Capítulo III

Un sol radiante y caliente llenaba todo el apartamento. Escobar se paseó de arriba abajo, desnudo, sin saber qué hacer con semejante día. No duraría. Recalentó café. ¿Un café ya de cuántos días? Denso, terroso, acre, hervido y vuelto a hervir. Tendría que hacer café. Todos los días eran iguales, qué tormento. Todo lo que ahora hacía, ya lo había hecho. En la mitad de un pensamiento cayó de golpe en la cuenta de la ausencia de Fina. No su falta: una necesidad de cosas prácticas. Sino la fuerza de su ausencia: un marchitarse de las cosas. Ah, qué pesadumbre. Lo importunó el recuerdo de los reproches de Ana María. Se esforzó por pensar en otra cosa. Oyó el teléfono, y lo dejó sonar. Su madre, qué pereza. Y afuera, mientras tanto, se fue ennegreciendo el día, se soltó el aguacero. Eran las dos de la tarde.

 

   Entró en el baño, abrió el agua caliente de la ducha, cerró los ojos y la dejó correr sobre sus hombros, su nuca, sus espaldas. Vio crecer en el baño una nube de vaho que se condensaba en gotitas redondas sobre el cristal de la ventana. Del otro lado del cristal, las gotas de la lluvia.

   Oyó un largo zumbido. El timbre de la puerta. ¿Fina? No. Fina tenía su llave. Y si era Fina, bueno: lo había tenido ocho días esperándola, que esperara ella ahora. Volvieron a timbrar. Dejaron de timbrar. Podía ser Fina, que a lo mejor no tenía llave. Y no podía dejarla irse otra vez, como un idiota. Ana María tenía razón en sus reproches. Salió corriendo a abrir, dejando un rastro de agua.

   No era Fina. Sonreía, empapada de lluvia, con agua en las mejillas, y el pelo le colgaba en tirabuzones lacios por el peso del agua, negros como culebras de laguna.

- Soy Hena -dijo. Ah, Hena, sí: no la había reconocido. Se sintió desnudo en el frío de la puerta. Hena tenía una risa fácil, ancha, blanca; la risa le cerraba los ojos. Tenía las piernas largas, negras de lluvia.
- Fina no está -informó, empezando a tiritar de frío.
- ¿No está? Es que hace días no viene a las clases de ballet. Por eso pasé a ver... -se disculpó Hena.
- Estoy bañándome -explicó Escobar.

   Y seguía parado en la puerta, sintiéndose ridículo. Se cubrió púdicamente el sexo con las manos. Vio a la sirvienta jovencita del vecino de abajo que lo miraba atónita desde el rellano. Vio subir a la señora Niño, la vecina de arriba, con un gesto de repugnancia incontenible en sus ojos de loca.

- Pase -dijo.

   Y Hena entró brincoteante, como yegua en potrero. Dijo que esperaría a Fina, o a que pasara el aguacero. Escobar volvió al baño, cerró las llaves de la ducha.

  Se secó pensativo, haciendo planes. Hena no estaba nada mal. Alguna vez, en presencia de Fina, habían tenido un vago coqueteo. Un alto cuello fuerte, de columna, que sostenía una risa fácil y ancha en una cara fácil de ojos negros. Le podría proponer que tomara un baño caliente para recuperarse de la lluvia, mientras llegaba Fina. Y podría seducirla a la salida, aprovechando que no hay nada más fácil que desnudar a una mujer que sale de la ducha envuelta en una toalla. Demasiado grandota, tal vez; demasiado fluvial, con piernas y brazos demasiado sólidos; pero no estaba nada mal. "Mujeres buenas para ser caballos", dice Góngora en alguna parte. Fina no iba a volver. Aunque era muy capaz de volver, justamente.

 

 

     Tendido junto a Hena, en la lucidez que sucede al coito, Escobar fumaba reflexivamente. No había valido la pena, Recordó un aforismo de Spinoza: la perfección del caballo le es inútil al hombre. Probablemente a Spinoza le había pasado lo mismo: había cedido al desatino de su imaginación, al olor animal de una mujer mojada por la lluvia, y se había visto luego tendido en una cama revuelta al lado de un gran cuerpo caballar, perfecto pero inútil. Hena hacía extraños gorgoritos de satisfacción, abrazada a su pecho, cubriéndole los muslos con la amplia curva de sus ancas. Era halagador, sí, pero le parecía más bien ficticio: sin duda había leído en alguna revista que el ronroneo felino es un signo de placer, tras el orgasmo. Pero aquello no era ronroneo, ni era felino. Era el ronco resoplido vibrante que hacen las yeguas con los ollares sobre el agua, para limpiarla, cuando van a beber. Mujeres buenas para ser caballos.

- ¿Sabe qué? Me siento toda rara -dijo Hena.
- Rara por qué.
- No sé. Como toda rara.

   La conversación siguió así durante un rato. A Hena le preocupaba que en el momento menos pensado volviera Fina y los encontrara así.

- Así como.
- Bobo...

  La conversación agonizaba. Aunque Hena tenía razón: era posible, y deseable, que Fina regresara; y sería complicado explicarle por qué estaban así. Hena tenía razón, pero no daba señales de querer empezar a vestirse.

  Pasó la tarde. Escobar se quedó un rato dormido. En sus narices, el olor caliente de Hena, su espalda lisa, sus nalgas. Al despertar se dio cuenta de que tenía de nuevo una erección; flor del sueño, casi de la mañana. Quiso hacer el amor nuevamente. Hena se resistió sin mucha fuerza, risueña, alegando el posible retorno de Fina.

- No, Ignacio, no podemos.
- ¿Por qué? -se apretó contra su cuerpo grande, caliente, deseable.
- Por Fina. Usted sabe.
- Fina no va a volver. Se fue. No vuelve.
Se arrepintió de inmediato de su insensatez. Pero era tarde. Hicieron el amor una vez más.

  Escobar se asomó a la ventana. El aguacero había pasado. Por la ventana entraban los verdes del parque, remozados de lluvia en el atardecer, y se veía vibrar un arco iris a lo lejos, sobre los edificios.

- Ya no llueve -anunció.

  Hena se hizo con una toalla una especie de túnica, se improvisó con otra una especie de turbante.

- Voy a hacer café -declaró.

   ¿No pensaría irse nunca? La noche invadía ya las crestas de los montes, arriba el cielo había tomado una curvatura negra de pizarra. Hena dio un alarido en la cocina cuando pisó algo derramado, azúcar o café, y se rió luego con una risa que era un cloqueo solitario. Hacía preguntas a gritos, abría y cerraba cajones con estrépito, traía café humeante, tendía la cama. ¿Sería cosa de preguntarle que por qué no se iba?

-¿Por qué no salimos a comer algo?

   La miró con rabia. Plural abusivo: debería, ella, sola, salir a comer algo, si quería, y no volver. Además debería estar arrepentida. Vino sin que la invitaran, y sin el menor recato se acostó con el marido de su amiga.

- Yo no tengo hambre -mintió.
- Entonces comamos algo aquí -decidió Hena, entusiasmada.
- No hay nada de comer. -Mejor. Yo tampoco tengo hambre. No comamos.

   Escobar se metió en la cama, enfurecido. Por qué no dirá las cosas en primera persona del singular, mujer devoradora. Las sábanas tenían olor a sexo enfriado. Hena dejó caer al suelo la toalla que le servía de túnica.

- ¿Le gustan mis teticas?

   Pues sí; para ser francos las tenía muy bonitas. Pero no le gustaban. Y le gustaba menos que las llamara así, teticas. A Hena no le sentaba ningún diminutivo.

