Capítulo VI

 

     Primero fue la percepción precisa y esponjosa de un dolor que le llenaba toda la cabeza. Después, la vaga idea de que debía de ser domingo. Después, la certidumbre de que no había cigarrillos en la casa. Se pudo levantar sobre unas piernas flaqueantes, como ajenas. Se acercó a la nevera titubeando. Tampoco había una gota de jugo de naranja.

   Bebió agua fría con todo el chorro abierto, como quien lava con manguera. Si tuviera una trompa podría beber de pie, como los elefantes; sin tener que doblar la columna vertebral hasta el abrevadero, sin tener que aguantar el peso espeso y lento de la sangre en las sienes. La perfección del elefante le es inútil al hombre. Tenía blanda la piel, crecida la barba, los ojos convertidos en dos estrechos pozos de sangre. Sacó la lengua ante el espejo. La tenía gorda y fofa, cuarteada y agrietada en sentido longitudinal, insensible, de un amarillo sucio, gris: palpitaba en los bordes espasmódicamente, como un grueso molusco agonizante. Había hablado demasiado. Tenía cerrada la garganta, hinchada de una inexpulsable desazón. Una súbita arcada lo dobló en dos, lo hizo vomitar un chorrito amarillo, ardiente como el fuego. Masticó lentamente un churrete de pasta de dientes, mentolada e insípida.

   Se desdobló con precaución en el fondo de la tina vacía, acariciando con su cuerpo el frío de la porcelana. Soltó el chorro de un golpe sobre su cerviz palpitante, y ahogó un grito de espanto, comprendiendo muy tarde que había sido un error. Pero dejó correr el agua por su frente y su rostro acalorados, bebiéndola al pasar, sintiendo una marea de hielo que le lamía los hombros y las nalgas, que crecía y se entibiaba lentamente, verde, como el olvido. No recordaba nada, e intentar recordar le producía lanzadas de dolor en el cerebro. Se quedó tendido, inmóvil, apenas respirando, hasta que el agua de la tina empezó a enfriarse nuevamente. Tenía hambre. Le sabía mal la boca. Se sentó en la taza del excusado con la cabeza hundida entre las manos. Se vació de excrementos.

   En el fondo de la nevera había una antigua loncha de jamón, endurecida y retorcida como un cuerno, perlada de sudor. Y en un plato, un montoncillo de hongos renegridos, achicharrados, como uvas pasas, como cagarrutas de cabra. Habían empezado a criar moho -un moho ya frondoso, de semanas: hongos sobre los hongos, hongos de hongos. La naturaleza es incansable, terca, reiterativa. Pensó que aquellos hongos alimentados de otros hongos deberían ser un manjar nutritivo y exquisito, comparable a las trufas; o algún medicamento, como penicilina. Pero no se atrevió a probarlos.

   El jamón era correoso, y al desgarrarlo le dolían los dientes. El primer trago del ron tibio y reposado de la noche anterior le supo a bilis. Pero sólo había ron, o agua, o la estremecedora perspectiva de salir a la calle. En el piso de abajo practicaba el pianista. A sorbos cortos, el ron pasaba mejor, y se sentía más transparente.

   No movía un dedo. Poco a poco, sin embargo, sus ojos empezaban a enfocar mejor las cosas: las luces, las aristas. Tenía un guayabo inflado de palabras: un fango de palabras, un magma espeso, hediondo, corrompido, viscoso, legamoso, un tembladero de palabras. ¿Qué había dicho? No quería recordar lo que había dicho. ¿Qué había bebido? Whisky donde su madre (su madre: no recordaba haber estado en casa de su madre. Y luego sí, como una catarata: toda la tarde en casa de su madre), y después vino, mucho, y más tarde coñac, y luego otra vez whisky (¿cuántos?), y cerveza en casa de Federico. Ah, sí: Ana María, Federico, Angela, los compañeros de Federico, la expedición en moto, el perfil moro de Zoraida. Empezaban a sobreaguar recuerdos de la noche en bruscos glogloteos, lívidos, como cadáveres de náufragos devueltos por el mar. Cerveza, y luego ron. Y había comido fríjoles. Y había metido hierba y cocaína. Y había fumado infinidad de cigarrillos. Y había hablado y hablado sin parar. Todavía le salían súbitos resoplidos de fríjoles, de ron, de certidumbres, de excusas, de polémicas. La acción, ah sí, la acción. Derrengado en el sillón, completamente inmóvil, contempló las posibilidades de la acción: las botellas vacías, los vasos en el piso, los ceniceros llenos de colillas: toda una tarea de hombre por delante. ¿Pero por dónde empezar? ¿Qué hacer? La tarea de un revolucionario es hacer la revolución, compañero. Oh, sí, pero las caminatas, la fatiga, el peso del fusil, el calor de la selva, las nubes de mosquitos, las lianas pegajosas, los sapos venenosos, el enemigo hierro riguroso, y después otra vez la misma mierda.

   Pero había prometido un poema. La acción, esa fatiga. Si actuara ¿le dolería menos la cabeza? Si militara en la revolución ¿le dolería menos la cabeza? Oh, sí, una madre, un vientre: enroscarse sobre sí mismo para siempre, y dormir. Pero no movía un dedo.

   Sonó el teléfono, terebrante, aleteante como un pájaro loco entre su jaula, una vez y otra vez, insilenciable. Podía ser Henna. Pero también podía ser Fina. Pero podía ser Henna. Podía ser su mamá, también. Sonó y sonó, espaciado de silencios atroces, removiendo su angustia como cieno en el fondo de un estanque. Debía ser Henna. Podía ser Federico. Cuando calló por fin (un silencio más largo, inesperado, interminable) Escobar se levantó sin hacer ruido y dejó descolgada la bocina.

 

 

   Oyó en el piso de arriba unos curiosos golpes. Parecía como si alguien pegara en las tablas del piso con varias herramientas: un martillo de hierro, un mazo de madera, algo que sonaba -inverosímilmente- como un martinete de cristal. Al cabo de un minuto cambió el ritmo, acelerándose. Luego hubo unos instantes de silencio. Y luego un ordenado martillear en tres series: tac tac tac - hierro contra madera; tap tap tap - madera contra madera; tlic tlic tlic -cristal contra madera. Y un silencio.
Era muy extraño. ¿Qué estaría haciendo arriba la horrible señora Niño?

   Dos minutos más tarde hubo un ruido de esferas de metal que rebotaban en las tablas y rodaban sobre su cabeza.

   Y a continuación otro rumor parecido, pero de bolas de vidrio. Y un silencio.

   Pensó que era uno de los guayabos más atroces que había padecido en su vida ¿En qué estaba pensando cuando sonó el teléfono?

   Volvió a empezar el martilleo en el piso de la señora Niño, ahora con más violencia. Dominaba el choque sordo del metal contra madera. Y otra vez el tintinear aéreo del cristal, inverosímil. Y otra vez el silencio, pero esta vez muy breve. De nuevo el martilleo, el entrechocar y el rodar de las bolas de vidrio, el martilleo. ¿Qué instrumento podría ser aquello? Buscó una escoba en la cocina, y respondió a los ruidos misteriosos dando a su vez unos golpes con el palo en el techo. Dio tres, tratando de imprimirles un tono de interrogación. De arriba contestaron con una tempestad de martillazos. Respondió con su escoba en una breve ráfaga. Respondieron de arriba con más fuerza.

   Pensó que tal vez la señora Niño había sido asaltada, y amordazada y amarrada daba taconazos en el piso para pedir auxilio. ¿Iría a ver? No: el hastío de vestirse, de subir, de prestarle socorro a esa mujer abominable. Que fuera otro. Y además, habría que echar la puerta abajo con un violento esfuerzo. Se tendió en el sofá, mirando al techo. Los golpes continuaban. Acabaría cansándose. Acabaría muriéndose, cuando nadie la oyera, de hambre. Tenía hambre también él, recordó. En fin. Alguien oiría al pasar, tal vez. O alguien descubriría-el cadáver meses después, cuando fuera su tiempo. Puso agua a hervir en la cocina: prepararía unos espaguetis.

   Mientras comía, los misteriosos ruidos continuaron. Tap tap tap tap tap, y luego el rodar de esferas de metal y bolas de cristal, o lo que fuera. Y luego nuevamente los golpes: tac tac tac, tac tac tac. Y el enigmático y quebradizo tlic tlic tlic del martinete de cristal. Era realmente muy extraño todo aquello. La comida le devolvió las fuerzas, y decidió subir a ver. La acción, la acción. Se vistió. Resolvió llevar la escoba consigo. La lucha armada, compañero.

