesto, porque imagínese) o digamos a la "otra" con que estaba esta noche (¿quién es? ¿Yo la conozco? Apenas pude verla, como usted no más me vio y salió corriendo. Pero su prima Lucía me dijo que usted había sido así siempre, que nunca lo reconocía a uno ni lo saludaba ni nada. ¿Sabe que es muy querida su prima? Pero Juan Manuel sobre todo, a mí me hace reír todo el tiempo!!! ¿Sabe que van a tener un bebé???!!!))) bueno, ahora me toca leer de para atrás a ver que era lo que estaba diciendo. Bueno.

   Ah, sí, bueno (yo no sé cómo hacen ustedes los escritores, ¿sabe que en eso si lo admiro?). No es que usted diga "mentiras", pongamos a mí (como las que me dijo! Pero bueno) eso no es lo grave, sino lo grave es que usted está "obligado" a decirle mentiras a todo el mundo y no sólo a mi sino a todo el mundo porque al principio se dice mentiras usted mismo ¿me entiende? Yo no sé, yo no podría, porque después le toca a uno "despreciarse" a uno mismo, o mejor dicho, no despreciarse sino odiar al otro por haberle dicho mentiras ¿me entiende? como si la culpa fuera del otro. Bueno, no sé.

   No sé, a lo mejor es que estoy pensando mucho, o mejor dicho leyendo mucho (yo nunca había leído a Nitch ¿usted sí? ((¿se escribe así? Nitch? Si tuviera aquí el libro lo copiaba del título, pero es que ya se lo devolví
a Germán. Me suena rarísimo llamarlo Germán ¿se imagina? Pero es que no parece cura, ni nada. Y él me dice que lo llame Germán. Me adora))

   Bueno, pero pienso que cuando uno se "miente" a uno mismo es lo peor que le puede pasar ¿no le parece?, porque es como si no se aceptara uno mismo ¿no? No sé explicar, o mejor dicho es que no sé escribir, pero es eso: porque entonces uno va explicando cada cosa, ah esto por esto, ah, esto por esto, ah, esto por lo otro ¿ ve? como en una serie. Menos el puro final ¿entiende? Que es cuando ya uno se miente a uno mismo. No sé, lo estuve medio hablando con Ernesto, pero él como no es así no entiende. Y al mismo tiempo yo no puedo decirle cómo es que es usted, ni nada (claro). (Claro que él sabe, ni bobo que fuera, lo de que usted y yo fuimos novios y todo eso, aunque no sé si sabe que vivimos juntos, aunque no sé, a lo mejor sí. Pero no sé, no me gusta hablar con él de usted). ((Además a veces me pongo como triste, lo boba ¿no?)) ((Ernesto está medio celoso de usted, le cuento)) (((Qué va, él es adorado, ni le importa. Bueno, sí le importa, pero no dice nada)))

   Ahí terminaba la carta de Henna. O tal vez no terminaba: se interrumpía. A lo mejor se había perdido alguna página. Pensó que la leería con Fina, cuando llegara Fina. Que no llegaba. Estaba ya borracho, pero se sirvió un whisky. Guardar la carta, dadas las circunstancias, podía ser quizás una imprudencia. Empezó a romperla. Lo pensó mejor. (Henna tal vez tenía razón en eso: pensaba demasiado las cosas). La guardaría en un libro, hasta que volvieran mejores tiempos.

   Dobló la carta, la colocó entre las páginas del Nuevo Testamento. Estaba guardando tal vez demasiadas cosas. Repescó tras los libros el sostén de Patricia, que además -se dio cuenta- estaba mal escondido. Tal vez debería tirarlo a la basura. Pero no era basura. Se arrepintió ya en la cocina. Tenía hambre. Comió unas tajadas de queso, pasándolas con whisky, (mira Fina: hice mercado. Yo solo, como un hombre), y se lavó los dientes para que a Fina el beso del retorno no le supiera a queso. Recorrió toda la casa pensativo, buscando un escondite apropiado para los encajes de Patricia. Un sitio en donde no los encontrara Fina en algún repentino frenesí de limpieza, y donde al mismo tiempo no se le olvidaran a él. Abrió cajones, cómodas, incluso la peligrosa caja de la luz. Abrió el armario de la ropa de Fina. Estaba vacío.

   Extrañado, volvió a cerrar. Y volvió a abrir de inmediato, sin entender todavía, para mirar de nuevo la insólita limpieza de las tablas, las perchas relucientes, y ese papel del fondo del armario, con cisnes, que no creía haber conocido nunca. Dejó caer al suelo el vaso, el sostén de Patricia, no los oyó caer, sintió que el corazón se le paraba como un reloj en el pecho y que de todo el cuerpo se le vaciaban las fuerzas. Pero seguía en pie, con los ojos abiertos de incredulidad ante el inaudito papel pintado de cisnes del fondo del armario. Eran, ahora veía, cisnes volando en bandada, como patos, y nunca hubiera sospechado que los cisnes pudieran volar, en el armario desmantelado y vacío que aún conservaba un tenue olor a Fina. Y de repente, al percatarse de ese olor intangible y ya irrecuperable, le golpeó el pecho un vahído y se encogió de súbito y cayó al suelo de rodillas, desjarretado de un golpe, y respiró una enorme bocanada de polvoriento olor de alfombra y se quedó tendido con los ojos abiertos y sin lágrimas clavados en el piso. Estaba borracho, Fina no iba a volver. Sólo había vuelto para irse. Se arrastró por el suelo, trepó con pies y manos a la cama tendida, vestido, hecho un ovillo, con las rodillas en la boca. Mordió las rodillas hasta que le dolieron las mandíbulas. Se le desgajó de golpe un llanto silencioso, una crecida súbita de lágrimas calientes y rabiosas, un zumbido de horror en lo más alto de la garganta, ya junto al cerebelo. Y se durmió, también de un solo golpe, con la luz encendida, entre el perfume intenso de las flores inútiles.

