Capítulo IV

Los perros atravesaron el jardín al galope, se le echaron encima a lamerle la cara, apoyándole sus enormes patas en el pecho, batiendo locamente las colas.

 

- ¡Proserpina! ¡Judas!

   En las gargantas se les atravesaban gemidos de dicha ahogada al verlo, cortos, altos ladridos de reconocimiento. Les rascó con los dedos las cabezotas ásperas, les palmeó el costillar sonoro. El jardín era verde, entre el follaje de los árboles se filtraban anchas cintas de sol, charcos de luz en el prado cortado, en los macizos de flores. Parrita, que lavaba con manguera el largo carro negro de doña Leonor a la entrada empedrada del garaje, vino en un trote:

- ¡Don Ignacito, qué milagro!

   Le abrió la puerta Evelia, desdentada y enorme, en su delantal blanco crujiente de almidones. ¡Don Ignacito, qué milagro!

   Un el vestíbulo reinaba un olor denso a maderas encerradas, perfumadas. El olor de su infancia.

   Atravesó salones, precedido por una Evelia excitadísima que intentaba trotar. El brillo suave de los entablados, los altos cuadros ennegrecidos con sus marcos dorados, los muebles tapizados con escenas desvaídas de caza, las alfombras mullidas, las pesadas cortinas, los espejos oscuros que repetían borrosamente su silueta en la penumbra. En el ancho y hondo salón del fondo el sol entraba a chorros por los ventanales, dibujando cuadrículas de sombra en el piso, en los profundos sillones de cuero oscurecido por los años, en las mesitas negras cargadas de porcelanas de perros y de caballos de bronce encabritados. Al otro lado de la luz, al fondo, la chimenea encendida rugía como una fragua. Las paredes tapizadas de libros empastados en piel que nadie leería nunca, de retratos de gente que todo el mundo había olvidado, amarillentos en el brillo apagado de los marcos de plata. Su abuelo de uniforme, su padre con el meñique rígido, su hermano Focioncito con los rizos dorados de la primera comunión, viejas tías que eran jóvenes de lazo en el cabello, tíos abuelos de levita y cuello de pajarita, con blancas pecheras duras, con negros ojos de sombra. Junto a la chimenea, su madre envuelta en chales negros hundida en su sillón, con el alto mechón de pelo casi blanco coronando su rostro como el copete de una cacatúa. Le dio un beso en la mejilla, aspirando el antiguo perfume de lavanda, de manzanas.

- ¡Mijo!
- Mamá.

   Ernestico Espinosa, vaso en mano, le daba fuertes palmadas en la espalda.

- Ala, Ignacio, qué gusto verte por acá.

   Monseñor Boterito Jaramillo le tendía para un beso su anillo de prelado en su mano regordeta, sonriendo complacido. Escobar la tocó apenas con los dedos, recordando que tenía cáncer en la lengua. Un viejecito ligeramente bamboleante le tendió su mano huesuda.

- ¿Ricardito?
- Es que... es que me puse lentes de con- contacto - explicó Ricardito con una risita. Se llevó un vaso a los labios ávidos. Le temblaban las manos.
- Ricardito se ha vuelto de una coquetería repugnante, ya de viejo -dijo doña Leonor, y Ricardito dejó escapar grandes risas nerviosas. Ernestico Espinosa llamó de lejos, perfumado, ondulado, con parches de gamuza en las coderas del saco:
- Ala, Ignacio, ¿qué te tomas?

   Escobar miró a su madre con reproche. ¿Con qué derecho ese cardiólogo impertinente distribuía su trago? Doña Leonor alzó los ojos al cielo.

- To-tómate un whi-whisky -tartamudeó Ricardito. En su vaso, el temblor de su larga mano pálida hacía tintinear el hielo.
- Este oporto está de veras exquisito - sugirió monseñor Boterito Jaramillo con voz enronquecida. Era visible que tenía muy avanzado el cáncer de la lengua. - Un whisky - dijo Escobar.
- A estas horas no hay mejor trago que un bloody mary - afirmó Ernestico Espinosa con sapiencia de cardiólogo. -Te lo aconsejo como amigo. No como médico.

   Hablaba como si estuviera en su casa.

- Un whisky -repitió Escobar.
- Yo-yo me voy a to-tomar otrico, cómo te parece -declaró Ricardito apurando su vaso.
- ¿Por qué no trajiste a tu novia? -preguntó doña Leonor. -Te dije que me hubiera encantado conocerla. Pero claro, tú, mijo...
   Escobar la fulminó con la mirada.
- Ajaja -roncó monseñor Boterito Jaramillo en tono de benigna complicidad.
- Con que tenemos novia...
- Una caleña -informó doña Leonor. -Muy querida, eso sí. Se llama Fina.
- Mamá, por favor. -Estaba ya arrepentido de haber venido. -Ni tengo novia, ni la caleña con que tú hablaste se llama Fina. Fina es caleña, sí, pero es otra.
- Caleña es caleña -terció Ernestico Espinosa haciendo un guiño procaz. -Te lo digo como médico, ala. No como amigo.

   Ricardito rio con su risa nerviosa y cascada, y monseñor Boterito Jaramillo sonrió, y bebió un sorbito de su copa de oporto.

- No viniste a la misa por tu hermano, mijo.
- No pude, mamá. De veras. No podía.
- Nunca puedes, mijo. Allá tú: te perdiste de una misa lindísima. Monseñor Boterito estuvo inspiradísimo.
- No diga eso, Leonor. Eso es sacrilego -carraspeó monseñor Boterito Jaramillo. -La Santa Misa es la palabra divina, no me la inventé yo. Qué más quisiera.
- No estoy hablando de la misa -aclaró doña Leonor- sino del sermón. La Misa es siempre igual. Me la sé de memoria.
- ¡Leonor! -reprochó monseñor Boterito Jaramillo con voz cavernosa. Parecía que se le fuera a rasgar la garganta de un momento a otro. Escobar se esforzaba por no carraspear involuntariamente, como si el canceroso fuera él. - En latín, claro -siguió doña Leonor. Y le explicó a Escobar: - Tú sabes que monseñor Boterito me consiguió una dispensa especial del Papa para oír misa en latín. En español me suena de una ordinariez...
- ¡Leonorcita! - rio monseñor Boterito Jaramillo, con una risa pedregosa, angustiosa.

Ernestico Espinosa intervino:

- Eso de la misa en lengua vernacular es una pendejada monseñor, reconózcalo. La misa la debían decir en inglés que es lo que habla todo el mundo.
- Yo no hablo inglés -dijo escobar, glacial.
- Pero es que tú tampoco vas a misa, viejito -rio Ernestico espinosa, ruidosamente. Reía con dientes blancos, perfectos, de dentista.
- Inspiradísimo, Ricardo con su necrología -afirmó monseñor Boterito Jaramillo.
- Ni-ninguna ne-necrología -corrigió Ricardito. -Era una ne-nenia. - ¿Una qué?
- Ne-ne-ne-nenia. Una nenia. Una pendejada -aclaró Ricardito con una sonrisa entristecida, en un murmullo.
- ¿Por qué no almorzamos? -sugirió Escobar.
- Hay gnocchis con salsa Mornay -informó monseñor Boterito Jaramillo, y miró en círculo con ojos pícaros. -Yo ya averigüé.

   Doña Leonor ocupó la cabecera, entre Monseñor y Ricardito Patiño. El cardiólogo le sostuvo la silla. Monseñor bendijo la larga mesa fantasmal, amortajada en su mantel de lino, donde hubieran cabido veinticuatro personas. En su centro, un titán labrado en plata sostenía en sus espaldas un enorme frutero cargado de racimos de bacantes desnudas, como un burdel flotante. En la punta habitada de la mesa relucían los cristales, los cubiertos de plata, las altas copas talladas de sorbete de guanábana. Una sirvienta nueva, una rolliza y colorada y joven que Escobar no conocía, servía la mesa, deslizándose en silencio entre los muebles de caoba ennegrecida por el tiempo. - Primero a Monseñor - le advirtió con severidad doña Leonor cuando le ofreció la fuente humeante de gnocchis, y la joven sirvienta se ruborizó de un golpe. - No aprenden. Ya no quedan sirvientas.

- ¡Qué gnocchis! ¡Qué gnocchis! -crepitó monseñor.
- ¡Se deshacen en la lengua! -y todos miraron hacia otro lado, pensando en su lengua devorada inexorablemente por el cáncer. Escobar vio que Ernestico Espinosa aprovechaba la distracción general para pellizcarle el antebrazo a la sirvienta, que se puso todavía más colorada. Sonriendo para sí, satisfecho, con la naturalidad de movimientos de quien está en su propia casa, Ernestico escanció el vino. Monseñor bebió con unción, chasqueó la lengua.
- ¡Qué vino, Leonorcita, qué vino! ¡Ah, estos caldos de Francia!
- De Chile -rectificó doña Leonor. - El vino francés está por las nubes.
- Ahora hay un vino californiano magnífico -informó Emestico Espinosa. -Los gringos hacen todo perfecto, son pendejadas.

   Doña Leonor lo miró con sus ojos bulbosos, transparentes, como si no lo viera. Se volvió hacia Ricardito:
- Ricardo, recítale tu necrología de Focioncito a Ignacio, que no quiso venir la otra tarde.
- Ne-nenia, Leonor. Es una nenia.
   Apuró su copa, se limpió los labios con la servilleta, se concentró un instante con los ojos cerrados. - ¿No tienes nada menos lúgubre? -pidió Escobar. -Un epitalamio, o algo.
   Ricardito Patiño abrió los ojos. Ernestico Espinosa le cortó la palabra con su risotada estrepitosa, de dentista:
- ¿Epitalamio, viejito? Epitelioma, no seas bruto. Un cáncer de la piel.
   Hubo un silencio ante la palabra cáncer. Todos miraron a monseñor Botero Jaramillo, que rebañaba el plato. - ¿No quedarán más gnocchis, Leonorcita? Están de veras de prodigio -carraspeó monseñor. Doña Leonor agitó una campanilla.
- Deje hueco para el rosbif, Germancito -advirtió.
- Hay hueco, hay hueco - rió monseñor Botero Jaramillo con una risa estertorosa, dándose golpecitos en la panza.
- Hay hueco para el pecado de la carne.

