Sin Remedio
Antonio Caballero
© Derechos Reservados de Autor

 

 

XIV

 

 

   Escobar despertó en una cama desconocida. Estaba vestido. Le dolía la mano. Tenía sed. Por la ventana entraban delgados chorros de luz. Al ponerse en pie le dolió la cabeza. Había dormido con los zapatos puestos. Abrió la cortina: vio afuera prados verdes cuajados de rocío, quietas copas de sauces, hileras de eucaliptos, vacas asomadas a una cerca. Ah, sí, la fiesta. Fue tropezando hasta la puerta: el patio con geranios reventando de luz, orquídeas balanceándose, una pila en el centro con un chorrito de agua helada y transparente. Empezaba a orientarse. Entró al baño, bebió agua, se echó agua en la cara. Se desvistió, se bañó, recibiendo fogonazos de recuerdos como explosiones de dolor. Foción, las elecciones, el coronel Buendía buscándolo debajo de las piedras. ¿Qué iba a hacer con su vida? Huye, que sólo el que huye escapa. Pero todas las posibilidades de huida le parecían cerradas, o terribles. ¿Qué habría pasado con la fiesta? En la cama gemela descubrió una figura tapada hasta los ojos con las mantas, un revoltijo de pelo hecho de luz y miel, una alta ceja, la nariz recta de Angela. Se quedó sin aliento, inmóvil. Sintió como una bendición.

   Se sentó junto a ella, silencioso, para no despertarla. La miró respirar, con la boca entreabierta, conteniéndose para no acariciar con la punta del dedo la larga curva inmóvil de los labios. El párpado cerrado. El peso tibio de su pelo en la almohada. Las circunvalaciones de la oreja rosada, cubierta a medias por un mechón de pelo. Respiraba y Escobar la miraba respirar, inmóvil, sin atreverse él a res pirar muy fuerte, sin tocarla.

   ¿Habían hecho el amor? No recordaba nada.

   La destapó con muchísimo cuidado. Estaba desnuda, y se agitó en el sueño. Escobar creyó que iba a llorar de solo ver la larga espalda firme y lisa, la curva de las nalgas, y la abrazó despacio, besándole los hombros, bajando lentamente por la pelusa rubia desde los omoplatos hasta el coxis, sintiendo que entre tanto le crecía entre las piernas una erección magnífica, como no recordaba en mucho tiempo. Angela se rebulló un poco, hizo ruidos de sueño. Conteniendo el aliento la miró revolverse, despertarse, descubrir su presencia entre los párpados entrecerrados.

- Escobar. . . -dijo con voz adormilada. Lo abrazó, y Escobar respiró nuevamente, sintiendo que los ojos se le llenaban de lágrimas. Olía todavía a sueño. La besó en la boca tibia de sueño, en los ojos cerrados otra vez, en la tibieza del cuello y de los hombros.
- ¿Hicimos el amor anoche? No me acuerdo.
- No sea bobo, Escobar. . .

   Eso no lo sacaba de la duda: ¿no sea bobo sí o no sea bobo no? No lograba acordarse. Angela descubrió su erección y la miró con una sonrisa perezosa. Vio cómo se escurría, se acababa, se escondía entre sus muslos como una cabeza de tortuga en la concha.

- ¿Me tiene mi soneto?
- ¿Qué soneto?
- ¿Ya no se acuerda? Usted me prometió un soneto todos los días, con el desayuno.
- No me acuerdo. No creo. Es una estupidez.

   Angela estiró el largo cuerpo, curvó la espalda, tensó la piel caliente. Lo empujó de la cama al piso. Entró al baño. Escobar se quedó sentado en el piso, desnudo, sin sentir el frío, concentrado en la duda: ¿Habían hecho el amor?

   Angela salió del baño con el pelo mojado, envuelta en una larga bata de toalla blanca.

- Venga damos una vuelta. Me fascina la Sabana a estas horas. Escobar se vistió con una bata igual. La mano negra, hinchada, no le cabía en la manga. Angela se la dispuso en pliegues diagonales, dejándole desnudo el hombro y el brazo, como una toga de senador romado. Al pasar por la sala Escobar vio con asombro tres o cuatro cadáveres tirados en los grandes sillones: la Revolución había acabado con la capa de terratenientes, grandes banqueros y magnates de la burguesía compradora. Pero no: eran borrachos, náufragos de la fiesta. Angela informó:

- Seguía el toque de queda ¿no sabía? A varios nos tocó quedarnos. A mí me dieron ese cuarto, no se les ocurrió que hubiera nadie durmiendo ahí.
- No estaba durmiendo. Estaba pensando en usted.
   ¿Pero habían hecho el amor, o no? No conseguía acordarse.

