Capítulo V

 

   Una muchacha joven, de pelo negro y rizado que le caía en cascadas espesas sobre la espalda y los hombros, de pantalones apretados de color escarlata, le abrió la puerta. Se sobresaltó: tenía ya preparado el beso para la mejilla de Ana María.

- ¿Está Federico?
- ¡Señora Anmery, un joven que pregunta por don Fedy! -gritó la muchacha. Y desapareció casa adentro, taconeando, haciendo revolear la cabellera, mascando la entrepierna del pantalón con la raya de las nalgas, hecha un brazo de mar. Escobar entró, cerró la puerta, se abrió paso hacia el estudio por entre el laberinto de lienzos apilados y trozos de escultura.
- ¿Quién era esa vampiresa? -preguntó.

   El corazón le dio un vuelco en el pecho. Sentada a la mesa, entre Federico y una Ana María a punto de reventar del embarazo, estaba Angela.

- Berenice, la muchacha nueva.

   Era mucho más linda que la primera vez. El hijueputa de Richi o Pichi no se veía por ninguna parte. Sintió que le temblaba el pulso.

-Explícame: por qué la muchacha nueva te dice señora Anmery y no compañera Ana María, como sería lo correcto.
- Ay, Escobar...
- Es en serio. Es decir, no me parece serio. Federico anda jodiendo día y noche con la conciencia de clase, y en su casa mantiene con sus sirvientes relaciones de tipo feudal.
- No joda, Escobar. Ana María ya no podía, con Mateo y el embarazo. No crea que es por gusto que tenemos sirvienta.

   Besó a Ana María. Tras un leve titubeo, besó también a Angela. No preguntó por Richi.- ¿Y Mateo?

- Está malísimo con fiebre, el pobre. ¡Y yo con esta barriga! Afortunadamente Angela se está quedando aquí. Y Berenice. Pero pobre, está todo colorado, todo afiebrado, con los ojitos hinchados de llorar, todo lleno de mocos, no se sabe sonar. Se muere de la sed. Y el pobre ni siquiera sabe lo que le pasa.
- Está lindísima, Angela.
   Era la primera vez que le dirigía directamente la palabra.
- Gracias, Escobar.
   Se acordaba de él. Rehuyó su mirada burlona.
- Anmery ¿me das algo de comer? Tú también estás lindísima.
- No me llames Anmery. No seas lambón. Creo que todavía quedan fríjoles. ¡Berenice!
   Berenice apareció, contoneándose.
- Berenice ¿me hace un favor? Sírvale fríjoles a don... -al señ... -a Ignacio.
- Cómo no, sus fríjoles con garra. -Berenice arrojó sobre su espalda una masa de pelo rizado de un golpecito seco de la mano. Escobar adivinó que encontraría en su plato más de un cabello negro, enroscado, largo. La miró salir, taconeando. Ella vio que la miraba salir, y le guiñó el ojo.
- Vengo exhausto -dijo Escobar. -Vengo de una reunión terrible de familia. -Y se le vino encima toda su tragedia, todo su hastío -Vengo de un mes fatigosísimo.
- ¿Qué has sabido de Fina?
- ¿De Fina? Ah, no... -no se había acordado de Fina. ¿Qué sabía de Fina Ana María?
- ¿Qué sabes tú de Fina? ¿La has visto?
- Sé que te llamó un día.

   Se le paró el corazón. No podía ser. Y la hijueputa de Henna no le había dicho una palabra. Creía haberse desembarazado de Henna para siempre, y veía ahora que le había destruido el presente, tal vez el futuro, y que desde el pasado le seguía destruyendo el presente y tal vez el futuro.

- Cuéntame de Fina.
- No sé nada, Escobar. Y no te contaría si supiera.
- No seas tan rígida. Tan leal.

   Berenice entró, contoneándose, con una bandeja humeante de fríjoles con garra, arroz y plátano frito, carne espolvoreada, aguacate, ají, un par de huevos fritos sobrenadando en la cima. Colocó el antebrazo pegado a la mano de Escobar, caliente y liso.

- Por la izquierda, Berenice -advirtió Ana María. Como doña Leonor: ya no queda servicio.
- Ay, eso como una no sabe, señora Anmery... -pero le dio la vuelta a la silla de Escobar, y al servirle por la izquierda volvió a apoyar contra su mano su antebrazo desnudo. No, Dios mío, un respiro: no podía haber escapado de Henna para venir a caer en brazos de Berenice.
- ¿Qué es eso de un mes fatigosísimo? Tú nunca haces nada. -Ana María, te advierto que hoy no vine a que me regañaran más. Vengo de que me regañe mi mamá, y mis tíos y mis tías, y mis primos y mis primas, y mis cuñados y mis cuñadas, por lo mismo: haga algo, Ignacio.
- Yo tengo un primo que se llama Ignacio -intervino Berenice. -Aignas. El también estudia inglés.

   Visiblemente, Ana María no sabía qué hacer con Berenice. Angela reía en silencio. Estaba deslumbrante de linda: un mechón de miel le acariciaba el cuello alto y fino. Hacía apenas una hora le había parecido tentador incluso el cuello de su prima flaca y embarazada, pobre. ¿En dónde andaría el hijueputa de Richi? Temía verlo llegar de un momento a otro.

- Gracias, Berenice. Están magníficos.
- Ahí regularones no más. Eso como una no es cocinera... Yo estudio -confió Berenice. - Inglés y secretariado bilingüe. Don Fedy me va a conseguir una beca.
- Bueno, Berenice, después hablamos de eso -dijo por fin Ana María. -Ahora estamos hablando.

   Ofendida, Berenice se retiró, taconeando, mirando de reojo a Escobar.

- No entiendo cómo la gente puede tener sirvientas -se quejó Ana María.
- Ya no queda servicio -comentó Escobar. Escudriñó su plato. No halló ningún cabello.
- No vengas ahora con que no te gustan los fríjoles con garra, Escobar, o te vas inmediatamente de esta casa.
- No, no... Me encantan. Se ve que Berenice es una gran cocinera.
- Lo llamé ayer, Escobar -dijo Federico. -Creí que estaba otra vez con Fina, porque me contest-
- Sí, sí, ya sé -interrumpió Escobar. Le incomodaba un poco el tema de Fina en presencia de Angela. (¿Y Richi, o Pichi?) -Es que pasé un mes con una mujer abominable que no me pasaba las llamadas. La odiaba.
- Si la odiabas no pudiste pasar un mes con ella -dedujo

   Ana María. El tema de Henna, aunque también incómodo, era más manejable.

- Yo sé que es difícil de explicar, pero sí: la odiaba, y pasé un mes con ella. Me embriagué de la copa de su fornicación, y cuando desperté no había manera de echarla.
- No venga a dárselas ahora aquí de gran fornicador, Escobar.

  Angela rió: la risa castradora de Lilith.

- No me las estoy dando. Es cierto. Henna, se llamaba. Se llama. Pero ya se fue, gracias a Dios.
- ¿Henna?
- Henna. Caleña. Era amiga de Fina. -Se mordió los labios: no debía hablar de Fina. ¿Qué sabría de Fina Ana María? Pero no quería preguntar en presencia de Angela, en ausencia de Richi. Aunque el abandono despierta afán de protección. Estaba utilizando a Fina. Traicionándola. En un mes de fornicación con Henna no se sintió nunca traicionándola, y ahora sí. ¿Dónde andaría Richi?
- ¿Henna? -preguntó Angela. -Yo estudié en el colegio con una nina caleña que se llamaba Henna. Tenía una risa increíble.
- Una risa abominable.
- Tenía unas piernas de dos metros de largo, divinas. Todas las de la clase nos moríamos de envidia.
- No puede ser la misma Henna. O no sé, tal vez. -¿Qué sería mejor? ¿Quejarse por una Henna horrible? ¿Ufanarse de una Henna divina? -A mí me parecía abominable.
-Pero viviste un mes con ella.
-Ya te dije que es difícil de explicar, Ana María.
- Esas cosas te pasan siempre a tí, Escobar, por cobarde. Por eso se fue Fina. Por eso se te escapa todo entre los dedos.

   La conversación se estaba volviendo incontrolable.

- Ana María, por favor. No vine a que me regañaras.
- Voy a ver cómo sigue Mateo -anunció Angela, levantándose. Sonrió, se dobló, se enderezó, se alejó, rio, tal vez incluso alcanzó a decir algo. Cuánta vida. Escobar pudo apenas seguirla con los ojos. Se recuperó de inmediato. Interrogó a Ana María:
- ¿Qué sabes de Fina? ¿Cuándo me llamó?
- No sé nada.
- Por favor, Ana María...
- ¿Alguien quiere un cacho? -ofreció Angela apareciendo repentinamente en la puerta.

Ana María negó con la cabeza, Federico no contestó. -¿Escobar? -Escobar aceptó. No era más que una chicharra ya vieja, ennegrecida y requemada. Pero los dedos de Angela. Volvió a irse, y los dejó en silencio.

- ¿Qué les pasa a los gatos?

   Los gatos, en otro tiempo tan apacibles, gruñían en las esquinas, lanzaban repentinos zarpazos. Esa casa había cambiado. No se puede dejar un mes sola a la gente.

- Están nerviosos -dijo Ana María.
- Sí, veo. Pero por qué, si no soy indiscreto.
- Es el perro de Angela. Los aterroriza.
- ¿Dónde está?
- Encerrado atrás. Pero lo huelen.
   Se reanudó el silencio. Debería irse, tal vez. Pero no antes de que volviera a salir Angela, para verla. ¿Y qué hacía ahí el perro de Angela?
-¿Y Richi? -preguntó.
- Se separaron. Afortunadamente. Para Angela.
   No dejó ver el súbito tumulto de su alma.
- Ana María ¿no eras tú la que me decía que había que casarse, siempre?
- Sí, para divorciarse.

   Se notaba mucha tensión en el ambiente. Federico no había pronunciado una palabra, y ahora rebullía sin hablar el azúcar de su café, interminablemente.

- ¿Para qué me llamó el otro día? -dijo Escobar, cambiando el tema.
- Ayer -respondió Federico.
   ¿Ayer? Habían pasado tantas cosas. Ninguna, en realidad.
- ¿Ayer?
- Lo llamé a pedirle el poema que me había prometido.
- ¿Qué poema?
- No me diga que no se acuerda. Un poema comprometido.
- ¡Qué se va a acordar! -rezongó Ana María. -Si no se acuerda ni de Fina...
- Se me había olvidado.
- Claro -remató Ana María, irónica. Federico renunció a la palabra:
- Bueno, entonces habla tú, vieja. -
- ¡Sí! hablo yo! Nunca me dejas hablar. Tu compromiso, tu compromiso, tu compromiso.
- ¡Aaaaahhhhh! -Federico se tomó el café de un sorbo, se levantó, sacó un libro de la biblioteca.
- Por lo menos podías ir a mirar cómo está el niño.
- Angela fue.
- Angela fue a arreglarse. Va a salir.
- Está con Berenice.
- ¡Sabes que yo no puedo ir! -estaba muy nerviosa, Ana María: más que los gatos. -No le tengo ninguna confianza a Berenice. No me gusta.

   Federico entró a ver al niño. Se cruzó con Angela en la puerta, esplendorosa. Sobre las botas de cuero, unos largos jeans descoloridos se le pegaban a los muslos, se le cuajaban en las nalgas.

- No te preocupes, Ana, yo vuelvo temprano.
- Sí, no te preocupes: de todos modos ahí está Berenice. O Federico.

   Angela rio. Besó a Escobar en la mejilla. No pudo contenerse:

- Niña, está lindísima usted. ¿Cuándo la vuelvo a ver?
- No sé. Nos vemos.
- Es en serio... -se lamentó Escobar. Angela le dio la espalda riendo. En el fondo de la casa, en alguna puerta, se ofa el rasguñar angustiado de un perro. Los gatos bufaron, erizándose, y Ana María los espantó de mala manera. Nadie es feliz. Oyó el portazo de Angela al salir. ¿Con quién saldría?
- ¿Cuándo hablaste con Fina?
- Si hubiera hablado con Fina, no te lo diría.
- Ana María, por favor: si estás furiosa con Federico, es problema de ustedes. Pero no te pongas furiosa conmigo.
   ¿Quieres que me vaya?
- No estoy furiosa con Federico. No te vayas. Estoy furiosa contigo.
- ¿Porqué?
- Por Fina, -y ante el gesto de exasperación de Escobar:
- Sí, por Fina. Tú no tienes derecho, Ignacio.
- La que se fue fue ella.
- Y tú te fuiste a fornicar con otra.
- Llegó a mi casa, no es culpa mía.
- Ay, pobrecito, te violaron.
- Sí, me violaron.
- Por eso se fue Fina, la entiendo perfectamente.
- ¿Ves? Tú misma dices que fue ella la que se fue.
- ¡No seas ridículo, imbécil...! ¿Y a tí no se te ha ocurrido buscarla?
   Escobar se desconcertó: no se le había ocurrido.
-¿Y dices que la quieres?
- Sí, la quiero. No la he buscado, no porque no la quiera, sino porque fue ella la que se fue y me dejó solo.
- Pobrecito, te dejó solo. Y entonces vino otra y te rescató.
- No, no me rescató. ¿Por qué estas tan nerviosa, Ana María? ¿Qué te pasa?
   Ana María se echó a llorar.
- ¡Yo qué sé! Estoy embarazada hasta los ojos. Mateo tiene fiebre, detesto a esa Berenice, me dice señora Anmery, Angela se acaba de separar de Richi y está viviendo aquí con maletas y perro y toda esta casa oliendo a perro y Federico que no ayuda para nada y se la pasa en reuniones del partido, en reuniones del partido, mierda, como si eso sirviera para algo...!

