Capítulo II

Bogotá es una ciudad horrible. Cecilia lo había dejado sin un centavo para un taxi. ¿Qué iba a decirle a Fina? Mi amor, se me hizo tarde. No: era culpa de Fina. Dejar que Fina se hiciera cargo de su cuerpo y su alma rendidos de cansancio, beber agua por litros, lavarse el olor perfumado del cuerpo de Cecilia, dormir. Despertar muchas horas más tarde con todo listo y limpio, con los dedos frescos de Fina sobre sus ojos febricitantes de guayabo. Se hizo tarde, mi amor, y no había taxis. Me encontré unos poetas en un bar, el Amparo, el Refugio, el Oasis, y después maté a uno. Eso: maté a un hombre, y después, tú ya sabes, la policía, etcétera. ¿Que a qué huelo? Ah, sí: a puta, mi amor. Es que me metieron en una celda con putas, en la comisaría. Había una, Cecilia, que me contó una historia triste. Y después me robó, puta hijueputa. Iba imaginando preguntas y respuestas, disculpas y detalles, con el rostro contraído contra la lluvia como un puño cerrado. La lluvia le iba lavando el perfume de Cecilia de la ropa, del cuerpo. La lluvia, la implacable lluvia, las ráfagas violentas y casi horizontales de la lluvia. Cómo luchar contra la lluvia.

 

   Al cabo de unas cuadras renunció, y ya no buscó aleros protectores ni se esforzó por caminar al sesgo, con el hombro alzado como la proa de un rompehielos para cortar la furia de las aguas. Echó a andar por el medio de la acera, rígido, dejando correr el agua por su frente y sus pómulos, permitiendo que se colara en sus ojos y en su boca entreabierta, sin hallarle sabor, dejando que rodara por su cuello, espalda abajo, mezclándose con el sudor del cansancio y la rabia. Intentaba no caer en los charcos martillados de lluvia, escrutaba la corriente engañosa y se hundía hasta las corvas en otros más profundos. Chapoteaba, vadeaba bocacalles con el torrente a media pierna, con los dedos de los pies encogidos para que la correntada no le arrancara los zapatos, tratando de que el peso de plomo de sus pantalones empapados no lo arrastrara calle abajo. En los cruces había carros varados, con las olas golpeando en la latonería, sin dueño, como cascos de buques naufragados. Pasaban grandes buses repletos de viajeros, levantando oleadas amarillas. Escobar intentaba esquivarlos con brincos laterales de bailarín, y recibía el ramalazo de fango en las costillas cuando el bus ya iba lejos. Se limpiaba con la manga el agua de las cejas. Sentía que iba a llorar. Durante un centenar de pasos se empeñó en descubrir algo amable en la lluvia.

- Es agua pura - se decía. - Agua vivificante. Fecunda la madre tierra.

   Gruesos chorros pesados vomitados por las canales rotas, cataratas verticales del cielo. De las puertas abiertas de las tiendas lo miraban pasar, solo como un imbécil bajo la cólera del cataclismo: gente verdosa y gris, parda, borrosa tras la lluvia, hacinada en las puertas, esperaba con paciencia el final del diluvio y lo veía pasar, único peatón insensato en toda la ciudad. Las torrenteras de las calles arrastraban escombros y tierras de aluvión, cajones de cartón y de madera, ramas de árbol. El reflujo hacía bailar remolinos de basura en las esquinas, donde chocaban dos riadas alzando espumas turbias, irisadas de grasa. A ratos parecía que la violencia de la lluvia tratara de amainar: los goterones se espaciaban en el aire de pronto detenido, y Escobar se daba cuenta de que llevaba minutos enteros sin respirar. Erguía el cuello entumecido. Y luego se soltaba otra vez desde arriba el peso de las aguas, golpes de ventarrón hacían ondear vastas sábanas líquidas, y Escobar se encogía, sobrecogido. Abovedaba los hombros para empequeñecerse, para ofrecerle al cielo un blanco más difícil: pero el agua encontraba siempre el camino de su rostro y sus ojos indefensos. Sentía náuseas de rabia. Hubiera querido dejarse caer en la acera inundada, dejarse llevar por la corriente hasta los vertederos del río Bogotá, lejos, en el sur; dejarse derivar río abajo entre la espuma sólida de detergentes, erosionada apenas por la lluvia, con el rostro hacia el cielo, sus lágrimas mezcladas con el llanto incesante de la lluvia. ¿Pero flotan bocarriba los cadáveres de ahogados? ¿O flotan bocabajo? Hubiera querido dejarse deshacer dulcemente bajo el embate de la lluvia.

- ¡Fina! -bramó desde la puerta, con un frío en el vientre: ¿qué iba a decirle a Fina? Ah, sí: maté a un tipo, mi amor, la policía, etcétera.

   El eco, el charco al pie de la ventana que había quedado abierta. Se desvistió esforzándose por mantener erguida y quieta la cabeza, para que su dolor no se rompiera en mil pedazos: era ahora un dolor quieto, equilibrado como el peso de un ánfora. Y en dónde mierdas tendrá escondidas Fina esta vez las aspirinas. Los pantalones entrapados se le pegaban a los muslos, y al tironear le arrancaban mechones de vello húmedo, rizado por la lluvia. De la ropa amontonada en el piso comenzó a brotar agua. Un Manantial. Quizás más tarde se edificara ahí una ermita. Quizá los peregrinos acudieran de lejos para probar las virtudes de aquel agua milagrosa. Limosnas. Curaciones, tal vez.

   Soltó el agua caliente de la tina, se envolvió en toallas secas, bebió largos tragos ansiosos del chorro frío del lavamanos. Qué más hay que hacer en estos casos. Café. En dónde esconde el café Fina -los filtros, las cafeteras, los molinos de moler el café, todo el peso abrumador de la realidad. Qué lejana, qué muerta, qué enterrada estaba ya la vida fácil de su antigua soltería: las cosas a la vista, la magia instantánea del Nescafé, la taza con la huella de muchos Nescafés sucesivos, como en los malecones de los puertos va quedando la marca horizontal de las mareas. El rumor diferente del agua en el baño: la tina desbordada. Dentro de un momento se me van a empezar a romper cosas, pensó con resignación. El rumor diferente del agua hirviente en la cocina: en qué momento hierven las aguas, a cuántos grados de temperatura, a cuántos metros sobre el nivel del mar. El café saltando a borbotones sobre la plancha de la estufa, evaporándose con un silbido. Las tazas. Las cucharas. El azúcar. Cuál es azúcar, cuál es sal, cuál es bórax molido para matar las cucarachas. Cuantos viajes hay que hacer del baño al cuarto, del cuarto a la cocina, de la cocina al baño, con el azúcar derramada en el piso que se adhiere a las plantas de los pies, observando a trasluz las píldoras de Fina, blancas, redondas, lisas, planas, cuáles son aspirinas, cuáles provocan desarreglos hormonales, cuales hacen el pelo luciente y hermoso, tonifican el gran simpático, multiplican los leucocitos, regulan la venida de la hemorragia menstrual. Las píldoras pegadas al paladar, terrosas, las arcadas quemantes a lo largo del esófago, la bilis o la baba amarillenta y mucilaginosa vomitada de un golpe en el aguamanil, entre las lágrimas. Todo se acumula, todo se multiplica, se hincha y se bifurca, todo se vuelve inmenso y numeroso, todo ocurre a la vez, y no hay nadie que venga con una mano amiga a moderar el caos, a meter en cintura la proliferación monstruosa de las cosas. Por qué me fui. Dios mío, por qué me dejó ir, porqué se fue, Dios mío. Las mujeres no entienden. Y a ras de tierra se abrían trampas, se cruzaban obstáculos, la toalla se escurría de la cintura y le maneaba los tobillos, la cafetera silbaba en la cocina, la puerta de la nevera se bamboleaba, abierta, sin que hubiera sacado cosas de la nevera, el agua de la tina estaba enfriándose, el azúcar recogida del piso estaba llena de pelusas y sospechosos puntos negros. El agua verde y transparente, la difícil maniobra de meterse en la tina sin pegarse en el cráneo con el filo del calentador del agua, el golpe inevitable en el occipital, sordo y sin sangre, el agua hirviente quemando los testículos, la mano recogida sobre el pene, el agua calentando el pecho, el vapor en los ojos, la frescura de la porcelana contra la oreja y la mejilla. La paz.

   De la cocina le llegaba un tenue olor a gas. Siempre se queda abierto el gas: es una certidumbre de índole matemática. Siempre que huele a gas está cerrado el gas: es otra certidumbre, pero nacida del método inductivo, tan aleatorio siempre. Se va poniendo uno azul, va perdiendo conciencia de su entorno, siente que poco a poco desaparece el peso, la opresión en el pecho, va flotando en el aire: los entendidos dicen que es una muerte dulce, sin dolor. En el aire húmedo de vapor, cómo se hace para distinguir un tenue olor a gas. A qué huele el gas. Ay, mierda, mierda, mierda, salirse de la tina, mojar la toalla seca, tener que secarse luego con la toalla mojada. Dejar que el gas escape. No puede uno morirse por tan poco. Morir. Dormir, soñar tal vez.

   Se precipitó a la cocina, chorreando agua. El gas estaba firmemente cerrado, como era previsible. La ira en su interior. La tina verde y humeante, el calor del agua en los testículos, en el pene encogido. El milagro del filo del calentador rozando apenas el pelo mojado, como en una caricia. El café enfriado. La mano seca, mantenida sobre el nivel del agua para salvaguardar el cigarrillo. El cenicero siempre se queda en otro cuarto, es una certidumbre matemática. La ceniza arrojada desde lejos hasta la taza abierta del excusado, trazando un arco grácil en el aire. Los viejos gestos de su soltería. Regocijaos: hemos resucitado.

   Sí. Pero ya iba siendo hora de que volviera Fina. Alguien a quien contarle que había matado a un hombre.

   Afuera, entre la lluvia que seguía azotando las ventanas, empezaba a caer la noche lívida. El baño se fue llenando de penumbra. Sumergió la cabeza bajo el agua, cerrando las narices con dos dedos, con los ojos cerrados, dejando que el placer de las aguas lo anonadara al fin. Pero pensaba. Y la paz del placer se removía con bruscas turbulencias, su esófago se contraía con las resurrecciones súbitas de la náusea, su pensamiento despertaba víboras, pisaba trampas, se pinchaba en espinas del dolor de la memoria:

               Cecilia, mi amor te esquiva:
               ya lo ves, se finge inerte...

   El bochorno, como un vómito negro. Y después del soneto, y del fiasco, y de todo, Cecilia lo había echado a patadas. Y el bar, los borrachos, y Edén, y los Auténticos: ¿habría matado a Edén? No era posible. Ah, mierda, y encima su poema: Palabras: en vez de un mar de luz el río de la forma...

   ¿Habría matado a Edén? Lo merecía. Recordó su sonrisita suficiente. ¿Serían así de malos sus poemas mirados desde afuera, desde arriba? Tal vez. El era así. Intentó imaginarse a sí mismo mirado desde el techo, sumergido en la tibieza amniótica del agua de la tina, bocarriba, pálido bajo el agua, como el cadáver de un ahogado. Sintió un vahido: había matado a un hombre. No podía ser. Aunque bueno: al fin y al cabo haber matado por lo menos a un hombre en treinta y un años de vida era apenas normal estadísticamente, viviendo en Bogotá. No es tan fácil matar como uno cree, con las manos. Recordó el cuerpo de Edén, escurridizo. Abrió los ojos bajo el agua y lo vio todo negro. Se había quedado ciego. Se irguió desesperado, volvió a la superficie chorreando agua, resoplando de angustia.

   Ciego no. Pero ya era de noche. Encendió la luz, tras dominar el temor breve de morir electrocutado si lo hacía. Frente a él, pegado al vidrio de la ventana cuajado de gotitas de agua, borroso y blanco como un vientre de pez en la negrura del acuario, vio un rostro que lo miraba fijamente. Edén Morán Marín. Lo atravesó un horror helado. Se dejó hundir furtivamente entre la tina para escapar a la mirada pálida que lo espiaba pegada a los cristales. El rostro que miraba, como una luna vaga, se dejó hundir también en la ventana. Escobar se enderezó con precaución, y lo vio asomarse con precaución en la ventana, como si jugara con él unas macabras escondidas. Sintió un inmenso alivio.

   Se secó lentamente, dulcemente, con el intenso amor por el propio cuerpo que da el saberse vivo, no muerto, como otros. En el cristal nocturno se secaba su cadáver borroso, con enorme cariño. Recordó con afecto póstumo a Edén Morán Marín. Pero no, no podía haberlo matado. Cuando huyó del Oasis lo había dejado todavía respirando, y con el pulso intacto. - Huí como una rata -dijo en voz alta.

   Ya iba siendo hora de que llegara Fina. A alguien tenía que contarle que había matado a un hombre. Pensó hacer más café. Recalentó el que había. Buscó alguna chicharra de marihuana en ceniceros, en cajones, en mesas, en jarrones. En toda la casa no había una brizna de hierba. Esperó que a Fina se le hubiera ocurrido comprar algo, no como el día anterior. Pero empezaba a subirle por la garganta una cólera lenta a medida que pasaban las horas y Fina no llegaba, ni daba la menor señal de pensar llegar nunca.

