Sin Remedio
Antonio Caballero
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XIII

 

   Era de día. El Chinche Urrutia lo sacudía por el hombro. Olía a café y a huevos fritos. Robertico tenía arrugada la ropa, las mejillas chispeadas de una barba gruesa y rubia, los ojos todavía inyectados de sangre. Narciso dormía todavía, encogido en el piso, con las manos entre las piernas. Miguel Francisco estaba intacto, sin una arruga ni una turbiedad en el ojo, como si no hubiera dormido sentado en una silla. El Chinche movió a Narciso con la punta del pie, despertándolo sobresaltado. Robertico vino a ponerle a Escobar una mano en el hombro:

- Perdón, primo, me porté como un marica. Estaba borracho.
   Narciso, verde a la luz del día, ofreció coca.
- ¿Un pasecito?

   Sólo Escobar aceptó. Las niñas, envueltas en batas del Chinche, riendo, aparecieron con el desayuno. Desayunaron todos en silencio.

- Bueno, gorda -dijo Robertico, desperezándose.- Te dejo en tu casa, te cambias, yo voy a la mía, me cambio, me afeito, y después te recojo. Tenemos que ir al almuerzo de Guillermo y Diana en Guanzacá.
- Es divina esa hacienda -opinó Andrea.- Y la casa, la tienen divina.
- ¿Por qué no se viene usted también, Andrea? -invitó el Chinche.- Yo estoy sin vieja.
- Ay, no sé. . . Yo soy íntima de Diana, pero. . . - Vaya con el Chinche, Andrea, no sea boba- la animó Miguel Francisco.- Yo también voy a ir. Va todo el mundo.
- Bueno, nos fuimos gorda -decidió Robertico.
- ¿Usted quiere que lo deje en su casa, primo?
   Escobar no supo qué decir.
- No sé. . . Se me perdieron las llaves de mi casa.
   ¿Por qué no llevamos a tu primo Ignacio a donde Diana y Guillermo? -propuso Claudia.
- ¡Hola, bestial! Camine, primo: eso va a ser un almuerzazo de prodigio. Va todo el mundo.
   Pues sí. No tenía nada qué hacer en la vida.
- No tengo ropa. . . -dijo.
- Yo le presto -propuso el Chinche.
   Nadie invitó a Narciso. Volvió a ofrecer perico. Nadie aceptó. Todos se fueron.
- ¿Usted tiene carro? -preguntó el Chinche.
- No, hermano. Me trajo Miguel Francisco. . .
- Ah. Pues mire: baje a la séptima, y ahí pasan buses.
   Narciso se fue solo.
- Casi se nos queda a vivir el hijueputa ¿no? -comentó el Chinche.- Bueno, Escobar, venga lo visto.

   Lo vistió como un príncipe. Pantalón claro de gabardina, camisa de rayas rojas, foulard de seda al cuello, blazer cruzado azul oscuro con un escudo misterioso en el pecho:

- Es del equipo de remo de Florida University -explicó el Chinche.- Lo malo van a ser los zapatos -añadió, dubitativo.- Le prestaría unos Gucci, pero le van a quedar chiquitos.
   Los zapatos de Escobar, retorcidos y ennegrecidos por el aguacero, parecían de payaso.
- Bueno, tomémonos algo ¿no? Un bloody mary para el guayabo. ¿Quiere periquito? Yo le robé anoche un poco a ese pobre marica.

   Aguardaron bebiendo la llegada de Bobby. Llegó con Claudia, toda vestida de seda y terciopelo de color terracota.

   Recogieron a Andrea: verde agua, verde menta en terciopelo y seda. Andrea y Claudia se elogiaron mutuamente:

- Está divina, Claudia. ¡Ay, cómo hago yo para tener el pelo así como el suyo ¿ah?
- Está divina, Andrea. ¿Esa blusa la compró en París? Allá sí hay divinidades.
- No, en Roma. En París está de moda el fucsia.

   Robertico manejaba a toda velocidad por la autopista del norte, sorteando buses y camiones de dieciocho llantas, bicicletas, carretas tiradas por caballos. A cada instante Escobar esperaba ver los verdes planos y las filas de sauces de la Sabana abierta, y no llegaban, casas y casas de dos pisos, idénticas: urbanización Zaquetá, urbanización Zipacá, urbanización Zipacá Norte, urbanización Chinchacá, urbanización Chauchatá. En el cemento crudo de los puentes, en el adobe pardo de viejas casas derruidas que hacían muela sobre la carretera, grandes pintadas rojas: Compañero Edén Morán Marín, te vengaremos. P.S.T. Y más adelante: Compañero Edén, te vengaremos. Por un Estado Proletario de Consejos Obreros y Campesinos, Primer Paso Hacia la Sociedad Sin Clases, PUEPCOCPPHSSC, vote P.S.T. Trabajaba mucho esa gente. Más letreros: Guerra Popular prolongada, Organización Marxista-Leninista Auténtica, G.P.P.O. (m-1) A., como una misteriosa fórmula algebráica. Era un día espléndido. Arriba, lejos, el negro y verde atropellarse de los cerros llagados de areneras. Y por fin la Sabana: los verdes ondulados y tiernos, las hileras serias de eucaliptos, la mancha clara de los sauces, las vacas pastando pensativas al otro lado de las cercas de alambre. Un retén de control militar les hizo señas de que se detuvieran. Robertico aceleró y pasó como una bala. Más adelante, otro.

- Para, Bobby, nos van a disparar. Son soldaditos.
- Bueno, gorda.
   El oficial se asomó por la ventana, miró a las niñas de seda y terciopelo.
- Sigan.

   Buses, camiones, niñitos desdentados que se quedaban mirándolos pasar, ciclistas, casas bajas de teja con letreros azules que anunciaban jarabes, almorzaderos. Mi Ranchito, Rancho Alegre, Rancho Grande, Nuestro Rancho. En Chía Robertico propuso que pararan en una tienda a tomarse un aguardiente.

- ¿Uy, sí? Qué asco, aguardiente -opinó Andrea.
- Vamos tarde, Bobby, mejor sigamos.
- Como tú digas, gorda.