- La ven desde la calle -advirtió.
- ¡Qué me vean! -dijo Hena, feliz; e hizo un mohín. Por primera vez en su vida Escobar vio en la práctica lo que significa la palabra mohín, que por escrito parece inofensiva, como cojín, o almohada.
- Además -reflexionó Hena- no se ve nada desde la calle -Bobo. ¿Sabe qué? Celoso.

   Y se metió bajo las sábanas, se apretó contra el cuerpo de Escobar, le hizo cosquillas.

- Yo también prefiero que volvamos a hacer el amor -susurró, murmuró, arrulló, resopló, ronroneó, mordisqueándole el lóbulo de la oreja. Escobar retiró la cabeza. -¡Lo voy a violar! -cuchicheó Hena.

   Y volvieron a hacer el amor. Estaba exhausto. Hena se quedó un rato tendida bocarriba con los ojos cerrados, haciendo su absurdo ronroneo resoplante. Luego se levantó desnuda (no estaba nada mal, al caminar desnuda; tenía el culo alargado, de pera, y el pelo corto y liso le hacía una brocha negra en medio de la nuca) para ir a la cocina. Preguntaba cosas a gritos, desde lejos: que dónde estaba la sal, que dónde estaba el vinagre. ¿Vinagre? Nunca hubiera creído que en la cocina pudiera haber vinagre. Que si no había platos hondos, que si no había coladeras, tenedores, cuchillos.

- No hay nada de comer -pensó Escobar, con odio. Fina, ¿por qué te fuiste y me dejaste solo en medio de la vida?

   Hena volvió a la cama cargada de comida. Arrinconó a Escobar, llenó la cama de migajas, derramó una cerveza. ¿Una cerveza? Escobar devoró su comida en silencio, admirándola, odiándola, sintiendo que al comer estaba abandonando todos sus terrenos, y tal vez traicionando todos sus principios. Hena se abrazó a él, sin retirar los platos, y se durmió de un golpe. Y al cabo de unas horas lo despertó frotándose contra él, acariciándole bajo las sábanas los tibios testículos dormidos, y Escobar tuvo que poseerla nuevamente apretando los dientes, con los ojos cerrados, pensando en otra cosa: en Fina, en los dulces senitos de Beatriz, en el interior suave que sin duda tendrían los muslos largos de Angela. Sin amor, sin deseo, prometiéndose a sí mismo que sería la última vez. Al día siguiente, al despertar, encontró en la almohada un papelito que decía: "Lo quiero. Henna". Y por toda su casa, diez papelitos más: "Lo quiero, Henna". Y sintió que no era normal que le diera tanta rabia que Henna firmara su nombre con dos enes. Cuando Henna volvió, traía dos maletas grandes.

 

 

 

   Al cabo de dos días el noviazgo había adquirido velocidad de crucero. Henna había decidido desmantelar la inercia de Escobar, que en su opinión era egoísmo. Porque Fina, por lo menos, se había dado cuenta de que se estaba muriendo. ¿Y Fina? Henna comunicó que no había vuelto a la academia de ballet (a lo mejor -pensaba con terror escobar-había tenido razón Ana María: Fina no iba a volver), y era una lástima, porque a ella -a Henna- le hubiera gustado hablar las cosas claramente con Fina. Escobar se estremecía al imaginarlo. '"Usted no sabe quién es usted", le decía Henna, resuelta a revelarlo, a descubrirlo ante sí mismo. "Usted no sabe quién soy yo", decía, como si prometiera paraísos. "Usted no sabe quiénes somos nosotros". Nosotros, otra vez ese plural atroz de posesión, sin consultar con nadie. Escobar caía en largos silencios, enfurecido con Henna por infligirle su presencia, enfurecido consigo mismo por no echarla a la calle, por haber empezado aquella cosa horrible, aquel pantano. Henna se desvestía en cuanto llegaba y se metía en la cama, haciendo con la boca resoplidos sensuales de impaciencia. Escobar se tendía de flanco, odiándola, volviéndole la espalda, y en contra de sí mismo deseándola.

   A veces, por un prurito de equidad, se le ocurría que tal vez Henna también pensaba y sentía cosas, por su lado, y le daba una palmadita fraternal en las nalgas.

- Pero el de justicia es un concepto que implica relación, comparación de estados. Aquí estoy yo de espaldas, siendo injusto con ella por no hacerle el amor tanto como ella quiere -y ahí detrás está ella, haciendo ruidos ridículos y caricias obscenas para que yo le haga el amor, siendo injusta conmigo por obligarme al coito sin ganas, a la fuerza. Siendo injusto con ella por no decirle que se vaya, que ya no la soporto. Siendo injusta conmigo por quedarse, por no querer darse cuenta de que no la soporto. La una con la otra, nuestras dos injusticias se neutralizan. Pero eso no es justicia.

   Y se tendía entonces bocarriba en la cama, para ofrecerse sin defensas. Y entonces Henna le quitaba el cigarrillo de la boca para fumar ella también, y baboseárselo, y con la mano libre le acariciaba los testículos. Por qué no, por qué no, al fin y al cabo por qué no. Al fin y al cabo somos amantes. Al fin y al cabo nos amamos. Pero por qué te fuiste. Fina, por qué no has vuelto.

- Amor, deliciosa mentira.
- ¿Mentira por qué? ¿A usted no le parece que el amor es lo más cierto que hay?
- No sé. Son unos versos.
  Se preguntaba si era posible que alguien hubiera escrito de verdad versos de amor.
- Ignacio, ¿sabe qué? A usted lo que le pasa es que es misógino. La miró con rencor.
- Usted qué llama "ser misógino".
- Es misógino porque lo dejó Fina. - Henna se irguió de pronto, apoyada en un codo: Ignacio ¿sabe una cosa? Usted no es un poeta. Por eso no me escribe versos.

   Escobar sintió que estaba a punto de darle una encefalitis de la rabia. Versos. A Fina sí, a Fina le había escrito versos. Antes. A Cecilia le había escrito un soneto de disculpa: Cecilia, mi amor te esquiva... Mierda, versos.

  Bocarriba en la cama, con el cigarrillo mojado por los labios de Henna a punto de quemarle los dedos, y el cenicero al otro lado de la cama. Pasar por sobre el cuerpo amplio de Henna, el cuerpo caballuno de Henna, el cuerpo de Henna como aureolado de calor, sabiendo que al pasar Henna lo atraparía, lo abrazaría, lo apretaría contra sus senos, le impondría la blandura de sus brazos en los hombros, la humedad de sus labios en el pelo, la tibieza de su aliento en la oreja. Dejó escapar un alarido corto y se sopló las puntas ardidas de los dedos. La colilla encendida rodó bajo la cama.

- Carajo -dijo, con una exasperación resignada. Bajar de la cama, buscar la colilla en lo oscuro, cogerla sin duda por la punta de brasa volviéndose a quemar los dedos, darle toda la vuelta a la cama para llegar al cenicero. No. Tendido en el piso, a medias debajo de la cama, dejó que entrara en su cuerpo el frío del entablado. Sobre su cabeza crujían los resortes bajo el peso de Henna.
- ¿Sabe qué? Visto desde aquí tiene el culo más blanco que todo lo demás.
- El culo es el espejo del alma -murmuró Escobar. Y suplicó en silencio: Dios mío, que no me lo acarice. Pero sintió la tibia mano de Henna posada encima de su nalga. Quedarse ahí tendido para toda la vida, bocabajo, con medio cuerpo debajo de la cama y respirando el polvo, hasta que Henna, arriba, muriera de vejez y de desesperanza.