   La puerta de la señora Niño parecía intacta. Prestó oído. Silencio. Había muerto por fin, probablemente. Por las dudas, golpeó con discreción, con la esperanza de que si los atracadores aún estaban ahí no llegaran a oírlo. La puerta se abrió de un golpe y las fauces de la señora Niño le vomitaron un bramido:
- ¡QUE!
   Quiso explicar, entrecortadamente, que había oído unos ruidos, unos golpes.
- ¡Y QUE, IMBECIL! ¡CANALLA! ¡COBARDE!
   Y le cerró la puerta en las narices.

   Cuando volvió a cerrar su propia puerta, la señora Niño golpeaba nuevamente desde arriba. Respondió dando furiosos escobazos en el techo. Ella soltó una lluvia de martillazos y dos cascadas simultáneas de esferas y de bolas de vidrio. Escobar golpeó enérgicamente el techo, lleno de cólera. Su enemiga replicó con verdadero frenesí. Escobar sentía repercutir los golpes en el cráneo, y tenía el brazo ya cansado de manejar la escoba. A la señora Niño, en cambio, le ayudaba la ley de la gravedad. Renunció a la pelea y se dejó caer sobre el sofá, inmóvil. Al cabo de poco tiempo el martilleo frenético recuperó su antiguo ritmo más pausado, entrecortado de silencios. Escobar empezó a ponerse nervioso. Buscó refugio en su cuarto. Un minuto después los golpes de la señora Niño se trasladaron del techo de la sala al de su cuarto. No podía ser. Fue al baño. Los golpes lo siguieron al baño. Sigilosamente, esforzándose por no producir el menor ruido, volvió a la sala. Al instante los golpes de la señora Niño regresaron al techo de la sala. En el piso de abajo se reanudaron los ejercicios de piano, pero no podían competir con el martilleo sabio de la señora Niño.

    Se esforzó por ignorarla. Hizo ruidos él mismo, cambió sillas de sitio, canturreó, abrió llaves del agua, golpeó un vaso con una cuchara, y después una olla. La señora Niño continuaba impertérrita, y sus propios ruidos le destemplaban todavía más los nervios, y el cansancio era atroz. La acción, qué cosa horrible. Un poema, más bien. Todas las formas de lucha. Se sentó ante su mesa abandonada desde hacía ya semanas, llena de polvo y de colillas frías de cigarrillo. Seleccionó la más larga, y la encendió. Le supo horrible. Un poema comprometido, qué horror. Un soneto me manda hacer Violante, y en mi vida me he visto en tal aprieto. ¿Por qué desatino se había comprometido a escribir un poema comprometido? ¿Y sobre qué, un poema?

   ¿Sobre la dificultad de escribir un poema comprometido, como el soneto de Violante explica lo difícil que es escribir un soneto? Todo esta ya dicho, todo se repite. Oyó la voz caliente, sería, de Zoraida: sobre la realidad de aquí, compañero. Claro, la realidad. El compromiso debe ser con la realidad geográfica, política, socio-económica, jurídico-administrativa. Un análisis concreto de la realidad concreta. En verso.

   Arriba, la señora Niño seguía golpeando. Acabaría cansándose, vieja loca de mierda.

   Hacía meses que no sabía nada de la realidad concreta. Rebuscó en un viejo montón de periódicos quebradizos, amarillos. Abanico de candidaturas. No. El certificado de avalúo catastral. No. Tasas de interés intercambiario; franco suizo, dólar americano, libra esterlina, florín holandés. Increíble, en Colombia se intercambian, se venden, se compran, se consiguen florines holandeses. El gobierno nacional urgió a las administraciones seccionales la integración de los concejos departamentales de planeación. No puede ser tan árida toda la realidad concreta. Semana astronómica se inicia el lunes en el Planetario. Dos muertos en manifestación política en Envigado. Mes del conductor: premio a los mejores choferes de buses y busetas. El país no está en crisis, afirma Mindesarrollo. Votan paro en terminal de Cartagena. Emergencia por inundaciones en el Bajo Magdalena: nueve mil familias sin techo. Hombre rubio abaleado desde un automóvil por varios desconocidos en momentos en que caminaba por la calle 40-A número 24-18 sur. Elegida Reina del Carnaval del Amor y la Amistad. Enlace Becerra Vélez-Uribe Restrepo. Cinco detenidos por atropello a dos jovencitas en Suba. Cinco de quince individuos que habían abusado el miércoles por la noche de dos jóvenes estudiantes de bachillerato en un desolado sector del barrio El Rincón cayeron en poder de las autoridades. Veintiocho mil prostitutas obtuvieron este mes el certificado de control en la Unidad Antivenéreas de Bogotá.

   Un poema de denuncia. Una epopeya: la Certificada de las Veintiocho Mil. Doris, 22 años, seis en la prostitución, dos hijos: "Antes de entrar a esta vida yo estaba trabajando en una oficina, pero ganaba muy poquito, el mínimo. Yo no estudié sino hasta quinto de primaria. No me dentraba el estudio. Yo era muy juiciosa, pero no era inteligente. Unas amigas del doctor me dijeron que ellas sabían de una casa de citas que era muy buena y que uno ganaba buena plata. Al principio me daba pena pero después uno se va acostumbrando. Ya uno coge plata".

   ¿Pero qué más decir? Estaba todo dicho. Impecable, el paso del "yo" al "uno", de lo individual a lo social, de lo cuantitativo a lo cualitativo. Doris, se llamaba. Veintidós años. Había empezado, calculó, a los dieciséis. Se acordó de Cecilia.

               Cecilia: mi amor te esquiva:
               ya lo ves: se finge inerte...

   Lo abrumó la vergüenza. ¿Quién abusa de las putas de dieciséis años? Cinco de quince individuos, le reprochó la realidad concreta. El era uno de cinco de quince individuos que abusaban de jóvenes estudiantes de bachillerato en desolados sectores de la realidad socio-económica del país.

   Se levantó. Dio vueltas. De un cenicero lleno repescó otra colilla, bastante larga, casi entera.

   La encendió. La realidad concreta era compleja. Y en el piso de arriba, sin cesar, la señora Niño golpeaba infatigable, con concentración de verdadero artista.

   Otra cosa. Un poema más fácil. Tal vez, pensó, tenían razón sus tíos: el Partenón es un tema más poético, sobrio, claro, sereno, con volutas de acanto. Recordó el reto de su prima flaca: un soneto sobre la Sabana de Bogotá. Tierra buena, tierra que pone fin a nuestra pena... Escribió (más que todo porque llevaba ya un buen rato componiendo un poema, y todavía no había escrito una sola palabra):

                Tierra buena.
                tierra que pone fin a nuestra pena.

   Un epígrafe. ¿Y qué más? La Sabana es buena tierra, es cierto, plana y fértil, con manchas de sauces e hileras de eucaliptus, y chambas de agua quieta tapizadas de lama, atragantadas de buchón. Es una lástima que la estén edificando toda y vendiendo por varas. Tierra para vender. Garabateó debajo del epígrafe:

                 Tierra para vender.

   Y se quedó mirando el papel. No era mucho. ¿Un comienzo, un título? "Se compra tierra", anuncian letreros manuscritos en fincas de tierras bajas, empantanadas por el río. "Tierra de todos", afirman grandes vallas optimistas en los cementerios ajardinados del norte. Recordó su romance lorquiano, recitado por Hermes en el BMW de de la guerrilla:
             
                Sobre la tierra de gente
                cruzan pájaros de hierro...

   Todas las tierras son iguales. Se levantó. Dio vueltas por la sala. De los ceniceros repletos fue escogiendo colillas todavía fumables. Las colocó en hilera sobre la mesa, al lado del papel, en orden decreciente. Abandonó la idea del poema sobre la Sabana. En fin de cuentas, su prima flaca no era lo bastante bonita como para ser Violante. Bonito cuello, sí. Pero las había mejores, en cuanto a cuello incluso. Angela, sin ir más lejos. Un poema de amor a Angela. Tachó "tierra para vender", hizo una pelota con la hoja de papel y la tiró a un rincón. Escribió:

               Soneto para que Angela se acueste conmigo.
               Le pareció escuchar la voz de Ana Mana, zahiriente:

- Tú no te quieres acostar con Angela.