   Entraron por una larga avenida de tierra bordeada de gigantescos eucaliptos. Desde atrás de las cercas de piedra derruidas las vacas reflexivas los miraron pasar, masticando en silencio. Parquearon frente a un ancho caserón desordenado y blanco, entre docenas de automóviles. Mucha gente. Niñas lindas de pantalón de terciopelo y blusa de seda ligeramente abierta sobre el pecho, tonos terracotas, verde menta, verde agua, tipos que se paseaban por los prados lentamente, con un vaso en la mano, como si caminaran sobre el agua, besaban a Claudia, reconocían a Andrea, ¿cuándo llegó? está divina, Andrea, abrazaban a Robertico y al Chinche con grandes palmoteos en las espaldas. Todos tenían zapatos Gucci relucientes. Escobar empezaba a sentirse demasiado elegante en la ropa del Chinche: la de los otros parecía más usada, más cara, o por lo menos propia. ¿Qué hacía ahí? Nada. Ahí estaba. Robertico lo presentaba entre los prados, bajo las nubes, en las esquinas de la casa:

- Ignacio Escobar Urdaneta, mi primo. Ignacio Escobar Urdaneta, mi primo. Mierda, primo ¿usted es que no conoce a nadie? Claudia, gorda, presenta tú a mi primo, yo voy a ver si me levanto un trago.

   Una señora vieja y flaca, de rosa y rojo y fucsia, que parecía mirar siempre en otra dirección, buscando en vano a alguien, besó a Claudia, reconoció a Andrea: Andreíta, estás divina ¿cuándo llegaste? Claudia, mi amor. . . ¿quién es este muchacho tan buen mozo? Yo no sé por qué a todos los muchachos les ha dado últimamente por dejarse la barba, se ven todos igualitos.

- Ignacio Escobar Urdaneta, primo de Bobby.
- Ah, hijo de Leonorcita, cómo no. Terrible lo de tu tío Foción. ¡Cómo estará tu mamá! Me la saludas.

   Se perdió mirando en otra dirección, tal vez buscando a alguien. Un camarero de saco blanco le puso a Escobar un whisky en la mano. Otro le ofreció papitas criollas tibias en una coquita de plata. Otro le dio ají con aguacate. Otro le cambió el whisky. Un vejete rechoncho de bigote blanco reconoció a Andreíta divina, besó a Claudia, mi amor, ¿y éste quién es? Escobar Urdaneta, cómo no, tú debes ser el hijo de Leonor. Qué horror lo de tu tío Foción, ala, es que la subversión sí es una vaina ¿no te parece? Y se fue a hablar con Robertico de vacas Holstein y piensos compensandos.

- Miguelotas es adorado -dijo Claudia.- Yo lo adoro -y se perdió entre besos, prados, cielos nublados, terciopelos de color terracota, sedas, whiskies. Vio desde lejos al vejete, vestido de gentleman farmer: saco de tweed, chaleco de gamuza, pantalones bombachos, gruesas medias de rombos. Vio a la señora flaca, que buscaba a alguien más allá, ansiosa. Vio a Andrea, divina, perderse entre los ohes y los besos. Se quedó solo. Dio vueltas por la casa, se asomó a un patio enlajado provisto de una fuente, un camarero le ofreció un whisky, tres niñitas de encajes que jugaban a gritos lo miraron llenas de suspicacia, siguió, volvió, giró, se quedó quieto en un salón de patos disecados, cabezas de venado, cornamentas, amplios sillones de cuero oscurecido, vitrinas de escopetas. Lo sobresaltó un manotazo en el hombro. Era el gentleman farmer.
- Ala ¿a tí también te gusta la cacería? Tu papá era igualito. Yo fui muy amigo de Alvaro. . . -se quedó un instante con el ojo perdido en el vacío, haciendo un ruido de masticación.- Ala, camina nos tomamos un trago ¿no te parece?

   Las tres niñas de encaje llegaron dando gritos y risitas nerviosas, diciéndose secretos al oído, exhibiendo un periódico.

- ¡Papá Migas, papá Migas! ¡Mira a este señor!

   En la primera página Escobar vio su retrato: el mismo de la televisión. Estaba idéntico. Más grande todavía, una foto de Foción, relativamente joven. Tres gruesos titulares negros devoraban la página:

           DESMANTELADA CONSPIRACION SUBVERSIVA
           LOPEZ AVENTAJA A GOMEZ
           ASESINADO URDANETA DE BRIGARD

   ¿Asesinado? Escobar sintió un dolor helado en la boca del estómago. El gentleman farmer espantó a las tres niñitas agitando los brazos, como a gallinas en un corral:

- Váyanse a jugar afuera, mis chinitas.
- Afuera no nos dejan, papá Migas. Hay gente.
- Váyanse a jugar adentro.

   Escobar ojeó el periódico. La primera página estaba copada de anuncios de muerto.

            El Señor
            don
            Foción Urdaneta de Brigard
            HA MUERTO

   Así, sin rodeos, sin vacilaciones. Debía ser cierto. No podían ser tan brutos. Su Esposa, Clemencia Ortega de Urdaneta de Brigard, y su Hija Patricia Urdaneta de Brigard Ortega, INVITAN a las Exequias que se celebrarán en la Parroquia de. El Excelentísimo Señor Presidente de la República y los ministros del Despacho INVITAN a las Exequias que se Celebrarán. El Banco de la República INVITA a las exequias del. El Jockey Club de Bogotá. El First National City Bank Invita. La Asociación Colombiana de Oficiales en Retiro, ACORE, Invita a las Exequias del Doctor. La Planta Embotelladora de Leches La Sabana, S.L., INVITA. L'Ambassade de France fait part: Monsieur Foción Urdaneta de Brigard, Chevalier de la Legión d’Honneur. . .