   Con qué derecho se atreve a tocarme el culo, vieja importuna, impertinente. Henna empezó a hacerle cosquillas cariñosas con la punta del dedo, le hurgó el ano.

   Bocarriba en la cama otra vez, con un cigarrillo nuevo entre los dedos y esta vez el cenicero colocado firmemente a su lado. Tendido quieto, rígido, con las manos cruzadas sobre el sexo, como una estatua funeraria, sin entrar en contacto con el cuerpo de Henna que emanaba tibieza; respirando con orden, pausadamente, sin precipitación, intentando seguir las complejas instrucciones respiratorias de los yogas tántricos: poco a poco desciende el ritmo cardiaco, se apaciguan las glándulas, el cerebro deja de latir, se mantienen apenas, amortiguadas, las funciones más simples de la vida vegetativa.  

    Se queda quieto el ojo, ennublada la córnea. No busques la felicidad: conténtate con evitar el sufrimiento.

   Se dice fácil. Porque entonces Henna empieza a restregarse contra mí, frota sus senos en mi espalda, me pregunta si siento la dureza de sus senos en mi espalda. No responder. Fingir ronquidos. Simular un sueño más hondo que el sueño de las piedras, y en la quietud forzada luchar contra el insomnio. Dormir por fin: dormir... Pero Henna me despierta nuevamente para hacer el amor. Por favor, Henna, por favor. Yo quisiera dormir. Los verdugos de Stalin lograban de sus víctimas confesiones abyectas simplemente impidiéndoles dormir. Cómo explicarle, Henna, para que entienda: mi organismo necesita un mínimo vital de catorce horas diarias de absoluto reposo. Y además, cómo decírselo: cuando duermo por lo menos no veo el ojo velludo de su vientre insaciable que me acecha, anémona carnívora que agita filamentos en el fondo del mar, que me arroja el sexo al paso, húmedo y negro, rosado de mucosas palpitantes, media luna dentada que se ajusta a mi miembro como las fauces de la trampa a la pata del oso. Y hay que inventar entonces otra mujer distinta entre los codos dolorosos, sentir pegado al vientre un vientre diferente, forzar una eyaculación rabiosa y espasmódica en su orgasmo cerrado como un cepo. Ya ni siquiera tengo nunca sueños eróticos. -Henna, uno no puede hacer el amor sin parar, de día y de noche. Los dinosaurios, sin ir más lejos, se extinguieron del todo porque no hacían más que eso. Está probado. Es un hecho científico.

- Pero hacer el amor es lo mas lindo que hay.

Eso es tan subjetivo. Depende de con quién. Con Fina, en otra época. Nos despertábamos en medio de la noche y hacíamos el amor de repente, abrazados el uno al otro como náufragos.

- Eso es tan relativo... Fíjese en los monjes budistas: no hacer el amor y sublimarlo, es el primer escalón hacia el nirvana. Y fíjese en los padres de la Iglesia: no hacer el amor, y ofrecérselo a Dios, es el primer escalón hacia la santidad. Escobar se arrodilló en la cama.
- ¡Fuera de mi vista, pecadora! ¡El aire de esta casa se corrompe con tu sola presencia, inmundo súcubo! ¡Vade retro! ¡Fuera! ¡Tu morada es un nido de víboras, tu guarida es la soledad!

Henna se rio, le dio un beso.

-Ignacio: no le había contado que ya me paso aquí del todo la semana que viene.

  Planes para el porvenir. Ceremonias nupciales. Con todo lo que implica de definitivo la expresión "pasarse aquí del todo", cuando ya se está aquí. Señor, algún milagro que interrumpa este implacable avance de glaciar hacia la vida conyugal. Un terremoto, el paso de un cometa, una guerra civil. Cuál es la duración normal de un noviazgo. Al cabo de cuánto tiempo es posible decir decentemente: "todo está terminado", cuando uno ha permitido que traigan las maletas. Durante cuánto tiempo hay que asumir las consecuencias de los propios errores. Setenta veces siete generaciones, dice el ceñudo Deuteronomio. Los zánganos, más sabios, caen muertos en el aire con las entrañas rotas después del primer coito con la abeja reina.

- He estado pensando, Henna. Usted es paranoica. Yo soy esquizofrénico.
- ¿Usted de qué signo es?
- Piscis. ¿Pero por qué no me deja hablar?
- Es que yo soy Escorpio, y quería saber si tenemos incompatibilidad.
- Yo creo que sí. Eso era precisamente lo que le iba a decir. Mire: yo soy esquizofré- pero por favor, Henna, déjeme hablar. ¿Por qué nunca me deja terminar las frases? No me interrumpa en las comas, por favor, espere a que llegue a un punto aparte, o por lo menos a un punto seguido, o si quiere transémonos por un punto y coma. Estoy haciendo una metáfora tipográfica, Henna, nada más; lo que quiero decir es que por favor me deje terminar cuando empiezo a decir algo. Seria, atenta, callada, como si estuviera en teatro. Aunque no le guste el teatro, eso no tiene nada qué ver -es sólo otra metáfora, yo hablo así, he hablado así desde que tengo uso de razón.

- Lo que pasa es que usted es introvertido.
- Eso no tiene absolutamente nada qué ver con-
- Sí tiene qué ver, porque entonces no exterioriza lo que siente.
- ¿Por qué no dormimos un rato? Dormir, dormir -soñar, tal vez...
- Claro: usted dice que durmamos un rato, pero después no se despierta ya nunca.

   Por qué no me incorporo ya, pálido como el crimen, y la saco a patadas de mi cama y arrojo sus maletas escaleras abajo.

   O sino, por qué no la perdono de una vez, y la acepto, y me entrego en un beso. Darle un beso al leproso, escoger de verdad el camino espinoso de los santos. No seguir prolongando este nadado hipócrita de perro entre dos aguas. Ser puro, abierto, franco: hermano Sol, hermana Luna, hermano Lobo. Pero el sol o la luna, el lobo con hedor a cubil, son cosas limpias -y el leproso también, desde un cierto ángulo. Cómo decir, en cambio, "hermana Henna" Sin hablar de que la beso a veces, y me acuesto con ella día y noche, y penetro en su carne, como un santo. Mortificación de la carne.

   Pero por qué. Darle un beso por qué, perdonarla de qué. Darme un beso a mí mismo, a quien odio, en mi boca que miente, mi boca de traidor. Ella está en su derecho, en su papel. También la hipocresía es un duro camino de perfección espiritual. No es fácil estar aquí acostado junto a ella fingiendo una sonrisa, dejándole creer que comparto sus júbilos sexuales. No es fácil admitir que el premio no pasaría de ser el consuelo de saberme un hipócrita, de haber elegido el pecado más vil, menos vistoso, menos halagador para la vanidad. Mortificación del orgullo.

-Ignacio...
- Qué. -Míreme a los ojos.
   Mi mirada más franca. Y al cabo de un instante, tranquilizada, satisfecha, ronroneante otra vez:
- Es que los ojos no pueden mentir.
Una palabra Tuya, Señor, y se moriría de repente.

