Capítulo VII

Era Ana María, embarazada como un globo, llorando. Se arrojó en sus brazos. Jadeaba de la subida de los tres pisos, y las lágrimas le bañaban la cara y el cuello, temblaba como si tuviera fiebre. Escobar temió que fuera a parir -o a abortar- de un momento a otro, y se llenó de horror. ¿Qué hacer? Le dio palmaditas en la espalda, en la nuca, abrazándola.

- Ana María, Ana María ¿qué pasa? Cálmate, niña, cálmate. ¿Quieres algo? -no se le ocurría qué ofrecerle-¿Quieres agua?
  ¿Quieres que llame a un médico?
- ¡Federico! -gritó Ana María, desgarrada.
- ¿Quieres que llame a Federico?
- ¡Se llevaron a Federico! -Ana María se dejó caer en el sofá, llorando. Mierda, se habían llevado a Federico. ¿Pero quién?
- No, Ana María, tranquilízate: a lo mejor no es eso. Puede ser que Federico...
- ¡Escobar, por Dios! ¡Te estoy diciendo que se llevaron a Federico! ¡Haz algo!
   ¿Hacer algo? ¿Qué?
- A ver, Ana María, cálmate. ¿Quién se llevó a Federico? ¿A dónde?
- ¡Yo qué se! ¡Se lo llevaron preso! ¡Pero por favor, Escobar, no te quedes ahí parado como un idiota, haz algo!
- ¿Preso?
- ¡Preso! ¡Preso, preso, preso, preso! ¡Por imbécil! ¿No ves que llegaron y allanaron la casa, y el muy imbécil...! - se le quebró otra vez la voz en un berrido.
- ¿Y el muy imbécil qué? -ayudó a Escobar.
- ¡Allanaron la casa, imbécil! -rugió Ana María. -Te llamé, pero tu teléfono... -Escobar miró su teléfono: la bocina estaba descolgada, como la había dejado hacia ya días, tal vez semanas.
- ¿Quién allanó?
- La policía, imbécil, o el ejército. Yo qué voy a saber. Un tenientico de bigotico y botas. Soldados. El ejército. ¿No sabes que andan haciendo allanamientos por todo Bogotá, metiendo preso a todo el mundo? ¡Haz algo!
- ¿Pero hacer qué?
- Algo, no sé. Ayúdame. Haz algo. Mira cómo estoy yo
- se tentó el vientre con la mano abierta-, y Mateo allá en la casa, solo, bueno, solo no, en manos de mi hermana, que no tiene ni idea, y de Berenice. ¡Escobar, por Dios! ¡Haz algo!
- ¡Pero qué quieres que haga, carajo! ¿Organizar el rescate? ¿Dar el asalto al cuartel? ¿A qué cuartel?
- No seas imbécil. Llama a alguien. Tú tienes tíos influyentes. Llama a tus tíos, haz que suelten a Federico.
- Pero mis tíos... Por favor, Ana María, ¿tú crees que yo puedo llamar a mis tíos y decirles: tío, que suelten a Federico, que es amigo mío?
   Ana María lo miró con mirada asesina. Se secó las lágrimas. Escobar la vio dispuesta a irse.
- Bueno, espera, voy a ver. Pero cálmate, por Dios.

   Ah, pero llamar a sus tíos, qué tormento. ¿Decirles qué? A Foción. Sí, podía llamar a Foción. ¿Dónde tendría apuntado el número de teléfono de Foción? Ah, no, no tener que llamar a Foción... Aguantar regaño: trabaje, mijo, etcétera. Bueno, sí: llamaría a Foción.

- Pero tranquilízate.
  Intentó llamar. El teléfono estaba muerto.
- Está muerto el teléfono. Es que lleva semanas descolgado. Esperemos a ver si dentro de un rato vuelve a funcionar.
- ¡No seas imbécil! ¿Y que mientras tanto torturen a Federico?
- No exageres.
- No exagero. Ve. Vete. Ve a buscarlo.
- Ya voy. Ya voy. ¿Quieres algo? ¿Qué quieres? ¿Un trago? -no se le ocurría nada que ofrecerle. -¿Quieres leer un poema que estoy escribiendo?
- ¡No, imbécil! ¿No ves que Federico está preso y lo están torturando? ¡Ve a buscar a tus tíos!

   Salió. Ah, tener que ir a ver a Foción. ¿En dónde quedaría la oficina de Foción? Ya no eran horas de oficina. No se hacen allanamientos en horas de oficina, por lo visto. Iría a donde su madre. Había pensado no volver jamás a la casa de su madre, ni siquiera por plata. No tenía madre. Pero bueno. Iría a la casa de su madre.

   Llegó a la casa de su madre y encontró lo de siempre: los jardines, los perros, la familia. En Bogotá no pasa nada nada/nada/nada... Los tíos, las tías, los primos, Lulucita Pineda, monseñor Boterito Jaramillo. Lo recibieron como si no pasara nada: Ignacio, qué milagro.

- Mijo.
- Mamá.
- Te he estado llamando. No contestas nunca. Estoy tan sola...

   Ricardito Patiño le hizo carantoñas y señas con la mano. Había nacido entre los dos, al parecer, una gran amistad. Primos, primas. La prima flaca lo saludó ruborizada. ¿Le diría que llevaba semanas escribiendo un poema sobre la Sabana? No, no se lo diría. Su tío Foción no estaba.

- Debe llegar ahorita -dijo doña Leonor. Y luego, seria:
- Mijo, deberías casarte de una vez con esa novia caleña tuya. Es un amor. ¿Cómo? ¿Fina otra vez? ¿De dónde había salido?
- ¿La has visto?
- Sí. Te hemos estado llamando, pero tú nunca contestas.
- Está dañado mi teléfono.
- Es un amor de niña, mijo. Se la pasa viniendo a almorzar.
   A veces me lee libros -estoy tan vieja, mijo... Ya no puedo ni leer. Hablamos. Pregunta mucho por tí.
- Una linda muchacha -confirmó monseñor Boterito Jaramillo.
- Hemos hablado mucho de tí.

   ¿Fina? Imposible. ¿Qué podía hacer Fina hablando con doña Leonor? ¿De qué hablarían? De polistas argentinos, se dijo, despechado. Pero no tenía tiempo: en las mazmorras de un cuartel estaban torturando a Federico.

- ¿Y Foción?
- Ahorita viene. No seas tan impaciente, mijo.
- Tó-tó-tómate algo -sugirió Ricardito Patiño.
   Escobar se sirvió un whisky.
- A lo mejor llega tu novia -lo animó su mamá. - A veces viene por las tardes.

   Sí, esperaría. Tenía que ver a Fina: saber por qué se había ido -¿hacía ya cuánto tiempo? ¿Un mes? ¿Dos? Si quería saber de él ¿por qué no volvía? ¿Y qué era esa locura de haberse hecho amiga de su mamá?

- Deberías casarte y tener un hijo, mijo.
- No, mamá. Eso ya lo hemos hablado veinte veces. No.

   Otra vez resucitaban sus viejos problemas. Más los nuevos. Ana María ni siquiera había querido echarle una ojeada a su poema. Era comprensible, claro: a lo mejor estaban torturando a Federico. La revolución, además. Los compañeros Douglas y Zoraida. La vida es terriblemente complicada. ¿Por dónde empezar?

   Foción entraba por fin en el salón, enorme, enfisemático, cojeante, jadeante, apoyando todo su peso en el hombro de una niña cubierta hasta los pies por su ruana, con cara de mal humor. Doña Leonor insistía.

- Ya vas volviéndote viejo, mijo. Y Hennita se pondría feliz.
- ¿QUIEN? -no creía sus oídos.
- Hennita. Tu novia.

  ¡Henna! Soltó un bufido, sintiendo que le estallaban de furor los globos de los ojos. ¡Henna otra vez! ¡Otra vez la misma vaina! ¿Jamás podría escapar de Henna? ¿Y Henna con qué derecho...? Renacía el viejo odio, que creía ya olvidado. ¿Hasta cuándo? ¿Y por qué venía aquí? Si la había echado a patadas de su casa no era para encontrársela después haciéndole visita a su mamá. ¡Ah, no! ¡No más Henna, por Dios! Acabó su whisky de un sorbo y se acercó a Foción para plantearle el tema del allanamiento.

- Quihubo, Ignacio, qué milagro -lo saludó la niña de la ruana: la reconoció entonces: la sonrisa entreabierta mostrando dientes muy blancos, en un gesto vagamente adenoideo, los ojos negros, hundidos, ligeramente estrábicos. La hija de Foción y la tía Clemencita. ¿Cómo se llamaba? ¿Clemencita? No. ¿Camila?
- ¿No se acuerda de mí? Soy Patricia.

   Patricia, eso era. La saludó de un beso en la mejilla: le sorprendió que ella volviera el rostro para recibir el beso en los labios. ¿Qué edad tendría? A primera vista parecía bastante bonita. La recordaba como una gordita corretona.

- Es que hacía años que no la veía. Se ha vuelto linda, Patricia. La felicito.
- ¿Usted viene mucho por aquí? -interrogó Patricia.
- Yo no vengo nunca. Odio a la familia. Pero a veces me toca venir a traer a papá.
- Yo también -dijo vagamente Escobar.
- ¿A usted no le parece asquerosa toda esta burguesía de mierda? -volvió a interrogar Patricia. El "mierda" le sonaba forzado, desafiante. -A mí a veces me dan ganas de vomitar. ¿No le parece que habría que hacer una revolución? ¡Rátat-tat-ta-tata-tat-tat-ta-ta-tata-ta-ta! -simuló con la boca el ruido de una ametralladora, acribillando en derredor primas y primos, tías, tíos, muebles ingleses, porcelanas, cortinas, Lulucita Pineda.

   La dejó. Tenía bonitas cejas, gruesas, negras. Bonita cara, en general, con los labios hinchados y tiernos, y el pelo oscuro inflado sobre la nuca como un casco. De vieja, sin embargo, se volvería como Foción. A lo mejor Foción, de joven, había sido un temible revolucionario. Se dirigió a su mole en el sillón de cuero:

- Tío, te tengo que pedir un favor.
- Si es plata, de una vez es no, mijo. Pídele a tu mamá, que es la rica de la familia -rio entre toses, y prosiguió, pensando en otra cosa: -¿Me dice tu mamá que te casas pronto?
- No -dijo Escobar, tajante. Henna de mierda. Quién sabe qué complots había estado tramando a sus espaldas, abusando de la inocencia y de la senectud de su pobre mamá. Su mamá también era una mierda, y no tenía nada de inocente. ¿Por qué había vuelto a poner los pies en esa casa? (Tampoco recordaba exactamente por qué se había ido). Ah, sí: debían estar torturando a Federico.
- Tío, es urgente. Ven, vamos al salón francés y te explico.
- ¿Que me vuelva a parar? -protestó Foción, escandalizado. -Después, mijo, después. Ahora me estoy tomando un whisky.
- Tó-tó-tómate otrico -le propuso a Escobar Ricardito Patiño.