  Echó el cuello hacia atrás, llorando, rechinando los dientes. Escobar intentó consolarla con la mano, sintiéndose impotente, indefenso, sin saber qué hacer. ¿Llamar a Federico? La besó en los cabellos. Olía a lágrimas. Tenía un olor caliente, febril. A lo mejor también ella tenía fiebre, como el niño. ¿Sería algo contagioso? La besó más fuerte, avergonzado de su propio temor.

- Todo es una mierda, Ignacio, todo es una mierda... -y se dejó llevar por el llanto abiertamente. Federico volvía en ese momento, ceñudo, silencioso, con la barba hostil, oscura, que le daba un aspecto feroz.
- Lloró un rato, pero ahora está dormido.
   Ana María se secó las lágrimas.
- ¿Le diste agua?
- Sí. ¿Estabas llorando tú?
- No, no estaba llorando. ¿Es que ya no puedo ni llorar?

  Federico se encogió de hombros, volvió a coger el libro que había dejado abierto, espantó a los dos gatos, que se habían refugiado en su sillón. Y una vez más quedaron en silencio. Por distender algo el ambiente, Escobar comentó.

- Tu hermana Angela está lindísima.
- ¡Carajo, Escobar, no hay derecho!
- Ana María estalló otra vez, sobresaltando a Escobar.
- ¡Hay qué ver cómo son los hombres, carajo: venir a decir ahora que mi hermana está lindísima!
- Es que está lindísima, es verdad.
- No seas imbécil. A tí te da igual que mi hermana esté lindísima o feísima. Te daría lo mismo Berenice. Cualquiera que pase por ahí. Tú le pones cara de estar solo.
   Escobar enrojeció.
- Las mujeres somos unas imbéciles, carajo -prosiguió Ana María. -Tiene razón Fina, que te dejó. Tiene razón Angela, que dejó al imbécil de Richi. Aunque Richi no era un imbécil. Era buena persona. Por lo menos él era buena persona.

   Federico interrumpió:

- Ana María, no digas pendejadas.
- ¿Por qué no recoges los platos?
- Ya viene Berenice.
- No me resisto a Berenice. Recógelos tu.
- ¿Quieres que la eche?
- No es eso. Es que no me la resisto: ay, señora Anmery, ay, señora Anmery...
   Entró Berenice, y hubo un nuevo silencio.
- ¿Cómo está el niño, Berenice?
- Está dormidito, señora Anmery.
- Recoja los platos, ¿Sí? por favor.

   Mientras limpiaba la mesa, Berenice se contoneaba sola, insinuaba un juego de nalgas y caderas, le lanzaba a Escobar miradas pícaras. Federico leía su libro, y se mordía las uñas.

- ¡No te comas los dedos, por favor!

   Federico dejó de mordisquearse las uñas. Berenice terminó su tarea y se fue. Ana María preguntó a boca de jarro:

- ¿Por qué te gusta mi hermana? No la conoces.
- No, pero me parece linda.
- Para qué. -No era una pregunta, sino un pistoletazo. Estaba muy agresiva. Ana María.
- No sé. Para nada.
- Para qué.

   Federico seguía leyendo su libro. Escobar pudo distinguir el título: Mao Tsé tung, Obras Escogidas, Consuelo de la filosofía.

- Bueno, sí -se rindió Escobar:
- Para acostarme con ella.
   ¿Te parece bien?
- No, no me parece bien.
- ¿No te parece bien que me quiera acostar con tu hermana, que me parece linda? ¿Qué es lo que no te parece bien? ¿Qué sea tu hermana? ¿No te parece bien que los hombres se quieran acostar con las mujeres?
- No, no me parece bien. No es verdad.

    Federico pasó una página. ¿Estaría leyendo? ¿Escuchando? A Mao debía sabérselo de memoria. Y a Ana María.

- No es verdad qué.
- Que los hombres se quieran acostar con las mujeres. -La afirmación, al ver a Ana María embarazada hasta los párpados, resultaba un poco absurda. -Tú no te quieres acostar con mi hermana. Lo único que quieres es decir que te quieres acostar con ella. Como todos los hombres: lo que quieren es decir que se quieren acostar con las mujeres, pero en realidad no quieren. Y tú, menos. Tú no te quieres acostar con nadie, Escobar: por eso al final se te van todas. Por eso se fue Fina. Por eso se fue esta otra ¿cómo se llama? Henna. - Henna no se fue. Me fui yo. Y sí, fue por eso: porque no me quería acostar con ella. En eso tienes toda la razón. Trató de ser ligero: Ana María estaba verdaderamente muy agresiva, muy nerviosa. Interrogó con la mirada a Federico, que no alzó los ojos de su libro de Mao. -Tú no te quieres acostar con nadie, Escobarito. Y mucho menos con mi hermana. Los hombres no se quieren acostar nunca con nadie. Por eso nos vamos todas. O deberíamos irnos, si no fuéramos tan pendejas.
- Yo no sé los demás. Pero yo sí. Con algunas, no con todas. Con Henna no, por ejemplo. Con tu hermana Angela sí, por ejemplo.

   Ana María insistió, circular, terca (le recordaba a Fina):

- Tú no te quieres acostar con Angela. Eres como todos.
- Sí quiero. Tú eres como todas: crees que sabes mejor que yo lo que yo quiero.
- ¡Porque lo sé mejor que tú, so gran pendejo! -Ana María rio con una risa de loca.
- Tú no sabes lo que quieres. Ninguno de ustedes sabe lo que quiere.

   Tampoco esta vez reaccionó Federico. Acababa de pasar una página, y ni siquiera parpadeó.

-En general, tal vez -concedió Escobar-: pero en éste particular, sé que me quiero acostar con tu hermana Angela. -A lo mejor tenía razón Ana María: le gustaba decir que se quería acostar con Angela. Sí, pero además le gustaría hacerlo.
- ¿Porqué?
- ¿Por qué? -quedó desarmado, desconcertado, silencioso. Ana María soltó una risa feroz, intempestiva, agresiva como un timbre. No debía ser fácil estar casado con Ana María, ya en la intimidad. A lo mejor su hermana era igual. Físicamente se parecían bastante.
- ¿Ves? -lanzó Ana María, triunfal. -Ni siquiera sabes por qué. Luego no quieres.
- No tiene nada qué ver. Pregúntale a Federico por qué le gustaría acostarse con tu   hermana. Verás que él tampoco te sabe explicar exactamente.
- Federico tampoco quiere acostarse con mi hermana.
- Yo no quiero acostarme con Angela -corroboró Federico como un eco, con el rostro cerrado, impenetrable, sin levantar los ojos de las Obras de Mao.
- ¿A tí te gustaría acostarse con Angela? -interrogó Ana María, repentinamente suspicaz.
- No, mi amor -dijo Federico, recalcando las sílabas.
- Acabo de decir que no quiero acostarme con tu hermana.
- ¿Pero te gustaría? -No, no me gustaría.
- ¿Porqué?
- ¡Ah, mierda, Ana María...! -Federico se puso en pie de un golpe, dejó caer el libro.
- Voy a sacar al perro.

   Escobar se sintió abandonado. A todo esto, Angela había dejado de existir: se había vuelto un concepto abstracto, un tema de discusión, de especulación filosófica. Recordaba o tal vez imaginaba, y con esfuerzo el olor de su perfume, al despedirse: sus largas piernas forradas en los jeans, los jeans entre las botas, la mano apartando el pelo para el beso. Más que el olor de Angela, tenía en el paladar el sabor arenoso de los fríjoles de Berenice. Federico pasó casi arrastrado por el perrazo gris, que agitaba la cola como loco, y gemía. Los dos gatos se colocaron de un brinco sobre la chimenea, soltando violentos bufidos, con las colas verticales contra el enorme rostro plano de Mao en cuadricromía.

- Si me llaman, que ya vuelvo.

   Ana María no contestó. Se oyó el golpe de la puerta, el rasguñar del perro escaleras abajo. Los gatos se sosegaron poco a poco, empezaron a lamerse la raíz de la cola.

- Dime: ¿Angela era feliz con ese tipo, Richi, Pichi?
- ¿A tí qué te importa?
- No me importa. Por saber.
- ¿Para qué quieres saber?
- Ay, Ana María... Quiero saber porque, si me quiero acostar con tu hermana, es útil saber si es feliz o no es feliz con su marido.
- Ninguna mujer es feliz con su marido, Escobar.

    A ratos. ¿A ti qué te importa? ¿Te piensas casar con mi hermana?

- No tiene nada qué ver.
- Todos los hombres son iguales.
- Eso es una cosa que dicen todas las mujeres, Ana María querida, y es una de las cosas que hacen que todas las mujeres sean iguales.
- ¿Y Fina?
- Fina también es igual. Y Henna. Y mi mamá. Todas son como tú: piensan, que acostarse y casarse son una misma cosa, como en las películas gringas de los años cincuenta, y salvo en las películas gringas de los años cincuenta son dos cosas que no tienen ninguna relación. Tú crees que sí: "Te quieres acostar con Angela? ¿Cuando te vas a casar con Angela? ¿Cuántos niños vas a tener con Angela?" Y no es eso, son cosas muy distintas.
- ¡Los hombres no, claro! ¡Para lo que después les importan los niños!
- Ana María, qué te pasa.
- Nada. No me pasa nada. A tí no te importa lo que me pasa.
   Se tranquilizó súbitamente. Una tranquilidad que a Escobar le pareció ominosa.
- No te preguntaba eso. Te preguntaba por Fina.
- ¿Fina qué? -exploró Escobar, suspicaz.
- Eso te digo yo: Fina qué.
- Igual, ya te dije. ¿Qué sabes tú de Fina? -No, igual no. Eres tú el que eres igual. Por eso todo te da exactamente igual, todas te parecen iguales. Te da lo mismo Fina que Henna que mi hermana. Todo te da igual porque nada te interesa, Escobar.
- Al contrario, ya te expliqué. Fina es una cosa, Henna es otra cosa muy, muy distinta, no sabes cuan distinta. Tu hermana es otra cosa.
- Por eso mismo. Dices que te quieres acostar con mi hermana. Y entonces Fina qué.
   ¿Por qué no volvía el imbécil de Federico?
- Entonces Fina nada. No tiene nada qué ver. Ya te digo, son cosas muy distintas.

   Desde el principio había sabido que no hubiera debido dejarse embarcar en esa conversación. No le haría el menor bien para con Fina, ni el menor bien para con Angela.

- ¿Tú quieres a Fina?
- La adoro. Ya sabes. ¿En qué andará el imbécil de Federico?
- Federico no es ningún imbécil, no seas imbécil tú. Contesta. Tú no quieres a Fina.
- Eso no es una pregunta.
- No seas imbécil.
- No soy imbécil. Sí quiero a Fina.
- No quieres a Fina. Eso es lo que la imbécil de Fina no acaba de entender. Pero no lo digo porque crea que quieras a mi hermana, no soy tan pendeja. Tú no quieres a nadie, Escobar. Ni siquiera te quieres a tí.
- Si quiero a Fina. Lo de tu hermana es otra cosa, no hablemos de eso. Es una pendejada: tú me metiste en eso a la fuerza.
- A la fuerza. Pobrecito. Eso te pasa siempre, pobre: todo te pasa a la fuerza. Te violan.
- Eso es verdad. Me violan.
- Sí, eso es verdad, yo sé. Eso es lo malo que te pasa. A tí todas las cosas te pasan desde afuera, te violan a la fuerza. Y por eso nunca te pasa nada. Todas las cosas te vienen desde afuera, y por eso todas son iguales. Tú no escoges, no intervienes, no puedes distinguir, no puedes preferir. Por eso todo te da lo mismo. Por eso no te pasa nada. Por cobarde.

   ¿En qué momento se había dejado meter en esa discusión? A la fuerza. Por inercia. Por cobarde. Por huir de su familia, que hablaba mal de Fina. ¿Cómo escapar? Huye, que sólo el que huye escapa.

- Me viven pasando cosas, Ana María, con tu perdón. Fina se fue, y no ha vuelto.

Henna casi no se va, y ni siquiera estoy seguro de que de veras se haya ido: todavía me falta volver a mi casa y ver. Tu hermana...

- ¡No metas a mi hermana!
- Bueno, no. La metiste tú.
- Además nada de eso te pasa a tí. Les pasa a ellas.
- Me pasa a mí.
- No.

   ¿Para donde iba todo eso? ¿Acaso no había pasado un mes desde que habían dicho lo mismo? Ana María estaba muy nerviosa, era visible. El embarazo, la enfermedad del niño, el mal humor de Federico. O tal vez al revés: el mal humor de Federico era producto del embarazo, la enfermedad del niño consecuencia del nerviosismo de Ana María. Y más allá de todo, causa tras causa eficiente, la propiedad privada de los medios de producción, o la voluntad de Dios, o el velo multicolor de Maya. Se quedaron callados. Ana María cerró los ojos. Oyeron el chasquido de la llave en la puerta, la excitación del perro, la fuga atropellada de los gatos furiosos. Ana María desvió de una patada desmañada el asalto del perro, que llegaba feliz de su paseo. Federico lo arrastró para encerrarlo en el fondo. Sonó el teléfono. Contestó Federico. Dejó caer el auricular.