   Y miró en semicírculo con sus ojillos pícaros para juzgar su efecto. Doña Leonor fingió un risueño escándalo. Ricardito Patiño dejó brotar una risilla cascada. Chistes viejos, usados, risas fatigadas. Ernestico Espinosa volvió a llenar hasta los bordes la copa de monseñor Botero Jaramillo, haciéndole a Escobar un guiño cómplice. Ricardito Patiño bebía su vino en silencio, parpadeante, y pinchaba los gnocchis del plato uno por uno, y los masticaba luego largamente, y los tragaba con un súbito espasmo de la glotis, como si fueran piedras.

- Bueno, Ricardo, no te hagas de rogar: échate el epitelioma -sugirió Ernestico Espinosa.
- E-e-e-epitalamio -aclaró Ricardito.
- Cuando yo me casé con tu papá, -rememoró doña Leonor- Ricardo me dedicó un epitalamio magnífico.
- Una pe-pendejada -se defendió Ricardito, enrojeciendo.

   Monseñor Boterito Jaramillo contemplaba ahora sus rosadas tajadas de rosbif, dividido entre la gula y la cautela cancerosa. Las cortaba en trocitos diminutos, empapaba el bocado minúsculo en la salsa tostada y rojiza, lo maceraba bien con los molares, lo deglutía con un esfuerzo visiblemente doloroso. Era un espectáculo repulsivo. Escobar se había quedado con su propio tenedor en el aire, fascinado. Ernestico Espinosa, con la curtida indiferencia de los médicos, volvió a llenar la copa de monseñor.

- Recita, Ricardo -ordenó doña Leonor.
   Ricardito soltó una tosecilla, se limpió nuevamente los labios, cerró los ojos un instante y se soltó a declamar sin el menor tartamudeo:
- Hoy es el día, doncella, en que os espera el más feliz mortal que viera el cielo...
- No es ese -interrumpió doña Leonor, casi con rudeza. Y agitó la campanilla de plata para que vinieran a levantar los platos. En el silencio que siguió, el gran reloj de pared soltó la campanada sonora de la media, que dejó vibrando largamente las copas de cristal en los manteles y las vajillas tras las vitrinas de los aparadores. Escobar tomó la palabra:
- Eso es lo malo de la poesía de circunstancias. Pasada la circunstancia, pasa el poema.
- Depende de la circunstancia - apuntó Ernestico Espinosa, salaz.
- To-toda la poesía es de circircunstancias, mijo -dijo Ricardito, aparentemente indiferente al fracaso de su epitalamio. -Es siempre para ce-celebrar algo: una boda, un bautizo, una mu-muerte. -O los misterios de la religión -roncó monseñor Boterito Jaramillo. -La poesía no tiene por qué ser frivola.

   La sirvienta gorda presentó entonces una honda sopera llena de dulce de icaco, y monseñor pareció experimentar un acceso de éxtasis. - ¡A esta Saturnina suya habría que canonizarla, Leonor! -exclamó. -Ricardo: ¿cómo se llama un poema en honor del dulce de icaco?

   Ernestico Espinosa había encendido un cigarrillo con su encendedor de oro, soltaba coronitas de humo que flotaban blandamente hacia el centro de la mesa e iban a dispersarse sobre el frutero de bacantes. Doña Leonor, inmóvil en su silla, parecía un gran pájaro embalsamado. De pronto, sin preaviso, agitó furiosamente la campanilla y se produjo un barullo de sillas arrastradas. Ricardito Patiño quiso ofrecerle su brazo, pero se le adelantó Ernestico Espinosa, más joven y más ágil. Volvieron al salón. Monseñor Boterito Jaramillo trastabillaba un poco, se apoyaba en el brazo de Escobar, soltaba hipos discretos tras su mano ahuecada. Se sentaron de nuevo ante las brasas moribundas, desflecadas de cenizas blancas. Evelia arrojó en la chimenea una nueva brazada de leña y las llamas estallaron buitrón arriba, iluminando el gran salón. La sirvienta colorada sirvió café en pequeños pocillos traslúcidos, infusión de mejorana para doña Leonor, de yerbabuena para monseñor Boterito Jaramillo. Ernestico Espinosa ofreció licores.

- Ánimo, monseñor: un benedictine, que es trago de eclesiástico.
  Monseñor rio entre toses, contuvo un repentino eructo, aceptó.
- Pero apenas un dedo.
  Bebió un sorbito, agitó blandamente la mano en el aire, dejó escapar un eructo, dejó caer las papadas sobre el pecho, y se quedó dormido.
- Monseñor Boterito está cada día más inaguantable -opinó doña Leonor. Ernestico Espinosa posó sobre la chimenea su copa de coñac, extrajo de su maletín un tensiómetro reluciente, desnudó el brazo de doña Leonor. Escobar miró el brazo delgado de su madre, blanco como la leche, salpicado de pecas pardas, con las venas limpiamente dibujadas como con tiza azul.
- Bajísima -dijo Ernestico Espinosa con absoluta indiferencia. Y aununció: -Bueno: ya son las dos y media. Yo me voy a la clínica. A ver cuándo te dejas ver otra vez por acá, Ignacio.
   Salió. Escobar oyó rumores ahogados de forcejeo en el salón francés, y un instante más tarde la sirvienta rolliza entró a levantar las tazas del café ruborizada, con los ojos clavados en el piso y el uniforme almidonado arrugado a la altura del busto. Doña Leonor la miró con frialdad.
- Ernestico Espinosa es sirvientero -dijo, suspirando. -Tu papá, también lo era. Hace tiempos, cuando vivía, - se quedó con la mirada perdida en el recuerdo, con los ojos saltones, pálidos, en el aire.
- ¿Cómo era mi epitalamio por fin, Ricardo?
- Hoy es el día, doncella, en que os espera el más feliz mortal que viera el cielo...
- Ese no, por Dios. El otro. Uno en francés: que j'étais belle...
- Ese no era un e-e-epitalamio, Leonorcita. Ese era antes. - Pues ese. ¿Cómo era?

           Mais si, madame, combien vous étiez belle
           en sortant de la messe ce matin.
           Sous votre longue robe de dentelle
           s'agitait votre sein;
           comme un nuage, la fleur de votre ombrelle
           semblait jaillir de votre main...
           Vous étiez belle
           sous votre ombrelle
           dans votre longue robe de dentelle,
           et devant vous, madame, je n'étais rien!

  Doña Leonor se quedó pensativa.
- Eh oui,j'étais belle -dijo por fin. -Mais le temps passe.
- Para ti no, Leonor -dijo Ricardito Patiño.
-Eres tan be-bella como entonces.
- Ricardito se ha vuelto de una lambonería repulsiva -dijo doña Leonor mientras hacía sonar vigorosamente la campanilla. -Me voy a echar mi siesta. Tengo la tensión bajísima.

   Y se fue, cojeando, apoyada en Evelia y en la sirvienta joven y rolliza. Quedaron Ricardito y Escobar en un incómodo silencio, roto apenas por la respiración estertorosa de Monseñor dormido en su sillón. Escobar sirvió nuevamente coñac.

- Tu mamá era una be-be-belleza, mijo -dijo por fin Ricardito.
- Tu poesía lo sigue siendo, Ricardo.
   Se quedó mirando vagamente las brasas de la chimenea, con la sonrisa triste en su vieja faz destruida.
- Una mujer muy bella - murmuró. -Mas bella que mis versos.

   Escobar sintió una tenaza en la garganta: dentro de cuarenta años, yo también seré un poeta derrotado. Buscó una palabra de consuelo:
- Eso te pasa -dijo- por ponerte a hacer epitalamios y nenias y sonetos de circunstancias, Ricardo. La poesía no puede ser de encargo.

   Ricardito bebía su coñac a pequeños sorbos cautelosos y lo mecía en la palma de la mano, entibiándolo, o tal vez entibiándose la mano.

- Mi-mira, mijo -dijo, parpadeante. -Un poeta es como un médico. ¿Viste a Ernestico Espinosa? Este país está lleno de endemias y de pa-paludismos y de desnutrición infantil. Y ahí tienes a Ernestico, tomándole la tensión a tu mamá todas las tardes. Tu mamá tiene a Ernestico, que le toma la te-tensión, como me tiene a mí, que le hago los e-e-epitalamios.

   Hizo una pausa para beber, y carraspear, y beber nuevamente.

- Y las ne-ne-nenias de tu hermano Focioncito. No es porque sea hermano tu-tuyo, pero figúrate si a mí me va a gu-gustar hacerle una nenia para cada aniversario.
   Se encogió de hombros.
- Pero to-to-toca.
- Nadie te obliga, Ricardo.
- Me o-o-obliga que soy poeta. Los poetas no po-poseemos el mundo, sino al co-contrario: el mundo nos posee. Aunque creamos lo co-contrario. Mira a Whi-Whi-Whitman: creía que se estaba haciendo ca-cantos a sí mismo, y estaba componiendo himnos al De-de-destino Manifiesto de los Estados Unidos.