   Escobar se tomó otrico. (A lo mejor estaban torturando a Federico ¿pero qué podía hacer?)

   Casi inmediatamente, sin embargo, Foción empezó a hacer grandes esfuerzos para ponerse en pie, quería ir a hacer pipí. Lo ayudó a alzarse, le dio el brazo para llevarlo al baño. Pero Patricia vino también con ellos. Foción se dejaba ir sobre su cuello con todo el peso de su cuerpo. ¿Hablar delante de ella? Se echó al agua:

- Mira, tío: es un amigo mío que metieron preso. Es a ver si tú...

   Resoplando, Foción entró en el baño y le cerró la puerta. Se quedó parado ante la puerta, frente a su prima, que lo miró burlona.

- ¿Coca, primo?
- ¿Qué?
- ¿Un amigo coquero?

   Se escandalizó un poco. ¿Ya las gorditas corretonas andaban en Bogotá metiendo coca? La corrupción de la capa de terratenientes, señores de la guerra y burguesía compradora, o como fuera la cosa. Mao Tsé tung tenía razón. ¿Qué edad tendría esa niña? No podía tener veinte años. Era bonita. La cara, al menos: bajo la ruana hasta los pies no se le veía el cuerpo. Decidió deslumbrarla.

- No... Una cosa política.
   Vio que, efectivamente, lo miraba con más respeto.
- ¿Trotsko? -preguntó, con los ojos brillantes.
- ¿Qué?
- ¿Trotskista?
- No... -empezó a sentirse avergonzado: al fin y al cabo estaban torturando a Federico -¿Usted es trotskista?
- ¿A usted qué le importa? -replicó la prima, desafiante.

   Callaron los dos. En el baño se oían ruidos terribles. Patricia intentó desviar su atención:

-Ignacio: ¿es verdad que se casa?
- ¡No!
- Pues le advierto que si no le apura, Ernestico Espinosa le va a quitar a su novia.
- No tengo novia.
- La caleña.
- No es mi novia. ¿Está de novia de Ernestico Espinosa?
- Pues ella dice que es novia suya, y se la pasa hablando de usted. Pero se la pasan juntos.

  ¿Henna con Ernestico, repulsivo cardiólogo? Sintió una punzada de celos, o de rabia. Henna era repugnante, y la odiaba. Pero de ahí a que se acostara con Ernestico Espinosa había un abismo. Porque se acostaba con él, lo sabía: la conocía. No había derecho. Henna era suya.

- Es un bicho asqueroso.
- ¿Mi novia caleña? No es mi novia.
- No. Ernestico Espinosa. Se la pasa tratando de cogerme las tetas.

   Se las miró. No se veían, bajo la ruana. "Tetas" le sonaba tan falso como el "mierda" de hacía un rato: demasiado deliberado, demasiado retador. Se estaba emancipando. Patricia prosiguió:

- No se case, Ignacio, no sea pendejo. Más bien siga viviendo con ella.
- No es mi novia. Y no vivo con ella.
- No se haga el bobo, Ignacio, no hay para qué. Aquí todo el mundo sabe que viven juntos, empezando por su mamá. Claro, como usted es hombre, no dicen nada... Y ella es caleña, claro.

   Se quedó un instante enfurruñada, silenciosa, juzgando el peso de la injusticia:

- Usted no sabe lo difícil que es ser mujer, Ignacio. Papá es un viejo reaccionario y retrógrado.

   Le inspiró cierta ternura: qué joven era. ¿Tendría bonitas tetas? Tendría que preguntarle al novio de su novia.

- ¿Usted tiene novio?
- Novio no. Amante.

   Alzó el rostro, desafiante, con la boca entreabierta en su gesto adenoideo y chispeantes los ojitos hundidos bajo las gruesas cejas. Le dieron ganas de besarla. Qué joven era.
   ¿Qué edad podría tener?

- ¿Lo conozco?
- No creo... Es de otra clase social. -Lo dijo con sorna, recalcando lo de "clase social", como entrecomillándolo.
- Lo que importa no es el origen de clase -dijo Escobar, sesudo- sino la posición de clase.

  Patricia quedó deslumbrada. Qué joven era.

- ¿Usted es trotskista, Ignacio?
- ¿Trotskista? -¿le diría que sí? Le gustaba cada vez más: era increíble que fuera hija de Foción, esa masa de carne.
- No... Trotskista no. ¿Su... amante es trotskista?
- Es el secretario general del Partido Socialista de los Trabajadores -reveló Patricia con jactancia.
- Ah, sí... -dijo Escobar, al desgaire. -Jefferson Calarcá Marroquín.

   El mismo quedó asombrado por su propia rapidez mental. Patricia lo miró con sorpresa.

- ¿Lo conoce?
- No. He oído hablar. Un tipo que se tira a todas las niñas hablándoles de la revolución proletaria.
- ¡Jefferson no es así! -gritó Patricia, hecha una fiera. Escobar se rio, agravando las cosas. Pero entonces Foción salió del baño, exhausto. Tenía una enorme mancha húmeda en la amplia bragueta.
- A ver, mijo, ahora sí: qué es lo que quieres. Plata no, ya te dije.
- Plata, plata, siempre hablando de plata -refunfuñó Patricia, rabiosa. Foción se apoyó en el hombro de Escobar.
- Figúrate, mijo, que esta niñita nos ha salido comunista.
   Patricia puso los ojos en blanco. Foción rio, tosiendo.
- Ya te digo, mijo: cuando quieras, te consigo un puesto en el banco.
- No, no es eso, tío. Es un amigo mío que...
- Es que tú no puedes seguir con esa pendejada de la literatura, Ignacio. Mira al pobre Ricardo. Tú ahora estás bien, pero la plata de tu mamá se va a acabar un día.

   Escobar sintió un escalofrío. No se le había ocurrido que la plata de doña Leonor se fuera a acabar Jamás. No quería volverse como Ricardito Patiño.

-¿De veras, tío? No me digas.
   Patricia lo miró con desprecio.
- No -lo tranquilizó Foción. -Pero este país va para el comunismo. Pregúntale a Patricia.
   Patricia le lanzó una mirada asesina.
- Mira, tío, es un amigo mío, que lo metieron preso esta tarde. Y es a ver si tú puedes hablar con alguien para que lo suelten.
- ¿Por qué lo metieron preso? Uno no debe tener amigos presos.
- No sé. No sé bien. Por política, supongo.
- No digas pendejadas. Aquí no meten a nadie preso por política
- ¡Ay, papá! -intervino Patricia-¡Tú sabes perfectamente que sí, no seas hipócrita!

   Foción, que había echado a andar hacia el salón, se detuvo, apoyado en el brazo de Escobar.

- ¡Mírala, Ignacito: soy su padre, y mira cómo me irrespeta. Y con Clemencita es igual, no creas.
   Echó a andar nuevamente, murmurando:
- Así que por política... Sí, claro: puedo llamar a alguien. Pero no sé. Si está preso, es por algo.
- Por nada, tío, te aseguro. -La palabra "secuestros" le pasó por la mente como un relámpago: no le había preguntado detalles a Ana María. Ah, la acción, la acción, qué error. -Nada. Cosas de política, me imagino. Están metiendo presa a mucha gente, tú sabes.

   Foción volvió a detenerse, acezante:

- Ignacito, es que ustedes los jóvenes no pueden, y perdóname la palabra, joder tanto.
   Patricia saltó:
- ¡Ah, claro! ¡Y en cambio cuando yo digo "joder" hay que ver cómo te pones, pero tú sí, claro!

   Esta vez fue Foción el que puso los ojos en blanco. Conflicto de generaciones. Y mientras tanto debían estar torturando a Federico. Insistió:

- Tú debes conocerlo, tío Foción. Es Federico Ospina, sobrino de tu amigo Rodrigo. Es amigo tuyo ¿no?
- ¡Ah, sobrino de Rodrigón! Hijo de Federico, me imagino. ¿En qué anda Federico? Hace años que no sé de él. - Está preso, tío.
- No seas bobo, mijo: Federico papá.
- No sé bien... Creo que se murió hace años. -¡No me digas! No supe. O tal vez sí. Algo me comentó Rodrigón en la junta del banco. Era un señor, Federico. Ellos siempre fueron muy ricos, hasta la crisis, por lo menos. Después ya no tanto. ¿Y Blanca vive? Era una linda muchacha, en su tiempo. Fue reina de los estudiantes en Medellín, me imagino que te habrá contado tu amigo Federico. Ella era hija o es, porque todavía vive -de don Florentino Plata, que era como tú sabes muy amigo de papá, y muy amigo sobre todo de tío Miguel Ignacio, que era el menor...

   Escobar y Patricia pusieron simultáneamente los ojos en blanco. Patricia soltó una carcajada. Foción se interrumpió, ofendido:

- Ya sé que estas cosas a tí no te interesan, mijita, pero a tu primo Ignacio sí. Es la historia de la familia. Es la historia de este país.
   Echó a andar otra vez.
- ¿Y qué hace tu amigo Federico? ¿Trabaja? Ellos eran muy ricos.
- Es escultor.
  Foción bufó.
- Si trabajara no pasarían estas cosas.

   Ya entraban otra vez en el salón, en el calor de la familia. Foción recuperó su silla, reclamó un nuevo whisky. La prima flaca vino a hacerle fiestas a Patricia, con los ojos brillantes.

- ¡Ay, Patricia! ¿sabe qué? ¡Estoy esperando bebé! ¿No le parece divino?
   Patricia se encogió de hombros, indiferente. Le murmuró a Escobar por la comisura, en un susurro silbilante:
- No me la resisssssto.

   Se había creado entre los dos una complicidad, por lo visto. Pero la prima flaca no era como para no resistírsela, pobre: turbado, observó el palpitar de su vena en el cuello, bajo el collar de perlas.

- ¿Y usted nada que se casa, Patricia? Tío Foción nos ha dicho que ahora tiene novio.
- Novio no. Amante -corrigió Patricia, desafiante. La prima flaca se ruborizó toda, cambió de conversación:
- ¿Y usted, Ignacio? El otro día conocí a su novia. Muy querida.
- No es mi novia -corrigió Escobar. -Y no es muy querida.

   Pero pensó que Henna podía llegar en cualquier momento, y todavía no había logrado que Foción hiciera algo por sacar a Federico de la cárcel. Se acercó a Foción. Lulucita Pineda lo atrapó a la pasada:

- Muy querida tu novia, mijo -dijo, negando con la cabeza.
-Leonor me cuenta que es caleña. Pero en Cali hay niñas muy queridas.
   Ignoró a Lulucita. Se inclinó sobre su tío Foción, le cuchicheó al oído:
- Por favor, tío, es urgente.
   Foción lo apartó con un gesto impaciente de la mano:
- Después, mijo, después.
  Doña Leonor alzó la voz desde lo hondo de su sillón, junto a la chimenea:
- ¿Qué son esos secretos que tienes con Focias, mijo? Si es plata, pídeme a mí. No vienes nunca, mijo.
   Ricardito Patiño propuso:
- ¿No te to-tomas o-o-o-otro whisky?

