Capítulo VIII

 

 

 

  Se despertó muy tarde. Calculó que oscurecería pronto. Recordó que tenía que llamar a Ana María, saber qué había pasado al fin con Federico. Levantó el teléfono, con la esperanza nebulosa de que funcionaría. No funcionaba. Ah, bañarse, vestirse, salir a la calle, buscar un teléfono público, sabiendo de antemano que todos iban a estar rotos, que a todos les habrían robado la bocina. Puso un disco. "Para Elisa". Recrudeció su angustia. Necesitaba más bien un trago. No, un trago no. La alegría contundente de Mozart. La Serenata Haffner, que desde el primer acorde jubiloso anuncia la llegada inminente de alguien. Sí, que llegara alguien: Ana María, jubilosa, diciendo: ¡soltaron a Federico!

   Pero eso no iba a suceder. Tendría que salir, llamar, correr, actuar, cansarse. Dio más vueltas, atormentado por el gozo insolente de Mozart. Dos veces levantó el teléfono, y las dos veces seguía muerto. Maldijo en voz alta, pero tampoco eso le sirvió de nada. Tenía que salir- actuar, correr, cansarse. . . Se bañó, se peinó, hizo pipí, popó, dos veces se lavó los dientes. ¿Se afeitaría? Le pareció excesivo. Se sentó en la sala a fumar un cigarrillo. Cuando oyó el timbre de la puerta no pudo reprimir un gemido de cólera.

   Recibió en medio del pecho el embate de un perro colosal, que jadeaba y le barría la cara a grandes lametazos. Angela lo tiraba de la cadena inútilmente, riéndose.

- ¡Quíteme ese perro, carajo! ¿Qué hace aquí? ¿Dónde está su hermana? ¿Qué pasó con Federico?
- Lo soltaron.

   Qué maravilla, no tenía que salir. El perro de Angela, suelto, correteaba por toda la sala como un búfalo, se paraba con las patazas temblorosas a soltar fuertes ladridos, se encaramaba en los muebles.

- ¡Quieto, Lucas! -ordenaba Angela sin demasiado énfasis, riendo. El perro no le hacía el menor caso. A lo mejor no se llamaba Lucas.
- ¡Quieto, Káiser! -ordenó Escobar.- ¡Siéntese, Káiser! ¡Kaltenbrunner! - tenía un aspecto feroz, de llamarse Kaltenbrunner. -Se llama Lucas -insistió Angela- No molestes más, Lucas.

   Estaba deslumbrante. Había olvidado su mirada de burla, falsamente dormida en sus altos ojos separados. Tenía el pelo revuelto, luminoso. No la recordaba tan alta.

- Está lindísima, Angelita.
- No me llame Angelita.
- Arcángela.

   Se rio. Escobar sintió una alegría enorme. Nunca había hablado con ella. No sabía que decirle. Se sentía feo y estúpido. No era posible que una mujer de carne y hueso pudiera ser tan linda. Con una larga mano trenzaba los anillos de la cadena del perro, y apoyaba la otra en la cadera, sobre la seda floja del vestido. Escobar no entendía mucho de ropa, pero eso tenía que ser seda. Sobre el largo cuello, en medio de la masa de pelo, la cabeza era pequeña, de pájaro. Y la mirada era de pájaro, insolente entre los atlos párpados.

Bueno. ¿Me puedo sentar mientras llegan?
- ¿Quiénes?
- Mi hermana. Federico.
- Ah, sí. Claro. ¿Cómo está Federico? ¿Lo torturaron?
- No. Se desconcertó.
- Ana María me dijo que lo estaban torturando.
- Ana María estaba histérica. Bueno, es que es histérica. -dijo Angela. Cruzó las piernas. Tenían que ser de seda. Escobar no podía dejar de mirarla. - A usted nunca le han dicho que es divina?
- Desde que era chiquita. Ay, Escobar, no diga boberías.
   Quedó abrumado.
- Es que no se me ocurren sino boberías -confesó.

   Angela se limitó a sonreir: una larga sonrisa perversa en las comisuras, desdeñosa.

- ¿Ha oído hablar de Lilith? Usted tiene la sonrisa castradora de Lilith.
   La sonrisa de Angela se borró.
- ¿De quién?
- Lilith. Con te hache al final. Era la primera mujer de Adán. No hablaba. Pero sonreía, era divina, como usted. Era la mujer más linda del mundo.
- Era la única.
- Sí, pero sobre todo se sentía la única. De modo que miraba al pobre Adán con una sonrisita castradora, como la suya. Burlona, desdeñosa. Se creía la mujer más linda del mundo, y el pobre Adán era un huevón de mierda. Cada vez que Adán trataba de hacerle el amor, no podía, claro, burlona, desdeñosa: qué iba a poder hacerle el amor a ella ese huevón de mierda que era Adán.
   Angela sonrió.
- Es que Adán es nombre de huevón, no?
- Sí -reconoció Escobar. -En cambio Lilith es un lindo nombre. Lilith. . . Maligno, venenoso. Pero bueno. El caso es que Adán acabó aburriéndose del jueguito, y le pidió a Dios que le cambiara a Lilith por otra. Por Eva, que era menos bonita que Lilith, y tenía nombre más de señora de su casa. Pero no castraba a Adán, por lo menos.
   Angela se quedó seria.
- A ustedes los tipos les preocupa muchísimo que los castren.
- Nos preocupa muchísimo, sí.
- ¿Le parece que yo tengo una sonrisa así?
- Por eso se lo digo. Si no, no se lo diría.
- Gracias.
   Lo decía en serio, al parecer. Escobar quedó desconcertado.
- ¿Quiere un trago? ¿Whisky? ¿Vino? ¿Brandy? ¿Jerez? ¿Ron? ¿Ginebra? ¿Vodka?
- Un cointreau.
   Escobar rio.
- Es en serio. Quiero un cointreau.
- Usted es peor que Lilith. Es como Eva. Dijo el Señor: podéis comer de todos estos frutos, menos del árbol del bien y del mal. Y Eva empezó a joder al pobre Adán: ay, Adán, yo quiero de la fruta del árbol del bien y del mal, yo quiero de la fruta del árbol del bien y del mal. . . Y si no, no hacía el amor con Adán.
- Yo no vine a hacer el amor. Lo que quiero es tomarme un cointreau.
- Yo sé. Pero estoy hablando de Adán, que era un pobre huevón. No de mí.
- Todos los hombres son unos pobres huevones. Escobar.
   Escobar se cortó. Era la niña más linda del mundo, pero hablar con ella era como andar por un pantano. A cada paso perdía pie.
- No hay cointreau. Pero si quiere puedo ir a comprar. -Bueno. Vamos.