   Ricardito soltó una risa cacareante que se convirtió en una violenta tos. Escobar, viéndolo apoplético, con los ojos saltados y la lengua asomando morada entre los dientes, le dio fuertes golpes en la espalda. Por señas, Ricardito le pidió más coñac. Cuando pudo beberlo empezó a recuperarse poco a poco. Monseñor Boterito Jaramillo se agitaba en lo hondo de su sillón de cuero y gemía, como si lo acosara algún mal sueño. Escobar empezaba a preocuparse de que el par de ancianos se le fueran a morir de repente entre los dedos. Al palmear a Ricardo en las espaldas había oído el crujido de su espinazo frágil, de perro callejero. Pero una vez recobrado el aliento el poeta prosiguió:

- Es que los poetas somos muy pretenciosos, mijo -con el tercer coñac, ya no tartamudeaba. -Queremos que nos oigan todo lo que decimos, como si fuera importantísimo. Como si estuviéramos agonizando. ¿Tú conoces algo más fatuo que un agonizante?

   Escobar lo miró, asombrado de su lucidez. La lucidez de la agonía.

- Óyeme, Ricardo: óyeme esto:
          Desde antes de nacer
          (parece que fue ayer)
          estamos muer-
          tos.

   Ricardito lo miró con curiosidad.

- ¿Tuyo, mijo? Muy malo. Oye tu más bien esto:

          ¿La muerte, ya? ¡Oh, Dios! ¿Y si me hubiera
          olvidado la vida, y ya pasara?
          ¿Si tan sólo la muerte me esperara
          desde el mismo momento en que naciera?

           ¿La muerte, ya? ¡Oh hado cruel!
          ¡Quimera infeliz fue esta vida que anhelara!
          ¡Ilusión que perdí sin que me hallara?
          ¡Sonrisa de mi propia calavera!

          Ayer nací: por mucho que viviera
          soy sólo lo que fui: y aún más llorara
          viendo de mi cenizas calcinadas.

          Un día viví: ya viene la tijera
          de la Parca fatal. ¡Ah, si cortara
          de la muerte las alas desplegadas!

 - ¿Tuyo, Ricardo? -interrogó Escobar. -Pomposo ¿no?
- Pssséé... Pero eso era más bien cosa de la época, mijo. Ese soneto lo escribí a los veinte años, y aquí me ves. La poesía conserva. Pero hay que tomarla en serio, mijo: no como tú. Tú le tienes miedo al ridículo. Eso es lo que te mata. Dame otro coñac.

   Escobar se lo sirvió con dificultad, porque la copa oscilaba en la mano trémula de Ricardito.

- Yo de joven era como tú, mijo. Pero eso lo aprendí de tu mamá: no hay que tenerle miedo al ridículo. Claro que para ella era más fácil: era la muchacha más linda de su generación. Fue reina de los estudiantes, tú sabes.

Y Ricardito recitó nuevamente:

         ... Ah, sí, señora: érais hermosa
         esta mañana tras la misa.
         Se hinchaba vuestro seno rosa
         como agitado por la brisa
         y una sombrilla vaporosa
         difuminaba vuestra risa...
         Érais hermosa
         como una diosa.
         Y ante vuestra mirada desdeñosa
         yo era sólo una alfombra que se pisa.
         Miró a Escobar con los ojillos parpadeantes.

- Pero Leonorcita lo prefirió siempre en francés. Era insoportablemente snob, de joven, tu mamá.
- ¿Pero mamá y tú...? -empezó Escobar. No estaba muy seguro de que le gustaran esas confidencias. Ricardito sonrió con melancolía:
- No te preocupes, mijo. Tu papá era muy rico. Y Leonorcita adoraba los trapos y los viajes. -Se quedó pensativo. Bebió. Suspiró: -Una loca adorable.
   Bebió.
- A tu papá también le complicó la vida bastante, no creas aclaró. Pareció arrepentirse de inmediato: -Una señora siempre, por supuesto. No vaya a pensar... Cómo te diría: voluble, pero una señora. Una señora, pero voluble.
  Sus párpados, ahora inmóviles, se iban encapotando sobre sus ojillos turbios. Los cerró un instante, y murmuró:
- Indiferente... Nunca ames a una mujer indiferente, mijo.
   Guardaron silencio. Lo rompió nuevamente Ricardito Patiño.
- Es que Bogotá era un pueblo entonces, mijo, un pueblo. Y tu mamá... Tú ya sabías todas estas cosas, me figuro.
- Claro, claro, claro -dijo Escobar.
- Me acuerdo de una historia muy divertida, una vez, con el ministro británico aquí en Bogotá: un hombre respetabilísimo, figúrate si no, casado con una señora muy bien de por allá de Gales o no sé bien. Pues figúrate que esta señora le quería sacar los ojos a Leonorcita un día, por celos. Tuvo que intervenir todo el mundo, el arzobispo de Bogotá, tu abuelo el general, bueno, lo que te imagines... Al pobre ministro inglés lo trasladaron ipso facto a Bolivia, por supuesto, pero figúrate el escándalo: Bogotá era un pueblo entonces...
- Tal vez hubieras debido traducir tu poema el inglés -interrumpió Escobar.
- Sí, cómo no... -murmuró Ricardito, como para sí mismo:

           Lovely you were, o my sweet miss
           this morning, after Mass:
           your breast, awinged by the breeze;
           the cloudy umbrella 'twixt your hands;
           and the so tender, sudden squeeze
           over the soft, slender ass.
           You were so lovely
           You looked so lonely
           protected by your eyes only...
           And to your eyes I never was.

..., como ves, la versión en inglés era un poquito más osée, por la rima, claro.

   Ricardito repitió dulcemente, paladeando las palabras:

- ...and the so tender, sudden squeeze
      over the soft, slender ass...
   Escobar no sabía muy bien qué decir. ¿Qué sabía él del culo de su madre? Le zumbaban las orejas.
- Pero ya entonces Leonorcita andaba en Europa con un polista argentino -concluyó Ricardito con voz pastosa de coñac y tristeza.
- Ah, sí, el argentino -bostezó Escobar, estupefacto:
- ¿Era polista?
- Era argentino -dijo Ricardito.
   Escobar escogió el cinismo:
- Has debido intentar una vez más, Ricardo:

          Che, piba, estabas fenómeno
            cuando saliste recién...

   Ricardito sonrió. Negó con la cabeza:
- ¿Ves, mijo? Es que tú no tomas la poesía en serio. No te la juegas.
- ¿Tú sí? ¿Y de qué te sirve?
   Ricardito suspiró.
- La poesía no sirve para nada, mijo. No sirve para poseer lo que se desea. A lo sumo, para reemplazarlo.
   Escobar recordó a Federico:
- ¿Una masturbación, quieres decir?
- ¡Qué cosas dices! -se escandalizó Ricardito. -Me hubiera parecido una falta de respeto para con tu mamá.

   Y se quedó de nuevo silencioso, con la copa vacía pegada al pecho y los ojos perdidos en los tizones humeantes.

   Escobar quiso preguntar algo, pero se dio cuenta de que estaba dormido.

   Durante un rato se quedó silencioso, confundido, mirando a los dos viejos que roncaban a dúo frente al sillón vacío de su madre. El culo de su madre. Nunca se le había ocurrido pensar que su madre tuviera culo debajo de la ropa, ni mucho menos que le hubieran hecho versos. Una señora, pero voluble. Le costaba trabajo creerlo. ¿Su mamá? ¿Voluble? Debería sentirse ofendido, pero no lo estaba.

          Se hinchaba vuestro seno rosa
          como agitado por la brisa...

   Un seno, sí. Su madre, cuando joven, había tenido que vivir una época en que las mujeres tenían un solo seno, como los unicornios, redondeado y frontal. ¿Pero rosa? ¿Por qué sabía Ricardito Patiño de qué color eran los senos, o el seno, de su madre? De modo que esos eran sus viajes repentinos, sus largas ausencias, sus intempestivos retiros espirituales: polistas argentinos. ¿Y qué más? ¿Quién más? Juzgó sin simpatía la rechoncha figura recostada de monseñor Boterito Jaramillo. Imposible: un imbécil. Ricardito, en cambio, tenía la lucidez de los agonizantes. Roncaba con la boca abierta, visibles los incisivos inferiores de color chocolate. ¿Había roncado así al lado de su madre? Apartó la idea, desasosegado, involuntariamente admirativo. Jamás hubiera sospechado en el pobre Ricardito un tan largo, tan terco, tan desesperanzado amor. ¿Pero un polista argentino? ¿Y Ernestico Espinosa? ¿Habría poseído a su madre también el sinuoso, el hábil, el ondulado, el ondulante Ernestico Espinosa, sirvientero y cardiólogo? La voz seca y burlona de su madre le hizo dar un respingo:

- Soy vieja, pero no soy bruta.

   Se volvió. No había nadie en el salón. Algún mueble craqueaba a lo lejos, con estampido quieto. De algún lugar distante llegaban hondas y espaciadas campanadas de reloj de pared. Los dos viejos dormían, cada cual entregado a su propio estertor. Recorrió los salones, copa en mano, haciendo crujir bajo sus pasos las tablas de: parqué. Se miró largamente en un espejo entero, borroso y gris, oscuro. Hiciera lo que hiciera, siempre acababa mirándose largamente en un espejo. ¿Sería hijo de algún polista argentino? Siempre le habían asegurado que tenía los ojos y la frente de su padre. Subió las amplias escaleras: un riel de cobre relucía débilmente en el fondo de cada escalón. En el rellano lo recibió el enorme retrato de su madre en vestido de noche con abanico, mirándolo en silencio bajo las altas cejas arqueadas. ¿Una loca adorable? No la recordaba así. La recordaba callada y digna y vagamente triste, tal como en el retrato, melancólica y clara la mirada a la sombra del alto bucle oscuro que le cubría la frente, con el cuello antinaturalmente prolongado por el pincel del artista, hinchado como por alguna misteriosa afección de la glándula tiroides.