   Escobar retrocedió. La prima flaca hablaba con Patricia, que respondía con monosílabos:

- Juan Manuel no quiere que yo le dé de comer al bebé cuando nazca... -inconscientemente se cubrió los senitos con la mano, como para protegerlos. - pero yo sí quiero, no sé, me parece más natural. ¿Usted le daría de comer a su bebé?
   Escobar interrumpió:
- Patricia, por favor: ayúdeme a sacar a su papá. Es urgente. Deben estar torturando a Federico.
   La prima flaca se cortó.
- No crea que es fácil -dijo Patricia. -¿No ve que están contando historias de la familia?
  En efecto: hablaban del fusilamiento de Papá Carlos. Los viejos cuentos, las risas cansadas, el hielo en los vasos. Afortunadamente no había niños esta vez.
- Por favor, Patricia. Es urgente.

   Patricia se puso en pie con cara de mal humor. La vio susurrar algo al oído de Foción, que protestaba, y tosía, y acababa cediendo. Escobar se acercó a despedirse de su madre.

- ¿Ya te vas, mijo? ¿No esperas a ver si llega tu novia?
- No es mi novia. Te lo he dicho diez veces.

   Monseñor Boterito Jaramillo y Ricardito Patiño soltaron risas cascadas, cómplices.

   Foción avanzaba trabajosamente, arrastrando la pierna enferma, apoyado en el hombro de Patricia, respirando hondo a través de su enfisema pulmonar. Se paraba a descansar cada diez pasos.

- ¿Cómo me dijiste que se llama ese amigo tuyo?
- Federico Ospina, tío. Es sobrino de un amigo tuyo.
- Ah, sí, de Rodrigón.
- Déjame que anote.

   Sacó con gran esfuerzo una agenda de cuero marcada con iniciales, un estilógrafo de oro. Garabateó unas notas.

-  ¿Quién lo detuvo? ¿La policía? ¿Los militares?
- No sé. Los militares, supongo. Allanaron su casa. Un teniente de bigotico y botas.
  Foción lo miró con sorna por entre los ojitos hinchados de grasa.
- ¿Cuántos tenientes de bigotico y botas crees tú que hay en el ejército, mijo? ¿Y en la policía? ¿Y en la policía de tránsito?

   Guardó de nuevo su libreta, su estilógrafo. Echó a andar otra vez, claudicante, roncando, suspirando.

- Voy a ver qué puedo hacer. No te garantizo nada, mijo, porque con los militares nunca se sabe. Pero bueno. De todos modos voy a llamar al general Gómez Ronderos, que me debe un par de favores.

   Salieron al jardín. Un viejo chofer vino corriendo desde lejos, con la gorra en la mano, y tomó a Foción por el codo. Luego corrió otra vez a abrir las puertas del carro. Escobar empezó a despedirse.

- Gracias, tío Foción. Entonces yo...
- No se vaya -le cuchicheó Patricia. - Tengo que hablarle.
- Pero yo...
- Venga. Acompáñeme a llevar a papá.

   Atrás se acomodó Foción con titánico esfuerzo, inmenso, sacudido de espasmos, de tosecillas húmedas, gimiendo sordamente al colocar en diagonal la pierna enferma, dejando apenas campo para su hija. Escobar subió adelante. El chofer cerró con precaución de madre la puerta de Foción, subió, se caló bien la gorra sobre las canas rizadas, cogió el timón con las dos manos y esperó.

- A la casa. Avellaneda -ordenó Foción.
   Arrancaron lentamente.
- Pues como te decía, mijo: esta niñita se nos ha vuelto comunista.

   En la penumbra del automóvil Escobar pudo ver el blanco repentino de los ojos de Patricia.

- Pero espera a que te cuente por qué se ha vuelto comunista... -Foción se abandonó a una risa silenciosa que paró en un ataque de tos. Avellaneda frenó un poco, para evitarle los sobresaltos del pavimento. Tosió largo, y cuando se repuso el carro estaba casi inmóvil, acosado por los pitazos de los que lo seguían.
- Acelere, Avellaneda, no se duerma -ordenó Foción. Escobar veía los ojos cerrados de Patricia, los puños apretados, con los nudillos blancos.
Foción prosiguió: -Lo que no sabes es por qué se nos ha vuelto comunista. ¿No, Patricia?
- No me he vuelto comunista -dijo Patricia entre dientes, sin abrir los ojos.
- Es que tiene un novio -explicó Foción. - Imagínate. Y por lo visto ese novio es del partido comunista.
- Del  Partido Socialista de los Trabajadores -corrigió Patricia con una voz sin timbre. -Y tampoco es novio. Es un amigo.
- Pero vieras qué novio, Ignacito -rió Foción.
- Papá, por favor.
- Déjame que hable de tu novio con Ignacito, que es tu primo. O es que no puedo hablar de tu novio delante de tu primo.
- No es mi novio. Además es para hablar mal de él.
- No es hablar mal. Es decir las cosas como son. Figúrate, mijo, que el novio de Patricia se llama ni más ni menos que Jefferson Calarcá Marroquín, o Moratín, o algo así.

   Patricia se mordía los puños. Escobar salió al quite.

- Te advierto, tío, que llamarse Foción tampoco es fácil.
- Es distinto. Es un nombre de familia.
- Pues a lo mejor Jefferson Calarcá también -dijo Patricia.
- A lo mejor -concedió Foción. -Pero de una familia muy rara.
    Patricia estalló:
- ¡Clasista! ¡Oligarca!
- Tú también, mijita, tú también -dijo Foción, benigno.
- Para eso eres hija mía.
- ¡Ja! ¡Lo que importa no es el origen de clase, sino la posición de clase, para que sepas! -repuso Patricia, sarcástica.
- Y tu posición, mijita, es de niña oligarca. Y la de tu amigo, de negrito resentido. Imagínate, Ignacio: un negrito de Tumaco que conoció en la Universidad, donde dizque estudia Antropología. Comunista, claro.
  A Patricia se le saltaban las lágrimas.
- Comunista no: trotskista -corrigió.
- Es lo mismo.
- ¡Tú qué vas a saber de eso, papá!
- Mira a esta muchachita, Ignacio. Los jóvenes de hoy piensan que todos los viejos somos unos idiotas. O que somos viejos, que es peor...

   Siguieron en silencio. Foción respiraba estertorosamente. El carro se detuvo finalmente ante un amplio jardín. El chofer pitó, alguien abrió la verja, entraron, rodaron hasta la escalinata de la entrada.

- Quédate a comer, mijo -invitó Foción. -Clema está malísima, pero se pondrá feliz de verte.
- No puedo, tío. Tengo que ir a avisarle a la mujer de Federico que tú vas a hablar con el general, que no se preocupe.
-  ¿Avisarle qué?
- Lo de Federico, tío. Mi amigo. El que está preso. El sobrino de tu amigo Ospina.
- Ah, sí. De Rodrigón.
- Papá -dijo Patricia-: yo me voy a comer con Ignacio.
   Mijita, ya sabes que a tu mamá no le gusta que salgas de noche.
- ¡Pero papá, si es con Ignacio!
- Ya sé, mija, pero tú conoces a tu mamá. Se queda despierta esperándote. Avellaneda, traiga a la niña temprano.
- ¡Papá, no soy ningún bebé!

   Foción descendió trabajosamente del carro, trepó la escalinata apoyado en su hija, arrastrando la pierna, jadeando. Al lado de Escobar el viejo chofer refunfuñaba cosas.

- ¿Qué?
- Nada, don Ignacito. Que me da pesar el doctor Foción, que es tan bueno, y la señora Clema, con la niña Patricia, que la está maleando mucho ese que llaman Yéfer.
- ¿Usted lo conoce, Avellaneda?
-  Un mulato muy maluco, don Ignacito.
- Dicen que es muy inteligente -dijo Escobar.
- Y la niña Patricia, con tanta plata como tiene el doctor Foción ¿para qué quiere un negro inteligente?

   Patricia salió, dio un portazo, bajó las escaleras corriendo. Avellaneda, muy despacio, maniobró para volver a la calle.

- Usted váyase, Avellaneda. Yo me quedo con el carro.
- Pero niña Patricia, el doctor Foción, me encargó que la trajera temprano.
- No se preocupe. Avellaneda. Usted váyase para su casa, a mí me trae Ignacio. A ver. Déme las llaves.
   Avellaneda se resistía.
- Niña Patricia, pero no me lo estrelle como el otro día, que yo ya no hallo qué decirle al doctor Foción.
- No se preocupe, Avelletas.

   Patricia cerró la puerta y arrancó con un rugido y un chirrido de llantas. Escobar se volvió para ver todavía el rostro ceniciento de Avellaneda, sus cabellos rizados y blancos, su boca abierta en un gemido.

- ¿Dónde vive Avellaneda?
- Por allá por el sur.

   Patricia manejaba de manera bastante temeraria. Escobar, con el corazón en la boca, pensó en el compañero Douglas. La revolución a lo mejor es eso.

- ¿Dónde vamos? Le advierto que yo tengo que ir a mi casa. Me está esperando Ana María.
- Vamos a su casa. Quiero hablar. No crea que yo soy de esas viejas que lo que quieren es ir a discoteca. ¿Quién es Ana María?
- La mujer de Federico, mi amigo el que está preso. Pero mire para adelante, Patricia, por favor.
- ¿Tiene miedo? Yo soy una verraca manejando. Papá nunca me presta el carro.

   Patricia iba como una flecha, saltándose semáforos, insultando a los otros conductores. Si llegaba a triunfar la revolución, el tráfico se iba a poner imposible. La verdad es que no tenía mucho qué decirle a Ana María. Que Foción iba a hablar con alguien.

- ¿Y su amigo qué hace? Quiero decir ¿milita? ¿La mujer de su amigo milita? ¿Cómo es?
- No milita mucho últimamente. Está esperando niño. Debe parir de un momento a otro.
- Las viejas si son unas huevonas. Yo no voy a tener hijos.
   ¿Vio a la imbécil de Lucía? "Voy a tener un bebé, voy a tener un bebé". Vieja huevona. Me daban ganas de matarla.
- El otro día la estaban criticando a usted, y Lucía la defendía.
- Éramos amigas. Antes. Cuando éramos chiquitas. Ahora se ha vuelto idéntica a tía Lucía y a toda esa mierda. Pobre. Pero quién le manda ser tan huevona. Imagínese, y encima casada con ese cretino de Juan Manuel. No me lo resisto.
- Maneje con más cuidado. Patricia, por favor.
- ¡Pero es que mire cómo anda esa gente! Van todos dormidos. Burgueses de mierda. Lo que se necesita aquí es una revolución ¿usted no cree?

   Era cierto que ese que llamaban Yéfer estaba maleando a Patricia. Pero también se acostaba con ella. Sintió una picada de envidia: era bonita, con los dientes brillando en la boca entreabierta y el casco de pelo oscuro cerrado sobre la nuca. Las manos eran finas, pero las manos engañan. ¿Cómo tendría las tetas? El que Ernestico Espinosa tratara siempre de cogérselas podía indicar que grandes: a Ernestico le gustaban rollizas y tetonas, como la sirvienta nueva de doña Leonor. En fin.