   La miró con asombro. Efectivamente, se levantaba, le colocaba la cadena al perro, se disponía a salir. Se puso unos enormes anteojos de sol, que la hicieron parecer todavía más inaccesible. Escobar no se había movido.

- ¿Qué? ¿Vamos? -de nuevo sonreía, burlona.
- Vamos. Es que me había quedado mirándola. Parece una modelo de revista de modas. Es una pendejada, yo sé.
- Es que soy una modelo de revista de modas. De todo lo que ha dicho hasta ahora, eso es lo único que no es una pendejada.
- Pero no necesita andar disfrazada de modelo de revista de modas -se defendió Escobar. Yo no ando por ahí disfrazado de poeta.
- Es que usted no es poeta.

   Salieron. Tuvieron que andar cuadras para encontrar una licorera abierta. Ya era de noche, pero Angela seguía con sus anteojos de sol. Caminaba como una reina, tironeada por el enorme perro ansioso, casi negro en la creciente oscuridad, que asustaba a los transeúntes. Escobar se sentía un poco ridículo a su lado: desgarbado, sucio, sin afeitar, con la conciencia aguda de que se estaba quedando cada día más calvo. así había debido sentirse el pobre huevón de Adán en el Paraíso, esfumado por la intolerable belleza de Lilith. El perro se paraba a olisquear los postes de la luz. Angela tironeaba furiosa, en vano.

   Dos gamines harapientos se quedaron mirándola. -¡Uy, hermanolo, quién fuera perro! -dijo uno.

   Angela emergió de la licorera con la botella de Cointreau en la mano. Escobar salió detrás, llevando él ahora al perro. Un transeúnte se acercó a Angela:

- ¡Uy, mamacita! ¿Le llevo el paquetico?
- Yo puedo sola, gracias.

   El transeúnte se quedó clavado en el andén, herido para siempre, mientras Angela caminaba calle arriba sin mirarlo sobre sus largas piernas de modelo de Vogue, como en una película. Escobar pasó detrás, tirando del perro, avergonzado del escándalo que estaban despertando, avergonzado sobre todo de su propia impotencia para dominar a Lucas, que corría y se detenía cuando le daba la gana, obligándolo a carreritas y esperas ridículas. Todo el mundo se volteaba a mirarlos.

- Es horrible -dijo Angela. La gente se queda todo el tiempo mirándome.
- No sea boba, Angela. Es que uno no ve pasar todos los días a la niña más linda del mundo.
- Hay niñas mucho más bonitas. Es que me sé vestir. Aquí la gente no se sabe vestir.
- No se vista como se viste.
- No es eso. Yo ya no sé vestirme. Antes sabía cómo vestirme. Ahora ya no. No sé quien soy.
   Escobar quedó impresionado. Era humana.
- Quítese por lo menos los anteojos negros. Es de noche.
- Es para que no me vean.

Escobar recitó:

... Ah sí, señora, érais hermosa
Esta mañana tras la misa.
Se hinchaba vuestro seno rosa
como agitado por la brisa
y una sombrilla vaporosa
difuminaba vuestra risa...
Érais hermosa
como una diosa. . . .
Y ante vuestra mirada desdeñosa
yo era sólo una alfombra que se pisa.

- No son míos. Son de un poeta amigo de mi mamá. Son para mi mamá.
-¿No le dije que usted no era poeta? -se rió Angela.
- ¿Su mamá era muy linda? -Parece que sí. Una belleza muy de la época.
- ¿Y como es ahora?
- Pues. . . -Escobar pensó en su madre. -Tiene la tensión muy baja, dice ella.

   Pensó en el largo amor de Ricardito. Dentro de cincuenta años, él mismo estaría como Ricardito en casa de doña Leonor, recitando en casa de Angela. Todo es igual, siempre. En Bogotá no pasa na, mala ciudá, mala ciudá. O pasa siempre lo mismo. Esperaba que por lo menos, cuando estuviera viejo y alcoholizado, Angela le pasaría plata.
Subieron a su casa. Había un papel debajo de la puerta.

   Escobar!
   Vinimos!! A Federico NO lo Torturaron! (perdóname la ridiculez, tu tío es DIVINO!!! LO ADORO!!!) Pásate por la casa vamos a celebrar que lo soltaron!!!
   Besos Besos BESOS!!!
   Ana María
   P.D. Mi hermana Angela quería VERTE!!
   Ana María

 
   Y debajo con otra letra:

   Gracias por todo, compañero. Déle las gracias a su tío Foción, de mi parte. Parece que habló con el general Gómez Ronderos, que es ahí el de las galletas, y me soltaron. Gracias. Un abrazo.
    F.
    Lo esperamos en la casa.