   Los avisos de muerto pasaban a las páginas interiores, las arrasaban con una marejada de cruces negras. La Sociedad Colombiana de Economistas INVITA a las Exequias que por el alma de. La Embajada de Corea del Sur INVITA. La Junta Directiva del Banco de la Sabana, sus empleados y familias, INVITAN a las Exequias de su Presidente el Doctor. La Asociación Colombiana de Criadores de Ganado Holstein y Pardo-Suizo ACOCRIGAHOLPAS, INVITA. Foción Urdaneta, Hermano Venerable del Grado Treinta y Tres, HA MUERTO: la Gran Logia de Bogotá INVITA. Almacenes Sears Roebuck de Colombia and Co. INVITAN. La Federación Colombiana de Ciclismo INVITA. El Directorio Nacional Conservador INVITA.

   Escobar leyó su propio nombre: invitaba él también: El doctor Foción Urdaneta de Brigard HA MUERTO. Leonor Urdaneta de Brigard viuda de Escobar y sus hijos Focioncito Escobar Urdaneta de Brigard e Ignacio Escobar Urdaneta de Brigard, INVITAN a la Misa que por el Eterno Descanso de su Alma.

   EL VICEPRESIDENTE (interino) del Banco de la Sabana, JUAN MANUEL MARTINEZ PEREZ, y su Esposa Lucía Urdaneta de Brigard de Martínez INVITAN. La Junta Directiva del Country Club de Bogotá. La Asociación de Antiguos Alumnos del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario INVITA. La Dirección Liberal Nacional INVITA. La Orden Soberana de Malta Invita. La Academia Colombiana de la Lengua. La Superintendencia de Sociedades Anónimas. El Hogar de la Madre Soltera. El Director del Jardín Botánico de Bogotá INVITA. El Alto Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas de Colombia INVITA A LAS EXEQUIAS. L'Ambassade Royale de Belgique. El Instituto Colombiano de Cultura Hispánica. La Sociedad de Amigos del Teatro Colón de Bogotá INVITA. La Directora del Museo de Arte Moderno de Bogotá INVITA. La Federación Colombiana de Exportadores de Arroz, FECOEXA, Invita. El Sindicato de Transportadores de Carretera, SINDITRANSCARR, INVITA.

   En la página cuarta, el primer editorial del periódico estaba dedicado a Foción, bajo el escueto título de "Un Patriota". El segundo editorial -"Una Conspiración Tenebrosa"- hablaba del admirable ejemplo democrático para el Continente que había dado el país en las elecciones, señalaba las tentativas de sabotaje de la subversión marxista teledirigida desde La Habana, Moscú y Pekín, engarzaba los hilos dispersos del vasto complot contra las instituciones democráticas colombianas -asesinato del patricio conservador Urdaneta de Brigard, incendio provocado de mesas electorales, explotación por parte de los grupos extremistas de la muerte de un individuo de apellido Morón, asesinado según todos los indicios por otro grupo extremista, y hallazgo de documentos sobre la existencia de un plan para el levantamiento general de la población campesina del país bajo la consigna de "rojo viento revolucionario". La contraseña de los sublevados sería, afirmaba el editorialista, "las cosas son iguales a las cosas".

   Había más fotos de Foción. Foción recibiendo una copa en el hipódromo. Foción, muy joven, como Ministro de Agricultura y Ganadería en un gabinete de la Hegemonía Conservadora. Foción estrechando la mano de un presidente de los Estados Unidos. Foción en un baile, de frac, con un vaso en la mano. Una foto del rostro de Foción difunto, curiosamente afilado por la muerte.

   El automotor del distinguido banquero y político conservador fue interceptado a las. Cadáver del distinguido hombre político abandonado en un descampado en la calle 124A con. Provocadores extremistas incendian cinco casetas electorales en Bogotá siendo prontamente dispersados por. Distinguido poeta cobardemente asesinado por sicarios de la subversión.

   Escobar reconoció la sonrisita jactanciosa de Edén, borrosa en la fotografía. Otro aviso de muerto, en las últimas páginas, perdido entre anuncios de cines: Luis Eduardo Avellaneda Guaque ha muerto. Su esposa, Eduviges Sánchez de Avellaneda, sus hijos Luis Eduardo, Adalberto, Lionel, William Mario, Clorinda, Luz Dary, Pamela Eduviges, Nancy Marina y Jacqueline Avellaneda Sánchez Invitan a las Exequias en los Jardines del Sur. Mujer asesinada en las escaleras de su domicilio. La señora Herminia Niño viuda de Niño fue hallada en horas de la tarde de ayer asesinada en. Agentes del Departamento Administrativo de Seguridad, DAS, dieron pronta captura a su victimario, plenamente identificado como Henry Leónidas Castro Campos, alias "Hermes", así como a su cómplice, la empleada de hogar Circuncisión Hernández Hernández, quien.

   Escobar dejó caer el periódico al piso, donde se deshinchó lentamente. Cerró los ojos. Todo se derrumbó sobre él lentamente, con un murmullo que poco a poco se transformó en estrépito ensordecedor. Abrió los ojos. Nada se había derrumbado sobre él. No había razón, tampoco. Todo seguía. Siguió. Se levantó a buscar un trago. Alguien lo tiró de la manga.

- ¡Ay, siquiera usted también vino, Ignacio! -era su prima Lucía, ya muy embarazada, con los ojos rojos de haber llorado. -Yo no quería venir, imagínese, pero Juan Manuel se empeñó en que teníamos. Yo con lo de tío Foción estoy como loca. ¡Qué horror! ¿no? ¿Sabe que casi no lo conozco con esa barba? Se ve más viejo ¿sabía? ¿Ya vio a Henna y a Ernestico Espinosa? Por ahí andan. Henna adorada, se empeñó en acompañarnos a esta fiesta ya que Juan Manuel se empeñaba en que teníamos que venir. Y Ernestico adorado. Adorados los dos, yo los adoro. Ay, ayúdeme a que Juan Manuel no tome demasiado trago ¿sí? Pobre Patricia, cómo debe estar la pobre ¿se imagina?

   Estaba muy charlatana. Hacía años, cuando era niña, había estado enamorada de él, le había dicho Patricia. Le miró el cuello. Avanzó hacia ella en silencio. Su marido de chaleco se acercó levemente tambaleante, con un vaso en la mano.