 

 

 

   Despertó con sudores. Había soñado que el cadáver desnudo de Edén Morán Marín, amoratado, verdecido, lívido, todo cubierto de enormes verdugones, penetraba nadando por el aire a través de la ventana. Nadaba con una brazada lateral muy pasada de moda, un poquito ridícula, con el cuello torcido como por una tortícolis. Nadó una y otra vez en torno al cuarto, a media altura, infatigable, hasta que Escobar pudo despertar con sudores de ahogo en un cuarto inundado de sol. Parecía tempranísimo. Pero no estaba a su lado el cuerpo dormido de Fina. Olfateó el aire. Tampoco le llegaban olores de desayuno, de café recién hecho, de tostadas crujientes.

- ¡Fina! -gritó.

   Silencio. ¿En dónde andaría Fina? La cosa empezaba a no tener ninguna gracia. Hizo café con una facilidad mucho mayor que el día anterior. El pan estaba viejo, duro como una piedra. ¿En dónde andaría Fina? Bebió el café humeante, hizo unos huevos fritos, con todo el pecho lleno de suficiencia desafiante: para que veas, mi amor: yo puedo solo. Pensó por un instante en lavar los platos, pero le pareció que era llevar las cosas demasiado lejos. Tenía toda la vida por delante. Se echó en la cama nuevamente, y se quedó dormido.

   Cuando despertó, llovía otra vez. En Bogotá llueve toda la vida, pensó mientras miraba la mole oscura de los cerros aparatada de nubes negras. Abajo, entre la lluvia, gritaban excitados unos niños. Todo se repite, todo es igual toda la vida, todas las cosas son iguales. Tenía la impresión de haber pensado eso varias veces. Todo se repite. Todo tiende a dar vueltas. Había escrito, creía, un montón de poemas al respecto, todos iguales entre sí. ¿Y no había descubierto algo parecido hacia dos días, o tres, sobre la verdadera naturaleza de las cosas? Sin Fina para comentar, opinar, discutir, sus vagos pensamientos se perdían en el aire, chupados por la impasibilidad del universo. No es bueno que el hombre esté solo, dice el Eclesiastés, y es por eso. Tuvo hambre. Miró con melancolía los platos sin lavar del desayuno. No es bueno que el hombre esté solo. Puso a freír un par de huevos, y luego unas salchichas, tras vacilar un rato: ¿debería hervirlas más bien? ¿Las salchichas se hierven? ¿Se fríen? ¿Se comen crudas? Buscó, sin encontrarlos, los libros de cocina de Fina. Buscó en el diccionario. "Embutido, en tripa delgada, de carne de cerdo picada, que se sazona con sal, pimentón y otras especias, y que se consume en fresco". ¿Que se consume en fresco? ¿Qué querría decir eso? ¿Crudas? ¿Recién hechas? ¿Al aire libre? Buscó otro diccionario más explícito. "Del it. "sal-ciccia", alter. de "salsiccia", cosas saladas, deriva, de "salsus", salado, de "sal, is"; las dos ces del it. se pueden explicar por la infl. de "ciccia", carne, en lenguaje infantil -en esp. "chicha"-. Embutido hecho con carne de cerdo en tripa delgada, que se consume fresco". Ah, que se consume fresco. ¿Es decir crudo? No necesariamente. Los huevos, por ejemplo, deben consumirse frescos, pero no forzosamente crudos. "Salchicha de Francfort. Salchicha hecha al estilo de las fabricadas en esa ciudad alemana, más compacta y menos grasienta que las españolas corrientes". "Salchichería; salchichero, -a. Derivados de significado deducible del de salchicha". "Salchichón: embutido hecho en tripa gruesa, hecho de jamón y tocino y sazonado con pimienta en grano, prensado, que se conserva bien mucho tiempo y se come crudo". Ah. El salchichón se come crudo, pero la salchicha probablemente no. ¿Tendría que sazonarlas con sal, pimentón y otras especias antes de cocinarlas? ¿Cuáles otras especias? Lo sorprendió de pronto el denso olor a carne achicharrada que había invadido lentamente la casa. De la sartén brotaba una gruesa columna de humo negro. De los huevos y las salchichas no quedaban sino fragmentos carbonizados. Sólo en lo concreto se aprende, afirma Lenin.

   Buscó otra sartén. Puso a freir los dos huevos que quedaban, sin quitarles la vista de encima ni un instante. Le faltaba práctica, era evidente. Pero tenía toda la vida por delante.

   Para empezar, toda la tarde. Sintió como pasaba la tarde, lentamente. Del piso de abajo subían las notas de un piano. Jamás había escuchado pianos en el piso de abajo. Y el pianista, sin duda, jamás había tocado el piano antes, porque las notas llegaban lentas, separadas, laboriosas: ti ri ti tiri, ti tiri tiri ti ri; y tras una breve pausa, como tras tomar fuerzas, se repetían: ti ri ti tiri, ti tiri tiri ti ri. Pero al menos el piano parecía bien templado, las notas eran limpias. En el piso vecino se oía la voz de una mujer que cantaba. Nunca había sido tan musical ese edificio, en sus recuerdos. En torno a él, en cambio, no recordaba nunca haber sentido tan pesado el silencio. Si tuviera un piano, podría él también aprender a tocar piano. Tomaría clases particulares: así mataría las tardes, una tras otra, hasta la hora de su muerte. Podría cantar, también, sin tomar clases. ¿Pero cantar qué? Podría poner un disco. ¿Pero cuál? Las horas pasaron sin que moviera un dedo.

- Fina, tal vez tienes razón: me estoy muriendo. Dejó sonar varias veces el timbre del teléfono.
- Mijo.
- Mamá.
- ¿No te acuerdas de qué día es hoy?
- No sé, mamá. ¿Viernes?
- Es el aniversario de Focioncito. Escobar suspiró.
- No me acordaba, mamá. Se me había olvidado por completo.
- Pero era tu hermano -en la voz de doña Leonor había un acento entristecido de reproche.
- Sí, mamá, yo sé. Pero se murió cuando yo tenía cinco años. No me acuerdo. Qué quieres.
- Focioncito sí se hubiera acordado si hubiera sido tu aniversario, mijo.
- Mamá, qué quieres que haga. ¿Qué me muera?
- Tú sabes que no es eso, mijo. De parte y parte hubo un silencio enfurruñado.
- Pero es verdad, mijito -dijo por fin su madre. -Focioncito era un niño siempre lleno de detalles. Para mi santo, por ejemplo, siempre una flor, o un beso. No como tu.
- Ni como tú, mamá, si a eso vamos. Hace dos días cumplí yo años, y nada. Estoy seguro de que Focioncito sí se hubiera acordado.
- No hagas chistes con eso, Ignacio. Pero es que todo se me olvida. Es la tensión. Ernestico Espinosa dice que tengo la tensión más baja de todo Bogotá. Pero para que veas que yo sí me acordé de ti: te mandé comprar una corbata.
- Mama, por Dios. . . ¿Qué voy a hacer con una corbata? Más bien regálame plata.
- Tienes que aprender a vestirte como un señor, mijo. Como tu papá. Tu papá era uno de los señores mejor vestidos de Bogotá.
- Ya sé, mamá, ya sé.
- Y no sólo de Bogotá. Cuando estábamos en la embajada en Londres, con tu abuelo-

   Escobar dejó escurrir el auricular del teléfono hasta el piso. No recordaba el rostro vivo de su padre: sólo su dedo tieso en la mesita en la gran foto sepia en el marco de plata, su perfil blandamente aguileño, el negro pelo engominado sobre la frente huidiza. Interrumpió a su madre:

- Ya sé, mamá, me lo has contado cien mil veces. Pero es en serio: estoy necesitando plata.
- ¿Otra vez?
- Otra vez. Estamos a principios de mes.
- Es verdad, mijo. Se me había olvidado. Recuérdame que te la dé esta noche, cuando se vayan todos. - Cómo, que me la des. No puedo pasar, mamá. Mándamela con Parrita, como siempre.
   Hubo un silencio largo. Y luego, la voz de doña Leonor, temblorosa de incredulidad:    - ¿No piensas venir hoy?
- No puedo, mamá. Tengo muchísimo que hacer. Otro día.
- ¿No piensas venir al aniversario de Focioncito?
- No se me había ocurrido. ¿Por qué? ¿Hay velorio? ¿Plañideras y cosas? ¿Un epicedio de tu amigo Ricardo el poetita? Mamá, me parece que estás exagerando.
- Ignacio, con esas cosas no se juega -la voz de su madre temblaba de indignación ahora. -Ten respeto. Es el vigésimo sexto aniversario de la muerte de tu único hermano.
- Sí, mamá. Perdón, mamá.
- Es una fecha triste. No un "episodio", como tú lo llamas.
- Mamá, epicedio, no episodio. Un epicedio es una composición poética para difuntos, no es-
- No importa lo que sea, mijo. Dejémoslo de ese tamaño. ¿Vas avenir?
- Sí, mamá. No, mamá. No, no puedo, de veras. Me gustaría muchísimo, por tí y por Focioncito, pero de verdad no puedo.
- No hay "velorio", como dices tú -prosiguió doña Leonor, sin hacerle caso-, ni "plañideras", salvo que llames plañidera a tu tía Clemencita, la pobre. Hay una cosa muy sobria, familiar. Hay una misa, oficiada por monseñor Botero Jaramillo. Viene toda la familia. Después de la misa se quedan todos a comer, inclusive los niños. Ignacio: hazme el favor -la voz de doña Leonor se hizo severa-, hazme el favor de ponerte saco y corbata. No me discutas. Aunque no te guste. Vienen todos tus tíos y tus primos, y sería el colmo que tú, que eres el único hermano que tenía Focioncito, vayas a venir descorbatado. De modo que hazme el favor.
- Pero mamá-
- Nada de peros. La misa es a las seis.
- De veras, mamá -Escobar se sentía acorralado. -No puedo, tengo muchísimas cosas que hacer.
- ¿Tú? Si tú nunca haces absolutamente nada, mijo.
- Sí hago, mamá. Tengo que acabar un poema.
- No me hagas reir.

   Y efectivamente, de la bocina del teléfono brotó una risa musical, de jovencita. Escobar colgó, ciego de cólera.

   No había derecho. Doña Leonor estaba segura de que podía disponer de él, de su vida, como le diera la gana. Como Fina. Nadie le respetaba su libertad. Fina exigiendo un hijo. Su madre exigiendo que asistiera a una misa de réquiem. ¡Pero no, pero no, pero no, pero no! ¡No! Dio unas cuantas patadas de furor en la cama, como un niño.

- ¡Yo soy un hombre libre! -gritó en su soledad. Y dio vueltas por el apartamento, golpeando las paredes con el puño, mascullando; ¡mierda, soy libre, mierda, soy libre, mierda, soy libre! El teléfono volvió a sonar.

   Otra vez su mamá. No iba a contestar. Era un hombre libre. Lo dejaría que sonara y sonara indefinidamente, como en una casa deshabitada. Se sentó en el borde de la cama para mirarlo de cerca, fijamente, con una sonrisa diabólica: no contestaría nunca, era libre. El teléfono dejó de sonar. Un daño, sin duda: en Bogotá, con estos aguaceros, los teléfonos están dañados siempre. Esperó, sin dejar de mirar fijamente el aparato. Lo descolgó. Funcionaba perfectamente. Colgó de nuevo. Un timbrazo violento lo estremeció, y estuvo a punto de descolgar maquinalmente, cogido por sorpresa. Se recuperó. Se contuvo. Lo oyó timbrar, lo miró timbrar, terco, insistente. Empezaba a enervarse. Pero era un hombre libre, y más fuerte y más terco que ese aparato miserable. Lo oyó timbrar una vez y otra vez. ¿Y si no fuera doña Leonor? ¿Si fuera Fina? Fina tenía que darle un par de explicaciones. Descolgó.

- Mijo, no te permito que me vuelvas a colgar el teléfono en la cara en esa forma.
- Mamá.
- Ya sabes. A las seis.

   Y colgó. Escobar sintió que se ahogaba de rabia, y tuvo que tenderse bocarriba en la cama para no quedarse muerto de repente. El teléfono volvió a timbrar. La situación se estaba volviendo de comedia cinematográfica de los años cincuenta. La naturaleza imita al arte. Ni en eso era libre: estaba obligado a calcar su vida sobre las películas norteamericanas. En su caso ¿Rock Hudson hubiera descolgado? ¿No? Ah, mierda. Descolgó.