- Es de Federico y Ana María -dijo, tendiéndole el papel a Angela. -Que si vamos a una fiesta allá.
   Angela leyó, se puso roja.
- ¡Eso es mentira! -dijo. -¡Mi hermana es una imbécil!
- ¿Es mentira qué? ¿No quiere ir a la fiesta?
- Es mentira que yo quisiera verlo.

   Escobar se dio cuenta de que había ganado inesperadamente un punto. Le dieron ganas de saltar de alegría.

- ¿A qué vino a mi casa, si no quería verme?
- A acompañarlos a ellos, que le querían dar las gracias. Pensé que iban a estar aquí. Pero bueno. ¡Lucas! Nos vamos.
- ¡No, no, no sea ridícula, Angela! Me acaba de hacer salir a caminar veinte cuadras para comprar una botella de Cointreau carísima, no se puede ir ahora, no sea ridícula. Siéntese, nos tomamos un trago, y después vamos a la fiesta de Ana María y de Federico.
- Una fiesta jartísima. El imbécil de Diego León Mantilla, y la bobita de su mujer, y un tipo rarísimo que se llama Hermes que no habla, ni toma, ni se ríe, ni come, ni duerme, y que está ahí plantado como un palo toda la noche. No, jartísimo. Mi hermana tiene unos amigos aburridísimos. Y Federico peor.
- Yo soy amigo de Federico -dijo Escobar.
- No lo digo por usted. Los demás amigos. Un antropólogo, un sociólogo, un tipo que trabaja en planeación, un etnólogo. Me los conozco a todos. Llevo un mes viviendo allá. Y las mujeres son jartísimas y feísimas y todas son también antropólogas y psicólogas y paleontólogas, menos mi hermana que no es nada pero se las da de que es la más paleontóloga y la más histérica. Además todas están embarazadas, o casi todas.
- Bueno, no vayamos. Tomémonos un trago aquí.

   Trajo unas copas, sirvió cointreau.

   Puso en el tocadiscos la Serenata Haffner, henchida de alborozo y de buenas noticias. Lucas, que se había echado a dormitar en la alfombra, empezó a gimotear. A veces un aullido de angustia se le escapaba de las fauces. Se incorporó, se sacudió sobre las cuatro patas, recorrió la sala encorvado, lamentándose, buscando las paredes.

- La serenata Haffner -dijo Angela.
- ¿Cómo sabe?
- ¿Usted cree que porque soy la mujer más linda del mundo tengo que ser una retrasada mental? No sea bobo. ¿Tiene perico?
- No tengo perico. -Esta vez no añadió: "Pero si quiere salgo a comprar".
- Hubiera sido rico un pase con la serenata Haffner, y el cointreau. Yo tengo hierba. ¿Quiere que hagamos un cacho? ¿Tiene papel?
- Sí, ahí debe haber, encima de esa mesa. ¡Mire, haga algo! ¡Su perro se está comiendo mis poemas!
- Mozart lo pone nervioso.

   Lucas caminaba entre los papeles regados en el piso, revolviéndolos, rasgándolos con las garras y los dientes. Cada bocado era una octava real de su poema épico. Quiso arrebatarle los papeles de las fauces, y Lucas le gruñó amenazador, enseñándole los terribles colmillos.

- No le tenga miedo, es una madre. ¡Lucas! ¡Devuélvale los papeles a Escobar, que son unos poemas!

   El perrazo masticaba un papel. Tenía las cuatro patas firmemente plantadas sobre los restos de La Bogoteida. Angela se levantó por fin, vino en ayuda de Escobar, le dio a Lucas un par de palmadas en el enorme hocico.

- ¡Eso no se hace!

   Lucas se dejó extraer de la boca un papel rasgado, empapado en saliva, fue a tenderse en un rincón. Angela estiró el papel lo que pudo. Leyó:

- Soneto para que Angela se acueste conmigo. Ignacio Escobar.

   Escobar enrojeció. Había olvidado ese soneto por completo. ¿Qué habría escrito ahí? Trató de quitárselo.

- Es mío. Angela soy yo, supongo. ¿O no?
- Sí - reconoció Escobar de mala gana- Pero devuélvamelo.
- De todos modos no tiene nada escrito.
- Es que últimamente me cuesta mucho trabajo escribir.
- Mi hermana me contó que usted decía que se quería acostar conmigo.
- No es verdad -escobar se encogió en hombros. -Su hermana es una histérica.

   Angela sonrió, burlona. De nuevo la sonrisa de Lilith. Aunque quisiera, no se podría acostar con ella.

