Capítulo XI

 

   Se quedó sentado en el piso, abrazando sus propias rodillas, mirando en torno con los ojos perdidos. No se le ocurría nada qué pensar. Grietas en las paredes, manchas más claras en donde habían estado colgados los cuadros, en una esquina unas macetas rotas, tierra reseca regada por el piso. Por la ventana abierta, sin cortinas, entraba el ruido de la ciudad, despertando ecos en el apartamento devastado. La alfombra estaba llena de huellas embarradas de zapatos, de colillas aplastadas, de quemaduras negras. Se quedó bruscamente dormido. Un hueco negro y sin sueños.

   Le sacó de él un discretísimo toque de nudillos en la puerta. Miró en torno, sin reconocer la sala blanca y vacía. Ah, sí: los ladrones. Tendría que hacer algo al respecto. Oyó de nuevo golpecitos suaves en la puerta. Esa escena le parecía haberla vivido muchas veces. Oyó un cuchicheo asustado, soplado a través de la rendija.

- ¡Doctor!

   Ah, sí. La sirvientica. Circuncisión. Circua. No se sentía con fuerzas ni con ganas para hacer el amor, esa acrobacia, esa fatiga, esa monotonía, en el piso duro, sembrado de colillas y pisadas de barro. Sin moverse, habló a través de la puerta.

- ¿Qué quieres? Estoy pensando.
- ¡Ahhh. . .! ¿El doctor quiere que espere un ratico aquí afuerita?

   Se enterneció. Pensó abrir, abrazarla, darle un beso en los labios, poseer sobre la alfombra su cuerpo tibio y sumiso. Empezó a incorporarse. Le craquearon las articulaciones.

- No, gracias, Circua. Vete a dormir.
- ¿Al doctor no se le ofrece nada más? -cuchicheó Circua
- ¿No quiere que le caliente alguito de comer?
- No, gracias. Voy a pensar. Voy a dormir. Vete a dormir tú también.
- Hasta mañana doctor.
- Hasta mañana.

   Oyó su paso menudo descender las escaleras. Siguió sentado en el piso, con la espalda apoyada en la pared y las manos inmóviles sobre la alfombra. Silencio absoluto. Ni siquiera golpeaba la señora Niño. ¿La habrían matado los ladrones? No la oía, pensó, desde hacía muchos días. Se puso en pie y dio dos o tres brincos para golpear el techo con los nudillos. De inmediato respondió desde arriba la señora Niño martillando el piso. Pero se cansó pronto. Le faltaba rigor, obstinación, constancia. Ostinato rigore -dice, tal vez, Leonardo. En el fondo eran iguales, la señora Niño y él. Se dejaban llevar por el viento de un capricho lo dejaban soplar, pasar, morir, perderse.

   Por otra parte, Leonardo nunca fue capaz de terminar un cuadro.

   Recorrió toda la casa, haciendo inventario. No quedaba ni siquiera su ropa sucia, ni el canasto de su ropa sucia. Los restos de macetas en el piso de la sala y la tierra desparramada, las raíces muertas y los tallos resecos de los geranios, el relleno de espuma plástica de un cojín reventado. En la cocina, las frutas aplastadas en el piso, viscosas en un charco que debía ser de leche, y en el alféizar de la ventana una olla abollada y renegrida de aluminio o de peltre, con un cilantrillo todavía verde, regado por las lluvias. Hizo con la basura un montoncito en un rincón. Tenía hambre. Bebió agua. Pensó echarse a dormir y se dio cuenta de que no tenía ya ni cama ni colchón. Tendría que dormir en el duro suelo, como los animales. Tendría que hacer algo. Sí, pero al día siguiente.

   Se enroscó en la alfombra, que al menos mitigaba la dureza del piso, con la cabeza apoyada en el montoncito de basura. Como el santo Job, pensó, cuando hubo perdido sus tierras, sus hijos, sus ganados, sus mujeres. Si tuviera llagas, podría rascárselas con un pedazo de maceta, como el paciente Job. Si le hubieran dejado los libros, podría leer el Libro de Job, para fortalecerse en la adversidad. Pero no le habían dejado los libros. Admiró involuntariamente la minuciosidad de los ladrones. No pudo contener un brote de orgullo: se habían robado inclusive sus poemas.

   No le quedaba nada en esta vida, ni nadie. Fina se había ido para siempre, su mamá lo había abandonado por teléfono, Angela le había dejado un mensaje frívolo de adiós. Pensó, con cierto asombro, que no necesitaba nada. Un poco más de tierra, para cubrirse con la tierra y dejarse morir, pudrir en la tibieza de la tierra. Empezó a tiritar.

   Oyó un ruido en la puerta: un rascar, un roer de ratones. ¿Los ladrones de nuevo? Mantuvo contenida la respiración hasta que cesó el ruido, y luego, sigilosamente, recorrió nuevamente todo el apartamento para buscar un arma. No había nada. En el fondo de un cajón de la cocina, atascado en la rendija, encontró al fin un viejo lápiz mordisqueado. Al primer ladrón que entrara se lo clavaría en la barriga. No tenía punta. Mejor: así la herida sería mucho más grave, como la de un pitón de toro escobillado. Se enroscó en su rincón, tiritando de frío, oyendo a veces bruscos y largos glogloteos de sus tripas vacías.

   Se despertó en la luz del amanecer, entumido de frío, adolorido, muerto de hambre. Oyó pájaros, el canto ronco de un gallo a lo lejos, el ruido del motor de una motocicleta. Se levantó, y fue a mirar amanecer desde su cuarto: borrones y rayones en la tersura luminosa del cielo, unas cuantas nubecillas grises, sueltas, como pulmones de plata de un gran pájaro, manchas sucias de humo quieto sobre el fondo que empezaba a inundarse de luces triunfales. Una bandada súbita de pájaros subió una vez y bajó de golpe contra el rosado limpio. Se bañó. Por lo menos le habían dejado agua caliente. Mojado, se vistió con su ropa sucia y arrugada, que olía a sudor y a sueño. Tendría que salir, desayunar, empezar a ganarse la vida. Ah, ¿nunca podría definitivamente no tener que hacer algo? Al salir tropezó en un ruido hueco. Era un plato tapado con otro, y dentro había comida, cubierta con un papel rayado. Examinó el Papel, sucio de grasa, atravesado en curva por un letrero vacilante de analfabeta:

           su-comida-doctor

   Se enterneció hasta el llanto: Circua. Hubiera debido pasar la noche con ella, calentarse contra su cuerpo tibio, abrazándola, con las narices hundidas en la fragancia ácida de sus trenzas y las manos puestas sobre sus senos. En el plato había arroz enfriado y papas con hollejo. Mordió una, y el frío le destempló los dientes. Arrancó el cilantrillo de su olla y la puso a calentar, y devoró su desayuno caliente con las manos, rascando hasta el fondo la pega de arroz ennegrecida, quemándose los dedos con las papas.

   Lavo bien los dos platos y los volvió a poner delante de la puerta.

   Se sentó en el piso. ¿Para qué iba a moverse? Estaba solo para siempre en esta vida. Nadie vendría a buscarlo.

   Durmió una siesta al sol. Pasado un rato se empezó a aburrir, lo empezó a atenazar la angustia ciega de otros días. Tenía frío, el día se había nublado, empezaba a llover. Dio vueltas por la casa vacía. ¿Qué hacer? ¿Y porqué hacer? Al fin y al cabo, llevaba toda la vida sin hacer absolutamente nada. Por eso le decían que estaba muerto.

   Tal vez tenían razón.

   Ah, volver a pensar lo que ya había pensado, como un mulo en la noria -y salirse del círculo por la misma tangente, con la misma pirueta. ¿No había decidido acaso ser un hombre de acción? No, no había decidido nada, como no había decidido nada nunca. A veces, a lo sumo, se había visto arrastrado por un caño, acorralado, chupado por la inercia. Y siempre con la misma nostalgia de inacción, de corcho en el remolino; con la misma añoranza del vientre de su madre, penumbroso y caliente, rítmicamente estremecido por un bombeo de sangre fresca, suspendido en la vida como un globo en el cielo. Pero su madre no estaba ya dispuesta a recibirlo de nuevo en su matriz. Tal vez iba siendo hora de que se incorporara a la vida real.

   Fuera eso lo que fuera. O justamente por no saber con precisión qué era. No lo había sabido nunca, nunca había querido saberlo. Por cobardía, tal vez: lo decía todo el mundo.

   Pero ¿por qué va a ser condenable la cobardía? ¿Con qué criterios? Ah, sí: de nuevo los criterios. Cobarde, bueno: y qué. (¿Pero ante quién se estaba disculpando?)

 

 

 

   Hacia el medio día pensó, con cierta seriedad, en el suicidio.

   Pero sabía que no se suicidaba. Eso se sabe siempre. ¿Sí lo sabía? ¿Por qué no intentar por lo menos el suicidio, para saber de una vez por todas si por lo menos era capaz de suicidarse, que es cosa relativamente fácil? Porque de ser capaz, lo hubiera descubierto demasiado tarde para que le hubiera servido saberlo. Y de no ser capaz, no hubiera avanzado nada. Sí. Hubiera por lo menos conocido sus límites. Los límites que nunca había querido ni siquiera intentar conocer, para poder pensar que a lo mejor no tenía límites.

   Frente a los ojos vagos de Escobar, una gota de luz brilló de pronto en la manija de metal de la ventana: el sol se había abierto paso un momento entre las nubes turbias. Pero volvieron a cerrarse las nubes, o a lo mejor cambió de posición el sol, y desapareció la gota metálica de luz. Y a todo esto pasaban horas. Y podían pasar años. Ya habían pasado años. Podían pasarle por delante todavía años y años, soles y lluvias. El sol se ponía lejos, oculto por las nubes. Estaba solo, y lloviznaba, y estaba en Bogotá, y en eso se le había ido todo el día. Todavía podía ver confusamente la silueta de unas nubes espesas mientras el sol moría detrás y más abajo, invisible en la lluvia. No una puesta de sol, sino más bien un ahogamiento: una muerte del sol entre las nubes, sofocado en su lecho de sábanas mugrientas. Mañana saldrá igual, del otro lado. Los días son iguales a los días. El sol que sale y gira y muere es siempre el mismo sol. Por qué lo hace es algo que no entiendo. A lo mejor espera que esta vez, u otra vez, va a ser distinto el mundo. Pero no es verosímil. Si en algo le consuela al sol saber que yo también hago lo mismo, a mí no me consuela.