 

  

   "Toda acción equivocada se debe a un error del intelecto" - leyó Escobar. Si lograra entender correctamente el mundo actuaría sabiamente y Henna no estaría aquí. Pero cómo llegar a entenderlo sin que mi entendimiento lo corrompa. Afuera espera el mundo, todavía inmaculado, nuevo, sin nombrar. Henna no es Henna todavía. ¿Qué es aquello? ¿Esas moles en punta, coronadas de un fleco de eucaliptos? Son los cerros. De izquierda a derecha, de norte a sur, La Moya, Piedra Ballena, el Loro, Monserrate, con el milagroso santuario de Nuestro Señor del mismo nombre, y el boquerón por donde sopla el viento de los páramos de Cruz Verde y La Viga; y después Guadalupe, también con su santuario, pero este de Nuestra Señora y menos milagroso. Esos altos edificios de cristal y ladrillo que se ven más arriba de la cota seiscientos son edificios fantasmas, prohibidos severamente por las reglamentaciones catastrales, defendidos por celadores privados armados de escopeta. Y esas barriadas escalonadas de casuchas, al sur, también prohibidas, y perseguidas duramente por el acueducto y por la policía, son barriadas fantasmas: el Paraíso, tal vez Las Colinas. Las llagas amarillas que devoran los cerros, donde antes hubo encenillos y arrayanes, y robles y cerezos, cedros y borracheros y altas palmas de cera, se llaman areneras, receberas, chircales. También está prohibida su existencia. ¿Y abajo? Esto es un parque. Frondas mezquinas, palmeras esmirriadas y tristes en el frío sabanero, negras de gasolina: son palmas bobas o quizás falsas palmas de la Nueva Zelandia, o a lo mejor papayos. Los pinos polvorientos son pinos candelabros, posiblemente traídos del Tirol. Y esos de tronco rojo, de cortezas llagadas, de ramas de plata rumorosa, son traídos de Australia: se llaman eucaliptos. Esos, de un verde claro y dulce, sauces: vinieron del Japón. La gentecita sucia y triste que se afana debajo recibe el nombre anglosajón de hippies, pero es gente de aquí: venden artesanías rudimentarias, pequeñas porquerías de cuero y lata, alambritos trenzados, cuadritos de colores, cinturones de crin. Esos otros, al pie de los semáforos, los que venden cartones de Marlboro, llevan el nombre galicado de gamines. Algunos venden también piñas, y en ocasiones aguacates, que es ese fruto verdinegro que está palpando con tres dedos la señora que va en el Renault 4, el carro colombiano. Y esas motocicletas son Hondas, Yamahas, Kawasakis: los que las montan son llamados los asesinos de la moto, y suelen ir armados con metralletas Uzi, una marca israelí.

   Nada de todo eso existe, sin embargo. El porte de armas de guerra está prohibido con rigor, como lo están la venta de Marlboro y la importación de Kawasakis. Nada de lo que veo es cierto. Bogotá, que ahora se llama así en lenguaje vulgar, pues en el burocrático recibe el nombre de Distrito Especial, no es Bogotá: es la Atenas Suramericana; y ha sido muchas cosas: Santa Fe, Bacatá. Se ha ido cambiando furtivamente el nombre, como quien al dormir en un hotel de paso deja un nombre supuesto. Tuvo un río alguna vez, que se llamó primero Vicachá, y luego San Francisco. Y más al sur, el Fucha o San Cristóbal. Y por no ver reflejada su imagen en su río lo encorsetó en un caño de cemento y lo escondió bajo una calle, lejos, lo convirtió en alcantarilla atascada de carroñas de perros y de niños. Bogotá. Esa ge que se queda en el gaznate, exigiendo una tos, un carraspeo. Esa ge que limpia la garganta como para soltar después algo importante, cuando es sólo un otá lo que viene, casi como un "perdón: qué más quieren ustedes..."

   Irse, sí. Pero el horror del exilio. El gran desasosiego de vivir en Villeta, o en Honda, o en Facatativá. Para no hablar de algún país hermano, lleno de panameños o de venezolanos, de argentinos quizá.

   El perfil anguloso de los cerros, de pronto ensombrecido; los nubarrones negros bogando lentamente, como escualos, a través del cuadrilátero de la ventana abierta. La primera gota estalló en el alféizar. En Bogotá llueve todos los días.

   A sus espaldas, Henna:
- ¿Por qué no vamos a un cine?
Ah, Henna: todo error del intelecto se debe a una acción equivocada.
- Porque no.
- "Porque no" no quiere decir nada.
- Al contrario: es la explicación por la negación. Quiere decirlo todo.

   Henna cerró la ventana, se interpuso entre la lluvia y Escobar, inmensa en el escorzo, reposando en la solidez de su pierna derecha y con los dedos del pie izquierdo tocando apenas el piso, en una postura vagamente coreográfica, vagamente procaz.

- ¿Cómo así?
- Así, como lo oye. No vamos a cine porque veo una contradicción repulsiva para el intelecto en el hecho de levantarme para ir a cine. De abandonar mi inmovilidad. ¿Se da cuenta? Hacer precisamente lo que la definición misma de inmovilidad excluye.
- Eso se llama pura pereza.
   Y esa risa glotal, gloteica, glótica: cómo se llama la risa que parece salir directamente de la glotis.
- Como usted debería saber ya, el lenguaje es una herramienta muy burda. Pero llámelo pereza. Yo lo llamo conciencia ontológica.
- En el cine se puede estar sentado quieto.
- Pero no acostado quieto.
- Casi acostado, si se echa bien de para atrás.
- No caben las rodillas. Y una cosa: no le voy a permitir que me haga cosquillas para hacerme mover. Le advierto.
- No pensaba hacerle cosquillas.
- Sí pensaba hacerme cosquillas.
Henna no se dio por vencida.
- Podemos ir al Almirante, que tiene asientos cómodos.
- No se trata de comodidad, se trata de quietud. Ni siquiera de quietud: se trata de quietismo. Del anonadamiento de la voluntad para encontrar la unión con Dios. Ni siquiera se trata de mi inmovilidad individual, sino de la inmovilidad consustancial al Ser - de la cual la de mi cuerpo no es más que sombra, reflejo, asentimiento. Además yo no voy a cine por la comodidad del teatro, sino por la calidad de la película.
- Claro: es que usted está pensando en ir a uno de esos clásicos del cine que dan en la Cinemateca: unas películas jartísimas en que nunca pasa nada.
- No estoy pensando en ir a ninguna película. La idea del cine fue suya. Pero además- ¿y por qué tengo yo que decir siempre "además" para empezar a decir lo que quiero? El interlocutor ideal es el que dice cosas que le permiten a uno seguir diciendo lo que venía diciendo. Si usted fuera un interlocutor ideal hubiera dicho "aja", en vez de interrumpirme. Y ya se me olvidó lo que quería decir. Y estoy seguro de que era importante. Y sé que ya no voy a recordarlo nunca.
- Estaba diciendo "además"

   Y de nuevo esa risa glotal, glotoral: algo entre gutural y crótalo, y que salga de la glotis. Escobar no contestó.

- Entonces hagamos el amor -sugirió Henna, y avanzó un paso. Escobar cerró los ojos.
- No. La copulación conduce a la reproducción -ah, y eso es lo que iba a decir del cine. El cine nos engaña, haciéndonos creer en un movimiento que no existe. Son fotografías fijas, usted sabe. Crean la ilusión del movimiento debido al fenómeno óptico de la persistencia de las imágenes en la retina. La reproducción de la especie utiliza el mismo truco; termina en una copia, la nariz del papá, los ojos de la mamá. Esa repetición es una parodia de movimiento, y en consecuencia debe ser evitada.

- Bobo. Yo tomo píldoras.
- Peor. Cuando la copulación se hace fin en sí misma, sin ninguna proyección teleológica, es doblemente condenable.
-Ignacio, es que usted sólo sabe charlar.
- Charlar. Dígame que discurro sin cesar sobre lo óntico. El lenguaje es la morada del Ser, dice Heidegger.
- Entonces me voy a poner a escribir unas cartas a mi familia en Cali.
- Eso. Vaya y se pone a escribir unas cartas a su familia en Cali. ¿Y usted qué va a hacer mientras tanto?
- No sé.
- ¿Se va a dormir?
- Voy a rezar.
  ¿Usted cree en Dios?
- ¡Henna, por favor!
- ¿No le importa que le coja unos sobres de avión?
- Todo lo mío es suyo, Henna.