            Se hinchaba vuestro seno rosa
            como agitado por la brisa.

   Seno rosa, sí. De un rosa nacarado. Y uno solo, ni siquiera insinuada la línea divisoria entre los dos, pese a que el ancho escote del vestido de noche descendía considerablemente.

- ¿Eras fácil, mamá? -preguntó en un murmullo. Se avergonzó de su pregunta. Siguió subiendo las escaleras sin volver la cabeza, deslizando la palma de la mano por el ancho pasamanos pulido hasta que la madera torneada inclinó el cuello en un último arabesco, dejándolo con la mano en el aire. Caminó por pasillos alfombrados y oscuros, entre sombríos grabados de cacerías inglesas sabidos de memoria, hasta su antiguo cuarto. La puerta no chirrió al abrirse. Por las pesadas cortinas cerradas hasta el piso se filtraba una raya vertical de luz. De la penumbra fueron surgiendo formas: las dos camas gemelas, la alta cómoda de manijas doradas, adivinadas en una triple ristra de puntos luminosos. Olía a cuarto cerrado, a polvo reposado, a cera de encerar pisos: otra vez, el olor de su infancia. Se tendió en la cama, depositó la copa de coñac en equilibrio sobre su esternón, cerró los ojos para respirar hondo. Tenía sueño. Dormir por fin solo, sin Henna al fin. Se incorporó sobresaltado. La copa se hizo trizas en el piso. Estaba acostado en la cama de su hermano Fociocinto. A lo mejor se había quedado muerto. Se tentó el pulso, hallándolo por fin. Le pareció muy lento. Cambió de cama, y se tendió en la suya propia.

   Lo despertó una súbita voz aguda y ronca, que llegaba de más allá de las cortinas:

- Lorito ¿quiere cacao?

   A veinte centímetros de sus narices estaba la pared: un dibujo borroso de manchas rojo oscuro, desvaídas, que miradas entornando los párpados simulaban una cara congelada en un grito. La había visto todas las mañanas de su vida, al despertar. Miró al techo: de la lámpara colgaba un doble círculo de gotas aguzadas de cristal, apenas relucientes: había pensado siempre que eran puntas de flecha de obsidiana: veinticuatro y doce, treinta y seis. Treinta y seis flechas para su carcaj. Treinta y seis muertos. Imaginó, como había imaginado mil veces al despertar, treinta y seis muertos con el corazón certeramente atravesado por la flecha, y la punta de obsidiana traslúcida y sin brillo asomando por la espalda, entre las paletillas.

- Lorito ¿quiere cacao?

   Una voz ronca, desolada, que no esperaba ni exigía respuesta. Toda su vida la había oído, al despertar, en las brumas del sueño todavía, cuando al salir del sueño la opacidad del mundo volvía a surgir igual, coagulada en la luz, impenetrable. A su izquierda, al otro lado de la mesa de noche, se dibujaba la cama de Focioncito, tendida, como siempre, vacía, como siempre. Todo estaba igual.

   Se levantó, apartó la cortina. Abajo, en el patio de ropa, posado con dignidad en su palo retorcido y blanqueado de lluvias y de picotazos, estaba el loro, como toda la vida. No podía ser el mismo loro, verdegris, negro el pico de cuerno, inclinada la cabeza sobre el ala, con aspecto de tener mucho frío en el ancho patio de cemento. Más allá, tras una alambrada remendada con malla de gallinero, las perreras de Proserpina y Judas, con el piso de tierra: a través de la ventana cerrada se imaginaba su potente hedor. Vio salir al patio a la sirvienta gorda y colorada, que caminaba como un pato. La vio pararse frente al palo.

- Lorito ¿quiere cacao?
- Lorito ¿quiere cacao? -repitió el loro, sin ninguna emoción, quieto el ojo redondo, quieta la cabeza sesgada sobre el ala. La sirvienta resopló de risa, y volvió a entrar. No podía ser el mismo loro.
- Mijo.
   Se volvió. Enmarcada en el vano de la puerta, envuelta en sus chales oscuros, vio la silueta de su madre.
- Mamá.
   Volvió a tenderse en su cama de niño. Doña Leonor vino a sentarse a su lado.
- Mijo.
   Estaba tenso en la cama. ¿Una loca adorable? Mamá, ¿eras fácil? Apretó las mandíbulas al decir:
- Aquí estoy. He vuelto.

   Cerró los ojos. Doña Leonor posó sobre su frente la palma liviana de la mano, seca, suave, fría; le acarició un instante el pelo y retiró la mano. Sintió un escalofrío: se desbarató por dentro, como si su armazón cediera bruscamente, como el tejado de una casa se viene abajo en un incendio. Tuvo ganas de llorar en el regazo de su madre, que estaba ahí para él. Era su mamá, lo quería a él. ¿Más que a un polista argentino? Sí: más que a un polista argentino. Le perdonaba al polista argentino. (No, no se lo perdonaba). Abrió los ojos, los clavó en la mirada clara y silenciosa de su madre, bajo las altas cejas. Ya no tenía cejas. Sólo la curva profunda de la cuenca, dibujada por la piel pegada a la calavera. Debajo, la antigua transparencia opalina del ojo se había vuelto cremosa, turbia, y el ojo brotaba sin pestañas como un huevo sin párpado, hipertiroideo. Por los ojos antiguos de su madre había pasado el tiempo.

- Mamá: ¿por qué me hiciste dormir toda la vida junto a la cama tendida de Focioncito muerto?
- Era tu hermano, mijo.
- Sí. Pero estaba muerto.
- Cosas de vieja chiflada.
- No eras una vieja chiflada. Ricardito Patiño me contaba hace un rato que eras una loca adorable.
- Entre una loca adorable y una vieja chiflada no hay sino cuarenta años de diferencia.
- Está enamorado de ti.
- Está gagá, que es otra cosa. Todos estamos gagas. Sus ojos se apagaron.
- Esoy tan sola, mijo... -dijo en tono neutro.

   Se puso en pie con un rumor crujiente de huesecillos de ave que se quiebran. No pareció darse cuenta. Escobar la vio caminar lentamente hacia la puerta, sin moverse de su cama de niño, clavado en ella por un reblandecimiento repentino e insuperable, un enternecimiento algodonoso, con la garganta hinchada de ganas de llorar. Está muy sola, pobre mamá. Pobre papá, ya muerto. Estamos solos todos. Su mirada empañada pudo distinguir todavía en la sombra creciente las treinta y seis flechas de obsidiana del techo, que nunca habían matado a nadie. (Ante el arco de Ulises cayeron uno a uno los pretendientes de Penélope: el embajador, el poeta, el cardiólogo, el polista argentino con la garganta atravesada por una flecha). Se sintió solo, como había estado solo en ese cuarto durante toda su niñez, con su ventana abierta hacia un loro que conversaba solo parado en un palo picoteado en el patio.

- Mamá -murmuró.

   Se asomó nuevamente a la ventana. Era el atardecer. Sobre el patio desolado, más allá de la masa todavía luminosa de copas de sauces que apenas rebasaban el muro, se abría el cielo. Un vasto cielo desordenado, con muchas franjas y manchas y parches de luz -como para mucha música. Para que se organizara en él un furioso triunfo de confusión y ruido, con hércules y martes y victorias aladas trompeteantes y caballos y tritones soplando en una concha: un telón de boca de teatro dieciochesco. Más allá, diagonales de luz dibujaban avenidas de fuga sobre un amplio fondo de pizarra salpicado de nubecillas grises, sueltas, bordeadas de plata. Lejos, en el confín de oriente, las moles grises de la cordillera. En el patio ya en sombras no se distinguía ya el loro silencioso. Vio morir los colores del cielo. Decidió quedarse a vivir para siempre en casa de su madre.

 

 

 

    Abajo, el salón inglés empezaba a llenarse de tíos y de tías, como todas las tardes.

    Le hicieron fiestas. Ignacio qué milagro. Qué dicha que hayas venido, mijo. Mijo, deberías venir con más frecuencia a acompañar a tu mamá, que está tan sola. Ya Evelia, y la sirvienta joven de caminar de pato, empujaban carritos de tazas y teteras humeantes, y bandejas de plata cargadas con pirámides de muffins y tostadas calientes y empanadas y pasteles de crema y pandeyucas y galletas de hojaldre. Y llegaba más gente, más tíos y más tías, y yernos y cuñadas, y más primos y primas de falda a la rodilla y collarcito de perlas, algunos con sus hijos. Un primo divorciado llegó con tres bebés y una niñera de uniforme. Ignacio, qué milagro. Escobar saludaba y devolvía saludos, y besaba mejillas devastadas de tías y recibía palmadas en la espalda de primos y cuñados. La sirvienta gorda volvía con más bandejas, mantequilla en bolitas, mermeladas y mieles, y un rumor incesante colmaba el inmenso salón atestado de gente, como todas las tardes. Las tías y las primas hablaban de bautizos y entierros, de matrimonios y divorcios que iban dispersando a la familia, verificaban fechas de antiguas ceremonias con monseñor Botero Jaramillo, que las había casado a todas.

- Fue en el sesenta y seis -recordaba una tía. -Acababa de nacer Alejo, el mayor de María Clara.
- En marzo del sesenta y siete -rectificaba con la boca llena monseñor Boterito Jaramillo: -Yo bauticé a todos los de María Clara.

¿Pasaría ahí su vida entera monseñor Boterito Jaramillo, salvo los días de entierro y de bautizo? Una viejecita de cabellera blanca atrapó a Escobar por una manga. Miraba fijamente al piso y sacudía la cabeza sin parar, como un metrónomo. - ¡Ignacio!