   Pero ese atardecer no iba a escaparse. Lo iba a guardar en un poema, y el poema en un cajón. Buscó con qué escribir. Halló el lápiz mordido de matar ladrones, y tras un breve instante de vacilación empezó a escribir en la pared. No tenía punta. Afanoso, le sacó punta en los ladrillos del alféizar. Pero cuando empezó a escribir, ya estaba anochecido.

                   No pude ver la puesta del sol
                   pero es posible imaginarla:
                   un sol ahogado en sábanas mugrientas.

   No era eso exactamente, esperaría otra puesta de sol, idéntica, o bien el amanecer desde su cuarto. Las cosas son iguales a las cosas, los días a los días, intercambiables. Lo escribió en la pared:

                   Las cosas son iguales a las cosas:
                   luz en la luz.
                   memoria en la memoria

   Se detuvo, impaciente: la asperidad del muro se había comido ya la punta de su lápiz. Además el poema era una mierda.

   No, no era una mierda. O a lo mejor era una mierda, pero tenía que escribirlo. Alguna vez, una vez en la vida. Ostinato rigore (aunque quede inconcluso, como los cuadros de Leonardo). No iba a esperar un nuevo amanecer, un nuevo atardecer, otro mes, otra vida. Afiló otra vez el lápiz y escribió con delicadeza, para que le durara:

                   Las cosas son iguales a las cosas:
                   la luz es luz

   Borró con el dedo mojado en saliva, dejando en la pared una mancha grisásea. Corrigió encima.

                   la luz es siempre luz
                   la memoria es memoria

   ¿No sería un poco pretencioso? ¿Qué sabía él de la luz? ¿E incluso qué sabía de la memoria? Oyó unos golpecitos en la puerta.

- ¿Doctor?
   No contestó, irritado.
- ¿Doctor?

   Al cabo de un instante oyó el choque discreto de la loza en el piso. Su comida. Lo alimentaban las fieras del desierto, como a algún santo ermitaño. Ved cómo las avecillas del campo no tejen ni hilan, ni tienen graneros, y nuestro padre celestial provee a su sustento. Corrió hacia la puerta.

- ¡Circuncisión!
   Circua se volvió a la mitad de la escalera, aterrorizada.
- No temas. Ven.
   La sirvientica subió sin ruido. Le dio un beso en la frente.
- Que Dios te lo pague.
   Le cerró la puerta. La volvió a abrir, y ella iba ya de nuevo a mitad de la escalera:
- ¡Circuncisión! Consígueme papel, por favor.
- ¿Cómo, doctor?
- Papel. Papel de escribir. Estoy escribiendo.
- Cómo no, doctor.

   Desapareció escaleras abajo, a la carrera, con las trenzas al viento. Escobar, de pie ante la pared, borró con saliva lo que llevaba escrito. Oyó golpear a Circua, que le entregó un cuaderno rayado de niño de colegio:

          Cuaderno de: Circunsisión Hernández
          Pertenece a: acer cuentas

   Sólo después de calentar la comida en la olla -lentejas esta vez, y un plátano, que resolvió dejar para su desayuno- se dio cuenta de que hubiera debido pedirle a Circua también una cuchara.

   Y se sentó a hacer cuentas, con la espalda apoyada en la pared y el cuaderno de Circua en las rodillas, donde le diera bien la luz.

          Las cosas son iguales a las cosas

escribió. Y se quedó pensando. No era tan fácil. No es fácil decir las cosas que deben ser dichas, y decir además las que no es posible decir, aunque se quiera.

          Las cosas son iguales a las cosas.
          Lo que sabemos, lo callamos.

   Pero no, no era exactamente eso. Tachó lo que había escrito y empezó de nuevo:

          Las cosas son iguales a las cosas:
          la voz las calla.

   Pero no era cierto: la voz, por el contrario (si eso era la voz) las estaba diciendo, parecía empeñada en decirlas. El problema era el miedo. Tachó. Volvió a empezar.
 
         Las cosas son iguales a las cosas

   Pasó toda la noche escribiendo, tachando, arrancando hojas del cuaderno de hacer cuentas de Circuncisión Hernández para arrojarlas a un rincón, hechas una pelota, afilando el lápiz con esmero en los ladrillos mojados del alféizar cada vez que la punta se acababa. Escribió acurrucado, con el cuaderno en la rodilla, y de pie, apoyado en la pared y tendido bocabajo en el piso. Se detenía, releía, rompía todo, volvía a empezar:

          Las cosas son iguales a las cosas

   Se esforzaba por no dejarse arrastrar por las mentiras íntimas de lo que estaba diciendo, ni por la musiquita, que a veces también era mentira. Se esforzaba porque la forma no dominara el contenido, y porque el contenido no reventara la forma, y fueran ambos, lado a lado, como caballos que trotaran parejo tirando del poema. Se esforzaba por no dejarlos desbocarse- y a veces los dejaba desbocarse, y al releer, horas más tarde, tenía que repetir otra vez todo. A veces se dejaba anonadar por una imagen. Y tenía luego que eliminarla y destruirla y tratar de olvidarla. A veces se quedaba quieto y feliz, con la cabeza apenas inclinada, viendo cómo una estrofa pasaba entre sus dedos como se da, poderosa, y se rompía a su lado como una ola en los rompientes. A veces, en cambio, al intentar limar de un par de versos el rumor engañoso de la musiquita (de una música que además, a veces, era ajena), y al rasparles después el exceso de lirismo y suprimirles las reiteraciones de sentido, no le quedaba nada. Y a veces eso era una lástima, y se es forzaba por pescar algo en la viruta, por rescatar fragmentos que pudieran servir como pecios de un naufragio. Hasta que se lograba convencer, exhausto, de que nada era recuperable. Hacía listas de palabras en los márgenes del cuaderno rayado: pescar, rescatar, recuperar, pecio, naufragio. Listas de palabras afines o de palabras arbitrariamente superpuestas: música, viruta, mano, reiteración, convencer, lirismo, exhausto. Desarraigo. ¿Cómo usar la palabra desarraigo? (¿O arraigo?)

   Escribió todo el día, deteniéndose a veces para afilar el lápiz o para meter la cabeza bajo el chorro de agua de la ducha. Poco a poco iba viendo más claro lo que quería decir, y lo que quería decir era un poema que iba saliendo poco a poco de sí mismo, como si se sacudiera todo el fango superfino que deja el paso por la noche del caos. Iba saliendo, con más serenidad que la noche anterior. Aunque también -notaba a veces con temor- se iba reduciendo bastante. Temía que a fuerza de despojarse de todo lo superfluo se le quedara en nada, en una sola línea, un solo verso. Durante varias horas buscó obstinadamente ese único verso perfecto, coagulación del todo, donde cabía entero el poema, sin encontrarlo. Tomaba notas que no tenían mucho que ver con lo que estaba diciendo, para entender mejor lo que quería decir -y también lo que no quería decir. Apuntaba metáforas que sabía que no iba a usar, en general arquitectónicas. O términos sueltos de arquitectura: tejado, cornisa, arquitrabe, sótano, escalera, fachada, estribo, frontispicio, balaustrada, arquería, bóveda, cúpula, pensó también escribir el poema usando esas metáforas, pero no: eran otras. Esas eran apenas el armazón del andamiaje, que hay que quitar una vez terminado el edificio: grúas, aparejos, maquinaria de construcción. (A veces descubría que podía retirar toda una escalera de imágenes o de conceptos y dejar sólo el último sostenido en el aire, y no pasaba nada: el artefacto entero quedaba en equilibrio). Y a veces se dejaba llevar por la fertilidad de una metáfora, que empezaba en un toro y acababa en un lago, o en un simple adjetivo calificativo. Y a veces, en un golpe de audacia, dos estrofas completas quedaban resumidas en dos versos que -durante una hora, o dos- le parecían de veras fulgurantes.

   Ya de noche oyó en la puerta los golpes prudentísimos de Circua. Abrió.

- Doctor, su comidita.
   Lo miraba como se mira a un santo.
- Gracias, Circua.
- Le traje su buen cuchuco de maíz, doctor, con harto espinazo de marrano.
   Miró dubitativo el plato. La sopa gruesa y áspera y gris, estaba tibia todavía.
- Lo malo es que no tengo cuchara.
   Circua salió escalera abajo:
- Un momentico, doctor, ya se la traigo. . .
- ¡Y una manta! -le alcanzó a gritar.

   Circua volvió con una cuchara de sopa, pesada, grande, de plata. La manta, en cambio, era una manta estrecha de arpillera, rasgada y remendada en varios sitios. Se la llevó a los labios. Olía a humo.

- Está limpiecitica, doctor. Es la cobija mía de mi cama, si llego a coger una de las de la señora, va y me mata. Pero está limpiecitica.
- ¿Y tú?
- Yo duermo vestida, doctor, no se preocupe, eso una está acostumbrada a pasar fríos.

   Le dio un beso en los labios, que Circua recibió temblorosa, con los ojos cerrados, como si comulgara.

- Gracias, Circua.

  Calentó el cuchuco en su olla -ya empezaba a curarse, y en ella se mezclaban los sabores, las esencias -y lo comió desde la misma olla con su cuchara de plata, acurrucado en la sala con las piernas cruzadas y la olla caliente entre las piernas. Releyó su poema. Lo rompió. Volvió a empezar.

                Las cosas son iguales a las cosas:
                lo dicho, lo no dicho, lo callado.