   Sí quiero. Sí quiero. Escribiría quinientas veces: sí me quiero acostar con Angela, sí me quiero acostar con Angela, sí me quiero acostar con Angela... No, definitivamente no estaba muy inspirado. No podía concentrarse. El pianista de abajo había abandonado pronto su tentativa musical, pero en el techo persistía el tamborileo decidido de la señora Niño. Y se quedaba un rato con la cabeza inclinada y la mano en el aire, escuchando el tableteo incansable de la madera y del metal, los cambios de instrumentos, el rodar de las bolas de cristal y de acero, absorto, mientras se consumían una tras otra las colillas apenas encendidas dejando largas y blandas culebras de ceniza en el borde de la mesa. Y cuando volvía en sí se daba cuenta de que no había escrito nada ni había pensado nada ni había entendido nada y le quedaban cada vez menos colillas sin fumar, y cada vez más cortas. Como en un despertar, sus ojos enfocaban nuevamente la pila de papeles en blanco, las quemaduras negras en la mesa. Recordaba haber imaginado su letra irregular cubriendo de signos negros el papel, haber ordenado en la cabeza la sucesión de versos y de estrofas, los guiones, los paréntesis, los puntos suspensivos, las frases incompletas, las notas marginales con que hubiera querido puntuar los borradores para facilitar y hacer emocionante más tarde su lectura. Se había regocijado de antemano ante la perspectiva de releerse y tratar de entenderse, corregir la colita de una y griega, reteñir el palito de una eñe, añadir un verso nuevo entre dos líneas, envolverlo en un óvalo, señalarlo con flechas, subrayarlo con rayos. Y no había nada. "Soneto para que Angela se acueste conmigo" y el resto era la angustia frente a la hoja en blanco. Como si hubiera sido necesario otra vez -¿y ante quién?- rendir cuentas y dar explicaciones.

   Pero en el fondo, pensaba, había sido una buena tarde de trabajo, pues por lo menos había corroborado una vez más su incapacidad para el trabajo. Lo cual es un buen trecho andado en el arduo camino de la perfección. Arrugó el papel para hacer una nueva pelota y tirarla al rincón, pero un temor supersticioso lo contuvo: si destruía esa promesa escrita de soneto, jamás se acostaría con Angela. Desarrugó la hoja, estampó su firma a una distancia prudencial del título, dejando espacio exacto para catorce versos perfectos, limpios, puros, sin emborronaduras: Ignacio Escobar.

   Oscurecía. Era tarde. Le quedaban ya sólo tres colillas. Tendría que fumar luego colillas de colillas. La señora Niño tamborileaba infatigable. Estaba hambriento. Resolvió echarse a dormir y fue a su cuarto (los ruidos en el techo lo siguieron, como si lo olfatearan) a acostarse en la cama sudada y sin tender. Necesitaba contratar una sirvienta, buscar una mujer, recuperar la suya: Fina, por qué te fuiste. Acostarse con Angela. Se revolvió en la cama, sin sueño, inquieto, sintiendo en medio del vientre el vacío sordo de la inutilidad. Hubiera debido trabajar más, intentar algo, actuar. Contra pereza, diligencia. Pero ah, la diligencia. Quién es capaz de diligir, de diliger, de dilagar, ah, mierda.

   Se percató de pronto de que le estaba creciendo dulcemente una erección, como una flor de loto en medio de un estanque. Cerró los ojos, rozó con una caricia su erección naciente, la acomodó mejor sobre su muslo para ayudarla a florecer en paz. La sintió enderezarse y crecer como un niño bajo el peso inmóvil de sus dedos, y arriba comenzaron de nuevo los golpes diligentes de la señora Niño. Tac tac tac. Y un silencio. Tac tac tac tac tac tac. Y un silencio. Tap tap tap tap. Tlic tlic tlic. Y luego la cascada de cristal Y de hierro en la madera, y un martilleo triunfal a dos manos, y un silencio. El miembro endurecido como un nervio que tenía palpitando entre su mano se escurrió, se chupó, se consumió en sí mismo.

- ¡LOCA! ¡LOCA! -gritó con la cara hacia el techo, enceguecido de furor. Pero la señora Niño prosiguió su concierto, imperturbable. Escobar se tapó la cabeza con la almohada, súbitamente borracho de fatiga, con los nervios erizados y en punta. A través de la almohada se oía todavía el ruido. Fue al baño, hizo bolitas de papel que incrustó en sus oídos y que al cabo de un rato se extrajo con gran dificultad, al ver que no servían. Se revolvió en la cama, se envolvió el cráneo con las sábanas, trató de dominar telepáticamente a su adversaria con la fuerza de la concentración mental, lloró, lanzó impotentes alaridos, sollozó dulcemente. Tap tap tap tap tap, hacía la señora Niño con delicada precisión, como un albañil que ajusta con esmero una baldosa. Tac tac tac. En el manejo de las esferas de cristal había alcanzado un virtuosismo de arpista paraguayo. Escobar golpeó con el palo de la escoba en el techo hasta que le dolieron ambos brazos y el cielo raso empezó a derramar una lluvia de cal sobre su cama. Sacudió las sábanas, llorando de la rabia. Subió las escaleras, desnudo, con la escoba en la mano, y aporreó con violencia la puerta cerrada de la señora Niño. Adentro se oía un silencio tenso. Volvió a golpear la puerta con la escoba, y luego con los puños hasta que le dolieron los nudillos, y otra vez con la escoba, parándose a escuchar y oyendo únicamente el mismo silencio sospechoso. Pateó la puerta, haciéndose daño en los pies desnudos. Golpeó sin fuerzas ya, con las rodillas, con los codos. Le dolían las manos y los brazos, los músculos del cuello, las venas de las sienes. Oyó que se abrían puertas en los pisos de arriba, en los de abajo, y bajó la escalera nuevamente, con vergüenza y con frío. Trató de emborracharse con los cunchos del ron, pero no había bastante.

   Con sabias pausas, que duraban a veces veinte o treinta minutos y le daban casi tiempo a Escobar para conciliar el sueño, la señora Niño golpeó toda la noche. Tap tap tap: el mazo de madera. Tac tac tac tac tac: el martillo de hierro. Y el martinete de cristal, quebradizo, al parecer indescructible: tlic tlic tlic tlic tlic. A veces, tras una larga pausa, y cuando ya Escobar empezaba a creer, sudoroso y exhausto, que había resuelto retirarse a dormir, se ponía a taconear y zapatear en redondo como una bailaora de flamenco. Y después dedicaba un largo rato a un ejercicio de paciencia tremendo, con sus tres instrumentos: tap (una pausa) tac (una pausa) tlic (una pausa) tap. Tac. Tlic. Tap. Tac. Tlic. Tap. Era casi un alivio cuando volvían de golpe a derramarse las bolas de cristal con un alegre tintineo, y luego venía el rumor más pesado de las esferas de metal, y luego otra vez el monótono choque del martillo en el piso:

Tap.
Tap.
Tap.
Tap.

   La pausa se prolongaba a veces de manera anormal, y Escobar percibía entonces el latido atropellado de su propio corazón, esperando y casi deseando que su tormento volviera a comenzar para saber que estaba vivo todavía. Y otra vez tap tap tap tap tap. Se daba cuenta de que llevaba varios minutos sin respirar, con todo el cuerpo tenso apoyado en un arco sobre la nuca y los talones; y se dejaba caer, empapado en sudor, sobre las sábanas calientes. Tac tac tac. Se empinaba para tratar de oir mejor, y comprendiendo su insensatez se ponía en pie en la cama y gritaba enronquecido, con la cara febril casi pegada al techo:

- ¡Vieja loca de mierda!

   El silencio. Y luego: tap tap tap. O a veces simplemente: tac tac... -y el silencio ominoso, insoportable, interminable. Vieja loca de mierda. Hasta que por fin: tac. Y de nuevo el despliegue virtuoso y simultáneo de percusiones y metales, como un concierto entero de música concreta. Y otra vez: tac.

   Vio amanecer. Vio el sol alzarse lentamente más allá de los cerros en un cielo casi blanco. Pero la luz del día no apaciguó el tap tac tlic de la señora Niño. Los ruidos de la calle tampoco menguaron su poder. Escobar entró al baño (seguido por los ruidos), bebió agua, se mojó la cabeza, vio en el espejo sus ojos de demente, su barba ya crecida, y volvió a agazaparse de nuevo entre su cama, roto, ardiente de fiebre. Tap tap tap tap. Tac tac. A qué horas duerme, a qué horas sueña, a qué horas vive esta mujer de mierda.

   En algún momento de la mañana cayó en un sueño estuporoso, navegado por lentas pesadillas. Varias veces se despertó llorando sin recordar por qué. Una vez creyó oir la voz de Fina, pero no estaba ahí. Otra vez conversó con Federico, y escuchó claramente que decía: "la arrogancia de los agonizantes"; y cuando abrió los ojos no había nadie. Luego durmió inmóvil, sin sueños. Despertó a media tarde, ya sin fiebre. La señora Niño seguía golpeando el piso con fiereza. Parecía decidida a destruirlo.