- Lulucita -murmuró Escobar. -Mamá me dijo que estabas mucho mejor.
- Malísima, mijo, malísima.
- Lulucita está pésima -confirmó una tía dura, que bebía como agua taza tras taza de té. Escobar escapó, serpenteando entre tíos con la pierna cruzada, palmeando hombros, esbozando sonrisas. Los tíos y los primos, e incluso los cuñados que estrictamente hablando no eran de la familia, hablaban de los precios de la tierra y del dólar y comentaban los últimos secuestros. Escobar encontró un asiento libre junto a una prima gorda, risueña, que lo regañó con risueña dulzura por no venir jamás a ver a su mamá. Su marido, gordo también, le habló empanada en mano:

- Me voy a comprar otro Beeme, Ignacio, cómo le parece.
- Bien. Bien. -opinó Escobar.
- Yo siempre le digo a Miguel que el Beeme es carro de esmeraldero -dijo la prima gorda, risueña.

   Rio Miguel, y tragó la empanada de un golpe. -Alicita quiere que le compre más bien un Mercedes. Pero los repuestos están imposibles.
   Un tío de bigote blanco saludó a Escobar desde lejos. Escobar se levantó para darle una palmadita en el hombro. Besó a una tía de ojos vagos.

- Mijo, no viniste a la misa de tu hermano.
- No pude, tía. Tenía mucho trabajo.

   Rio el tío de bigote, y descruzó la pierna izquierda, que tenía sobre la derecha, para cruzar la derecha sobre la izquierda.
   Volvió a su sitio junto a la primera gorda. Una niña pálida, tal vez de unos seis años, lo miró con fijeza.

- Mamá ¿quién es este señor?
- Es su tío Ignacio.
   La niña lo midió con ojo hostil.
- Yo a usted no lo conozco.
- Sí, mija, es tu tío Ignacio, el hijo de tía Leonor. Ignacio, es que usted no viene nunca, fíjese: ya los niños ni lo conocen.

   Se sintió viejo, con asombro: "este señor". ¿A qué había venido? La familia es atroz. Hacía una hora apenas había pensado, emocionado hasta las lágrimas, en quedarse a vivir con su mamá: envejecerían juntos. Risas cascadas, voces de niños, crujidos de masticación. Vio llegar, ondulante y sonriente, a Ernestico Espinosa. ¿Pasaría también él su vida ahí? Oyó a sus espaldas la voz entristecida del tío Pablo:

- Piensa, mijo, que cuando yo empecé a manejar las fincas de papá no teníamos sino cuatro elementos: tierra, agua, sol y aire. Y ahora creo que ya van como en ciento dieciseis.
- Ciento treinta y algo, don Pablo -corrigió un marido de mi prima, un joven de chaleco. A su lado, su mujer saludó a Escobar, ruborizada:
- Qué hubo, Ignacio, qué milagro.
- A veces vengo a ver a mamá, que está muy sola.
- ¡Mentiroso! -lo reprendió la prima. - ¡Hace años que no lo veo! Desde que me casé, creo.
- ¡Cómo progresa la ciencia! -suspiró el tío Pablo. -Todos los días, los rusos inventan una bomba nueva.
- Pero los gringos también, don Pablo -corrigió el joven de chaleco.
- ¿Y usted, Ignacio? -preguntó la prima. -¿Nada que se casa? - tironeó de la manga al joven de chaleco: -Gordo, ¿te acuerdas de Ignacio?
- ¿Ah? ¡Ah, qué hubo, Ignacio! Usted sí, ni más. -Reprendió a su mujer: -Gorda, te he dicho que no me interrumpas cuando estoy hablando con tu papá.
   No era gorda. Más bien flaca, al contrario.
- ¿Y ustedes cuántos niños llevan ya?
- ¡Ay, Ignacio, tampoco! -rio la prima, ruborizándose. Se tocó un instante el vientre, y luego jugueteó con su collar de perlas: -Apenas estamos esperando el primero.
   Vio manotear más lejos a otro primo, indignado:
- ¡Es que están secuestrando a todo el mundo, tío Alejo! Margarita y yo nos vamos a ir con los niños a vivir a Miami.
   El tío de bigote blanco aprobaba con la cabeza.
- ¿Y usted qué más, Ignacio? -insistió la prima flaca y tímida. Efectivamente, se distinguía en su talle la leve curva del embarazo. Todo el mundo estaba embarazado últimamente. Escobar se encogió de hombros.
- ¿Trajo a su novia? ¿Cómo es que se llama? ¿Fina?
- ¿Qué sabe usted de Fina? -interrogó Escobar. -¿La conoce?
- No, nada. He oído a tía Leonor hablar de ella. Que muy querida, dice. ¿Por qué no la trajo? ¡Ya es hora de que la conozca la familia!

   La prima flaca pero embarazada rio con súbita risa tímida, enrojeciendo. Conocer a la familia. Tíos y tías, primos y primas, cuñados y cuñadas, yernos y nueras, sin contar a los niños, ni a las sirvientas, ni a los perros, ni a los amigos viejos que eran como de la familia: Monseñor Boterito Jaramillo bendeciría la ceremonia. Muy querida Fina, sí: sólo que no era Fina, sino Henna, y Henna era abominable. Hacía días que no pensaba en Fina. Era un traidor. Se encogió de hombros. Oyó la voz de un primo: "¿Te fijaste lo que dijo ayer tío Pablo?" Oyó la voz de un tío: "Sí, mijo, es que todos los días es lo mismo". Todos los días era lo mismo en efecto, lo había notado ya.

   En el lejano comedor, el reloj de pared soltó con parsimonia las campanadas vibrantes de las siete, que se oyeron apenas. Pero uno de los tíos, al acecho -aunque todos estaban al acecho-, dijo "las siete" cuando el reloj llegaba apenas a la tercera o cuarta campanada, y cinco o seis tíos más le hicieron eco, un eco rumoroso de risas fatigadas:

- Las siete.
- Mamá ¿mataron un diablo? -preguntó la niña pálida. La prima gorda le explicó, maternal y risueña: - Es que cuando dan las siete, todos los señores se quieren tomar un whisky.
- Sí, ¿pero mataron un diablo? -insistió la niña.

   Ya Evelia, seria y reprobadora, y la sirvienta gorda y joven, traían bandejas de vasos y grandes cubos de plata rebosantes de hielo. Ernestico Espinosa se adueñaba del pesado frasco de cristal y empezaba a verter en los vasos chorritos glogloteantes y dorados de whisky mientras cruzaba chanzas y palmaditas en el hombro con el marido de la prima gorda y el tío de bigote blanco. Ricardito Patiño acudía ansioso, saltillante. A pesar suyo, Escobar empezó a derivar hacia el centro del reparto.

- ¿Quién es ese señor? -oyó que preguntaba a sus espaldas la niña pálida.

   Se iría. Pero primero un whisky. Observó que en torno suyo todos esperaban un whisky. "Para mí, un dedo", ordenó sin moverse de su sitio la día dura, tensando las mejillas apergaminadas. Entre un enjambre de primas risoteantes se abrió paso el tío Poción, enorme, cojeando de su pierna mala, apartando a los jóvenes con el estertor de su enfisema. Una prima rubia, joven pero ya madre, le cedió su sitio. Poción se dejó hundir con un suspiro ronco en lo hondo del sillón de cuero, saludando a doña Leonor con un gesto cansado de la mano. Le alcanzaron un whisky. Bebió un sorbo y se irguió de inmediato, con esfuerzo, dejando el vaso en manos de la sobrina rubia, aguijoneado por la próstata, y partió rumbo al baño. Al pasar, reconoció a Escobar. - No te vayas, mijo: tengo que hablarte.

Se apoyó en su brazo, pesado como un piano. Su respiración era la de un fuelle de fragua, angustiosa, cargada de rugidos. El marido de chaleco de la prima tímida y embarazada le tomó el otro brazo, y entre los dos lo remolcaron camino de la puerta.

- Trabaja, Ignacio -estertoró Foción. -Yo te consigo si quieres un puesto en el banco.

   Escobar lo soltó al primer descuido, en la segunda curva. Recuperó su whisky. Una prima mediana comentó a la redonda:

- ¡Cómo está de acabado el tío Foción!
- Y eso que no has visto a Clemencita -agregó la prima gorda, risueña, con entusiasmo.
- Clema está cada día peor de sus dolores -corroboró una tía.
- Foción está muy sólo -diagnosticó doña Leonor.
- Sí -asintió la prima gorda. -Lo que es Patricia no les ayuda para nada.
- También y todo, pobre -se atrevió a intervenir la prima flaca pero embarazada y tímida: -Tampoco va a estarse todo el día metida con el par de viejos- y se ruborizó, alarmada de su propia audacia.
- Clema no es tan vieja -protestó Lulucita Pineda agitando violentamente la cabeza blanca. -Clema es del año nueve.
- ¡Pero es que la pobre Patricia no tiene ni veinte años! -insistió la embarazada, que tendría veinte, a lo sumo, con los ojos brillantes. - ¡Y tía Clema y tío Foción...!
- No grites, gorda -la interrumpió su marido. - No estoy gritando, gordo. Es que todos se la pasan metiéndose con la pobre Patricia, y tampoco. Ella no tiene la culpa de que tía Clema y tío Foción estén tan viejos, la pobre.
- Todos estamos viejísimos -opinó doña Leonor, indiferente.
- A la edad de Focias, hacía años que papá estaba muerto-confirmó la tía dura.

 

   Se entabló una animada discusión por saber si don Foción, el viejo, había muerto viejo o joven.