   Pasó toda la noche escribiendo, envuelto en la manta de arpillera que olía a humo y a Circua. Durante un rato jugó con las posibilidades de dedicarle su poema, de titularlo en torno a ella: Circuncisión. Incircunciso. Sonaba demasiado alegórico. Círculo. Circo. A veces se tendía a dormir un rato, arropado en la manta, y despertaba a tomar notas, a escribir un verso. Soñó rimas en osa: cosa, rosa, losa, esposa, desastrosa. Le iban y le venían, a veces, versos, como nubes de pájaros. El amanecer lo sorprendió escribiendo. Vio amanecer, con frío. Escribió todo el día, sin parar, acosado por las ideas y las palabras, obligado a garabatear fragmentos de palabras para que no se hundieran otra vez en el fangal de la memoria. Los dedos le dolían de sostener el lápiz, y el lápiz, de tanto afilarlo, iba ya en la mitad. Escribía tenuamente, en trazos apenas discernibles, para no malgastarlo. Los problemas fundamentales eran tres: la inercia, la música, y el miedo. Tenía que controlar la inercia, dominar la música, vencer el miedo. Pero el poema iba saliendo. Circua golpeó de noche, no abrió ni respondió, mucho más tarde recogió su comida y la devoró fría. Siguió escribiendo, y el poema avanzaba. Vio amanecer de nuevo, vio anochecer, vio amanecer y anochecer hasta que ya perdió la cuenta de las veces. Una tarde, escapada, Circua le trajo una bandeja de galletas de hojaldre y pastelitos de limón, restos de un té de la señora. Su lápiz, a fuerza de afilarlo en los ladrillos, iba ya diminuto: lo tenía que coger con la punta de los dedos. Del cuaderno de Circua quedaban pocas páginas. Pero el poema se iba haciendo. Una tarde, la señora Niño volvió a empezar a golpear en el techo, con rigor obstinado. Toda una tarde y una noche luchó contra sus golpes, desesperado, en vano. Después dejó de oírlos, y sólo muy de cuando en cuando, en alguna pausa del poema que usaba para desperezarse y estirarse y hacer craquear los huesos, se daba cuenta de que arriba la guerra continuaba. A veces, en una tarde muerta, después de horas de angustias impotentes frente a un verso impenetrable y ciego, retobado, el verso se abría solo como el cáliz de una flor. Otras veces salía una estrofa entera, o entendía de repente que un fragmento era inútil. Pero el poema se iba haciendo. Dormía a ratos, se revolvía en el sueño. A veces, sin embargo, dormía pacificado una mañana entera. Y el poema se hacía. A veces tenía tiempo de calentar con calma las comidas de Circua y de comer tranquilo, acuclillado, sopesando en la mano la cuchara de plata, con la olla entre las piernas y a su lado, en el piso, el plato lleno de agua fresca. Otras veces se le olvidaba la olla en el fogón, y el olor a quemado lo arrancaba de un verso, y tenía que comer restos carbonizados de pollo, o carne, o papas. Pero el poema iba saliendo, se iba haciendo, iba fraguando en versos ya inamovibles como bloques de piedra, se iba ordenando y aclarando como el agua en un vaso, iba adquiriendo fuerza y abriéndose camino como un pantano que se convierte en río. Leía a veces un fragmento en voz alta, con voz reseca y ronca de días sin hablar, a ver cómo sonaba. A ver si entendía. A ver si por error había dicho algo distinto de lo que de verdad quería decir. Y cortaba cositas: medio verso, o un verso, o alguna tontería que era un rezago de blandura de espíritu.

   Y una noche se hizo por completo, como si se hubiera hecho solo. Lo releyó entero, y comprendió que estaba terminado, y que no le sobraba una palabra.

   Faltaba poco para el amanecer. Por oriente, en el cerro, se distinguía una fosforescencia lechosa, casi una línea verde -y decidió esperar la luz del día. Estaba feliz, sentía llenos de aire los pulmones. Se quedó adormilado unos momentos y cuando despertó el sol ya estaba afuera, blanquecino en la niebla, redondo en la cuchilla del cerro. Se restregó los ojos y lo leyó en voz alta:

 

CUADERNO DE HACER CUENTAS

I

          Las cosas son iguales a las cosas
Aquello que no puede ser dicho, hay que callarlo.

          El ojo ve, y olvida.
Pero la voz lo grita:
las cosas son iguales a las cosas.

El ojo las ha visto.
A voz en cuello
la voz las ha callado.
(¿Y me volveré a ver y me diré: quién soy?)
Lo que el ojo conoce de las cosas
es por haberlas visto
iguales a ellas mismas.
(¿Y me diré otra vez: quién soy, que ya me he visto
y sigo siendo yo?)

            El ojo ve, y olvida.
El ojo no es conciencia de las cosas,
ni es voz:
es ojo apenas.
Mudo, sordo,
ojo inmóvil delante de las cosas.
No sabe su sabor ni su sonido
ni conoce su peso ni su fuerza
ni juzga su deseo
ni su sentido.
El ojo ignora
todo lo que es posible ignorar de las cosas.
No ve lo que hay en ellas
sino lo que ya sabe:
y lo que sabe lo ha olvidado.
Es ojo sin memoria
ojo inmóvil
ojo
delante de las cosas.

              El ojo es ciego
en la noche del párpado.
El ojo que quisiera ver las cosas,
saber que las ha visto,
creer que son iguales a las cosas ya vistas,
no las ha visto nunca.
Sólo conoce
sombras
en el párpado
huellas
en el párpado
cauces
en el párpado.

            Y así imagina el ojo mudo y sordo,
el ojo quieto y ciego
y que todo lo ignora,
tiempos, vientos, olores, voces, fugas, silencios.

             (¿Quién soy, que no me veo y no me he visto?)

 

               II


      Ahora, ahora, afuera:
luz de ciegos.
Ojo a cántaros, ojo
voraz y numeroso de los muertos.

      (En la memoria el golpe seco, hueco,
de la luna en la piedra.
En la memoria, lejos,
un embudo de estruendo.
Racimo, granizada,
enjambre de ojos quietos.
En la memoria el túnel
repetido en el eco:
atrás, ayer, adentro.
Rastro de pasos, ecos).

      Ahora, ahora. Afuera:
voz crecida en la voz
voz igual a otras voces
círculos en el círculo
luz en la luz, memoria en la memoria.
El alto cielo, embudo inescalable
(Y el gemido
de las tablas al sol, en el recuerdo).
En torno, el ojo
múltiple, pupulante:
extático
en la contemplación del arte por el arte.

       (Las figuras, de golpe,
se desprenden del hueco de la curva,
se deslizan siguiendo el arco de los pétalos
cerrados como párpados.
Esperan
el rápido crujido de la tierra
el silbido del aire en los oídos, como seda rasgada,
el agrio olor del miedo
metálico y espeso como el cuero.
En la pupila pródiga
paisaje con figuras:
rígidas, fragmentadas
figuras de silencio
arrojadas de golpe y ahora rotas,
volteadas como guantes,
ingrávidas de pronto y ahora densas,
inertes,
rasguñadas sin fuerza
por los dedos del viento).

         Un ojo cruel te mira
(alanceado de lenguas
engañado de sombras):
un ojo extático
en la contemplación del arte por el arte.

 

                    III

           Todo cuerpo
dejado en movimiento, seguirá en movimiento.

           El movimiento es gobierno de sí mismo:
carece
del más rudimentario sentido de autocrítica.
El movimiento
es puro amor del movimiento
ensordecido, ebrio.
El movimiento
baila consigo mismo, ante el espejo,
(parodia del amor)
la burla de la burla.
El movimiento
tiende a reproducirse.
(Subir, subir, surcar el alto viento
como si fuera necesario hundirse
en la profunda cavidad del cielo.
Subir sin Juicio
hasta el más alto cuenco de la altura,
subir con el impulso del abismo, acariciando
la lisa piel del cielo,
la ausente cicatriz donde se cierra el círculo
y subir ya es caer:
el hoyo en el espacio donde la ida se convierte en vuelta
y el viaje es ya regreso.
¿Para qué el movimiento
si el punto de llegada es otra vez aquí?

 

   Tenía la barriga tan plana como la última vez que la había visto, hacía ya meses. ¿Había mentido con lo de su embarazo? A su lado, Diego León Mantilla llevaba también la misma camiseta blanca y roja (PRT. Partido Revolucionario de los Trabajadores), y una gorrita de marino holandés. Se había dejado ahora una barbita en punta, que le daba cierto aspecto de Napoleón III.

- El movimiento -dijo Escobar- es puro amor del movimiento: ensordecido, ebrio. . .
- Sí, es grotesco -aprobó Diego León. -Pero hay que aprovechar los resquicios de espacio político que nos deja la democracia burguesa, viejo.
- Es mía -dijo Escobar- la ceguera del sordo.
- Es que usted en el fondo sigue siendo burgués -diagnosticó Beatriz. -¿No es cierto, Diego? Lo que hay que hacer aquí es empezar a organizar soviets obreros democráticos y revolucionarios. Diego está en esas.
   Diego León se agitó, incómodo. Se sintió obligado a explicar:
- Es que estamos fundando unos cuantos un partido nuevo.
- Diego les escribió un programa buenísimo, Escobar, viera.
- Bueno, no... no es un programa. Es un acta fundacional. Una cosa muy sobria. Pero sinceramente yo creo que estaba haciendo falta. La izquierda colombiana se estaba yendo por líneas aventureristas, por un lado, o meramente electoralistas, oportunistas, por el otro.
- El ojo ignora -opinó Escobar- todo lo que es posible ignorar de las cosas.
- Exacto. Y eso es lo que les estaba pasando a los maoístas, por ejemplo. Yo tuve una discusión muy seria con Federico, justamente por eso. Es que no quieren saber. Son cada día más cerrados a la realidad del país, mas fanáticos. ¿Sabe en qué anda Federico ahora?

   Escobar lo miró interrogador. Recordó que tenía en el bolsillo la carta de Federico, y no la había leído. Diego León señaló por encima de su hombro hacia atrás, hacia los cerros. Escobar miró hacia atrás. Beatriz rio.

- No, en el monte -explicó Diego León. -Figúrese: zonas liberadas y esas locuras. Guerra popular prolongada.
- Se volvió loco -terció Beatriz, riendo. Al reír, le saltaban los senitos tras el letrero de la camiseta. Seguía teniéndolos muy lindos. Se puso seria:
- Dejó a la pobre Ana María en la clínica, teniendo el bebé, y le puso una carta desde el monte ¿se imagina el imbécil?

   Escobar no se lo imaginaba. Las teticas de Beatriz seguían siendo lindas. Y le daban ganas, como la última vez, de introducir la mano bajo su camiseta y tomar una en la palma ahuecada, y dejar que el pezón asomara la punta entre su dedo anular y su dedo del corazón, endureciéndose, rascando en la camiseta la T de PRT, Partido Revolucionario de los Trabajadores.