- Es que papá y mamá no entienden -dijo de pronto Patricia. ¿Usted entiende, Ignacio? Papá y mamá no entienden.
- ¿Qué?
- Que yo sea así. Como soy.
- No sé cómo es. Esa ruana le tapa todo.
   Patricia rio.
- No sea pendejo, no hablo de eso. Quiero hablar con usted. A lo mejor usted entiende. Alguien de la familia que entienda. A usted papá le hace mucho caso.
- ¿Foción? No sea boba, Patricia... Se la pasa diciéndome que trabaje. Me quiere conseguir un puesto en el banco.
- ¿Ve cómo si le hace caso? ¿Usted cree que papá le ofrece un puesto en el banco a todo el mundo? ¡Su banco, que es lo único que papá quiere en la vida! La plata, la plata. No hace sino hablar de plata, pensar en la plata, y hacer plata y plata y plata... ¿Sabe quién quiere que papá le dé un puesto en el banco, y papá ni muerto? Juan Manuel.
- ¿Juan Manuel? Patricia, ese semáforo está en rojo, le advierto.
- El marido de la huevona de Lucía. Usted sabe. Juan Manuel.
- Ah, sí. El gordito de chaleco.

   Patricia rio. Tenía una linda risa, y al reír se le cerraban los ojitos ligeramente estrábicos. En alguna parte había leído que el estrabismo tenía origen heredosifilítico.

- No me había fijado que tenía chaleco, pero claro. Pobre Lucía. Pero eso sí quién le manda ser tan huevona. Se casó con ella por la plata, usted sabe. Ignacio, yo no quiero que se casen conmigo por la plata.
- No se case.
- Sí, claro. Pero no es eso. ¿Usted qué opina de Jefferson? -se interrumpió, arrepentida, avergonzada: -No lo digo por lo de casarse por la plata, claro. Además yo no me quiero casar con Jefferson. ¿Pero qué opina?
- No sé. No lo conozco.
- ¿Pero eso que me dijo donde su mamá? ¿Eso de que Jefferson se tiraba a todas las viejas? -Eso dicen. Pero yo no sé. La revolución da para todo.
- ¡Ay, Ignacio!
- Baje por la próxima a la derecha.
- ¿Usted vive por aquí? Yo también quiero vivir sola. Pero papá y mamá no me dejan, claro. Creen que soy un bebé.

   Mientras subían las escaleras les llovieron improperios de la señora Niño. Había olvidado a su enemiga.

- ¡Asesino! ¡Canalla! ¡Cobarde!
   Y a Patricia:
- ¡Prostituta! ¡Pellejo! ¡Modelo!
   Escobar tomó aire y lanzó su grito:
- ¡Aaaaahaahagggahaaggghhhaaaaajaaaaahhjhjhhha! a! a! Ah!

   La señora Niño se encerró con un portazo. Patricia reía, aplastándose contra la pared de la escalera.

- ¿Usted trae aquí muchas viejas, Ignacio?
- No se preocupe. Somos viejos enemigos. -Ignacio ¿cómo puede vivir entre tanta suciedad?

   Miró el viejo desorden: los ceniceros rebosantes de colillas, los platos y las tazas, los fragmentos de frutas oxidadas, el aroma marchito de las flores en agua corrompida, el reguero de papeles escritos, arrugados, arrinconados en el piso. Era una suciedad de cosas limpias: flores, poemas, frutas. Pero Patricia se puso de inmediato a arreglar, efícientísima. Se quitó al fin la ruana que la cobijaba hasta el piso y Escobar, asombrado, se dio cuenta de que no era ni gorda ni tetona, ni parecía posible que hubiera sido concebida por el elefantiásico Foción en el útero ya casi menopáusico de su tía Clemencita. Era una linda niña, aunque tal vez algo corta de piernas. Su culo, sin embargo, se erguía redondo y tierno, templado y doble como un melocotón. Cuando se acurrucaba a recoger papeles y colillas le tensaba el fondillo de los bluejeans, alto y curvado como una silla de montar. "Mujeres buenas para ser caballos", dice Góngora. (Recordó fugazmente a Henna, sólida y percherona). Una potranca joven, todavía sin domar. Ah, pero la dificultosa tarea de seducirla. Los dramas familiares, la praxis revolucionaria, los estudios de antropología. Tenía botas. Y en la eventualidad de que lograra seducirla, el trabajo de quitarle las botas.

   En un momento la casa estuvo limpia. Escobar veía ahora que esa tarea imposible que alguna vez había emprendido a medias, esa faena abrumadora de hombre de acción, de héroe mitológico, tal vez de semidiós, era un simple trabajo de mujer. Aprovechó para premiarla con un beso en la sien.

- ¿Quiere un trago? ¿Whisky? -¿No tiene ron?
- No creo que a su papá le gustara en lo más mínimo que yo le ofreciera ron. Eso es trago de trotskista, no de niña bien.
- Ay, Ignacio, no se burle. Dígame dónde está y yo lo sirvo.
- En la cocina. Por ahí. Hay vasos, también. Y hielo. Pero mejor traiga whisky. Le cuento que usted es una maravilla, Patricia. Le voy a decir a su papá que me quiero casar con usted.
- ¿Por la plata? Cásese con Lucía, más bien. Desde chiquita está enamorada de usted.
- Es más bonita usted.

   Sintió un deseo contradictorio y lancinante, mezcla de halago y de nostalgia: el cuello de Lucía con su venita palpitante, y sus senitos casi planos, y no haber sabido a tiempo que desde chiquita estaba enamorada de él. ¿A tiempo para qué? A lo mejor todavía estaba a tiempo. Pero bueno: era verdad que Patricia era más bonita, y además estaba ahí. Sí, pero estaba enamorada de Jefferson Calarcá Marroquín, o Moratín, un mulato trotskista muy maluco. ¿Cómo seducirla? Hubiera debido llevarla a discoteca, en fin de cuentas. Se acordó súbitamente de Ana María, que no estaba ahí, cuando debía estar esperándolo. A lo mejor Foción no había hecho nada, y a esas horas seguían torturando a Federico. Levantó el teléfono. Seguía muerto. ¿Qué hacer? La acción, la acción de nuevo, qué maldición. Dios mío. Patricia ya volvía con whisky y hielo, vasos, una jarra con agua. Era una maravilla, realmente.

- Pongamos música ¿le parece?
- Espere. Es que no sé qué hacer. Ana María debería haber estado aquí esperándome.
- ¿Su amiga? Ah, creo que le dejó un mensaje ahí: lo vi cuando estuve arreglando. Se me olvidó decirle.
- ¿Un mensaje? No. Eso es un poema mío.
- ¿Un poema? ¡Déjeme ver! ¿Sabe que a mí nadie me ha escrito un poema?
- Ni a usted ni a nadie. Eso ya no se usa.
- Eso dice Jefferson. Que escribir es una huevonada. Que lo que hay que hacer es organizar comités obreros y campesinos, comités de base, de barrio. En esas estoy yo también, en el barrio Kennedy, por ahora. Viera qué gente tan verraca, Ignacio. Ay, muéstreme su poema. ¿Para quién es?
- Para nadie. Es un poema... revolucionario, digamos. Es una denuncia de Bogotá. ¿De veras quiere verlo?

   Estaba halagadísimo. Echó una ojeada a sus papeles. Y vio que sí, que escrito en lápiz rojo había un mensaje de Ana María, lleno de mayúsculas y de signos de exclamación.

         ¡Escobar!
         Me voy, no puedo esperar! ¡Llámame cuando llegues!!
         Mateo está solo ¡Llámame!!!!
         Arriba pasa algo rarísimo. Subí, y era una LOCA!! Una vieja completamente          LOCA que me insultó! Llámame!!!
         Besos
            Ana María.
         No se te olvide LLAMARME cuando llegues!!!!!
         Ana María.


  
Ni siquiera había buscado un papel en blanco. Había escrito el mensaje en la última página de su poema. Claro, estaba embarazada, claro, estaba nerviosa por su hijo, claro, estaban torturando a su marido: pero tampoco hay derecho. Escobar se sintió un poco innoble por estar preocupado por la pulcritud de su poema mientras torturaban a Federico. Sí, pero son dos cosas distintas. Ana María hubiera podido buscar un papel sin usar. Debía estar muy nerviosa, sí, y estaba embarazada. Pero tampoco había derecho.

- Es un mensaje de Ana María. Dice que la llame al llegar.

   Volvió a levantar el teléfono. Seguía muerto. Iba a tener que hacer diligencias, llamar (peor: ir) a la oficina de reclamos, enfrentarse a una señorita abominable. Y encima, salir a la calle a llamar a Ana María. Mierda. La acción. Y mientras tanto, iba a perder la oportunidad de seducir a su prima Patricia, que estaba tan bonita. No había derecho. Ya había ido a donde su mamá, ya había hablado con su tío Foción, ya lo había hecho comprometerse a llamar al general Rodríguez Ronderos o Rodríguez Lanceros o algo por el estilo. ¿Qué más? No había derecho. Bueno. Primero se tomaría el whisky.

- ¿No me iba a leer el poema?
- Es que es malísimo.
- No sea coqueto, Ignacio. Léamelo. Si me lo lee le doy un beso.
- Es que es malísimo, de veras. Pero bueno: déme un beso.

   Patricia alzó la cara, y se dieron un beso con los labios cerrados. Escobar quiso prolongarlo, quiso abrirle hábilmente los labios con sus labios. Ella lo esquivó, haciendo un "múa" sonoro.

- Acuérdese de que yo no soy Lucía -le advirtió.
-Yo no estoy enamorado de Lucía, sino de usted, Patricia
- dijo Escobar. Ah, la seducción. La mentira. -En fin, enamorado no. Pero no me dé más besos.
- No pensaba darle más. Muéstreme el poema. Recítemelo.
- No. Léalo usted. Yo no sé recitar.

 

- Cada vez que su mamá se lo pide, Ricardito Patiño recita un poema.
- Es que Ricardito está enamorado de mi mamá. Y yo no estoy enamorado de usted. Pero además, yo no soy Ricardito Patiño.
- ¡Ja! -se burló Patricia. Y se puso a leer el poema. Escobar leyó sobre su hombro:

En Bogotá no pasa nada
nada
nada
nada
nada
ah
no pasa nunca nada
nada
ah
ah
  no pasa nada...


   Era malísimo. Patricia preguntó:
- ¿Esto es todo?
- No, no. Es que ese no es. Eso era un ensayo, una cosa que se me ocurrió. El poema es este otro. Mire:

Capital de Colombia, Bogotá:
mala ciudá, mala ciudá
en donde nunca pasa na
ni para acá ni para allá
ni aunque pasara se sabrá
ah
ni pasará
ni pasará jama, jama
ah
ah

mala ciudá de Bogotá...