- Hola, Ignacio, qué hubo. Felicíteme: Vicepresidente del Banco de la Sabana.
- Interino, gordo -corrigió Lucía.
- Ah. . . -dijo Escobar. El marido de chaleco enrojeció.
- ¿Qué, es que no le importa? ;.Y de todos modos usted qué viene a hacer aquí? ¿Ah? -preguntó, soltando involuntarios chisguetes de saliva.- ¿Ah? ¿Qué viene a hacer aquí a esta casa? ¿Usted no dizque era revolucionario? ¡Aquí todos somos burgueses, para que lo sepa! ¡Todos!

   Señalaba en círculo con su vaso de whisky, trazando en el espacio una órbita de salpicaduras. Lucía intentó arrastrarlo por un brazo.

- ¡Déjame, gorda!
- Pero gordo. . .
- ¿Sabe lo que es usted? ¡Un burgués! ¡Eso es lo que es usted, un burgués, como todos nosotros! ¡Déjame, gorda!

   Echaba en la cara de Escobar su respiración agitada, caliente, lo miraba de muy cerca, nariz contra nariz, con los ojos desenfocados. Lucía se esforzaba en vano por arrastrarlo lejos. Los dos parecían a punto de llorar.

- ¡Ay, gordo! ¡Ay, Ignacio! ¡Ay, mire, mire, ahí están Henna y Ernestico! ¡Henna! ¡Henna! ¡Henna!

   Bajo su saco de gamuza, Ernestico Espinosa llevaba un buzo blanco. Sonreía con su sonrisa perfecta de odontólogo.

- ¿Qué ha habido, Ignacio, en qué anda? -dijo, dándole una palmada en la espalda.

Henna, quieta sobre las largas piernas, -seda, terciopelo, un pañuelo en el cuello, gafas negras- sonreía indecisa. Escobar la besó en los labios. Henna se puso roja.

- ¿Ah, qué más ha habido, Ignacio? Se dejó la barba ¿no?
- ¡Un burgués! -insistía el de chaleco, hinchado de ira.
- ¡No venga ahora con que no es un burgués!
- Ay, gordo. .. -se quejaba Lucía, casi llorando.
- Venga, Juan Manuel, camine le presento a los dueños de casa -terció Ernestico. El de chaleco se tranquilizó un poco:
- Ah, sí. . . Ese de bigote ¿no? Le estaba diciendo a Lucía que me los presentara pero la muy pendeja se muere de la pena.
- No es eso, gordo, es por Foción. . .
- Tío Foción está muerto, gorda, tienes que acostumbrarte. No nos vamos a pasar la vida sin ver a nadie.
   Ernestico detuvo a Henna con un gesto:
- No, Hennita, quédate tú un rato con Ignacio. Me figuro que tendrán muchas cosas de qué hablar. A la recherche du temps perdu. . .
   Quedaron frente a frente.
- ¿Sabe qué? Me siento toda rara. No pensé encontrármelo aquí. Qué horror lo de Foción ¿no? Era un viejo adorado. Yo lo adoraba.
- Vamos a tirar, mi amor -propuso Escobar. Henna se enrojeció.
- ¡Ay, Ignacio. . .! Cómo se le ocurre. . . ¿Sabe que se ve muy bien de barba? Se ve más joven.
- Vamos a tirar, mi amor -repitió Escobar maquinalmente.
- Ay, Ignacio, usted sí sigue igualito ¿no? Venga más bien vamos allá con Ernesto y los demás.

   Escobar se dejó llevar.

   El marido de chaleco hablaba atropellado, enrojecido, feliz: -No, don Miguel, el Banco divinamente. . . Y lo que sí quería tío Foción era que de todas todas el Banco quedara en manos de alguien de la familia, claro.

   Escobar rozó apenas el círculo, tangencialmente, como un cometa en órbita elíptica, sonámbulo. Se alejó, perdió atrás el rumor de las palabras. Un camarero le puso un whisky en la mano y lo dejó parado sin impulso en medio del Jardín, bajo un magnolio. Su mano izquierda pendía inerte, a lo mejor rozaba el prado. En la derecha tenía el trago apretado contra el pecho. A través del follaje del magnolio caía sobre él la luz del cielo, y el cielo se abría arriba distante, enorme, curvo, vacío. Lo envolvía el rumor de las hojas del magnolio, sobre el cuerpo le bailaba la luz. A ras de tierra, desperdigados por los prados, había grupos de niñas que reían, de tipos que soltaban carcajadas, en silencio, más allá del murmullo pacífico de las hojas acariciadas por el viento. Pasaban camareros con trago, sin mirarlo, sin verlo. Se había vuelto invisible. A lo lejos, al otro lado de una cerca, más allá de las filas de automóviles que refulgían al sol, unos cuantos invitados palmeaban el cuello brillante de un caballo. Le llegaba el sonido seco de las palmadas, caliente, oliendo a sol. Seguía llegando gente. Vio llegar un jeep blanco, igual al de Angela. Vio bajar a una niña de seda y terciopelo, tironeada por la fuerza de un perro musculoso que tensaba ansioso la cadena. Era Lucas. Era Angela. Escobar se quedó petrificado, invisible, bañado en el rumor del follaje del magnolio. Los ladridos de su corazón hacían saltar el hielo en su vaso de whisky pegado contra el pecho, salpicando la tierra.

   Angela se le vino sin vacilar, de frente, dorada y deslumbrante, armada hasta los dientes con su sonrisa de Lilita, castradora, toda piernas, labios, brazos, bajo el pelo de oro y cobre. Escobar no vio ya nada más. Sintió que la borrachera lo dejaba de un golpe, como una capa que cayera al suelo. Le dieron ganas de hablar, de explicar, de contar todo, pero no le salieron las palabras.