   En el aire frío del amanecer los prados chispeaban al sol, y el rocío les mojaba hasta los tobillos los pies descalzos. El cielo estaba limpio, azul, inabarcable, curvado sobre los horizontes de los cerros centelleantes del verde húmedo de la hierba, y en lo más alto había unas cuantas nubes quietas y blancas. Se oían mugidos de vacas. Vieron salir de la casa la figura rechoncha del gentleman farmer, con una cachuchita de tweed sobre la calva y altas botas de caucho. En el pasto se oía un rumor discreto de criaturas pequeñas, escurridizas y reptantes. Se sentaron en un declive del jardín, en el rocío. Angela tiritó. Escobar la abrazó, revolcado de pronto por una marejada de ternura. Ella sonrió, cerró los ojos. No estaba solo: la sentía entre sus brazos. Del pecho le salió un mugido ronco.

   La tumbó bocarriba en el prado mojado, le abrió la bata sin sentir el dolor de la mano, y abriéndose la suya sacó su miembro tenso, duro, casi nudoso entre sus dedos, le separó las piernas de un rodillazo penetró en ella sin rodeos, de un golpe, la sintió debatirse bajo todo su peso, luchar, golpearle las costillas con los puños, ceder, abrirse, cruzar los brazos encima de su cuello, rozarle la nuca con los dedos. La miró, y vio que lo miraba y sonreía: no estaba solo, estaban juntos. Entró en ella más hondo, volvió a salir y a entrar en ella sintiendo las raíces húmedas y duras de la hierva clavada en las rodillas, olió que de su cuerpo se desprendían olores nuevos, calientes, que se mezclaban con el aroma de la hierba aplastada, con el que traía el viento de la boñiga fresca de las vacas y de la acre humareda de la planta de soda. Estaba viva. Estaba vivo él también. Los dos estaban vivos.

- Mi amor -dijo.- Mi amor. . .

   La sentía alzarse cuando él se retiraba, gemir, ceder cuando empujaba, succionarlo hacia ella como haciendo vacío con el fondo más hondo de su sexo, sentía el anillo caliente de su carne, elástico y cerrado en torno a él, tirando hacia adentro de su palpitación de carne, más hondo todavía, hasta donde ya no era posible entrar más adelante, y ella se abría más y más todavía hasta donde ya no era posible abrirse, y estando ya en su fondo sentía que le hacían falta más abrazos de carne, más miembros largos, duros, flexibles, para poder entrar en ella también por todas partes y sentirla atrapada en él como él en ella, sellada y sin junturas, exhausta y jadeante y abriéndose todavía más bajo su empuje para permitirle llegar hasta el latido de su corazón, y más adentro, hasta el más escondido palpitar de su alma. Se sentía clavado en ella, se sentía hundido en su fondo como un enorme pez, como una bestia ciega respirando, suspirando, descansando un momento para seguir más adelante por el túnel sin fondo. Y de pronto escuchó su propia voz contra el rostro de Angela y su jadeo, y que toda su fuerza estallaba en una tromba hirviente en el fondo de Angela, en golpes espasmódicos de su respiración, reventando en lo más hondo y oscuro y caliente de Angela en chorros de violencia que iban todavía más allá, a donde él no había conseguido llegar, y se estrellaban allá lejos en paredes ocultas, calientes y curvadas que se cerraban y se aflojaban y expandían y se abrían y volvían a cerrarse como esclusas mientras junto a su cara la cara de Angela gritaba y la suya gritaba, abiertas las dos bocas enfrentadas en un grito que más bien era un jadeo y una falta de aire y un bloquear convulsivo de pez fuera del agua, recién pescado, dando terribles saltos espasmódicos y dejando escaparse la vida entera por la boca a golpes. Se derrumbó encima de Angela.

   Un rato después oyó otra vez mugir las vacas. Sintió crecer el frío de la hierba, y la caricia de la luz en sus ojos abiertos. Junto a sus labios palpitaba el corazón de Angela, y oía de nuevo el rumor de la hierba confundido con el rumor caliente de su sangre. Angela parecía dormida. La abrazó, sintiéndose abrazado. Estaba viva, y él también. Se sentía lleno de viento, el frío áspero de la Sabana le endurecía los músculos. Trató de hablar. Tenía que decir algo. No sabía que decir. Era toda la vida y tenía que decírselo.

- Mi amor. . . -dijo por fin. Era eso lo que quería decir, pero no era tan simple. Era distinto.
- Oiga lo que le digo: no se duerma.
- No me estoy durmiendo -dijo Angela, lisa la piel, casi quietos los labios.
- No se duerma: creo que le tengo un soneto -insistió Escobar poniéndose de rodillas a su lado: lo sentía revolverse entre su pecho, armarse en la punta de su lengua. Angela sonrió, fatigada.
- ¿Otro más. . .?
- Otro no. Este: -anunció: -Soneto de Angela haciendo el amor conmigo- y lo soltó de un tirón:

            Oye lo que te digo: no te duermas.
            Tus senos como ojos,
            tus fingidos enojos,
            el insistente vello entre tus piernas.