- ¡QUE!
- ¿Ignacio?
- ¿Sí?
- ¿Por qué no contestabas? Soy Ana María.
- Ah. Hola, qué hay. No. Es que estaba haciendo un experimento fenomenológico sobre la libertad. Tú sabes: la libertad no existe.
- ¡No me digas! -se burló al otro lado Ana María. -¿No lo sabías? Federico te lo hubiera podido explicar hace tiempos: el imperialismo norteamericano.
- No se trata de eso. Hablo del libre albedrío. La predestinación. San Agustín. Leibniz, claro. Husserl. . .
- Pedantería pequeño-burguesa, Escobar. No estoy llamando para eso.
- ¿Llamas a Fina? No está.
- ¿Dónde está?
- No sé -y al decirlo sintió que volvía a hervir su cólera. Dónde diablos andaba Fina, mierda.
- ¿No se te ocurre dónde puede estar?
- No, no tengo ni la menor idea. Se fue. Debe volver ahora, me imagino. Ha debido volver ayer. O antier. Tuvimos una pelea.
- ¡No me digas! -de nuevo distinguió un tono de mofa en la voz de Ana María. - ¿De veras tuvieron una pelea?
- Sí. ¿Te parece raro?
- Mira, Escobar: los hombres son unos hijueputas.
- ¿Por qué? Ahhh, la cosa feminista. . . ¿Tuviste una pelea tú con Federico? No es cosa de los hombres, Ana Mariíta: las mujeres también.
- No seas idiota, Escobar. Fina se fue de tu casa hace tres días, no ha aparecido, no ha llamado. ¿Y a tí no se te ocurre pensar que a lo mejor le puede haber pasado algo?
- ¿Pasado qué? ¿A Fina? -no se le había ocurrido, en efecto. De un golpe lo traspasó la angustia: no le podía haber pasado nada a Fina. Sintió un mareo, una nube en los ojos, perdió la voz. -¿Le pasó algo? ¿Estás con ella? ¿Dónde estás?
- No, no te preocupes, Escobarito, no le pasó nada. . .
- en la voz de Ana María vibraba el desprecio. -Pero tú eres de un egoísmo verdaderamente monstruoso, Escobar. Los hombres son unos hijueputas. Pobre Fina, carajo...
- ¿Por qué pobre? ¿Qué le pasa?

   Le pasa que ella sí estaba preocupada por tí. Es decir: estaba preocupada de que a lo mejor tú estuvieras preocupado porque a ella le hubiera podido pasar algo, un accidente, o algo. Pero ya veo que no.

   Ana María colgó sin despedirse. Mierda, carajo, las mujeres no entienden -pensó Escobar. Pero estaba abochornado. ¿Cómo no se le había ocurrido que era posible que le hubiera pasado algo a Fina? Pues porque no le había pasado nada. Pero hubiera podido pasarle: Fina tenía razón en estar preocupada de que él pudiera estar preocupado pensando en que a ella le hubiera podido haber pasado algo. Sí: pero más razón hubiera tenido al pensar que no, que ni eso, que ni siquiera le había rozado la imaginación la más lejana sombra de una preocupación. Sí, era de un egoísmo monstruoso: Ana María tenía razón. Aunque bueno, tampoco era la cosa para tanto. Porque si estaba tan preocupada Fina, ¿por qué no volvía entonces? ¿No se le había ocurrido que a lo mejor le podía haber pasado algo a él? ¿No se le había pasado por la cabeza que lo podían haber matado a patadas en un bar, como a Edén Morán Marín, por ejemplo? No, claro, no se le había ocurrido a ella tampoco. ¿O que le hubieran podido prender una gonorrea por ahí? (entre otras ¿le habría prendido alguna gonorrea Cecilia? ¿Cuánto tiempo demoran en incubar las gonorreas? Tendría que estar atento). Pero no, claro, eso sí no se le había ocurrido a Fina. Estaba preocupada únicamente por la posibilidad de que él estuviera preocupado por ella. Ni la propia doña Leonor lo hubiera hecho mejor: todas las mujeres acaban siendo iguales. Pero si estaba tan preocupada por él, ¿por qué no volvía? Marcó el teléfono de Federico. Contestó una voz de mujer.

- Ana María, soy Ignacio.
- Pero yo no soy Ana María. No está.
- ¿Está Federico?
- Tampoco.
- ¿Con quién hablo?
- Con Angela.
- ¿Quién es Angela, si se puede saber? - Angela soy yo.
   No estaba para chistes idiotas, y por añadidura telefónicos. "¿Quién es yo?", y eso. Pero preguntó.
- ¿Y quién es yo?
- Ay, por favor, chistes idiotas no.
Y colgaron el teléfono.

   Tuvo que ir a echarse agua en la cara para hacer bajar la sangre del furor. Buscó de nuevo, inútilmente, hierba por toda la casa. Hacía semanas que Fina no había vuelto a comprar hierba. Como si fuera tan difícil. Se sirvió un whisky. Por lo menos había whisky. Se sentó en la sala con el vaso en la mano. De abajo llegaba el piano, exasperante: tiri tiriri, tiri ri tiri riri. Buscó un disco con qué ahogarlo, algo sedante, Mozart tal vez, o la paz sobrehumana de Bach. Sólo faltaba que Fina hubiera desconectado el aparato o, más grave todavía, el transformador del aparato. Dónde está el transformador. Cómo es un transformador. ¿Hay un transformador? Debe de haberlo, lo hay, lo hubo siempre, Fina, Fina, Fina, por qué te fuiste sin decirme en dónde escondías tú el transformador, dónde se conectaba, dónde estaban guardadas las sonatas para flauta de Bach.

   El transformador estaba conectado al aparato. Con una ligera presión del dedo en una tecla el plato de caucho se echó a andar, como una cosa viva. Otra tecla leve, y el Mesías de Handel bramó sus aleluyas; cosas de Fina. No había de qué aleluyarse. Algo sereno, algo pacificante, una flauta muy dulce, un oboe muy amortiguado, Haydn tal vez, si acaso.

   Fue a la cocina a buscar hielo para su whisky tibio, y lo deprimió el caos de platos sin lavar y de sartenes mantecosas. Ay, mierda, mierda, Fina, Fina, las mujeres son de un egoísmo inconcebible. ¿Qué iba a comer, además? Ya no quedaba nada. No tenía hambre todavía, pero ¿y cuándo le diera hambre? ¿Qué iba a comer? Dio pataditas de cólera, pensando en Fina. Podría hacer espaguetis, a lo sumo. No. Por ningún motivo. Nada en el mundo podría obligarlo a hacer espaguetis, solo como un náufrago. La libertad no consiste en pasarse la vida solo y desesperado, cocinando espaguetis, lavando platos, fregando ollas, restregando sartenes. La libertad debe ser un festín en el que corran todos los vinos, en el que se abran todos los corazones. No esta mierda.

   Cuando volvió a la sala el disco se moría entre ensordecidos burbujeos de flauta. Le dio la vuelta. Se sirvió un nuevo whisky.

   Un festín. Lo malo es que un festín requiere plata, sobre todo si se tienen en cuenta los precios asombrosos que pueden alcanzar en Bogotá los vinos. Un festín en el que corran todos los rones de las rentas departamentales. ¿El Oasis otra vez? De ningún modo. Podía comer en casa de su madre. Pero ah, su madre, la familia. . . La misa por su hermano Focioncito. Podía llegar con retraso, terminada la misa, pasada la oratoria fúnebre de monseñor Botero Jaramillo, las loas a Focioncito muerto. Se le hizo agua la boca al pensar en los platos de la gorda Saturnina: volovanes de colas de cangrejo de río, faisanes estofados con relleno de trufas. ¿Faisanes? No. Ni trufas. Pero en fin: maravillas. Sí, pero la familia -y su madre había dicho que toda la familia. Tías y tíos, primos y primas, y yernos y cuñados que ni siquiera son de la familia. Sí, pero ¿qué, si no? Si la hubiera tenido ahí a su alcance, habría insultado a Fina.

   ¿Se tendría que afeitar? Sí. Se afeitó: otra más que Fina le debía. Buscó una camisa limpia: Fina sabía planchar, lavar, doblar camisas: las cosas como son. Sacó del armario su antiguo vestido gris oscuro, guardado en un talego transparente de plástico. Era ordenada Fina, había que reconocerlo. Se dio cuenta de que estaba empezando a pensar en Fina en el pasado. Una corbata, regalo de su madre. Se la echó en el bolsillo, y lo encontró repleto de bolitas de naftalina. Todo él olía, ahora se dio cuenta, a naftalina. Todos los bolsillos estaban llenos de bolitas translúcidas y blancas. Las tiró a la basura. Se olfateó las manos, las yemas de los dedos cubiertas de un polvillo blanquecino. ¿Venenoso? Sin duda. Se lavó bien las manos. ¿En qué cajón guardaba Fina la plata? Abrió cajones. Halló mucha más plata de la que suponía.

   Bajó de dos en dos las escaleras. En el piso de abajo, una figurita de delantal almidonado trapeaba la escalera, con un balde lleno hasta el borde de agua jabonosa. Descendió con precaución los escalones mojados, alzándose un poquito las perneras de su pantalón gris. Eso era lo que estaba necesitando: una sirvienta. Alguien que le hubiera planchado su vestido gris oscuro, oloroso a naftalina, alguien que le hubiera preparado comida, barrido, lavado, limpiado el polvo, llevado su desayuno a la cama, alguien que le hubiera hecho posible no depender para todo de la esperanza del regreso de Fina. A lo mejor la libertad es eso: una sirvienta. Le diría a su mamá que le buscara una.

   Sobre los chatos edificios de ladrillo el crepúsculo era inmenso, y restallaba en los cristales. Muy lejos en el cielo distinguió la larga cola de espuma de un avión, sonrosada por el sol de los venados. Tuvo tiempo de verla disolverse en el cielo cada vez más oscuro antes de que por fin pasara un taxi. Todos los semáforos estaban en rojo. De la masa compacta de carros atascados subía al cielo ensombrecido un clamor estridente de pitos, un hervor de motores.

- ¿No iban a poner en los semáforos una cosa que llamaban la "ola verde"?
   El taxista lo miró en el espejo, con ojos turbios de sangre.
- Eso con estos hijueputas nadie respeta.

   Zigzaguearon lentamente, rumbo al norte, abriéndose camino en el revuelto río de luces rojas que se iban encendiendo en el culo de los carros. De todos los hijueputas, el que respetaba menos era el chofer de su taxi. A veces, con un bramido ensordecedor de sus bocinas de aire, se les cerraba un bus, y el taxista mascullaba blasfemias mientas frenaba en seco, y en el tablero del taxi una virgen de plástico se encendía en resplandores fosforescentes de topacio y turquesa, y sus bracitos bamboleantes parecían bendecir al taxista, perdonarlo. Una voz mexicana mugía en el parlante del radio:

               Yo lo que quiero es que vuelva
               que vuelva conmigo
               la que se fueeee. . .

   Sí, Fina, yo lo que quiero es que vuelvas. Fina, mi amor: si hubieras vuelto ya, yo no tendría por qué estar ahora todo vestido de gris y naftalina yendo a mendigar mi pan en casa de mamá, a costa de aguantarme una misa de réquiem.

- ¿Usted qué tanto entiende de mujeres?
- Hueco es hueco- sentenció el taxista.

Un sabio. En el fondo, esa es la idea. A es A, dice Aristóteles. Todas las rosas son la misma rosa. El mismo, sin ir más lejos, había tenido recientemente la sospecha de que no sólo las rosas, sino todas las cosas, son, bien miradas, una sola cosa. Hueco es hueco, sí. Ese taxista era un sabio. Todos los taxistas lo son: gente que sabe, que nos lleva de un lugar a otro, que nos conduce, que nos guía. Todos iguales, como rosas. Buscó otro en torno, en el atasco ante el semáforo. Todos los conductores tenían en esa hora cara cerrada y torva de taxistas. Dos carros más allá, desde otro taxi, un rostro pálido lo miraba fijamente. Le pareció una cara conocida. Saludó con la cabeza. El otro no respondió al saludo: lo miraba con párpados inmóviles pegados al cristal, pesados, blancos, quietos. El corazón le dio un salto de angustia:

 

- ¡Arranque rápido! -le ordenó al taxista. No podía estar seguro: el otro taxi estaba lejos, la visibilidad era mala en el crepúsculo. Pero era Edén Morán Marín, muerto.

   Lo perdieron en el tráfico. O tal vez no: tal vez estaba ahí, respirándole en la nuca su aliento putrefacto de cadáver, aguardando a que saliera confiado del taxi para clavarle las uñas en el cuello. Recordaba haber leído que las uñas de los muertos siguen creciendo en la tumba. Pero no, no era posible, no podía haberlo matado. Por otra parte, pensaba, no es habitual que un muerto monte en taxi. Se detuvieron en una calle oscura, entre altos árboles contra el cielo negro. A lado y lado, una hilera de carros silenciosos, cuajados de gotitas de lluvia. Por la ventana entreabierta exploró las sombras del jardín, las luces de la casa, doradas y distantes. En la capilla, a través de los vitrales de colores, se distinguía el resplandor espectral de los cirios: misa de cuerpo presente. Lo atravesó un estremecimiento, como un dedo yerto que le hubiera tocado el coxis helándole la médula en el espinazo. Se sintió bañado en sudor frío.

   El taxista lo miraba en el espejo con ojos como coágulos de sangre. Le pidió que apagara un instante el radio, por favor. Se oía un rumor de ramas y de hojas en el viento, la vibración estertorosa del motor, y una ráfaga de música de armonio, de voces de ultratumba:

        Me minavit, et adduxit in teeneeeeebraaaaaas
        et non in luuuuuuuuuuuuuuucem...

clamaba la voz terebrante de monseñor Botero Jaramillo, enronquecida por el cáncer. Tendría que atravesar todo el jardín a oscuras, in tenebras, con el riesgo constante de que el cadáver de Edén Morán Marín le pusiera de pronto una mano putrefacta en el hombro. Sintió miedo. Y encima, la familia.