   Patricia parecía perpleja. También era malísimo. No hubiera debido mostrárselo. ¿Las octavas reales? Tal vez:

         Ciudad de sangre, en sangre amortajada:
         ciudad que arroja sangre y sangre encierra;
         ciudad ensangrentada y desangrada
         en sórdida, secreta, sorda guerra...

   Tal vez. Pero tampoco. ¿Y la cosa gongorina?

         Azor zegrí de nubes proletario
         temor del cielo, pámpano de historia...

   Le parecía difícil levantarse a Patricia con semejantes versos, y era una lástima.

- Pongamos música -sugirió.
- Sí, pongamos algo... -aprobó Patricia. El ambiente había cambiado por completo. La poesía es una mierda.
- ¡¿Los Beatles?! -se escandalizó Patricia. -¿Eso es lo más nuevo que tiene?
- ¿Qué tiene usted contra los Beatles? Cantan muy bien. Cantaban muy bien, en mi época. En fin, estos discos no son míos. Son de Fina.
- ¿Su novia caleña?
- Mi novia caleña. Pero no la que usted conoce. Otra. La que usted conoce no es mi novia. Pero bueno, si no le gustan los Beatles podemos poner otra cosa. ¿Algo de aquí? ¿Quiere salsa? ¿Quiere música para clavecines del siglo XVII? ¿Telemann? ¿Bela Bartok? ¿Jazz? ¿Fruko y sus Tesos? ¿Los hermanos Zuleta? ¿Chabela Vargas? ¿Gardel? ¿Los Rolling Stones? ¿Brahms? ¿Flamenco? ¿Vivaldi?
- ¿Tiene algo de Julio Iglesias? Estoy segura de que su novia caleña tiene discos de Julio Iglesias.
- No. Mi novia caleña no es la niña caleña que usted conoce. En esta casa no hay discos de Julio Iglesias.
- Beethoven -leyó Patricia. No me lo resisto. Papá siempre pone a Beethoven, y pone los ojos en blanco. Viejo retrógrado. "Para Elisa". ¿Usted sabe que mamá toca en el piano "Para Elisa"? No me la resisto. Pobre mamá. Haberse tenido que aguantar a papá. Chopin. Eso también lo toca mamá.
-Shopan -corrigió Escobar.
- No sea pendejo, Ignacio. Asi dice papá también: Shopán. No me lo resisto.
- No soy pendejo. Soy internacionalista proletario.
- ¡No sea ridículo, Ignacio!! Chopin no es internacionalismo proletario, es imperialismo! ¡Shopan! ¡Y los Beatles también! ¡The Bitls!
- No sea ridícula usted. Cómo se le va a ocurrir que los Beatles -th bitls-o Chopin-Shopán-sean imperialistas.
No sea boba. El imperialismo es otra cosa.
- Es imperialismo cultural -se defendió Patricia.
- No sea boba. Lo del anti-imperialismo está muy bien, pero en música es mortal. ¿Quiere Nueva Trova Cubana? No hay.
- No es eso -Patricia buscaba argumentos. -A mí tampoco me gusta la Nueva Trova, no crea. Los cubanos son burócratas stalinistas.
   Señor ¿cómo se puede ser tan joven? Patricia atacó:
- Esa cosa suya de Bogotá, Bogotá, mala ciudá, mala ciudá, le cuento que parece puro de la Nueva Trova.
   Escobar no respondió. Acabó su whisky.
- ¿Quiere otro trago? -se sintió como Ricardito Patiño. A lo mejor era cierto que todos los poetas acababan así.
- ¿Quiere que salgamos a comer? ¿Quiere que la lleve a una discoteca?
- Yo soy una verraca cocinando -afirmó Patricia, y vació su whisky y se sirvió otro.
   Era hija de Foción. -¿Comemos aquí?

   Pensó que debería salir a buscar un teléfono para llamar a Ana María. Pero no tenía nada qué decirle. Ana María, que a lo mejor mi tío Foción va a llamar a un general, pero que no garantiza nada, que con los militares nunca se sabe. Tenía ganas de besar a Patricia. Patricia no se iba a dejar besar. Eso no iba para ninguna parte. Pero salir, buscar teléfono, dar explicaciones, ofrecer consuelos, ah... Se dejó hundir en el sillón. Patricia se sentó en los talones, en el piso. Qué joven era.

- Comamos aquí -decretó Escobar. -En la cocina hay de todo. El otro día hice mercado.
- ¡Qué envidia! -exclamó Patricia. Era muy, muy joven. No debía tener ni siquiera veinte años. -A mí también me gustaría vivir sola, tener mi apartamentico. Usted no sabe lo que es vivir con papa y mamá.

   Se enterneció súbitamente:

- ¡Pobres viejos...!
   Sin transición, montó en cólera:
- ¡Pero es que los viera, Ignacio! ¡Usted no se imagina! -accionaba con las manos, con las cejas; sus ojitos estrábicos resplandecían de indignación. - ¡Usted no sabe lo que son! ¡Patricia, no salgas, Patricia, no vengas tarde, Patricia, no te metas con gente como esa, Patricia, no sé qué, Patricia, no sé cuantos...! ¿Usted me entiende? ¡Papá y mamá no entienden!
- Es que usted es muy joven, Patricia -opinó Escobar.
- ¡Ay, Ignacio! ¡No venga usted también...! ¡Tengo diez y nueve años!
- Por eso.
- ¡Ay, Ignacio! Pero claro: es que usted es hombre, qué verraquera. A los tipos los dejan hacer lo que les da la gana. Usted no se imagina lo que es ser mujer. Viera.
- Veo, veo.
- ¡No joda, Ignacio, es en serio...! -Patricia se mordió los labios, las uñas. Saltó de nuevo, con una súbita expresión de angustia en las cejas arqueadas: - ¡Pero es que usted no se imagina cómo son esos viejos de huevones y de reaccionarios!

   Se imaginó a Foción, huevón y reaccionario. Braguetaba largo, y no era difícil imaginar sus testículos amoratados, bulbosos, pendulares detrás de la bragueta.

- Es obvio, Patricia. Qué esperaba. Cómo quiere que sean.
- No sé. Es que son mis papas. ¿Usted entiende? Escobar hizo un ruido de comprensión.
- Y mamá, pobre vieja... Pero es que la viera. Cómo es de reaccionaria y de huevona, de... de... Pero es peor papá. Lo viera.

   Escobar hizo con la cabeza que sí, que lo veía.

- Por ejemplo, viera cómo son de racistas, de clasistas. Usted oyó a papá con lo de Jefferson. ¿Usted entiende?
   Escobar hizo señas de que sí entendía.
- Por ejemplo ahora en abril papá me quiere hacer un baile blanco en el Jockey. Un baile blanco, imagínese la huevonada. Que además ya no se usa dar bailes blancos, y menos en el Jockey. Pero es que papá qué va a saber, ni que estuviéramos en el siglo pasado. Y estoy segura de que no me van a dejar invitar a Jefferson.
- Pero Patricia ¿usted quiere que le hagan un baile blanco en el Jockey?
- Pues es como mucha huevonada, ¿no? Como muy burgués. No, son vainas de papá. Dizque para que deje de ser revolucionaria, imagínese.
- Pero si no quiere que le hagan baile ¿qué le importa que no la dejen invitar a Jefferson?
- ¡Ah, no, es que es otra cosa! Ya que me hacen baile, bueno, chévere. Pero entonces que me dejen invitar a la gente que yo quiera ¿no? ¿Usted me entiende?

   Escobar entendía. Estaba dispuesto a entender lo que fuera, a asentir con la cabeza cuando fuera necesario. Pero no le gustaba para nada esa obsesión con Jefferson.

- ¿Y si no la dejan invitar a Jefferson?
   Patricia se mordisqueó las uñas.
- Pues es que en realidad no sé si decírselo a Jefferson. Es que él vive en el Kennedy.
- Ah.
- No se burle, Ignacio.
- No me burlo.
- ¿Usted viene?
- ¿Al barrio Kennedy?
- No sea pendejo, a mi baile. Es de smoking, le advierto.
- Sí, claro, si me invita. Mamá debe tener guardados veinte smokings de papá.
- Pues claro que lo invito, no sea pendejo. Es con invitaciones timbradas, imagínese la ridiculez. Mamá las mandó hacer en Cartier de Nueva York, imagínese. Ni que estuviéramos en el siglo pasado.

  Se quedaron ambos pensativos un instante. Patricia volvió a alzar sus cejas angustiadas:

- ¿Pero usted entiende, Ignacio?
- ¿Qué?
- Lo que me pasa. Lo de papá. Lo de Jefferson. ¡Es que no me lo resisto!
- ¿A Jefferson?
- No, a papá. Viera qué viejo tan... Bueno, y a Jefferson tampoco, a veces. ¡Ah, yo no sé, yo no sé! ¿Usted me entiende? ¡Es que papá y mamá son tan...!
- Tan huevones y tan reaccionarios -ayudó Escobar.
- Sí ¿me entiende? Y Jefferson a veces yo no sé. ¿Usted sí cree que yo a Jefferson le intereso es sólo por la plata?
- No sé -dijo Escobar, esforzándose por mantener un tono de imparcialidad. -No creo. No sé, supongo que es un revolucionario serio, idealista.
- ¿Ve? En cambio papá dice que es un materialista.
- Bueno, claro: el materialismo dialéctico. Pero eso es otra cosa, no tiene nada qué ver. Me imagino que si la quiere a usted, es por usted. Yo, por ejemplo, la quiero por usted.
- Eso es distinto. Usted es mi primo. Además usted tiene plata. Papá y mamá dicen que Jefferson es un resentido.
- ¿Sí? No sé. No creo.

   Le parecía grotesco estar defendiendo ante Patricia la sinceridad de Jefferson, pero Patricia estaba linda. Hubiera querido besarla de una vez, y salir de eso: que se quedara o que se fuera y lo dejara en paz.

- ¿Y eso que me dijo antes? ¿Que Jefferson se levantaba a las viejas hablándoles de la revolución?
- No sé. Eso es lo que dicen. ¿A usted se la levantó así? Si quiere, le hablo un rato de la revolución yo también. Es facilísimo.
- Es en serio, Ignacio... Usted no entiende.

   Lo miraba dolida, herida, con los ojitos ya cargados de lágrimas. Se mordió los labios húmedos, tiernos. Era muy linda. Jefferson no se la merecía, probablemente.

- Era un chiste, Patricia.
- Yo sé, pero.. ¡Es que usted no se imagina, Ignacio! ¡Es que viera! ¡Es que ya no aguanto, Ignacio, usted no se imagina! ¡Dios mío, ya tengo diecinueve años...!

   Y hundiendo la cabeza en el pecho de Escobar, lloró. El no supo qué hacer, la abrazó torpemente. Era la segunda vez en el día que le pasaba lo mismo. ¿Que tendría, a qué olería, para que de pronto se le echaran a llorar en los brazos todas las niñas? Sentía subir y bajar las paletas de Patricia, convulsionadas por el llanto. Le dio unas palmaditas en el hombro. Le besó el pelo suavemente, haciendo ruidos confusos de consuelo. Era linda Patricia, oliendo a llanto.