 

 

 


   Se despertó vestido, sorprendido de estar vestido, descansado, tranquilo. En el baño volvió a golpearlo el horror de lo real: los estantes vacíos, sin cremas limpiadoras, sin maquillajes ni potingues. Habían sobrevivido, arrinconados, incluso al paso devorador de Henna. Y ahora ya no estaban más. Su propia cara en el espejo le pareció absurda.      

¿Dónde buscar a Fina?

   Golpeó con decisión en la puerta de abajo. Le abrió la sirvientica, roja de confusión, rehuyendo su mirada:

- ¿Tú no viste a nadie ayer?
- Sí cómo no, doctor, vino la señora, con un taxi.
- ¿Con alguien?
- El chofer.
- ¿Sólo el chofer?
- No sé, doctor, no vi, no me fijé.
- ¿Por qué no te fijaste?
- Yo no sé, doctor. Sólo sé que pitaba y pitaba.
- ¿Para dónde se fueron?
- Yo no sé, doctor, yo no vi, no me estaba fijando.

   La sirvientica estaba al borde de las lágrimas, ya con agua en los ojos. No era su culpa, claro, pero debía haberse fijado, haber apuntado la placa del taxi.

- ¿Tú sabes escribir?
- Un poquito.
   No era culpa suya, pobre. Escobar le dio las gracias.
- ¿El doctor está enamorado de la señora?
   La pregunta lo cogió por sorpresa. No era eso. Sí, claro, estaba enamorado.
- No es eso. Es que pensé. . . .

  Volvió a subir las escaleras, caviloso. ¿Dónde buscar a Fina, sin un indicio, sin ni siquiera el número de la placa de un taxi? Ana María. Pero Ana María nunca le diría nada. Su familia en Cali. No tenia ni idea de la dirección de su familia en Cali. Ni del nombre de su papá. Un señor Gómez, ingeniero. Era increíble: había vivido más de tres años con Fina y no tenía ni idea de cómo se llamaba su papá. ¿Tenía hermanos? Sí, tres, o cuatro. La menor se llamaba Titi, o Tuti, o Tati. Era un indicio muy vago. Una niña de ocho años o por ahí que se llamara Titi o Tuti o Tati y que viviera en Cali. En las novelas encuentran a la gente por la etiqueta de la lavandería. Pero Fina se había llevado su ropa. No iba a ser fácil.

   Examinó el armario vacío, centímetro a centímetro. No había ni un hilo. Le pareció que el olor encerrado era menos intenso que la noche anterior, y se confundía ya con el aroma marchito de las flores. No iba a poder seguir sus huellas tampoco por el olfato. Respiró hondo el olor del armario, muy tenue, olor a polvo. Estornudó.

   En una tabla de arriba, en el fondo, encontró unas sandalias. No recordaba que Fina hubiera calzado jamás sandalias. Parecían de Henna. Las examinó, dubitativo. Henna debía tener el pie más grande, pero no podía estar seguro. Las colocó en el centro del cuarto e intentó recrear a Fina entera con la imaginación a partir de la sandalias (verdes, de un cuero que imitaba plástico, no podían ser de Fina), como un naturalista que reconstruye un esqueleto ictiosaurio partiendo de una vértebra lumbar. De aquí salía el tobillo, subía la pierna, la rodilla, el muslo, la cadera llegaba por aquí más o menos. Esto era el vientre, con una cicatriz de apendicectomía aquí, a la derecha. ¿O a la izquierda? La memoria es terrible. (¿O era Henna la que tenía una cicatriz?). No podía ser que ya no recordara a Fina. Los ojos. ¿De qué color tenía los ojos? Cambiantes. No podía ser, no podía ser que ni siquiera recordara ya con exactitud de qué color tenía los ojos Fina. Pensó que hubiera debido fijarse el día anterior. ¡El día anterior! Y le quedaba toda la vida por delante. Toda la vida sin Fina. ¿Pero en dónde empezar a buscarla, y cómo, si ni siquiera sabía ya como era? No podía recorrer el país como un imbécil preguntando por una niña con los ojos cambiantes.

   Hacía tiempos (años: en los primeros días de su noviazgo) había escrito un poema a los ojos de Fina. No recordaba ni una línea. Se sentó en el suelo al lado de su mesa, sacó los cajones, se puso a rebuscar entre papeles viejos. Poemas, fragmentos de poemas, traducciones de poemas del tiempo en que hacía traducciones para una efímera revista literaria. Un romance lorquiano recortado de un suplemento de periódico, amarillo y quebradizo entre los dedos:

      Sobre la tierra de gente
      cruzan pájaros de hierro.

   Papeles doblados o enganchados con grapas, versos sueltos garabateados en una esquina de periódico, en el margen de otros versos, un cuaderno de resorte lleno de breves prosas poéticas, ecolálicas. Lo invadía un rubor retrospectivo. Esbozos de sonetos. En una época había practicado con tesón el soneto. Versos automáticos de su época surealista, versos enigmáticos de su época simbólica. El comienzo de un poema épico sobre Bogotá. No podía ser que toda su vida se la hubiera pasado escribiendo los mismos versos. Recortes de periódico, una admirable receta de cocina de lubina a la sal que era casi una oda anacreóntica. Notas para artículos (en una época publicaba artículos en suplementos literarios). Dos versos sueltos en un papel, que le gustaron: las cosas son iguales a las cosas / luz en la luz, memoria en la memoria. No le parecieron suyos. Una larga lista de pelajes de toro: bragado, entrepelado, barcino, zaino, lombardo, bocinero, ensabanado, gateado, jabonero, galano, tozalbo, sirgo, capirote, sardo, cárdeno, meco, meleno, caribello. . . Nunca conseguirían sus propios versos alcanzar esa perfecta sonoridad precisa, necesaria. Carpetas rojas y grises rebosantes de versos. Fina las había empezado a ordenar alguna vez. (Fina no volvería). Ah, sí, el poema de los ojos de Fina. Le molestó encontrarlos: no se los había llevado con su ropa.