- ¡Berenice! ¡Es para usted!
   Apareció Berenice, coquetona.
- ¿Jellou? -dijo en el aparato. Y luego: -¡Quiuuubo, ole! Usted si ni más ¿no?
- ¿Por qué no vas a ver cómo está el niño? -preguntó Ana María.
- Acabo de mirar. Está bien.
- ¡Tú qué vas a saber! No lo ves nunca.

   Escobar, de haber estado en el lugar de Federico, hubiera puesto cara de mártir. Federico no alteró las facciones: una cara cerrada e impasible entre la barba hirsuta. Ana María se izó trabajosamente de su silla. Estaba de verdad considerablemente embarazada. La cara, salvo los ojos rojos y algo hinchados de llanto, seguía igual, fina y limpia. Pero el cuerpo era ahora una informe vejiga hinchada, todo barriga bajo la larga falda hippie, multicolor como el velo de Maya. Se paró muy echada hacia atrás, quebrando la cintura, equilibrando el peso de su vientre.


-
Voy a ver como está el niño.
- Ana María - anunció Federico-, tengo que salir. Probablemente vuelvo tarde.
   Ana María se puso irónica:
- ¿Vas a hacer un trabajo de masas?
- Tengo que ver a unos compañeros - respondió Federico, impasible.
- Ultimamente Federico hace mucho trabajo en las bases- explicó Ana María con ironía amarga, algo teatral. - Yo lo espero aquí. ¿No, Federico?
- Federico no contestó una palabra. Escobar le envidió la maestría, la impavidez, la calma. La experiencia de la militancia política, quizás.
- Bueno, entonces vete - desafió Ana María.

  A Escobar se le vino el alma al suelo. Había esperado que podría ver a Angela a su regreso. Había hecho incluso planes.

- Todavía no - dijo Federico.- Primero tengo que esperar una llamada.
   En el teléfono, Berenice charlaba feliz, adoptando poses lascivas.
-¡Uuuuy loco! -decía- ¡Uuuuy loco!
- Berenice- dijo Ana María- cuelgue: Federico está esperado una llamada de los compañeros del part-
- ¡Ana María!- la interrumpió Federico. Le llameaban los ojos. Ana María calló en seco. Dio la vuelta y se fue casa adentro sin decir una palabra.
- ¿Qué le pasa a Ana María? - preguntó Escobar. Federico señaló con la barba a Berenice, que seguía conversando.
- ¡Uy, usted si es muy loco! -decía riendo: reía arrojando la cabeza hacia atrás, dejando balancear libre el peso de la cabellera, ofreciendo la garganta morena y regordeta.
- Berenice, estoy esperando una llamada. -dijo Federico.
- Bueno, amorcito, aquí me piden el teléfono...-dijo Berenice. Dejó vibrando la voz en un ronroneo -mmm...mmmmmm... un amigo... de veras, amorcito, solo un amigo... mmmmmmmm...
- Berenice, por favor -pidió Federico.
- Bueno, amorcito, ahora sí de veras le cuelgo ¿bueno? Chaito Chao. Bai bai. Oquei, bai bai. Bai bai...
   Colgó. Se retiró, taconeando como una reina.
- ¿ Qué le pasa a Ana María?
- No se. Nada. Todo. El embarazo, la fiebre de Mateo, yo, el trabajo del partido, Angela, el perro de Angela, los problemas de Angela, las llamadas de Berenice, los novios de Berenice, los dientes de Mateo, que ahora están saliendo, y llora. Pero sobretodo el embarazo, supongo. No se, no se case Escobar, no tenga hijos.
- Pero Fedrico, si usted era el que me decía la otra noche...
- Bueno, no importa - federico cortó, guardó silencio.
- ¿ Para qué me dijo que me había llamado ayer?- interrogó escobar.
- Ah, sí... ¿Todavía le interesa hacer poemas comprometidos?
- Le estoy preguntando en serio
- Le estoy hablando en serio. ¿Le interesa?
- No sé - Escobar buscó una salida. - No sé como se escribe un poema comprometido.
- Nosotros le explicamos.
- Quienes, nosotros.
- Nosotros. El partido.
- Hable en serio Federico.
- Estoy hablando perfectamente en serio.
- No sé... Un poema no me lo pueden explicar. No hay poemas de compromiso.

   ¿No? Ricardito Patiño, un Petrarca, había dicho que solo podía haber poemas de compromiso.

- De compromiso no: comprometidos.
- Es lo mismo.
- Bueno, ¿le interesa?
- No sé, déjeme pensarlo.
-¿Le interesa?
- ¿Por qué no? Era algo. De todos modos no tenía nada que hacer, ni a nadie en la vida, ni para donde coger. No tenía madre, ni novia. (Angela. A lo mejor volvía Angela).
- Bueno. No tengo compromiso, de manera que me imagino que puede comprometerme.     Soy libre como el viento.
  Federico guardó silencio. Escobar también, unos momentos.
- ¿Bueno?
- ¿Bueno qué?
- Bueno. ¿Qué tengo que hacer?
- Estamos esperando una llamada.
- Ah.

   Instrucciones de Pekín, seguramente. ¿Tendría que escribir poemas en chino? Recordó lo mal recibido que había sido su haikú japonés, la otra noche. ¿Tendría que aceptar la asesoría técnica de Diego León Mantilla? ¿Cómo estaría Beatriz? Tenía lindas teticas. ¿Se le notaría ya el embarazo?

- Federico, cuando usted dice "el partido", ¿se refiere a Diego León Mantilla?
- No sea pendejo.
- Porque Diego León Mantilla no entiende un carajo de literatura, le advierto.

  Federico no contestó. Siguieron un rato en silencio, esperando.
  ¿Volvería Angela antes de que se fueran? Empezó a hacer planes fantásticos. Sonó el teléfono, y Federico empezó a hablar en voz baja, grave, lenta: sí, compañero... no, compañero... entrecortada de largos silencios.

- Estoy aquí con un compañero... -vaciló un instante-...poeta. Poeta, compañero. Un compañero poeta, compañero. Sí, poeta. Lo del foro y los intelectuales, compañero... Sí, compañero... No, compañero... El compañero de que hablamos, compañero.
   Federico colgó. Todavía vaciló un instante.
- Bueno: ¿Le interesa venir?
- ¿Compañero? -sugirió Escobar. A pesar suyo, Federico sonrió. Añadió:
- ... compañero?
- Vamos, compañero -dijo Escobar. Se sintió extraño. Pero bueno: adelante. Le sonaba raro oirse llamar a Federico "compañero" cuando llevaba todos los años de la vida sin llamarlo de ninguna manera. Pero pensó que al cabo de más años le parecería raro que le hubiera sonado raro alguna vez empezar a llamarlo "compañero". De modo que adelante.

  Federico entró al fondo de la casa. Salió de mal humor, con una chompa negra de piloto de la primera guerra, llena de cremalleras. De una escultura en yeso descolgó un casco de motociclista. Escobar la miró, le pareció vagamente giacomettiana. Por las piernas le asomaban arterias de hierro, como várices negras. -¿Me permite una crítica, compañero?

- No.
- ¿Quién es?
- Camilo Torres.
- ¿El procer? Yo sé, Federico, el compromiso, sí, pero ¿usted hace próceres de encargo?
- No sea huevón, es Camilo, el cura. Es para la Universidad Industrial de Santander. Gente muy combativa.
- ¿Y no querrán más bien algo... cómo decirle... más realista-socialista? Esto hiede a arte burgués decadente, si quiere que le diga.
- Sí. Pero es que primero lo hice realista-socialista y tenía demasiada cara de cura.
Salieron.
- ¡Ah, la técnica japonesa! -comentó Escobar, admirativo, ante la moto roja, reluciente, sembrada de espejitos.
- ¿Ustedes no eran más bien pro-chinos?
- Mire, Escobar, le advierto: lo voy a llevar a que conozca a unos compañeros, de modo que hágame el favor de no decir muchas huevonadas: yo respondí por usted.

  La llovizna vagamente luminosa, las basuras fermentando dulcemente en la noche, un celador de ruana en bicicleta, culebreando en subida por las calles empinadas de la Perseverancia. Anuncios luminosos de droguerías y licoreras, verde menta, rosa eléctrico, cadmio. La moto palpitaba entre las piernas de Escobar, y lo cegaba la llovizna. Federico evitó las tinieblas del Parque Nacional y bajó a la carrera séptima, parándose a rugir en los semáforos. De los carros herméticos los miraban con aprensión disimulada: los asesinos de la moto. Busetas parpadeantes de luces y de altares, atestadas de gente. Muchedumbres saliendo de los cines, de los bachilleratos nocturnos.

- ¡Esta es su realidad!
-¿QUE?
- ¡SU REALIDAD! ¡ESTA!
- ¿MI REALIDAD?
- ¡SI! ¡NO LOS SONETOS!
- ¿LOS SONETOS?
- ¡LOS SONETOS HUEVONES!

   Era difícil hablar. Sus sonetos no tenían nada de huevones -o tal vez sí, pero no en el sentido en que lo estaba entendiendo Federico. Pegó su boca al casco y le gritó:

- ¡PEQUEÑO BURGUES RADICALIZADO!
- ¿QUE?
- ¡ ¡PEQUEÑO BURGUES RADicali... -se le rompió la voz. Lo guardaría para más tarde.     Había leído siempre que eso era el peor insulto entre auténticos revolucionarios: pequeño burgués radicalizado. La moto corría hacia el norte, rauda, bramadora, cortando las cortinas de llovizna, escorando como un buque para adelantar carros y buses. Qué máquina tan peligrosa. Federico avanzaba a una velocidad insensata entre el caos del tránsito, se aventuraba en los estrechos desfiladeros de hierro entre dos buses, rozándolos con las rodillas, a un milímetro de sus llantas colosales. Escobar se abrazaba a sus espaldas, ciego de lluvia, furioso y aterrado: pequeño burgués radicalizado de mierda. Desde lo alto de un bus, en un semáforo, un chofer escupió con certera violencia sobre el casco de Federico. Se lo merecía, por pequeño burgués radicalizado de mierda, pero Escobar sintió arcadas de náusea. ¿Qué hacía él ahí, a dónde se dejaba llevar, en ancas de esa moto como una doncella rescatada? A lo mejor tenía razón Ana María: todo le daba igual: cabalgar en moto rumbo a lo desconocido, ensordecido por el viento, o cenar en casa de su madre con monseñor Botero Jaramillo. La misma aceptación, la misma falta de entusiasmo. Inerte. Disponible. Libre como el viento. Como una piedra. Libre o inerte, daba lo mismo.

   Muy lejos, en el norte, doblaron hacia abajo por una amplia avenida arbolada, en contravía, y se deslizaron por un camino de grava. Federico apagó por fin su máquina. Asordinada por la distancia se escuchaba la música violenta de una discoteca. ¿Venían a poner una bomba? ¿A bailar? En la llovizna, encaramados en el prado bajo los altos árboles goteantes, refulgiendo en la sombra, se alineaban docenas de automóviles. Federico le confió su moto a un celador armado.

- Cuídemela, hermano.
  Se pararon a esperar bajo la fronda húmeda de los árboles, entre espaciados goterones, en silencio.
- ¿Eso es lo que usted llama "mi realidad"?
- En parte.
- Ah, ya entiendo. Se trata de una excursión didáctica.

Primero el sur, el centro, los siete círculos de la explotación y la miseria, los niños en harapos que escarban las canecas de basura, las busetas repletas. Y luego el norte, el cielo, el Unicornio, los lujos corrompidos de la gran burguesía.

- No sea pendejo.
- ¿Vinimos a bailar?
- No sea huevón, Escobar. La cita con los compañeros es aquí.
- Ah. Los compañeros son socios del Unicornio.
-
No, los compañeros no son socios del Unicornio. Pero el celador del Unicornio, en cambio, es un compañero muy bueno que... ¡Ay, Escobar, por Dios, no joda más!
- Es que no entiendo. No entiendo por qué me trajo aquí. Y la verdad, tampoco entiendo mucho por qué me quieren conocer a mí sus compañeros.
- Aquí, porque aquí es la cita. Y a usted, no porque sea usted en particular. El partido ha decidido abrir un frente de lucha cultural, sobre las pautas de Mao en el Foro de Yenán. Una cosa bastante amplia y abierta -pero, claro, con intelectuales y artistas más o menos consecuentes, con cierta posición de clase. Yo respondí por usted. Yo lo propuse.
- ¿Y cuál es mi posición de clase, si se puede saber?
- Pequeño burgués radicalizado.