      Sed, et cum clamavero et rogaaaaaaaaavero,
      eeeeeeeexclusit oratiiiiiioooneeeeem
      meeeeeeeaaaaam. . .

- Vámonos de aquí -pidió. El taxista se volvió lentamente, y en un espasmo súbito de pavor Escobar temió verle ahora las facciones del muerto. Pero no, seguía siendo el taxista.
- ¿No ve que ya está subida la bandera? - No importa. Bajando la bandera.
- ¿A dónde?
   Sí, ¿a dónde? ¿A su casa otra vez? Imposible. Un amigo. Alguien con quien hablar, a quien contarle lo del muerto. Le dio al taxista la dirección de Federico, en la Perseverancia. Atravesaron de nuevo la ciudad rumbo al sur, sufriendo en la ola verde.

 

 

 

- Hueles a muerto.
  No era posible. Se olfateó.
- No es a muerto. Es a naftalina. Es que. . . Pero es muy largo.

   Ana María olisqueó a Escobar, frunciendo el ceño. Le ofreció para un beso su cuello tierno y luminoso de mujer embarazada. Fina tenía razón: tener un hijo es bueno.

- ¿Supiste algo de Fina?
- ¿Yo? -Ana María lo miró con asombro irritado. -El que debería saber algo eres tú.
- ¿Yo? ¿Por qué? ¿Te dijo algo? Ah, Dios mío, drama otra vez...
- Drama no. Pero ni te sueñes que va a volver contigo. Aunque no te lo sueñas, claro: ni siquiera estabas preocupado por ella.
   Escobar puso los ojos en blanco.
- No es eso, Ana María. . . Es que sabía que no le había pasado nada. Me había dejado una nota.
- No mientas.
- No miento -mintió Escobar. -Las mujeres siempre dejan una nota ¿no sabías? Y además, después llaman a una amiga, por si acaso el tipo no ha encontrado la nota.
- No seas ridículo.
   Ana María le cerró la puerta en la cara.
- Por favor, Ana María. . .

   Le abrió, compadecida. Se sumergió tras ella en el desorden de lienzos apilados, de escaleras de mano, de tarros de pintura, en un potente olor a cola y trementina. Ana María llevaba sin esfuerzo el vientre de embarazada, con orgullo, a largos pasos triunfales. Su amplia falda, al andar, se le arremolinaba en torno a las largas piernas blancas. Tal vez, embarazada, Fina también hubiera caminado así.

- Esta tarde te llamé justamente para que me contaras qué habías hablado al fin con Fina. Ana María se volvió de un golpe:
- ¡No mientas! ¡Te llamé YO a tí!
- Sí, sí, sí, sí, yo sé, no te pongas así. Pero yo te había llamado antes. No estabas. Me contestó una niña que me colgó el teléfono.
- Ah, sí - Ana María se calmó. -Mi hermana Angela. Estaba cuidando a Mateo.
- ¿Tu hermana? ¿Tú tienes una hermana? ¿Desde cuándo? ¿Cómo es?
- A tí que te importa.

   Sobre la chimenea encendida, sereno, bendiciendo, Mao Tsé tung Pantocrator. En el piso, Federico jugaba al ajedrez con un tipo de anteojos y bigotico negro. Escobarlo reconoció con irritación: no había previsto eso: discusión teórica con Diego León Mantilla. Y encima, la bobita de Beatriz. No recordaba el mundo, sus miserias. ¿Cómo iba a contar ahora que había matado a un hombre? Se volvería una discusión sobre la legitimidad de la violencia. Ah, mierda. En el sofá del fondo, contra la oscuridad de la ventana, se discernía la forma pálida de Beatriz. Abrazó a Federico, palmeándole la espalda. Federico lo husmeó entre la barba hirsuta.

- Huele a mierda, Escobar.
- A naftalina -aclaró Ana María. -Escobar ya no sabe qué echarse.
- Inútil -opinó Diego León Mantilla-: nada cura el hedor de la corrupción burguesa.
   En el fondo, Beatriz soltó una risa pálida.
- Ya sé -Escobar aceptó resignado la discusión teórica-: todo decae, todo se corrompe. Sólo Mao. . . - No diga pendejadas, Escobar -advirtió Federico.
- ¿Tienen hierba?

   Federico le pasó el varillo de marihuana humeante, craqueante, aromática. Escobar examinó en silencio la partida. Federico perdía visiblemente. Aspiró el aroma áspero y dulce, mirando cómo se elevaba hacia el techo el lento humo amarillo. Frente a la chimenea, dos gatos atigrados bostezaban, alzaban una pata vertical para lamerse un rato la flor rosa del ano. La leña ardiendo chisporroteaba a veces. En el tablero, durante un rato largo, no sucedió absolutamente nada.

- Yo creía que los revolucionarios sólo jugaban ajedrez después, en el exilio.
- Si quiere mirar, cállese -ordenó Federico sin levantar la vista. Escobar se puso en pie, se fue a hablar con las niñas. Señaló la barriga de Ana María.
- ¿Cómo le van a poner?
   Ana María se acarició la dulce curva del vientre. Tenía la piel iluminada por la maternidad.
- Simón -reveló, con orgullo.
- Yo al mío le voy a poner Diego León, como Diego León -manifestó Beatriz. -Y si es niña, Beatriz.

   La miró con curiosidad. No se le notaba el menor signo de embarazo en su barriga plana, y sus senitos frágiles, que suelen ser lo primero que se hincha en esos casos, se adivinaban finos, tersos, desnudos tras la lana del suéter. Lo asaltó un breve deseo de meterle la mano bajo el suéter y acariciarle rápidamente uno, cuando no los miraran. No los miraba nadie. Federico y Diego León jugaban en silencio! Ana María parecía mirar hacia dentro de sí misma, escuchar los rumores de su propio embarazo, acuáticos y tibios. Pero no. Oyó la noche afuera: el sordo estruendo del tráfico, el lejano bramido del pito de aire de un bus, el aullido de un loco que vagaba por los jardines sin luz del Planeta río, bajo los eucaliptos.

- Simón, Diego León. . . -reflexionó en voz alta: -¿Por qué nombres en ón, que son tan densos, tan duros de cargar, sobre todo en la infancia? Fina quería tener un hijo únicamente para poder ponerle Gedeón.
- No digas mentiras. Escobar, no seas idiota -dijo Ana María.
- Te lo juro. Las madres tienen hijos para poder ponerles nombres. Los que ellas quieren, no los que quieren ellos. El control. El dominio. Para robarles toda su libertad. Las mujeres se alimentan de la libertad de los demás.
- ¡Aaaaaay. . .! -protestaron al unísono Ana María y Beatriz, exasperadas.
- Es que he estado pensando mucho en eso de la libertad -explicó Escobar.
- Cásate con Fina -sugirió Beatriz.
- No puede -aseguró Ana María, triunfal. -No va a volver con él.
   La desazón empezó a crecerle a Escobar en la garganta, como un cáncer.
- No es eso -cortó. -Al contrario: estoy solo. Soy libre. Soy feliz.
- Todo el mundo se casa -observó Beatriz. -Todas las mujeres, por lo menos.
- Eso es lo que les digo: las mujeres no soportan la libertad. No conocen la propia. No toleran la ajena. Apenas pueden, se casan con un pobre tipo que no le estaba haciendo mal a nadie.

   Beatriz palideció de cólera. Ana María hizo una risa de burla. Las interrumpió un mugido de derrota venido del tablero de ajedrez.
- Diego León siempre gana -se ufanó Beatriz.
   Diego León Mantilla se acariciaba satisfecho el bigote, parpadeaba de triunfo tras el cristal de los anteojos. Federico abandonó el tablero, se puso en pie, hizo craquearlas articulaciones, se apartó del fuego.
- Hace calor.
- Quítate la ruana -aconsejó Ana María.
- Sí -intervino Escobar-: quítese esa ruana. Yo no entiendo: es la cosa contra natura de la izquierda, supongo, como señalan los periódicos. Chimenea encendida, como un burgués, porque se es burgués. Pero encima, ruana, porque el pueblo usa ruana. Sólo que la usa precisamente porque no tiene chimenea.
- No sea huevón, Escobar -Federico rio pesar suyo. A Beatriz la observación no le hizo ninguna gracia:
- Tú sí cómo eres ¿no, Escobar? ¿Qué es lo que tienes contra los de ruana?
- Es que tampoco son de ruana -aclaró Escobar. -Ahora el pueblo se pone unas chompas fluorescentes de plástico que traen de contrabando de Taiwan.
- No hable mierda, Escobar. Usted es un burgués de mierda -sentenció Federico quitándose la ruana. Debajo tenía un suéter grande y pesado de cazador de ballenas.
- Eso lo sé, lo sabemos -argumentó didácticamente Escobar: -no hay burgueses que no sean de mierda. De qué cree que es usted. De qué son ustedes. . .
- Lo que importa no es el origen de clase, sino la posición de clase -refutó Beatriz, con sorna.
- El compromiso -le ayudó Diego León.
- Eso, el compromiso. ¿Saben qué? Escobar dice que casarse es no ser libre -denunció Beatriz.
- No es ese compromiso, vieja... -cortó Diego León Mantilla, levemente exasperado.
- ¿Ah, no? ¿Entonces qué es el compromiso, tú que lo sabes todo, a ver?
- El compromiso de clase. Con la clase obrera y con el campesinado. Y bueno, claro -cedió Diego León-, a nivel individual, también puede haber el compromiso con-
- Lo que yo decía: casarse -interrumpió Beatriz.
- No me interrumpas, vieja, ¿sí?
- Cada vez que digo algo me dices que no te interrumpa.
- Porque cada vez que dices algo me interrumpes, vieja Déjame un instante ¿sí?

   Se enzarzaron en una discusión en cuchicheos. Ah, la discusión teórica. Escobar, empezó a colocar de nuevo las piezas en el tablero. Federico daba vueltas, recogía trapos jugaba con alambres, se limpiaba con un buril las uñas encostradas de greda y de pintura. Emergió nuevamente la voz de Diego León:

- Tiene razón Beatriz: lo que le pasa a Escobar es que es incapaz de comprometerse: ni a nivel político, ni a nivel teórico, ni a nivel personal. En resumen: está política, teórica y personalmente muerto. ¿Porqué llega oliendo a naftalina, Escobar?
- Es largo de explicar. . .

   Escobar se sentó en el suelo ante el tablero, deprimido. La intuición de Fina y la reflexión teórica de Diego León Mantilla llevaban al mismo llanito: estaba muerto. Era curioso que coincidieran ambos en la conceptualización. Hubiera querido estar a solas con Federico y Ana María para hablar de Fina, para contar su historia del bar con Edén Morán Marín. Pero las cosas se complican siempre. Le tocaron las negras. Diego León abrió con el peón del Rey.

- Pero además es al contrario -continuó Escobar. -Estar muerto es más bien ser eso que usted llama "comprometido". Es haber dejado de ser lo que se es. Es haber renunciado a perseverar en el propio ser.
- No sea pedante, Escobar. Y mueva.
- Soy pedante: persevero en mi propio ser. En fin: más o menos. Pero en cambio, vea a Federico, por ejemplo, que antes era pintor ¿se acuerda?
- A mí me gusta más como escultor -interpoló Ana María.
- Eso no tiene nada que ver, mi amor -dijo Federico.
- Eso es lo que Escobar está diciendo.
- No. Lo que estoy diciendo es que ya no es pintor, como antes, sino pintor comprometido, que es como no ser nada. Como estar muerto. Ya no pinta. Ilustra consignas. "Campesinos y obreros unidos al asalto del banquete del imperialismo y sus aliados locales". Hombre, sí: me imagino que eso es lo que ustedes llaman "la línea correcta". En una esquina del cuadro debe haber un sello rojo que dice nihil obstat, o como digan ustedes nihil obstat en chino. Apuesto a que usted ni siquiera sabe chino, Diego León.
- Diego sí sabe chino -aseguró Beatriz.
- No sé chino, pero eso no importa -afirmó Diego León Mantilla. -No se trata de eso.
- No diga pendejadas, Escobar -cortó Federico.
- Usted sabe que no son pendejadas. No me diga que de verdad cree que lo que pinta ahora es una maravilla.
- No. Pero es que no se trata de eso, como dice Diego. Se trata de saber para quién y para qué se pinta. Estaban en plena discusión teórica.
- ¿Y usted para quién pinta?
- Para el pueblo, huevón.
- No sea huevón usted. Dígame más bien quién le compra los cuadros.
- Ay, Escobar, no me diga que vino con ganas de discusión teórica. Además eso es lo malo: nadie me compra los cuadros.
- Es que son malísimos, Federico, dése cuenta.
- No es que sean malísimos -intervino Diego León Mantilla. -Es que no corresponden todavía al nivel de desarrollo de la conciencia de las masas. Pero teóricamente son correctos, porque contribuyen al desarrollo de un proceso.
- Qué entiende usted por "contribuir al desarrollo de un proceso", hágame el favor y me explica.
- Contribuyen al desarrollo del proceso de elevación de la conciencia de clase de las masas en un momento histórico determinado.
Escobar se sintió anonadado. Hizo avanzar un caballo en el tablero.
- Palabras. . .-dijo. -En vez de un mar de luz, el río de la forma. . .
- No diga huevonadas, Escobar, por favor -lo cortó Diego León Mantilla, brillantes de excitación los ojos tras los gruesos cristales. -Entienda: hay un proceso ¿sí? Ese proceso es la lucha de clases ¿sí? ¿Usted ha oído hablar de la violencia revolucionaria?