- Yo sé que no es verdad. Eso dice mi hermana, que no es verdad. Que usted dice que se quiere acostar conmigo pero que en realidad no quiere.
- Veo que han estado hablando mucho de mí.
- No sea bobo.
- Eso son pendejadas de su hermana, que es una de esas niñas que tienen una tesis sobre todas las personas. Ana María tiene la tesis de que yo no me quiero acostar nunca con ninguna mujer -Escobar se encogió de hombros.
- ¿Y así es como trata de acostarse usted con las mujeres? ¿Escribiéndoles versos?
- Es el método clásico. "Un soneto me manda hacer Violante. . ." Uno le hace el soneto, y Violante está entregada.
- ¿Con un solo sonetico? Yo pediría un soneto todas las mañanas con el desayuno.
- Por mucho que un hombre ame a una muchacha, no podría conquistarla sin un gran derroche de palabras, dice el sabio Ghotakamuhka.
- ¿Quién?
- Ghotakamuhka. Un sabio. Es una de las autoridades más citadas por el Kama Sutra.
   Angela pareció interesadísima de repente.
- ¿Usted ha leído el Kama Sutra?
- Es mi libro de cabecera. No hago absolutamente nada sin consultar con él.
- Yo también -reveló Angela. Pero con el I Ching. ¿Usted conoce el I Ching? Es un libro increíble.
- Es otra cosa. El que de verdad sirve es el Kama Sutra. No es esa cosa vaga y poética y mentirosa del I Ching: "El elefante se oculta bajo el sol poniente. El sabio bebe en el cuenco de sus antepasados, y no hay error". No. El Kama Sutra le da a uno recomendaciones precisas, consejos útiles, como recetas de cocina.

   Los ojos de Angela se entrecerraron, otra vez burlones.

- ¿Y cuál es la mejor receta para conquistar a una mujer?
- Ya le dije: un gran derroche de palabras.
- En serio. . .
- En serio. También hay otras, claro, sólo que son mucho más difíciles. Mostrarle una esfera revestida de diversos colores, por ejemplo. Parece que no falla. O recortar para ella una pareja de figurillas humanas en la hoja de un árbol, y enseñárselas a intervalos regulares. O regalarle máquinas de lanzar agua, si ella expresa tal deseo.

   Angela estaba fascinada. El Kama Sutra es infalible. La marihuana tenía un olor acre, fuerte, y el aire estaba lleno de volutas inmóviles de humo, denso, como aceite en el agua. La Serenata de Mozart terminó de improviso, en un acorde jubiloso. Pensó que ya era hora de intentar darle un beso a Angela. Buscó un punto en el cuello dorado, bajo la oreja pegada al cráneo, a la sombra tibia de un mechón de luz.

- ¿Me lo presta?
- ¿Qué?
- El Kama Sutra.
- A usted no le interesa. Es para seducir mujeres.

   Angela hizo una lenta sonrisa misteriosa, perversa en las comisuras.
   Escobar fue a buscar el libro en la biblioteca. Puso otro disco.

- ¿No tiene algo de jazz?
- Sí. Pero oiga esto: son las Diferencias sobre Guárdame las Vacas, de Antonio de Cabezón. Es una música erótica.
- No parece.
- Espérese y verá. Se trata de distraer a las vacas, justamente. Después viene lo otro.
   Volvió con el libro. Leyó:
- A ver. . . las cuarenta categorías de mujeres fáciles. .
- ¿Cuarenta?
- Sí. Casi todas. El Kama Sutra es formal.
- Yo no soy fácil.
- No se sabe. A ver. ... la mujer de un joyero, la viuda de un actor, aquella cuyo marido pasa su tiempo viajando. . . No, aquí no figuran las modelos de revistas de modas.
- Idiota.
- Entre las más fáciles figuran la que es jorobada por detrás y la que huele mal. ¿Usted huele mal? Déjeme ver. . .

   Se inclinó sobre ella. Entró en su aroma tenue de perfume: A la recherche du temps perdu. . . Angela lo apartó de un codazo en el plexo solar. No, todavía no era hora de intentar darle un beso.

- Era un ejemplo práctico. Si prefiere, puedo seguir al pie de la letra las instrucciones del libro. A ver. . . con ocasión del intercambio de una nuez de betel, podrá tocar y acariciar sus partes secretas, dando así a sus esfuerzos una conclusión satisfactoria. Lo malo es que no tengo aquí en la casa una nuez de betel. No sé bien qué es el betel. Lo siento.
- No lo sienta. Yo no vine a que me tocaran y acariciaran las partes secretas.

   Lilith, castradora. Guardaron silencio. Con las Variaciones de Cabezón el perro se había quedado profundamente dormido en su rincón. El aire estaba espeso de humo de marihuana, y en la bruma subían una por una las tristísimas notas de Guárdame las Vacas. Y después de subir se descolgaban por la escala en un punteo de uña dura, un repicar de muía herrada, y sin pararse a respirar atacaban la empinada pendiente hacia arriba otra vez. Sentado en el piso, apoyado en el flanco del sofá, Escobar empezó a trepar con dos dedos ligeros la escalera visible de las vértebras en la espalda de Angela al monótono ritmo de las Vacas. Angela le lanzó de soslayo una mirada burlona. Abrió la boca para decirle alguna impertinencia.

   Escobar no pestañeó. Le aguantó la mirada, poniéndole la suya más severa. Tras un instante, Angela soltó una risa silenciosa y lo dejó seguir jugando con su espalda. Envalentonado, estiró el brazo hacia arriba con toda la desenvoltura de que fue capaz, dobló a Angela tirando de su cuello y la besó en la boca, entrando en el perfume de cointreau y marihuana y Temps Retrouvé. Sólo duró un instante. Angela se enderezó de un golpe, tensa y vibrante como un arco.

   Por desviar su atención, Escobar se puso en pie bruscamente para cambiar la música. En el silencio repentino, el perro despertó de un salto, ladrando ferozmente.

- Cálmelo, Angela. Dígame qué música no lo molesta.
- No, ya nos vamos.
- No se vaya niña. . . Le prometo que no vuelvo a tratar de besarla.
- No es eso, no sea bobo.

   Angela se levantó. Se alisó la blusa, se peinó con los dedos.