            Tus ojos son dos barcos
            en el agua profunda.
            Tus ojos son el agua
            clara y profunda.

            Agua y agua cambiante.
            Tus ojos no los tiene
            mi niña nadie
            mi niña nadie.

   Eso. Ojos cambiantes. No había avanzado un paso. Recordó que los versos eran también cambiantes, cosa que había encantado a Fina:

            Tus ojos son dos barcos
            tus ojos son el agua
            agua y agua cambiante
            mi niña nadie.  

            En el agua profunda
            clara y profunda
            tus ojos no los tiene
            mi niña nadie.

   Clavó en la pared los dos ojos escritos, a la altura de los ojos verdaderos de Fina, y nuevamente trató de reconstruirla en el aire. El pelo, la nariz. No le salía la nariz. A lo mejor no era buen naturalista. O a lo mejor los ojos del poema no tenían nada que ver con los de Fina. No era un buen poeta. No era nada, en el fondo. Y nunca había querido ser nada.

   Durante toda su infancia le había irritado muchísimo la ambición insaciable de su hermano Focioncito, que quería ser de todo. Quería ser empleado de la luz, para trepar postes con garfios en los pies. Quería ser agente de la policía montada del Canadá. Quería ser dueño de un martillo neumático para perforar calles. Quería ser ciclista, chofer, camionero, policía de tránsito, conductor de una grúa. Escobar no quería ser absolutamente nada. Focioncito corría y daba saltos, y se ponía rojo del esfuerzo. Escobar se quedaba dormido en el jardín, mirando nubes, con la boca abierta. Su mamá decía (él la oía perfectamente, y ella sabía perfectamente que la oía):

- Yo no entiendo el carácter de este niño. Es un niño que no tiene carácter.
   Una tía ilusionada había opinado:
- Qué niño tan poético.. .

   Y así, a la larga, por inercia, había sido poeta, que es como no ser nada. Un refugio, una disculpa. Había sido poeta porque le producían horror las vibraciones de los martillos neumáticos para perforar calles, porque le daban vértigo los postes de la luz, porque le parecía espantoso tener que viajar hasta el Canadá para ser agente de la Policía Montada. Era eso, tal vez: carecía de carácter. Y si no hubiera sido por su tía ilusionada, hubiera sido diplomático.

- Con tu figura, mijo, tienes el camino andado - le había dicho cien veces Lulucita Pineda.

   Fue a mirarse al espejo. Observó críticamente su figura. Sobre la frente las entradas del pelo empezaban a ser considerables. La barba, en cambio, empezaba a tener muy buen aspecto. Últimamente le habían empezado a brotar rollos de carne blanda en las caderas, la barriga empezaba ya a curvarse, cubriendo el cinturón. Tendría que pensar en hacer ejercicio. Ah, pero hacer ejercicio, como los jóvenes ejecutivos. . . No era un joven ejecutivo. No era nada. No tenía carácter. No tenía figura, y su figura no tenía carácter. No sabía quién era.

   Interrogó el espejo:
- Escobar ¿quién eres? Escobar. . .
   Nadie. Hasta en ese momento, tan grave, no era nadie copiaba a Angela.

   Angela, mierda. Había perdido a Angela. Culpa de Fina. Mierda, había perdido a Fina. Culpa de Angela. Sí, pero había perdido a Fina. Ni siquiera recordaba cómo eran los ojos de Fina. Cambiantes. Mierda, había perdido a Fina.

   Volvió a la sala, armó un varillo con su hierba nudosa de la Sierra. Fumó. Solo en la vida, con ganas de llorar sobre sí mismo. Ya nadie lo quería. Ni él quería a nadie.

   ¿Había querido a Fina? Sí, claro, Fina. . . O tal vez no. No recordaba ni siquiera sus ojos. Tal vez no había querido a Fina: había sido la inercia. Cuando se fue a dar cuenta, Fina ya estaba ahí. Tal vez no había querido nunca a nadie. Nunca había querido ser de verdad el hijo de su madre. Aunque, claro, su madre hubiera preferido siempre que él no fuera su hijo, teniendo a Focioncito. Ni siquiera había odiado a Focioncito. ¿O sí? Tal vez. Se había matado a tiempo, cayendo de un columpio. Muchas veces se había preguntado Escobar si no lo había matado él, que a lo mejor en ese día lejano empujaba el columpio. Un empujón torcido, un cimbronazo pérfido a la cadena, y paf. Pero no era probable que jamás se hubiera puesto él a empujar un columpio. A lo mejor había matado a Focioncito, pero probablemente no. Mil veces, en su cama de niño, frente a la cama vacía e intacta de su hermano, había imaginado con todos los detalles que el muerto era él, e incluso se había visto: pobre Ignacito muerto. Y había llorado, solo. Había pensado que a lo mejor su madre lloraría, viéndolo muerto. Pero sabía que no. Y había llorado solo. Lloró ahora, de solo recordarlo.

   Pero ya no era hora de llorar. Tenía que hacer algo.
   ¿Pero qué? No era un hombre de acción. No era nada. Tenía que empezar a ser algo.
   ¿Qué?

   El varillo se le apagó entre los dedos, dejando en el papel una mancha aceitosa. Lo dejó caer sobre la alfombra. ¿Qué hacer? Estaba solo. Podía buscar a Fina. Ah, pero dónde...