   ¿Por qué? No había motivos para un odio tan feroz y tan súbito. Estaba loca: una locura homicida, meticulosa, lenta. Tanto esfuerzo, tan minucioso esfuerzo, solamente para volverlo a él un guiñapo de nervios destrozados, una sombra. La acción, la acción por sí misma. La señora Niño era, lo comprendió, una mujer de acción. En otras circunstancias (quizá con otra posición de clase) hubiera puesto su maníaca necesidad de acción al servicio de la revolución democrático-burguesa. Tal como eran las cosas, encerrada en su casa, no tenía más vertedero para la acción que él. Porque era su vecino, había resuelto destruirlo. Poco a poco, sin prisa, con toda la paciencia que fuera necesaria. Una destrucción lenta, larga, sutil, desde afuera hacia adentro, desde el techo de su cuarto hasta el centro vital de su conciencia. Guerra popular prolongada, del campo a las ciudades. La señora Niño había estudiado a Mao Tsé tung, no cabía duda.

   ¿Qué hacer? ¿Cómo defenderse? Podía subir y estrangularla. Pero la policía, las complicaciones, a lo peor la cárcel. No era un hombre de acción. Era un hombre de libros. ¿Subir y machacarle la cabeza con los cuatro volúmenes de las Obras Escogidas de Mao? Eran blandas, empastadas en cartón amarillo. Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín. No eran un arma. Las hojeó distraído. A lo mejor estaba ahí la contra para la acción de la señora Niño, como el antídoto está en el veneno. La derrotaría con sus propias armas. Pasó las páginas, atento: sobre la rectificación de las ideas erróneas en el partido, no, investigación del movimiento campesino en Junán, no, prestar atención al trabajo económico, no, problemas estratégicos de la guerra revolucionaria de China: eso. Cómo se hace la guerra. Cómo se defiende uno.

   "Las leyes de la guerra constituyen un problema que debe estudiar y resolver quienquiera que dirija una guerra. Las leyes de la guerra revolucionaria constituyen un problema que debe estudiar y resolver quienquiera que dirija una guerra revolucionaria. Las leyes de la guerra revolucionaria de China constituyen un problema que debe estudiar y resolver quienquiera que dirija la guerra revolucionaria de China".

   Aquello le pareció de una claridad demoníaca.

   "Estamos haciendo una guerra. Nuestra guerra es una guerra revolucionaria, y esta se desarrolla en China. Por lo tanto, debemos estudiar no sólo las leyes generales de la guerra, sino también las leyes específicas de la guerra revolucionaria, y las leyes aún más específicas de la guerra revolucionaria de China".

   El libro se le cerró por sí mismo entre las manos. Estaba deslumbrado, y abrumado a la vez. Había descubierto, como en una doble iluminación fulminante, que no le interesaban en lo más mínimo los problemas específicos de la guerra revolucionaria de China, y que en esas pocas frases didácticas, monótonas, pleonásticas, estaba el secreto de la acción. Cualquier acción. Si se trata de la acción de la guerra revolucionaria de China, pues de esa. Y si no, de la que sea. Se sentó mirando al techo, esperando a que la señora Niño reanudara sus ruidos para estudiar y resolver sus leyes específicas. Se quedó mirando el techo largo rato, pero los ruidos no recomenzaron. En todo el cielo raso reinaba un absoluto silencio. Fue a su cuarto, por ver si así venían los ruidos a su cuarto. Hizo lo mismo en el baño, y luego en la cocina. Completo silencio. A ese paso no iba a llegar a ninguna parte. Se esforzó por recrear en su memoria el ritmo y la textura de los ruidos. No era fácil. Al cabo de unos momentos se sorprendió hablando solo:

- Tac tac tac tac. Tac tac tac. Tap tap. Tlic tlic tlic tlic. Tlic tlic tlic.

   Bruscamente encolerizado cogió la escoba con ambas manos y golpeó el cielo raso con violencia. No hubo respuesta. Aguardó unos instantes y golpeó de nuevo. Nada. Golpeó en su cuarto, en el baño, en la cocina. Se paró en una silla para golpear también con una botella vacía, alternando la botella y el palo de la escoba.

   Absoluto silencio.

   ¿Qué hacer? ¿De qué sirve haber entendido que para aplicar las leyes hay que estudiar las leyes, si no hay leyes?

   Se sentó ante su mesa. Encendió - como había temido que tendría que encender- la colilla de una colilla. Tendría que salir a la calle. Podría salir a la calle, atravesar la ciudad, irse al monte, y empezar a aplicar, del campo a las ciudades, lo que acababa de aprender sobre las leyes de las leyes. Y al cabo de la guerra prolongada, cuando por fin cayeran las ciudades. Vendría directamente a su casa, subiría al piso de la señora Niño y la sometería a un juicio popular revolucionario.

   O podría escribir un poema, ahora sí. El propio Mao Tsé tung había escrito cientos de poemas. Escribiría un poema de guerra prolongada. Se dio cuenta de que estaba cayendo una vez más en sus viejos errores: el tema del poema vendría después, cuando supiera escribir el poema -guerra, amor, temas agrícolas. Quienquiera que escriba un poema debe empezar por estudiar y resolver primero las leyes que rigen el poema. Escribió:

Instrucciones para escribir un poema.
Tachó lo escrito, tras breve reflexión. Escribió en su lugar:

Problemas estratégicos de la composición de un poema. Estamos escribiendo un poema. Nuestro poema es un poema...

   ¿Un poema qué? Hacia un rato las elucubraciones de Mao le habían parecido de una claridad inexpugnable. Ahora aplicadas a lo concreto, se le antojaban cerradas, tautológicas. ¿Dónde se estudian las leyes del poema? En el propio poema. Si la guerra es en China, es en China: Mao es tajante al respecto. ¿Cómo escapar al circulo vicioso? Por la práctica: escribiendo el poema, y a continuación, extrayendo sus leyes gracias al ejercicio riguroso del análisis. Sí: pero primero hay que escribir el poema, y el problema es ese.

   O... Escobar creyó haber hecho de repente un importante descubrimiento: o al revés: del análisis, extraer el poema. Lo cegó la evidencia: si de un poema es posible exprimir la crítica, de la crítica es igualmente posible condensar el poema.

   Le pareció, en un primer momento, sencillísimo.

   Escribir prólogos -diciendo, de pasada, que un poema no necesita prólogos. Prólogo a la primera, a la segunda, a la tercera edición. Prólogo del autor. Prólogo del editor. Prólogo del traductor. Presentación. Preámbulo. Nota preliminar. Y luego epílogos, apéndices, postfacios aclaratorios, sugerencias de interpretación, glosas eruditas sobre los puntos oscuros, o confusos, o inclusive faltantes, del poema. Sí. Ese era el camino.

   Acercarse al poema desde lejos -del campo a la ciudad: entendió la estrategia. Problemas estratégicos de la composición de un poema revolucionario en Colombia: del campo a la ciudad, compañero, en una despaciosa espiral iniciada en el punto más apartado, más lejano al poema, trazando una lenta curva inexorable que poco a poco se iría cerrando sobre sí misma hasta llegar a la madriguera de la hélice, en donde estaría esperándola el poema: acurrucado, con las ancas temblando, hipnotizado, incapaz de levantar el vuelo. Y ahí, sería ya sólo cosa de atraparlo por las orejas y romperle la nuca.

   Tenía la boca llena de entusiasmo, como espuma. Escribió:

   Notas preparatorias para el cálculo de la curva parabólica...

   Escuchó una vez más el martilleo en el piso de arriba.

   Matar a la señora Niño a dentelladas, emerger de su casa envuelto en un triunfal vapor de sangre. Tenía hambre. Hacía días no comía. Escrutó el cielo mortecino, los cerros negros. Pronto oscurecería, y cerrarían las tiendas. En la nevera, los viejos hongos estaban ahora envueltos en una especie de copo algodonoso de materia traslúcida. Los tiró a la basura. Tenía hambre. Una hogaza de pan. Tenía la certidumbre de que en Bogotá el pan no se vende en hogazas. El mundo es como es. Leibniz -asegura Voltaire- declaró en el norte de Alemania que Dios sólo podía hacer un mundo. Y es este.

   Se vistió, salió a la calle. ¿No podía Dios hacer un mundo en el que no exisitera Bogotá? Parece ser que no, que era imposible.