- No se vaya. ¿A qué? ¿A dónde?
- Tengo que sacar a Lucas a que haga pipí.
- Saquémoslo aquí abajo, contra un poste-propuso Escobar. -Hace pipí en un minuto, y volvemos a subir.
- No es tan fácil, no crea. . . -vaciló Angela. -Mire: lo que pasa es que Lucas es un perro muy necio para hacer pipí. Hay que hacerle unas cosas.
- Qué cosas.
- Cosas.
- Se las podemos hacer aquí abajo. Yo sé cantar. O lo que haya que hacerle. De veras, aquí en la esquina hay un poste buenísimo.
- No es eso. Es que hay que hacerle cosas. Y es jartísimo porque entonces la gente se pone a mirar y a decir cosas.
- Qué cosas.
- Cosas.
- Subámoslo a que haga pipí en la terraza. Nunca hay nadie.

 

 

 

   Subieron a la terraza. El viento fresco de la noche los golpeó, dibujando en la seda todo el cuerpo de Angela. Lucas empezó a husmear en los rincones, soltando breves ladridos de garganta, estornudando. Angela lo acarició, le rascó la potente cabezota arrugada, le dio palmaditas en los flancos. Se acurrucó a su lado, le separó las patas traseras, como si se dispusiera a ordeñarlo.
- No me mire.

   Escobar obediente, miró la lejanía, el cielo sembrado de estrellas, el parpadeo ascendente de la lucecita roja de un avión.

- Venga me ayuda -llamó Angela.- No estoy viendo nada.

   Se acercó. El viento le pegaba mechones de pelo a los ojos. Se colocó tras de ella, con las dos manos manteniéndole el pelo apartado de los ojos, sobre las sienes y los pómulos, sintiendo entre sus piernas separadas el calor de su cuerpo acuclillado al pie del perro. Al cabo de un momento, Lucas empezó a soltar entrecortados gemiditos de éxtasis, y se oyó el golpe del chorro pegando en el cemento.

- ¡Uy, hermanólo, quien fuera perro! -dijo Escobar. Angela se rio.
- No se bobo. No me haga reir.

   Un empellón le hizo caer encima de ella, encima del perro, contra el muro de la terraza.

- ¡Canalla! ¡Cobarde! ¡Comunista!

   De nuevo la señora Niño se arrojó sobre él, con el rostro convulsionado de furor, brillante de grasas y cremas a la luz plateada del cielo. La atrapó por las muñecas.

- ¡Comunista!

   Recibió una violenta patada en la espinilla, y la soltó, y se apartó a la pata coja. La señora Niño se precipitó sobre Angela, que empezaba a incorporarse. Lucas, encorvado el espinazo, casi sentado sobre las patas traseras, producía con el gaznate una especie de maullido mientras dejaba escapar cortos chorritos de pipí que relucían muy negros en el cemento del piso.

- ¡Prostituta! ¡Modelo!

   Tomó impulso para darle una patada. Escobar se precipitó a defenderla, pero el perrazo llegó antes. De un solo salto de pantera tumbó a la señora Niño de espaldas en el suelo, con las enormes patas plantadas en su pecho y los colmillos desnudos a un milímetro de su rostro grasiento.

- ¡Quieto, Lucas! -gritó Angela-¡Quieto!

   Lucas se quedó quieto, y hubo un instante de terrible silencio, confundidos el gruñido del perro y el jadeo de la señora Niño. Angela se puso en pie, se sacudió el vestido.

- ¡Lucas! ¡Aquí!

   El perro abandonó de mala gana a su presa, soltando unas últimas gotitas de pipí que salpicaron la bata de felpa de la señora Niño. Fue a frotar los flancos contra las piernas de Angela, como un gato. Se alejaron los tres, sin perder de vista la figura yacente de la señora Niño, hacia la puerta. Escobar pasó primero, arrastró a Lucas por el collar de cuero. Alcanzó a distinguir a la señora Niño que se incorporaba como un resorte y venía corriendo hacia ellos.

- ¡Prostituta! ¡Canalla! ¡Modelo!

   Angela corrió hacia abajo, y Escobar a su lado, tirando del collar a Lucas, cuyas uñas resbalaban en los peldaños. Se detuvo a abrir su puerta, pero Angela siguió corriendo escaleras abajo. La siguió, arrastrando al perro, que se resistía y lanzaba sonoros ladridos, rebotados y amplificados por el eco de las escaleras. No pararon hasta llegar a la calle.

- ¡La vio, Escobar, la vio? ¡Es una loca! ¡Quería matarme! ¡Sí no es por Lucas!

   Se abrazó a Escobar, agitada por la carrera y el recuerdo del miedo. Escobar la apaciguó con palmaditas, le dio un beso en el pelo. Iba adquiriendo práctica en tranquilizar mujeres alteradas. Angela se dejó abrazar unos momentos, y luego se apartó. Se arregló la ropa, que tenía sueltos los botones casi de arriba abajo.