   El reflejo de las llamas bailaba en los anteojos de Diego León. Federico observaba el tablero, en donde no pasaba nada, y se rascaba la barba. Estirados, los gatos dormían, ajenos a la dialéctica. Las dos niñas habían vuelto a sentarse en el sofá del fondo, a hablar de sus respectivos embarazos. Escobar miró con sorna a Diego León Mantilla: los bigotes vibrantes, los anteojos chispeantes, las pequeñas manos huesudas, la curvatura escoliósica del esternón, el pecho hueco de universitario. Le soltó a boca de jarro:

- ¿Usted sabe algo de violencia? - Todo -se jactó Diego León. -Desde Sorel hasta las Brigadas Rojas.
- No, digo eso. Digo violencia de verdad: violencia. ¿Lo han matado alguna vez? ¿Ha matado a alguien? ¿Usted, con sus propias manitas?
   Diego León Mantilla lo consideró con lástima:
- No sea pendejo. Escobar. No se trata de eso.
- Sí se trata de eso -Escobar adelantó un peón a la mitad del tablero. -Yo, por ejemplo, maté a un tipo hace dos días. No crea que es fácil.
   Diego León Mantilla lo miró a los ojos:
- No le creo.

  Escobar se sintió absurdo, e inseguro. ¿Había matado? Tal vez no. No podía estar seguro. A lo mejor Edén, después, había muerto: volvía a rondarle en la cabeza la idea de que se había tragado la lengua. Pero si había muerto así, había muerto por su cuenta. No lo había matado él. No podía haberlo matado: no se sentía distinto. Federico interrogó:
- A quién mató.
- A un tipo. Un tipo ahí. En un bar. Un poeta.
   Diego León Mantilla soltó una carcajada que sobresaltó a los gatos. Desde el sofá, fuera de alcance, Beatriz se rio también, como un diapasón, y preguntó:
- ¿De qué te ríes, Diego?
- De Escobar.
   No era motivo de risa. Escobar miró a Federico, que lo miraba desconfiado, atento.
- ¿Está hablando en serio?
- En serio -dijo Escobar, serio. Pero no estaba seguro. Había visto después a Edén Morán Marín montando en taxi. Sin duda habían llegado sus amigos, lo habían salvado, entre dos habían logrado extraerle del paladar la lengua. ¿Pero por qué su imaginación insistía en lo de la lengua? En fin.
- Bueno, no estoy seguro -reconoció al fin- -Es que no es fácil matar a un tipo, no crean.
   Diego León Mantilla volvió a reir, se atusó los bigotes, reconfortado, contento, devuelto a la teoría: Sorel, las Brigadas Rojas, la violencia, partera de la Historia. Luego se comió fríamente el peón negro de Escobar, indefenso en medio del tablero.
- Eso le pasa por huevón -sentenció Federico.
  Tenía razón: eso le pasaba por huevón.
- Además su problema es ese: -remató Diego León-: usted es incapaz de matar a nadie.
  También eso era cierto. ¿Pero era grave? No sabía. No les interesaba su muerto. Al fin y al cabo, vivían en Bogotá. O, más seriamente: ¿qué pesa un muerto más o un muerto menos en el río de sangre de la Historia? La verdad es que tampoco le interesaba mucho a él, y era su propio muerto. Federico armó un nuevo cacho de marihuana y lo pasó en redondo.
- La droga es contra- evolucionaria, compañero - señaló Escobar.
- No sea huevón.
- Escobar, juegue.
   Comió el peón blanco.
- Huevón -opinó Federico.
- Eso es lo malo de los marxistas criollos: nunca hacen crítica constructiva.
- Mueva el caballo.

   Fumó, caviloso, pero no movió el caballo. Oyó el timbre de la puerta, voces nuevas, risas, ladridos. Los dos gatos pararon las orejas. Cuando alzó la mirada vio a una niña larga, flaca, dorada, toda brazos y piernas: parecía arrancada de una página de la revista Vogue. La arrastraba un gran danés inmenso, de un gris tirando a púrpura, de ancho pecho musculoso. Los gatos se erizaron. El perro se les vino encima, uno huyó, pero el otro se quedó acorralado entre la chimenea y el tablero de ajedrez y sacó la garra, bufando. El perro se paró a olfatear las piezas de ajedrez, moviendo amigablemente la cola.

- Es una madre -dijo su dueña. Era divina. -Sólo tiene seis meses.

   Con ella venía un tipo de anteojos negros refulgentes, reflectantes. Esbozaba pasos de rumba diciendo soda hermano, chévere hermano, la verraquera hermano, con botas de tacón y cadenas al cuello. Parecía uno de esos tipos que toman fotos de largas niñas increíbles para después vendérselas carísimas a la revista Vogue. La niña se inclinó para besar en la barba a Federico. Entre la blusa abierta Escobar pudo verle dos medios senos lisos y redondos, levantados por las dos medias copas del sostén de encaje como dos medias copas de helado de vainilla.

- Soy Angela -dijo, saludando a Escobar. Y le dio un corto beso perfumado en la mejilla. ¿Perfumado con qué? Algo en francés: Je m’en vais. Je reviens, A la recherche du temps perdu.
- La verraquera, hermano -saludó el tipo que venía con ella. Escobar se miró reflejado en sus anteojos ciegos, en un muro de luz. El tipo se fue medio bailando, tironeando del perro. Los gatos regresaron con el pelo erizado todavía. Recobraron la calma poco a poco, moviendo apenas una oreja picuda cuando más allá de la puerta del vestíbulo se oía gemir y rasguñar al perro.
- ¿Puedo mirar? -preguntó Angela. Y se sentó en el piso al lado del tablero, con las piernas cruzadas y un largo pie debajo de la nalga.

   Estirando la mano por sobre el ajedrez le hubiera podido tocar con la punta del dedo la rodilla pulida, allí donde la piel dejaba traslucir la claridad amortiguada de la rótula. Entre los botones sueltos de la blusa los dos medios senos pálidos reflejaban la luz como dos medias lunas: le hubieran cabido en el cuenco de la mano. El resplandor del fuego hacia bailar las sombras en su cuello, en sus pómulos, en los mechones cobrizos de su pelo, y brillaba en sus ojos separados, ensombrecidos por los altos párpados.

- Juegue, Escobar -se impacientó Diego León Mantilla.
- Mueva el caballo -aconsejó de nuevo Federico. Y Escobar, dócilmente, movió el caballo.
- El otro, imbécil.

   Angela soltó una carcajada grave, clara, burlona. Miró a Escobar con la risa en sus ojos extrañamente separados: la risa de Lilith, la hembra castradora. Decidió no mirarla. El tipo disfrazado de fotógrafo que había venido con ella había puesto un disco de salsa y bailoteaba solo por ahí mientras exclamaba la verraquera hermano, vamos a vacilar, y gambeteaba entre el desorden de lienzos enrollados y herramientas regadas por el piso, ciego como un enorme escarabajo tras sus gafas reverberantes de mafioso. Los gatos lo miraban con reproche por una raya desdeñosa de luz entre los párpados. El tipo vino a acurrucarse al lado del tablero sin dejar de mecer las caderas al ritmo de la música, extrajo un pequeño envoltorio del bolsillo firmado de su camisa Gucci, Pucci, Fiorucci, abierta sobre dijes y cadenas hasta el esternón húmedo de sudor. Virtió un montoncillo de polvo blanco sobre uno de los escaques negros sin consultar con ninguno de los dos jugadores. Lo separó con esmero en líneas paralelas. Sacó un billete nuevo, lo enrolló con destreza, aspiró hondo por un orificio nasal y después por el otro:

- ¡La verraquera, hermano!

   Angela se inclinó para aspirar su línea, y su pelo de miel barrió un instante el tablero haciendo trastabillar las piezas negras. Pésimo augurio. Diego León sorbió con ruido sordo, y con la punta de la lengua recuperó el polvillo blanco que le quedó escarchado en los bigotes. Federico, cuando le llegó el turno, exclamó:

- ¡La verraquera, hermano!
   Escobar lo miró como a un vendido.

   Pero él también metió su línea de coca, aunque en silencio. Soy débil, Señor. Por eso estoy aquí. Afuera, en Bogotá, se adivinaba el expandirse sordo de la noche, roto a veces por ruidos espantosos. Sintió que se le adormecían los conductos nasales. Miró a Angela: era difícil mirar al tiempo sus ojos separados. Ella mantuvo su mirada. Sintió entre los calzoncillos el tibio peso incipiente de una pequeña erección. Se la acomodó maquinalmente con dos dedos, vio en sus ojos de nuevo la sonrisa de burla, la punta de su lengua pasar rosada por sus labios, rápida como la lengua de un gato. Apartó la mirada. ¿Había visto su lengua? Tragó saliva con esfuerzo. No podía estar seguro. Nada es seguro nunca. El calor del fuego tostándole la espalda, un tipo disfrazado de campeón absoluto de la cheveridad bailando solo por el taller en la penumbra, dos mujeres hablando de bebés en un sofá del fondo, Diego León intentando, pobrecito, una defensa siciliana, Mao Tsé tung clavado en la pared, contemplando la escena con sonrisa enigmática en su gran cara lisa de bebé milenario.

- Ustedes están atrapados en el velo engañoso de Maya -dijo.
- Juegue -ordenó Diego León.

   Jugó. Se sentía observado. Por lo demás, sentía la desazón de estar perdiendo el tiempo. Era eso lo que había rechazado en casa de su madre (y el cadáver de Edén Morán Marín, naturalmente): el tedio de la inutilidad, sus tíos y sus tías sentados en sillones con la pierna cruzada, tomando whisky y té, cuando la burguesía tomaba whisky y te en vez de marihuana y coca.

-¿Ustedes de verdad creen que esto lleva a alguna parte?
- Que alguien calle a Escobar -pidió Diego León.
- Estoy hablando en serio: que nadie diga más tarde que esta fue nuestra bohemia.
- Que alguien calle a Escobar.

   Se concentró en el juego. Pero el desasosiego persistía. ¿Cuál es el objeto de esta reunión? ¿Contribuye a mi avance en el camino de la perfección? Frente a sus ojos, las largas piernas de Angela se perdían en la sombra de la falda, indicando el camino: hueco es hueco, había dicho el taxista, ese sabio. Contempló fijamente la carne de oro tibio.

- El otro día escribí un poema...
- Escobar, por favor, juegue.
- Es corto. Es un poema sobre ustedes. Oigan:

      Desde antes de nacer
      (parece que fue ayer)
      están muertos.

- ¡Mieeeerda, no joda...! -opinó el tipo que había venido con Angela, parando en seco su danza.
- Será un poema sobre usted -protestó Beatriz, sentada ahora en el piso al lado de Diego León. Escobar le veía los pequeños pezones erguidos bajo el suéter. ¿Sería verdad que estaba embarazada?
- Es pésimo -opinó Diego León. -Torpe en la forma, negativo en el contenido...
- Federico interrumpió con un gruñido:
- Escobar, dígame seriamente: ¿Usted piensa pasarse toda su vida escribiendo poemitas de mierda? ¿Cree que tiene derecho?
- Aaaayyy... ¿otra vez? Creí que ya habíamos agotado el tema del arte comprometido. Le repito: vaya y mire sus cuadros.
- Federico pinta para el pueblo -intervino Ana María, desafiante. Le brillaban los ojos de la cólera, iluminando la belleza serena de su maternidad. Todas las mujeres deberían tener hijos. Fina tenía razón.
- ¡Diego León también enseña para el pueblo! -prorrumpió Beatriz.
- ¿Qué enseña? -interrogó Angela.
- ¡Literatura comprometida! -dijo Beatriz.

Diego León clavó la nariz en el tablero, parpadeando con fuerza.

- Mierda -afirmó Federico, sinceramente indignado.
- Mierda, pura mierda. No nos interesa su mierda, Escobar. A nadie le interesa su mierda.
- No le haga caso, Federico: es un provocador -aseguró Beatriz. -Un trotskista ¿no, Diego?
- Bueno... -empezó Diego León.
- Tú me dijiste que los trotskistas eran provocadores, ahora no vengas a decir que no -desafió Beatriz.
- Sí, pero no es eso, mi amor: eso era hablando de Jefferson Calarcá Marroquín...
- ¿Jefferson Calarcá Marroquín? -preguntó Escobar.
- ¿Lo conoce? ¿Ves, Diego? Lo conoce -dijo Beatriz! triunfal.
- No -negó Escobar. -Es que no creí que nadie se llamara así.
- Yo lo conozco -dijo Angela.
- Todas las viejas lo conocen -bufó Diego León, despreciativo. -Se las tira a todas hablándoles de la revolución permanente.
- ¡Quién les manda ser bobas! -dijo Beatriz, con orgullo, - Yo no lo conozco tanto... -rio Angela. -Es que es hermano de Vicky Marroquín, una niña de Cartagena que hace modelaje conmigo.
- ¡Modelaje! -dijo Diego León con desprecio. -Al servicio de la burguesía, de las multinacionales...
- Angela, usted debería hacer otra cosa ¿sabe? -dijo Beatriz.