- Déjeme que lo mire bien, Escobar, a ver, dé la vuelta.
  ¿De qué está disfrazado?
- No sé. . . no es mío. . . Angela.
   Angela le dio vueltas, inspeccionándolo como en feria de ganado.
- Bueno, por lo menos ya le creció esa barba inmunda que tenía. ¿Supo lo de Federico?
   No pudo hablar. Asintió con la cabeza. Se sentía grotesco en su ropa prestada.
- Dejó a mi pobre hermana en pleno parto, el muy imbécil. Pobre Ana María, está locamente enamorada del imbécil, la muy pendeja. Se está quedando con los niños donde papá y mamá. Fue niña ¿sabía?
   Negó con la cabeza.
- Ah, pero eso no fue todo: imagínese que anoche les allanaron la casa. Mí hermana no estaba allá, claro, ni yo tampoco, afortunadamente. Pero eso fue el horror: mataron a los gatos, los soldados violaron a la pobre Berenice. . .
- Angela: estoy enamorado de usted.
- No sea bobo. Escobar.

   Se alejó por el prado, resplandeciente. La gente se borraba a su paso, como la niebla al sol. Escobar echó a andar detrás de ella, como un perro. Lo detuvieron por un brazo. Era el gentleman farmer. La perdió de vista. Se ensombreció el paisaje.

- Yo soy más amigo de tu tío Pablo, pero a tu tío Foción lo conocí muchísimo, figúrate si no. Yo era íntimo de Alvaro -rio el viejo. Se le aflojó el ojo, dejó escapar un ruido de rumiante.- Ala, metámonos un traguito ¿no te parece? Tengo un champañita rosado que está de prodigio. ¡Pssst! ¡Pisco! -llamó a un camarero que pasaba.- Hola, pisco, tráenos un champañita rosado aquí a don Ignacio y a mí.
   Dejó rodar una risa cascada, tosida.
- Aquí donde no nos ve Ernestico Espinosa ¿no, ala? que siempre me anda diciendo que el champaña dizque es pésimo para la gota. Pero de algo hay que morirse ¿no te parece, mijo?

   Escobar miraba lejos, más allá de la gente, hacia donde se había perdido el resplandor de Angela. No contestó. Un suspiro le hizo crujir la caja de los huesos. Bebió su copa como si fuera agua, resopló el picor de gas por las narices. El gentleman farmer miró la suya a trasluz, chasqueó la lengua, la apuró con lenta unción y resopló también él, dulcemente. Se quedó un minuto pensativo.

- Ala, como que se nos está medio acabando el champañita este, ¿no te parece? ¡Pssst! ¡Pisco!

   El camarero les trajo nuevas copas, nubladas de frío. El gentleman farmer hizo lentos buches de vino, eructó levemente:

- Muy rico este vinito, son pendejadas. . .

   Se quedaron mirando el bullicio de la gente, silenciosos, inmóviles, como se mira un lago. Ambos se balanceaban imperceptiblemente.

- Ala, averigüemos con Cecilita en qué anda el almuerzo ¿no te parece? Aunque te cuento que a mí esto del almuerzo no es que me vuelva loco, te diré: me parece que se le tira a uno los tragos. Rio, contento, palmeteando los hombros de Escobar. - ¡Idéntico a tu papá! -exclamó.- Yo fui muy amigo de Alvaro. . .

   Escobar se dejó llevar, como de cabestro.

   Los invitados hacían colas y grupos en torno a largas mesas cubiertas de manteles blancos y rígidos sobre el verde del jardín, a la sombra sin orden de la casa y los sauces. En grandes fuentes de porcelana humeaba el ajiaco, denso, amarillo pálido, con un espeso olor a papa desleída, a hoja de guasca. Vio pasar platos rebosantes, con la mazorca tierna escorada en el borde, como un escollo cerca de la orilla. Vio a un invitado guardarse en el bolsillo los cubiertos de plata. Vio a Henna y Ernestico con su prima Lucía y su marido de chaleco, y su prima Lucía le hizo desde lejos una sonrisa tímida, ruborizada. Vio a Miguel Francisco que se perdía en el interior de la casa llevando a Andrea de la mano. Vio a Robertico que apercollaba a Claudia mientras hablaba con alguien en inglés. Vio niñas lindas, cabezas rubias y morenas, hombros dibujados en seda, pulseras de oro cabrilleantes al sol, camareros atafagados de cuello hinchado y rojo que pasaban bandejas erizadas de copas de vino blanco y tinto. No veía a Angela. Una aparición de oro, disuelta en la memoria. El gentleman farmer le dio un codazo en el costado.

- Echale ojo a esa muchareja de allá, mijito, la alta rubia. Son pendejadas, pero es que sí estamos mejorando mucho la raza ¿no te parece?

Era Angela. Reía, recibiendo un plato. Echó a andar hacia ella, arrancándose del codo la presión temblorosa de la mano del viejo. Un gordito de anteojos, pelirrojo, lo detuvo sonriente, golpeándolo con un dedo en el pecho:

- ¿Seventy-four?

   Escobar lo miró sin comprender. El gordito insistió, sonriente, golpeando con el índice de la mano derecha el bolsillo del pecho de Escobar y con el de la izquierda el suyo propio. Escobar lo miró: lucía un escudo vagamente náutico, con anclas y cadenas. Miró su propio pecho. También lucía un escudo náutico.
- No entiendo inglés -dijo. Buscó a Angela a lo lejos, sabiendo que no estaba. No estaba. El gentleman farmer volvió a atraparle el codo, llamó otra vez a un camarero, reclamó más champaña, codeó a Escobar de nuevo:
- Qué muchacha tan célebre ¿no te parece? Fíjate: ya se la levantó el Chato Tamayo. ¡Chatico!

   Escobar miró. Angela reía, plato en mano, con un tipo de aspecto de arquitecto, de sonrisa lobuna y pelo gris y suéter blanco de tenista arremangado sobre el antebrazo.

- ¡Miguelotas!
- ¡Chatico, cómo te va!

   Se palmearon los hombros, fuertemente abrazados. El gentleman farmer se atragantaba de risa. Escobar intentó huir, buscar a Angela. No la vio. El gentleman farmer se reía como un loco, sin soltarle el brazo. Los anchos costillares se agitaban bajo el chaleco de gamuza, la barriga tensaba la bragueta, el cuello se estiraba y se aflojaba entre el pañuelo de seda, lleno de venas y tendones, como el cuello de un pavo.