- ¡Lucas casi la mata! ¿Vio? Casi la matas, no, Luquín? ¿Estoy muy despeinada?
- Está divina, Angela.
- Debo estar horrible. ¿Tiene un espejo? -Subamos.
- ¡Ah, no, yo allá no subo! ¡Es una loca! ¿No ve que es una loca?
- Sí, claro que es una loca. Está tratando de matarme desde hace meses, no sé por qué. Es una mujer de acción.
- ¿Usted le había hablado de mí?
- No. Cómo se le ocurre.
- ¿Entonces cómo sabía que yo era modelo?
- Es que para ello eso es un insulto. Puta, modelo, comunista. Subamos.
- ¿Sabe que para mucha gente es un insulto? ¡Ah, Angela, sí, esa que es modelo! Como si dijeran: esa que tiene lepra. ¿Por qué? ¿Es malo ser modelo?
- No sea boba. Angela.
- No sé. Es que últimamente no sé. No sé qué me pasa. No sé quien soy.
- Subamos a mi casa y se mira en el espejo. Aquí hace frío. -Ya le dije que yo allá no subo. Y no sea imbécil, no es cosa de mirarme en un espejo.
- Usted fue la que dijo que se quería mirar en un espejo.
- Para saber cómo estoy, no quién soy.
- Bueno ¿entonces qué? Vayamos a un restaurante.
- Bueno. Tengo ganas de comer mariscos. ¿Usted tiene carro?
- No. Ni cointreau, ni perico, ni carro. Ni mariscos. Pero hay taxis. Aunque no sé si nos dejen subir con ese animal.
- Lucas es un amor. Y es mansitico.
- Pregúntele a la señora Niño.
   Angela se rio.
-Yo tengo carro, Escobar. Yo lo llevo a comer mariscos. Yo le enseño a tomar cointreau. Yo le doy perico. Bueno, marihuana. ¡Ay, la hierba! Mi cartera se me quedó arriba.
-Yo le bajo su cartera. Yo no soy cobarde, como usted. ¿Quiere que le baje un espejo?
- La cadena de Lucas. Y mi chaqueta. Y usted póngase un saco: así no nos dejan entrar a un restaurante.

   Bajó, con la cadena y la cartera y la chaqueta y el espejo. Angela le pitó desde un jeep blanco. Se encaramó a su lado. -Entre los dos, acezante, con la lengua colgante, tenían la enorme cabezota gris de Lucas, que iba sentado en el asiento de atrás.

- ¿Quiere mirarse al espejo?

   Se miró, alzando las cejas. Se acomodó un mechón de pelo tostado que le acariciaba la mejilla. Frunció el ceño, ladeó la cara, torció la boca, se mordió delicadamente los labios, volvió a mirar.

- Estoy horrible. ¿A usted le da miedo que yo maneje?
- No. ¿Por qué?
- A mucha gente le dan miedo las niñas bonitas que manejan.
- Usted está horrible.

   Angela arrancó como un bólido, sonriendo. Aleteaban todas las lonas del jeep, y el ventarrón agitaba el pelo de Angela. Lucas fruncía los gruesos labios sobre los colmillos amarillos, hocico al viento. Más allá de su hocico, Escobar veía el perfil de Angela, las delicadas aletas de la nariz, la boca firme, la línea ligeramente corta de la barbilla, el largo cuello erguido. Era divina.

   Parquearon frente al restaurante. Una nube de niñitos descalzos y en harapos rodeó el jeep.

- ¡Se lo cuido, señorita, se lo cuido!

   Dos parejas salían del restaurante. Delante iba Lucía, su prima flaca, riendo feliz, con su collar de perlas, charlando con una niña piernilarga. Detrás iban el marido de chaleco -de chaleco-y Ernestico Espinosa, más deportivo, con un foulard de seda al cuello, palmeándole la espalda. La niña alta se volvió, con una ancha sonrisa, tendió la mano hacia atrás:

- Ven, Ernesto, amor.

   Escobar quedó helado. Era Henna. Parecía vestida de seda, como Angela, aunque con más arandelas. Y lo estaba traicionando con Ernestico Espinosa. Se escondió detrás del jeep.

-¡Escobar, no se duerma! -lo llamó Angela.

   La prima flaca se volvió. Vio fijarse la sonrisa de Henna, que se quedó con la mano estirada en el aire, tendida hacia Ernestico. Lo había reconocido. La prima flaca también. Tomó rápidamente a Angela por el codo y la hizo entrar al restaurante, sin volver la cabeza, con los hombros encogidos para hacerse invisible. Ernestico Espinosa alcanzó a gritar:

- ¡Ole, Ignacio, salude, no sea. . . .!

   Apartó una especie de portero galoneado, apartó al maítre de corbatín, sonriente, rubicundo, vagamente holandés, que surgió a recibirlos de las penumbras de lo hondo. Empujó a Angela por el codo hasta el fondo, entre un tintineo de tenedores y de copas y de conversaciones que callaban cuando pasaba Angela. La sentó en una mesa. El maítre los siguió, desconcertado, les sonrió con sonrisa de buitre, les dijo que esa mesa estaba reservada. Cambiaron de mesa. Escobar respiró: Henna no los había seguido.

- ¿Quién era esa gente que lo llamaba? -preguntó Angela.
- Era una prima mía, con su marido, que es un tipo intolerable.
- ¿La bonita? ¿La alta?

   El máitre se inclinaba ante ellos, con sonrisa de buitre en sus mofletes rubicundos de capitán holandés de la marina.

- ¿Quieren un aperitivo los señores? ¿Un whisky, un vodquita, un jerez?
- No. La alta era Henna.
- ¿Henna? ¿La que yo conocí en el colegio? ¿Se acuerda que le conté?
- Sí, me acuerdo. Pero esa no era Henna. No podía ser Henna. O no sé. Bueno, en todo caso, ésta era Henna.
- Muy chusca.
- Espantosa. Las mujeres no entienden de mujeres. Usted cree que es horrible.
- ¿Estoy horrible? Ya vuelvo. Pídame langosta.

   Se levantó en un rumor de seda, se alejó entre las mesas, paralizando nuevamente las conversaciones.