   Frente a su puerta, los dueños de una tienda de artículos eléctricos acababan de capturar a un ratero, y lo pateaban en el suelo. Un policía de paño verde contemplaba la escena filosóficamente. Dos señoras bien vestidas animaban a los comerciantes con voces de rencor:
- ¡Eso, eso, denle duro! ¡Esos son los subversivos que nos matan y nos secuestran! -La más elegante de las dos se acercó para participar. Dio una patada con su zapato agudo en los testículos del ratero caído, que se encogió sobre sí mismo. La señora se alzó un poco la falda para no salpicarse con los espumarajos de sangre, y le pateó también la cara. A Escobar le pareció un ratero de aspecto distinguido, de chaleco y corbata y zapatos de plataforma, malos para correr, por culpa de los cuales, sin duda, habían podido capturarlo los de la tienda de artículos eléctricos. Desde su alta ventana la señora Niño gritaba a voz en cuello:

-¡COBARDE! ¡COMUNISTA!

   Era con Escobar, pero los demás creyeron que hablaba del ratero, y sonrieron, y uno de los de la tienda tiró de los cabellos del caído para obligarlo a alzar la cara y saludar, como en el teatro. Escobar se alejó.

   En un antro de tacos mexicanos comió unas tortas planas, blandas, que no eran tacos, que no eran mexicanas, nauseabundas de manteca refrita. Pero el mundo es así. Vio pasar una niña muy linda, y la siguió una cuadra, o dos. Vio pasar otros dos, sin seguirlas. Y luego otra. Compró cigarrillos en una esquina. Se paró a ver pasar la gente. Había olvidado cómo es la gente de fea y de numerosa. El mundo es como es.

   Fue a hacer mercado, y en el supermercado lo abrumó la infinita variedad del mundo. Compró frutas y quesos. Cogió un carrito y lo llenó de viandas. Más frutas -plátanos y moras, mangos, un melón-, tomates y lechugas crespas, verdes, que sabía de antemano que vería marchitarse, abarquillarse, enmohecerse en su cocina, galletas, carnes, sopas, trago, leche, huevos, arroz de varias marcas, sardinas portuguesas, vinos chilenos, pastas italianas, salchichas inglesas, chocolates suizos, limones para prevenir el escorbuto, perejil. Salió a la calle cargado como un mulo, arrepentido. Era ya oscuro. Una señora que iba tan agobiada de carga como él dejó caer de golpe todo al suelo, soltando un alarido. De su oreja desgarrada manaba algo de sangre, y ella lloraba a gritos señalando a un raponero que escapaba calle abajo con su arete de perlas en la mano, velocísimo en sus zapatos de plataforma. Los paquetes al pie de la señora empezaron a desaparecer, y ella seguía llorando. Otra señora se llevó subrepticiamente un jamón. Un mendigo envuelto en trapos huyó arrastrándose sobre sus cortos muñones, cargado con seis latas de melocotones en almíbar, perdiendo en la precipitación de la fuga un cartón en el que el secretario del leprocomio de Agua de Dios certificaba que su lepra no era contagiosa. El certificado rodó a los pies de Escobar, que lo leyó pero no se atrevió a tocarlo. El mendigo se perdió entre la gente. Escobar echó a andar hacia su casa con paso firme, abandonando a su suerte a la señora que todavía lloraba y ahora intentaba recoger del suelo, entre los charcos de leche y cocacola derramada, los restos de su compra. Un celador armado de escopeta la miraba esforzarse y gemir, sin ayudarla, con una lata de galletas oculta bajo la ruana. Escobar empezó a silbar. ¡Dame mi lira, oh Musa!

   Porque ahora sí tenía el poema por la cola. O por lo menos el tema del poema. Sólo en lo concreto se aprende, compañero. Lo había entendido en el supermercado atestado de víveres como una caverna de Alí Baba, rebosante de pollos y de pavos y de carnes envueltas en papel celofán, de whiskies escoceses y champañas francesas y caviar negro del Báltico, enmontado de frutas y verduras, surcado de señoras con el velamen desplegado que empujaban carritos repletos de vituallas, y sitiado por fuera como por un ejército enemigo por un informe pulular de raponeros y celadores y leprosos y mendigos que esa noche, por fin, tendrían para cenar melocotones en almíbar y no podrían dormir por los retortijones. Quién les manda robar. Tenía un poema épico. Tenía inclusive el título, engañosamente prosaico: "Análisis concreto de una situación concreta". Sólo en lo concreto se aprende.

   Al llegar a su puerta pisó la sangre ya seca del ratero apaleado, y el signo le pareció de buen augurio.

 

 

   La señora Niño empezó a golpear arriba en cuanto entró a su casa. La desdeñó. Con una toalla del baño se improvisó un turbante, que apretó bien en torno a las orejas. Dame mi lira, oh Musa.

   Frente al papel en blanco, el título pensado no le pareció bueno. El género exigía otra cosa. La Bogoteida.  Escribió en mayúsculas:

             LA BOGOTEIDA
             Y debajo: en minúsculas:
             Poema Épico.
             Y debajo:
             Canto Primero.

   Y pensó un rato. El turbante de toalla amortiguaba el ruido de la señora Niño, pero no conseguía eliminarlo por completo. Escribió:

             Círculos

   y se arrepintió de inmediato, y tachó la palabra. Círculos de miseria, iba a decir: unos dentro de otros, riqueza sitiada, cercada por la miseria. Pero eso de "círculos" sonaba demasiado al Dante. Y hablar de miseria de entrada sonaba demagógico. Un poema épico no debe ser así. Consultó dos o tres modelos en la biblioteca. Volvió a su mesa, satisfecho. Escribiría en octavas reales.

             La Bogoteida.
            (¿La Bogotíada, quizás?)
            Canto  Primero.

   El cual declara el asiento y descripción de la ciudad de Bogotá y de la Sabana que recibe su nombre, con las costumbres que sus naturales tienen, y de cómo todo eso no puede durar.

           ¡Oh madre! ¡Oh mi ciudad! Poeta fuera
           quien cantara lisonjas, y galanas,
           de tu envidiada situación cimera
           entre las mil ciudades colombianas.
           Pero poeta yo, que a la primera
           estrofa se me mueren ya las ganas,
           no soy. Y quedarías tan malparada
           que tal vez sea mejor no cantar nada.

   Pero con eso estaba otra vez como al principio. Y el tono era falsamente festivo, timorato. Festivo por timorato. Falso. No hay nada más difícil que decir la verdad, le había dicho a Federico. Y eso no era la verdad. Sólo diciendo la verdad se puede mantener un tono épico, sin ridículo, durante quince o veinte mil versos. Había que entrar de lleno en materia, como un halcón. Vista aérea de la ciudad, y luego un zoom cinematográfico al centro de la llaga, al corazón del pus:

         Negros la guardan envidiosos montes;
         dura la ciñe la tenaz miseria;
         odios, no amores, son sus horizontes:

algo ahora que rime con miseria: histeria, feria, difteria. En Bogotá, probablemente, hace estragos la difteria, entre otras muchas enfermedades infecto-contagiosas. Bogotá, ciudad sin hospitales -lo cual puede rimar más tarde con multitud de males. Pero no, no era cierto: a Bogotano sólo la ciñe la tenaz miseria, sino que la ceba también por dentro. Hay que decir de Bogotá que está rodeada y rellena de miseria. Y de peligro. Islotes duros de violencia y peligro, como piedras de riñón: y también un olor de peligro, de miseria y violencia, como el hedor de un riñón putrefacto. Vagamente, Bogotá tiene forma de riñón, recostada en sus cerros, nauseabunda, amorcillada.

           Ciudad arriñonada que se extiende
           de norte a sur quemando la pradera,
           devorando el paisaje: cual se tiende
           negra morcilla en verde ensaladera...

   Pero ese no era el tono épico: arriñonada, ensaladera. Imágenes grotescas y prosaicas. ¿Pero qué puede ser más prosaico y grotesco que la ciudad de Bogotá? Una ciudad renegrida, reblandecida, informe, pululante de gente, como una gruesa morcilla purpúrea cubierta de insectos, bruñida de grasa, goteante, rellena de sabe Dios qué porquerías -sí: de sangre putrefacta. Ciudad hedionda a manteca recocinada de fritangas de esquina, manando humores turbios, rezumando coágulos de podredumbre sobre el espejo verde y tierno de la Sabana, envenenándola.

   Sin embargo, la palabra "arriñonada" se le seguía atorando en la garganta. Y también la palabra "ensaladera".

          Ciudad hecha de sangre derramada
          que al septentrión devora la pradera

   Claro: había que hablar de septentrión desde el principio. Septentrión es una palabra eminentemente épica.

         Ciudad de sangre, en sangre amortajada;
         ciudad que arroja sangre y sangre encierra;
         ciudad ensangrentada y desangrada
         en sórdida, secreta, sorda guerra;
         al sur o meridión, la plebe hambreada
         de todos los malditos de la tierras
         al norte o septentrión, la oligarquía
         rodeada de guardianes noche y día.