            Tu piel bajo mi lengua,
            la trampa de tus ojos, tus sonrojos,
            tus súbitos antojos,
            y bajo mis dos manos tus nalgas frescas, tiernas.

            El peso de tu cuerpo
            y el recuerdo
            del sabor de tu ombligo.


            Para que tú lo sepas te lo digo:
            si de esta diaria muerte no me he muerto
            quiero hacer el amor sólo contigo.

   Angela lo miró un rato desde el prado, tendida, dorada, desnuda, sin defensa, con ojos que miraban sin burla:
- Yo también. Sólo quiero hacer el amor con usted. Sólo contigo -corrigió, riendo, enrojeciendo.- Me siento ridícula. Tengo frío.

   Se envolvió en su bata. Escobar también tenía frío y también se sentía ridículo, pero estaba feliz. Era feliz. Angela le tendió la boca húmeda para un beso, disfrazando en el beso una confusión súbita.

- Está mal titulado -dijo:- Debería llamarse Soneto de Escobar haciendo el amor con Angela. Usted es muy egoísta. Mi hermana sí me lo advirtió. . .

   La puso en pie. La llevó abrazada por el jardín, atravesaron cogidos de la mano el salón de los cadáveres, los corredores, el patio de la pila, hasta su cuarto. La besó, se dejó caer encima de ella, sobre su cuerpo abandonado, abierto. Pausadamente hicieron el amor, tranquilamente, conociéndose ya, ya sin ninguna desconfianza.

- ¿Está conmigo? -preguntaba Escobar.
- Sí. . . -asentía Angela.

   Se quedaron dormidos, abrazados, en una confusión caliente y fatigada de brazos y de sábanas y de respiraciones en el cuello.

   Los despertaron las exclamaciones de sorpresa de Claudia, ya vestida, y de la niña de la casa. Diana:
- ¡Uuuuy. . .! -rieron, confusas- ¡Perdón! Creímos que estaba sola, Angela. Ignacio ¿usted no se había ido al entierro de su tío? Estábamos todos convencidos. . .

   Se retiraron, riéndose. Angela entró en el baño y salió deslumbrante media hora después. Escobar se bañó. Estaba enamorado. ¿Qué iba a hacer con su vida? Estaba enamorado. Huye, que sólo el que huye escapa. Estaba enamorado. Huiría con Angela. Salió al salón por fin, peinado y fresco. Quería mirar a Angela.

- ¡Ala, viejito, dónde andabas. . .! -rio el gentleman farmer.- Si me hubieras dicho que te quedabas hubiéramos salido de madrugada a cazar unas palomas, tú que eres cazador. . . Ala, metámonos un traguito ahora que no anda por ahí Cecilita ¿no te parece?

   Lo adoraba. Escobar también lo adoraba. Se metieron un trago. Poco a poco iban reapareciendo los demás supervivientes de la fiesta. Angela parecía feliz al otro lado del salón penumbroso, luminosa como una lámpara. La gente se fue yendo, despidiéndose con besos y con risas, con el sonido amortiguado de las puertas de los carros al cerrarse de un golpe en el jardín, entre los gritos de las niñitas de encaje y los ladridos excitados de los perros.

- Ala, Cecilita, cómo te parece que Ignacito y esta muchareja tan célebre se quedan a almorzar. Los tengo invitados a la corrida de esta tarde en Zipaquirá -dijo el gentleman farmer. Se tomaron un trago. Angela y Cecilita arreglaban floreros. Una sirvienta gorda y risueña los invitó a pasar al comedor. Las tres niñitas daban gritos y patadas, y Cecilita las mandó a almorzar a la cocina. Comieron en silencio, puntuado por el choque de los cubiertos de plata.
- ¿Y estos tenedores, Graciliana? ¿Por qué no puso la mesa con los ingleses buenos?
- Eso se los robaron ayer en la fiesta, mi señora.
- ¡Caray! ¡Cómo va a ser! -exclamó el gentleman farmer.
   ¿Y eso quién fue?
- Eso quién sabe, sumercé. . . -dijo Graciliana, indiferente.

   Por sobre la mesa reluciente Escobar miraba a Angela, que sonreía con el gentleman farmer. Estaba enamorado.

- Me voy a poner divina -le dijo Angela cuando se levantaron de la mesa.
- Está divina.
- Espérese y verá.
- Ala, mijito, yo creo que nos debíamos tomar un brandycito, ¿no te parece? -sugirió el gentleman farmer tomándolo por el codo. Se sentaron los dos en el salón. El viejo resoplaba con dulzura los gases del almuerzo y del brandy. No hablaban. Una golondrina borracha golpeó los ventanales con las alas.
- Como que va a llover esta tarde -murmuró el viejo.-Ojalá no se nos dañe la corrida. ¿Sabes una cosa, mijo? Yo tal vez como que me voy a echar una siestica, cómo te parece.

   Se fue casa adentro, hablando solo. Escobar se sirvió otro brandy, rodeado de silencio. Lo bebió lentamente, sentado solo en el salón, mirando el vuelo de las golondrinas que se estrellaban locas contra los cristales.