La conversación se estaba diluyendo en el vacío. Escobar recitó nuevamente:

      Desde antes de nacer.
      (parece que fue ayer)
      están muertos.

- Ay, Escobar, por Dios... ¿No ve que estamos hablando en serio? -se exasperó Beatriz. ¿Ves, Diego? Es un provocador. Es mejor no hacerle caso.

Y se encogió de hombros, haciendo saltar su senitos bajo el suéter. Diego León estudió el tablero. - Repítalo ¿si? -pidió Angela. Escobar repitió, aunque le parecía que tampoco era para tanto:

      Desde antes de nacer
      (parece que fue ayer)
      están muertos.

- A mí me gusta -declaró Angela. Escobar la miró con cierto asombro. El tipo que había venido con ella volvió bruscamente la cabeza, fijando en Angela el doble espejo de sus gafas. Angela lo miró, burlona, retadora. Miró luego el asombro de Escobar, con la burla dormida en los párpados. ¿De qué color tenía los ojos? Repitió:

- Me gusta. Me parece que tiene razón.
- ¡Tú qué vas a entender! -bufó Ana María con un doble desprecio de hermana mayor, de mujer politizada.
- Los que no han entendido son ustedes -terció Escobar, defendiéndola, defendiéndose. -Es un haikú. Haikú, para que entiendan, es un género de poesía japonesa que...
- Eso no es un haikú ni muchísimo menos, no sea presuntuoso y farsante -lo corrigió Diego León Mantilla. -Un haikú es un poema en versos de cinco y siete sílabas, alternados, en el que el primer verso...
- Es que es un haikú colombiano. Aproximativo, de oídas. Una simulación de haikú. Del mismo modo, ustedes no son revolucionarios: son revolucionarios colombianos.
- ¿Lo ves, lo ves? Es un provocador -dijo Beatriz, indignadísima.
- Escobar tiene razón -volvió a intervenir Angela, que a cada palabra le parecía más y más inteligente. -Si ustedes de verdad fueran revolucionarios, estarían haciendo algo, no sentados ahí como muertos.
- Tú no te metas, Angelita: no sabes de qué estás hablando -la regañó Ana María.
- La que no sabe eres tú. Tú dices lo que diga Federico. Ahora andas de comunista. ¿Comunista tú? Déjame que me ría.
- Comunista no, idiota -corrigió Ana María. -Marxista-leninista.
- Pensamiento Mao Tsé tung -completó Beatriz, triunfante, haciendo que Diego León bajara todavía más los ojos, los bigotes, sobre las piezas del tablero.
-Bueno, juegue, Escobar.

El tipo que venía con Angela se levantó, aumentó el volumen de la música.

      ¡DONDE ESTAN MIS ZAPATOS BLANCOS
       DONDE ESTAN!

- Tiene razón esa niña -Escobar alzó la voz, señalando a Angela con el dedo. -Si ustedes fueran de verdad revolucionarios, estarían haciendo algo. ¿No han visto, no han oído? Afuera este país se está volviendo pedazos. ¿No oyen a veces gritos de asesinados, crujidos terroríficos? Es el país, que se deshace. Y ustedes mientras tanto están sentados ante una chimenea jugando ajedrez, metiendo coca, oyendo salsa, y se llaman marxistas-leninistas-pensamiento-Mao-Tsé tung, y se sienten unos verdaderos verracos.

- No hable mierda, Escobar. No sabe de qué está hablando. - Claro que sé, Federico. Mejor que usted.
- Si supiera, haría algo.
- Eso le digo yo a usted. Yo sí hago. Escribo haikús. A veces.

Tenían que hablar casi a gritos en el estruendo de la salsa.

- ¡Lo importante es el contacto con las masas! -vociferó Diego León.

      ¡DONDE ESTAN MIS ZAPATOS BLANCOS
      DONDE ESTAN!

- ¿Usted conoce masas? - Sí. En la Universidad.
- Eso no son masas. Son pequeños burgueses frustrados. Como usted.
- Burgueses somos todos -cortó otra vez Ana María. -Lo que importa no es el origen de clase, sino la militancia consecuente en un partido campesino y proletario de masas
-se interrumpió para fulminar con la mirada a Angela, que sonreía sarcástica tras sus ojos entrecerrados. -Tú cállate, Angelita, que no tienes ni idea de lo que estamos hablando.

      ¡DONDE ESTAN MIS ZAPATOS BLANCOS
      DONDE ESTAN!

Diego León intentó poner orden:

- Lo que sí es objetivamente pequeño burgués es lo suyo, Escobar: escapismo pequeño burgués.
- El escapismo es el más alto triunfo del espíritu humano: "Huye, que solo el que huye escapa", dice en alguna parte San Juan de la Cruz, creo.
- ¡San Juan de la Cruz! -la voz de Diego León rezumaba sarcasmo. -Un clérigo al servicio de los grandes terratenientes de su tiempo, que eran la Iglesia y la nobleza.
- Diego León, por favor: no haga marxismo barato. No sea fanático. No sea doctrinario. No sea huevón.
- ¡Hay que ser fanático! -exclamó Beatriz. -En la lucha de clases hay que ser fanático. ¿O no. Diego? -interroga a su marido, repentinamente insegura de la corrección de su fanatismo. Tenía lindas teticas, eso sí.
- Bueno, juegue, Escobar -dijo Diego León. Beatriz le cuchicheó algo furiosamente en el oído. Diego León le cuchicheó de vuelta, con exasperación. Beatriz cuchicheó de nuevo. Angela se reía. Escobar intervino:
- No me diga que usted da clases de lucha de clases, Diego León.
- ¡Ignacio, no seas imbécil! -gritó Ana María. Y a Angela: -Y tú no seas imbécil, Angelita.

El tipo que había venido con Angela se acercó bailoteando:

      ¡Se me perdió la cartera
      ya no tengo mas di-nero!

y volvió a ofrecer coca. Todos metieron un pase, salvo las embarazadas.

- ¿Tú eres poeta, cuadro? Soda, campeón, chévere y ya. ¿Y tú eres marxista, pela? Fresca, tronco de vacilón. Un pericazo y vamos a rumbear.

      ¡Ya no tengo más dine-ro
      Se me perdió la car-tera!

y quiso arrastrar a Ana María a bailar en medio del taller. Ana María lo rechazó, alegando su embarazo. Beatriz, en cambio, salió a bailar lanzándole a Diego León una mirada desafiante, petulante. En la agitación de la salsa las teticas le brincaban dentro del suéter, como corchos en el agua. Escobar las miró hipnotizado un momento.

      ¡Uno sale de la ca-sa
      con el día deter-minao!
      ¡lo que va a pasar le pa-sa
      aunque vas de lao a lao!

La predestinación, ese misterio. Sorprendió de nuevo la mirada de Angela. La predestinación, que tanto preocupó a San Agustín. Miró los ojos encapotados de Angela, su boca movediza: la sonrisa de Lilith. Diego León le pasó una chicharra, y la aspiró con fuerza, quemándose las puntas de los dedos. Se la dio a Angela. Sintió un instante el contacto de sus dedos.

- ¿De qué estábamos hablando?
- Estábamos jugando ajedrez -informó Diego León.
- Ah, sí. La inautenticidad de ustedes los revolucionarios de salón. Pero no es sólo de ustedes. Es el problema de todo este país -o no el problema, porque no es un problema, sino una esencia. La inautenticidad es lo único verdaderamente auténtico en Colombia. Somos eso. La otra noche, en una especie de bar de putas que se llamaba el Oasis, en la Trece, canté con unos músicos que se llamaban Los Auténticos. Eran auténticamente colombianos: cantaban rancheras mexicanas, cuecas chilenas, tangos. Yo también canté con ellos. Canté incluso canciones que yo no me sabía. - No hable mierda. Juegue.

- Hablar mierda es lo más auténticamente colombiano que hay.
- Juegue.
- Déjeme pensar.
- Enroque -aconsejó Federico.

   Pero se le empezaban a volver borrosas las ideas. No comprendía el sentido exacto de las amenazas del tablero.

- Ah, sí: la noche en El Oasis. Los Auténticos. Yo estaba con unos poetas que tampoco eran auténticos poetas, naturalmente. Dos eran más bien billaristas. El otro fue el que tuve que matar después, porque trató de violarme en el baño y no encontré la manera de decirle que no. Era pederasta.

- Si lo trató de violar a usted no era pederasta, sino gerontorasta.
- Eso. Ni siquiera era un pederasta auténtico.
- ¿Gerontorasta? -inquirió Angela. - El que le gustan los viejos -aclaró Diego León Mantilla. Mire a Escobar: esa carne ya fofa...
- Te estás quedando calvo, Escobar ¿te habías fijado? -ayudó Beatriz desde atrás.
- Juegue, Diego León -cortó Escobar.
- Esta hierba está chévere -comentó el tipo que había venido con Angela. Hizo circular un nuevo cacho denso, fuerte, levemente dulzón hacia el final de la bocanada. Ahora estaba sentado en el brazo de un sillón, a espaldas de Angela, y le acariciaba la nuca con gesto distraído de propietario. Era increíble que no sacara la mano pegachenta de luz, como de un tarro de miel de abejas. Angela se apoyaba en sus piernas. Pese a la cabellera afro de guitarrista rock, pese a los ojos ciegos de policía de tránsito, Escobar hubiera querido ser ese tipo, para tener a esa niña recostada en las piernas, y la mano en su pelo. Pero era incapaz de matan nadie.

- Juegue, Escobar.
- Mueva el caballo.


Eso ya había sucedido veinte veces. Tenía la desagradable impresión de que todo se estaba repitiendo. ¿Todo era siempre igual, reiterativo, circular? Me saludaré a mí mismo al pasar, cuando vuelva a pasar como en un carrusel, subiendo y bajando como un corcho en el agua. Miró los dos senitos de Beatriz, ahora quietos, apenas dibujados bajo el suéter. Miró los de Angela, de un oro pálido, color manzana entre la blusa abierta. Hubiera querido empinarse sobre las nalgas para verlos mejor, pero le daba vergüenza que Angela fuera a pensar que él era la clase de tipo que se empina para verle mejor los senos a una niña que esta sentada enfrente. Y sí, era esa clase de tipo. ¿Cómo serían por debajo? La textura de un seno es siempre distinta por debajo: más mórbida, más dulce. Y es importante verificar la curva de la caída, el peso. Recordaba haber oído decir alguna vez que lo importante en un seno es que un lápiz colocado debajo caiga de inmediato al piso, sin quedar atrapado en el doblez de carne. Observó sus clavículas, el hueco entre una y otra escápula, donde el cuello nacía. Se dio cuenta de pronto de que la estaba mirando sin el menor recato, como a un extraño insecto. Buscó sus ojos apartados, de extraño insecto, que le devolvieron su mirada. Esperó no estar siendo analizado de la misma manera. Sintió que entre los dos se tendía ahora un puente de deseo, tan sólido que hubiera podido tocarlo con las manos. Aunque unilateral, probablemente. ¿Qué hacía esa niña divina con ese huevón de mierda? Pero más huevón soy yo, que ni siquiera estoy con ella. Dijo en voz alta:

- Debe haber otra vida. No es posible que todo sea esta misma mierda.
- Escobar, por favor, viejo, juegue.
- Ya voy, ya voy, estoy pensando.
- No piense tanto. Juegue.
- No. Hay que pensar. No basta, como creen ustedes, con haber leído una vez un manual para entender las leyes de la Historia. Por eso los derrotan sistemáticamente. Aunque tampoco sé para qué pienso tanto. Al fin y al cabo el ajedrez es un juego de azar.

   Movió al azar un caballo, que Diego León devoró de inmediato. Descubrió con asombro que en algún momento de la partida le había comido también el otro, y un alfil, y tres peones, y no pudo recordar cuándo. Debería ser posible repetir las jugadas, reconstruir el paso de los días, descubrir cuándo perdimos el camino de la vida. Ante sus ojos el tablero latía, se dilataba, se contraía de nuevo. A veces creía distinguir claramente líneas de fuerza entre las piezas, tensiones tan potentes que parecían torrentes de materia; y luego se borraban sin razón en el aire, tal como habían venido, y no quedaba nada en el tablero. Un caballo muy bueno, pero era de Diego León. Vio abrirse de repente una avenida ancha, victoriosa, como para un alfil. La vio cerrarse. Debería ser posible saber cuándo perdimos la partida. Tal vez desde el principio. Uno sale de la casa con el día predestinado. Lo que va a pasar le pasa. Y es normal. Si el Universo está en perpetua expansión, como es visible, y conocemos los datos básicos, las distancias, y alguien que sepa de eso nos informa sobre aceleraciones y centrifugaciones, si es esa la palabra, es muy sencillo deducir el instante en que todas las cosas se hallaban juntas en un sitio. Lo demás es Historia: telaraña de Maya, que se pega a los dedos.