- ¿El señor quiere un aperitivo? ¿Un jerez, un vodquita, un whisky?
   Pidió dos cointreaus. No había. El máitre le entregó la carta enorme, con los platos escritos en francés. Pidió ostras, langosta. Vino.
- ¿El señor quiere vino francés?

   Ya volvía Angela, sorteando comensales con paso lánguido de niña cara. Sí, vino francés. Se había pintado los ojos, tenía los largos labios coloreados de un rosa pálido, húmedo. Estaba deslumbrante.

- Me gustaba más desarreglada. Parecía más humana.
- No sea bobo.

   Trajeron el vino en un balde de hielo, blanco, frío, cuajado de rocío, con el largo cuello apuntando hacia el techo con una gota translúcida en la boca. El máitre llenó dos copas de oro pálido. Un camarero trajo las ostras sobre un lecho de algas y de hielo picado. Eran insípidas con un sabor aguachento y elástico a yodo y a limón. En la bandeja se iban acumulando en torrecitas las ásperas conchas pardas, entre las largas algas planas como cintas, de un verde muerto y casi negro en el hielo picado que empezaba a fundirse, despeinadas y en desorden como un jardín devastado. Frente a Escobar, la mirada burlona de Angela tenía el color de las ostras, gris azulado con reflejos castaños.

- Tiene mirada de ostra, Angela.
- Me han dicho que la tengo de gato montes.
- Nadie ha visto nunca gatos monteses. Ya no quedan. Tal vez en algún coto de caza del Estado, en Polonia.
- Me lo dijo una persona que vivió en Polonia.
- ¿Les puedo retirar a los señores?
- Más ostras, por favor -pidió Angela.
- Yo no respondo, Angela. Las ostras son un afrodisíaco. A lo mejor después me dan ganas de acostarme con usted, diga lo que diga su hermana Ana María.
- ¿A pesar de mi sonrisa castradora?
   Sonrió, con los ojos relucientes a la sombra de los párpados.
- Tiene sonrisa de gato.
- ¿De gato montes?
- Ya no hay gatos monteses.
   Angela jugueteó con su copa vacía.
- Le voy a contar una cosa que no le he dicho nunca a nadie, Escobar. ¿Usted sabe por qué me separé de Richi?
- No. Uno nunca sabe por qué se separa la gente. Pero me parece muy bien. No se la merecía.
- No sea bobo, ¿Quiere que le cuente? No lo sabe nadie. Ni mi hermana. Ni el mismo Richi, pobre.

   Guardó silencio. Escobar le sirvió más vino. El camarero depositó ante ellos una nueva bandeja de ostras.

- Me parecía que se masturbaba dentro de mí -dijo bruscamente Angela- ¿Usted entiende lo que es eso? Se masturbaba dentro de mí. No hacíamos el amor, sino que yo sentía que él se masturbaba dentro de mí, como si yo fuera. . . no sé, como si yo fuera...

   Se interrumpió, vació su copa de un sorbo. Tras unos instantes de silencio prosiguió:

- Me estaba volviendo loca. No, loca no. Me estaba volviendo frígida. Era horrible. Era horrible.
- ¿Les puedo retirar ya a los señores?
- ¡Pero yo no soy frígida! ¿Ve?

   El camarero quedó con la bandeja en el aire, asombrado. Una señora volvió la cabeza en una mesa vecina, y cuchicheó excitada a sus acompañantes que también volvieron la cabeza.

- Mire cómo me miran -rio Angela. -Como si fuera rarísimo que una mujer no fuera frígida. Déme más vino, por favor.

   Escobar escanció las últimas gotas, y pidió otra botella.

- ¿Por eso se separó de Richi?

 

 - No, por eso no fue. Bueno, sí, pero no sólo por eso. No sé por qué le estoy contando todas estas cosas. No me deje tomar más vino, Escobar. Ah, sí. Por lo de la sonrisa. ¿De verdad le parece que tengo una sonrisa castradora?
- Pues. . . Depende. Cuando usted quiere, puede poner una sonrisa terriblemente castradora, sí.
- ¡Cómo son de frágiles los hombres! Ah, sí, pero no era por eso que le estaba contando. Era por lo de la Serenata Haffner. ¿Sabe por qué le dije que yo tenía ojos de gato montes?
- No entiendo nada. No la voy a dejar seguir tomando vino.
Angela rio.
- ¡No sea bobo! Espérese y verá. No sé por qué le estoy contando todo esto, pero bueno. Es por una amiga que tengo, que tenía, una pintora alemana, que se llama Inga. Mucho mayor que yo, como de cuarenta años, o más. Bueno, no es alemana, la trajeron aquí cuando ella tenía doce años o por ahí. Es decir, es alemana pero vivía en Polonia. Los papas se vinieron cuando la guerra mundial. ¡Ah, la langosta! ¡Qué delicia!

   El propio máitre holandés la presentó, tendida en la bandeja en posición de plegaria mahometana, con las largas antenas enhiestas:

- La gran dama del océano.

   Y procedió a dividirla en dos mitades con un cuchillo. La coraza roja y rosa se abrió en dos, como una fruta, dejando al descubierto las carnes elásticas y blancas de vieja cortesana.

- ¿Un poquito de mayonesa? ¿Salsita tártara? ¿Limoncito?
- Gracias.
   El camarero se alejó. Parecía ansioso por seguir escuchando las confidencias de Angela.
- Bueno ¿y qué más? Una pintora polaca que se llama Helga.
- Inga. Polaca-alemana. Alemana, pero vivía en Polonia, porque el papá era del ejército alemán en la guerra, o no sé qué.
- Bueno, ¿pero eso qué tiene que ver?
- Nada. -Angela sonrió ambiguamente. -Que nos hicimos amantes.