Al norte para estar, obviamente, más cerca de los Estados Unidos. Estaba claro, había dos bandos: ¿de qué lado está usted, compañero? Del sur, compañeros, del lado de los oprimidos. (Por otra parte, estaba contento: le habían salido bien las aliteraciones).

          No cantaré del norte las bellezas

   ¿No las cantaría? ¿Las niñas lindas de la carrera quince, enfundadas en jeans? No. Ni las que había visto, llegar al Unicornio, luminosas las espaldas desnudas. Su belleza era engañosa, basada en la injusticia. Lo injusto no puede ser bello, compañero.

         No cantaré del norte las bellezas
         pues la belleza injusta es vil patraña:
         el lujo, la opulencia, la riqueza,
         pueden cegar, pero jamás engañan.
         Voy a cantar el sur y su pobreza,
         sus trucos, y sus artes, y sus mañas:
         el sur de los sufridos bogotanos
         que tienen muchos pies, y muchas manos.

   Federico y los otros se iban a poner felices. Pero a ese ritmo, veinte mil versos le iban a tomar toda la vida. Y tendría que pulirlos, además: esa última octava real le había salido pobre, grosera, prosaica. Ese es el riesgo: la prosa rimada. La octava real impone un ritmo tardo, pesado, monótono, como un arar de bueyes bajo el yugo. Claro que Bogotá es una ciudad monótona, aburrida, como un arar de bueyes. Pero había que pensar también en el lector. Tal vez era mejor hacer algo más ágil, más breve también, aunque más denso: más gongorino. Y abandonar la octava real, que es dura. Había tachado mucho, había sufrido. Se había bebido ya casi media botella de whisky. Ya no quedaba hielo en la nevera.

          De varas techo no, de varas día;
          red para lluvias, para soles viento;
          donde -nido de dos, de cien lamento-,
          nunca llegan las rosas
          ni el oro en su cerrado y no prodigio:
          sueño de otro y sofreno
          aquí de cuanto bueno
          se arranca en la violencia del litigio
          -a falta de otras cosas
          no por menos de amar, menos hermosas,
          que Tántalo en suplicio conocía
          cual conocía sus peñas
          de mármol, por más señas.

   Le había salido de un tirón. Demasiado hermético, tal vez: demasiado elíptico. Lo que quería decir era que los pobres viven prácticamente a la intemperie, bajo techos de cañas y cartones que ni techos son, y dejan pasar el agua, el viento, el sol, el frío, y hacinados, de a cien en cada tugurio: y sin acceso a los bienes de la sociedad de consumo, a las rosas, y en general a todas las cosas, por falta de plata, la cual, para ellos no es más que un sueño ajeno, y un freno. Pueden, sí, recurrir a la violencia: al robo, al raponeo, al atraco, al secuestro, a la extorsión, a la explotación de otros recursos naturales; pero es un suplicio atroz, digno de Tántalo, presenciar desde el sur el espectáculo del despilfarro de los ricos, y eso equivale a darse con un canto -de mármol- en los dientes. Pero, la verdad, no estaba muy claro nada de eso. Tomó unas notas sueltas: dejaría, para empezar, claro el sentido (con algunos brochazos de color); y luego haría el trabajo de versificación, con calma:

          Ranchos de cañas y cartón (techos de encaje
          que dejan colar el agua, el sol cuando hace sol, el viento).
                                                             
          Que permiten
          (en el hacinamiento)
          apenas las delicias pasajeras del arrejuntamiento
          - y después, claro, un hijo más.
          Allá no llegan las rosas
          ni el oro (o sea la plata) que sirve para comprar las rosas:
          el oro, cerrado prodigio (es decir, ajeno)
          (como todo lo bueno)
          cuyo producto (el de las rosas: pues las rosas se venden)
          sirve a los ricos para pagar una amenaza:
          celadores y policías
          (brazos armados de la burguesía),
          perros guardianes, hombres con escopetas y collares de púas,
          para desalojar a los pobres que han hecho su rancho en tierra
          ajena, obviamente
          (como toda la tierra).
          Las delicias de la vida son suyas, allá, al norte.
          Y saber desde el sur que todo eso existe es un suplicio:
          el suplicio de Tántalo.
          Por todo eso, guerra
          por la tierra
          ajena
          (buena, que pone fin a nuestra pena)

    Estaba borracho. En el papel los renglones se le descolgaban en diagonal, como si estuviera escribiendo un caligrama. En el vaso manoseado el whisky era ya de una palidez babosa, borrosa. Se fue a la cama. La señora Niño, infatigable, proseguía desde el techo su paciente guerra prolongada, sus martillazos, sus rodares de bolas y de esferas, sus cascadas de ruidos. Borracho, pero capaz todavía de coordinar sus movimientos, Escobar clavó una manta en el techo, encima de la cama. El ruido le llegaba ahora asordinado. Se durmió como un niño.

 

 

   A la luz de la mañana, el poema era una verdadera porquería. Pretencioso, mentiroso, superfluo. Ni una rima que sirviera, ni una imagen. Tántalo. ¿Quién sabe hoy quién es Tántalo? Don Tántalo Mejía, un senador de Risaralda o del Quindío, dueño de haciendas y de votos cautivos. Y encima, incomprensible: de varas techo no, de varas día... Tendría que andar con un cartón colgado al cuello en el que el secretario de un gongoromio certificara que su mal no era contagioso. Ni el oro en su cerrado y no prodigio. ¿Qué había querido decir con eso? Nada, probablemente. No conseguía acordarse. Estaba avergonzado.

   Mientras más estudiaba su poema, más le gustaba la palabra septentrión.

   Pero el poema no era un juego retórico de palabras sonoras y vacías. Debía servir para analizar la situación concreta: explicar la generación de la plusvalía, describir los mecanismos de acumulación del capital a partir de la renta del suelo, denunciar la sobre-explotación de la fuerza de trabajo, la represión armada, el gasto superfluo de las clases ociosas, el endeudamiento externo, la voracidad imperialista. Y cantar la concientización de clase.

         Septentrión. Meridión.
         En erial meridión, y allí hacinados...

   Hay palabras que no engañan: meridión, septentrión. Un poema, antes que de cualquier otra cosa, está hecho de palabras.

        En erial meridión, y así hacinados
        (noche de luna y luz, de rejas día:
        red para lluvias, para soles viento),
        pie enjuto al septentrión, al sur sediento-

   Sediento... Lo malo es que lo que distingue a los barrios miserables del sur de Bogotá es justamente que viven inundados, aún en verano. Del Tunjuelito para allá, todo es raudal: niños ahogados, fotos en los periódicos de familias enteras navegando en barquetas de infortunio con un televisor y un perro.

       Canto primero

       Que trata de la manera bestial como viven los naturales
       de estas regiones, y de cómo aún pagan por
       ello a los señores suyos y dueños de la tierra;
       los cuales señores invierten los dineros así recaudados
       de modo tal que les permita escapar sanos y salvos
       en el caso de que los dichos naturales acaben sublevándose
       con muy grande matanza y carnicería; no
       por su propia iniciativa, sino por la influencia subversiva
       de agitadores profesionales portadores de
       doctrinas foráneas y por completo ajenas a la idiosincrasia
       de nuestro pueblo, el cual pueblo sólo
       piensa en emborracharse, como ya se vio el 9 de abril.

        En erial meridión, y así hacinados
        (noche de luna y luz, de rejas día:
        red para lluvias, para soles viento),
        pie enjuto al septentrión, al sur sediento,
        al suelo pie el que tierra
        conocía ajena y de guardar:
        tierra del dueño
        también de su trabajo y de su sueño
        que el propio pie en la bota siempre hubo
        (y apoyado en el peón y en el estribo)
        desde que tuvo edades
        para saber sus anchas propiedades
        ayer para solaz de sus ganados
        hoy solar de arrimados
        que roban en la luz lugar esquivo
        al que todo lo tuvo
        al amparo Polar
        y come de la renta de su suelo
        para la dicha suya y vuestro duelo.