   Le daba la impresión de estar a punto de descubrir algo muy importante. Varias cosas, tal vez, muy importantes, Varios descubrimientos deslumbrantes, distintos, contradictorios casi, y difíciles de seguir al mismo tiempo, como altos buques de complicados aparejos que siguieran derrotas divergentes sobre el espejo del mar. Demasiados descubrimientos simultáneos. Frente a sus ojos, los dos ojos de Angela flotaban en el aire. Un blando viento le traía su olor de mujer cara, un sabio viento que había reconocido sus recovecos más secretos. Mojó el dedo en saliva, lo levantó verticalmente: no había un soplo de viento.

- Por favor, juegue.
- Ya voy. Ya voy.

   Descansando en la alfombra, al lado del tablero, veía su mano quieta, a menos de una cuarta de la pierna de Angela. Una mano en el piso, como un crustáceo muerto. Una decisión suya, un impulso nervioso, y la mano daría un corto vuelo para posarse en la rodilla de Angela. La mano, por su cuenta, se cerró lentamente; se volvió bocarriba agitando muellemente los dedos, cerrándolos en un capullo, en una flor marina que se contrae y respira, chupa y expele el aire por la copa apretada de los pétalos como si fuera agua. Escobar la miraba fascinado. Sabía que estaba queriendo recordar algo, intentaba sorprenderse a sí mismo en el instante de atrapar el recuerdo de un zarpazo, de oir el cambio repentino en su zumbido y sentirlo chocar ciego y enloquecido contra la pared hermética de su mano ahuecada, luchando por escapar. En qué momento se abandona, sin saber cómo, una cáscara hueca y ya vacía y chupada en el collar del tiempo, una burbuja impenetrable y sin salida, y esta uno en la siguiente: en qué momento es ya imposible volver a la anterior.

- ¿Va a jugar, viejo?
- Perdón. Estaba distraído.

   Movió su Reina. Todo se transformó de pronto en el tablero. Todo era repentinamente claro y transparente, inequívoco, y de nuevo atravesaban el tablero anchas fuerzas de luz irresistible.

- Abandone, Diego León.
- No sea idiota.
- Tenga dignidad.

   Un movimiento de Diego León; y otra vez el tablero era un nudo de sombra. Entonces apareció Mateo en brazos de Ana María y hubo un revuelo entre las niñas. Angela lo tomó en sus brazos. Beatriz lo aplastó a besos. En mameluco azul, con un hilo de baba reluciente colgando de los labios, Mateo miraba en torno con el desdén de un hombre que va montado en un caballo. El tipo que venía con Angela le hizo fiesta con grandes aspavientos.

- ¡No Joda, que pelao tan chévere!
- ¿Ya sabe pararse solo? -preguntó Escobar, por amabilidad. A las madres les encanta que les pregunten eso de sus niños.
- Ya camina -aseguró Ana María llena de orgullo.

   Y lo puso en el suelo. Mateo dio tres o cuatro pasos vacilantes rumbo a su padre, y se dejó caer sentado en el tablero, riéndose, todo hoyuelos y salivas. Escobar creyó morirse de la rabia; pero sólo un instante: al fin y al cabo iba perdiendo. Pero Diego León, que sentía ya la victoria atrapada por la cola, dejó escapar un grito. Mateo, soltando risas, se dejó alzar por Angela, que se lo acaballó otra vez en la cadera. Mateo lanzó un manotazo hacia el sostén de encajes, y un instante salió el seno a la luz, redondo y pálido, tierna y rosada la fresa del pezón. Angela lo guardó nuevamente con movimiento experto. Mateo lanzó otro manotazo a la cara del tipo que había venido con ella atraído por los reflejos tornasolados de sus gafas, y Escobar esperó que se las hiciera pedazos. Pero el tipo esquivó, y a continuación fingió un rápido combate de boxeo con Mateo, que reía a carcajadas. Escobar los odió a ambos Diego León, intentaba todavía recomponer en el tablero partida hecha añicos. Renunció.

- Beatriz, nos vamos.

   Beatriz se puso una raída chompa de cuero sobre el suéter, cerró la cremallera cubriéndose los senos delicados, salió dócilmente detrás de su marido. El tipo que había venido con Angela se despidió a la redonda. De Mateo -adiós pelao-, de Ana María -chévere, chao-, de Federico -nos vemos, Fico, hermano-, de Escobar -hasta la vista, cuadro-, y golpeó a Angela en las costillas con el índice estirado: aja, peláa, nos fuimos. Angela perdió el aliento:

- Ay, Richi, no seas brusco.

Se llamaba Richi, el hijo de puta.
Se llevaron al perro.

 

 

-¿Quién era ese tipo?
- ¿Richi? Es el marido de Angela.

   Una palpitación atravesó a Escobar. Aunque se lo temía todas se casan, Beatriz tenía razón.

- Usted no se debería dejar llamar Fico, Federico, por un individuo que se hace llamar Pichi.
- Richi.
- Richi, Pichi, da lo mismo. Tiene nombre de perro. Esto seguro de que se lo merece: alguien que se llama Richi es porque se lo ha ganado a pulso.
- ¿Qué es la vaina, Escobar?

   Un silencio.

- Nada. No sé. Estoy muy mal últimamente. Fina me decía que me estaba muriendo, y creo que sí, que es eso.

   Un silencio

- ¿Hay trago?
- ¿Y Fina?

   Escobar no contestó. Un gato vino a frotarse el flanco contra sus pantalones, ronroneando. Lo alzó del piso, se lo acomodó en las piernas, le rascó el entrecejo, le alisó el pelo del lomo, lo dejó en paz. El sabor translúcido de whisky le calentó los ojos.

- ¿Y tu hermana? ¿Esa es tu hermana Angela? ¿Tú cómo permitiste que tu hermana se casara con un tipo que se llama Richi?
- ¿A tí qué te importa?
- Me importa. A lo mejor yo también hubiera querido casarme con ella. A Ana María pareció acometerla un ataque de histeria:
- ¡Mierda, Ignacio, no hay derecho! ¿Y Fina qué?

   No pudo contestar. El niño, que hasta ese momento había estado contento sentado en el suelo, gordo, reluciente, riéndose solo, embutido hasta los mofletes en su mameluco azul, se echó a llorar aterrado. Ana María olvidó su cólera, lo tomó en brazos. Federico empezó a hacerle fiestas y ruidos y resoplidos.

- No, Mateúco, no llore, hombre. Es sólo su tío Ignacio que es un pobre huevón. Uúgúuuu, úuuugguuúú, uuuuúúúggguuuúuúú Mateúco, a ver, a ver, muéstrele su diente nuevo a su tío Ignacio, que es un pobre huevón.

   Y Ana María también le hacía risas y carantoñas, y lo mecía en sus brazos. Mateo dejó sus lágrimas, prorrumpió también él en risas y resoplidos, se dejó alzar en vilo por Federico hasta tocar el techo dejando escapar gritos penetrantes de júbilo, feliz. Escobar hubiera querido ser feliz, como ese niño.

- ¿Qué es eso que les ha dado hoy de que soy un huevón? Ana María lo miró fríamente.
- ¿Y Fina qué?

Escobar se encogió de hombros.

- No veo qué tiene que ver Fina.
- ¡Por Dios, Ignacio, eres de un egoísmo perfectamente monstruoso!
- El egoísmo no es monstruoso. Es perfectamente natural.

   Enfurecida, Ana María se fue a traer la comida del niño. ¿No le pensarían dar de comer a él nunca? Oyó un borboteo melodioso venido de su tripas. Recordó que había salido de su casa con la intención de hacer de su vida un festín donde corrieran todos los vinos, donde se abrieran todos los corazones.

- ¿Y Fina qué? -preguntó Federico, sin dejar de mecer a Mateo en una rodilla, como en un camello. -Ana María lleva dos días enfurecida con usted. ¿Pelearon?

Escobar estiró las comisuras en gesto de resignación filosófica. - Usted conoce a las mujeres.

- No. No las conozco -dijo Federico, gravemente. -Yo no conozco a las mujeres. Ni siquiera conozco a Ana María.

   Ana María volvía, cargada de tarritos, de cucharas. Sentó al niño en la mesa, haciendo huir de un brinco al gato que quedaba. Escobar acarició la cabeza del suyo con gesto maquinal, lo vio fruncir el ceño, lo dejó. Ana María y Federico parecían más preocupados que él por el problema de Fina. ¿Sería un problema? Bueno, sí. Tres días ya. Pero no. No conocían a Fina. Ana María le metió al niño en la boca una cucharada de materia gelatinosa y amarilla. El niño la escupió de inmediato. Ana María la volvió a recoger con la cuchara y se la embutió de nuevo entre la boca. Y esta vez sí Mateo saboreó con fruición, tragó, sonrió, exigió más.

- Qué niño tan contento. No parece marxista-leninista. ¿Qué le dan?
- Compota.
- Ya sé, se alcanza a notar en la textura. ¿Pero de qué? ¿Algún alucinógeno?
- Albaricoque con zanahoria y bacalao - informó Ana María.

   Mateo no podía disfrazar su deleite.

- Este niño es muy raro -dictaminó Escobar, apartando los ojos. Y añadió al cabo de un momento:
- Fina también quería uno.

   Ana María se volvió bruscamente, lo miró con ojos glaciales.

- Qué llamas "uno". - Uno de estos. Un niño.
- Ignacio -la voz de Ana María temblaba levemente, y se esforzaba por mantenerla deliberadamente fría y firme-: entiendo perfectamente por qué Fina no quería tener un bebé contigo. Entiendo perfectamente por qué se fue. Entiendo perfectamente por qué no piensa volver jamás.
- No, no -dijo Escobar, desconcertado. -Ella sí quería. Tener un niño, quiero decir. Un bebé, como lo llamas tú. Qué palabra tan blanda, tan húmeda, tan tibia: bebé. El que no quería era yo.

Por otra parte -pensó- Fina volvería en cuanto se le pasara la rabieta. Pero no iba a entrar a discutir ese punto, a desafiar la tempestuosa solidaridad de Ana María. Mateo, sentado en la mesa, había iniciado un balanceo de placer sobre la pelvis. Federico lo miraba absorto, adorándolo. En las rodillas de Escobar, el gato ronroneaba, pesado y caliente como un motor.

- ¿Y usted por qué no quería tener un bebé?

Estaba ya bien amaestrado Federico. Decía "bebé", como una madre. Como un padre, tal vez. Mateo seguía balanceándose, camino del éxtasis, deglutiendo su compota de albaricoque y bacalao como si fuera caviar, a cucharadas, eructando gorgoritos y glogloteos de dicha, dejando escapar a veces chorritos espasmódicos de compota emulsionada con babas sobre su mameluco azul, sobre el pecho de Ana María, sobre su falda. La mesa del taller se iba llenando de caquitas viscosas, las tablas polvorientas del piso, el largo pelo castaño de Ana María, los cuadros más cercanos.

- Pues yo no lo quería más o menos por todo ésto -explicó Escobar, señalando. -Un hijo. Sí, yo entiendo lo que les pasa a las mujeres: la luna, las mareas, los ciclos de los astros. Hay algunas, además que se ponen muy lindas durante el embarazo. Como tú, por ejemplo. Por algo será, claro. Dar la vida, reproducir la vida, responder al llamado de la multiplicación de la especie. Parir entre dolores. Ser madre.

- No sea bobo, Ignacio -intervino Federico, impaciente, dejando de mirar arrobado la gula de su hijo. -Yo no soy madre. Y le cuento que tener un hijo es una verraquera.
- ¡Eres un imbécil, Escobar! -estalló Ana María. Y repitió con ira, remedando el tono didáctico y pomposo de Escobar: -"Hay unas que se ponen muy lindas durante el embarazo". ¡Imbécil! Las mujeres no somos cosas. No estamos para ponerlos lindas durante el embarazo para que tú nos veas y digas: "Hay unas que se ponen muy lindas durante el embarazo".
- Yo no digo que se pongan lindas para mí -aclaró Escobar. -Digo que se ponen muy lindas, eso es todo. Algunas. - ¡No es verdad! Si piensas que se ponen muy lindas -algunas, claro: hay otras que no son de tu gusto, claro -es porque las miras tú, porque eres tú el que lo piensa, porque crees que sin tí eso no existe!
- Ese no es un problema mío. Ana María, cómo te explico... Eso lo vienen discutiendo los filósofos desde hace milenios. ¿Desaparece el universo si yo no estoy? Es decir: ¿es la percepción del sujeto la que...? - No seas imbécil, Escobar. Sabes perfectamente lo que estoy queriendo decir.

Escobar miró un instante su whisky moribundo.

- Si lo que te interesa es que yo sepa lo que quieres decir, no veo por qué te ofende que yo opine que a me parecen muy lindas algunas muje-
- ¡No seas imbécil! ¡Sabes de qué se trata! ¡Por eso se fue Fina, imbécil, y además tú lo sabes!
- De verdad, Ana María. No es eso.

Ana María no le hacía caso, inmersa nuevamente en sus tareas de madre. Limpiaba de escurrajas de compota las mejillas brillantes y redondas de Mateo, le introducía en la boca hasta la última falange todo el dedo pringoso. El niño lo chupaba con un uuuhh de avidez, Ana María hacía al unísono un uuuhh de simpatía, como esos diapasones que vibran con la tecla de un piano. Federico hacía un uuuhhh solidario y hasta chasqueaba la lengua, exagerando su papel de jefe de familia. El niño se reía, agitando feliz las piernas regordetas.