   Durante un rato no se oyó más que el rumor de la lluvia, el rasguñar de Henna escribiendo en el papel, el crujir de las páginas. Y cuando acabara con todos los sobres porque a ese paso iba a acabar con los sobres-la tendría una vez más ahí, delante. A veces la tenía detrás, y la oía. A veces delante, y la veía. A veces en torno a él, y la olía. Aquello no podía seguir.

- Henna.
- ¿Mmm?
- Creo que debemos separarnos unos días.

   Alcanzada en medio de un renglón, como una perdiz en pleno vuelo: "Queridos todos: ¿Cómo están? Yo muy bien y muy contenta. Ando ennoviadísima con un- " - y en su ojo redondo, el espanto dolido y palpitante de la perdiz herida en tierra.

- O a lo mejor unas semanas.

   Henna se arrojó sobre él, arrolladora, sacudida por potentes sollozos, coleante, resollante, como un gran pez que agoniza encallado en la playa. "Me roba mis sobres de avión", se repetía entre dientes Escobar para que su decisión no le flaqueara, "mujer sin escrúpulos, sin frenos morales". Bajo el llanto de Henna la cama traqueaba, Henna hacía ruidos con los dientes, crujidos de dientes que frotan otros dientes, resoplaba, sorbía, preguntaba "porqué" entre hipos y sollozos, "yo qué hice, Ignacio".

- Henna, no sé, le juro, cálmese.
- ¿Pero no eramos felices?
- No. Sí. No sé, -El llanto le rodaba por las mejillas brillantes, calientes, hinchadas. Cuánta agua cabe en un cuerpo, es increíble.
- Es como si me diera miedo, Henna. ¿Ve?
- ¿Pero miedo por qué? ¿Le da miedo ser feliz?
- No es eso. Sí, me da miedo. No sé. Ha sido todo tan rápido.
- ¿Pero por qué?
- No sé. Le juro que no sé. Es que quiero estar solo. Unos días. Quiero pensar.
- ¿Entonces por qué dice que unas semanas?
- Unos días o unas semanas. Cuando digo "unos días" quiero decir "varios días". Más de tres. Una semana, o dos.
- Entonces no son unos días sino unas semanas.
- O unos días, no sé.

   Murmullos de animal acuático, de mamífero anfibio, sorber de mocos, hipos, regurgitar de salivas, ingurgitar de salivas recogidas con ruido de succión, pasar de salivas por la garganta con un fragor de rápidos, de rompientes. Sobre el pecho de escobar Henna pesaba como un río.

- Henna.
  Los ojos brillantes de llanto, de esperanza, la boca recogida en un puchero:
- Qué.
- Si se corre un poquito para allá, quedamos mucho mejor.

   Un instante de incomprensión, de quietud, de silencio, Si supiera lo horrible que se vuelve cuando llora no lloraría jamás. Y el desgajarse súbito del bramido -un buuuuu-ij-uj-iij-uj-uj-ujuuuúúú insostenible, de sirena de barco.

- Henna, por favor.
  Los hombros sacudidos por espasmos de llanto, la sólida columna vertebral sacudida por espasmos de llanto.
- Henna. Me está aplastando. Las vastas nalgas sacudidas por espasmos de llanto.
- Henna.
   Y los muslos de yegua, y las macizas pantorrillas entre los pantalones apretados, y los pies sin zapatos sacudidos por espasmos de llanto.
- ¡Hen-na! -Qué -un "qué" húmedo, burbujeante.
- Que se corra un poquito.
- Por qué.
   Un "por qué" apucherado, repugnante. Escobar sacó de un golpe las piernas de la cama.
- ¡¿A dónde va?! -berreó Henna, como si le arrancaran las entrañas. " ¡Que se muera!", pensó Escobar mientras se encerraba con llave en el baño.

 


- Esto es grotesco -dijo en voz alta, sentado en la taza del excusado, con las sienes todavía palpitantes de furor. Pero uno no puede salir desnudo a la calle dando alaridos de rabia para que vengan los bomberos a llevársela. Uno no puede quedarse desnudo sentado en el excusado, como un imbécil. Uno no puede tolerar que le metan por las narices esos llantos. Se levantó resueltamente. Se detuvo con la mano en la manija de la puerta. Se miró en el espejo. "Mierda", masculló. Mierda mierda mierda mierda mierda mierda!!! Escribió MIERDA en el espejo, con la punta del tubo de pasta de dientes. Se le escapó de la mano, rodó por el suelo, lo pisó, el tubo vomitó una larga serpiente blanca. "Mierda", dijo, ahogado de la rabia, mientras trataba de recoger la pasta con los dedos, sintiendo el odio correr hirviente por sus venas, denso, como veneno. Lo oía bombear tras el globo de los ojos en chorros convulsivos, breves. Se echó agua en la cara, en los párpados ardorosos. Volvió a su sitio en el excusado.

- No hay derecho.
  Empezó a tiritar.
- Además me voy a morir de frío. Dios mío, por qué no la cogí a patadas en la cara cuando empezó a llorar.

   Tiritaba cada vez más violentamente, con una fuerza salvaje que hacia craquear bajo sus nalgas la tapa del excusado. Oyó castañetear sus propios dientes. Vio su aliento salir convertido en vaho, como una presencia ajena. Abrió el chorro del agua de la tina y la miró salir a borbotones, humeante, tiritando. Un calambre en los dedos de los pies lo distrajo un momento, mientras imaginaba a Henna despedazada viva, a hachazos: de sus miembros cercenados brotaban surtidores de sangre gruesa y negra.

   Se metió poco a poco en el agua humeante. Miró a través del agua su cuerpo verdecido, como desollado, roto por las dos islas rosadas y gemelas de las rodillas. Cerró los ojos.

   Hundir el brazo hasta el codo en la caverna de su sexo aborrecido, descuajar de un tirón las vísceras azules, arrancar la matriz con todos sus tentáculos de carne, con todas sus raíces y todos sus apéndices, sus cuellos vivos que vomitan sangre, sus bolsas membranosas, sus ovarios, sus trompas de Falopio, sus cuernos movedizos, retráctiles, viscosos, erizados de ventosas redondas que se despegan de los dedos con un ruido de besos, desgarrar sus tejidos resbalosos, clavar las uñas en la mucosa púrpura, sentir que se desgranan los collares de óvulos traslúcidos como huevos de rana, que se enroscan las lenguas, los goteantes canales desgajados, las mangueras de piel morada y áspera, relucientes, tapizadas de nácar, presionar con las yemas de los dedos para hacer estallar las pequeñas vejigas hechas de gelatina, el ciego caracol del clítoris, los ramilletes vibrátiles de nervios, las excrecencias rosas, escurridizas, las múltiples cabezas tumefactas, los nudosos muñones escarlatas, lustrosos, lubricados por jugos pegajosos y tibios que escurren por la muñeca y por el antebrazo, que gotean desde el codo: dejar que se retuerzan en el puño como una masa viva de serpientes. Y de un seco tirón voltear el sangriento despojo como un guante, como se mata un pulpo.