 

 

 

   El gentleman farmer manejaba lentamente, señalando casas con el dedo, explicando a quién habían pertenecido en otro tiempo las haciendas. Angela iba sentada junto a él, adelante. Escobar le miraba el perfil, desdibujado por el confuso resplandor del pelo. Estaba enamorado. Por encima del asiento del carro le acariciaba una mano, absorto, transido de amor, sentado junto a Lucas, que embarraba con sus torpes patazas el cuero oloroso del asiento, sus pantalones ya bastante arrugados. Sorteaban busos, campesinos de ruana en bicicleta, ciclistas animosos y exhaustos disfrazados de corredores ciclistas, caballejos que cargaban grandes cantinas de leche, un niño que llevaba una vaca de cabestro. Por la carretera trotaban perros amarillos, con la cola entorchada, y se veían las masas sanguinolentas de los cadáveres de perros que habían trotado antes. Casas bajas de teja, con latas que anunciaban Freskola, Lux, Naranja Postobón, Colombiana, la Nuestra, hombres de ruana apoyados en el vano de las puertas con una botella de cerveza en la mano, tenderetes donde vendían fritanga, mujeres de pañolón negro, cargadas de niños con la cara llena de mocos, un burro rebuznando entristecido al otro lado de una cerca de piedra, casas con puertas estrechas, color pastel, sin ventanas.

- Todavía falta para la corrida -declaró el gentleman farmer.- Tenemos tiempo para un par de traguitos.

   Parqueó el carro en la plaza del pueblo, ante viejas palmeras sembradas en macetas de cemento. Colgados de los troncos, grandes altoparlantes vomitaban música:

               ¡No vales el plomo que yo dispare para matarte!
               ¡Tú no vales nada vete de aquí para no mirarte!

     O anunciaban, con voces huecas y poderosas:

- ¡GRANDES FERIAS Y FIESTAS EN ZIPAQUIRA! ¡COLOSAL CORRIDA DE TOROS CON PICADORES! ¡CUATRO TOROS, CUATRO, DE LA FAMOSA GANADERIA DE GUANZACA, CON DIVISA GRANA Y VER DE! ¡PARA LOS FAMOSÍSIMOS ESPADAS. . .!
- Eso no son toreros -comentó el gentleman farmer:- Es una gentecita de por aquí. Metámonos otro aguardientico ¿te parece?

   La tienda olía a curtiembre, y al aroma dulzón del aguardiente. Angela estaba colgada del brazo de Escobar, y se besaban con sabor a aguardiente. Un borracho entró a caballo, salió otra vez sacando chispas en el umbral con los cascos herrados y la espuma de una cerveza rodándole en cascada sobre las riendas, por la mano y el codo. El gentleman farmer se empeñó en que tenían tiempo de sobra para otro aguardientico. Sí: tenían tiempo para todo en la vida. Era el amor, tal vez, o la emoción nerviosa de las tardes de toros.

                   Huyamos, Angela. Sólo el que huye escapa.
                   Angela se reía. El gentleman farmer estaba feliz.

   En la plaza de toros, hecha de talanqueras inseguras, docenas de espontáneos borrachos y enruanados esperaban la salida del toro, trastabillando en medio de la arena, entre los árboles. En el fondo de una bocacalle se divisaban los cerros verdes que se precipitaban sobre el pueblo, cubiertos de nubes, con eucaliptos grises en las faldas. Un policía de verde, solitario, sudoroso en el sol de las cinco de la tarde, se esforzaba por despejar el ruedo a gritos y empujones. No era fácil. Las cuadrillas de los matadores trataban de ayudarlo, empujando borrachos, y otros nuevos saltaban al ruedo desde las talanqueras. En una tarima de tablas se desgañitaba el presidente de la corrida, ordenaba, tronaba, suplicaba que por favor, caballeros, tuvieran la gentileza de despejar el redondel para dar comienzo al festejo. En el cielo estallaban voladores con breves detonaciones secas, soltando bocanadas de humo blanco, y los altoparlantes bramaban incansables:

             ¡No vales el plomo que yo dispare para matarte!
             ¡Tú no vales nada vete de aquí para no mirarte. . .!

  Los empujaban, los pisaban. Angela se colgaba del brazo de Escobar, se reía. El gentleman farmer había encontrado a un amigo:

- Mira, Ignacio, te presentó al attaché cultural de la Embajada de Bélgica. Este es un sobrino mío, y Angela. . .
- Echante, madame -dijo el belga, un albino de ojos bulbosos que fumaba un puro, besándole la mano a Angela. Les presentó a su acompañante:
- Mademoiselle Graciela Rodríguez, de l'Ambassade.

   Mademoiselle Graciela, intimidada, sonrió tras sus anteojos de miope e hizo una pequeña reverencia.