- Qué niño tan contento. Yo siempre había oído decir que se la pasaban llorando.
- Eso es lo que le pasa siempre a usted, Escobar: ha oído decir las cosas. No las ha vivido.
- Nunca te has atrevido a vivirlas -completó Ana María. - Sólo en lo concreto se aprende, compañero, -citó Federico.
- Lo concreto -pufó Escobar, escéptico. -Lo concreto es dificilísimo, Federico, usted no se imagina cuánto. Usted no sabe lo difícil que es matar a alguien, por ejemplo. O cocinar una salchicha.

En su vaso no quedaba sino algo de hielo y babas. Pero nadie le ofrecía renovárselo. Mateo se había dormido en seco, sin preaviso, con un hilo de burbujitas de comida y saliva y a lo mejor de jugos gástricos en las comisuras de la boca. Debía estar todavía en eso que llaman el estadio oral.

- ¿No te parece divino? -preguntó Ana María, enternecida.
- Psché... Sí sí sí sí Ana María, sí me parece divino. Hay que reconocer que este niño te salió muy bien hecho.
- Todos los niños salen bien hechos -aseveró Ana María.
- No es verdad. Ana María. Tú-.
- ¡Sí es verdad! Lo que pasa es que tú siempre quieres saber de antemano cómo te van a salir las cosas. Cómo se van a llamar tus hijos, cómo-
- ¡No no no no no no! -casi gritó Escobar, repentinamente exasperado. - ¡Justamente, no! Lo que yo quisiera eso saber de antemano lo que me va a pasar.
- ¡Sí sí sí sí sí sí! ¡Justamente quieres saber de antemano que no te va a pasar nada! ¡Y por eso no te pasa nada! ¡Ni siquiera tienes un hijo!
- Es que no quiero tener un hijo.

Federico volvió a intervenir:

- Diego León tiene toda la razón, usted es peor que un pequeño burgués de mierda, porque no se compromete ni siquiera como pequeño burgués.
- Es que, precisamente, no quiero comprometerme, Federico. No quiero comprometerme. Quiero estar abierto, disponible. Quiero ser libre.
- ¡Su libertad...! -bufó Federico con desprecio, y se llevó al niño dormido. En las rodillas de Escobar, el gato se desperezó voluptuosamente, estirando las gruesas patas atigradas, abriendo las fauces en un largo bostezo. Se acomodó de nuevo, enroscado en ovillo. Parecía un gato feliz, sin problemas.

- ¿Me sirves otro trago, Ana María?
- No. Vamos a comer apenas Federico acabe de acostar a Mateo.
- ¿Ves? Eso es lo que no quiero, Ana María. Todo previsto. Todo resuelto de antemano; comprometido de antemano. Cuando Federico acabe de acostar a Mateo, comemos.

¿pero por qué mientras tanto no me puedes servir otro trago?

- Porque no me da la gana. Sírvetelo tú.
- No puedo. El gato se despierta si me muevo. Si tu tuvieras un hijo dormido en tu regazo, yo me precipitaría a servirte un trago.
- No mientas.
- No miento.
- Sí mientes.

Escobar se levantó con un suspiro, dejando caer al gato, te traicioné; pero no fue mi culpa, tú lo viste.

- Es que tu no quieres jamás mover un dedo, Escobarito, y eso no se puede.
- Tú sabes que sí se puede,
- No se puede. Tu quieres que todo te llegue sin esfuerzo, como un cordón umbilical. Quieres volver al vientre de tu madre.
- Se nota que no conoces a mi madre.
- No quiero decir eso. Quiero decir que tu no quieres crecer. No quieres ser adulto. No quieres ser responsable. Quieres que te quieran, que te consientan, que hagan las cosas por tí. Y eso no se puede. Hay que crecer.
- Hay que crecer.
- ¿Y casarse, y tener hijos?
- Naturalmente.

   Se veía que sí, que a Ana María le parecía que esa era la vida natural.

- Se lo acabo de explicar a Federico, es que yo quiero ser libre.
- No seas bobo, Escobar. Eso no es la libertad. ¿Para qué la usas?
- Para nada, por supuesto. Si la usara, ya no sería libertad.
- No hagas frases.
- Es que hay que hacer frases, qué quieres tu. Así se habla: sujeto, verbo, complemento directo...
- No seas imbécil. Por favor.
  Lo miraba con ojos graves. Estaba hablando en serio. Se deprimió de pronto.
- Tal vez tienes razón. Tal vez tiene razón Federico, y hasta el huevón de Diego León. No sé qué me pasa, Ana María. No puedo escribir: no he vuelto a escribir nada. No se por qué se fue Fina, aunque creo que va a volver.
- No va a volver - interrumpió Ana María, gravemente.
- Sí va a volver. Tú no sabes.
- No va a volver. Pero en el fondo a tí te da lo mismo, que vuelva o que no vuelva. Tú no mueves un dedo. Por eso te pasan esas cosas, Ignacio: porque tú no escoges las cosas que te pasan.
- Hace un rato decías que a mí no me pasaba nada.
- Sólo te pasan las cosas que te pasan.
- Eso le pasa a todo el mundo, Ana María.
- No. Te pasa a tí. Y te pasa porque eres monstruosamente egoísta.
- Eso ya me lo dijiste. Y el egoísmo no es monstruoso, ya te dije. O todo el mundo es monstruosamente egoísta.
- No. Egoísta eres tú. Y eres egoísta por miedo. Por miedo a que te pase algo. Por eso no te pasa nada. Por cobarde.
- Al fin qué, Ana María: ¿me pasa algo o no me pasa nada?
- ¡Ay, Ignacio no seas imbécil! Te estoy hablando en serio.
- Pero es que así no se puede hablar en serio. Yo afirmo algo, tú lo niegas, yo lo niego, tú lo afirmas.
- No cambies la conversación.
-No estoy cambiando la conversación. Si quieres sigo conversando sobre por qué me pasan las cosas que según tú no me pasan, y viceversa, hasta la muerte.

   Ana María se puso en pie bruscamente, revoleando la amplia falda, súbitamente pálida de cólera:

- ¡No seas tramposo, por Dios!

   Se alejó a grandes zancadas, con su vientre por delante, como una vela inflada por el viento.

- ¡Cobarde y tramposo! -gritó desde lejos.
- Ana María, por favor... -murmuró Escobar. Bebió su whisky, meditando. Toda conversación tiende al círculo vicioso. Sentado en medio de la mesa, un gato -¿el suyo? ¿el otro? Un gato -se limpiaba meticulosamente los dedos de una pata, sin prisa, indiferente al universo. O mejor, sometido al universo: un gato -u otro gato, y hasta todos los gatos- está hecho para limpiarse con esmero las uñas de las patas. Los gatos son iguales a los gatos. Ana María tenía razón, por otra parte: las cosas le pasaban, y por eso no le pasaban cosas. Pasaban solas, como nubes que pasan: yo las miro pasar, y no paso con ellas. Las nubes son iguales a las nubes. Y sin embargo, al cabo de su paso se encontraba inexplicablemente acorralado por las cosas pasadas, atrapado en su trampa. Hasta que terminaran de pasar del todo, se disolvieran en su propio paso, quebrantadas, molidas por el paso de la vida. La inercia siempre vence: Inertia omnia doblegat, o algo por el estilo. Un buen epígrafe para un poema. Ah, pero otra vez el tedio de un poema... Un buen epitafio: inertia omnia doblegat. No más poemas, no más reproducciones de las cosas, no más. Reproducir reflejos, reiterar con espejos los espejos -había escrito en alguna parte, en algún poema. Ciego afán de simetría, o alguna cosa así. Se miró en la pared, y de rebote le llegaron palabras:

      Las cosas son iguales a las cosas:
      luz en la luz, memoria en la memoria.

   Pero tampoco puede consistir la vida en eso, en fabricar pedazos de poema de pedazos de vida. Sin hablar de que siempre le salía el mismo poema. Claro: era la misma vida. Es natural: las cosas son iguales a las cosas. No, no, no, no; tiene que haber otra cosa, en otra parte. Otra vida.

   ¿Una vida eterna? Ana María, ahora, disponía cosas en la mesa, en torno al gato que se lamía una pata echada sobre el hombro, como un fusil. Platos, vasos, botellas de cerveza, como objetos votivos en torno a un dios indiferente. Cosas iguales a otras cosas. Federico volvía. Se sentaban los tres, expulsaban al gato de la mesa. Iban a compartir el pan, la sal, en el altar vacío. Tal vez -¿quién sabe? -el cuerpo de algún dios. Gato por liebre. Las cosas son iguales a las cosas. Ensalada. Rosbif, rosado y frío, al parecer y arroz.

- Perdón: ¿qué es esta cosa?
- Torta de berenjena. - A mí no me des, gracias.

   Ana María le sirvió una generosa porción de torta. Bajo la costra endurecida, el interior viscoso era de un verde pálido.

- Por favor, Ana María, no quiero berenjena. Preferiría inclusive la compota que le das a Mateo.
- A Mateo también le doy berenjena en su compota.
- Mateo es chiquito y no puede defenderse. Yo sí. Ana María, de veras: yo detesto la torta de berenjenas.
- A mi me gusta -comentó Federico.
- Eso no es un argumento.
- Come, Escobar -ordenó Ana María. -No puedes seguir toda la vida actuando como un niño consentido.
- Tú no me deberías tratar como a un niño. Soy un adulto. Sé que no me gusta la torta de berenjenas, y me niego a comer torta de berenjenas.
- Pruébala.
- La he probado cien veces. Me han obligado cien veces a probarla. Sé, una y otra vez sé, que no me gusta la torta de berenjenas. Pero me puedo ir comiendo con cuidado la carne y el arroz, sin tocar esta otra cosa: la voy dejando a un ladito, así. ¿Puedo, Ana María?
- No, Ignacio. Tienes que crecer. Tú siempre tratas de ir dejando a un ladito las cosas que no te gustan. Y no. Las cosas vienen juntas: la vida tal como es. Tú no puedes tomar de la vida sólo lo que te gusta.
- Qué hondura filosófica.
- Es cierto.
- No, no es cierto. Puedo perfectamente comerme la carne y el arroz y dejar en el plato esta otra porquería.
- La torta de berenjenas no es una porquería.
- ¡Bueno, no más, carajo! -prorrumpió Federico.

   Comieron sin hablar.

- No hagas esos ruidos.
- No soy yo. Es mi tubo digestivo. Es un espasmo, una reacción de rechazo natural del epigastrio.
- ¡Ay, Escobar, no más! ¡No te comas la torta si no te da la gana!

   Inertia omnia doblegat. Claro que la cordialidad del ágape estaba irremediablemente rota. Pero bueno: las cosas son así. Las cosas son iguales a las cosas. Aunque eso no es verdad: por eso no me gusta la torta de berenjenas.

   Terminaron la comida en silencio.

   Un tinto. Un cigarrillo. Un silencio. Y de nuevo empezaron a hablar. Es difícil cerrar una conversación, darla por terminada. Siempre queda algo qué decir. En general lo mismo. Ana María sostuvo que lo que le pasaba a Escobar era que era incapaz de querer a nadie más que a sí mismo. Incapaz de dar. De recibir. Incapaz de amar. Reconoció que sí que tal vez era eso. Sentía, otra vez, crecer en él un sordo desasosiego, una hinchazón de angustia en la garganta. La edad. Treinta y un años de lo mismo. A los treinta y un años Rimbaud estaba muerto. O no. Pero no, no otra vez, no más: quisiera poder pensar en otra cosa. Por su parte Federico mantuvo que lo que le pasaba a Escobar era que era incapaz de mojarse el culo. Escobar aceptó que, efectivamente, tal vez ese era el fondo del problema. Y así, un rato. Los gatos hacían sus cosas de gatos, el fuego de la chimenea se iba apagando poco a poco, como se apaga el fuego: en el filo de los leños carbonizados se pintaba una delgada línea de brasa bajo la ceniza blanca, blanda, tibia. Heme aquí, una vez más acorralado en el fondo de una conversación seria, circular, indestructible. Y es ya como la cuarta o la quinta en tres o cuatro días. ¿Tendría que acabar huyendo de ellos dos, como de Fina? ¿Matándolos, como a Edén? Pero no estaba seguro de haber matado a Edén, y Fina iba a volver. Sentía una gran fatiga. Ah, Dios, ¿y por qué no lograba tomar en serio las conversaciones serias? ¿Por qué algo en su interior, tal vez su alma, se encogía, se enroscaba, como un gusano tocado por la punta de un dedo se enrolla en una bolita dura, opaca, impenetrable, como un armadillo retrae el cuello y las patas y se esconde y se dispone a esperar encerrado en su concha, a dejar que lo olfatee y lo rasguñe y se aburra y se vaya la conversación seria, el tigre? Ah, Dios, que cansancio, más metáforas. Retórica. Mentiras. Nunca en su vida había visto un armadillo. Ni un tigre. Salvo en cine. Gusanos sí. Su alma, tampoco. Sí, Federico, todo eso es así. Sí, Ana María, todo eso es así. Lo malo es que forma parte de la conversación seria. Circular. Interminable.

Ana María se fue a acostar. Hacía rato que los gatos se habían quedado dormidos.

- Mañana, si me despierto, voy a escribir un poema de compromiso.
- Escobar: Váyase a comer mierda.


Comentarios () | Comente | Comparta c