   Lo más grave de todo, pensó, era que no tenía ni un cigarrillo. Prestó oído. Del cuarto llegaban todavía de cuando en cuando gemidos y sollozos: pero nadie puede llorar sin descansar durante tanto tiempo. Un año de mi vida por tener la certeza de que está haciendo sus maletas. Si Henna supiera cómo es de repulsivo el sufrimiento ajeno. Además, sufrir de amor no tiene ningún mérito. El agua iba perdiendo su calor. El nudo de odio que le bloqueaba la garganta se había ido diluyendo en un aburrimiento rencoroso.

   Quitó el tapón para que el agua se vaciara. Poco a poco emergieron los arcos de sus corvas, su miembro abandonó la verticalidad engañosa que había asumido bajo el agua y se fue desmayando sobre los vellos del pubis, como un pez muerto sobre un lecho de algas. El desaguadero empezó a hacer espasmódicos ruidos de succión, eructos, hipos, gloteos. Henna va a pensar que estoy llorando por ella, va a venir a envolverme en su aura de tibieza, en su enternecimiento asqueroso. Desnudo en la tina vacía volvió a sentir el frío. Se arrebujó en la toalla con el odio nuevamente en creciente, pero no se atrevió a salir del baño.

-Mierda mierda mierda mierda mierda -murmuraba rítmicamente, mientras daba acompasados saltitos para no congelarse. No le llegaba ningún ruido del cuarto. Ojalá se haya muerto. Hizo girar la llave de la puerta.
- ¿Ignacio?

   Cerró otra vez y volvió a sus saltitos, enfurecido. Mierda, mierda, mierda. Mierda, mierda, mierda. Tres veces en un pie, tres en el otro. Al rato cambió el ritmo: mier-dá, mierdá, mier-dá, y a cada sílaba correspondía ahora el salto de un pie al otro. Sudaba. Vio de refilón su imagen reflejada en el espejo, dando brinquitos ridículos, y lo invadió el rubor. "Mierda", dijo en voz alta. En el espejo, con las letras ya secas de la pasta de dientes, estaba escrito MIERDA. Pero la palabra escrita no tenía nada qué ver con lo que estaba pensando.

- Mierda -articuló despacio, a media voz.
- MIERDA -respondió el espejo.

   Tal vez era solamente un problema tipográfico, de mayúsculas de imprenta. Escribió mierda en cursivas minúsculas. Y pronunció de nuevo, articulando bien, con deliberación científica:

- Mierda.
- MIERDA
  mierda
- dijo el espejo.
- No es lo mismo. Qué falta de rigor la del lenguaje.

   En las dos inscripciones superpuestas había algo de funerario, y al mismo tiempo algo de heráldico. Como si indicaran que por estar escrita la realidad estaba muerta, y simultáneamente, al escribirla, quisieran perpetuarla en el respeto de los hombres. A través de las inscripciones blancas se reflejaba en el espejo el rostro de Escobar. Con la uña untada de dentífrico escribió trabajosamente en la piel de su frente: ESCOBAR.

- Pero es evidente que no soy yo, sino otro que no soy yo: RABOCSE . Alguien ajeno, hermético, cuyos signos no entiendo, con quien no tengo nada qué decirme. Es curioso vernos como nos ven los demás. Los que están del lado convexo de la máscara.

   Se miró atentamente: la barba de ocho días, la inscripción en la frente, falsamente cirílica. ¿Esa era la cara de Escobar? ¿Así la veía Henna, por ejemplo? ¿Así la veía Fina? ¿Así la había entrevisto Edén Morán Marín en su agonía? El recuerdo de Edén Morán Marín le produjo un calambre en el vientre, un zumbido en los oídos. No podía haberlo matado. Matado. Eso no quería decir nada, matado. Muerto. Tampoco. La palabra muerto no se refería al cuerpo desgonzado de Edén Morán Marín con la frente aplastada, entre el hedor a orines. Borró la imagen sintiendo cierta náusea, cierto desasosiego. Se concentró en sí mismo: el pelo que va cayendo, sí; pero no hay nada qué hacer. La barba crecida le daba cierto aspecto de fraile dominico. Mostró los dientes al espejo, como de niño los mostraba a su madre para probarle que sí se los había lavado bien. Miró su mueca congelada, con los dientes desnudos, como la risa momificada de un fraile dominico. Una máscara. Y la veía fragmentada por las dos blancas inscripciones.

                                                   MIERDA
                                                   mierda

                                                           , como separada de él por los arabescos de una reja. Altamente simbólico, lo de la reja. Del mismo modo, estas dos inscripciones del espejo son el símbolo de mi rabia contra Henna, que por razones de entorno cultural se expresa en la interjección "mierda" en vez de expresarse, por ejemplo, en la interjección "zapateta"

   Escribió en el espejo:
   ZAPATETA
-En realidad no significa nada, zapateta.

    Por lo demás, tampoco "mierda" significaba mierda; pero existe una mierda real. Aunque hay también, sin duda, alguna zapateta olvidada en el limbo de las ideas platónicas, sepultada bajo las telarañas, tal vez desnarigada, revuelta con los torsos mutilados de otros conceptos descontinuados, obsoletos: triceratops y paquebote, pelagianismo, virginidad, Lituania, mónadas, miriñaque. Se dejó ganar por la tristeza.

-Cuando yo también muera aquí de hambre y de frío, sitiado por el llanto de Henna, ahí seguirá el espejo, impertérrito, reflejando pared, vacante. Gritando con muda obstinación MIERDA, mierda, ZAPATETA. Clamando en el vacío su clamor enigmático: dos mierdas y un zapateta.

   Aunque ya empieza aquí la trampa: no son iguales las dos mierdas: la una es mierda, la otra es MIERDA. Y aunque fueran iguales tipográficamente, ya habría trampa si diéramos "dos". Tendríamos que decir, puesto que son distintas, una y una; o mejor: una una y otra una, para diferenciarlas. Un uno y otro uno no son dos, como enseña el falaz espejismo matemático. El primer uno es distinto del segundo, es evidente, si para señalarlos hay que usar dos signos, o un mismo signo repetido. El acto de sumares está basado en la violencia. O bien hay redundancia en los dos signos, y entonces no es posible sumarlos -no se puede añadir una manzana a sí misma" o bien son diferentes, señalan cosas diversas -y no se pueden sumar manzanas con naranjas. Toda la serie de los números llamados naturales está mal.

   Y no sólo los números: todos los códigos. Todas las intentonas por recrear las cosas. El más medido verso -"esquilas dulces de sonora pluma"-la fórmula más férrea -E = Mc2-, se deshacen por falta de rigor: no se pueden igualar las diferencias, no se puede nunca llamar equis a algo que no es equis, ni decir que esa equis es la incógnita buscada. Qué soberbia babélica se encierra en la palabra "incógnita": como si fuera a ser cognoscible lo que es incógnito, mediante un malabarismo matemático o una prestidigitación semántica. Incógnito es lo incognoscible. Todo lo conogscible está ya conocido. San Agustín afirma: las verdades se encuentran en el corazón del hombre: el sabio no hace más que descubrirlas, iluminado, eso sí, por la presencia del Dios vivo. Y Rimbaud: el poeta es apenas un camino para la voz de lo eterno. Y Parménides: es la Diosa quien habla. Y Lacan: el sujeto es hablado. Todo conocimiento está podrido desde su raíz, porque sólo conocemos los términos de nuestro conocimiento, y no las cosas que esos términos designan. ¿Qué importa entonces que Aristóteles diga, luciferino, que A es A, si no es más que A, y además ya lo sabíamos?