- ¡Este Chatico, tú si eres muy loco, Chatico. . . .!
   El Chato Tamayo se alejó, riendo.
- Bueno, mijo, a propósito de trago, yo creo que nos debíamos pasar otra vez a whisky ¿no te parece? ¡Pssst! ¡Pisco!

   Escobar distinguió de nuevo a Angela, ahora sola al otro lado de la mesa. Limpiaba con el filo de una cuchara el interior verde y cremoso de un aguacate, en un gesto que le pareció obsceno.

- Angela -murmuró.

   Avanzó, remolcando al viejo. Les cerró el paso un joven robusto, con breeches y botas de montar.

- Papá ¿tienes un segundo?
- Hola, mijo, cómo no. No, no te vayas, Ignacito, mira: ¿No te conoces con mi hijo Guillermito? Es el hijo de Leonorcita Urdaneta. Con su papá fuimos íntimos.

   Llegó un hombretón serio, de bigote y sombrero negros, que iba manchando el prado con la boñiga de sus botas de caucho.

- Don Guillermito, ya se le tienen ensilladas las bestias.
- Sí. . . -murmuró el gentleman farmer, súbitamente distraído. -Ala, mijo, ¿cómo te parece otro whiskicito? ¡Pssst! ¡Pisco!

   El sol empezaba a caer al sesgo sobre el prado, dibujando cada brizna de hierba erguida y dura al lado de su sombra. Angela había desaparecido nuevamente. En algún momento habían llegado músicos con tiples y maracas y guitarras. Escobar reconoció sin asombro a Los Auténticos. Cantaban desganados, dulzarrones a la sombra de un sauce:

        Co-o-mo espuma
        que inerte arrastra el caudaloooo-oso rííí-o
        flor de a za-lea
        la vi-da en su aaa-valancha te aaaa-rrastró. . .

   Sí: la vida. En fin: eso. Por el jardín rondaban ya algunos borrachos. Las niñitas de encaje y medias tobilleras atravesaban los prados en carreras furtivas, agachadas, sacudidas de risas contenidas. Una niña de pelo largo y liso, Claudia tal vez, cantaba con los músicos.

   Más allá del barandal de una cerca Escobar vio pasar a Angela a caballo, deslumbrante en el sol de la tarde. ¿A qué horas se había ido? Estaba seguro de no haberla perdido un instante de vista. A su lado el Chato Tamayo contenía con la rienda el trote nervioso de su propia montura, y el muchacho robusto luchaba con un enorme bayo encabritado que tenía los belfos rebosantes de espuma. Angela galopó. Se fueron.

El gentleman farmer pareció recuperarse de un instante de olvido:

- ¡Pssst! ¡Pisco! Tráete un par de whiskicitos para don Ignacio y para mí, hacéme ese favor.
   Escobar se sintió mareado, con ganas de orinar.
- Perdona, Miguel ¿por donde queda el baño?
- Mira, tú entras y a la derecha en la segunda salita, en el fondo verás una puerta. O si no éntrate al de cualquiera de los cuartos, mijo. ..

   Escobar avanzó por los prados, trazando curvas involuntarias. Ahora sentía frío. ¿A dónde iba? Ah, sí: al baño. Fue contando salitas. En la segunda salita interrumpió a una pareja que se besaba en un sillón. Retrocedió. Ante una puerta, al fondo, vio tres personas esperando. Siguió adelante, sin saber ya a dónde. De una puerta salieron Miguel Francisco y Andrea, que iba despeinada y roja. Miguel Francisco se detuvo, le enderezó la corbata a Escobar con gesto maquinal. Le pasó un papelito de seda doblado en cuatro:

- Tome, métase un pase. Y péinese, huevón.

   Escobar siguió andando, buscando en vano un baño, llevando el papelito apretado en la mano. Salió a un patio: geranios, orquídeas en macetas suspendidas de alambres, una pila de piedra con un murmullo de agua. Un corredor enladrillado. De nuevo el mismo patio, u otro patio, tal vez, con geranios y orquídeas. Entró a un cuarto vacío, intentó abrir el baño.

- Ya voy, ya voy -dijo una voz. Oyó correr agua. Salió su prima Lucía, ruborizada y confusa al encontrárselo.
- Uy, hola, Ignacio, creí que era Juan Manuel. Ya nos vamos para Bogotá, o si no llegamos tarde al entierro. ¿Se viene con nosotros?

   La miró sin hablar. Estaba muy bonita en su embarazo, con los ojos brillantes de haber llorado tanto. Se miraron. ¿Qué hacer? Ah, sí: iba al baño. ¿Pero a qué? Necesitó de pronto hablar con alguien, decir algo. Barbotó:

- Venga, Lucía, le regalo una cosa.

   La empujó otra vez al baño, cerró la puerta con llave, desdobló el envoltorio de papel de seda. Lucía reía nerviosa:

- ¡Qué hace, Ignacio. . .! Ahorita llega a buscarme Juan Manuel, nos tenemos que ir ya.. . 
- Es un instante. Aspire.
- ¿Qué es?
- Coca. Le ayudará a aguantar a Juan Manuel.
- Ay, Ignacio, no diga esas cosas. . . Juan Manuel es adorado. Es sólo que a veces toma demasiado trago.

   Escobar se quedó un instante con el papelito tembloroso en la mano, aleteante, fijos los ojos en el montoncillo de coca reluciente, blanca como la nieve. Lucía retrocedió hasta la pared, negando con la cabeza.

- ¿Porqué está como tan raro, Ignacio? ¿Le pasa algo?

   ¿Le pasaba algo? No. Ah, sí: Patricia le había dicho que Lucía. . . Se rio, o gimió: un graznido. Ah, Foción, mierda. Había venido al baño a hacer pipí, lo recordaba ahora. Dobló el papel, lo puso en la repisa, empezó a abrirse la bragueta. Lucía tragó aire con un sonido de ventosa.

- ¡Ignacio!
   Ah, sí Lucía. Le cogió las manos, las miró fijamente. Lucía quiso retirarlas, riendo nerviosamente.
- Ay, Ignacio, suélteme ¿sí? Vamos a llegar tarde al entierro.