   Súbitamente los cegó la luz potente de unos faros, y un enorme automóvil estuvo a punto de arrollarlos al trepar bruscamente el bordillo de la acera para subir al pasto, entre los árboles. Otros dos más llegaron de inmediato en un chirriar de llantas. Descendió un grupo numeroso: niñas morenas, rubias, de largas piernas de seda, desnudas las espaldas; tipos vestidos de smoking, tambaleantes de alcohol, lanzando voces: "No jodás, Bobby, you'll kill everybody one of this nights en ese hijueputa Jaguar" -y uno besaba los hombros desnudos de una niña, y otro orinaba contra el tronco de un árbol, y otras dos niñas caminaban delante, conversando. El llamado Bobby le arrojó desde lejos las llaves a Federico.

- Ala, viejo, parquéame bien ese carro.

   Se alejaron rumbo a la música, entre risas y gritos -"¿Y Claudia? Where is Claudia?"-Federico dejó caer las llaves en el pasto crecido.

- ¿No serían esos los compañeros que estamos esperando?
- No sea huevón.
- No sea huevón usted. Ha perdido por completo el sentido del humor, Federico. El marxismo- lenninismo idiotiza a la gente.
- Al revés: el humor idiotiza a la gente.

   Con un grito de llantas en asfalto frenó delante de ellos otro carro reluciente. Escobar esperó ver descender otro grupo de niñas deslumbrantes. Las dos puertas se abrieron.

- Adentro, compañeros.

   Por dentro olía a carro nuevo y caro, a cuero vivo. Federico subió delante, junto al que manejaba: camisa de bolsillos, muñecas nervudas, reloj de submarinista, patillas largas de procer de la Independencia, y una sonrisa dientuda que inspiraba confianza. El compañero Douglas, presentó Federico. Atrás, a lado y lado de Escobar, que quedó encajonado en la mitad del asiento, la compañera Zoraida y el compañero Hermes. En respuesta al asombro de Escobar, el compañero Douglas aclaró, riendo:

- No, compañero, no somos oligarcas. El carrito es robado.
   El compañero Hermes corrigió:
- Recuperado, compañero.

   El compañero Hermes tenía un bigote lacio y negro, y anteojos negros en la oscuridad del automóvil, y a diferencia del compañero Douglas no inspiraba la más mínima confianza. La tez oscura, dura como cuero, áspera de cicatrices de viruela. De la compañera Zoraida Escobar sólo percibía el calor silencioso contra su brazo izquierdo, su piel mate en la ropa floja de hombre y una mata oscurísima de pelo en la penumbra. Los dos callaban. El compañero Douglas, en cambio, hablaba fuerte y manoteaba, y a veces se volvía por completo en el asiento como si olvidara que era él quien iba manejando. Federico le indicaba cruces y bocacalles que él ignoraba con risas y silbidos, acelerando, desdeñoso. Apenas se oía al zumbido poderoso del motor, y sin embargo en un instante estuvieron a un paso de la autopista. El carro giró en U sobre dos ruedas, acrobáticamente, Escobar recibió sobre su cuerpo todo el peso y todo el olor fuerte de Zoraida mientras él a su vez rodaba sobre Hermes y se clavaba en el ilíaco el filo duro de algo que debía ser una pistola.

- Verraco carro -comentó el compañero Douglas con orgullo. Subieron calle arriba como una flecha. -Bueno, pregunte, compañero.

   ¿Pero preguntar qué? ¿Por qué no preguntaban ellos? Frente amplio cultural, o lo que fuera eso exactamente. ¿Realizar foros de poetas? ¿Escribir proclamas? El huevón de Federico lo había soltado así, de pronto, en medio de la vida, como en un parto, sin explicarle nada claramente, pequeño burgués radicalizado de mierda. Miró a Hermes: apenas el reflejo negro de sus anteojos negros de mafioso. Miró a Zoraida: sólo vio el relucir del blanco de los ojos. Veía mejor a Douglas, iluminado por el reflejo de los faros. Le faltaba la falange del índice de la mano derecha. Manos callosas. Se miró las suyas subrepticiamente, a la luz intermitente de los faroles de mercurio: ni un callo. ¿Pero por qué se sentía confusamente avergonzado? ¿Intimidado? División del trabajo, compañero: usted dispara un fusil, yo corrijo la ortografía de una proclama. Sí, pero no tenía ni un callo: ni siquiera el que sale en el anular de sostener la pluma, el cálamo. Meses sin un poema. Y si ahora le pedían uno ¿sería capaz de componerlo? Se sentía ante un examen. ¿Quiénes eran? ¿Combatientes? ¿Ideólogos? ¿Intelectuales con una posición de clase consecuente? En la pretina de Hermes, apoyado en su cadera, podía sentir el peso frío de la pistola. Un carro caro es siempre menos amplio de lo que parece desde afuera. Carraspeó, reflexivo:

- Bueno, y ustedes qué.
- La Revolución, compañero -respondió Hermes a su derecha, acomodándose con parsimonia los anteojos en el puente nasal. A su izquierda, Zoraida interrogó a su vez:
- Y usted qué, compañero.
- ¿Yo?
- El compañero Federico nos dice que usted es de confianza, compañero -agregó Zoraida. Su voz era grave, intensa. Morena, fina, de párpado árabe y nariz grande y aguileña. Turca, probablemente. Zaida, Zoraida, Zorahaida- las tres hijas, del rey moro. Tres moricas me enamoran en Jaén: Aiza, Fátima y Marién... Pero era frívolo estar pensando en eso mientras los otros daban explicaciones sobre el trabajo militar, político y de masas, y la jepepé.
- Compañero -le costaba un gran trabajo, casi una tos, que le saliera con naturalidad la palabra "compañero": mi teniente, excelencia reverendísima. -Compañero: ¿qué es la jepepé?
- Guerra Popular Prolongada-aclaró Zoraida, no sin cierto desdén condescendiente.
- Ah.

   Hablaba con lentitud, Zoraida, con deliberación tensa, respirando hondo entre frases didácticas, abriendo mucho las fosas nasales, como una poetisa costeña que recitara sus propios versos. Olía a mujer, pensó Escobar. En la estrechez del automóvil, y contrabalanceando el peso frío en la cadera de la pistola del compañero Hermes, sentía el peso caliente del seno de Zoraida apoyado en su codo. Y no podía evitar (aunque se sabía frívolo) imaginar cómo sería su cara en el amor.

- Mire, compañero -resumió de repente el compañero Douglas-: este país nuestro lo tienen vuelto mierda los gringos y los ricos.
- El imperialismo y sus aliados locales -tradujo Zoraida.
- Y los militares -añadió Hermes.
- Brazo armado de la burguesía -tradujo Zoraida.

   Douglas aceleraba a fondo por la carrera séptima hacia el norte, hasta Usaquén, donde el asfalto se terminaba en barrizales frente al cuartel de la caballería. A punto de llegar a las garitas de los centinelas frenaba en seco, y el carro se deslizaba un poco más, lanzando a lado y lado surtidores de fango, giraba como un trompo y quedaba con el hocico apuntando hacia el sur. Arrancaban a toda velocidad rumbo al sur, con el motor aullando. Hermes señalaba las garitas salpicadas de lodo y decía: "el enemigo". Y devoraban calles nuevamente, y se notaba que el compañero Douglas iba feliz manejando el carro poderoso y rugiente, saltándose semáforos, esquivando de un brusco timonazo camiones repentinos que brotaban sin luces en la cola en el haz de los faros. Arriba, en el flanco del cerro, se adivinaba el caserón sombrío del seminario. Escobar tenía miedo de que acabaran estrellados contra un poste. El rostro verde oliva del compañero Hermes parecía animarse con la embriaguez de la velocidad. Federico no movía la cabeza, y su nuca impasible no reflejaba ninguna emoción.

   Zoraida hablaba. Tres moricas tan lozanas iban a coger manzanas en Jaén: Aiza, Fátima y Marién.

   Se distraía. Oía su voz, ligeramente ronca, y seguía atento el movimiento de sus labios. Pero no entendía bien. Zoraida hablaba de la caracterización de la sociedad colombiana desde un punto de vista materialista e histórico, y sus labios se cerraban un instante, se apretaban, inesperadamente duros y pálidos en la oscuridad vaga cargada de su olor salado y dulce, a mujer. El orden colonial y semi-feudal, ¿cierto? -y el compañero Hermes asentía: cierto. Los aliados locales del imperialismo, ¿cierto? Cierto. La capa de terratenientes, grandes banqueros y magnates de la burguesía compradora, ¿cierto? Cierto. Douglas se volvía a veces, sin soltar el timón: es por Colombia, compañero, por la gente de este país. Zoraida traducía: revolución democrático-burguesa al servicio de la liberación nacional, ¿cierto? Cierto. Es con la gente, compañero, con la gente verraca, que trabaja y que se jode, con los campesinos, con los obreros... Zoraida traducía, seria, intensa: contenido democrático, movimiento huelguístico, ¿cierto? Cierto. Guerra del campo a la ciudad, ¿cierto? Cierto. Zonas liberadas, ¿cierto? Cierto. Escobar interpuso una objeción.

- Perdón si la interrumpo, compañera. Me da la impresión de que eso no tiene mucho que ver con Colombia. Ustedes llaman "zonas liberadas" a los sitios en donde hay unos guerrilleros escondidos sin que los hayan todavía descubierto. No sé si-
- El presidente Mao, compañero -cortó Zoraida -dice-- Por eso, por eso -interrumpió Escobar de nuevo. -Es que me da la impresión de que ustedes no han tratado de entender lo que dice Mao, sino que se lo han aprendido de memoria. Sólo que donde él habla de la China ustedes ponen: "Colombia". Y yo creo que así no sale la cosa. Mao dice, precisamente, que para hacer la revolución en China hay que mirar primero cómo son las cosas en China: esas vainas de la cosa feudal y la burguesía compradora. Pero si es en Colombia, pues hay que mirar qué pasa en Colombia, me imagino.

   Hubo un silencio ominoso. El compañero Hermes lo miró golpeado. La compañera Zoraida hizo un gesto hacia abajo con los largos labios gruesos, y miró por la ventana.
   Esas eran las huevonadas que le había prohibido Federico. No se atrevió a mirarlo.

- Mire, compañero -dijo Douglas por último-: es cosa de ponerle verraquera, compañero.
- Pero aquí la compañera Zoraida estaba diciendo que la revolución democrático-burguesa-
- Verraquera, compañero -repitió Douglas.
- Y bala -añadió Hermes, lúgubre.
- Pero compañero -Escobar buscó con los ojos la ayuda de Federico, que lo miró con frialdad: esas eran justamente las huevonadas que le había prohibido. ¿Pero por qué se iba a dejar impresionar, si no estaba de acuerdo?-, los de enfrente también le ponen verraquera. Y bala. También creen que sólo se trata de eso.
- Los de enfrente no tienen al pueblo, compañero.
- No tienen al pueblo -repitió Hermes, tristísimo.
- A lo mejor no, pero tienen más balas. O ustedes creen que matando de cuando en cuando a un policía en una esquina para robarle la pisto-
- Bazukas, compañero. Ametralladoras. Cañones antiaéreos.
- Aviones -dijo Hermes. -Tanques.
   Escobar calló un instante, anonadado. -¿Y de dónde los piensan sacar?
- Del enemigo -dijo Hermes con sencillez.
- Y si no hay tanques, a piedra, compañero -aclaró Douglas, realista. -A machete.
- Lo importante no es la tecnología, sino el grado de desarrollo de la conciencia de las masas populares -tradujo Zoraida.
- La verraquera de la gente. Esta gente es muy verraca, y eso no lo para nadie. Vea, compañero, la joda es muy sencilla: aquí hay una guerra. De un lado están los hijueputas ricos, los hijueputas gringos, y toda la tiramenta hijueputa. Y del otro todo el verraco pueblo. La compañera Zoraida se lo explica.
- De un lado el imperialismo y sus aliados locales, y del otro el pueblo y su vanguardia armada -resumió Zoraida. -Esta vaina no se arregla con trapitos calientes y préstamos del BID, sino peleando, compañero, Echando bala. -Forma superior de lucha -explicó Zoraida.
- No es tan sencillo -insistió Escobar, terco. -No hay dos lados: hay cincuenta.
- Bueno compañero, de acuerdo: de un lado hay cuarenta y nueve lados, y del otro estamos nosotros... -rio el compañero Douglas. Palmeó a Escobar en el hombro: -Métale verraquera, hermano, y verá cómo se le pasa.

   ¿Cómo se le pasaba qué? Pero calló. Hermes le apretó el codo, casi con afecto, y se dio un golpecito en la cacha de la pistola, dejándosela ver, sonriéndole. Escobar respondió a su sonrisa. ¿Pero por qué se había dejado meter en eso por Federico? Ni siquiera estaba seguro de que su posición de clase fuera completamente consecuente.

- Aquí tenemos su curriculum, compañero -dijo Zoraida. Qué serios eran, pensó admirativo, dentro de lo poco serios que parecían. Su curriculum. ¿De dónde habrían sacado su curriculum? Y qué halagado se sentía de que lo tuvieran. Zoraida golpeaba con el dedo una gruesa carpeta: todo eso no podía ser su curriculum.
- Sabemos que usted es poeta, compañero -prosiguió Zoraida. Escobar, halagadísimo, negó con la cabeza, afirmó con la cabeza: no quería envanecerse. -Sabemos que tiene una posición de clase consecuente.