- Los deseos vienen de afuera-murmuró-: chocan. . .
- Exacto -aprobó Diego León, riendo. -Vienen de afuera: eso no tiene nada que ver con la realidad de este país. Es eso, deseos, ni siquiera un análisis: puro voluntarismo pequeño-burgués, sin un análisis serio, concreto, de las relaciones de producción, de la división internacional del trabajo, de la coyuntura revolucionaria a nivel mundial. .. Están en una cosa muy loca, totalmente voluntarista, y, en el fondo, sin salida: es la destrucción por la destrucción. Ni siquiera la destrucción ejemplar, como quería Bakunin.
- Nada queda -dijo Escobar-: sólo un campo de sangre encharcado de huellas...
- Exacto: tierra arrasada. Que no quede nada. Ahora resulta que para ellos el enemigo es la civilización, el progreso científico, la técnica. . . Quieren partir de cero. Tabula rasa. No han leído a Lenin.
- El socialismo con los soviets más la electrificación -interpeló Beatriz, con orgullo. -¿Usted no ha leído a Trotsky, Escobar? Hay que leer a Trotsky ¿no es cierto, Diego? - Sí. claro, mi amor. . . Aunque sobre todo -rio Diego León -no hay que dejar que los que no lo han leído lo reciten.
   Beatriz rio, feliz.
- Eso lo dice Diego por Marroquín, el del PST ¿usted lo conoce? Un negro oportunista.
- No, no…-corrigió Diego, con embarazo -Jefferson Marroquín es un compañero válido.
- ¡Tú dijiste que era un negro oportunista! -saltó Beatriz.
- Dije que era un poco oportunista, pero en temas. . . es que -explicó, dirigiéndose a Escobar- estuvimos en conversaciones para un frente electoral con los del PST, pero no se llegó a nada. Pero no dije que fuera. . . mi amor, cómo se te ocurre, -Diego León cambió la conversación: ¿Y usted, Escobar? ¿En qué anda?
- Aquí no habrá más luz -explicó Escobar-. Aquí se acaba la memoria.
- Ah. . . Bueno, mi amor, nosotros nos tenemos que ir yendo ¿no? Acuérdate de que nos están esperando a almorzar.

   Se fueron, discutiendo. Se los tragó la muchedumbre. Escobar quedó solo, y se daba cuenta de que su poema empezaba a olvidársele, en contacto con la realidad. Pero el fin es palabra todavía, que sólo muere en el silencio, pensó. Sacó el cuaderno del bolsillo y empezó a recitar a voz en grito ante la calle diecinueve pululante de gente.

             ¡Las cosas son iguales a las cosas!
             ¡Aquello que no puede ser dicho, hay que callarlo!
             ¡El ojo ve, y olvida!
             ¡Pero la voz lo grita!:
             ¡Las cosas son iguales a las cosas!
             ¡El ojo las ha visto!
             ¡A voz en cuello
             la voz las ha callado!

   La gente que pasaba lo miraba, y algunos se reían. Un grupo se paró a escuchar, mientras otros gritaban ¡Ló-pez! ¡Ló-pez! Un señor calvo pidió respeto por las ideas ajenas:

- Estamos en una democracia, señores.

   Se empezó a formar corro en torno a Escobar, y una señora enternecida, le arrojó unas monedas. Sintió que lo golpeaban nuevamente en el hombro:

- Circule, caballero, circule, aquí se me circula, caballero.

   Miró a su interlocutor: un oficial bajito, de bigotes, acompañado por una patrulla de soldados en uniforme de batalla. Circuló.

   A lo lejos, en la ancha avenida, divisó un alboroto. Gritos, carreras. Vio unas mesas de votación volcadas, una humareda gris que empezaba a crecer.

              ¡Un pueblo!
              ¡Con hambre!
              ¡No vota!
              ¡Se organiza!
              ¡Y lucha!
              ¡Partido!
              ¡Comunista!
              ¡Marxista!
              ¡Leninista!
              ¡Pensamiento!
              ¡Mao! ¡Tsé! ¡Tung!
              ¡Pe Cé Eme Ele!
              ¡Pe Eme Té Té!

   Los maoístas bajaban la avenida al trote largo, felices, volcando mesas y espantando votantes. El oficial de bigotes, rojo de ira, gritaba por su radioteléfono, y sus soldados habían puesto rodilla en tierra y se echaban al hombro los fusiles. Por una bocacalle desembocaban otros dos jeeps del ejército cargados de tropa, y de la diecinueve hacia abajo cargaba la policía militar repartiendo bolillazos entre los curiosos y los ciudadanos responsables que hacían cola en las mesas. Se oyeron tiros, al parecer lejanos, como voladores en ferias. Escobar corrió a guarecerse detrás de un poste de la luz, se arrojó a tierra. Oyó, más cerca, dos o tres tiros sueltos. Agachó la cabeza. Vio a diez pasos una figura que caía de bruces en el pavimento. Se quedó inmóvil un momento y luego alzó los hombros, la cabeza, haciéndola girar en lento semicírculo. Escobar reconoció al caído; era Edén Morán Marín, poeta y pederasta. Edén lo vio también, y le hizo un gesto de dolor. Escobar se acercó corriendo en cuatro patas, se arrodilló a su lado. Tenía un hueco púrpura y escarlata en medio de la espalda, que parecía hervir como una olla de sopa.

- Me mataron, maestro -jadeó Edén. -Usted no pudo, y ya ve. . .
- Intentó reir, y le salió un chorro de sangre roja por la boca.
- Me mataron, maestrico -balbuceó todavía.

   Vomitó otro chorro de sangre en el pecho de Escobar, y cayó con la sien contra el cemento. La tropa cargaba nuevamente, disparando al aire. Escobar huyó en cuatro patas y se ocultó de nuevo detrás de su poste. Vio que estaba ocupado por Ignacio Alvarado, el Poeta Urbano.

- Mierda, tocayo ¿vio lo de Edén?
  A Escobar no le salió la voz. Asintió con la cabeza. Al poeta Urbano se le saltaban las lágrimas:
- ¡Yo se lo advertí, carajo, yo se lo advertí! Pero el marica insistía. . . Le gustaba correr detrás de las manifestaciones, al muy marica, para ver cómo subían y bajaban las nalgas de los muchachos que corrían. . . Yo se lo advertí, carajo, pero es que no se puede ser tan marica. Este país es una mierda, hermano. Seguían los gritos, las carreras, una caseta de votación incendiada humeaba todavía, y un jurado de votación con la cara tapada por un pañuelo se esforzaba por rescatar las urnas chamuscadas. La policía cargaba, arrojando granadas de gases lacrimógenos, y se oían tiros sueltos. Escobar y Alvarado empezaron a llorar y a toser, tendidos bocabajo en el piso al pie del poste. El cadáver de Edén seguía tirado en medio de la calle, inmóvil en el tumulto. Escobar vio que se le acercaba un tipo alto, de anteojitos redondos, con el rostro enmascarado como el de un asaltante de diligencia de película.
- ¡Compañeros!

   Llevaba una cachucha de jugador de béisbol con la sigla PST, y en torno a las costillas le flotaba una camiseta como la de Patricia: Por un Estado Proletario
                                                                       de Consejos Obreros y Campesinos
                                                                       Vote PST.

   Se encaramó en una silla que sacó de un tenderete de votación. Se arrancó el pañuelo de la cara, y Escobar y el Poeta Urbano lo reconocieron al tiempo:

- ¡Mierda, hermano! ¡El negro Marroquín!
- ¡Compañeros! ¡Oiganme, compañeros! -empezó a arengar Jefferson desde su silla.- ¡Miren a este compañero, compañeros! ¡El brazo armado de la burguesía, compañeros! ¡Un mártir, compañeros, otro mártir de la revolución! ¡Cómo Bolívar, como Gaitán, como Camilo. . .!
   El Poeta Urbano estaba furioso:
- Míreme a ese hijueputa, hermano, como un buitre en el cadáver de Edén. . . A esos hijueputas trotskos habría que ahorcarlos a todos.
   Jefferson Marroquín seguía gritando, tosiendo un poco en la niebla verdosa de los gases lacrimógenos:
- ¡Véanlo, compañeros! ¡Un militante del partido de los trabajadores! ¡Un luchador del magisterio! ¡Un humildísimo padre de familia! ¡Un compañero consecuente, compañeros!
- ¡Hijueputaaaa! -le gritó el Poeta Urbano desde el piso, y golpeó la cabeza contra el poste de dolor y de rabia, llorando. -Hijueputa. Hijueputa. Este país es una mierda, hermano.

   Un pelotón de policías armados de bolillos y de escudos de plástico cargó a través de las casetas destruidas, pisoteando las urnas y los votos. Jefferson Marroquín cayó a tierra, apaleado. Escobar y Alvarado salieron corriendo cada cual por su lado. Poco a poco la calma renacía. Sólo dos o tres casetas habían sido incendiadas, y la gente volvía a votar en orden, y los curiosos a subir y bajar por la avenida, evitando al pasar el charco de la sangre de Edén, y los grupitos de niñas y de niños sin edad de votar agitaban sus banderolas rojas y azules y gritaban:

- ¡Ló-pez, Ló-pez! ¡Gó-mez, Gó-mez!

   Acezante y sudoroso, con la garganta seca de sed y los ojos picantes de los gases, Escobar se detuvo al cabo de una cuadra de carrera. Entró a una tienda en una esquina. Pidió una cerveza helada.

- Ley seca, hermano. Elecciones. Si quiere Coca Cola, con mucho gusto.

- Colombiana, la nuestra -pidió Escobar. El hombre gordo rio tras el mostrador, mostrando un diente de oro.
- ¡Otro pendejo que se creyó el cuento de la democracia! ¿Helada? ¿al clima?
- Al clima -tosió Escobar. El clima de la patria. Se la bebió sin respirar, picante, dulzona, llenándose de gases. Eructó. Pidió otra. Unas milhojas lo tentaron en la vitrina polvorienta. Pidió milhojas. La boca se le volvió pastosa. Se dejó caer en una silla de metal, miró en torno. En un rincón de la tienda, sentado en un bulto de papa, un hombre silencioso sorbía un pocillo de tinto. Escobar también pidió un tinto, que le quemó la lengua. Sacó de su bolsillo el cuaderno, para leer su poema ahora si en calma. No se podía abrir: las páginas estaban pegadas en un bloque duro y sólido, pardo oscuro y ya seco, de la sangre de Edén. En el otro bolsillo encontró la carta de Federico, intacta. Rasgó el sobre.

Escobar: usted tenía razón, no hay nada qué hacer, qué frente amplio cultural ni qué mierda. El problema jodido es justamente la cultura -la Kultura-. Y la escultura también, si se quiere. Y hasta la puericultura, que es a lo que quiere Ana María que nos dediquemos todos. Lo que se necesita aquí es la guerra. Después habrá tiempo de sobra para la cultura y la puericultura y la escultura. Pero antes hay que haber matado a mucha gente. Usted tenía razón: no se pueden hacer sonetos revolucionarios. O se hacen sonetos o se hace la revolución. Yo, y otros, estamos haciendo la revolución. Ana María, la pobre: la dejé en la clínica, en pleno parto. Hay que ser un hijo de puta, o si no, no se hace nada nunca. Los niños, el marxismo, el arte -sí, todo muy bonito. Pero primero hay que matar a mucha gente. El compañero Douglas se lo dijo a usted aquella noche: hay que escoger lado. Yo escogí lado. No escoger lado también es escoger, hermano.
Pasemos a temas prácticos. Supongo que cuando lea esta carta ya la Organización habrá -habremos- secuestrado a su tío el viejo Foción Urdaneta.
A Escobar se le nubló la vista. Releyó incrédulo:
… la Organización habrá -habremos- secuestrado a su tío el viejo Foción Urdaneta. Se decidió esta acción por razones políticas, económicas y de propaganda.