- No llore, niña, no llore. Usted es muy linda, y se pone feísima si llora...

   Pero no era verdad. Patricia le parecía lindísima llorando, palpitante, crujiente, con sus brazos delgados y sus paletas frágiles temblando entre sus manos, tibia de olor a llanto. Apartó un mechón de pelo oscuro y le besó la nuca tierna. Con la punta de la lengua rozó la piel pulida de la más alta vértebra. Patricia se dejaba, lo abrazaba en su llanto. Le volvió el rostro húmedo para borrarle el llanto con los labios -y se encontró desconcertado con su boca ansiosa que subía a recibirlo entre las lágrimas calientes, mojada y palpitante. Lo turbó el estremecimiento de su cuerpo en sus brazos, su peso, su calor. La deseó violentamente, y la besó estrujándola, sintiendo que su boca cedía bajo sus labios, se abría, dejaba entrar su lengua. Probó la lengua de Patricia. Miel y leche hay debajo de tu lengua. Probó sus encías, el interior caliente de sus labios, el velo de su paladar, sintiendo que su deseo crecía. La posición, sin embargo, era insostenible: Patricia acuclillada en el piso, él sentado en la silla con el cuello estirado, disforzado, ya palpitante de tortícolis. La izó tirando de sus axilas, queriendo arrodillarla entre sus piernas abiertas. Ella se apartó. Lo miró con los ojos todavía húmedos de llanto, con una sonrisa indecisa, turbada.

- Va a pensar que soy una vieja huevona ¿no?
   Escobar, aturdido todavía, carraspeó, tosió.
- No. Que es la prima más linda que he tenido en la vida.
- No se burle. ¿Llorando como una imbécil?
- No me burlo. Es verdad.

   Era verdad. Tenía la boca seca, el pulso sin control. Le parecía lindísima Patricia con los ojos brillantes y la boca hinchada de besos y de llanto. Se inclinó sobre ella, trató de besarla otra vez. Ella lo rehuyó y se puso en pie, poniéndole a la altura de los ojos la maravilla redonda y firme de su culo.

- No -dijo, con tono de reproche cariñoso, casi maternal, quitándole las manos que él había puesto en sus caderas y alejándose un paso con un quiebre de cintura. -Más bien vamos a cocinar. Yo soy una verraca. Va a ver.

   Escobar, con la garganta seca, se sirvió un nuevo whisky. Desde la cocina. Patricia pedía instrucciones. Fue a ayudarla. Estaba decidido a casarse con ella por la plata, si fuera necesario.

- Esta carne está sin descongelar.
- Ya sé. Pero podemos hacer otra cosa. Hay espaguettis. Hay vino. Podemos hacer espaguettis y comerlos con vino. Porque mejores son tus amores que el vino...
   Patricia lo miró con suspicacia.
- ¿Eso es suyo?
- No. Del Cantar de los Cantares. Como panal de miel destilan tus labios. Miel y leche hay debajo de tu lengua...

   Se sentía un poco ridículo de repente. Recordó a Ricardito Patiño y lo invadió el rubor.
- ¿El Cantar de los Cantares? Eso me suena a misa. A curas.
- Es de la Biblia.
- ¿Ve? No me lo resisto. ¿Usted sabe que a mí una vez me trató de violar el cura del colegio?
- ¿Sí? Cuénteme.
- Pregúntele a Lucía si no me cree. A ella también trató. A todas. Cuando teníamos trece años trataba de cogernos las tetas. Pregúntele a Lucía. Era un cura asqueroso. Como todos. No me los resisto. ¿No me cree?
- Sí le creo. Cuénteme.
- Un día trató de que me masturbara delante de él. Yo me había confesado de que me masturbaba, y me dijo que a ver cómo era que yo hacía. Yo le conté a papá y lo echaron del colegio. Pregúntele a Lucía.
- ¿Lucía también se masturbaba?
   Patricia volvió a mirarlo con suspicacia.
- ¿Usted cree que nosotras somos del siglo pasado, como mi mamá, o tía Lucía, o su mamá? Aunque quién sabe... Esas viejas, quien las ve... ¿De verdad quiere que hagamos espaguettis? Es que yo quería mostrarle cómo cocino yo. Y espaguettis, cualquiera.
- No importa. Otro día. -Porque habría otros días, pensó: acordarémonos de tus amores más que del vino. Descorchó una botella, sirvió dos vasos.
- Me hubiera dicho -dijo Patricia. -Le hubiera podido robar a papá un vino buenísimo que tiene, francés.
- Eso es imperialismo cultural.
- ¿Y esto? Peor. Chileno. De Pinochet. Pero está rico. Cuando reía se acentuaba ligerísimamente su estrabismo. Le relucían los ojos y se veía muy linda, tan activa, dando vueltas por toda la cocina, echando sal en aguas borbollantes, rasgando con los dientes afilados el celofán de la bolsa de espaguettis.
-Voy a hacer aunque sea una salsa -anunció.

   Con el vaso en la mano, Escobar la miraba. Se había arremangado hasta los codos: tenía bonitas manos, pese a las uñas comidas, muñecas finas, antebrazos cubiertos de un vello casi transparente. Sus senitos-no era nada tetona-dibujaban un pliegue movedizo en el suéter de lana gruesa y suelta. Se acercó a ella por detrás, mientras tenía las manos ocupadas. Cruzó las suyas sobre su vientre plano, caliente bajo el suéter. Le besó la coronilla, hundiendo el rostro en el olor a limpio de su pelo. Patricia alzó la cara, le ofreció su boca. La besó. Metió las manos bajo el suéter, acariciando la carne suave del vientre, arrimándola contra su propio vientre y sintiendo su culo duro pegado a sus propios muslos. Subió las manos bajo el suéter hasta encontrar los senos y tomó uno en cada mano. Ella se las retiró de inmediato con las suyas.

- Los hombres en la cocina son como caca de gallina -dijo, riendo con risita nerviosa.

   Volvió a la sala, otra vez con el pulso alterado y la boca reseca, recordando el peso ligero de sus pequeños senos en sus palmas. Respiró su olor. Entendía por qué el libidinoso Ernestico Espinosa trataba siempre de cogerle las tetas. Y el cura del colegio. Sudaba. Puso un disco, tras vacilar bastante: Vivaldi, para calmar la excitación. Se sentó en el piso, en un cojín. Al rato Patricia vino y se sentó a su lado, sin cojín. Tenía diecinueve años.

- ¿Sabe que usted me cae bien, Ignacio? Creo que es el único de toda la familia.
- Déme un beso.
- No quiero decir eso...

   Hizo girar la cara de Patricia con los dedos, tomándola por la barbilla, y la besó en la boca. Ella se resistió un momento. Luego respondió al beso. Ese era verdadero: el de los espaguettis había sido más bien de cortesía: distante, incomodada por verse interrumpida en su tarea, pero amable, educada: beso de buena prima. Le acarició los senos sobre el suéter sin hallar resistencia. Había cerrado los ojos. Le sacó el suéter por sobre la cabeza, despeinándola, también sin resistencia, pero sin colaboración tampoco: dejaba colgar los brazos desmayados sobre su rostro, con la nuca apoyada en el sofá. Le besó dulcemente el tendón de la axila llena de sombra oscura, suave, salada. Con gran torpeza intentó desabrochar en medio de su espalda el cierre del sostén. Patricia rio, con el rostro oculto tras los codos.

- Es que estas cosas ya no se usan, Patricia -dijo con voz enronquecida-: son del siglo pasado. Su mamá, bueno. ¡Pero usted...!
- No se burle.
- No me burlo. Es en serio. Es como los cilicios, los flagelos. Los prohibió el último Concilio.
   Sacó el sostén, ligero y blanco. Lo arrojó lejos. Patricia se cubrió los senos con las manos.
- ¡Niña...! ¡Por favor...!
- No, Ignacio. -Patricia se enderezó, apoyó la espalda desnuda en el filo del sofá, sin destapar sus senos. -Es que usted va muy rápido. Vinimos fue a conversar.
- Ya conversamos.
- ¡Ay, Ignacio, usted es como todos los tipos! ¡Qué verracos, carajo! Cuando ven a una vieja, lo único que quieren es tirársela.
- Eso no tiene nada de malo, niña.
- No me llame niña.
- ¿Señorita? No sea boba. Patricia.

   Le besó el cuello, las manos. Ella siguió protegiendo sus senos, rígida ahora, hostil. Por apasionadamente que un hombre ame a una muchacha no podrá conquistarla sin un gran derroche de palabras -decía el sabio Ghotakamuhka en medio de la India, allá por el siglo catorce.

- ¿De qué quiere que hablemos? Déme un beso primero.

   De mala gana, algo ablandaba sin embargo, Patricia le dio un beso frío, seco, con los labios cerrados.

- Mire, Patricia, le voy a hablar francamente... -se quedó un segundo en suspenso, arrepentido: la mentira otra vez. vez.
- ¿Quiere que le recite un poema de amor?
- ¡Ja!

   Pero no se movía. Lo miraba fijo, con su mirada levemente convergente, recostada en el sofá, esperando.

- Mire, Patricia: le voy a hablar francamente. Su papá tiene toda la razón: usted es una burguesita de mierda, una oligarquita de mierda -Patricia se sobresaltó; no permitió que lo interrumpiera-, una niñita consentida, protegida, conservadora, reaccionaria, huevona. Habla y habla y habla y dice malas palabras para escandalizar a su familia, ¿y usted cree que la revolución es eso? No hable más: actúe. Haga algo.
- Hago trabajo de barrio.
- ¡De barrio! En el barrio Kennedy, porque allá vive su novio. No sea pendeja, Patricia, ¿usted cree que el barrio Kennedy es un barrio proletario?
- De clase media baja. Pero después voy a ir al sur.
- Con Avellaneda, claro. Con el chofer de su papá -pero se le estaba desviando la discusión: no era por ahí la cosa.
- No sea boba, niña, no sea burguesa. No sea cobarde. No hable más: eso son masturbaciones para curas de colegio. No se masturbe más. Haga algo. Actúe. Actúe. Haga algo. Mientras no haga algo, estará muerta. ¿Quiere que le diga francamente una cosa. Patricia? Usted está muerta, aunque sólo tenga diecinueve años. ¿Y sabe por qué está muerta? Por cobarde.

   Calló, respirando hondo -más hondo de lo que en realidad necesitaba respirar, más fatigado y exaltado de lo que en realidad estaba. Patricia carraspeó, habló con voz asustada de niña:

- ¿Qué quiere, que me acueste con usted?
- No. Que esté viva. Que no esté muerta. Yo no quiero acostarme con usted, además.
- ¿Entonces por qué trata de desnudarme?
- Por nada. Por culpa suya. Usted viene a mi casa, trata de seducirme, me emborracha...
- ¡El que está tratando de emborracharme es usted! -se rio Patricia.
- No sea boba, niña.