   Escobar volvió a negar, volvió a afirmar, ligeramente inquieto: no sabía bien qué entender por "posición consecuente". ¿Consecuente con qué? ¿Y cómo habían descubierto, a través de sus escasos -y herméticos- poemas publicados, que su posición era consecuente con algo? Zoraida abrió la carpeta, la hojeó a la luz intermitente que entraba por la ventanilla del carro: corrían ahora por la calle cien, hacia Occidente, y tomaban la avenida hacia Suba. El perfil aguileño de Zoraida se recortaba en la ventana, y el resplandor de la luz en las hojas blancas del curriculum le daba a su tez morena un tono grisáceo bajo su pelo negro, espeso, crespo como la copa de un árbol. Sentía su muslo caliente pegado al suyo, en la sombra. Zaida, Zoraida, Zorahaida.

- A ver: Ignacio Alvarado, bogotano, clase media, familia liberal, autor de "Poemas de lo Urbano"...
- Perdón, pero ese no soy yo.

   No era él, era otro: Alvarado, en efecto, un imbécil, llamado el Poeta Urbano: él mismo se presentaba así: "Alvarado, poeta urbano". Malísimo, además. Consecuente, eso sí, si eso era ser consecuente: "Oda al chofer de bus", "Saludo para los obreros madrugadores". Pésimo. Un gordo grande, fuerte, colaborador de todos los suplementos literarios.

- Ese no soy yo, compañera. Yo nunca he escrito poemas urbanos.
- No importa, compañero.
- Pero es que ese no soy yo. Yo no soy Ignacio Alvarado. Me llamo Escobar. Ignacio Escobar.
- Ignacio Escobar, Ignacio Alvarado: es lo mismo -cortó Zoraida con impaciencia.
- Todos los poetas son iguales, hermano -rio Douglas.
   Tal vez. Pero que no lo confundieran con Alvarado. Con cualquiera, menos con Alvarado.
- Bueno: pero yo no soy ese tipo -insistió, molesto.
- No sea individualista burgués, compañero.
   Federico intervino:
- Creo que hay una confusión, compañera. Este es Ignacio Escobar. Es amigo mío desde hace quince años. Yo respondo por él. Es consecuente.
- Yo conozco al compañero Escobar -intervino Hermes con voz lúgubre. -Es un verraco poeta: tiene un verraco poema sobre los bombardeos criminales del imperialismo contra los compañeros vietnamitas que publicó en un suplemento de un periódico.

   Todos lo miraron. Escobar estaba estupefacto. ¿Un poema sobre los compañeros vietnamitas? Hermes, acomodándose mejor en la nariz sus anteojos de ciego, recitó lúgubremente, sobre un ritmo de romance lorquiano:

Sobre la tierra de gente
cruzan pájaros de hierro.
Dejan caer una lluvia
de sangre en mitad del vuelo.
La lluvia cae como lluvia.
Los muertos están ya muertos.

   Hubo un silencio de admiración, que halagó a Escobar. Sí, eran versos suyos. No tenían nada qué ver con el Vietnam, pero eran versos suyos. En fin: de Lorca, pero suyos. De cualquiera. Todos los poetas son iguales. Probablemente habían coincidido con algún bombardeo de la guerra del Vietnam, pero no tenían más relación con ella que eso: la coincidencia. De eso se trataba, precisamente: de mostrar que las cosas suceden al mismo tiempo, pero por lo general no tienen nada qué ver entre sí. La lluvia cae como lluvia. Punto. Los muertos están ya muertos. Punto. Porque la lluvia cae siempre como lluvia: es su manera natural, habitual de caer. Y lo que define a los muertos es precisamente que están ya muertos. Lo halagaba muchísimo que alguien se supiera de memoria sus versos -aunque claro, eran fáciles: el runruneo pegadizo del octosílabo. Pero de todos modos, no eran exactamente así.

- Son un poco distintos, compañero -empezó. Zoraida lo interrumpió con fastidio:
- Da lo mismo, compañero: entendimos perfectamente.
- No, no da igual. En poesía lo que cuenta es la forma, y...
- Por eso mismo: eso es lo que tienen de bueno sus versos, que son fáciles de forma. Pero lo que importa es el contenido, compañero: que sea consecuente con las luchas de los sectores populares.
- Para eso es que nos pueden servir los poetas como usted, compañero -agregó Douglas-: para meterle a la vaina esa cosa abolerada que le gusta a la gente. Hay que machacar y machacar las consignas, compañero, pero para que la gente se las aprenda y las entienda es muy bueno que les suenen a vaina poética, así se les van quedando en la memoria. Explíquele la lucha de clases a la gente, compañero, así, como echándoles un bolero. El compañero Federico le cuenta la letra y la compañera Zoraida le pone la música.
- Compañero... -se quejó Zoraida

   Pero es que no era así. Para empezar, su romance no tenía nada que ver con el Vietnam. Pero sobre todo, no era eso, sino todo lo contrario. Lo contrario del compromiso. Se trataba de explicar que todas las cosas pasan sin que pase absolutamente nada. Douglas había parado el carro en el mitad de un barrio de casitas de dos pisos, silenciosas, con antejardín. Escobar renunció a dar explicaciones.

- ¿Qué quieren que haga, entonces? ¿Más versos como esos?
- Mas o menos. Pero de aquí, compañero: no del Vietnam - dijo zoraida. -Hablar de los compas vietnamitas está bien, aunque ahora hayan caído en manos de una clique revisionista pro-soviética. Pero lo que tenemos que aprender de ellos no es eso, sino lo que les permitió ganarle la guerra al imperialismo: contar con las propias fuerzas. Escriba sobre nuestras propias fuerzas, compañero, sobre las luchas de nuestro propio pueblo. Esa voz suya tiene que ser la voz comunista de su pueblo.

   Zoraida hablaba despacio, con intensidad, vocalizando con mucha claridad, abriendo mucho la boca para tomar aire, impostando la voz ligeramente. Debía haber sido actriz, o tal vez poetisa.

- Hable de la guerrilla urbana, compañero -sugirió Hermes.
- O de las luchas sindicales -añadió Douglas. -Aquí lo que sobra es tema verraco, compañero. Hable de los hijueputas oligarcas.
- Lo malo es que si me pongo a hablar de los hijueputas oligarcas quién sabe si me publiquen en los suplementos de los periódicos -alegó Escobar.
- No es para eso, compañero. Vaya y recita en las fábricas, en los sindicatos, en las comunidades indígenas -enumeró Zoraida. -En los campos, en las montañas, en la selva.
   ¿En la selva? Escobar se estremeció: la caminata.
- Bueno, no sé... Yo soy más bien un tipo urbano...
   Douglas le clavó los dedos en el hombro:
- Bueno, compañero: sí o no: No más joda. Mójese el culo. Aquí lo que hay es una guerra, compañero. Escoja lado.

   Todos guardaron un silencio tenso. ¿Una guerra? El motor del carro detenido zumbaba débilmente en el silencio absoluto: un barrio verde, casitas de dos pisos sembradas entre prados y calles sin salida, estructuras de tubos de colores para que jugaran los niños, alterones en medio de las calles para que no corrieran demasiado los carros. La paz. Ni siquiera se veía un celador armado. Hubieran podido estar en Minnessota, en Luxemburgo: y era un barrio de clase media bogotana apenas próspera. Casas de cuotas, deudas en los bancos. Una vida atroz. Hermes siguió su mirada: -La oligarquía -dijo.

   No. Pero bueno. Aunque no, no: ¿de verdad creían que la oligarquía era eso? País semicolonial y semifeudal ¿cierto? Abrió la boca para seguir protestando y sintió clavados en sus ojos los ojos de Federico: había respondido por él, y él había agradecido su confianza diciendo huevonadas. Bueno, entonces, trato hecho. ¿Trato hecho? Lo que importa es la forma. ¿Cómo decirles que bueno, que sí, que estaba de acuerdo? Trato hecho, como si fuera un negocio; a sus órdenes, mi comandante, como en un cuartel: frases del enemigo. El capital, el brazo armado de la burguesía. El imperialismo: oquei. Recordó a Berenice, y más atrás, a Cecilia. País semi-feudal y semi-colonial, sí, qué carajo, estaba de acuerdo. Pero por todo eso se daba cuenta de que en el verdadero fondo su posición de clase no era todavía verdadera y férreamente consecuente. Y eso iba a provocar problemas más tarde, lo sabía, lo temía. ¿Pero cómo advertírselo? Lo miraban en silencio. A lo mejor, a lo peor, acabarían ejecutándolo por tener posiciones de clase divergentes. Lo sabía. Tendrían que ejecutarlo tarde o temprano, si eran de veras consecuentes. Recordó una estadística preocupante: la guerrilla mataba muchos más compañeros traidores que enemigos propiamente dichos. ¿Aunque quién más enemigo propiamente dicho que un compañero traidor? Sí, pero también ¿quién juzga la traición? Las masas, compañero, y su vanguardia armada.

   Debía ser ya tardísimo. Llevaban horas dando vueltas en carro. Llevaban un tiempo incalculable ahí parados: un carro lleno de gente, con el motor andando en ese barrio silencioso de paz pagada a crédito. Sospechosísimo. Vendría la policía. Habría que sobornarla. El compañero Hermes la recibiría a tiros.

   Douglas le había soltado el hombro, y lo miraba, vagamente burlón. Hermes no lo miraba, o no podía saberlo, tras sus anteojos negros. Federico parecía estar poniéndose nervioso. Escobar evitó la mirada oscura de Zoraida, fijó los ojos en su ancha boca entreabierta. Se adivinaba el blanco resplandor de los dientes. Bueno, oquei, qué carajo, a la orden: perinde ad cadáver, como dicen los jesuitas.

- Bueno, de acuerdo -dijo. Se dio cuenta de que llevaba un rato sin respirar. Los otros también soltaron al unísono el aliento. Tampoco era para tanto, en el fondo.
- Otra cosa, compañero -dijo Douglas. -Usted conoce gente de billete.
- Bueno, no sé... -respondió Escobar, dubitativo. -Depende de qué se entienda por gente de billete. Además, yo creo que a la gente de billete tampoco es que le guste mucho la poesía. Aunque no sea comprometida. Al contrario.
- La poesía es lo de menos, compañero -rio Douglas.
- Lo que nos interesa es el billete. Y usted nos puede averiguar un par de datos sobre un poco de gente.
- Compañero, el frente amplio, el frente cultural... -empezó Zoraida con voz preocupada.
- Todos los frentes, compañerita. Todas las formas de lucha -rio Douglas.
- Pero no se había hablado de secuestros, compañero -empezó Federico con voz muy tensa. ¿Secuestros? A Escobar se le fue el corazón a los pies. ¿Secuestros?
- Dejémonos de maricadas. Van a ver cómo es el compañero si se le mide -aseguró Douglas, sonriente, tranquilizador, con su sonrisa abierta que inspiraba confianza. Dio un par de palmaditas fraternales en la rodilla de Escobar, y arrancó el carro con un chirrido de llantas quemadas en el asfalto. Salieron de un brinco a la avenida oscura, y Escobar vio el resplandor rojizo de Bogotá hacia el sur, iluminando el cielo. ¿Secuestros? Trató de decir algo:
- Oiga, compañero, mire una vaina:
   Douglas hizo con la mano señas de que no oía.
- Después, compañero.

   Zoraida callaba. Su cuerpo, antes tan tibio, se sentía ahora duro y tenso. Hermes seguía impasible tras sus anteojos negros. Federico le hizo con las cejas un gesto de que después hablaban. Surcaron la ciudad a cien por hora, sin encontrar a nadie. Debía ser ya tardísimo. Nadie habló. Frente a la discoteca no quedaban sino dos o tres carros, y ya no se oía música.

- Piénselo, compañero. Después nos cuenta, dijo Douglas, y despidió a Escobar de un apretón en el hombro. Hermes bajó para dejarlo salir. Zoraida se acomodó adelante, en el lugar de Federico. Abrió la ventanilla y le estiró una mano que apretó, húmeda y solidaria.
- Chao, compañero.
   El carro zumbó y se perdió reluciente en las sombras. Se oyó el rápido cambio de velocidades, el chirriar angustioso de las llantas en la curva.
- Mierda -dijo Escobar.
- Mierda -dijo Federico.

   Se quedaron callados. Se oía el viento en las copas de los árboles, incansable. Escobar sintió frío.
- Mierda -repitió. -Mierda, Federico, usted no me había dicho de qué se trataba. Componer un poema es una vaina. Esto es otra.
- No, no se trata de eso. En fin, después hablamos.

   Hizo rodar la moto sobre la grava. Encima, montarse otra vez en esa hijueputa moto. Durante todo el camino hasta su casa, el miedo de la moto le impidió pensar. Iban sin duda despertando al pasar a miles de personas en la ciudad dormida, y era incomprensible que no saliera alguna a la ventana y los matara a tiros. De una vez.

- Suba -propuso Escobar.
- No puedo. Me roban la moto.
- Recuperan, compañero. No sea burgués.

   Acomodaron la moto en el zaguán. Subieron. Bajo la puerta de Escobar, una nota de Henna:
  "Ignacio, apunté mal el teléfono de su mamá. Paso mañana a ver si vino. Lo quiero".
    Y la firma florida. Ah, mierda, y ni siquiera había salido todavía de todos sus problemas anteriores, de individualista pequeño burgués. Despedazó la nota. Entraron, a tientas: Henna había desconectado la luz, con seguridad además había cortado el agua, ah, mierda. Alumbrándose con fósforos, Federico reconectó el contador. Escobar sacó una botella de ron.