   Se acomodaron. El presidente renunció a despejar el ruedo pensando probablemente que el toro se encargaría de hacerlo, y ordenó que sonara el clarín. El primer toro salió contento, galopando, mirando despectivo los capotes de los peones, las ruanas y los trapos rojos de los espontáneos. Galopó por el ruedo, entre los árboles, embistiendo a veces con súbita embestida las talanqueras bamboleantes y cargadas de público, galopando más lejos con la cabeza alta y desdeñosa mientras de su hocico fino y negro colgaba y oscilaba en la carrera un largo hilo de moco trasparente que cabrilleaba al sol y se quebraba en cambiantes telarañas de luz. Parecía absolutamente seguro de sí mismo.

- Negro, meano, listón -explicó el belga a mademoiselle Graciela, emocionada y contenta.

   Negro, a lo mejor meano también, y listón, pero negro en todo caso: aterrador y poderoso por delante, veloz por detrás, balanceando con serena insolencia sus enormes testículos color negro de humo, dejando gotear en su galope un chorrito delgado de pipí, un chorro de arrogancia. En su camino se cruzaban carreras de espontáneos que le tendían una manta, una chompa de plástico, y de un revés desdeñoso del cuerno cogía a uno o dos y los tiraba lejos, dando volteretas, sin mirarlos. Desde la cerca le tiraban pepas de fruta y trozos de ramas secas, que rebotaban ignorados en la testuz o el anca.

- Il a de la casta -dijo el belga.- Ah, ca oui, ma foi!
   Angela abrazó a Escobar por detrás, le colocó la cara sobre el hombro, contra la barba. Escobarse sintió inundado de amor.
- Fina, mi amor. . .
- No me llamo Fina -rio Angela.- Está borracho, Escobar.
- Ya sé. . .

   Efectivamente, veía las figuras ondulantes, tenía que forzar al toro en una sola imagen. Empezó a fijarse mucho. Vio que alguien le arrancaba la gorra al policía de verde y la arrojaba al toro y quedaba un instante colgada de la punta de un cuerno. El toro soltó un bramido tremendo, como si trompeteara.

- Ah, lá. . .! il est berreón. . . -advirtió el belga. Pero el toro embestía en ese instante a un caído y lo revolcaba en la arena entre gritos agudos de mujeres y carreras de peones. Luego se quedó quieto en la mitad del ruedo, desafiante, con los ijares negros que subían y bajaban bajo el sol, mientras unos amigos arrastraban por los sobacos al caído, mirando con ojo enrojecido y quieto, ensangrentado y amarillo, en un silencio inesperado. El toro orinó interminablemente, plantado en medio de la plaza, y volvieron las risas y los gritos. El presidente dio una orden y el encargado de tocar el clarín tocó el clarín, un clarín enronquecido, atascado de borboteos de saliva. El toro trotó lentamente y husmeó la primera sangre.

   Las cosas empezaron a cobrar cierto orden. El ruedo quedó casi vacío. Los peones, en sus trajes de luces desteñidos, ajados, inocultablemente de alquiler, empezaron a gritar ja, toro, ja, jó, toro, jó. El toro miró en torno con el ojo soberbio: hombres absurdos, vestidos de colores desvaídos, de medias rosadas, sudando a pinchazos bajo el sol áspero de la tarde. Se abrió una talanquera y salió un picador en un caballo. El público silbó, chifló, protestó unánime.

- ¡Ay, el caballito. . .! -se angustió Mademoiselle Graciela. El entendido belga la tranquilizó dándole palmaditas en la mano:
- C'est le varilargueró. Estas bestias, hay que picarlas, para que ellas muestren su bravura, vous comprenez. Es un anciano ritual tauromáquico.

   Y como desencadenado por el comentario erudito regresó el caos, y un borracho cayó lanzando un grito desde lo alto de la barrera de troncos, de cabeza, y el toro embistió. la figura inerte mientras los amigos saltaban en racimo desde lo alto y uno cabalgaba al toro coceante y corcoveante y otros tres lo tiraban por el rabo y el toro corneaba, ciego, el cuerpo inmóvil en el polvo amarillo, y bajo el peso del jinete sus flancos se hinchaban y deshinchaban en un enorme esfuerzo, en un amargo esfuerzo, mientras sacaba una larga lengua negra y gris, embadurnada de blanco, curvada como un cuerno, y dejaba escurrir chorros de saliva espesa, verde de hierba. El picador aprovechó el momento y se acercó por detrás, pica en ristre.

- Ah, non, monsieur! -se indignó el belga. -Ah, non! Cest pas ca, c'est pas ca du tout du tout! Ah, lá lá, ces colombiens. . .!
- ¡Ay el caballito! -se enterneció Mademoiselle Graciela.