- Papá era del sesenta y uno -dijo el tío Alejo. -Nació prematuro por el susto de mamá Catalina, porque era el día en que Mosquera se estaba tomando a Bogotá y podían fusilar a papá Carlos. Y murió antecitos de la crisis del año veintinueve, cuando Leonor y Cata estaban todavía en Bruselas, en casa de tío Charles.

   Escobar había oído por lo menos cien veces la historia del susto de mamá Catalina, del fusilamiento de papá Carlos, que en fin de cuentas no había sido fusilado, al contrario. Estaban llenos de viejos cuentos familiares, de risas fatigadas, de antiguos comentarios. De cuando en cuando, alguno se moría. Eso no podía ser la vida, durante toda la vida. Pero él, que seguía ahí -quería terminar su whisky antes de irse- estaba todavía peor. Por lo menos los tíos y las tías sabían en dónde estaban, por qué estaban ahí: situados en el tiempo y el espacio, en las fechas precisas de sus muertes, en los precios exactos de sus tierras. Escobar escrutaba su propio interior y no encontraba ni siquiera eso.

   La sala se llenó de golpe de un tumulto de niños y de perros. El tío Poción, de regreso del baño, apenas tuvo tiempo de alcanzar la seguridad relativa del sillón. 

- Los niños, al jardín -decretó la tía Cata.
- Y que se lleven los perros -pidió el tío Pablo. Doña Leonor agitó su campanilla de plata:
- Evelia, saque a los perros y a los niños a jugar al jardín.
- Ah, claro, para que no nos oigan llorar protestó una de las niñas más despiertas. Otro niño empezó a alegar que afuera estaba oscuro, y su padre le dijo que no fuera tan nena. Otro menor lloraba sin vergüenza, empapado de lágrimas, con ulular espaciado de sirena. Evelia lo empujaba hacia la puerta dándole palmaditas cariñosas en las nalgas, y el niño se dejaba sacar sin resistencia, sin dejar de llorar. Una niña propuso inútilmente que los dejaran quedarse y jugar sin hacer ruido. La niña pálida, que no se habían movido, preguntó:
- Mamá ¿y si los secuestran?
- ¡Qué secuestro ni que ocho cuartos! -replicó la tía dura, la tía Cata. -Y esta niñita debía salir también, en vez de estar aquí metida oyendo lo que habla la gente grande.

   La niña pálida la miró con odio y se sumergió tras el sofá. Ernestico Espinosa refrescó los whiskies moribundos. El marido de la prima flaca comentó algo sobre temas cambiarios con el marido gordo de la prima gorda y risueña, que respondió que este país era una mierda.

- Miguel -reprochó la prima gorda.
- Una porquería, mi amor, son pendejadas. Estamos peor que los ecuatorianos.

   La conversación general viraba ahora hacia la política. Se especulaba sobre la incidencia que tendrían los resultados de las elecciones sobre los precios de la tierra y del dólar. Escobar se dio cuenta con sorpresa de que estaban de nuevo en vísperas de un Gran Evento Democrático. La realidad es idéntica a sí misma. Tenía treinta y un años.

- Lo que hace falta aquí es mano dura -opinó el primo que se quería ir a Miami con Margarita y los niños. El tío Pablo movió dubitativamente la cabeza:
- Tú no conoces a los militares de este país, mijo. Es una gentecita.
- No es gente -precisó la tía Lucía, dejando vagar sus ojos vagos. -Hay que ser gente, y esa gente no es gente.
- Miren las listas para Cámara y Senado -dijo el tío Alejo-: los que uno conoce, son pésimos. Y los que uno no conoce es porque son peores.
   Todos aprobaron.
- Uno ya no conoce a nadie en la política -suspiró doña Leonor. Y el primo divorciado, padre de los tres niños que habían venido con niñera, preguntó si alguien se había fijado en la cantidad de apellidos turcos que figuraban en las listas.
- Para que después digan que aquí hay oligarquía -opinó un yerno, con sorna. Varias primas y nueras soltaron grititos y risas y propusieron nombres, como en juego: Abdullah, Abdelaziz, Almotasim, Abderramán, Hayderabad.
- Y también mucho costeño -comentó el tío Alejo.
- Colombia -dijo el tío Foción -está dando un gran ejemplo democrático a todo el continente.
- No digas pendejadas, Focias -lo cortó doña Leonor con sequedad.

   Se hizo un silencio, y durante un momento sólo se oyó el reflexivo tintinear del hielo contra el cristal de los vasos y el hondo, espeso, pedregoso jadear de Foción en su enfisema. La niñita pálida brotó de detrás del espaldar del sofá, gritando:

- ¡Ahora pasó un ángel! ¡Yo sabía! ¿No, mamá? Cuando matan un diablo, siempre al rato pasa un ángel.
- A esta niñita la está malcriando una sirvienta mística -comentó la tía Cata.
   La conversación se reanudó sobre el tema del servicio, que cada día está más difícil.
- Vamos a acabar en el comunismo -vaticinó el tío Alejo, sombrío. -Afortunadamente yo ya no lo veré.
- ¿Ignacio qué opina? -inquirió el marido de chaleco de la prima embarazada pero flaca. - Usted tiene un montón de amigos comunistas, ¿no, Ignacio?
- ¿Qué opinan los comunistas? -preguntó Escobar con cautela. ¿Qué opinaban? ¿Y cuáles comunistas? "Sólo las masas son protagonistas de la Historia", hubiera dicho, por ejemplo, Federico. O Diego León Mantilla. "El pueblo rechaza la agresión del capitalismo monopolista imperialista y de sus aliados locales". Cosas por el estilo. Foción hubiera respondido, como un eco invertido: "Colombia es un ejemplo democrático para todo el continente". Palabras. Exorcismos. Dijeran lo que dijeran, todo seguiría igual. - Los comunistas opinan que sólo las masas son protagonistas de la historia -dijo con tono frivolo. - Quieren matarnos a todos -confirmó el tío Alejo, ensombrecido.
- Los comunistas criollos son unos pendejos -reverberó el tío Foción a través de su enfisema. -Yo sé por qué te lo digo. Tengo una hija que es comunista, y no dice sino pendejadas.
- ¿Qué dice Patricia? -intervino la prima tímida y embarazada -Hace tiempos que no la veo.
- Dice que Clemencita y yo somos un par de viejos reaccionarios -respondió Foción irguiéndose trabajosamente. La prima rubia, joven pero ya madre, y la prima mediana lo condujeron hacia el baño.
- Todos dicen lo mismo -aseveró el tío Alejo.

   Todo el mundo decía lo mismo, sí. Se mataban muchos diablos. Pero tal vez fuera cierto que después de matar un diablo al rato pasa un ángel: "Id y derramad las siete copas de la ira de Dios sobre la tierra". Sobre Colombia, al menos. Tal vez afuera, en la noche terrible de la miseria colombiana, estuviera esperando como una sirvienta mística la Gran Partera de la Historia. En el momento oportuno abriría de par en par las compuertas de la sangre y quedaría barrido el basural de las palabras. Aunque tal vez afuera también la enorme noche vibraba y susurraba, conmovida por ríos de palabras. Inanes, sin sentido. Las mismas palabras. Las masas, protagonistas de la historia. El imperialismo y sus aliados locales. Nada tenía importancia. Nada de todo eso le importaba: lo dejaba, al contrario, perfectamente indiferente. E incluso era indiferente a su propia indiferencia. Un don, quizá. Vio a su madre hundida en su sillón, también ella completamente indiferente. ¿Lo habría heredado de ella, como la tensión baja? (¿Era tal vez la misma tensión baja, el don de indiferencia?)

   El joven de chaleco casado con la prima embarazada discutía con el tío Pablo, que movía la cabeza y se atusaba los bigotes blancos. La prima gorda y risueña le cuchicheaba algo a su marido, que tenía los ojos brotados y enrojecidos. Sin que nadie lo viera, Ricardito Patiño se servía su cuarto whisky. El tío Alejo parecía meditar, dormitar: la tía Lucía le dio un codazo que lo sobresaltó. Vio a Ernestico Espinosa murmurar algo al oído de la prima embarazada pero flaca, que soltó una risa tímida y escandalizada. Sintió una inesperada punzada de celos. ¿Dónde andaba el marido de chaleco? Empezó a levantarse con la intención de interrumpirlos, pero sintió clavada la mirada implacable de la niñita pálida, que todo lo veía, que todo lo juzgaba. Viró hacia la mesa del whisky.

- E-e-echate o-otrico -le sugirió Ricardito Patiño.
- ¡Mijo! ¡Mijo! -lo llamó Lulucita Pineda, y lo atrapó por la pernera del pantalón, sin alzar la cabeza bamboleante. ¿Cómo haría Lulucita Pineda para reconocer a las personas si sólo les veía las piernas? Lulucita le clavó los dedos en la mano, como garras.
- He estado pensando, mijo: Clemencita es del año ocho -dijo, moviendo enérgicamente la cabeza.
- ¡No me digas! -se asombró Escobar. Al otro lado del salón, la prima embarazada reía con Ernestico Espinosa, como si estuviera loca. No era bonita, en realidad. Pero tenía una bonita boca, fresca y sin pintar, un bonito cuello. Y una especie de resplandor de dicha. Hay unas niñas que se ponen muy lindas con el embarazo. Así, a primera vista, parecía bastante mal casada. Todas se casan mal.

   El niñito que hacía un rato había salido llorando entró llorando otra vez, con la quijada colgante, temblorosa, chorreante de mocos y saliva. Tenía rota la voz, perdido el aliento: lograba apenas decir "ma", y un hipo, y luego otra vez "ma". Tal vez quería decir "mamá". Dijo "ma" varias veces sin que le hiceran caso. Por último una de las primas jóvenes pero ya madres lo acogió en su regazo.