  
No entendía las palabras: razones políticas, económicas Y de propaganda. Le temblaban las manos. Se llevó el pocillo a los labios, temblequeante, derramándolo. El tinto se había enfriado. Se esforzó por entender. Leyó rápidamente:

Y de propaganda. Yo me opuse, aunque le agradezco a su tío que me hubiera sacado de la cárcel. Sentimentalismo pequeño burgués. Porque no me sacó a mí: sacó al sobrino de su amigo Rodrigo Ospina: no estaba haciendo más que asumir una actitud de clase consecuente.

 

Aquí se entiende más fácil. Esta gente es gente muy verraca. Hay dos lados. Escobar, y se escoge lado. Yo escogí. Búsquele usted las razones sicoanalíticas que quiera: culpabilidad pequeño burguesa, pequeño burgués de mierda. La vida hay que vivirla, como me decía el hijueputa del coronel Buendía cuando me interrogaba en la Remonta de Usaquén. Ese también es un traidor de clase consecuente. Pero para el lado de la otra clase. Volvamos a lo práctico. La Organización ha decidido negociar el rescate de su tío a través de usted. Su nombre lo propuso el compañero Douglas personalmente. Un compañero entrará en contacto con ud. próximamente. Espere en su casa. (Sirva para algo, marica). Un abrazo fraternal. A lo mejor un día podremos darnos un abrazo revolucionario.
Federico.
P.D. Queme esta carta, huevón. Usted es tan pequeño burgués de mierda que es capaz de guardarla por sentimentalismo.

  
Escobar se quedó un rato largo con la carta en la mano, recobrando el aliento. Las cosas estaban sucediendo demasiado rápido. El hombre silencioso del tinto lo miraba desde su bulto de papa en el rincón. ¿Un espía? ¿De quién? ¿De la Organización? Mierda, Federico no tenía derecho a meterlo de sopetón en la Organización, a usarlo, a escoger lado por él. No son dos lados, sino muchos. O tal vez dos, pero son otros dos. Sentía los ojos del hombre silencioso clavados en su mano que sostenía la carta, ligeramente temblorosa. El gordo de la tienda lo miraba también, fingiendo que canturreaba algo. ¿Otro espía? ¿Del otro lado? Escoger lado, mierda: no se escoge la muerte: a ella se llega acorralado por la propia vida. Mierda: literatura. Y él que creía haber hecho algo al fin, con su poema, y mientras tanto afuera, en la realidad, seguían pasando cosas más reales: mataban a Edén por casualidad, Federico escogía lado por motivos sicoanalíticos, secuestraban a Foción por razones políticas, económicas y de propaganda. Y escogían lado por él. Imaginaba perfectamente al compañero Douglas, "el compañerito se le mide". Federico tenía toda la razón, era un huevón: lo usaban.

- Tiene un teléfono, señor?
- Esta dañado.
- Por favor, es urgentísimo.
- Pero eso sí son diez pesos, ahí verá. . .
   Marcó afanoso el número. De inmediato contestó su tía Clema.
- Tía, ¿está Foción? Soy Ignacio.
- Mijo. . . ¿Cómo está tu mamá?
- Bien. No sé. Dime, tía ¿está Foción? Es que estoy en un teléfono público.
- No, mijo, Foción salió hace rato. Tú ya sabes, yo aquí con mis dolores, pero él salió temprano a votar y después iba a misa. ¿Tú fuiste a misa, mijo? Hay que rezar por Colombia.

   El hombre silencioso seguía mirándolo. El gordo canturreaba tras el mostrador, fingiendo que limpiaba algo, prestando oído.

- Sí, tía. Perdóname, pero es que no te puedo hablar desde aquí, hay gente esperando. ¿Sabes a qué iglesia fue Foción? ¿A misa de qué?
- ¿Tú ya fuiste a misa, mijo? Yo no he podido. Voy a ver si esta tarde me puedo levantar un rato, y que Avellaneda me lleve. Yo no sé si será pecado, mijo, pero te juro que yo a veces le pido a Dios que. . . Tú sabes, es un nervio que hace presión. Ernestico Espinosa dice que-
- Tía, por favor, tengo que colgar. ¿A qué misa?
- A de doce, me figuro, a la Porciúncula. ¿Cómo está tu mamá?

   Escobar colgó, pagó el teléfono y las milhojas, salió. Estaba a mil cuadras de la Porciúncula, y era día de elecciones, y eran más de las doce. ¿Qué hora sería? No había taxis. Caminaba rápido, trotaba a veces media cuadra, hacia el norte. Iba a llegar tarde. No, no iba a dejar que el compañero Douglas decidiera por él, aunque fuera lo único que hiciera en toda su vida. La gente lo miraba pasar con extrañeza, se quedaba mirando su ropa arrugada y manchaba de sangre. Caminaba, trotaba, caminaba, sudando, sin mirar a los lados. Aunque bueno: tenía tiempo probablemente, para decírselo a Foción con calma. No, no quería verse mezclado en el secuestro de Foción, y menos que nada como intermediario. No sabía discutir temas de plata. El no se había metido en eso, no era su propia voluntad, no había escogido. Lo usaban. No lo iban a seguir usando toda la vida. ¿Pero cómo diría que lo sabía? Hablaría a solas con Foción: cuídate, tío, te buscan. Diría que Edén Morán Marín le había confiado el secreto en su agonía. Eso, Edén, perfecto. Que su muerte sirviera para algo. Pobre Edén, convertido por un lado en mártir de la revolución y por el otro salvando del secuestro a un oligarca cuando sólo había querido ver culos hasta el fin. Y cuando el compañero del contacto viniera a hacer contacto le diría: no, compañeros: hagan ustedes su trabajo.

   Ahora iba más despacio, forzado por el cansancio, imaginando discusiones teóricas con Federico, derrotándolo. A su derecha, tras una larga verja, reconoció el palacete francés de Los Jardines de Alá, sombreado por los árboles. Ah, descansar un rato entre huríes, en un rumor de fuentes, o simplemente sentarse un rato a respirar en las escalinatas, a la sombra de columnas neoclásicas. ¿Qué hora sería? Una turbamulta le cerraba el paso: un corro de curiosos que discutían y hacían preguntas, un policía chiquito, desbordado, que intentaba calmarlos, autoritario y suplicante.

- ¡Ahijuemadre, hermano, míreme el carrazo del hijueputa oligarca!

   Escobar lo reconoció: era el largo automóvil verde oscuro de Foción. Se quedó frío, con los brazos colgantes. Tenía una llanta delantera reventada y la chapa refulgente del guardabarros perforada por una línea de balazos. Escobar distinguió la cabeza inmóvil de Avellaneda apoyada en el timón. En el asiento de atrás, tras los vidrios cerrados, lloraba una mujer histérica y golpeaba los vidrios con los puños.

- Mire, hermano, las tetas de esa vieja.
- Ahijueputa, hermano, que tetonómetros. ¿Y usted vio al viejo cancreco con semejante viejonón? No hay derecho, hermano, y uno aquí.
- Eran cuatro- contaba una señora de moño gris.- Dos venían en una de esas motos que usan los jóvenes ahora.
- Una Kawasaki, hermano, eso sí es verraquera.
- ¡Mire, mire mire mire mire hermano, míreme esas tetas de esa vieja, no joda!
   El policía bajito, sudoroso, sacudió a Escobar por el brazo:
- Circule, caballero, circule.

   No circuló. Se acercó al centro del corro, mirando el cuerpo inmóvil de Avellaneda, que tenía los ojos abiertos. En la mano derecha, aferrada al timón, se veía el dedo índice pintado de tinta roja: había votado. Un jeep del ejército paró con un chirrido en medio del corrillo de curiosos, un oficial bajó de un brinco, dos soldados le abrieron paso a culatazos.

- Circulen, circulen, circulen, los testigos a este lado, los demás van circulando me hacen el favor, circulen. Una señora soltó un grito, un raponero salió volado con su cartera en la mano, la señora lloró, uno de los soldados apuntó con su fusil ametrallador, un señor de anteojos protestó indignado:
- ¡No sea bruto, cómo va a disparar contra toda la gente!
- ¡Ah, pues y qué! -se indignó otra señora- ¿Es que quiere que nos roben a todos? Para eso estamos en democracia. Ya vio como secuestraron a ese pobre señor, que iba herido, cómo lo empujaban, esto va de mal en peor.

   Pero el raponero se había perdido de vista. El soldado bajó el cañón de su fusil. La señora robada, llorosa, se puso en el grupo de los testigos, con los dos jóvenes amantes de las motos y las tetas, y la señora indignada, y el señor de anteojos, y Escobar. Los otros, a culatazos, empezaron a circular de mala gana. El oficial abrió el carro de Foción y ayudó a bajar a la mujer histérica, que era Pascale, la francesita, con la cara tiznada de maquillaje corrido por las lágrimas. Hablaba entre pucheros:

- ¡Mon Fofo, ils m'ont pris mon Fofo, ils me l’ont pris!
   Qué va a hacer él solo por ahí sin su petite Pascale. . .
- Cálmese, señora, cálmese.
- Señorita.
- Cálmese, señorita, rescataremos a su marido, le doy mi palabra.
- No es mi marido, il est mon... mi padre. Podría ser mi Padre, vous savez.