   Sí. Buscaría a Fina. Recobraría a Fina. Eso, para empezar. No podía permitir que la vida, su vida, se le volviera polvo entre los dedos. Ana María tenía, sin duda, la dirección de Fina en Cali. Un señor Gómez, ingeniero. Y si no, su tío Poción podría ayudarlo: los bancos saben siempre encontrar a la gente: no podía haber tantos Gómez ingenieros en Cali, padres de varias hijas, una Fina, otra Tuti, y varias intermedias, una o dos. Más aún: trabajaría en el banco, poco a poco, a fuerza de trabajo y de acción, escalaría posiciones en el banco. Usaría las corbatas de su madre. Iba a vivir la vida que nunca había vivido. Iba a ser un buen hijo. Visitaría a su madre. Se casaría con Fina. Tendrían un hijo, o varios. Haría todo lo que nunca había querido hacer. Su vida, veía ahora, sólo había estado hecha de rechazos: no ser hijo, no ser padre, no trabajar en el banco. No ser él. No ser nada. Ahora iba a ser. Ya verían.

   Maquinalmente, empezó a armar un nuevo cacho de marihuana de la Sierra.

   No, no era eso. Lo rompió. Tiró toda la hierba en medio de la mesa. Dejó todos sus papeles regados en el piso. Los guardaría más tarde. No: los barrería. Iba a ser otro, de ahora en adelante.

   Se levantó para ir a contemplar su nuevo rostro ante el espejo. Se detuvo con un pie en el aire. No: ese sería el primer paso de su nueva vida: no mirarse al espejo.

 

 

 

   Todos los teléfonos públicos del vecindario estaban rotos, saqueados, sin cables, marcados con letreros obscenos o absurdos, muchas veces en verso. Pero no le inspiraron ni envidia ni nostalgia. Tomó un taxi, atravesó el desorden de la ciudad, sintiéndose curiosamente indiferente: sólo veía pasar muchedumbres borrosas, casas, carros, por la ventanilla cerrada como por la hermética plancha de vidrio de un acuario. El viaje al centro se le pasó en un soplo. Timbró en la casa de Federico. Volvió a timbrar al cabo de un buen rato. Oyó por fin un trote tras la puerta y una voz de mujer:

- Ya va, ya va, ya va. . .
   Le abrió la muchacha de pelo rizado, abotonándose la blusa.
- ¡Qué milagro, don. . . .! -vaciló, como si no lo reconociera. ¿Tanto había cambiado?
- Qué tal, Semíramis. ¿Está Federico?
- Berenice, don. . .
- Perdón. Berenice. Ignacio. Ignacio Escobar.
- ¡Eso, don Ignacio! Usted sí ni más ¿no? ¿Y ese milagro?
   Tal vez era un milagro, en efecto. Hizo un vago gesto con la mano.
- ¿Está Federico? - Salió con la señora Anmery. Pero siga se toma un tintico, don Ignacio.
- ¿Ana María tampoco está? Tenía que hablar con ella. . .
   Berenice rio, se echó hacia atrás de un golpe la cabellera negra con las manos, mostrando las axilas.
- Pues eso sí le va a tocar tomarse su tintico con calma, dos Ainas. Los dos se fueron para la clínica, y hasta que la señora Anmery se mejore.
- ¿Se mejore? ¿Qué tiene?
   Berenice soltó risotadas ruborosas, ocultándose el rostro con un mechón rizado y negro, reluciente. Escobar se inquietó. Podría ser cáncer.
- ¿Qué tiene Ana María? ¿Es grave?

   Berenice volvió a reir, confusa. Acabó haciendo un gesto ambiguo sobre su vientre, enfundado en unos pantalones verde menta. Escobar recordó al fin que Ana María debía estar ya por parir. Ah, claro. Pero eso complicaba las cosas.

- Siga se toma su tintico don Aiñas que eso siempre es demorado.
- ¿Y Angela?
- La señorita Einchi se fue con el niño Mateo hasta que ya vuelva a la casa la señora Anmery -le picó un ojo pícaro.
- ¡Es que ese don Fedy es un demonio. . . !

   Escobar entró. Se tomaría un tinto. Berenice le abrió el paso taconeando, contoneando las nalgas entre los pantalones tensos a reventar. Espantó a los dos gatos de la mesa.

- ¡Chite gatos!
   Los gatos se escurrieron entre los lienzos arrumados y los fragmentos de yeso, de malagana, silenciosos. Berenice agitó su cabellera rizada, húmeda, negra, brillante.
- Me estaba lavando la cabeza, don Ainas, pero no le hace.
  Ahoritica le traigo su tintico.

   Escobar se sentó, sin saber qué hacer. Ah, sí: llamar a su tío Foción. Un señor Gómez, de Cali, ingeniero: ¿cómo podría localizarlo?

   Primero tuvo que buscar en la lista el teléfono del Banco. Foción no estaba. Buscó el teléfono de su casa. Contestaron simultáneamente por tres teléfonos distintos: su tío Foción, su tía Clema, su prima Patricia.

- ¿Tío Foción? Soy Ignacio.
- Ah, Ignacito. . . -dijo su tío Foción.
- ¡Quihubo, Ignacio, casi no llama ¿no? -dijo Patricia.
- Mijo. . . ¿cómo está tu mamá? -interrogó su tía Clemencita.
- Bien. No. Bueno. Mira, tío, te llamo porque. . .
- ¡Cuelga, papá, que es para mí! Es Ignacio, -grito Patricia.
- Ignacito me está llamando a mí, mija -dijo Foción por el otro teléfono. -En esta casa también me llaman a mí, no creas. Tú no eres la dueña del teléfono.

  Su tía Clema intervino por el otro teléfono: -No peleen, mis amores, no peleen. Ignacio, diles tú que no se pongan a pelear otra vez, se me pone la cabeza como un. ...