   El picador alanceó al toro al sesgo, desde atrás, ante la indignación impotente del entendido belga y en medio de la rechifla general, pero gordo y tranquilo, aunque algo sudoroso. La pica se clavó aproximadamente en el morrillo, y el picador la hizo girar como un barreno apoyándose en ella con todo su peso. El toro se revolvió sobre el caballo, ensartándose aún más en el hierro, buscando la blandura del vientre con el cuerno bajo el peto de lona y cuero. El caballo se encabritó, perdiendo el equilibrio, descubriendo unos grandes dientes amarillos sobre anchas encías rosas, de jovencita. El toro salió suelto. Su lomo negro era ahora un barrizal de sangre que brotaba en borbotones espesos, en grumos densos, en cuajarones rojos y brillantes como mermelada de cereza. Del centro de la herida, con la respiración, brotaba una pequeña fuente.

- ¡Asesino! -gritaba el público. - ¡Hijueputa! -El belga no podía hablar de la indignación, y soltaba ruidos inconexos. El toro se arrancó desde lejos, tomando por sorpresa al picador, entre una salva de aplausos. Esta vez la pica se le clavó en el costillar, bastante abajo. Se oyó el grito ronco del clarín.
- Ca, alors! Ca, alors! -decía el belga, con la piel llena de manchas rojas.
- A mí siempre me habían dicho que mataban a los caballos -comentó Mademoiselle Graciela, algo decepcionada. El belga le acarició la mano, limpiándose el sudor. En el centro del ruedo una especie de capellán gordito con traje lila y negro gritaba ja, toro, ja, mientras alzaba sobre su cabeza un par de banderillas, ja, toro, ja. El toro lo miró. Del lomo malherido le colgaban largas hilachas de sangre púrpura, oscilantes mientras trotaba al encuentro del hombre disfrazado que trotaba hacia él con la barriga agitada por el trote y lo esquivaba con los brazos en alto y huía a la carrera dejando caer los palos en la huida. Otro banderillero se apartó de las tablas dando saltitos en un sitio, citándolo con jó, toro, jó, ja, toro, con aspecto algo informe de notario, y se precipitó de golpe con los brazos muy en alto y le clavó el par de banderillas en el flanco, de lejos, mientras el toro cabeceaba violentamente hiriendo el aire y se paraba en seco para mugir hacia el cielo sereno, duro y liso, azul pálido, bramando de furor.
- Ah, la, il est berreón -volvió a opinar el entendido belga.

   En el ruedo, otro banderillero se precipitó sobre el toro distraído y le puso donde pudo dos banderillas más, y el toro embistió al aire mientras en las barreras el público reía y hablaba de otras cosas y un borracho feliz arrojaba hacia el viento una botella de aguardiente que giraba y caía y acababa estrellándose entre las pezuñas del toro como un surtidor de brillantes. Escobar, sentado con las piernas colgantes en la vara flexible de la talanquera, sintió que perdía el equilibrio y se caía de espaldas sobre la muchedumbre. No se hizo daño, aunque estaba seguro de haberle roto algo a alguien. Arriba, el ancho cielo se poblaba de nubes grandes, lentas. Miró pasar las nubes. Había un inmenso silencio allá en el cielo, líquido, transparente. Oyó gritos abajo, y dejó el cielo de mala gana por ver lo que ocurría en el ruedo.

   No ocurría nada especial. Acuclillado en el polvo, con los brazos apoyados en la vara inferior de la cerca y la cabeza apoyada en los brazos. Escobar veía muy cerca las ancas negras del toro, encostradas de boñiga reseca, y sus flancos que subían y bajaban como el cuerpo de un fuelle. Un niño le pinchó los testículos con la caña astillada de un volador quemado, y el toro coceó nerviosamente, quebrando la caña. El niño saltó hacia atrás despavorido, y otros dos, a su lado, soltaron carcajadas histéricas. Escobar vio que el toro se introducía la larga lengua en los ollares, limpiándose los mocos. De los costillares colgaban vencidas las banderillas, de un lado dos, una del otro, negras de mugre y casi sin color, usadas muchas veces, con el arpón sin duda ya herrumbrado, y la sangre ya seca se pegaba a los flancos lucientes de sudor, refrescados por borbollones rojos que parecían hervir sobre el morrillo al resollar del toro. Olía a sangre y boñiga, y más arriba, por sobre la cabeza de Escobar, la plaza entera pedía sangre. Hubo un instante de mágico silencio en que se oyeron, secos, ahogados por la distancia, los ja, toro, ja del matador enfundado en su traje de luces de alquiler, en sus medias rosadas y zurcidas, que acaba de brindarle el toro a alguien, al público tal vez, que pedía sangre. El toro giraba la cabeza lentamente, resollante, quieto en su sitio, indiferente a los gritos, absorto en sus pensamientos. El matador, muy joven, hacía estudiados pasos de ballet español, quebraba la cadera, adelantaba la muleta, daba un pasito atrás, incurvaba la nalga, templaba el vientre, ofrecía los testículos a los cuernos del toro, se cambiaba de mano la muleta, miraba al cielo y a la plaza poniendo al orbe de testigo de la mansedumbre del toro, se encogía de hombros, le daba pataditas insolentes al toro en el hocico, le pinchaba el hocico con la punta embotada de la espada, parecía resignarse.