- ¿No tiene whisky?
- Esa pregunta revela su posición de clase, compañero.
  Bebieron sin hablar.
- Bueno. Usted a quién cree que debemos secuestrar y matar.
- Son vainas de Douglas. El planteo no era ese. Metámonos un pase.
   Sacó un pequeño envoltorio de coca. Sonrió:
- Contradicciones internas, compañero.

  Escobar sonrió también, sintiendo al hacerlo un repentino alivio en los pulmones, un desbloqueo del diafragma. Aunque claro: hay gente matando y muriendo por la palabra "compañero". Bebió un trago de ron.

- Todo esto es ridículo -dijo.
- ¿Ridículo? No. Ridículo es usted. ¿Quién le manda escribir poemas comprometidos, si después le da miedo el compromiso?
- Yo no he escrito jamás un poema comprometido. Sus compañeros me confundieron con otro poeta. Con Ignacio Alvarado, el Poeta Urbano. Hágame el favor...
   A Federico se le saltaba al reir una gruesa vena en la mitad de la frente:
- Todos los poetas son iguales, como dice el compañero Douglas.
- Todos, tal vez. Pero Ignacio Alvarado le aseguro que no.
- No sea pendejo, Escobar: los versos que recitó Hermes eran suyos, ¿o no? Los del Vietnam. El bombardeo.
- Sí, eran míos. Pero no eran del Vietnam. Ni era un bombardeo. Eran sobre unos pájaros que, al pasar, cagaban sobre la tierra de la gente, como hubieran podido cagar sobre el mar. Eso era todo.
- Vietnam quiere decir "tierra de gente" en vietnamita.
- No puede ser. No tenía ni idea. Pura coincidencia. Yo puse eso sólo porque sonaba bonito. Aunque bueno, no es coincidencia: le aseguro que los vietnamitas llamaron así a su tierra porque les sonaba bonito: "La gente de la tierra de la gente". La poesía no es sino eso, Federico. Pura casualidad, cosas que no quieren decir absolutamente nada, y si lo dicen es por equivocación -como en este caso. Fue un error. Pero la poesía es error, precisamente. Perdí en error la edad florida mía...

   De un pasado muy remoto, de su discusión poética con Edén Morán Marín en el bar de la sangre, le llegó el recuerdo de haber discutido exactamente lo mismo. ¿No saldría jamás del círculo cerrado? Romperlo. La violencia. Eso era lo que habían venido a proponerle Federico y sus compañeros: la violencia.

- Pero bueno: de todos modos, el planteo era otro, como dice usted. Escribir poemas comprometidos es una cosa. Secuestrar gente es otra.
- Todas las formas de lucha, como dijo Douglas -sonrió Federico.
- No sea huevón, hable en serio.
- Bueno, es que en primer lugar la cosa no es en serio. No creo. No era eso lo que se había hablado. Lo que pasa es que el compañero Douglas es muy atropellado, muy... Es un verraco combatiente, un verraco líder popular, un verraco cuadro del partido. Un verraco. Pero atropellado. No creo que se les ocurra en serio meter a un tipo como usted en vainas de secuestros. Sería una irresponsabilidad. Usted ni siquiera es del partido, mucho menos del ejército. Apenas simpatizante. Si acaso.

   Escobar se sintió herido en su amor propio. Llevaba toda la noche recibiendo heridas en su amor propio. -¿Y usted qué es? ¿Simpatizante? ¿Verraco cuadro del partido?
Federico calló.

- Ay, Federico, no venga ahora con secreticos huevones...
  Pero lo asaltó una duda. Preguntó cautelosamente, con voz seria:
- Usted está metido en esta vaina hasta dónde, Federico.
  Federico hizo con el filo de la mano el gesto de cortarse el pescuezo.
- Hasta aquí.

  Escobar quedó muy impresionado. Pero mierda, secuestros. No podía ser. Miró a Federico, espernancado en el sofá, con el vaso de ron en la mano y las barbas hirsutas espolvoreadas todavía del blanco de la coca, con su chompa de cuero de piloto de avión y sus gruesas botas apoyadas en el filo de la mesa. Pequeño burgués radicalizado. ¿Un juego? No podía ser posible.

- ¿Y Ana María? -Ana María no sabe.
   Guardaron silencio. Escobar soltó en voz baja un reflexivo:
- Mierda...
   Federico prosiguió, serio:
- No sabe. No quiere. No quiere saber. Y está muy mal. Usted la vio esta noche.
- Sí. Me pareció muy mal.
   Federico se había puesto en pie y daba vueltas, mordiéndose los bigotes.
- Ya no aguanta más. Las cosas se están volviendo serias, y no quiere. Yo entiendo, no es fácil. Y Mateo, y el otro niño ahora... Yo entiendo. No la puedo obligar. -Se detuvo, ceñudo, caviloso. -¿Pero y qué hago yo entonces? Escobar: hay que proletarizarse.
- No me parece un ideal, le digo francamente.
- Deje ese tonito burlón: entienda que la cosa es en serio. Hay que proletarizarse. Hay que vivir como vive el 99 por ciento del pueblo colombiano.
- Hombre, vive así; pero no quiere vivir así, le aseguro.
- Hay que vivir así. No explotar. No ser explotado. Luchar para que las cosas cambien. Si uno no vive como piensa, acaba por pensar como vive.
- Aaaaaaaah... -se lamentó Escobar: de nuevo la doctrina. Federico montó en cólera.
- Mire Escobar: le voy a explicar la vaina para que la entienda de una vez por todas. Aquí hay una guerra. Hay un lado, y hay otro lado: no hay sino dos. Y no se puede estar en los dos al mismo tiempo. Usted es como Ana María: quiere estar de los dos lados. Quiere ser burgués, y al mismo tiempo no quiere tener mala conciencia. Usted es profundamente reaccionario, pero no quiere serlo: porque es débil. Y entonces quiere ser más bien revolucionario. Pero es que no se puede ser "más bien revolucionario", ni "más bien reaccionario". No se puede. Pero usted es cobarde: le da miedo la sangre. Hay dos lados, y los dos lados están untados de sangre, pero usted no se quiere untar de la sangre de un lado ni de la sangre del otro. Eso no se puede. Úntese de sangre. Pero, como le dijo el compañero Douglas, escoja lado, compañero...

  Se quedó mirándolo de arriba abajo, bien brotada la vena de la frente, gruesa como una cuerda, y los ojos inyectados en sangre.

- Mire, Federico: no crea, no es tan simple la cosa. Y eso es lo que me aterra de ustedes: la simplificación, que ustedes consideran "verraquera". Usted lo está diciendo: matan de los dos lados. Pero no son dos los lados: hay más. Yo también quisiera que esta mierda cambiara, y no sólo por no tener mala conciencia: yo no soy un pequeño burgués radicalizado como usted. Quisiera que se acabara esta situación inicua. Inicua, corrompida, injusta, violenta. Además, violenta. Como ve, sólo se me ocurren calificativos morales, nada serios, ni científicos, ni dialécticos, ni marxistas-leninistas. Pero qué quiere: es que no soy marxista-leninista. No me parece tan sencilla la vaina -la vaina: la tragedia. Por eso me inquietan los compañeros de esta noche. Aunque me caen muy bien -salvo el compañero Hermes, que tiene cara de asesino...

Federico se encogió de hombros. Escobar siguió:

- El compañero Douglas me parece muy simpático. También es un asesino, supongo, pero inspira confianza. Cuando ganen ustedes, si ganan, su perfil saldrá en las medallas, en las monedas -sí, Federico, en las monedas: no ponga cara de puro: en las monedas y en las estampillas de correos saldrá el perfil del compañero Douglas cuando ustedes dominen el sistema bancario y los correos y telégrafos. ¿No sale en las monedas la cara de Bolívar? Pues eso. Y en los billetes cubanos salía, en tiempos, la firma del Che Guevara. Pero bueno. La compañera Zoraida me parece muy atractiva, aunque sólo la vi a oscuras. Pomposa, claro, pero eso les pasa a todos ustedes los marxistas: no saben todavía que Marx ha muerto. Sectaria, fanática, doctrinaria, didáctica. Con certidumbres cósmicas. Una heroína calderoniana. Pero muy atractiva. Cuando venía en el carro sentado junto a la compañera Zoraida-

- No tiene que estar diciéndoles "compañero" todo el tiempo.
- Yo sé. Pero es para practicar. Imagínese que de pronto ganen, y yo como un imbécil diciéndoles "doctor".
-No sea pendejo.
- ... cuando venía en el carro sentado junto a Zoraida me encantaba venir sentado ahí, con su muslo pegado al mío, con todo su pelo negro rascándome el cuello en las curvas. Hubiera podido seguir sentado junto a ella horas enteras. Eso es lo que le quiero decir: que yo sirvo si acaso para eso que ustedes llaman "compañero de viaje". Quisiera que Colombia se liberara de este sistema inicuo, y me gustaría hacer ese viaje en compañía de una compañera como la compañera Zoraida. Pero no me gusta mucho el modo de manejar del compañero Douglas -no se exalte, es sólo una metáfora-, ni me gusta llevar del otro lado enterrada en la cadera la pistola del compañero Hermes, ni estoy demasiado seguro de que el itinerario que han escogido ellos sea el mejor para el viaje. Y no hay nada peor que las discrepancias entre compañeros de viaje. ¿Usted ha viajado alguna vez acompañado? ¿Usted sabe lo que es aguantar al compañero día y noche, dejar que el compañero escoja hotel, o que se queje del hotel que escoge uno, esperar a que el compañero compre cosas en las tiendas para llevar de recuerdo a la familia, hablarle al compañero cuando va no quedan temas, callarse con el compañero, echarle al compañero la culpa del calor, de los mosquitos, del peso de la maleta? Yo una vez fui a la Costa por tierra-
- Deje de hacer metáforas, carajo. Haga algo.

En su impaciencia, Federico desportilló su vaso al servirse más ron.

- Haga algo... Como si fuera fácil hacer algo. Como si hacer algo no fuera en el fondo lo más difícil del mundo. Lo mismo me dice mi mamá: mijo, haz algo. Ana María me decía lo mismo esta noche. Mis tíos. Fina. Hasta Henna: Ignacio, aunque sea vayamos al cine. Ahhhhh.

   Se levantó, fue a la cocina a buscar hielo, puso un disco en el tocadiscos. Federico daba vueltas, cejijunto, sacaba libros, se sentaba un momento, se paraba de nuevo, jugaba a romper fósforos entre sus grandes dedos, mordiéndose el bigote.

- Quédese quieto, Federico. Es mejor no hacer nada. La gente que hace cosas es por lo general profundamente dañina. Y, después, encima, tiene que venir alguien a deshacer lo que esa gente ha hecho. A mí mañana, por ejemplo, me toca recoger todo el reguero de vasos rotos y libros en las sillas y fósforos descabezados que está dejando usted.
- Ya le dije: deje de hacer metáforas.
  Federico tenía los ojos rojos de sangre.
- Hacer metáforas es mejor que hacer cosas. Se cansa uno menos, y se gana tiempo, y al final da lo mismo. Aunque en realidad yo no creo que hacer o no hacer cosas sea ni malo ni bueno. Esos son juicios morales, y yo creo que en el fondo se trata solamente de un fenómeno glandular, de secreciones internas, de pituitaria, de tiroides. A usted le funciona mucho el sistema endocrino y está siempre agitándose como un perrito, quemando energía, moviéndose, brincando, mordiendo muebles, manos, orinando en el piso. Yo soy como una planta tranquila en su maceta, sin molestar a nadie, dedicada a placeres inocentes como la transmutación de la luz en color, que es tan difícil, del aire en flores... -cómo se llama eso: la diálisis, la heliofilización.
- No diga huevonadas, Escobar. Usted no es una planta inocente, es una planta parásita.
- No haga metáforas, Federico.
- Usted vive de lo que les chupa a los demás. Al pueblo.
- A mi mamá.
- ¿Y de dónde saca la plata su mamá? De explotar al pueblo, pobre pequeño burgués de mierda.
-  Ay, Federico, por favor... No me hable como Diego León Mantilla. A propósito ¿él qué es en todo esto? ¿Ideólogo?

   A Federico se le escapó por las comisuras un chorrito de ron. Rio.

- Diego León sí que es un pequeño burgués de mierda, ahí tiene. Va a acabar de trotskista, me imagino. No es nada. Está ahí por complacer a Beatriz, que es una pobre pequeña burguesa de mierda con la cabeza llena de mariposas.
-Un soneto me manda hacer Violante.
- Exacto. Y Diego León se sienta, y habla de hacer la revolución para distraer a Beatriz, que se aburre. Vieja pendeja. Antes hacía teatro de denuncia -con Zoraida, imagínese. Ahora está dedicada a tener un hijo de Diego León. Compare.
- Muy linda, la compañera Zoraida. Pero Beatriz también tiene lindas teticas.
- Psché... - opinó Federico.
- ¿Qué tal es la compañera Zoraida? De día, quiero decir. Con luz.
- Una hembra. -Sí... A eso huele.