   El oficial pidió una ambulancia por su radioteléfono, hinchó el pecho, pasó revista a sus testigos. Se volvió de repente sobre uno de los jóvenes amantes de las tetas, que devoraba a Pascale con los ojos:

- ¡A ver, usted! Diga qué vio.
- Pues eso fue la pelotera, mi capitán, esa gente eche bala, ah, no, pero primero se le cerró la Kawasaki al Buick, yo dije, mierda, hermanos, se estrellaron, pero el Buick iba despacito cogiendo así la curva y viene esa Kawasaki despedida por esa carrera séptima y suás, se le cierra y se baja una vieja de la moto, pero una hembra, mi capitán, que iba de pasajera y ametralladora en mano, una Uzi de nueve milímetros-
- Esa es un arma de uso privativo del ejército.
- Ah, eso sí yo no sé, mi capitán.
   El otro muchacho intervino:
- Yo estaba ahí no más, mi capitán, y llega el viejo y le dice al chofer bájese hombre mate a esos indios y el chofer-
- Usted se me calla hasta que le llegue el turno del interrogatorio. A ver, usted, siga.
- Pues como dice aquí mi hermano, mi capitán, se baja el man del Buick como con una manivela, yo no pude ver bien, yo estaba puro detrasito y la vieja coge y levanta la Uzi y, ah, no, pero primero va el pobre man y medio levanta el brazo como para pegarle al de la Kawasaki, imagínese, mi capitán, el pobre viejo eso ni podía alzar ese fierro, y coge la vieja y alza la Uzi y ratatatatatatatatatatá, la tenía en automático de ráfaga, mire, ahí se ven los agujeros de las balas, vea cómo le dejaron toda la carrocería al Buick, eso es munición blindada ¿no mi capitán?
- Concrétese a los hechos.
   El otro joven refunfuñaba, miraba a Escobar de reojo, tomándolo por testigo:
- ¿Ah? Pero qué tal el viejo hijuemadre, ¿ah? Mate a esos indios, no joda, como si ya uno no tuviera ni derecho a vivir, también y todo. . .
- Entonces sacaron al viejo gordo del carro, eso ni podía andar de lo gordo viera esa vaina, ah no, pero primero había llegado un BMW metalizado y se había parqueado ahí nomás, puro delante, y se bajan de ahí otros dos tipos, el uno con una 45 magnum, eso es la verraquera ¿no, mi capitán? Eso le abre a un man un boquete de este porte, si lo coge lo parte, ah, bueno, y el otro yo no pude ver bien, me lo estaba tapando el de la Kawasaki, yo a esas alturas imagínese hermano ya estaba cuerpo a tierra, ni marica que uno fuera que lo vayan a quemar ahí también de pendejo, pero no vi bien, creo que era una automática o no sé, a lo mejor una subametralladora de esas corticas, negras, bien engrasaditas, una Beretta italiana del nueve o mejor dicho yo no sé, no vi bien, pero imagínese el pobre viejito con una manivela, claro eso lo quemaron pero super-rápido. Verraca vieja, mi capitán, y bien chusca, ¿no, mi hermano?

   El oficial tomaba notas en una libretica. Llegó una ambulancia, fotógrafos que tomaron fotos del cadáver de Avellaneda desde todos los ángulos. Otra vez se habían vuelto a arremolinar los curiosos, los grupos alegres de banderas y gorritas, Ló-pez, Gó-mez, los más lejanos se empinaban para distinguir algo.

- Bueno, circulen, carajo, circulen, esto no es un circo.

   Se llevaron a Avellaneda en una camilla, cubierto con una sábana blanca, después de desprenderle con mucho trabajo los dedos aferrados al timón. El oficial interrogaba a la señora robada:

- Un hombre muy distinguido, oficial, ya anciano, pero con mucha clase. Esos jóvenes lo llevaban a empellones, yo creo que iba herido porque cómo tosía, pobre señor, daba pesar verlo. Hasta que ya lo subieron a ese carro grande medio brillantoso y se fueron, yo ya no vi más. Ah, bueno, sí, el otro señor que lo habían herido, estaba ahí como medio acurrucado, pobre, yo ni moverme claro, aunque me daba qué pesar, ahí medio se fue arrastrando como pudo y se logró subir al carro y se sentó adelante, yo creo que era el chofer.
- Un BM metalizado, mi capitán, eso salieron a toda.
- Usted se me calla hasta que le llegue el turno de declarar.
   A ver, usted, Identifíquese.
   El señor de anteojos sacó su billetera con manos temblorosas, mostró su cédula, sus tarjetas de crédito.
- Es indignante, capitán, es indignante. Y en un día como hoy. Es indignante. Yo estaba lejos, no vi bien qué pasó, sólo oí las detonaciones y vi a este pobre hombre que caía herido y después ya no vi más. Yo venía de votar, mire -mostraba el dedo rojo-, y nunca pensé encontrarme con una cosa semejante. Para lo que haga falta, capitán, Para lo que haga falta estoy a su disposición, esto es verdaderamente intolerable.
- Bueno, el siguiente. Usted, señora, que vio.
- Bueno, yo ver, ver, lo que se dice ver, yo no vi nada, teniente. Yo creo que era cosa de la subversión, en pleno día, aquí en plena carrera séptima, yo no entiendo cómo el gobierno no hace nada, y ustedes los militares. . a ver. . . qué es lo que hacen, hágame el favor y me dice. Yo vivo aquí nomasito y hoy he visto pasar no menos de ocho manifestaciones subversivas, con gritos y letreros, pero contadas, no crea que exagero, no menos de nueve. Y ustedes qué hacen, a ver, qué hacen. En pleno día, teniente, en pleno día.
- Sí, mi señora, se hará lo que se pueda. A ver, el siguiente. Defendemos la Constitución y las leyes, mi señora.
- Pero hágame el favor, a ver, qué leyes, hágame el favor. Porque eso sí Bogotá está llena de raponeros y subversivos y cuanto hay, dígame a ver qué leyes, y vendedores ambulantes y de todo, ya no se puede ni andar. Y ahora encima ésto, hágame el favor, a las dos de la tarde, a medio día como quien dice, en pleno día. Yo sí estoy dispuesta a declarar lo que sea, teniente.
- Capitán, mi señora.
- Capitán, y me excusa. Pero esto es responsabilidad de ustedes, capitán, o coronel, lo que sea. Antes no era así. En pleno día, es que hágame el favor.
- Sí, mi señora, se hará lo que se pueda. A ver, el siguiente.
- Pues lo mismo que dijo aquí mi hermano, mi capitán, yo sí vi que ese verraco venía muy rápido en esa Kawasaki y le dije vea hermanólo ese verraco de la kawasaki como viene y-
- Usted declara cuando le llegue su turno. A ver, usted, Identifíquese.
Un soldado cacheó a Escobar, que buscó en el bolsillo sus papeles. Sus dedos tocaron la carta de Federico y se le paró el pulso.
- Mire, oficial. . .
   Pascale lo interrumpió:
- Vous n'êtes pas. . .? ¿usted no es el amigo de Samantha?
- No, no. . . Mire, oficial, yo soy pariente del secuestrado, no sé si usted sabe de quien se trata, el doctor Urdaneta de Brigard, yo pasaba por aquí y-
- ¿Conque pasaba? ¿Qué son esas manchas en su camisa, si se puede saber? A ver. Papeles.
- Sí, cómo no. Vea, oficial, yo soy sobrino del doctor Urdaneta de Brigard, y pasaba y-
- Y yo soy hijo del Cardenal Primado, gran pendejo. A ver, a ver esos papeles. Cachéeme a fondo a este individuo, soldado.
- Positivo, mi capitán.
   El soldado lo cacheó con rudeza, le entregó al oficial todo lo que encontró en sus bolsillos. A Escobar no le salía la voz. Pascale lo miraba con atención.

- Mais vous avez la barbe, maintenant.. . Sí, sí, usted está el amigo de mon amie Samantha. de mon colonel. . .
   El oficial intentaba abrir las páginas ensangrentadas del poema, solidificadas en la sangre de Edén. Rasgó con brusquedad el sobre de Federico.
- Mire, mi capitán, yo soy amigo personal del coronel Buendía, Aureliano Buendía, de Investigaciones Especiales, si usted quiere yo. ..
- Ah, eso ya es otra cosa, doctor, me excusa. ¿Doctor. . .?
- Escobar, Foción Escobar, Foción Escobar Urdaneta de Brigard.
- Doctor Urdaneta, me excusa, yo cumplo órdenes, le pido mil perdones, no podía saber.
- No se preocupe, mi mayor, perfecto.
- Capitán, doctor. Ojalá fuera mayor.
- Creo que se lo merece, mi capitán. Le hablaré de su eficacia a mi coronel Buendía, capitán. . .
- Capitán Pardo, caballería blindada, doctor Urdaneta, a sus órdenes -dijo el capitán, cuadrándose.
- Gracias, capitán. No, yo sólo quería ayudar un poco. Como le digo soy sobrino del doctor Urdaneta de Brigard, el secuestrado. Pasaba por aquí y cuando vi que era usted el que estaba a cargo de la operación pensé. . .
- Correcto, doctor Urdaneta, no se preocupe. ¿Al doctor no le importaría echarse mañana una pasadita por el Comando? Para que no le toque declarar ahora aquí con toda esta chusma. . .
- No, no, no es ninguna molestia. No. Lo que quería decir es sólo que yo creo que esto es un caso típico de delincuencia común. Mi tío Foción no tenía enemigos.
- Tout le monde l’amait, Fofo. . . -intervino Pascale, llorosa. -Era adorable, todo el mundo lo amaba.
- Sí. . . Bueno, yo más o menos vi la cosa, capitán. Teníamos una cita aquí en el club con tío Foción y yo venía Atrasado -por eso me ve como me ve, capitán, con las elecciones el tráfico está imposible, le dije al chofer que me dejara allá en la otra esquina, pensé que a pie... Pero bueno. Como le digo, yo creo que eran delincuentes comunes.
   Eran cuatro individuos. Dos iban en una moto Yamaha, como dijo aquí el joven. . .
- ¡Uúúste, dizque Yamaha! Kawasaki. Una Kawasaki de 750 de cilindrada, eso es la verraquera, hermano, bicilíndrica, con arranque electrónico. . .
- Usted se me calla, deje hablar al doctor.
- Kawasaki, tiene razón el joven. Yo de motos. . . Una Kawasaki negra. . .
- Roja.
- Roja y negra. El hombre que disparó-
- ¿Hombre? Mon cul! - interrumpió Pascale - Una mujer, c’était une femme, elle avait des seins magnifiques! Ah, la salope! Elle a touché mon Fofo, ella ha herido a mi Fofó, mon capitaine, y avait du sang partout, regardez!
   Adelantó el busto, para que todos vieran la sangre.
- Míreme esas tetas, hermanólo, míreme ese tronco de tetas. . . -masculló el muchacho amante de las tetas- ¡Ah oligarcas de mierda. . .!
- Bueno, yo sólo estaba tratando de ayudar. . . -dijo Escobar.
- Correcto, doctor Urdaneta, su declaración es de mucha utilidad.
- ¿Puedo irme?
- Cómo no, doctor, faltaría más. ¿Quiere que le ponga una escolta?
- No, no, no gracias, mi capi, yo creo que no es necesario. Bueno. Hasta luego entonces, mi capi. Le hablaré al coronel Buendía, usted no se preocupe. ¿Capitán Ramos?
- Pardo, doctor.
- Pardo. Perfecto: esto lo arreglo yo personalmente con mi coronel. Y lo felicito, capitán: ojalá todos fueran como usted.
- Gracias, doctor, uno ahí cumple. . . -sonrió el capitán. Escobar se alejó a buen paso. El capitán lo despidió llevándose la mano al filo de su casco de combate, y los soldados se pusieron firmes.