- Dale unas palmaditas en la espalda, mija -insinuó el tío Pablo, sobre cuya rodilla caía casi todo el chorro de saliva del niño. La madre le dio un par de golpecitos tiernos en la espalda. Era una madre nueva.
- ¡Pero duro! -ordenó la tía dura. -A ver, chino mocoso: "ma ma ma ma ma ma!", diga qué es lo que le pasa y no berreé tanto.

   El niñito miraba en círculos con ojos enormes, con los puñitos apretados frente a la barriguita empapada en saliva, y el tío Pablo se había puesto de pie y se limpiaba torpemente el pantalón con el pañuelo del pecho, con expresión de asco indecible, y luego, considerando que nadie lo miraba, con una carpetica de hilo que sacó de debajo de un florero. Evelia, que entraba en ese instante, lo miró con severidad.

- Señora Leonor, todos los niños están llorando allá afuera.

   El anuncio era inútil, porque ya invadían el salón todos los niños en tropel, llorando a mares, buscando distintos regazos, tropezando con distintas rodillas, estrellándose ciegos contra la gorda pierna enferma e hinchada de Foción que les cortaba el paso, y sus llantos agudos ahogaban el rugido de dolor de Foción. También entraban los perros, muy nerviosos, erizados los cuellos y llenos de gemidos, y parada en la puerta Evelia intentaba correrlos con " ¡chite!"s y "¡chite perro!"s, sin éxito. Los tíos válidos se habían, retirado hacia la protección de los estantes de libros, las tías daban instrucciones atropelladas a sus hijas y nueras, los primos y cuñados maldecían, las primas jóvenes pero ya madres repartían palmadas y caricias, voces de mando y voces de consuelo, también ellas al borde del llanto. Abandonado en el ojo del ciclón Foción gemía doblado sobre su pierna enferma, acariciándola, murmurándole palabras.

   Escobar había hallado refugio con su vaso detrás de la cabeza bamboleante de Lulucita Pineda, entre el piano y la chata y apretada masa de Evelia, que olía a cebolla larga, a changua, a campo. A su lado, Ricardito Patiño parecía cacarear, riendo, o llorando. La tía Cata disparaba órdenes secas, monseñor Boterito Jaramillo mantenía por encima del tumulto su copita de oporto en los cortos bracitos levantados, como si protegiera un cáliz de la profanación, mientras los whiskies rotos de los tíos iban formando charcos que chupaba la alfombra y de las mesas medio desplomadas empezaban a resbalar uno por uno los perros de porcelana Dolton, sin romperse. La niña pálida daba saltos de alborozo detrás de su sofá. Que los ahorcaran a todos.
Que los ahogaran como a gatos recién nacidos.

- ¿No le parecen divinos? -le preguntó la prima flaca.
- Sí. No. No sé.

   Que los ahorcaran a todos. Y a los tíos, a las tías, a las nueras, a las primas, a los yernos. Una gran mortandad. Una revolución violenta. Aunque una revolución es tal vez la misma cosa: gente que tropieza, cosas que se rompen, vasos que se derraman. Uno se queda solo, rodeado por el olor del pueblo, a cebolla y a changua, acorralado contra un piano. Y algún intelectual exclama, insensato de éxtasis: ¿No le parecen divinos los revolucionarios? Sí. No, no sé. Es cuestión de punto de vista.

   Evelia regresó con más hielo y nuevos vasos. Pero ya las madres jóvenes daban vueltas recogiendo abriguitos y capotas, los primos y los yernos salían malhumorados, casi sin despedirse, haciendo entrechocar en la mano las llaves de los carros.
Renació la paz. Durante un rato sólo se oyó el tintinear del hielo en el cristal, los suspiros de los viejos tíos. Monseñor Boterito Jaramillo empezó a adormilarse nuevamente.

- Trabaja, mijo -soltó Foció a quemarropa. -Leonor, le estaba diciendo hace un rato a tu hijo Ignacio que buscara trabajo. No puede seguir toda la vida hecho un zángano.
- ¿Por qué no? -preguntó la tía Cata con voz seca. -No sería el primero de la familia.
- Antes era distinto -dijo Poción. -Ahora este país va de cabeza para el socialismo.
- Yo no lo veré, afortunadamente -dijo el tío Alejo, lúgubre.
- El socialismo es una doctrina atea -protestó monseñor Boterito Jaramillo. -Y el pueblo nuestro es muy creyente.
- ¿Pero en qué va a trabajar Ignacio? -preguntó doña Leonor, indiferente. -No sabe hacer absolutamente nada.
- Yo ya le dije: si quiere, le doy un puesto en el banco.
- No quiero, tío, de verdad. Gracias.
- Si prefiere, le consigo un puesto diplomático.
- Serías perfecto, mijo. ¡Con tu figura! -se extasió Lulucita Pineda sacudiendo la cabeza con inusitada violencia.
- Ignacio no sabe hacer absolutamente nada -repitió doña Leonor. -¿Te quedas a comer, Foción? No sé que nos tenga Saturnina.
- Eso ya lo dijiste, mamá -cortó Escobar con cierta irritación.
- Es que no sé, mijo: en esta casa la que manda es ella, tú sabes.
- Eso no. Que yo no sé hacer nada.
- ¿Lo dije? Tú sabes que se me olvidan las cosas. Pero es verdad: no sabes hacer nada.
- Sí sé -afirmó Escobar.
- ¿Sí? Primera noticia.
- Ignacio escribe versos -apuntó Ernestico Espinosa, con perfidia. Foción se atragantó con su enfisema.
- ¡Versos! -tosió. -No seas pendejo, mijo: vas a acabar como el pobre Ricardo, que no tiene un centavo. Le toca venir aquí a seguir viviendo de los versos que le escribía a tu mamá cuando era joven.

   Ricardito Patiño se puso pálido como un muerto. Doña Leonor le lanzó a Foción una mirada relampagueante, que Foción eludió con un vago gesto de la mano. El tío Pablo salió en defensa del poeta con imprevista vehemencia.

- ¡Ricardo es un gran poeta, Focias, no digas pendejadas! Tiene versos... versos clásicos. Ese del -cómo era aquel, Lucía, el del templo...
- El del Partenón -informó la tía de ojos vagos. E inesperadamente el tío Pablo se puso en pie, ligeramente oscilante, y empezó a declamar con lentos ademanes:

          El clásico perfil del arquitrabe
          sus apotegmas traza en la segura
          confianza de perenne arquitectura
          que encierra todo cuanto Fidias sabe.

          Cuajada en piedra y luz, marmórea nave
          que incólume surcó la edad oscura;
          de su ruina resurge, casta y pura,
          intacta hasta que el universo acabe.

          Encarnación feliz del pensamiento
          firme y eterna bajo el firmamento
          donde lucen inquietas las estrellas.

          Temerosas e inquietas: porque cabe
          la inextinguible columnata grave
          las que pasan y mueren ¡ay! son ellas.

    La tía Lucía, que había seguido la recitación moviendo los labios en silencio, suspiró.

- Sí, eso es muy bueno, Ricardo -reconoció Foción. Ricardito Patiño estaba sonrosado, confuso de placer.
- Muy bueno-confirmó el tío Alejo. -Es que son pendejadas, los europeos tienen muy buenas cosas: el Partenón, Notre Dame, la Torre Eiffel...
- Con Lucía vamos a ir a París a fin de año, después de que nazca el niño -reveló el primo de chaleco. -En fin, a toda Europa. El Partenón, Grecia, Pisa, Jerusalén...
- ¡Ah, Grecia! -roncó monseñor Boterito Jaramillo.
- Tienen que ir al Bois -aconsejó Lulucita Pineda. -Con papá y mamá, cuando vivimos en París, vivíamos en el Bois.

   Al tío Alejo le subía una risa de la barriga hacia arriba, le agitaba la papada y los rollos de la nuca, le brotaba en gotitas de sudor en la calva:

- Es que con el Partenón es fácil. Pero imagínate... pero imagínate -lloraba de la risa- imagínate un poema aquí al templo de Chapinero!

   Todos rieron, contagiados de risa.

- ¡O a la iglesia de Monserrate! -dijo la tía Lucía, vagos los ojos. El tío Pablo se secó los suyos con un pañuelo, y luego se secó la calva.  Ernestico Espinosa intervino:
- Es que Monserrate no rima sino con alpargate.

   Todos rieron de nuevo. La prima flaca, roja de placer, rio alzando la cara: una venilla tibia le palpitaba en la garganta, bajo el collar de perlas. Su marido de chaleco quiso perfeccionar todavía más el chiste:

- ¡O con aguacate! -chilló casi, reventando de risa.

   Pero el regocijo amainó. Ricardito Patiño, que había soltado risas casi obscenas, quiso lucir sus talentos de poeta a sueldo de la burguesía improvisando una cuarteta cómica:

           Pobre señor de Monserrate:
           en vez de palio, un mal petate;
           y promeseros de alpargate
           le ofrecen yuca y aguacate.

     Todos rieron otra vez descontroladamente. Ernestico Espinosa, que lanzaba carcajadas perfectas de dentista, golpeó los hombros de Ricardito con potentes palmadas de felicitación, y murmuró algo al oído del yerno de chaleco y de la prima embarazada y tímida. Se derrengó sobre los hombros flaqueantes de Ricardo, con una risa que a Escobar, en su creciente cólera, le pareció fingida. Pero el idiota de chaleco reía también, dando fuertes zapatazos de la risa en el piso, y lo mismo reía la prima flaca, protegiéndose el vientre y el pecho con los antebrazos recogidos, ruborizada hasta las sienes. Se sentía mareado de rabia. Tenía razón en todo Federico, e inclusive el imbécil de Diego León Mantilla: burguesía dependiente hasta los tuétanos, hasta la risa, hasta las heces. ¿Con qué derecho se reían? ¿De qué?.