   El toro resollaba, pensativo. No había nada qué hacer. Escobar oyó al experto belga;

- La, il faudrait lui donner de la distancia.

   Y de improviso el toro se arrancó en un silencio de muerte y corneó al aire en donde estaba la muleta, corneó la soledad. Se alzó un vocerío inmenso, y una vez más el toro embistió el viento. Fue entonces cuando Escobar entendió que el toro iba a morir. Aunque lograra incluso matar al matador, y a toda su cuadrilla, y al picador y al presidente de la plaza y al entendido belga y a la mitad del público, acabarían matándolo a pedradas, a patadas, a tiros, degollándolo, quebrándole las patas. No había nada qué hacer. El propio toro, por su cuenta, también lo había entendido, y había guardado la lengua y cerrado la boca para morir en silencio. Una bandada de golondrinas giró volando bajo por el ruedo. El joven matador sacaba pases desordenados de atropello al toro que embestía como una seda y se volvía en redondo para volver a embestir, a perderse un instante en el viento de la muleta ensangrentada de su sangre. Una vez y otra vez embistió el toro, lentamente. Una vez y otra vez, y otra vez más, suave como una brisa, con la bronca cabeza fija en el rumor de cuchillada de sus astas rasgando la muleta, que el matador perdía, volvía a coger, volvía a perder, desconcertado y con los ojos blancos de pavor en un rostro de cenizas. El matador miraba al público y no sabía qué hacer. Y otra vez más embistió el toro, el público empezó a aburrirse. Las nubes ocultaron el sol y todo se hizo tremendamente triste. Lloraba un niño, gritaban los borrachos, el viento traía ramalazos de música de los altoparlantes.

                    ... no vales el plomo que yo dispare para matarte. . .

el presidente de la corrida se había ido sin duda a atender a sus asuntos, y el matador, tan joven, con su traje de oro ensangrentado, con el labio superior y la frente empapados de sudor, verde de miedo, con los dientes inferiores al aire, rasgada la taleguilla, se cuadraba una y otra vez para matar, una y otra vez pinchaba en hueso. La plaza empezaba a mugir su desprecio y su hastío, y el mozo de estoques del matador, verde también y sudoroso, mascullaba entre dientes:

- Ya déjese matar, toro hijueputa, ya déjese matar. . .

   El sol volvió a salir, ya muy cerca del filo de los montes, filtrándose entre las ramas de los árboles. Y una vez más el matador adelantó una pierna y se cuadró, mientras la mitad de la plaza gritaba mátelo, mátelo, y la otra mitad gritaba no, no, y una tercera mitad gritaba gritos incoherentes, se ponía citas, hablaba de otras cosas, y el attaché de la Embajada belga comentaba en una pausa de silencio que aquella era la hora de la verdad, le moment de la verité, mientras Mademoiselle Graciela alzaba sus anteojos de miope y se maquillaba los ojos en el espejo de su polvera. El matador entró otra vez a matar, y esta vez sí la espada se hundió con ruido de succión en la masa pulposa y purpúrea del morrillo del toro, hasta el puño, y el matador se retiró, sudando, y el perito belga opinó que había dejado la estocada un petit peu caída, un petit peu ladeada, un petit peu trasera, y Escobar veía medio estoque asomar reluciente por el flanco del toro entre una cortina de sangre.

- Qué horror. Pobre animalito -opinó Mademoiselle Graciela.

   El toro vomitó un chorro de sangre, y la volvió a tragar. Y vomitando sangre empezó a trotar por el ruedo, haciendo eses, y ya de las talanqueras saltaban a la arena docenas de espontáneos, y el joven matador alzaba el brazo para mantenerlos a distancia, y los peones corrían detrás del toro y le arrojaban capotes al hocico mientras el toro trotaba en silencio, dejando un rastro de sangre en la tierra apisonada de la plaza, y los espontáneos se acercaban al toro moribundo y retrocedían de un salto cuando el toro amagaba una cornada, moribundo. Trotó, y se paró sobre sus cuatro patas bamboleantes frente a Escobar, y los capotes amarillos y rosas de los peones le abanicaban la cabeza mientras el torerito mantenía el brazo en alto y persistía en gritar que lo dejaran, que el toro estaba muerto. El toro permaneció largo tiempo meciéndose, respirando muy hondo y arrojando por los ollares sangre en chorros densos, una sangre ahora muy roja, a borbotones espaciados y súbitos. El toro dobló las manos y se dejó caer de bruces, abriendo al fin la boca, con la larga lengua córnea casi rozando la talanquera, mostrando los dientes inferiores amarillos y verdes bajo la lengua ennegrecida, apenas manchados de sangre, y mirando con ojo fijo y áspero, pero manteniendo erguidas y oscilantes las dos patas de atrás. Y apartando a los espontáneos que ya le pateaban las ancas y se enrollaban la cola en una mano para colear al toro agonizante, ahuyentándolos con la amenaza de su enorme puñal, el puntillero se acercó a la barrera y clavó el arma con un golpe seco en la cerviz del toro. Y el toro tuvo una sacudida y se levantó nuevamente. Y estiró el cuerpo hasta que le craquearon las vértebras con estampido de pistoletazo, hasta que sus belfos tocaron la vara de la talanquera, y lanzó un bramido terrible de agonía, echando en la cara de Escobar un aliento espeso con olor a hierba y sangre. Escobar oyó crujir los huesos y el toro rodó por tierra, y el puntillero le clavó su puñal en el bulbo raquídeo y el toro tuvo un terrible sobresalto y estiró de una vez los cuatro remos, rodando bocarriba, y en sus belfos sanguinolentos y en su ojo quieto y amarillo empezaron a posarse gruesas moscas verdes mientras la horda de espontáneos se arrojaba sobre el cadáver para descuartizarlo con las uñas y las manos.