- Cuelga, mija.
- Cuelga tú, papá.
- Estoy hablando con tu primo Ignacio ¿no oyes?
- ¡Ay, papá, me está llamando a mí! Qué va a querer hablar Ignacio con un viejo reaccionario. ¿No es verdad Ignacio que me llama es a mí? Cuelga, papá, por favor. Fíjate que te lo estoy pidiendo, por favor.
- ¿Oíste, mijo? ¿Oyes a esta muchachita impertinente? En mi propia casa. . . Mijita, puede ser una llamada importante puede ser de la Presidencia.
- Papá, por Dios ¿no ves que es Ignacio? Te estás volviendo gagá. Cuelga.
- Mijita, no le digas eso a tu papá -intervino la tía Clemencita.
- ¡Ay, mamá! ¡Cuelga también tú! Estoy hablando con Ignacio. ¿Ve, Ignacio? Eso es lo que pasa siempre. Cada vez que alguien llama, ellos descuelgan. Me tienen vigilada.
   A ver si hablo a escondidas con Jefferson.
- Ese hombre no lo vuelvas a mencionar en esta casa -tosió Foción.
- ¡Ay, papá, por favor. . . ! ¡Jefferson, Jefferson, Jefferson Calarcá Marroquín! ¿Ya?
- Mija, te prohíbo. . .
- ¡Ay, mis amores, no peleen!
- Qué me prohibes, a ver: qué me prohibes.
- Te prohíbo que vuelvas a mencionar en esta casa el nombre de ese negro. ¿La oyes Ignacio?
- ¡No es negro!
- Negro como este teléfono, mijita.
- Ja ja ja, déjame que me ría, qué buen chiste: jajá. ¿Los oye, Ignacio? -a Patricia le temblaban las lágrimas en la voz. -Son unos viejos reaccionarios y huevones.
- ¡Mija! ¡Tu mamá está oyendo por el otro teléfono!
- ¡Pues que oiga! Ya es hora de que aprenda, todo el día ahí quejándose. . .
- ¡Mija! se oía la voz de Foción apoplético, estertoroso en su enfisema. ¿Esas son las cosas que te enseña ese negro?
- ¡No es negro! Además no me las enseña, las aprendo yo sola. ¿Tú crees que sigo siendo un bebé? ¿Se fija, Ignacio? Creen que soy un bebé. Cuénteles, usted que sabe...  
   Se oyó por el teléfono la risa de Patricia, divertida. Hizo una voz sensual:
- .... lo que sabemos. . .
   Foción estertoró:
- ¡No me digas que ese negrazo se ha atrevido. . . !
   Y la tía Clema intervino, llorosa:
- Salido de quién sabe dónde, mija, eso no es muchacho para tí. . . Ignacio, díselo tú a ver si a tí te hace caso, ya ves que a nosotros es como quien oye llover.
- Se ha atrevido a qué, a ver, papá: dílo, dílo tú, si te atreves.
- No me interesa saber a qué se atreve ese. .. señor -hizo Foción con un audible esfuerzo. -Déjame hablar con tu primo. ¿Oíste, Ignacito? Todo el día hablando del negrito ese. . .
- ¡Jefferson no es negro! Y además al fin qué: negrazo o negrito. Y además no seas racista. Además ya no hablo con él: peleamos.
   La tía Clema intervino por el otro teléfono:
- ¡No sabes cuánto me alegro, mijita! No sabes cómo estábamos de preocupados tu tío Foción y yo, Ignacito. Un muchacho dizque Marroquín, de no sé dónde. . . Pero en todo caso no de los Marroquín Marroquín, sino ve tú a saber. . . Además parece que era medio comunista.
- ¡Comunista no, no seas ignorante, mamá!
- ¡Mija! ¡No le hables en ese tono a tu mamá!
- ¡Entonces díle tú que no hable de lo que no tiene ni idea! ¿La oyó, Ignacio? ¡Comunista! Socialista: del Partido Socialista de los Trabajadores.
- Eso, de los trabajadores. . . -se defendió débilmente la tía Clema.
- Por favor, mamá, cuelga de una vez y no te metas en lo que no te importa.
- ¡No le alces la voz a tu mamá! -roncó Foción, luchando por tragar aire. ¿La oyes, Ignacio? Y no vuelvas a mencionar a ese individuo.
- ¡Ja! ¡Ahora es individuo! Qué elegante. ¿Los oye, Ignacio, ve cómo son? ¡Es que no me los resisto! Pero bueno, papá ¿es que tampoco me vas a dejar hablar con Ignacio? Cuelga, fíjate que te lo pido por favor. Es Ignacio, tu sobrino Ignacio, Ignacio Escobar Urdaneta, de magnífica familia. ¿Eso sí? ¿Con él sí puedo hablar? Pues entonces cuelga, por favor. ¡Ay, Ignacio, dígale usted que cuelgue, que cueeeeelgueeeee!!!! Me voy a volver loca.
   Escobar colgó.

Bueno. ¿Qué hacer entonces? Berenice le había servido un tinto. Lo bebió. Berenice se había cambiado los pantalones verde menta por una minifalda que le dejaba al aire la carne de los muslos, y ahora hacía sonar pulseras en los brazos desnudos. Daba vueltas por el estudio.
- ¿Sí le quedó bien de azúcar su tintico, don Ainas?
- Sí, gracias, Berenice, perfecto.
   ¡Es que como los hombres son tan reparadores! -rio Berenice, coqueta.

   Escobar encendió un cigarrillo. ¿Qué hacer? Berenice volvió a emerger del fondo, ahora con una blusa de volantes y una falda estrecha.

- ¿Me está haciendo un desfile de modas, Berenice?
   Ella rio con risa sensual, nerviosa, se dio un golpe para hacer revolear la mata de pelo, caminó columpiando las caderas.
- ¡Uy, eso qué, don Ainas!
   Dio más vueltas, deteniéndose a observar las esculturas de Federico.
- ¿A don Ainas sí le gustan las cosas que hace don Fedy?
   Yo es que como no entiendo. . .
- Es que es arte para el pueblo -explicó Escobar.
- ¡Ah, de razón! Yo sí decía: ¡tan raro! ¿no?

   Siguió contoneándose. Escobar no le hizo mucho caso. Marcó el número de su mamá. Quería decirle que la amaba, que iría a verla mas tarde, que quería felicitar a Henna y a Ernestico por su matrimonio, que él mismo se iba a casar con Fina e iba a tener varios hijos. Que quería darle las gracias a Henna por todo. Y a su mamá: las gracias por haberlo parido, por haberle dado el maravilloso regalo de la vida. Vivir, vivir. Iba a vivir, de ahora en adelante.