   Se quedaron los dos con una vaga sonrisa en los labios. En el tocadiscos se oían Glorias de Vivaldi en latín, asordinados, y el ambiente olía a ron blanco. Ron nacional, sí: pero de quién es la nación. Laudamus Te, benedicimus Te, aaaaaaaha-aaaahaaaha, glorificamus Te, aaahahaaaahahahahaaaaaaha-aaaha-aaaaha-ah-ha-ha-ha. Federico reaccionó:

- No joda, Escobar, hablemos en serio.
- Yo estoy hablando en serio.
- Bueno. Entonces reconozca que sus poemas no sirven para nada. Para nadie.
- Por favor, otra vez eso no. Además no es cierto. Sirven para muchas cosas. Para levantar mujeres, por ejemplo: un soneto, y la vieja está entregada. Como Violante. Y me imagino que su escultura sirve para lo mismo.
- No sea pendejo. Hablo de servir desde el punto de vista político.
- Lo mismo. Ahí tiene a Diego León, haciendo política revolucionaria para levantarse a Beatriz, que tiene lindas teticas.

   Federico apartó el tema con un gesto de la mano. Se sirvió más ron. Habló con gravedad:

- Mire Escobar: estamos hablando de arte. No hay arte que esté por encima de la lucha de clases. No hay arte que esté al margen de la política.
   Oh, mierda, mierda, mierda: esto se está volviendo nuevamente una conversación seria. Secuestros. Luego arte. Oh, mierda, mierda.
- Bueno. Y qué. Qué quiere que yo haga. Qué quiere que diga.
- ¿Usted no quiere hacer la revolución en Colombia? -Federico lo miraba con sincera sorpresa, como si hasta ese momento no se le hubiera pasado la idea por la cabeza.
- Sí. Bueno, no. Sí quiero que se haga, pero no quiero hacerla. No, en realidad ni siquiera sé si quiero que se haga, aún en el caso de que no me toque hacerla a mí. Mire, Federico, es que yo nunca he pretendido ser un revolucionario, ni tener una posición de clase consecuente, ni ser un pequeño burgués radicalizado. Nada. Traté de ser poeta, pero también es muy difícil. La poesía es complicadísima. Porque hay que decir la verdad, tratar de decir la verdad, y eso es dificilísimo. Por eso acaba uno no diciendo nada. O no diciendo. Callándose. Por eso no he vuelto a escribir.
- ¡No se calle, carajo! ¡Diga la verdad! ¡Denuncie!
   Federico estaba enfurecido.
- Denunciar... Se puede denunciar, claro. Pero no es eso. Decir la verdad no es tan fácil como denunciar, no crea.
- ¡Ah, mierda. Escobar!

Federico se levantó para ir al baño. En la vida real los diálogos siempre se interrumpen por eso. El uno dice, el otro le contesta, el uno vuelve a decir, el otro replica, repone, responde, resume, repite, hasta que alguno de los dos se levanta con el propósito de hacer pipí. Escobar se quedó rumiando irrebatibles argumentos. Le dio la vuelta al disco de Vivaldi, que llevaba ya rato dando vueltas en silencio. Sirvió ron para ambos. Federico regresó más tranquilo.

- Mire: es cosa de posición de clase. Si usted no puede escribir, es por eso: porque escribe para hacerse la paja, para levantarse viejas, vainas así. Escribe como un pequeño burgués para pequeños burgueses. Y por eso no puede. Es impotente.

   Se notaba que Federico había estado reflexionando en el baño. Prosiguió:

- Para poder escribir, escriba para las masas. Aprenda de los obreros y de los campesinos, como dice Mao. Hay que popularizar, por un lado, y elevar la comprensión del pueblo, por el otro. Y eso sólo se logra aprendiendo del pueblo.

   ¿Se habría llevado para el baño el tomo de las Obras Escogidas? Llegaba muy seguro.

-  No sea pedante, Federico. No me recite las conclusiones del Foro de Yenán.
- No sea pedante usted, además de huevón. Vaya a las masas. Aprenda. Las conclusiones del Foro de Yenán no se las sacó Mao de la manga: las aprendió yendo a las masas, justamente.
-  En cambio yo las leí directamente en las Obras Escogidas de Mao, que se publican para eso, supongo. Me ahorré el viaje a las masas. Pero ahora que lo cita, ya me acuerdo de qué es lo que hay que hacer: debemos ensalzar el partido y a su vanguardia armada ¿no es así? Un ditirambo en honor del compañero Douglas: "En un Be-eme-dobleú recuperado / y desdeñando leyes de tráfico burguesas / el compañero Douglas la gloriosa cabeza / de nuestro movimiento de masas ha tomado..." ¿Así?
- Usted es... usted es... - Federico buscaba en vano un calificativo aniquilador. -Usted es un huevón. No sé por qué se me ocurrió que podía ser interesante que se conociera con los compañeros.

   En su exasperación, rompió el vaso de un golpe en la mesa.

- Pero carajo, Federico ¿qué quiere? ¿Que me ponga a redactar romances marxistas-leninistas, catecismos, novenas a la gloria de Mao -y además ¿por qué de Mao? Por qué no de Trotsky, si Colombia también está repleta de grupúsculos trotskistas? ¿Quién me demuestra que Trotsky no es más verdadero que Mao?
- Las masas.

   A pesar suyo, Federico sonrió:

- Además, basta con mirar a los trotskistas, todos disfrazados de Trotsky, con barbita y anteojos de aro redondo.
   Imagínese lo que sería la vida si todo el mundo fuera así.
- Hombre, Trotsky por lo menos entendía de literatura.
- De literatura burguesa, compañero.

   Bebieron. Estaban felices los dos, por un momento. Escobar sintió que le tocaba ahora el turno de ir al baño a hacer pipí. Orinó largo, desde lejos, sacando mucha espuma, mirando complacido cómo el agua en la taza se coloreaba de un amarillo fuerte. Pensó que eso debía significar que estaba muy sano, o muy enfermo. Se sacudió las últimas gotas mientras reflexionaba: ¿Haría popó? "No hay placer más descansado / que después de haber cagado", afirma, con razón, Quevedo. Y muy a menudo pasa que uno va al baño a orinar y descubre que no, que en realidad lo que quiere es cagar. Es el paso de lo cuantitativo a lo cualitativo, sagazmente observado por Marx desde el siglo XIX.

   Oyó que en la sala había cambiado la música. Ahora sonaban acordeones estridentes y rápidos, sincopados, de música vallenata. El arte popular: estaba seguro de que se trataba de una burda maniobra ilustrativa de Federico sobre el Foro de Yenán. Se cerró la bragueta con lenta deliberación, como un guerrero que se dispone a retornar al campo de batalla. Pero no: precisamente de eso se trataba: no quería combatir.

   Federico bailaba solo en medio de la sala, con la cabeza hundida entre los hombros, acompañando la música con un ruido de la boca.

- Escobar: siéntese -le dijo. Lo sentó en el sillón, y empujó el sofá para quedar sentado exactamente frente a él. Lo miró largo rato:
- Mire, Escobar: hay un concepto fundamental en el marxismo: el ser determina la conciencia. Por eso el arte y la literatura nunca pueden ser cosas en abstracto.    Dependen de la posición de clase.
- Federico, por favor: no recite: piense.
- Yo renuncié a eso que usted llama pensar cuando me di cuenta de que podía hacer eso que usted llama recitar, y estar de acuerdo.

   Escobar quedó muy impresionado. Federico también, aunque trató de ocultarlo. Se acomodó mejor en el sofá, bebió.

- ¿Pero recitar qué? Porque hay muchos textos, Federico, le advierto. Los cristianos tienen uno, los musulmanes...
- ¡No sea imbécil, por favor! ¡Vaya a ver qué piensa el pueblo!
- ¿Qué piensa el pueblo? ¿Qué pueblo? Ya le digo, eso depende. ¿Los chinos? Sí, claro. "El sabio no tiene conciencia propia: toma como propia la conciencia del pueblo", dice el Tao. Y Mao se lo debió copiar todo de ahí. Pero es que todo el mundo dice lo mismo, Federico, dése cuenta.
   Federico lo miró largo rato, con lástima.
- Pobre huevón de mierda... El Tao.
   Dijo "tao" con ferocidad tranquila, como en una pequeña explosión de desprecio.
- Sí, el Tao, huevón usted. Ignorante. O no: en realidad eso viene de la casualidad: es que he estado leyendo el Tao. ¿Prefiere que le cite a cualquier otro que diga exactamente lo mismo, como todos? ¿A Parménides? ¿Al Corán? ¿A Guillermo de Occam? -aunque para ser sincero no he leído nunca a Guillermo de Occam. Pero estoy seguro de que dice lo mismo.
- No quiero que me cite a nadie. Ese es precisamente su problema: usted tiene una conciencia libresca. Ha leído a todo el mundo, incluso a Mao. Pero dígame: ¿usted conoce algún obrero? ¿Ha hablado alguna vez en su vida con un campesino?
- Pues... sí, claro. A veces. Sé que no hablan como en las novelas costumbristas. Sé que tampoco hablan como en los manifiestos marxistas-leninistas: "desenmascararemos la falacia revisionista de los social-imperialistas". Los campesinos gritan "viva el partido liberal", como todo el mundo. Pero bueno, eso no importa: yo no soy antropólogo. Hablo como hablo yo, que he leído al Tao y a Mao y trato a veces de dar la impresión de que también he leído a Guillermo de Occam. Soy como soy yo. Hace cinco minutos usted decía con toda la razón que sería horrible que todo el mundo fuera igual a Trostsky. Pero hace unos cuantos años los intelectuales latinoamericanos se reunieron en un congreso y decidieron por mayoría simple que todos los intelectuales latinoamericanos de ahí en adelante debían ser como el Che Guevara. Hombre, sí, admirable el Che. Un santo argentino, quién lo hubiera creído. ¿Pero ser todos iguales al Che? ¿Y por qué al Che? Cuando yo era chiquito, en el colegio, un cura quiso persuadirme de la necesidad de imitar a San Tarsicio, el niño mártir. ¿Usted conoce la historia de San Tarsicio?
- No.
- Una historia ejemplar. Murió a los seis años. Lo lapidaron.
- Escobar, no diga tanta huevonada.
- No. Es en serio. ¿Por qué debo ser como el Che, y no como San Tarsicio? O como Cristo: porque también hay la Imitación de Cristo. "Seréis como los dioses", prometió Nietzsche por su parte, o la serpiente en el paraíso, ya no sé. Eso, por lo menos, no exige un esfuerzo. Pero sin duda es un pecado, en cambio. O por lo menos una exageración. No, no, no: Si de eso se trata, prefiero ser como soy yo. Al salir de la escuela y al entrar en la escuela, al comer y al dormir, los niños cubanos gritan en coro: "¡Seremos como el Che!" -como si todos fueran ya, desde la infancia, intelectuales latinoamericanos. Y supongo que a los pobres niños búlgaros les tocara gritar: "¡Seremos como el presidente Yikov!". Que así se llama, creo, para su información, el presidente de la República Popular de Bulgaria. Un revisionista a sueldo del social-imperialismo soviético, claro. Imagínese: tener uno desde niño el ansia de ser un revisionista a sueldo del social-imperialismo, qué tristeza...

   Federico lo miró con un fulgor amarillo en los ojos.

- Y qué hay de tan maravilloso en ser como usted,
- No sé. Nada. Soy yo. Ya no puedo evitarlo. A uno le pasa con la vida que no puede ensayarla varias veces hasta que salga así o asá, como un experimento de laboratorio. Sólo tengo una vida. A lo mejor, si tuviera dos, dedicaría una a trabajar por el feliz advenimiento de la revolución democrático-burguesa. Pero esto es pura especulación metempsicótica. No es materialismo histórico, me temo.

   Federico se puso en pie, empezó a balancearse al ritmo del vallenato con los ojos cerrados, llevando el compás con la boca. Por la ventana entraba el resplandor de una noche radiante, acribillada por millones de estrellas, alumbrada a lo lejos por fogonazos blancos de relámpagos. Escobar abrió la ventana, tiritó en el súbito golpe del viento.

- Fíjese, Federico: la Cruz del Sur.

   Federico ni siquiera contestó. ¿Pero es posible ver la Cruz del Sur desde el hemisferio norte? El cielo enorme y frío entraba entero por la ventana abierta, con un azul profundo de zafiro, de abismo, aclarado de cuando en cuando por silenciosos relámpagos lechosos del lado de la cordillera occidental, muy lejos. Es increíble la cantidad de cosas que caben en el cielo y en la tierra.