   Pero ella siguió riéndose, y mientras se reía sus senos medio ocultos por las manos saltaban dulcemente.

- Déme un beso -pidió.
- ¿Por qué? -preguntó Escobar, enfurruñado. -¿Para qué?
- Déme un beso -insistió Patricia.

   Se lo dio. Un beso seco, frío, enfurruñado, con los labios cerrados. Patricia intentó abrírselos con la lengua, sin lograrlo.

- No se ponga así, Ignacio. ¿Quiere que me acueste con usted?
- No.
   Se arrepintió de inmediato. Pero Patricia rio, contenta, abiertamente, cerrando los ojitos por completo.
- No veo de qué se ríe.
- No me rio de usted, bobo. Ignacio. ¿Sabe que lo quiero?
- ¿Más que Lucía?
- Yo no sé cuanto lo quiere Lucía.
- Usted fue la que me dijo que Lucía estaba enamorada de mí.
- Bobo. Eso era cuando éramos chiquitas. Ahora está casada con un gordito de chaleco.
   Escobar no cejó:
- ¿Me quiere más de lo que me quería Lucía cuando chiquita?
- ¡Bobo!

   Patricia le acarició la mejilla, la oreja, dejando un seno libre: redondo, puntiagudo, tierno. Le dieron ganas de besarlo, de acariciarlo, de morderlo. Sonrió por fin, condescendiente, y Patricia volvió a reír feliz. Le cogió la mano, se la besó. Ella le dio la otra, descubriendo por fin el otro seno erguido y tembloroso. Entregada. Mártir de la revolución, pensó Escobar, súbitamente deprimido. Pero bueno.

   Le besó los senos erguidos y olorosos, pecosos, suaves como la seda. Acarició con su mejilla la piel de su costado, donde el seno nacía, besó por fin los pezones rosados, oscuros, duros de sangre. Patricia tenía los brazos abiertos en cruz sobre el sofá, la garganta ofrecida, los ojos cerrados. Le besó los hombros y la curva del cuello, los ojos, los labios entreabiertos, la axila más lejana, sorprendido de que todo estuviera resultando tan fácil. ¿Era ya hora de quitarle los bluejeans, de sacar a la luz su culo prodigioso? No. Dos pasos adelante, un paso atrás, recomienda Lenin. Además, volvía a sentir en el cuello estirado la amenaza de la tortícolis.

   Se acostó en la alfombra, bocarriba, con la nuca apoyada en los muslos de Patricia, sobre el azul molido y desteñido de los bluejeans. La oyó suspirar allá arriba. Sus dos senitos puntiagudos pendían ante sus ojos como urbes sedosas de cabra. Podía besarles estirando el pescuezo, como pacen las jirafas en las copas de los árboles.

- Patricia. Yo sé que usted me quiere sólo por la plata.

   Patricia abrió los ojos, inclinó la cabeza, lo miró con inmensa ternura inmerecida y le abrazó la cabeza apretándola contra su vientre, ahogándolo. Escobar le acarició el ombligo con la lengua.

   Hacía ya tiempo, horas tal vez, que se había terminado el disco de Vivaldi. Se levantó a darle la vuelta. Al regresar alzó a Patricia, la tendió bocarriba en el sofá, le besó todo el cuerpo, liso hasta la cintura, y protegido más abajo por la aspereza de los bluejeans. Le acarició los flancos, hundió la mano entre los pantalones para rozar con la yema del dedo la doble pendiente de sus nalgas. Quitarle las botas resultó, en efecto, una labor titánica. Los pantalones también le dieron brega (Patricia no ayudaba para nada), ceñidos y pegados a la carne como una cáscara de fruta, sostenidos arriba por la curva de las nalgas. Quedó tendida a medias sobre el flanco, con el pelo revuelto y luz entre los párpados, vestida apenas por los calzones triangulares que le trazaban una horizontal en el vientre, muy abajo, dejando escapar algo de vello crespo y suave en el umbral del pubis. Le besó el vientre, que se erizó bajo el beso. Olía a sal, a yodo, a hierbas, a tierra fresca de huerta. Patricia encogió las piernas.

- Patricia, por favor... -dijo, severo.
- Es que me hace cosquillas.

   Poco a poco fue subiendo por ella, como quien trepa a una palmera -como la palma es tu estatura, y tus pechos son racimos de dátiles- hasta quedar con su rostro a la altura de su boca, y el duro bulto de su sexo apoyado sobre el pubis firme y sedoso, mullido tras su barrera de encaje. La besó, mirando sus ojos ahora líquidos. La vio cerrar los ojos, abrirlos, vigilándolo, cerrarlos otra vez. La abrazó, la distrajo. Le acarició el cuello con la lengua.

- Ignacio, por favor...
- Patricia.
- Ignacio.

   La miró con firmeza. Ella cerró los ojos. La apaciguó besándole los hombros, los labios que trataban de hablar, los ojos que intentaban abrirse. Se irguió un momento para quitarse la camisa, manteniendo el control solamente con las rodillas y el peso de la pelvis, como un jinete que deja sueltas las riendas. Patricia se escurrió entre sus piernas como un pez, se dejó rodar al suelo, lo apartó de un codazo, riendo, tal vez llorando, y salió a la carrera hacia la puerta del baño.

   No la dejó llegar tan lejos,
- ¡Mierda, Patricia, no hay derecho...!

   Cayeron ambos en la alfombra, rodaron abrazados, una patada de alguno de los dos hizo callar la música con un chillido horrendo. Sentía a Patricia tensa, hostil, rabiosa: sintió sus dientes clavados en un hombro. Se revolcaron por el piso, luchando como perros. Escobar, más pesado, acabó encima de ella, trenzándole las piernas con las suyas, intentando obligarla a abrir el cepo cerrado de los muslos a golpes de cadera. Bajo él, los senos huidizos de Patricia, sus codos puntiagudos cortándole el resuello, sus manos ahora duras, sus piernas agitándose en el aire, y un olor fuerte y caliente a animal vivo, a sexo y miedo, subía desde su cuerpo brillante de sudor, liso, jadeante.

   Por fin logró tenerla quieta, sentado encima de ella, clavada al piso, torsionados los brazos detrás de la cabeza, las piernas remachadas y abiertas en compás, agotada, incapaz de seguirse resistiendo. Resolló largamente sobre ella, recobrando el aliento, sin hablar, con los ojos y las sienes palpitantes de sangre. El cuerpo sudoroso de Patricia temblaba bajo su peso, lleno ahora de costillas salientes; la piel templada del vientre subía y bajaba como un fuelle, y en la garganta le palpitaba un nudo, como un pájaro. De los ojos apretados le brotaba un llanto negro de rimmel y de cólera. Escobar se inclinó para besar sus labios apretados, y a la fuerza pudo abrírselos, y se estrelló contra sus dientes cerrados como una trampa.

   Era absurdo. Le soltó las manos, aflojó las piernas, se dejó rodar a su lado, exhausto. También su vientre se hinchaba y deshinchaba como un fuelle, y también él estaba empapado en sudor y tragaba aire, sin fuerzas, reseca la garganta, bocarriba en la alfombra.

   Pasado un rato Patricia acomodó la cabeza en el hombro de Escobar y le dio un beso blando y tibio en el cuello, mientras le ponía su mano y su antebrazo sobre el vientre, como haciendo la paz. Apretó contra él todo su cuerpo desnudo, caliente en las curvas y en los ángulos, flexible, de serpiente.

- ¿Por qué? -dijo Escobar. Tenía la voz enronquecida.
- No le puedo decir.
- ¿Pero por qué?
   No, Ignacio. No le puedo decir.
   ¿Qué podría ser? ¿La regla? Una regla, por sangrienta que sea, no se defiende tanto. ¿Sería virgen? Imposible, en esta época de desenfreno. ¿Jefferson Calarcá Marroquín? No era prudente preguntarlo: mientras nada se hubiera explicitado, todo seguía en suspenso. Y tampoco iba a permitir que aquello se volviera un nuevo derroche de palabras.

   Cerró los ojos. Al cabo de un instante la cabeza de Patricia abandonó su hombro. La oyó erguirse. Sintió un largo beso inesperado en su miembro todavía duro y grueso bajo los pantalones, todavía palpitante. Pero cuando se incorporó sobre los codos ella ya caminaba rumbo al baño. Ah, su culo al caminar. Se derrumbó otra vez de espaldas, con un crujir de huesos y de vértebras.

   Veía el techo. Las vigas de nuestra casa son de cedro, y de ciprés los artesonados -dice el Cantar de los Cantares. La mentira poética de siempre. El vino estaba lejos, los cigarrillos lejos. Se oían ruidos de agua en el baño.

   Patricia regresó desnuda todavía, cubierto el sexo apenas por el triángulo pálido de los calzones de encaje. Sus senitos enhiestos se balanceaban levemente a cada paso. Como si Escobar fuera de piedra. Sintió un arranque de cólera, pero estaba demasiado agotado. Se sentó acaballada sobre su cuerpo yacente, con la blandura de su sexo descansando insolente sobre su miembro ya vencido y sus ingles todavía dolorosas: llevóme a la cámara del vino, y su bandera sobre mí fue amor. Mentira, como siempre. Lo miró con sus ojitos ahora limpios de maquillaje, más pequeños, estrábicos, muy seria. Escobar subió las manos para acariciarle los senos, pero ella las cogió por las muñecas, hizo una sonrisa enternecida.

- Va a pensar que soy una vieja huevona ¿no?
- No. ¿Por qué?
- Usted sabe.
- No. No sé. Si usted no quiere hacer el amor conmigo, me parece muy bien. O no: no muy bien. Pero bueno...
- No es eso. Usted sabe...
- No. Yo no sé. Lo miró desde lo alto, enternecida. Se inclinó para besarlo en la boca, y las puntas colgantes de sus senos le rozaron el pecho.
- ¡A hijueputa, los espaguettis!

   Se fue de un brinco a la cocina, dejándolo otra vez tendido como un muerto. La oyó maldecir, gritar las palabras soeces que dejaban a Foción apoplético. Lo llamó. Fue. Se ajustó el cinturón por el camino.

   Con toda el agua de la olla evaporada, los espaguettis se habían vuelto un masacote sólido y gelatinoso. Hubo que poner más agua a hervir. Recuperó su camisa. Cambió de disco. Puso a Beethoven. "Para Elisa".

- Ay, chévere: "Para Elisa". ¿Sabe que me encanta? Tin tin tin tirrin, tin tirrin tirrin... Mamá lo toca lo más bien, pobre.

   Pensó que Patricia se vestiría ahora, sí, después de haber luchado tanto por no dejarse desvestir. Pero no. Se puso solamente la ruana sobre los hombros desnudos, y era un suplicio, en la cocina, vislumbrar el resplandor delgado de su cuerpo cuando asomaba por las aberturas laterales, la mancha movediza de sus senos cuando alzaba los brazos para bajar los platos. La abrazó.

- No hay derecho, niña... No me haga estas cosas.