- ¡Mamá!
- Mijo. No llamas nunca.
- No había podido, mamá. Pero ahora sí, te prometo. Es que tenía el teléfono dañado.
- Mentiras, mijo. Como siempre.
- Esta vez es verdad, mamá. He cambiado. ¿Estás sola? Voy a ir a visitarte.
- Ay, hoy no, mijo. Viene gente.
- ¿Y qué? Yo también voy.
- No, mijo, es que viene todo el mundo. Viene Lulucita. Y Ricardito, claro, y monseñor.
   Más bien ven otro día.
- ¿Y qué? Cada vez que voy están todos allá. Allá voy, mamá, espérame.
- Pero mijo, es que viene gente a tomar té.
- Todo el mundo va todos los días a tomar té, mamá.
- ¿Por qué no vienes mejor mañana? O pasado, no sé.
- ¿Qué te pasa, mamá?
- Es que tengo la tensión bajísima. Tú sabes.
- ¿No quieres que vaya?
- Sí, mijo. Pero otro día.
   Escobar meditó un momento, desconcertado.
- ¿Es cosa de Ernestico?
- Ay, mijo: tú crees que lo de la tensión es un cuento de Ernestico para sacarme plata. Y me imagino que sí, pero pobre. Ah, se casa ¿sabías? Con esa novia caleña que tenías tú, tan querida. Fina.
- Henna.
- Henna, o Fina. Todo se me olvida, mijo.
   Escobar se contuvo.
- ¡Que bueno! Yo también me voy a casar, mamá, quería contarte.
- ¿Ah, sí?
- Sí. Con mi novia caleña, Fina. ¿Te acuerdas? Vamos a tener un hijo.
   Al otro lado del teléfono doña Leonor no demostró el menor interés.
- Ah. . .
- Pero mamá: ¿no querías un nieto?
- ¿Un nieto? No, mijo. Yo qué voy a hacer con un nieto a estas horas de la vida.
- Pero mamá. . .
- Bueno, mijo. Te tengo que colgar. Estoy esperando a ver si llama alguien.
- ¿Quién? - No sé. Alguien. Estoy tan sola. . .

   Y colgó. Escobar se quedó un instante con el teléfono en la mano, sintiéndose un imbécil. Empezó a marcar de nuevo, con rabia. Colgó con fuerza. Berenice volvió a entrar desde el fondo, vestida ahora con un breve vestidito que parecía estallar por las costuras: le llegaba a las ingles. Creyó reconocer el color rosa y negro, la textura crujiente y huyente de la seda: sí, era el vestido de Angela. - ¿Don Ainas sí me haría un favorcito? -interrogó Berenice, insinuante, felina, ronroneante, volviéndose de un golpe para mostrarle su espalda carnosa y redondeada, recogiendo sobre la nuca su negra cabellera.

- Es que no logro ajustarme el brasier -confesó, riendo.

  Escobar le ajustó las dos tirantas negras que le mordían los hombros y la espalda. Ella dejó un instante todavía los brazos levantados, los hombros ofrecidos, las axilas desnudas y afeitadas. Le lanzó una mirada tentadora por encima del hombro, entornando los párpados y haciendo con la boca un corazón pintado de escarlata:

- Don Ainas sí es un yéntelman. . .

   Al volverse le rozó el pecho con los dos senos poderosos, perfumados, recubiertos de una capa de polvos de talco, que emergían del sutián negro de satín reventando la seda del vestido. Era el vestido. Era el vestido de Angela. Rio con risa sensual, inflando la garganta, alzando la barbilla.

- ¡Uy, loco! - le dijo, dándole un empujón en el pecho.
   Berenice estaba tratando de seducirlo.
- ¿Un traguito, don Ainas?

   El hombre abandonado tiene eso: una cosa indefinible que atrae irresistiblemente a las mujeres. De la misma manera, en la estación del celo los machos de algunas especies de insectos despiden un olor especial que seduce a las hembras. Las luciérnagas, o algunas mariposas nocturnas. Escobar no recordaba bien. Berenice reapareció con una botella de whisky y dos vasos, y el vestido de Angela desabotonado casi hasta la cintura. Sirvió casi hasta el borde.

- ¡Uy, lo boba!. . . Me serví yo también. Bueno, yo me lo llevo a la cocina. Yo a veces allá sola me tomo mi traguito. Pongo mi música y. . . ¿don Ainas no quiere musiquita?
  Puso en el tocadiscos la voz amelcochada de Julio Iglesias.
- ¡Ay, ese hombre sí es que canta divino! -exclamó, despechugándose aún más el vestido.

            . . . me olvidé déehh
            viviihir. . . .

cantaba Julio Iglesias. Y sí, era eso: se había olvidado de vivir. La vida natural, la verdadera vida, es la vida que canta Julio Iglesias. Dentro de sus proyectos de futuro anotó mentalmente el de comprar todos sus discos. Recogió del suelo a los gatos, atrapándolos por la piel del pescuezo. Uno escapó, bufando, con la cola estirada, se sentó lejos a mirarlo con desprecio y después lo ignoró y se lamió los dedos de una pata, uno tras otro. Escobar acarició el lomo del que le quedaba, que primero se arqueó bajo sus dedos y luego se afianzó en su regazo, ronroneando.

- ¡Ay, qué tal que una fuera gata para que la acariciaran así de rico. . .! -opinó Berenice.

   ¿Y por qué no? Era una vida nueva. Su propia vida. Se había olvidado de vivir. La vida hay que vivirla, había dicho el coronel Buendía, que visiblemente era un hombre que no había perdido la vida en pendejadas. Escobar tendió la mano y la plantó en el anca firme de Berenice.