- Hay un exceso de esdrújulas en todo esto -reflexionó Escobar, sintiendo que estaba a punto de perderse. Le hacía falta, probablemente, un tercer hemisferio cerebral
-¿pero puede haber tres hemisferios?-, del mismo modo que cuando necesitaba hacer un nudo le hacían falta por lo menos dos pulgares en la mano derecha. Y a todo esto, las inscripciones del espejo seguían guardando todo su misterio. Creyó distinguir algo en el fondo de sus ojos, en el espejo. Se acercó más. En el reflejo de sus pupilas vio dos diminutos reflejos de su cara. Se apartó con horror.
- ¡Basta! -exclamó con voz ronca.
- MIERDA
  mierda
  ZAPATETA
         -replicó el espejo,
- ¡Anatema!, -rugió Escobar.
-MIERDA
-Mierdan
ZAPATETA

        -dijo el espejo. Y además, reflejaba los ojos llenos de sangre de Escobar, y en el fondo de sus ojos, otros dos escobares diminutos, con los ojos rojos.

   Entre los maquillajes y las cremas faciales de Henna (¿y dónde estaban los de Fina? Los encontró en el fondo de un cajón, arrinconados por la intrusa, y se tranquilizó), entre los frascos y potingues de Henna halló una pasta dura y negra, y un pincel de calígrafo. Arrancó un metro de papel del rollo del excusado. Mojó el pincel en saliva, lo embadurnó de tinta, lo mantuvo vertical en el aire.

- Sería tan fácil decir esto si supiera lo que quiero decir. Bajó el pincel con gesto grave. En el papel se formó una mancha negra del tamaño de una uña.
- Mierda.
  Le sacó punta al pincel con la lengua, encontrándole un sabor amargo. Escribió: El Esp- la tintura negra se expandió por el papel, incontrolable, como llanto de Henna.

  Con el pincel más seco la tinta no marcaba bien: el pincel se despeinaba en las asperidades del papel. Y pensar que en el paquete lo llaman "satinado", cuando sin duda produce llagas en el ano, úlceras incurables en el recto. Mojo con saliva el mango afilado del pincel y lo llenó de negro: El Espej- el papel se rasgó.

- La lucha del creador contra la hoja en blanco.

   Empapó en agua su metro de papel y borró del espejo las inscripciones hechas con la pasta de dientes, y con un nuevo metro vuelto una pelota secó bien el cristal. "Espejo del Espejo", escribió en el espejo. En la pulida superficie el pincel se deslizaba sin dificultad, produciendo maravillosos efectos caligráficos.

No guarda el agua inmóvil del espejo
memoria de la forma: el movimiento
pasa y vuelve a pasar en el recuerdo
quieto de una quietud que fue reflejo.

Pero no guarda el agua del espejo
de la quietud la forma: sólo el lento
remolino de sombras de lo quieto
que antes de la quietud dejó reflejo.

        Porque hay espejo y del espejo forma.
        Pero ni el uno ni la otra informa
        de lo que fue la forma: entelequía.

                Hay el pasar: la sombra del olvido.
                El recuerdo es reflejo ya perdido,
                forma de su pasar: melancolía.

  Eso no tenía nada qué ver con lo que había estado pensando. El lenguaje hace siempre lo que le da la gana. Mientras más riguroso, más traidor. Borró todo el soneto.

   Escupió en el espejo y vio con sorpresa que su saliva era oscura como tinta. Abrió la boca ante el espejo. Tenía la lengua negra.

Henna dormía en la cama, vestida, chupándose el dedo pulgar, como un monstruoso bebé. Con las babas y las lágrimas se le había escurrido la pintura de los ojos a las mejillas, a la boca, a la almohada. Ni siquiera había hecho sus maletas. Escobar la sacudió por los hombros. Ella se dejó ir blandamente, iniciando un ronquido. Escobar se sintió tremendamente débil, se dejó caer bocabajo en las sábanas, se fue tapando poco a poco, exhalando gemidos, sintiendo que lo ahogaban las ganas de llorar.

 

- No más. No más. No más.

Apagó la luz.

  Lo despertó con un atroz peso de angustia el repiquetear taladrante del teléfono. Lejana, la voz entristecida de su madre.

- Mijo.
- Mamá...
- No viniste a la misa de aniversario por tu hermano.
- No pude.
- No quisiste.
- No pude, mamá. De veras.
- ¿Por qué no vienes hoy? Estoy muy sola, mijo.
- Mamá...
- Ven a almorzar, Ignacio. No viene nadie. Sólo monseñor, y Ricardito. -¿Y Ernestico Espinosa?
- Y Ernestico, claro.
- De veras, mamá, no puedo.. Estoy con una niña.
- ¿Tu novia Fina? Tráela. Me encantará conocerla.
   Su sangre se detuvo. Unas fosforescencias súbitas le bailaron delante de los ojos.
- ¡Mamá! ¡¿Tú de qué conoces a Fina?!
- No la conozco. Por eso te digo que me encantaría conocerla.
- ¿Entonces por qué sabes que Fina existe?
- Ay, mijo, tú me lo has dicho cien veces. Además hablé con ella el otro día.
- ¿Que qué? -no podía creerlo. ¿Fina llamando a su mamá? ¿A qué? ¿Por qué? ¿De dónde? ¿Dónde andaba? Sabía que volvería. Ya era hora. ¿Y por qué no había vuelto? -¿Que tu hablaste con Fina?
- ¿Qué tiene de malo? Tú no me llamas nunca. Hablamos de tí, por si te interesa saber.
- ¿Qué te dijo?
- Ignacio ¿por qué no te casas con ella de una vez? Es caleña, yo sé. Pero por teléfono me pareció muy querida.
- ¿Fina te llamó para decirte que me dijeras que me casara con ella? No te creo.
- No me llamó, mijo. Es que no te fijas. Te llamé yo a ti, como te llamo siempre, y contestó esta niña, muy querida. Tú nunca estás cuando te llamo, mijo -se quejó doña Leonor. Escobar puso los ojos en blanco. Ante el silencio, su madre prosiguió:
- No entiendo por qué no me la habías querido presentar. Sobre todo si están pensando en tener un hijo.
- ¿Fina te dijo que estábamos pensando en tener un hijo? -gritó Escobar -¿Qué yo estaba pensando en tener un hijo? -no lo creía posible. Fina no era así.
-Me dijo que ella quería tener un hijo. No te pongas así, Ignacio. Es lo natural: si ella lo quiere, tú también lo quieres, mijo. Asi tuvimos tu papá y yo a Focioncito. Y a tí también, claro.

A Escobar le daba vueltas la cabeza.

- Mijo: me gustaría tanto tener por fin un nieto...
- Conmigo no cuentes, mamá -dijo Escobar, súbitamente enfurecido. -Ten otro hijo tú, si quieres.
- No no no, mijo... -rio su madre. -Yo ya no estoy para esos trotes.
- Pues yo tampoco. Además, aunque quisiera, no podría. Hace ya más de un mes que no vivo con Fina.
- Ignacio ¿por qué me dices mentiras? ¿No me acabas de decir que no podías venir a la misa por Focioncito porque estabas con ella?
Un deslumbramiento asesino floreció en el cerebro de Escobar. Respiró hondo.
- Mamá: ¿cuándo hablaste tú con Fina?
- Ya ni me acuerdo, mijo. Ayer, o antier.
- Ah, bueno. Magnífico. Perdóname, mamá, tengo que colgar. Colgó.
- ¡Henna!

Henna brotó del baño, brincoteante. Tenía la cara untada de cremas amarillas, la cabeza erizada de rulos para el pelo. Sonreía, feliz.

- ¿Usted habló con mamá hace dos días?
Sentía que estaba pálido. Le temblaban las manos y la voz.
- Sí. ¿Por qué?
- Acabo de hablar yo con ella.
- ¿Por qué no me la pasó? Me hubiera gustado saludarla.
- ¡Henna!