- Federico: hay más cosas en el cielo y la tierra que las que caben en su filosofía.
- No es mi filosofía.
- La frase tampoco es mía.
- ¡No es cosa de que sea suya o de que sea mía, por Dios! ¡No es cosa de usted ni de mí, entienda, carajo! -Federico otra vez sentado en el sofá, alzaba la voz y jadeaba, dando violentos golpes en la mesa con el vaso vacío. -¡Es cosa de su posición de clase, mierda! No hay usted, no hay yo, no hay individuos. Hay clases, huevón. Entienda.
- ¡Pero que entienda qué, carajo! -ahora Escobar gritaba también, y manoteaba. - ¿Lo que me dice usted? ¿Mao? ¿El Tao? ¿El Buda? ¿El gurú Maharashi? ¿El reverendo Moon? ¿El bienaventurado Trotsky? Todos dicen lo mismo, todos tienen razón. Amaos los unos a los otros, destruid el orden capitalista, rasgad el velo de Maya... La imperfección, la alienación, el pecado original, todo claro, todo perfecto, sí, de acuerdo. Pero a partir de ahí tengo mis dudas. No estoy seguro de que la imperfección y la alienación y el asco se resuelvan aplicando esas recetas, la caridad cristiana o la dictadura del proletariado. No tengo la fe, ¿entiende? No tengo la fe.
- No es cuestión de fe, no sea tan imbécil. Es cuestión de hacer algo.
- Aaaaaaay, Federico, otra vez... Hacer algo. Es que usted no entiende que hacer algo no es fácil, porque para usted lo difícil es no hacer nada. La pituitaria. Ustedes los hombres de acción tienen que hacer algo, no pueden no hacerlo, o se revientan. Aunque sepan que no sirve para nada lo que hacen. Simón Bolívar decía: "aré en el mar y edifiqué en el viento". Eso le pasaba, no por culpa del mar y el viento, sino por haber arado y por haber edificado. Y lo sabía, pero no podía no hacerlo porque físicamente no podía estarse quieto. ¿Entiende? Ustedes no se cansan. Por eso son hombres de acción, libertadores de repúblicas, líderes sindicales como el compañero Douglas, escultores como usted. Yo sí me canso. Se me cansan los dedos cuando voy por el primer terceto de un soneto, así que imagínese. En cambio usted no sabe qué hacer con toda su energía, y así, cualquiera: así no tiene mérito querer echarles un hombro a las masas para que empujen la historia hacia adelante, como si fuera un piano. Ya los veo, sudorosos pero contentos, repletos de entusiasmo, haciéndolo rodar a contrapelo de las tablas del piso, con un ruido espantoso, volcando sillas y mesas al pasar, llegando por fin al borde de la escalera para echarlo a rodar escaleras abajo y soltando risotadas de triunfo al ver cómo se estrella abajo con un estrépito de cuerdas reventadas, de teclas quebradas, de tapas astilladas: ha triunfado la revolución. ¿Qué hacemos ahora? Construyamos: empecemos otra vez desde cero. Y se escupen los callos de las manos, felices, y se ponen a echar pico y pala o a hacer reuniones de sindicato. Y lo peor de todo eso es que están convencidos de que todo el mundo tiene que ser como ustedes. Creen que el cansancio es un problema moral, no fisiológico.

   Calló, acezante. Tenía la boca seca, le dolía la cabeza. Empezaba a sentirse abrumado. Hubieran debido estar teniendo una conversación frívola, fácil, al calor de los tragos, sobre mujeres, por ejemplo: las teticas de Beatriz, el olor de Zoraida, las piernas de Angela. La amistad es para eso, el trago es para eso: no para estas conversaciones serias, de estudiantes de primer año de Medicina, que no conducen a ninguna parte.

- ¿Usted cree en la existencia de Dios?
- Escobar, no sea huevón, por favor. Estamos hablando en serio.
- ¿Ve? Es lo mismo. Usted no quiere que especulemos sobre la existencia de Dios porque le aburre el tema. Pero a mí me aburre a muerte el tema de la revolución democrático-burguesa, si quiero serle franco. Hablemos de las piernas de Angela, por ejemplo. ¿Usted ha visto las piernas de Angela? Claro.
- Claro. Ahora las veo todos los días. Y no sólo las piernas. Angela se pasea prácticamente desnuda por toda la casa.
- ¿Desnuda? ¿Angela? No pu
ede ser.

   Sintió un dolor, de celos o de envidia. El huevón de Federico hablando de revolución democrático-burguesa y en su propia casa tenía a Angela paseándose prácticamente desnuda. Aunque tenía también a Ana María, claro. Se sirvió un nuevo ron.

- Escobar, sea serio: a usted no le interesa Angela.
- Lo mismo me decía Ana María. Veo que ustedes saben mucho mejor que yo lo que a mí me interesa.
- Tiene razón Ana María. A usted n
o le interesa Angela.
   No le interesa nada.
- Eso también me lo decía Ana María, le informo.
- Usted está muerto, Escobar.
- Eso también me lo dice Ana María. O Fina. Pero no es cierto. El otro día eché cuentas, y me quedan por lo menos seis años de vida, si juzgo por Rimbaud.
- ¿Porqué Rimbaud?
- No sé. ¿Pero por qué no? Si juzgo por San Tarsicio mártir, ya llevo veinticinco años de regalo. Pero si juzgo por Mao, me faltan siglos.
- Usted ha estado muerto todos los minutos que lleva vividos desde que nació, Escobar. No ha vivido ni un minuto de su vida. ¿Y quiere que le diga por qué? Porque no se la juega.
- No me juego qué. ¿La vida? No sea pendejo, Federico. ¿Quiere que me haga matar para dejar de estar muerto? No me parece la mejor manera, en la práctica.
- Es la única manera, al contrario. Uno sólo está vivo cuando está dispuesto a hacerse matar.
- ¿Hacerse matar por qué? Volvemos a lo mismo. ¿Hacerme matar en la guerrilla? Pero también puedo ir en este mismo momento a cualquier bar del centro y me matan igual. La otra noche casi me matan, por ejemplo. ¿Eso quiere decir que estoy menos muerto?
- No. Usted está muerto de todas maneras. Me extraña que todavía no se haya dado cuenta.
- Pero prefiero que no me maten. Se lo digo con absoluta sinceridad. Que lo maten a uno no sirve nunca para nada: ni siquiera para ganar la vida eterna. Ni hacerse matar es particularmente digno, ni respetable, ni admirable, ni nada: la gente se hace matar con el mismo entusiasmo por cosas diametralmente opuestas. Y por cosas que no tienen nada qué ver. Y por pura casualidad. Y tampoco pasa nada.
  "Los muertos están ya muertos", como recitaba tan hermosamente el compañero Hermes esta noche en el carro, ¿se acuerda?
- No, no necesita que lo maten, encima de que está ya muerto, y además hiede a cadáver. Lo que le digo es que mientras no haga algo, seguirá muerto. No me salga otra vez con las plantas y con la clorofila: usted ni siquiera tiene clorofila en las venas. No tiene sangre en las manos, pero tampoco en las venas.
- Literatura.
- Todo lo contrario. Usted estará muerto mientras no se meta en lo concreto. Es de eso de lo que se trata: de lo concreto. "No tengo la fe, no tengo la fe", lloriqueaba hace un rato. No lloriquee. Es que no puede tener la fe mientras no engrane en lo concreto.

   Escobar cerró los ojos y se vio girando locamente en el vacío, como una rodachina de fuego, como un cometa. Cada trago de ron, a esas alturas, tendía a devolverse desde el plexo solar. Pero se sentía lúcido todavía.

- Engranar en lo concreto. Me da la impresión de que usted tiene una concepción excesivamente mecanicista de la historia, compañero.

   Federico pareció de pronto vencido por una gran fatiga. Se encogió de hombros, bufó en tono menor, se paró a mirar títulos de libros. Escobar se puso en pie también, tambaleándose. Estaba borracho. Se fue otra vez al baño. Orinó, y mientras orinaba, interrumpido el chorro una y otra vez por un hipo insistente, inventó una larga conversación imaginaria con Federico: le diré tal, me dirá cual, le responderé esto, me alegará aquello, y acabaré haciéndolo añicos con un para que vea. Usted es muy elemental, Federico. Ustedes están meando por fuera del tiesto de la realidad colombiana. El hipo le cortaba también intermitentemente el hilo de la argumentación: era un hipo metafísico. Consideró diversas causas del hipo, diversas curas, diversas consecuencias. Sacudió su pipí para que soltara las gotitas postreras. Se echó agua en la cara. Cuando estuvo de vuelta en el salón se le habían olvidado todos sus argumentos. Ah, sí: engranar en lo concreto.
- Qué ridiculez. Precisamente ahí está el problema. Para engranar en lo concreto necesito saber primero qué es lo concreto, y eso es lo que no sé, y según usted no lo puedo saber si antes no engrano en lo concreto. Un círculo vicioso, me parece. Pero es que lo concreto es como una licuadora. Si me pongo a militar con ustedes y a ir a las masas y a recitar a Mao, acabaré convertido en marxista-leninista-pensamiento MaoTsé tung puro y duro y unidimensional, como ustedes. Pero también si me pongo a hacer los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, acabaré metido de jesuita, inexorablemente. Y no sé si es eso lo que quiero.
- Cobardía.
- No veo qué tiene que ver todo esto con la cobardía, ni con el valor.
- Sí ve que tiene que ver, y sabe perfectamente que sí, que es cobardía. No sea cobarde, Escobar.
- Lo mismo me decía hace un rato Ana María. Y Fina también, antes. Ultimamente todo el mundo me dice las mismas cosas. Póngale verraquera, compañero, decía el compañero Douglas.
- Tenía toda la razón.
- Todo el mundo tiene siempre toda la razón, eso es lo que le estoy diciendo. La intuición femenina, el análisis marxista.
-¿Por qué dejó ir a Fina?
- No la dejé ir. Se fue.

   Se sirvió otro trago de ron, venciendo su repugnancia, asombrado de que todavía quedara algo en la botella. Luego vio que era una botella nueva. Todas las botellas de ron son iguales. Es una de las leyes básicas que rigen la naturaleza.

- La dejó ir usted. Por cobarde.
- ¿La ha visto? ¿Ha estado hablando con ella? Ana María no me quiso decir nada.
- No, no la he visto... Pero tenía toda la razón.
- Sí, a lo mejor tenía razón. La cobardía, en el fondo, es lo contrario del amor. Lo vuelve imposible. No es que no sea posible amar al que es cobarde. Es que el cobarde es incapaz de amar.
- ¿Corín Tellado?
- No creo. Suena a Pascal, más bien. Pero me lo acabo de inventar yo sólito, creo. Además, Corín Tellado también tiene razón. Como Mao. Como el Tao.
- ¿Por qué dejó ir a Fina?
   Porque se fue sin preguntarme, imbécil. Además, porque pensé que iba a volver. Es más: pienso que va a volver. Todavía no he pensado en organizar mi vida como una vida sin Fina. Sino como unas vacaciones de Fina.
- Escobar: ¿para qué se miente?

   Fina, por qué te fuiste. Todo esta aquí esperándote. Yo estoy aquí. Mis vacaciones han resultado un fracaso. Las tuyas, yo no sé.

- No me miento, Federico. Además, sólo me miento de una manera provisional. Táctica, digamos. En la concepción estratégica soy absolutamente sincero conmigo mismo. Sé lo que me conviene, pero todavía no. Como San Agustín: dame la virtud, Señor, pero todavía no.
- Usted es tan cobarde, Escobar, que ni siquiera se atreve a aceptar que es cobarde.
- Eso también me decía Fina, más o menos. Para eso sirven los amigos, la mujer. La gente que lo quiere a uno.
- No llore, ahora.
- No. Si no lloro.
- Pues debería llorar.

   Estaba amaneciendo. La antigua noche de zafiro se había impregnado de luz lechosa, desapacible, que empezaba a bañar todas las cosas. Federico tenía los ojos rojos, hinchados como huevos.

- Salgamos a comer algo -propuso Escobar.
- Yo me voy a desayunar a mi casa. Calentao de fríjoles, huevos fritos, arepas, caldo de papas con ají.

   Escobar sintió un súbito chorro de jugos gástricos en su estómago frío, de saliva en su lengua recalentada y gruesa, maloliente.

- Como Ana María está embarazada. Angela me lo lleva a la cama. Lo invitaría, pero no puedo. Ya sabe: anda semi-desnuda por ahí.
- Maoísta de mierda.
- Resentido pequeño burgués.
- No joda, Federico, yo me quedo aquí solo como un perro. Creo que ni siquiera me queda Nescafé.
- No venga ahora a tenerse lástima de ser como es usted. Encima.

   Escobar se quedó solo, sentado en su sillón, bañado en la luz plomiza del amanecer. Efectivamente, no había en la cocina ni siquiera Nescafé. Es la hora de dormir, oh abandonado. Pero dormir tampoco es fácil. Las discusiones de la noche proseguían en su interior, entrechocándose: frases de Federico, reproches de Ana María, certidumbres cavernosas del compañero Hermes. Le llegaban ramalazos aislados de las conversaciones en casa de su madre. Había hablado para un año. No había dicho sino imbecilidades. Se distraía a veces, se sorprendía embarcado en una larga discusión imaginaria con monseñor Botero Jaramillo. Decidió masturbarse. Las piernas de Angela, los senos tiernos de Beatriz, el olor de Zoraida. Al evocar el culo de Angela encerrado en los jeans se le cruzaba la visión del culo blando de Berenice fajado en sus pantalones escarlata. Con los ojos cerrados, recreaba en su antebrazo el peso firme del seno de Zoraida, Zaida, Zoraida, Zorahaida. Zaida, Zoraida, Zorahaida. Oyó, abajo, los ejercicios del piano. Notas limpias, de agua. El seno de Zoraida, los senos de Beatriz adivinados tras el suéter, las nalgas de Berenice, las notas claras, separadas, del piano. Y yo aquí masturbándome. Huye, que sólo el que huye escapa. Mañana -se prometió- escribiré un poema al respecto.

 

Comentarios () | Comente | Comparta c