- ¡Uuuy, don Ainas. . .! -se atoró blandamente Berenice. No protestó. Escobar afirmó la presa de sus dedos en la nalga. -Don Ainas sí es un demonio. . . -aseguró Berenice con voz ronca, parpadeando con ojos de coqueta, abriéndose camino para sentarse en sus rodillas. El gato saltó al piso.

   Con Berenice sentada en las rodillas Escobar no supo qué hacer. Ella hacía un ruido de arrullo con la garganta.

- Berenice.
- Mmmmmmmm. . . Ainas. . .
- Berenice, perdón un momento, tengo que hacer una llamada.
- Mmm. . . Loco, Ainas, usted sí es mucho loco...

   Se dejó caer sobre él, empujándolo blandamente con el busto. Sonó el teléfono. Berenice se limitó a estirar el brazo para descolgarlo.

- ¿Jelloou? -dijo con voz sensual. - ¡Quihubo, ole. . .!

   No, amorcito, yo aquí sentada como una boba esperándolo. . . Uy, ole, cómo dice esas cosas, qué tal que nos oigan.

   Reía con risa de garganta, arrojando la garganta hacia atrás, acomodándose mejor en el regazo de Escobar, que no sabía qué hacer exactamente. Trató de empujarla hacia un lado. Ella se acomodó mejor. Pesaba bastante. Sin dejar de respirar hondo por la bocina del teléfono, le acarició la nuca con las uñas, tratando de llevarle la cabeza a sus senos. Escobar la empujó y se puso en pie, tambaleándose y echó a andar hacia la calle. Tenía que buscar a Fina, mierda. Berenice, alarmada, barbotó en el teléfono.

- ¡Uy, no cuelgue amorcito que se me quema una cosa que puse en la estufa, no cuelgue, loco, no cuelgue. . .!
   Corrió tras Escobar.
- Pero loco, qué le pasó, eso yo ahorita no más cuelgo, no se ponga así, es un primo mío. . .

   Escobar la apartó, siguió andando hacia la puerta. Berenice se paró a mirarlo con los brazos en jarras, ofendida.

- ¡Mejor dicho, mírame el hombre nos salió marica. . .! -dijo con desdén. Y volvió taconeando a su teléfono, sin volverlo a mirar.

   Escobar anduvo tres o cuatro cuadras sin mirar hacia atrás, sin parar en las esquinas, oyendo apenas el chillido de llantas que frenaban para no atropellarlo. Estaba horriblemente deprimido. No sabía qué hacer. La inercia lo detuvo ante un teléfono. Estaba intacto, y funcionaba. Sacó un puñado de monedas. Las volvió a guardar en el bolsillo. ¿A quién llamar? ¿Qué hacer? A Fina, tenía que encontrar a Fina. Pensó en ir a la clínica, para que Ana María le diera la dirección en Cali. Ah, pero la iba a encontrar en los horrores del parto, sin duda no tenía la dirección ahí, etcétera. Además, no sabía el nombre de la clínica. Podía ir a Cali. Sí, pero eso era difícil. Foción, Foción era la única esperanza, Foción y sus contactos: si había sacado a Federico de la cárcel, podía encontrar a Fina en Cali. De paso, le pediría trabajo. Pero era mejor verlo al día siguiente, en la oficina, sin la tentación de Patricia. Al volver a su casa tiraría a la basura el sostén de Patricia. Pero no tenía ganas de volver a su casa.

  Tenía hambre. Por ahí debía estar la tienda maternal de la gorda y la changua, pero no sabía en dónde. Recorrió calles hacia el sur, sonámbulo. Entró en un restaurante lleno de bombillitos de colores que resultó ser italiano. Le dieron una pizza horrible. Un camarero con grandes medialunas de sudor bajo los brazos lo obligó a pedir un vino rosa pálido, agrio, que le dio arcadas y le salió carísimo. Había gente. Vio gente manoteando, oyó voces. Pagó una cuenta enorme. A la salida, un lotero cojo y manco quiso obligarlo a comprar la lotería, garantizándole la suerte. Vaciló. Supo resistirse. Caminó más, entre loteros, mendigos, vendedores de relojes robados, tipos de sombrero negro, mujeres que gritaban Marlboro Marlboro Marlboro Marlboroooo!, niños que huían, gente que tropezaba, siguiendo a veces involuntariamente el culo de una niña entre la muchedumbre, perdiéndolo sin saber dónde, entre sus pensamientos. Compró un reloj. Se lo robaron. Vio barrenderos pensativos apoyados en su escoba, con los ojos cerrados bajo el casco naranja del municipio. Vio fotógrafos ambulantes. Nadie le tomó fotos. Árboles grandes, edificios inmensos, una fuente en la mitad de una especie de parque pavimentado de cemento, bajo los altos árboles. Un fotógrafo de máquina de trípode, ciego, paralítico. Niños dormidos en el piso. Tenderetes de libros. Sin verlas, hojeó las obras completas de Enver Hoxa, de Trotsky, de Stalin, de Mao Tsé tung, de Lenin, de Dimitrov, del Che. Se quedó luego largo rato mirando el cabrilleo de la fuente, el vaivén de los chorros de agua, el burbujeo. Una nata espesa, sembrada de colillas, cubría el agua. Le golpearon el hombro: era un niño de Dios, calvo, tristísimo, ofreciendo amor.

- Amor, hermano.

   Se apartó. Vio venir a su tío Alejo a través de los árboles, apartando mendigos y loteros con la punta del paraguas. Se escondió tras un tronco. Lo vio pasar, subir una breve escalinata, atravesar una puerta de cristales relucientes que le mantuvo abierta un portero galoneado. Vio que el niño de Dios recogía una colilla del piso, la encendía con ansia. Se acercó a un quiosco a comprar cigarrillos.

- Amor, hermana -le dijo a la mujer rechoncha que le vendió los cigarrillos. La mujer dio un respingo.
- ¡Vayase a amar a su mamá, gran hijuemadreee!