   Mierda. Todo era igual. Todo era peor que antes. Su encierro, sus iluminaciones, su poema de mierda, no habían servido absolutamente para nada. Edén Morán Marín muerto en sus brazos -muerto ahora sí. Foción secuestrado, mierda. (Había sido una buena idea darle al capitán la identidad de su hermano Focioncito: por fin los muertos empezaban a servir para algo). Y ahora, encima, tenía que esperar el contacto de una guerrilla absurda. Negociar un rescate. Mierda, mierda, no sabía discutir temas de plata, mierda. Su poema no había servido para nada. En una alcantarilla abierta se detuvo a tirarlo, y a tirar de paso la comprometedora carta de Federico, Federico de mierda, embarcándolo en semejante vaina sin consultarlo.

   Palideció. El capitán se había quedado con la carta. Buscó enloquecido en todos los bolsillos, aterrado. Tenía el cuaderno del poema, pero la carta no. ¿Tenía su dirección escrita? ¿Su nombre verdadero? No podía recordarlo. No podía ser, Federico no podía ser tan bruto.

   Tras un instante de vacilación arrojó al fondo de la alcantarilla su poema, ilegible e inútil, enmasacotado de la sangre de Edén, en reemplazo de la carta perdida. Las cosas son iguales a las cosas, pensó. Mierda: literatura.
- ¡Canalla! ¡Comunista! -le gritó desde su ventana la señora Niño a voz en cuello. Los transeúntes se voltearon a mirarlo. Hundió la cabeza entre los hombros, agobiado.

Tenía toda la ropa rígida de la sangre de Edén, estaba exhausto. La vida había seguido en su ausencia, y era igual que antes.

      El movimiento
no se suele plantear problemas metafísicos:
todo cuerpo
dejado en movimiento, seguirá en movimiento
seguirá en movimiento
aspirado hacia arriba por la altura,
arrastrado
por la atracción del vértigo,
absorto, ensimismado
en el delirio de los altos fondos:
abrirse paso en la quietud del viento
forzar
los pliegues asimétricos del viento
los chorros
de metal en fusión, viento en el viento,
rompiendo el viento, hurgando, hiriendo,
penetrando la dura flor del viento
hasta encontrar la sangre).

             Dura ley de materia
que desgaja la nuez de la materia,
espada
que abre los labios dulces de la materia,
espada
tierna de luz
tensa de viento.

            Todo cuerpo
sumergido en un líquido
seguirá en movimiento.

                   IV


             - Mira, mira: ¿qué ves?
- Todo es lo mismo.
- Todo es lo mismo siempre: las cosas son las cosas
¿Qué ves?
- Carroñas,
cadáveres, torrentes
de tripas y cabezas trituradas,
remolinos de cuerpos
y cuerpos destruidos,
destrozos, sangres, muertes,
caminos de la muerte.
Y tú ¿quién eres tú?
- Soy el espíritu
que siempre engaña.

         Esto es aquí
esto es aquí
esto es aquí
y ahora.
Es mía
la ceguera del sordo.

                     II


      No se conoce sino la propia voluntad. Y no es mucho:
un ojo de agua
latiendo gota a gota en un pozo de sombra.
Un anillo de agua
nacido de la noche, dibujando
el perfil de la tierra, socavando
la raíz de la roca,
creciendo en espirales de silencio.
Agua dormida, espejo de agua oscura,
apenas reluciente,
rezumando
su claridad callada, respirando
un encerrado olor en lentos círculos.
Apenas martillada
de heridas, florecida
su pura piel por un jaspear de huida,
conmovida
por corrientes profundas.
No se conoce sino
la propia voluntad:
una boca de agua,
una creciente de muchas aguas juntas.
Apenas se conoce la propia voluntad. Y no es nada:
un río de agua,
roto de luz, llagado de tiniebla.
Un ojo abierto de agua.

                     II


         Los deseos vienen de afuera: chocan
en el plano del agua
convulso, removido
por turbios borbollones,
estallado en rompientes.
Los deseos, las ideas,
caen vibrantes de arriba, se clavan:
Jabalinas,
flechas de plata en sombra ya revuelta.

         El alma cree que brotan:
que prolongan
los dedos de la mano como nervios de luz.
Vasta armazón de fuerzas disparada hacia el cielo
(red atrapando el cielo
que se escapa, aleteante, por entre las junturas),
oscilante estructura de cañas y de cuerdas
anclada en el espacio, columpiándose
con su carga de pájaros feroces
- torbellino
de gritos y de plumas, entrechocar de picos y de garras:
Peso sonoro
que ensombrece la realidad del mundo.

         Colgado de lo alto
(temblorosa la mano en el haz de tensiones contrapuestas
en el caos
de cables y estampidos y látigos y riendas divergentes.
templadas, paralelas, cimbreantes, zigzagueantes),
colgado ahora, joya
chispeante en el vacío, alfiletero
erizado de puntas y de lanzas,
sin peso, bamboleante,
como si alguien, abajo,
dejara de repente de oponer resistencia,
se dejara llevar al grado de los vientos,
zarandear por su empuje, suspendido
del inmenso armatoste (no muy claro en su rumbo
y muy difícilmente maniobrable),
arrastrado
por un pie o una mano mordidos hasta el hueso,
ahorcado como un perro.

                            III


                Toda pregunta es un malentendido
venido desde afuera.
Así la red de errores
se afloja de repente y se deshincha
y el artilugio entero se viene cielo abajo con un solo crujido

(engañoso entramado
de palabras, de voces
oídas mal: incomprensibles)
como el sol en el mar, de un solo golpe,
dejando un gran silencio.

        No la respuesta, sino el olvido.

                 (Entonces la fatiga
de desenmarañar. Es increíble
cómo se enreda todo.
Es increíble que aunque nunca dejemos que la tensión cayera un solo instante
y aprovechamos siempre sabiamente
-o eso siempre creímos-
el poderío del viento abierto,
encontremos ahora inexplicables
nudos de tres lazadas, nudos ciegos,
nudos de tejedor y marinero,
nudos de ahorcado y nudos corredizos).

                     IV


            Nada queda:
sólo un campo de sangre
encharcado de huellas.
Encrucijada de pistas ilegibles
que ha pisoteado todo el mundo.
Silencio, roto apenas
por el propio cansancio - por el sordo
dolor que ya palpita en las heridas.

            Nada queda:
la verdad, dicha, no ha dejado nada.
(Evaporada al viento como un olor de sangre,
fugitiva en el agua).

            Sólo se conoce la propia voluntad. Y no es nada.
Es todo lo que hay.

 

                          III

          El mal es sin remedio: toparnos cara a cara
con la muerte.

         (No es fácil: muchas cosas:
ojos y sombras, cuerpos, la vanidad del arte,
aire y agua en las manos).

         El mal es sin remedio.
Se nace para eso:
toparnos cara a cara con la muerte.

         Tarea de soledad - ya no rutina
ni confusión, ni distracción, ni ruido.
Ahora empieza la noche, dibujando
con precisión las formas.
Tarea de soledad, inevitable.

                 II



         La ética
no es tema de palabras.
Comienza en el momento en que concluye
una vida de hombre, en que recibe
punto final el caos:
el sitio en donde al fin se juntan todos
los hilos de la vida en un manojo
(incluidos aquellos que alguna vez fueron tajados).

        La ética, como la metafísica,
no es juego ni materia de palabras.
Lo que ahora llega (y al llegar se agota)
es otra cosa:
el paso en donde ya no puede
andar dispersa el alma.
(Una vida de hombre
remata en este campo ya vivido, regado de otras muertes.
Aquí termina el mundo.
Mala muerte, tal vez.
Toda muerte es la muerte.
Inútil, vana muerte:
no servirá de nada,
ni convencerá a nadie.
Vistosa, o cruel, o igual a muchas muertes
de todos los domingos.
Cada muerte es la muerte).
Las cosas, que antes fueron iguales a las cosas -luz en la luz, memoria en la memoria-
ya no lo son: aquí no habrá más luz,
aquí se acaba la memoria.

 

              III

         Porque se pierde siempre
(porque siempre
vendrá la muerte, iremos a la muerte)
es necesario haber jugado.
Sin esperanza.
Sin cautela.
Con el ojo y la mano.

        No se escoge la muerte: a ella se llega
acorralado por la propia vida.
Hay que haber escogido
esa vida que empuja hacia la muerte.

 

                   IV

        Pero el fin es palabra todavía
que sólo muere en el silencio.
Y el hierro, todavía,
sacará borbotones de rosas de la herida.

       (Más allá
en el vapor caliente del descuartizamiento
en el rumor goteante de vísceras azules
y rosadas y verdes y amarillas
huele a flores cortadas en el desolladero)

 

 

 

   Se bañó, sereno. Lavó su ropa en la tina, exprimiéndole chorros de mugre rojiza, ocre, amarilla. Desnudo, envuelto en la manta áspera de Circua, durmió durante todo el día. No soñó, ni oyó los golpes de la señora Niño. Se despertó para comer la sopa fría de Circua, y se enroscó a dormir otra vez toda la noche.

   Cuando despertó al fin, el sol estaba ya alto sobre los cerros. En el techo golpeaba la señora Niño, pero no la oía. Se bañó, se vistió con su ropa arrugada, todavía húmeda. Se echó el poema al bolsillo. Salió. Quería comparar su poema con la vida.

   Apoyado en su puerta había un sobre. EFE, decía el remite. Federico. Lo iba a guardar en el bolsillo cuando oyó el crujido violento de una masa que descendía las escaleras. La esquivó.

- ¡Cobarde! -rugió la señora Niño, revolviéndose. Tenía en la mano un cuchillo. Se arrojó nuevamente sobre él. La esquivó, riendo, corrió escalera abajo ágilmente, de lado, en una especie de galope, agitando en el rostro convulso de la señora Niño el sobre de Federico, abanicándola, esquivando sus cuchilladas en el aire, corriéndola hacia abajo como a un toro en la plaza. La dejó dando voces en el primer rellano:
- ¡Cobarde! ¡Comunista!