Sintió una especie de desvanecimiento, una explosión blanca en la base de su bulbo raquídeo. Por un instante el mundo le dio vueltas, silbando en sus oídos. Pero tuvo de pronto una idea maravillosa. Se contuvo, dijo con lenta deliberación:

- Tengo que ir a ver a mi mamá.
- ¡Ay, chévere! ¿Qué me pongo?
- ¡¡HENNA!!
- Ignacio, no me grite. Si algo no le permito yo a nadie es que me griten.
- Henna. Tengo que ir YO a donde mi mamá. USTED no. Usted, además, se tiene que ir de esta casa. Mi mamá está absolutamente enfurecida conmigo porque descubrió que estoy viviendo en concubinato con una mujer. Además está convencida de que usted es Fina.
-¿Sí? Le pasa a mucha gente. Es que el nombre se parece. Henna. Fina. Pero yo no me parezco en nada a Fina.
-¡Claro que no se parece! -no sabía cómo lograba contener su furia. Tenía blancos los nudillos, las uñas clavadas en las palmas. Ahora no sólo le temblaban las manos sino también los brazos y los hombros, y sentía una tensión tremenda en los músculos del cuello y las quijadas, y en los globos de los ojos.
- Yo no. Pero el nombre sí: Fina, Henna.
- ¡El nombre tampoco se parece!
- No se ponga así, Ignacio: no estoy celosa, si eso es lo que le preocupa. Y volvió a entrar al baño, taconeando. -¡¡HENNA!! -rugió Escobar. Ella volvió a medias el rostro pintado de amarillo, hizo un mohín petulante, se encogió de hombros.
- Henna -repitió, con voz ronca. -Ah, bueno. Como gritaba, pensé que estaba llamando a Fina.
   Sacrílega, inmunda. Pero calma. Calma. Dijo, sin timbre:
- Fina y Henna no se parecen en nada. -Pues para que sepa que sí. Ayer llamó un tal Federico a preguntar por Fina. Y yo le dije "Henna", y creyó que era "Fina". Por teléfono son idénticos. -¿Llamó Federico? ¿Cuándo? ¿Por qué no me dijo? ¿Por qué no me lo pasó?
- Porque usted estaba dormido. Como se la pasa durmiendo... ¿Por qué no me pasó usted ahorita a su mamá, para esa gracia?

  La sangre, que le hervía otra vez, bajó de punto.
-Justamente por eso. Porque mamá llamó enfurecida de que yo esté viviendo en concubinato con una mujer. Y encima con una caleña. Me quiere desheredar. Tengo que ir a verla inmediatamente.
- Entonces yo lo espero aquí -se resignó Henna. Con un algodón húmedo, estirando la boca, sin dejar de mirarse en el espejo, se iba quitando poco a poco tiras de piel amarilla, agrietada, endurecida.
- ¡No! Usted no me espera aquí ¿Es que no entiende? El problema es precisamente que usted esté viviendo aquí. Tiene que irse ya. Dentro de un rato va a pasar el chofer de mamá en el carro a recogerme.
- ¡Ah, chévere! ¿Sabe qué? Así me dejan de pasada en la peluquería.
- ¡No, Henna, no! ¡Usted se tiene que ir ya, antes de que llegue el chofer! ¡Tiene que hacer maletas? ¿Entiende?
- No sea ridículo, Ignacio. ¿Le tiene miedo al chofer de su mamá?

  Empezó a pintarse los ojos con un pincel diminuto. Escobar dejó escapar del pecho un sonido sollozante. Henna se volvió para mirarlo, con los ojos a medio pintar.

- De verdad, Ignacio, ¿sabe? Nunca pensé que usted fuera tan cobarde.
- Cobarde... Henna, no sea ridícula.
- ¿Entonces por qué no se atreve a decirle a su mamá que nos vamos a casar?
- ¿Que nos vamos a casar? le salió un gemido áspero, entrecortado, una risa de amargura. -¿A casar? No. No.
- ¿No me dice que si vive conmigo sin casarse su mamá lo deshereda?

   No era eso. No estaban saliendo bien las cosas. Se echó a llorar, sin lágrimas. Era como una tos muy honda. Pero Henna, entonces, pareció entender. Se acercó a él, le dio un beso en la mejilla.

- Tranquilo, Ignacio. Si el problema es ese, yo me voy. No se preocupe -se hacía cargo de los dos, de la vida: era una mujer fuerte -Después, cuando usted haya podido arreglar las cosas con su mamá, volvemos a juntarnos.
- Eso, sí. Eso es lo mejor. Volvemos a juntarnos después. Ahora hay que hacer sus maletas. Yo le ayudo.
- ¿Para qué? Me llevo un par de cosas, no más. Vi que usted tenía un maletincito de cuero lo más cuco. ¿Me lo presta?
- Henna, Henna, por favor, entienda: tiene que llevarse de aquí TODAS sus cosas. Aquí no puede quedar huella de usted. Cuando mamá venga a verificar, no debe haber aquí ni siquiera su olor.
   Henna pareció entender por fin. Se levantó irritada, se soltó los marrones del pelo.
- Bueno, tranquilo, perfecto, O.K. ¿Y a dónde me voy yo mientras espero?
- No sé. No había pensado en eso. -Sinceramente, no había pensado en eso. Al infierno. -¿Por qué no se va a Cali?
- ¿A Cali? -Henna sonaba incrédula. -Yo me voy a vivir a casa de mamá. Yo la llamo.
- ¡Ja! ¿Y a dónde me va a llamar?
- Bueno, sí. Llámeme usted.

   Estaba perdiendo terreno. Le dio un número de teléfono falso.
   Escobar bajó las escaleras cargado de maletas como un mulo. Las dos con que había llegado Henna hacia un mes o una vida, se habían convertido en cuatro, más el maletincito de cuero. Tropezaba, morado del esfuerzo, jadeante de rabia. En un rellano se cruzaron con la señora Niño, la vecina de arriba. Lo miró con ojos de loca.

- ¡Esta no es su señora! -afirmó.
- No, es... una amiga -dijo Escobar. La señora Niño, que subía las escaleras envuelta en una bata de volantes, no lo dejó seguir:
- ¡Comunista! -gritó. -¡Cobarde! -y le escupió a Henna en la cara: - ¡Prostituta!
   Pues sí: era cierto: al fin y al cabo su señora era Fina, Henna quedó petrificada de sorpresa, y Escobar siguió bajando cargado de maletas.
- ¿Por qué no me defendió? -gritó Henna.
- Ay, Henna, por favor...
   Esperaron un taxi, ambos de mal humor. Les cayó de repente en la cabeza un diluvio de aguas.
- ¡Comunista! ¡Canalla! ¡Prostituta!

   Asomada a su ventana, con un balde vacío entre las manos, la señora Niño los miraba con odio. Les arrojó el balde vacío, que golpeó el pavimento con estrépito. Huyeron calle abajo. Escobar corría cargando las maletas, sintiéndo los pulmones a punto de estallar, las venas rotas, los brazos descoyuntados, las palmas de las manos recalentadas y a lo mejor llenas de ampollas ya. Paró un taxi. Todavía tuvo que darle a Henna un beso por la ventanilla abierta.

   Cuando regresaba, exhausto, pero libre por fin, vio a señora Niño en su ventana. Lo esperaba con un balde en las manos. Vaciló. Un balde de agua sucia. De agua hirviendo. Tal vez de aceite hirviendo. Tenía hambre. No tenía mucha plata. Decidió ir a casa de su madre.

Comentarios () | Comente | Comparta c