   Ella se dejó ir contra su pecho, se dejó besar el pelo mojado y el olor de la nuca. Cuánto mejor que el vino son tus amores, y el olor de tus ungüentos que todas las especies aromáticas.
- ¿Tiene pimienta, o algo?

   Por fin la poesía coincidía en algo con la vida real. Pero no, no tenía pimienta. Ni clavo, ni canela, ni ninguna clase de especias aromáticas.

- Cuánto mejor que el vino son tus amores, y el olor de tus ungüentos que todas las especias aromáticas...
- ¿Por qué le dio de repente por esa cursilería? ¿Cómo es que es? ¿La canción de las canciones?
- El Cantar de los Cantares.

   La abrazó nuevamente. Le acarició la espalda desnuda bajo la ruana áspera, puso de nuevo la punta de un dedo en el inicio de la raja del culo, como al desgaire. Ella lo rechazó con los codos.

- No, Ignacio.
   Y añadió, riéndose:
- Se nos van a volver a pasar los espaguettis.

   Estaban un poco pasados, de todos modos. Mientras comían sentados en el piso Escobar, de mal humor, empezó a beber copa tras copa de vino.

- ¿Para usted qué es ser revolucionario? -preguntó de repente Patricia.
- Oh, oh, oh, oooohhoohhh...
- En serio, Ignacio. ¿Usted se considera revolucionario?
- ¡Oh, ooohh,oohhoohh,oooohhhohohhhooohohohooo-hhh...!
- No sea payaso, Ignacio. Estoy hablando en serio.
- Yo también estoy hablando en serio, niña. Cuando digo oohhoohh es perfectamente en serio. Además, estoy harto de tener conversaciones serias. Además, no vinimos aquí a eso.
- Sí vinimos a eso. Pero usted no quiso.
- Usted no me dejó.
   Ay, Ignacio, estoy hablando en serio. ¿No ve que yo nunca puedo hablar en serio con nadie?

   Con la boca llena de espaguettis (un poco apelmazados, demasiado cocidos), Escobar la miró: el entrecejo fruncido, denso, los ojos serios, el tenedor en el aire, los labios entreabiertos dejando ver los dientes. Otra vez más le dieron ganas de besarla.

- Bueno. A ver. En primer lugar: usted qué entiende por "revolucionario".
- Es en serio. No me trate como a una niña chiquita, como hace papá. Estoy hablando en serio.
- Pero se lo digo en serio: es que hay que saber primero qué entiende uno por "revolucionario". "Revolucionario" es una de las palabras más manipuladas que existen.
- Sí... Eso mismo dice Jefferson. Por eso le pregunto que para usted qué es ser revolucionario.

   Escobar meditó. Se sirvió vino. También en ese terreno lo había precedido Jefferson Calarcá Marroquín. Pese a todo, empezaba a tenerle cierta simpatía.

- Bueno. Si ser revolucionario significa tomar en serio esa papilla marxista a medio digerir que les enseña Jefferson a ustedes las niñas que se acuestan con él, no. Yo no me considero revolucionario.
- ¿Quiénes somos las niñas que nos acostamos con Jefferson? Yo no me acuesto con Jefferson.
- ¿Ah, no? Me dijo antes que era su amante.
- ¡Ay, Ignacio...! Hábleme en serio, por favor. ¿No entiende? ¿No ve que quiero hablar en serio con usted, y usted...? ¡Ay, mierda!
   Se levantó.
- No, Patricia, no se vaya. Espere le explico.
- Voy a hacer tinto. ¿Tiene café?
   Hicieron café.
- Bueno. Si no es el marxismo, ¿para usted qué es la ideología revolucionaria?
- ¡Ooohhhoohhhohohoohhh...!
- ¡Ay, no sea huevón, Ignacio!
- No es cosa de ser o no ser huevón, no sea boba. Es que eso no es tan fácil. No es cosa de decir: qué verraquera, hagamos la revolución. Leamos a Trotsky, recitemos a Mao, compremos las obras completas del camarada Enver Hoxa, que son cada día más numerosas y que nadie ha leído ni podrá leer jamás. ¿Usted ha leído a Marx?
- No -reconoció Patricia.
- ¿Y cómo pretender ser trotskista si no ha leído a Marx?
- No sé... Es que es muy largo.
- La lucha es larga, comencemos ya, decía Camilo Torres.
- Camilo era castrista. Como los cubanos, voluntarista Aventurerista.
- ¡No sea boba, Patricia, no sea boba, no sea boba! Revisionista, social-imperialista, idealista, materialista, infantilista, militarista, empirocriticista. No sea boba, boba, boba, boba. Ser revolucionario no consiste en saberse una sarta de adjetivos acabados en "ista".
- Por eso. Entonces dígame en qué consiste.
   Escobar reflexionó.
- No sé. Pero sé que no consiste en acostarse con un tipo que dice que es trotskista.
- Ay, Ignacio. No sea envidioso. Además yo no me acuesto con Jefferson, ya le dije.
- No sé. A lo mejor es simplemente un problema de justicia. Usted me dice que yo le tengo envidia a Jefferson, y a lo mejor es cierto. Su papá le dice a usted que Jefferson es un resentido, y a lo mejor es cierto. El resentimiento y la envidia son ciertos, pero es porque detrás hay otra cosa: una injusticia. No una injusticia metafísica, porque eso ya sería meternos en honduras terribles. Sino una injusticia material. Vea, Patricia: salta a la vista, y además es un hecho estadísticamente demostrable, que las niñas oligarcas como usted son más bonitas que las proletarias. Eso no se puede decir, claro: el pueblo, etcétera, la degeneración de las clases opresoras, la promesa de futuro de las clases oprimidas. Muy bonito, claro, pero no tiene nada qué ver con la vida real: con lo concreto. Los hechos son tercos, dice Lenin, y sólo en lo concreto se aprende. Y es un hecho que las hijas de la oligarquía, como usted, tienden a ser más bonitas porque trabajan menos y se alimentan mejor. Si hubiera justicia, es decir, si las hijas del proletariado pudieran trabajar menos y alimentarse mejor, serían tan lindas como usted. Y entonces Jefferson podría perfectamente acostarse con ellas, y yo acostarme con usted sin tanto drama y tanto esfuerzo. En lograr eso consiste la revolución. -Ah, es eso. Entonces, como no me acosté con usted porque no me dio la gana, soy una oligarquita y una boba. Y estoy muerta, como me decía hace un rato para que me acostara con usted. No sea bobo usted, Ignacio, no sea huevón, no sea imbécil. El que está muerto es usted, pobre huevón.

   Se puso en pie, se envolvió en la ruana de un solo golpe altivo. Empezó a recoger del piso el desorden de su ropa. Escobar sintió que la estaba perdiendo sin remedio.

- Tiene razón, Patricia. Perdóneme. Creo que me estoy muriendo.
- Sí. Ha tomado mucho trago.
   No era eso.
- No es eso. Es otra cosa. Mire, oiga: escribí un poema hace un tiempo. Oiga:

   Desde antes de nacer
   (parece que fue ayer)...
  
Patricia lo interrumpió, impaciente:

- ¡Ay, no! ¿Más versos?

   Hubo un largo silencio entre los dos. Patricia al fin habló:

- ¿Sabe que es tardísimo?

   Se encerró a vestirse en el baño. Escobar se maldijo, dándose golpes con los puños en la frente. Era un huevón, era un huevón, y además probablemente estaba muerto.

   Patricia salió del baño vestida hasta las botas, sonriente. Le dio un beso en la mejilla, y le puso en la palma de la mano un burujo arrugado de encaje, leve como una pluma.

- Se lo regalo. Es el cilicio. Para que vea que aprendo.
- Si usted no tiene nada que aprender, Patricia.
- Ignacio. Hagamos las paces.

   Lo besó otra vez. Saber que ahora tenía los senos desnudos bajo el suéter lo excitó nuevamente. Se contuvo. No había nada qué hacer. Era muy tarde. Patricia caminó hacia la puerta, poniéndose la ruana. Se volvió a darle un beso de despedida. Y otra vez, como en el beso de saludo en casa de su madre (¿hacía ya horas? ¿días?) lo besó en los labios.

- ¿Para qué? -preguntó.
- Ay, Ignacio, no sea bobo. ¿Cuándo me invita otra vez a comer, que no sean espaguettis?
- No veo para qué -insistió Escobar, terco.
- Ay, Ignacio. Ya hicimos las paces. No sea bobo.
- No soy bobo -dijo Escobar, sarcástico. -Lo que me pasa es que estoy muerto.
- Ay, Ignacio... Usted entiende.
- No, no entiendo. Llevo toda la noche tratando de entender, y no entiendo.
- Ay, Ignacio. Yo le explico otro día. Hoy no.
- Es hoy cuando no entiendo. A lo mejor otro día no nos vemos
- Sí nos vemos. Le prometo.
- ¿Me promete?
- Le juro.
- ¿Y haremos el amor?
- No. Bueno, no sé. Quién sabe.
- ¿Me lo promete?
- Se lo prometo.
- ¿Me lo jura?
- Ay, Ignacio, no se ponga tan jarto.
- Pero carajo, entienda. Yo llevo toda la noche tratando de entender, y no entiendo un carajo.
- Ya le dije que me perdonara por ser tan huevona. Perdóneme.
- Ah, era eso lo que quería que yo entendiera. Bueno. Entiendo. No se preocupe.
- Imbécil.
- Bueno, no me prometa nada.
- Le juro.

   Se besaron otra vez en la boca. Bajó a abrirle el portal. La insomne señora Niño se asomó a la escalera:

- ¡Modelo!
   Patricia respondió con un grito estentóreo, hueco arriba:
- ¡Vieja puta!
   Y mientras la señora Niño cerraba de un portazo le sugirió a Escobar:
- ¿Por qué no trata de acostarse con ella? A lo mejor lo que le pasa es eso.
- Preferiría acostarme con usted -dijo Escobar. Pero ya casi con tristeza, sin convicción, sin esperanza. Patricia le dio un último beso de despedida en los labios, que él no quiso responder para dejar testimonio de que estaba muy triste. El largo carro reluciente de Foción rugió, chilló, saltó un semáforo, se fue.

   En el último instante Escobar alcanzó a recordar que debería salir a buscar un teléfono para llamar a Ana María. A lo mejor ya habían soltado a Federico. Ya era muy tarde en todo caso. No había nada qué hacer.

   Decidió emborracharse.

   Mientras bebía, puso una vez más la música dulzona y melancólica de Beethoven: "Para Elisa". Su tía Clema lo tocaba muy lindo. Entre trago y trago se olfateaba los dedos en busca del olor del sexo de Patricia. Cuánto mejor que el vino son tus amores, y el olor de tus ungüentos que todas las especias aromáticas... Qué mierda, la poesía. Recuperó del piso los encajes livianos de su sostén abandonado. Y ya totalmente borracho, inclinado a las lágrimas, perdido el sentimiento de autocrítica, lloró olfateando su sostén, que hablando francamente no olía a nad

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