   Siguió mirándole las manos, delgadas, huesudas, frías. Le miró el cuello: recordaba una vena palpitante en su cuello, tibia, propicia al beso, al llanto. Lucía le retiró las manos de un tirón.

- Camine, Ignacio, suélteme.
   Intentó abrir ella misma la puerta. La llave le temblaba en las manos.
- Ay, Ignacio, abra ¿sí? Vamos a llegar tardísimo al entierro.
   El entierro, qué horror. Sin querer, a Escobar se le escaparon las palabras:
- Es que me meten preso.
   Lucía se paralizó, aterrada.
- ¿Porqué?
- Están convencidos de que fui yo el que mató a Foción.
- ¡Pero están locos, Ignacio! ¡Vaya y les dice que están locos. . .!
- Es que tienen mi retrato. ¿No lo vio en los periódicos? Lucía dejó de respirar.
- Estoy idéntico.

   Lucía asustadísima, se llevó las dos manos al collarcito de perlas, como si temiera que Escobar se lo fuera a robar de un manotazo. Preguntó con un hilo de voz:

- Ignacio ¿usted. . .?
   Se le rompió la voz.
- Claro que no, tampoco sea pendeja.

   Lucía gimió. Un gemido muy alto, de soprano. Escobar se sintió súbitamente enternecido. Pero era largo de contar.

- Mire: todo empezó porque yo no quería tener un hijo.
- Ay, Ignacio, no se burle de mí. . .
- Escobar avanzó un paso, quiso cogerle nuevamente las manos. Lucía dio un respingo de terror.
- ¡No me toque!
- Si no soy un asesino, no sea pendeja.
- Yo sé. Yo sé. Pero no es eso. No me toque ¿sí? Ay, vámonos, Ignacio, por favor, vamos a llegar tardísimo. Vámonos ¿sí?

   Escobar se inclinó para besarle en la garganta la venita azulada que palpitaba tras el collar de perlas. Alcanzó apenas a rozarla con los labios. Ella saltó hacia atrás, chocó con la pared.

- Ay, Ignacio. . . -suplicó, al borde del llanto, con voz estrangulada, respirando muy rápido y muy fuerte. Se pegó a la pared, con la boca abierta, palpitante. Tenía la boca húmeda, bien hecha, sin pintar. Escobar avanzó un paso.
- ¡Ignacio! -casi gritó Lucía tragándose el aliento, poniendo convulsivamente las dos manos delante de su pecho.- Ignacio, por favor, va a venir alguien. . . va a venir Juan Manuel, por favor se lo pido, Ignacio. . .
- ¿Usted no se ha dado cuenta de que Juan Manuel es un imbécil? - Ay, Ignacio. . . Déjeme salir ¿sí? Por favor, déjeme. . . -Lucía desfalleció de súbito y tuvo que apoyarse en el lavamos para no caer.- Ay, Ignacio. . .
   Golpearon a la puerta. Se oyó la voz pastosa del marido de chaleco.
- ¿Lucía? Apúrale, gorda, nos vamos.

   Lucía se tragó la respiración en un hipo de angustia, miró con ojos de loca a todos los rincones, buscando un escondite, diciendo en un atropellado cuchicheo.

- ¡Suélteme, suélteme, suélteme, suélteme!

   Chocó con algo, se le cayó al piso la cartera con un estampido súbito, gimió desesperada. Afuera golpeaba el marido de chaleco y sacudía impaciente la manija de la puerta.

- Ábreme, Lucía ¿qué pasa?
- ¡Ya voy, ya voy, ya voy, ya voy. . .! -lloró Lucía, y cuchicheó frenética, agobiada de urgencia.- Ay, Ignacio escóndase, escóndase, sálgase por la ventana, escóndase.
- ¡Abreme, gorda! ¿Qué es la vaina ahí adentro? ¿Con quién estás ahí? ¡Abreme o rompo la puerta!

   Lucía sollozaba, recogía del piso su cartera, se estiraba la ropa. La puerta se abrió sola. El marido de chaleco, sudoroso, enrojecido, despeinado, con los ojos bizcos de alcohol, se quedó un instante petrificado de estupor. Luego se arrojó sobre Lucía y la agarró del brazo, la arrastró fuera del baño dándole bofetadas, loco de rabia, mientras lanzaba gruñidos ininteligibles. Escobar lo tomó por el brazo, intentó separarlos.

- ¡Usted no se meta en lo que no le importa! -bramó el de chaleco. Se soltó de un tirón, dejando un par de botones de la manga en la mano de Escobar, y siguió pegándole a su mujer que lloraba y trataba de protegerse el vientre con las manos. Escobar dio un paso adelante y arrojó al de chaleco lejos de un empellón tremendo, bramando:

- ¡Quieto, carajo!

   El de chaleco se sentó un momento en el piso, desconcertado, con el chaleco desabotonado. Luego se levantó con un berrido y se precipitó sobre Escobar, dándole un violentísimo cabezazo en la boca. Escobar trastabilló, retrocedió, sintió en los labios el sabor de la sangre, chocó contra la pared. Lucía salió dando gritos al patio de los geranios. El de chaleco dejaba escapar ronquidos y saliva, con el rostro desfigurado de furor. Se arrojó otra vez sobre Escobar intentando alcanzarlo con una patada en los testículos. Escobar esquivó, y recibió el golpe en la cadera. Golpeó al de chaleco en alguna parte dura junto al cuello, tal vez en la clavícula, sintió el cimbronazo del golpe en los nudillos como si hubiera golpeado en madera y casi de inmediato se le durmió la mano. El de chaleco se le abrazó al cuerpo con brazos y piernas, lo tiró al piso tras un instante de algo que era como una danza. Llegaba gente. Una niña rubia abrazaba a Lucía, que lloraba a gritos, mirándolos. Miguel Francisco echó una ojeada a la pelea y se asomó al patio a gritar:

- ¡Bobby! ¡Venga, Bobby, venga rápido!