   En la calle hacía sol. Se paró en una esquina normal: un raponero merodeando, con las manos hundidas en los bolsillos, un vendedor de Marlboro, otro de piñas. Sacó el poema del bolsillo. Empezó a leer en voz alta:

CUADERNO DE HACER CUENTAS

             Las cosas son iguales a las cosas.
             Aquello que no puede ser dicho, hay que callarlo.
             El ojo ve, y olvida.
             Pero la voz lo grita:

   Lo interrumpieron unos golpes bruscos en el hombro:

- Me hace el favor, señor, circule.

   Era un gigantesco policía militar, de casco de guerra y uniforme de fatiga, armado hasta los dientes, blancos en el rostro muy negro. Circuló sin protestar. Buscó un lugar más apropiado. Pero no era un día normal. Pasaban buses repletos de gente que gritaba y movía por las ventanas banderas rojas y banderas azules. Grupos de jóvenes con gorritos, con viseras, con sombreritos canotier con cintas, hacían flamear banderas, y enharinaban a los transeúntes arrojando puñados de maicena como en un carnaval. Gritos. Pitos. Carros cargados de familias que pitaban con agresivo regocijo: ta tata, ta tata, ta tata. Mucha tropa. Jeeps del ejército cargados de soldados oscuros, con ojos blancos en la sombra enorme de los cascos de la guerra mundial, oficiales hablando por radioteléfonos de combate cargados por soldaditos verde oliva:

- Positivo, mi mayor. Negativo.

   Más soldados, con el fusil terciado, en las esquinas. Niñas lindas, con camisetas con letreros, gritando.

- ¡Ló-pez! ¡Ló-pez! ¡Ló-pez!
   Y otras, igual de lindas, respondiendo:
- ¡Gó-mez! ¡Gó-mez! ¡Gó-mez!

  Era el Gran Evento Democrático.

   Caminó lentamente hacia el sur, por la carrera séptima, entre peatones excitados, tiendas cerradas, carros pitantes, buses, policías, mucha tropa. Ahora, ahora, afuera: voz crecida en la voz, voz igual a otras voces: López, Gómez. Lo detuvo de un beso su prima gorda, Alicia, la que quería un Mercedes (o un Be-eme, no recordaba ya), y le plantó en el pecho un floripondio azul:

- Ole, Ignacio, qué milagro. Se dejó la barba ¿no?
   Se acarició la mejilla, descubriendo su barba.
- El ojo no es conciencia de las cosas. .. .
   Colgada de su prima, una niñita pálida lo miró con ojos sin piedad:
- Mamá ¿quién es ese señor?
- Es tu tío Ignacio, mija, el hijo de tía Leonor. Es que se dejó la barba. ¿Usted por quién vota, Ignacio?

   Dos pasos más allá vio a su tío Pablo, perdido y como absorto en el griterío, apartando a la gente con la punta del paraguas, atusándose el bigote. Lo reconoció con alegría.

- ¡Hola, mijo! ¿Tú también votas? Se me perdió tu tía Lucía, figúrate.
   Hacía girar el cuello en todas direcciones, como un ganso.
- Bueno. Ahí aparecerá. ¿Tú ya votaste? -le mostró a Escobar su largo dedo huesudo, rojo de tinta hasta el nudillo. -Hay que votar por López, Ignacito: Foción dice que es el que va a ganar.
- ¡Por Gómez, tío Pablo! -interrumpió la prima gorda, risueña. -Vote por Gómez, Ignacio. Imagínese que todos estos viejos están votando por López porque tío Foción los convenció de que era el candidato del Fondo Monetario.
¡Volteados!
   El tío Pablo rio con risa ofuscada, cansada.
- Fíjate: yo a mis años, y votando por un liberal. . . Claro que Alfonsito es tan liberal como tú o como yo, tú me entiendes. No va a dejar que se nos encarame la chusma. ¿Tú sabes si tu mamá votó?
- ¿Y me volveré a ver y me diré: quién soy? -interrogó Escobar.
- ¿Qué, mijo?
- Yo a ese señor no lo conozco -afirmó la niña pálida.
- Sí, mija, es tu tío Ignacio: es que se dejó la barba. Usted es capaz de andar de comunista ¿no Ignacio?

   Hizo un gesto de adiós y se perdió en la muchedumbre. Se arrancó del pecho el floripondio azul. En la pupila pródiga, paisaje con figuras: rígidas, fragmentadas figuras de silencio. Siguió adelante. Vio pasar una manifestación que boicoteaba el gran evento democrático. Poco nutrida, bastante lánguida. Los soldados los dejaban pasar sin molestarlos. Gritaban disciplinadas consignas con la voz rota ya, y el puño en alto:

            ¡Un pueblo!
            ¡Con hambre!
            ¡No vota!
            ¡Se organiza!
            ¡Y lucha!

   Se veían más bien tristes, no demasiado organizados. En las filas de la cola reconoció a Ignacio Alvarado, el Poeta Urbano, gordo y fuerte, con la frente calzada de muchos bucles relucientes. La compañera Zoraida lo había confundido con él. Las cosas son iguales a las cosas: el ojo las ha visto (a voz en cuello, la voz las ha callado). Alvarado lo saludó de lejos, con un gesto amplio del brazo.

- ¿En qué anda, tocayo? ¿Ustedes se conocen? -le presentó a una figura regordeta a su lado: -Edén Morán Marín, mi tocayo Escobar, poetas ambos. Demasiado poeta en esta tierra, hermano, por eso andamos tan jodidos -rio el Poeta Urbano.
- Nos conocemos -dijo Edén Morán Marín. -Hace un tiempo tuvimos una discusión poética- y sonrió, haciendole un guiño. Entonces no lo había matado. Edén Morán Marín. Todas las psiconeurosis sexuales. No lo había matado. No había matado a nadie. Le estrechó efusivamente la mano.
- ¿Y en qué anda, hermano? -insistió Alvarado. -¿Votando como un burgués?
   Escobar mostró su dedo limpio, y dijo:
- No se conoce sino la propia voluntad.
   El Poeta Urbano rio de buena gana, palmeándole el hombro:
- ¡No joda, hermano! La propia voluntad no es un carajo.
   Escobar respondió, muy digno:
- Es todo lo que hay.
   Alvarado se exaltó. Olía a trago.
- ¡Burguesito de mierda, vaya a ver qué piensa el pueblo! La propia voluntad, no sea marica: ¿Usted no ha oído hablar del imperialismo?
   Edén Morán Marín se interpuso:
- Tranquilo, hermano, tranquilo.
- Nada queda -dijo Escobar-: la verdad, dicha, no ha dejado nada. . .

   Edén arrastró al Poeta Urbano, que manoteaba enfurecido. A los tres pasos recuperó la calma y se encogió de hombros. Edén le hizo a Escobar una seña de despedida, tomó del brazo al Poeta Urbano, y los dos apresuraron el paso para alcanzar su manifestación de protesta. Alvarado balanceaba sus fuertes caderas al compás de los gritos, canturreando:

                Un pueblo
                con hambre
                no vota
                se organiza
                y lucha. . .
                Un pueblo
                con hambre. ..

    Hacía calor. Escobar estaba sudando. Le sorprendía encontrar tanta gente conocida entre la multitud. Le tranquilizaba -y lo decepcionaba al mismo tiempo- saber con certidumbre que no había matado de verdad a Edén Morán Marín, poeta y pederasta. ¿Andaría por ahí Lulucita Pineda con su cabeza bamboleante? ¿Henna? ¿Fina tal vez? (No se alteró al pensar en Fina). Pensó que si Henna votaba Por López, Fina lo haría por Gómez, y viceversa. Las cosas son iguales a las cosas. Se balanceó en el borde de la acera, oteando el horizonte: cascos de acero, gritos, banderas: Ló-pez, Gó-mez, pitos. Decidió ir más al sur, a ver al pueblo. A saber si era cierto que no votaba, que se organizaba, que luchaba. Sintió que le tapaban los ojos por detrás dos palmas frescas y le daban un beso volado en la nuca. Era Patricia. En su camiseta exhibía un letrero muy largo:

                 Por un Estado proletario
                 de Consejos Obreros y Campesinos
                 Vote PST
                 Partido Socialista de los Trabajadores.

   ¿Por qué no se les ocurriría proponer cosas fáciles? López, Gómez. Cosas iguales a las cosas. Aquello que no puede ser dicho, hay que callarlo. Patricia le dio un beso en la boca.

- ¡Mmm! ¡Le queda muy bien la barba, sabe? ¿Cuándo lo veo?
- El ojo que quisiera ver las cosas, saber que las ha visto...
- Ignacio, por favor. . .
  Y se alejó gritando.   

         ¡Por un Estado!
        ¡Proletario!
        ¡De Consejos!
        ¡Obreros!
        ¡Y Campesinos!
        ¡Vote!
        ¡Partido!
        ¡Socialista!
        ¡de los!
        Trabá!
        ¡Jadores!

   Con el puño en alto. En la camiseta ceñida al cuerpo joven llevaba la misma consigna impronunciable.

   Llegó andando hasta la calle diecinueve, acalorado y exhausto. Por ninguna parte se veía pueblo organizado y luchando. Soldados, señoras que se limpiaban con pañuelos mojados en perfume el dedo colorado de tinta. Bajo toldos que las defendían del sol, en tenderetes de mercado, las mesas de votación estaban atestadas de ciudadanos que votaban felices, sin saber que Foción ya sabía cuál candidato iba a ganar. Los jurados de mesa, que a lo mejor sabían, parecían aburridos. Debían ser ya las doce, bostezaban, releían el periódico, sentados en sillas de tijera. Las mujeres tejían. Un hombre flaco sacaba crucigramas. Al lado de Escobar, dos jóvenes ceñudos, con rizos negros empavonados de grasa entre los ojos, comentaron con enorme desprecio.

- Mire esa mierda, hermano: puro pueblo. . .

   Escobar no supo qué decir. La ética, como la metafísica, no es juego ni materia de palabras. Deambuló entre las mesas, tropezando con gente, disculpándose con ruidos inaudibles.

- ¡Qué hubo, Escobar! ¿Ya votó?

   Era Beatriz, pequeña y lánguida. En una camiseta, sobre las teticas frágiles, un gran letrero rojo:

              PRT
              Partido Revolucionario de los Trabajadores.

Comentarios () | Comente | Comparta c