        Vive en el septentrión (porque así fuera
        a Mayami más breve la carrera)
        una vida de flores,
        aún si cercada desde el alba al sueño
        por infinitas bocas de agonía
        que dan las venas de su plusvalía
        y sus raudosas sangres cotidianas
        por defender al dueño
        de los atracadores,
        de los secuestradores,
        de los trabajadores:
        empecinados en el arduo empeño-

   ¿tendría que repetir sueño, dueño? Se había perdido en los laberintos de la rima. ¿Panameño? Junto al heroico hermano panameño. Hondureño. Aguileño. Pequeño. Algo aguileño, obvia alusión al águila rapaz de los Estados Unidos. Algo pequeño, para meter de una vez la nota sentimental: la honesta trabajadora que cuida de sus hijos pequeños mientras espera a que regrese a casa el honesto trabajador con el pan para toda la familia. El honesto trabajador llega borracho, sin embargo, pues la inhumana sobre-explotación a que lo somete el capital le ha impedido desarrollar una conciencia de clase correcta; y no sólo llega borracho, y sin un pan, ni un centavo, sino que además llega pagarle a la honesta trabajadora - la cual (por qué no decirlo) se ha pasado la tarde pegándoles a sus honestos pequeñuelos. Y uno la entiende, porque hay que verlos. Reflexionó. Se sirvió el primer trago del día, empecinados en el arduo empeño de afrontar, ceño a ceño -

   Eso había que trabajarlo mejor. Pero luego. Compraría un diccionario de rimas, que los hay, para ayudar a los poetas. Ceño, sueño, dueño, empeño, leño, bargueño, cenceño. ¿Llegaría el día en que tuviera que usar cenceño? Sí, cenceño un militante revolucionario, por ejemplo, debe ser cenceño: delgado, pero sin fragilidad, es decir, sin perder la dimensión heroica que requiere la práctica de la revolución.

          empecinados en el arduo empeño
          de enfrentar, ceño a ceño,
          la oligarca quimera:
          virtiendo en vano al pie de sus ventanas
          la sangre de las venas colombianas.

   Había ya mucha sangre, y mucha vena. ¿El licor de las venas colombianas? ¿De las carnes colombianas? ¿El licor de las carnes colombianas? ¿El zumo, el jugo? La savia. La savia de las venas colombianas. Épico, y a la vez, popular. Popular y patriótico, al servicio de la liberación nacional, como decía Zoraida.

          virtiendo en vano al pie de sus ventanas
          la savia de las vidas colombianas.

   Pero al pensar en Zoraida se percató de que en lo que llevaba escrito faltaba la presencia de la vanguardia armada de la revolución: eso va muy derrotista, compañero. Oh, pero había Cantos de sobra por delante. Y fatigado de su Canto Primero pasó de un salto al Canto Vigésimo Tercero, cuando ya bajan los guerrilleros de las montañas, victoriosos. O más bien, dadas las condiciones topográficas específicas de la guerra revolucionaria en Colombia, cuando ya suben. Porque los hechos son tercos, compañero: en Colombia hay que subir.

         Subiendo por cañadas escarpadas
         se aproxima por fin la primavera
         roja flor de victoria enarbolada
         (encarnada bandera)
         en la mano
         de hermano
         colombiano
         la mano compañera
         del líder de un grupúsculo cualquiera
         de izquierda verdadera.

- Seriedad, compañero.

   Oyó la voz grave de Zoraida, sintió su olor. No estaba ahí. Pero tenía razón: aquello no era serio. Aunque tampoco es serio escribir un poema revolucionario simplemente porque una compañera revolucionaria huele a mujer. Zoraida, Zorahaida. ¿Sería su verdadero nombre, en la paz, en la vida? Federico hubiera podido decírselo. Pero tal vez fuera mejor no preguntárselo: era posible que se llamara Betty, Nancy, Luz Dary. Y el compañero Douglas ¿se llamaría de veras Douglas? Tenía un aspecto campesino y honesto, de llamarse Ezequiel, Martín, Jacinto, a lo sumo José. ¿Pero Douglas? Y sin duda Dolly, o Vicky, o Marilyn. El imperialismo es implacable. Bebió. Tachó. Tachar es fácil. ¿Tachaba mucho Homero? Empezaba a aburrirlo mortalmente la Bogoteida. Por otra parte, tal vez debía llamarla Bogotíada.

           Sol el iracundo sol más si feroces
           defensores del orto proletario
           -alto sol- de desdenes cordillera
           que no un atlante viera-

   Revolucionario, proletario. Certificado de Abono Tributario. Se aburría. Una vez más tachó. Una vez más bebió. (¿Bebía Homero?). Y empezó una vez más:

         Feroces, sí: más menos que la gloria
         de diestras cercenadas
         y en duros bermellones florecidas
         si antes que vencedoras ya vencidas
         por la aurora vengadas
         en el rubí falaz de las espadas:
         flor que a los labios fluye.
         Azor zegrí de nubes proletario
         temor del cielo, pámpano de historia,
         barriendo (hoz de sus alas golondrinas)
         del estío espigas, y de la memoria,
         no de sí propias, no: que mercenario
         cual es del Ponto el Nilo tributario
         no ejército es: harinas
         al rojo viento revolucionario
         y a sus embates huye
            - con lo cual esta estrofa se concluye.

   Afortunadamente. ¿Pero quedaba claro? ¿Cualquier lector entendería que se explicaba allí cómo los revolucionarios proletarios, tras duros reveses, nunca definitivos, y esgrimiendo en la diestra la violencia, partera de la Historia, hacen feroz pero no menos justa mortandad -como el segador entre las espigas, como el halcón en el gallinero- en las filas a sueldo del capital, - anacrónicas, ineluctablemente condenadas por el advenimiento de tiempos nuevos - que se dan a la fuga en medio de la más grande confusión y pavor, como polvo en el vendaval? No, no estaba claro. Ningún lector lo entendería. Y era evidente que Zoraida, por ejemplo, jamás lo aprobaría. Ni siquiera Federico. Aunque no estaba nada mal. Eso de, por ejemplo, mercenario/cual es del Ponto el Nilo tributario lo hubiera envidiado el propio Góngora.

   Bebió. A ese paso no iba a terminar nunca. (¿Bebía Góngora?)

   Aquello era una mierda.

   Desalentado, abandonó en la mesa las estrofas escritas. Abrió ventanas: todo hedía a encerrado. Se sentó en su sillón con el vaso de whisky en la mano. Le dio asco el trago, lo dejó en el piso, se recostó en el sillón, clavó la vista en el techo.

   Toc toc toc toc toc toc toc. Tac tac.

   ¿Toc toc toc? Había cambiado el timbre de los ruidos de la señora Niño. Más hueco ahora, y tal vez más sonoro. Llevaba días oyéndolos -llevaba días escribiendo su poema de mierda- y se dio cuenta ahora con sorpresa de que llevaba días sin oírlos, acostumbrado a su monotonía del mismo modo que el feto, al parecer, se acostumbra al latido del corazón materno. Pero ahora recordaba que sin cesar una mitad de su cerebro había estado escuchando los golpes en el techo, y pensó que si analizaba su poema probablemente encontraría que el ritmo le había sido dictado inconscientemente por la señora Niño. Se sintió acometido por una incontrolable oleada de cólera. Arrojó el vaso contra el techo, y se empapó de whisky. Pudo esquivar el vaso en su caída, pero no evitar que estallara en el piso. Barrer ahora. Reventó contra el techo todos los objetos que encontró a su alcance, enloquecido de la rabia: ya que tendría que barrer, barrería todo: floreros, ceniceros, lámparas. Luego, llorando, fue a la cocina en busca de la escoba. Los ruidos en el techo lo siguieron a la cocina. Otra vez golpeó el techo con el mango de la escoba, sabiendo de antemano que había sido derrotado. Miró con amargura sus dos manos, antes que vencedoras ya vencidas: también eso se lo había dictado la señora Niño desde el piso de arriba. Loca, loca de mierda. Y la seguía escuchando: toc toc toc. tloc, tloc tloc tloc. Tlic tlic. Debía de haber adquirido algún nuevo instrumento, más sonoro. Miró los versos en su mesa, deprimido: porquería de versos. Ni siquiera eran suyos. El poeta es sólo un camino para la voz de lo eterno, dice Rimbaud. Del pueblo, dice Zoraida. De la señora Niño. Tenía ganas de llorar de verdad. No había inventado nada, no había creado nada, después de tanto esfuerzo. Así, creían los antiguos que no podemos escuchar la música celestial de las esferas porque la oímos siempre: y sin embargo la música que hacemos no es más que el remedo de esa música. Resopló con furia: ¡música de las esferas! El tlic tlac tlic tloc tloc tloc tloc de la señora Niño. Música.

   ¡Caray, música! ¡Claro, música! ¿Cómo no había pensado antes en combatir a la señora Niño con la música? Música, claro, música. Música de verdad. Cuál música. Los vallenatos que había dejado puestos Federico le parecieron frágiles. No, algo robusto, poderoso, abrumador, aplastante, cuerdas y percusiones, violencias, mucho platillo, mucho bombo, mucho corno inglés: toda una orquesta filarmónica. Beethoven. Puso un disco en el plato. Con una ligera presión en una tecla el plato echó a girar, como una cosa viva. Otra leve presión en otra tecla, y Beethoven, dócilmente, se puso a reventar los techos.