- Lo mataron -le comentó Escobar a Angela. Se volvió: no era Angela. Sino otra: una mujer que gritaba y reía, llena de llantas de carne que temblaban, fofas de dicha.

   Buscó a Angela en torno. No la vio. Trepó a la talanquera y oteó el hervidero de gente que gritaba y bebía. La vio lejos, junto a un carrito rojo con la capota bajada, llevando a Lucas de la correa. En el carrito distinguió un mechón de pelo gris acero: el hijueputa del Chato Tamayo. Se arrojó tierra desde lo alto de la talanquera y echó a correr hacia ellos. Mientras corría, vio que Angela subía al carro, hacía subir también al perro, cuya cabeza grande y cuadrada se recortaba sobre las otras dos. Vio que el carrito rojo arrancaba en reverso, dibujaba una curva de campana sacando en la frenada una nube de polvo, rugía al perderse calle arriba. Gritó:

- ¡Mi amor. . .!

   Angela no lo oyó. Detuvo la carrera a veinte pasos de donde habían estado hacía un instante. No entendía todavía. Oyó sirenas, vio llegar dos radiopatrullas, un jeep del ejército cargado de soldados. Los vio frenar en el polvo. Una figura borrosa lo señaló con el brazo:

- ¡Allá está! ¡Ese es, mi coronel, ese!

   Reconoció la voz del de chaleco. Y echó a correr en la bajada, ligeramente vacilantes las piernas, para coger al hijueputa de chaleco y volverlo pedazos con las manos.

- ¡Alto ahí! ¡Dése preso! -le gritó un militar llevándose la mano a la cadera. A esa distancia ya lo reconocía, incluso bajo el casco de acero: el coronel Buendía. Pero no lo miró: había visto el sitio exacto en la garganta papuja del hijueputa de chaleco en donde iba a clavar los dedos y apretar hasta la muerte. Lo vio palidecer, abotonarse maquinalmente el chaleco, vacilar, dar media vuelta y echar a correr cuando ya estaba casi encima. Escobar hizo un regate para esquivar a un soldado que le cerraba el paso, persiguió al de chaleco a grandes saltos, comiéndole el terreno. Oyó de nuevo el vozarrón del coronel Buendía.
- ¡Alto ahí o disparo!

   Siguió corriendo, oyó una detonación seca, como una tos, como si hubieran vuelto a echar voladores en la plaza, y luego otras dos más, como dos toses. Cayó rodando en el cascajo, alzando polvo en la caída, sorprendido, sin entender por qué se había caído. Tenía la cara enterrada en el cascajo y distinguía con claridad los detalles de cada piedrecita, hecha de artistas relucientes y puntos negros y blancos. Una hormiga avanzaba por el terreno abrupto arrastrando una hojita verde. Veía con precisión las nervaduras de la hojita. Un lento reguero brillante alcanzó a la hormiga, lamió el borde de su carga, estremeciéndola. La hormiga corrió hasta lo seco, se detuvo. Se restregó enérgicamente las patas unas con otras, limpiándolas perfectamente. La hoja había quedado casi por completo atrapada en el pequeño charco reluciente que empezaba a cuajar, vertical como una pequeña vela, verde brillante, más clara y más opaca por el lado áspero del revés. La hormiga se acercó con cautela, buscando terreno firme en donde hacer palanca con las patas, tiró nuevamente de la hoja, conmoviéndola, desprendiéndola al fin del súbito pantano, escalando las piedras, descendiendo, arrastrando y empujando la hojita verde que palpitaba a ras de tierra como una cosa viva, avanzando, alejándose.

   Un soldado se acuclilló a su lado, le ladeó la cabeza.

- A este lo enfriamos, mi coronel. Se amontonaba gente. El de chaleco pateó el cuerpo tendido, que recibió el golpe sin moverse. El coronel lo empujó con rudeza:
- ¡Usté le, ústele. . .! Respete, caballero, respete.



FIN

 

 

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