   Los contrincantes se revolcaban por el piso, Escobar no sentía su mano derecha, temía habérsela roto, un dolor terrible en la mejilla le indicó que el de chaleco le acababa de arrancar un buen mechón de barba. Más allá veía llegar más gente, la cara horrorizada de Henna, la sonrisa apenas alterada de Ernestico Espinosa. Tenía al de chaleco sólidamente acaballado encima de su vientre y se esforzaba por mantenerlo a distancia con la fuerza de su mano izquierda, recibiendo sus golpes en el brazo. No sentía la derecha. La debía tener rota. El de chaleco desapareció de súbito encima de él, barrido por un manotazo de Robertico.

- ¡Qué es la joda, marica! ¡Qué le está haciendo a mi primo!

   El de chaleco, atrapado sólidamente por el cuello, bregaba por soltarse, echaba espumarajos por la boca, emitía ruidos roncos, parecía al borde de reventar. Robertico lo soltó, le dio un empujoncito, ayudó a Escobar a ponerse en pie.

- ¿Le pasó algo, primo? ¿Quiere que le parta la jeta a este marica?
   El de chaleco, contenido por Miguel Francisco y Ernestico Espinosa, aullaba con voz espesa de saliva:
- ¡Es una rameeeraaa! ¡Rameeeraaaaa!

   Hacía años que Escobar no escuchaba esa palabra. Lucía lloraba desconsolada. Unas niñas le limpiaban las lágrimas. Robertico sacudía el polvo de las espaldas de Escobar.   - Tengo rota la mano -jadeó Escobar. Ernestico Espinosa se acercó, se la palpó rápidamente con experimentados dedos de traumatólogo.
- Se le pasa en ocho días -dictaminó. Ah, bueno: tenía ocho días por delante. ¿Qué iba a hacer en ocho días? Ya vería. Se acarició la mano con ternura, como a un recién nacido. Ernestico Espinosa lo miró con una sonrisa irónica:
- Conque con Lucía ¿no? ¡Ah, vergajo. . .! Bueno, Henna, vámonos: se está haciendo tardísimo.
   Henna seguía mirando a Escobar. Se le saltaron de golpe las lágrimas:
- ¡Usted. . .! ¡Usted. . .!

   Corrió en pos de Ernestico, que ya iba al otro lado de la pila del patio. Escobar se encogió de hombros. ¿Qué iba a hacer con su vida cuando se acabara la fiesta?

   Entró al baño, se echó agua en la cara. Tenía sangre en el labio, le quemaba la mejilla en donde el de chaleco le había arrancado la barba. Se peinó. La mano, que empezaba a desentumirse, le dolía con palpitación sorda. Recuperó el papelito de coca, se metió trabajosamente un pase, lo dobló, lo guardó con la mano izquierda. Hizo pipí, rosado pálido, color champaña.

   Salió al patio ensombrecido por la caída del sol. Miró el cielo. Vio un cuadrilátero de cielo azul oscuro, enmarcado de tejas, hondo como un pozo. Se quedó largo rato con el rostro hacia arriba, levantada la mano para disminuir el peso de las palpitaciones, sin ver nada más que un cuadrilátero de cielo cada vez más oscuro, más hondo, en donde no pasaba absolutamente nada.

   Se encontró en un salón grande. La chimenea prendida. Gente. El reflejo de las llamas bailaba en la panza de las copas de plata, en el filo curvo de los vasos. Oía música, un ir y venir de olas, como olas en la playa. Bailaba una pareja en la penumbra. Otra pareja se besaba, atravesada en un sillón, iluminada por el cambiante resplandor del fuego. Perros negros dormían con la cabeza entre las patas, indiferentes a la fiesta, con el pelo chispeante, atravesado el cuello por súbitos temblores.

- Ala, mijo, metámonos un trago.

   Copas de plata, trofeos de polo, de ganado de raza. Escopetas bruñidas, silenciosas, apenas con un crac casi inaudible al abrirse, un cloc discreto al cerrarse, olorosas a acero aceitado, frotado, dormido. El vejete hablaba, en un zumbido. Escobar miraba el oro tierno de su vaso a la luz de la llama, transparente, la mancha borrosa y refulgente del hielo entre dos aguas. Estaba tranquilo: la fiesta tenía cara de durar para siempre.

- A propósito, mijo: ¿por qué no te vienes mañana conmigo a una corridita de toros que hay aquí en Zipaquirá con unos toritos míos? A tí te fascinan los toros ¿no? Tu papá era igualito.

   El viejo perdió la luz del ojo, se quedó silencioso, guardó las escopetas con mano temblorosa, una poruña, cerró las hojas de cristal de la vitrina con una llavecita.

   ¿En qué momento habían vuelto los jinetes? Pero estaban ahí. Angela relucía en el resplandor sangriento de la hoguera. Escobar caminó cauteloso entre los perros dormidos en el piso, las parejas que se besaban en murmullos, el crepitar del fuego. Se derrumbó en la alfombra al lado de Angela. Veía el reflejo de miel de su cabeza a la luz de las llamas, su cuello de oro mate, su sonrisa perversa. Olía a sudor cansado de caballo.

- ¿Quién era ese huevón?
- ¿Cuál huevón? Está borracho. Escobar: hiede a trago.
- Uno. Hace un rato. Un huevón.
- Ah, el Chato Tamayo. Es arquitecto.
- Déme un beso, Angela.
- No sea bobo.
- Estoy enamorado de usted.
- No sea bobo. Yo no puedo querer a nadie.

   Escobar se dejó desgonzar lentamente sobre su cuello tibio, oloroso a caballo, con un beso en los labios. Angela se apartó, lo dejó caer al piso como un trapo, reventarse en la alfombra. Volvió a sangrarle el labio.

- Voy al baño -dijo.

   Se levantó, tambaleante, pisó a los perros, desembocó en el baño. Se miró en el espejo. Tenía el labio sangrante. Apoyó la cabeza en el espejo. Hizo pipí en un chorro grueso, pálido, interminable, en una cantidad que a él mismo, que lo hacía, le pareció desorbitada. Salió al patio sombrío transparente de frío. Alzando la cabeza miró de nuevo el cuadrilátero de cielo, ahora completamente negro, sin estrellas. Entró a un cuarto: ahí había combatido con uno de chaleco. Se tendió en una cama.

 

CONTINUAR

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