   Pero en las pausas de su música se abría paso con finura implacable de escalpelo la música concreta de la señora Niño. Incluso era peor, porque a través de los bramidos y de los barritares de Beethoven se esforzaba por distinguir en el techo el tintineo, el golpeteo, el tac tac. Beethoven era una marejada, un huracán, una estampida de búfalos: pero al abrigo del techo la abominable señora Niño tenía la paciencia infinita de una gota de agua en los huesos del cráneo. La Novena Sinfonía de Beethoven aterroriza a los salvajes, apacigua a los cachalotes, calma a los elefantes: a la señora Niño la dejaba perfectamente fría. Puso el disco en el plato una vez y otra vez, con el volumen en la máxima violencia. En los inevitables intervalos para voltear el disco, en los largos silencios que separaban los sucesivos movimientos, la señora Niño proseguía impertérrita: tac tac tac - tlic tlic tlic tlic tlic tlic - tloc tloc tloc - tap tap tap. Tap. Tap. Tlic.

          Tap.
          Tlic.
          Tap tap.
          Toc.
          Tap.

   Salió gritando a la escalera, subió de dos en dos. En el hueco sonoro de la escalera atronaban los coros de Beethoven como un tren en un túnel. Tras la puerta cerrada de la señora Niño sólo se oía el silencio. Pegó su dedo al timbre y pateó la madera. No hubo respuesta. Pegó el oído a una rendija, y oyó un roce levísimo, de gruesa fiera que se arrastra, de reptil. Soltó por la rendija un aullido bestial que rebotó en todos los recovecos del edificio. Adentro se hizo un silencio de muerte mientras Escobar jadeaba ante la puerta, todavía hinchadas como cuerdas las venas de la frente y del cuello. Bajó las escaleras titubeante, como vaciado de su sangre, entre el estruendo de la música que sentía sólido como un río. Cuando cerró su propia puerta Beethoven seguía bramando desde el disco, pero del cielo raso ya no llegaba ningún ruido.

   Se dejó caer en el sillón, empapado en sudor, riendo y llorando. Había vencido. El grito. El alarido primordial del ser humano acorralado, el aullido potente que hace escapar a las escurridizas alimañas. Respiró hondo y lo volvió a lanzar, mirando al techo:

- ¡Aaaaahaahhagggahaaggghhhaaaaajaaaaahhjhjhhha! a! a! ah!

   Sobre el fondo coral del Himno a la Alegría el alarido cobraba tonos pavorosos. El grito primigenio. La voz, la voz humana. Su propia voz. Gritó otra vez:

- ¡AaaaahaahhagggAHAAGGGHHHAAAAAJAAAAA-HHJHJHHHA! A! A! AH!
   Y otra vez:
- ¡AAAAAHAAHHAGGGAHAAGGGHHHAAAAAJ-AAAAAHHJHJHHHA! A! A! AH!

   Derrotado, Beethoven llegó al final del disco. Mientras se levantaba para ponerlo otra vez desde el principio Escobar oyó que llamaban tímidamente a la puerta. Miró en torno, buscando un arma. Fue sigilosamente a la cocina y escarbó en los cajones, hasta encontrar un misterioso hierro recurvado: tal vez una manivela de máquina de moler. Aplastaría de un sólo golpe los sesos de la señora Niño. Abrió la puerta con la mano izquierda, blandiendo el hierro en la derecha.

- ¡Uuu-uuy!

   No era la señora Niño. Era una muchachita de trenzas negras y mejillas coloradas, de cofia y delantal blancos sobre el uniforme negro. La sirvienta de abajo. La había visto fregar las escaleras con un balde de agua jabonosa, insignificante, casi infantil. Después del uuu-uuy no había vuelto a decir nada: estaba ahí parada, boquiabierta, mirando con sus ojos negros y sin córnea la mano armada de Escobar, muda de miedo.

- A ver "dijo Escobar, aflojando los músculos. Y la sirvientica soltó un susurro entrecortado:
- Que dice la señora que si por favor puede poner más pasito la música.
- ¿Qué?
   Más atemorizada todavía, gimiendo las palabras:
- Que si por favor manda decir la señora que la música. Y que si por favor que qué son esos gritos tan raros, que si se le ofrece algo.

   Ah, sí, claro. Debía ser la señora que en esos días había emprendido el vacilante aprendizaje del piano. Probablemente estaba apabullada por Beethoven.

- Sí, claro. Díle...

   Pero pensándolo bien, sí se le ofrecía algo. Miró con ojo crítico a la sirvientica, medrosa y cabizbaja, paradita en la puerta. Tenía piernas delgadas, lisas, de niña, y el pelo renegrido apretado en dos trenzas, y las mejillas limpias. Tras el delantal, los senos parecían quedarle grandes.

- Díme: ¿tu señora es la que está aprendiendo a tocar piano?

   La sirvientica dijo que sí con la cabeza. Escobar dejó la manivela en el piso. Con la punta de los dedos le acarició la mejilla lisa, caliente. Se puso todavía más roja, cerró los ojos, los abrió de un golpe, mirándolo a la cara, negros como azabaches, sin cornea. Se quedó quieta, con las manos caídas, resignada, aceptando su destino, mirándolo. Escobar llevó los dedos hasta la oreja pequeña y roja, pegada al cráneo, hasta la nuca helada. La sirvientica se atragantó de sobresalto.

- Uy, doctor.

   Y bajó la mirada otra vez. Se veía sin voluntad, sin defensa, sin prudencia. Lo deprimió que lo llamara doctor.

- Díle a tu señora que sí, que voy a bajar la música.

   Cerró la puerta con ella ahí parada todavía, sin mirarla.

   Apagó el tocadiscos.

 

 

 

 

   Por un momento esperó que la señora de abajo se pusiera a tocar en su piano algo sedante. Sin embargo el silencio era absoluto. La señora Niño, al parecer, había quedado completamente derrotada. Escobar intentó recordar su grito de victoria. Lo repitió en voz baja.

- aaaaahaahhagggahaaggghhhaaaaajaaaaahhjhjhha. a. a. ah.

   Había encontrado al fin su verdadera voz. Miró sus torpes rimas dictadas por la música imperativa de la señora Niño, sus octavas reales como corsés de hierro, sus artificiales alambicamientos gongorinos. Nada de eso valía nada. Ahora tenía su propia voz.

- Aaaaahaahhagggahaaggghhhaaaa...

   Pero un grito es simplemente un grito. A medida que lo repetía lo encontraba más pobre:

- Aaaaahaahhagggaha...

   Lo asaltó una iluminación: ese era el poema. Un poema simple como un grito, elemental: y sin embargo, suficiente. Se sentó ante su mesa, tomó una hoja blanca, escribió en línea vertical:

A
a
a
a
a
h
a
h
h
h
a
g
...
Y rellenó la hoja de versos, febrilmente:

Capital de Colombia, Bogotá:
mala ciudá, mala ciudá
en donde nunca pasa ná
ni para acá ni para allá
ni aunque pasara se sabrá
ah
ni pasará
ni pasará jamá, jamá
ah
ah
mala ciudá de Bogotá...

   Le estaba saliendo un poema tristísimo, aburridísimo. Tal vez no había sido tan buena idea la de trasliterar el grito. Y ahora, además, le tocaba empezar ya a rimar con ge final. ¿Bogotá ag? Y después vendrían jotas. Pero sobre todo, no le gustaba para nada esa triste monotonía de lamento de esclavos que le estaba saliendo. Bogotá es triste, sí, pero de otra manera. Una tristeza fría, de atmósfera delgada, de ciudad aplastada por el peso del cielo en lo más alto de la cordillera, en lo más lejos. Una tristeza rencorosa, torva, de muchedumbres silenciosas que en la calle tropiezan con otras muchedumbres, como un río con el mar, bajo la lluvia. Una tristeza sórdida de buses y busetas, de semáforos muertos, de edificios a medio construir en medio de charcos amarillos, de parques de los que se han robado los columpios, de vacas pensativas que pastan al pie de las estatuas de los proceres, de basurales, de desempleados, de niños vestidos con uniforme militar. A veces, a lo sumo, un jardinero pasa en bicicleta con la máquina de cortar pasto parada en la parrilla como una cola enhiesta de ave lira.

   El problema, quizás, estaba en la rima en a aguda. Tal vez debiera hacerla grave:

En Bogotá no pasa nada
nada
nada
nada
nada
ah
  no pasa nunca nada
nada
ah
ah
no pasa nada...

   Era mejor así. Aunque tampoco ninguna maravilla. Además, si se ceñía con rigor a su grito, le iba a salir un poema muy corto.

   Se sirvió un trago. En el entusiasmo de la creación no se había acordado de almorzar, y le sonaban las tripas. Sonó el timbre de la puerta.

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