- No veo de qué se ríen -dijo con voz helada. -¿De qué te ríes tú, tío Pablo? Te gusta declamar sonetos al Partenón. ¿Pero con qué plata vas tú con tía Lucía a conocer el Partenón? Con la que sacas de tus siembras de aguacate, que te dan tanta risa. Con la plata que le sacas a una pobre gente de alpargate, que te da mucha risa, pero que es la que te recoge tu cosecha de aguacate.
- Yo siembro cebada, mijo. Y tengo vacas Holstein. No digas beberías.

   Escobar se volvió acusador hacia Foción: bancos, urbanizadoras, contratos petrolíferos. Pero no pudo hablar. Foción reverberó a través de su enfisema:

- No digas boberías, mijo: tú vives de tu mamá, que vive de sus rentas.
- Eso es lo que digo, tío. Todos vivimos de lo que da esta tierra, pero ustedes se avergüenzan, les parece ridícula, indigna. No creen que esta tierra que les produce plata puede producir versos. Y al contrario: antes de producirles plata a ustedes, produjo versos. Don Juan de Castellanos la vio y dijo:

          Tierra buena,
          tierra que pone fin a nuestra pena...

- Es verdad -confirmó el tío Pablo. -Aquí en la Sabana tenemos muy buena tierra.
- Pero muy sobrevaluada, don Pablo -opinó el cuñado de chaleco, vehemente. -La fanegada está más cara que la mejor tierra de Florida.

    No decía La Florida, sino Flórida. La prima flaca, con los ojos brillantes, desafió a Escobar:

- ¿Y usted por qué no le escribe unos versos a la Sabana, Ignacio? A ver, atrévase.

   Atreverse. Se lo decía todo el mundo últimamente: que no fuera cobarde, que se atreviera a algo. Le pareció que todos lo miraban expectantes, como si fuera a improvisar una elegía ahí mismo. La prima embarazada respiraba rápido, lo miraba con ojos retadores. No se le ocurría nada. Y tampoco era tan bonita como para eso. En el ojo ondulado de Ernestico Espinosa brillaba una chispa burlona. La tía Cata intervino:

- Yo sinceramente no creo que Ignacito sea capaz de escribir versos -dijo. -Por una razón: en la familia nunca ha habido nadie con talento.
- ¡Cómo! -exclamó el tío Alejo, sinceramente asombrado. -Al contrario, Catalina: papá Carlos era un gran escritor de su época.
- Mag-magnífico pro-prosista político, -confirmó Ricardito Patiño.
- Cómo, y tío Miguel Ignacio -intervino el tío Pablo. -El era hombre más bien de sus haciendas, pero muy buen escritor también, a sus horas. Poeta. Tradujo a Paúl Géraldy
- ¿te acuerdas, Lucía? Toi et Moi.
- Poeta muy fi-fi-fino, -corroboró Ricardito Patiño.
- Y el mismo papá -añadió Foción. -Gran orador también, y muy buen escritor.
- Muy á-á-á-ágil -ayudó Ricardito Patiño.
- Eso no era talento, sino plata -afirmó la tía Cata.

   Se hizo un silencio general. Lo rompió el marido de chaleco de la prima embarazada declarando con concentrada resolución:

- Pero para tener plata hace falta talento.
- O casarse bien -sugirió doña Leonor, maligna. Pero mientras el yerno de chaleco enrojecía y la prima embarazada contenía la respiración, bruscamente sin color, doña Leonor prosiguió con tono frívolo: -Yo me casé bien, por ejemplo. Alvaro Escobar era uno de los señores más ricos de Bogotá.
- ¡Tú no te casaste con Alvaro por la plata, Leonor! -protestó el tío Alejo, con reproche.
- Por la plata no, claro -reconoció doña Leonor-. Estaba enamorada. Alvaro Escobar era el señor mejor vestido de Bogotá.
- Un figurón -certificó Lulucita Pineda, negando con la cabeza blanca. -Alvaro tenía un figurón.

   En un aparte, como en el teatro, la prima embarazada y su marido discutían animadamente, a media voz:

- Es lógico, gorda -decía el cuñado de chaleco-: también hace falta talento para saber conservar la plata.

   Con todo lo cual, Escobar recordó de repente su propia situación económica. Al fin y al cabo, había venido a eso.

- A propósito, mamá -dijo: -te quería pedir una cosa.
   Doña Leonor lo miró con reproche:
- ¿Plata, mijo? - Sí mamá.
   Foción se alteró:
- ¡Hasta cuándo vas a seguir viviendo a costillas de tu mamá, mijo! ¡Ya estás viejo, Ignacio!

   Pero la vejiga no le permitió seguir: se dobló como si hubiera recibido una coz en los riñones. La prima embarazada y flaca le ofreció su brazo. Ernestico Espinosa lo izó tirando del otro, y los dos lo llevaron, claudicante, en dirección al baño. Doña Leonor agitó su campanilla.

- Evelia, en el armario grande de mi cuarto, en el primer cajón, bájeme por favor la cajita grande de plata de las joyas.

   Escobar imaginó a Ernestico Espinosa haciéndole un comentario salaz a la prima flaca ante la puerta cerrada del baño. Imaginó el sonrojo de la prima. Pero tampoco era bonita, en realidad. Evelia ya bajaba, cargando una larga caja rectangular de plata. Doña Leonor abrió la tapa con un golpe seco del cerrojo de resorte.

- Cuánto, mijo.
- ¿Veinte?
- ¿Veinte mil pesos? Pero mijo, en qué te gastas la plata...-suspiró doña Leonor, contó billetes nuevos.
- Tía, es peligroso guardar tanta plata cash en la casa -opinó juiciosamente el yerno de chaleco. Escobar sintió un golpe de sangre en la cabeza: ¿con qué derecho llamaba "tía" a su mamá ese imbécil? ¿Y por qué decía cash? Y mientras tanto, el sinuoso cardiólogo Ernestico Espinosa le estaba seduciendo a la mujer ante la puerta cerrada de un baño. En el silencio, escuchó a sus espaldas, por fin, el respirar de fragua del enfisema de Foción, que regresaba arrastrando la pierna. Ernestico Espinosa lo ayudaba a sentarse. Miró a su prima flaca, que estaba roja como un tomate y rehuyó su mirada. Recibió sin mirarlos los billetes que le tendió su madre, nuevos, fríos, crujientes.

- ¿Por qué no te quedas a comer, Ignacio? No vienes nunca.
- No puedo, mamá, de veras. Tengo que irme.
- ¿Por qué no llamas a tu novia y le dices que se venga? A ver si por fin la conocemos.
- No tengo novia, mamá.
- Es caleña -explicó doña Leonor a la redonda. -Se llama Fina. Muy querida, creo.
- ¿Caleña? -interrogó la tía de ojos vagos, levantando las cejas. Escobar odió a su madre: no era Fina, era Henna. No era su novia, se había ido. (Fina, no Henna: a Henna había tenido que echarla). No pensaba decir una sola palabra.
- Caleña -suspiró su madre. -Pero eso sí, gente muy bien de por allá. ¿No, mijo?
- Caleña es caleña -dijo (otra vez) Ernestico Espinosa. El tío Alejo rio con gran violencia, y el yerno de chaleco también. Todos rieron. Poción, Ricardito Patiño, la tía de ojos vagos, el tío Pablo con su risa cansada, Lulucita Pineda. Hasta doña Leonor produjo una sonrisa de indulgencia. La prima flaca y ruborizada rio alzando la cabeza: de nuevo la venilla tibia palpitó a lo largo de su cuello. Una cólera inmensa sofocó a Escobar: estaban ensuciando a Fina. Se precipitó fuera del salón, atravesó ciego de ira el salón francés, el sombrío vestíbulo, el hall enladrillado. Familia de mierda, burgueses de mierda: que los devorara el basurero de la historia. A todos: a Foción y al cretino de chaleco, al sinuoso cardiólogo y a los tíos balbuceantes, a la prima con su feto en el vientre, a la grotesca Lulucita Pineda. A su mamá también, a su mamá sobre todo: vieja imbécil, y además, puta. Puta, puta, con polistas argentinos, con cardiólogos, con poetas, con cualquier cosa. La odiaba. Y no le perdonaba que le hubiera transmitido en la sangre su tensión baja, que lo hubiera educado para fingir ante la vida una educada indiferencia. ¿Por qué no había estrangulado a Ernestico Espinosa cuando insultaba a Fina, cuando osaba seducir a su prima (aunque no fuera bonita)? ¿Por qué no había matado a Ricardito Patiño cuando le contaba que su mamá era puta? Ah, mamá, puta, puta, puta. Mamá. No volvería a verla jamás. Dejad que los muertos entierren a sus muertos. Y que monseñor Botero Jaramillo oficie la misa de difuntos, y Ricardito Patiño componga un ditirambo.

  El frío del jardín le devolvió la calma. Arrojó lejos el vaso de whisky, que fue a caer en medio de un espeso matorral de hortensias. Afuera esperaban dormidos los carros de sus tíos, cuajados de gotitas de llovizna los largos hocicos relucientes. Los choferes charlaban con la sirvienta gorda de caminar de pato, que se contoneaba y reía. En el bolsillo del pantalón sentía el peso duro y rígido del fajo de billetes. Tenía la vida por delante.

   ¿Qué hacer? Estaba solo en la vida. No tenía madre. No tenía novia. No tenía casa. Empezaba otra vez a tener hambre, y se sentía mareado de familia y de whisky. Pensó pedirle a Parrita que lo llevara en el carro a alguna parte. Pero si no tenía madre tampoco tenía chofer de su madre. ¿Y a dónde ir? Estaba como siempre.

 

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