   Su mamá. . . Se encogió de hombros. Se alejó, sin reclamar las vueltas. No había taxis. Cogió un bus atestado de gente, de olores concentrados y densos, de caras quietas, de música de radio:

           ¡Díme cómo me arranco del alma
           esta pena de amor!
           ¡Esta pena de amor!
           ¡Esta pena de amor!
           ¡Díme cómo me arranco del alma
            este inmenso dolor!
           ¡De esta pena de amor!
           ¡De esta pena de amor. . .!

   Atravesaron la ciudad sin que se diera cuenta, en el vacío.
   Habían pasado horas. No había hecho nada. Subió las escaleras de su casa resoplando de angustia, muriéndose, parando en los descansos. Lo detuvo la sirvienta de abajo.

- Doctor, doctor, la señorita le dejó una razón.
   Se le paró el corazón. ¿Cuál señorita?
- ¿La señora?
- Una señorita alta, con un niño y un perro grandote. Le dejó este papelito al doctor...

   Se desabotonó el uniforme en el pecho y extrajo de un escondrijo un papelito doblado en muchos dobleces. Escobar leyó:

             No me quiera Escobar
             Yo tampoco lo quiero
             Arcángela.

    Suspiró. Se apoyó en la pared, con ganas de llorar, de dormir, de morirse. La sirvientica lo sostuvo por un brazo.

- Tranquilo, doctor, tranquilo. . ..

   Se dejó escurrir hasta el piso, sin que ella pudiera contenerlo. Cayó sentado en un escalón, y su cabeza golpeó el muro. Oyó el crujido. La sirvientica se acurrucó a su lado, consternada.

- No doctor, no doctor, no se ponga así doctor, eso se le pasa, doctor, verá cómo se le pasa. . .

  Escobar dejó su cabeza sobre ella. Boqueaba. Sollozó sobre el hombro tembloroso, delgado, tibio, oloroso a humo de leña, sintió el contacto de sus dedos fríos en las sienes y el pelo.

-Ya pasó, doctor, ya pasó, ya pasó. . .

   Contra su mejilla, en la abertura del uniforme negro todavía desabotonado, sentía latir el pecho caliente con un ritmo desordenado de galope. Se quedó quieto ahí, dejándose pesar, notando que poco a poco iba perdiendo las fuerzas para mantenerlo erguido contra el muro, agobiada, asustada, afligidísima, en el borde del llanto.

-Ya doctor, ya doctor. . . ya, ya, doctor. . .

   Se incorporó. No sentía las rodillas. La sirvientica lo sostuvo empujándolo por los riñones.

- Ven. Ayúdame. Subamos.
   Subieron, sosteniéndose mutuamente, como borrachos.
- Despacio, doctor. . . despacio...
- ¿Cómo te llamas?
- Circuncisión. Me dicen Circua.
   Escobar paró en seco al ver la puerta de su casa abierta. La sirvientica chocó contra su espalda.
- ¿Vino alguien? -preguntó Escobar en un murmullo.
- Yo no sé, doctor, yo no vi -cuchicheó la sirvientica.
- ¿Quién hay ahí? -gritó Escobar.
   No le salía la voz. Carraspeó, tosió. No contestó nadie.
- ¡¿Quién hay ahí?!

   Se asomó con cautela. No se oía nada. La casa estaba a oscuras. Encendió las luces bruscamente. Nadie. Pero no había nada tampoco, o en el primer momento no vio nada. Ni muebles, ni cuadros, ni libros en la biblioteca, ni biblioteca. En un rincón asomaba del muro un muñón cercenado de cable, donde había estado el teléfono. Sólo quedaba la lámpara del techo. En un rincón del piso había tierra regada, y trozos de macetas despedazadas. Recorrió lentamente la casa, asombrado. Así, desmantelada, parecía más sucia y más pequeña. ¿Fina? No podía ser. ¿La señora Niño? No podía ser. En los armarios empotrados de la cocina los cajones pendían, abiertos y vacíos, como lenguas, y quedaban en el piso algunas frutas aplastadas. Del baño se habían llevado todo: la cortina de plástico, su cepillo de dientes, la tapa y el bizcocho del excusado. En su cuarto no habían dejado ni siquiera la cama, ni los cajones del armario, ni cortinas, ni argollas, ni ganchos de la ropa. Profesionales. No podía ser la señora Niño. ¿Henna? No podía ser. Al volver a la sala vio a la sirvientica parada todavía en la puerta.

- ¿Qué haces ahí? -La había olvidado.
- Como pensé que el doctor quería hacerme cosas. . .
- ¿Cosas? Ah, sí. Sí. . . ¿Qué pasó? ¿Quién fue?
- Yo no sé, doctor, yo no oí nada, yo estaba ahí atrás lave que lave.
- Se llevaron todo. Tuvieron que venir con camiones. A lo mejor con grúas. No es posible.
- Yo no sé, doctor, yo no vi. . . Eso seguro fueron los ladrones.

   Parecía a punto de llorar, ya con agua en los ojos, con el uniforme todavía abierto sobre el pecho moreno, sobre el sutián algodonoso y blanco. Cosido al algodón, o prendido con ganchos, Escobar vio un escapulario pardo. Dos. Le puso la mano en el pecho. La sintió paralizarse, aflojarse de nuevo. Le acomodó el sutián, más grande que su cuerpo. Le abrochó el botón.

- Vete. No importa.
- ¿El doctor no quiere que me quede un ratico?
- No... Déjame. Tengo que pensar. Gracias.
   Se sentó en el piso, con la espalda apoyada en la pared.
- Si el doctor quiere, yo vengo más nochecita, cuando mi señora ya se duerma.
- No, no. Como quieras. ¿Cómo es que te llamas?
- Circua. Circuncisión, doctor.
- Gracias, Circua. Bueno, vete. Déjame pensar.
- Eso, piense harto, doctor, y yo más nochecita vuelvo para lo que se le ofrezca.

Circua cerró la puerta sin hacer ruido.

 

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