  Escobar se quedó un instante sin saber qué decir. Angela se dedicó a la langosta, como si diera por terminada la confesión. Escobar tenía intacta la suya en el plato.

- ¿Amantes?
- ¿Le parece raro? Y por eso sé que no soy frígida, ¿ve? Pero es que yo tampoco quiero ser lesbiana. -Se volvió hacia la señora de la mesa vecina: -No, no quiero ser lesbiana, señora ¿usted entiende?

   La señora se sobresaltó y dejó caer los cubiertos en el plato. Luego volvió a cuchichear con sus acompañantes.

- Bueno: una pintora alemana de cuarenta años. . . .
- Más. Cuarenta y cinco, por ahí. Pero no parece. La viera.
- ¿Y qué tiene que ver en eso la Serenata Haffner?
- No, es que eso viene después. Le explico. Inga es pintora ¿ve? Entonces un día llamó a Richi -porque alguien le había hablado de Richi, o no sé -para ver si le hacía unas fotos de sus cuadros, para mandar a Alemania o no sé qué. Richi es fotógrafo, usted sabe.
- Sí, sabía. O no sé si sabía, pero me lo imaginaba. Tiene cara de fotógrafo. Cuando lo vi con usted pensé que tenía cara de ser uno de esos tipos que se ganan la vida fotografiando niñas lindas para vendérselas a Vogue.
- Sí, lo que pasa es que en Bogotá no se puede ser sólo fotógrafo de modas, hay que hacer de todo. Richi hace de todo: modas, propaganda, de todo. Bueno, pues entonces le hizo unas fotos a los cuadros de Inga. Y no sé cómo fue la cosa, pero me conoció un día y me dijo que me quería hacer un retrato, y así fue como nos conocimos.
- ¿Richi le quería hacer un retrato?
- No sea bobo. Yo estaba casada con Richi. Inga. Ella hace retratos, me dijo que yo. . .
- Que usted tenía ojos de gato montés.
- No, eso fue después. Me dijo que yo tenía un cuello increíble, como el de la Primavera de Boticelli. Y sí es un poco cierto ¿se ha fijado? Y que quería hacerme un retrato. Inga hace retratos, sobre todo a las señoras de la colonia judía aquí en Bogotá. Las odia, claro, porque ella es medio nazi, pero son las que pagan. Yo le dije que no podía pagar y me dijo que no importaba, de modo que le dije que sí. Y fui a su estudio. Allá arriba en el cerro, un estudio increíble, con unos ventanales inmensos: se ve todo Bogotá, y por el otro lado las ramas de los eucaliptus del cerro pegan contra los vidrios. Una maravilla de estudio.
- Y se hicieron amantes.
- Exacto. Con la Serenata Haffner.
- Cómo. A ver, cuénteme.
- Pues fui varias veces a su estudio, para el retrato, pero que no le salía, y que si yo tenía los ojos no sé cómo -ahí fue cuando me dijo lo de los ojos de gato montés-, y que si no sé qué, y que si sé cuantos, y el caso es que estuve yendo como dos semanas a su estudio y nada que le salía el retrato. ¡Ah! Ahí fue cuando me regaló a Lucas, que era cachorrito, y que me explicó que en realidad no se llama gran danés, sino dogo alemán. Quería que le pusiera Téufel, que quiere decir diablo en alemán. Pero a mí me parece mejor Lucas. Pero bueno, ya éramos amigas, y hablábamos de todo. Es una vieja increíble, inteligentísima, cultísima. A mí no me gusta mucho cómo pinta, porque es como muy frío, no sé, muy duro, pero bueno, yo no sé mucho de pintura, parece que es buenísima, no sé. Ah, bueno, sí: y hablábamos, y a veces nos pasábamos toda la tarde hablando y fumando hierba o metiendo perico, porque Inga tenía un perico increíble. Y un día. . . Ah, no, primero era que no le salía el cuadro y que no sé qué, y que por qué no posaba yo más bien desnuda. Porque yo posaba siempre vestida, ¿ve? Entonces, que por qué no posaba desnuda. Al principio yo no quería mucho, porque la veía venir ¿no? Tampoco soy tan pendeja. Además a Inga se le nota en la cara, una cara de alemana, un poco de caballo, con unos ojos grises como de hierro y el pelo corto, medio gris, y la manera como se viste, con buzos negros y siempre de pantalones. Pero me dije, bueno, y qué, tampoco soy una niñita ¿no? Yo estaba muy mal con Richi. Entiéndame, Richi es un tipo increíble y yo lo adoro, pero la verdad es que casi desde el principio estábamos mal, increíble y adorado y buenísimo fotógrafo y genial para salir de rumba, pero estábamos mal, sexualmente, quiero decir, y yo pensaba que me estaba volviendo frígida. Y yo no soy frígida.

   Por eso fue que me impresionó tanto lo que me dijo de la sonrisa de Lilith.
- No se lo dije en serio. Usted tiene una sonrisa deslumbrante.
- No sea bobo. Está delicioso este vino. Pero no me deje tomar mucho.
- Bueno ¿y qué pasó? Estábamos en lo de Inga.
- Nada, pues pasó que estábamos un día -yo ya posaba desnuda y todo ¿no? Posé desnuda como un par de veces, o una vez. Esto fue la segunda vez. Inga tenía siempre una hierba buenísima, y perico, siempre tenía montañas de perico. Bueno. Estábamos empericadas y fumando hierba y tomando cointreau. Por eso fue que me acordé del cointreau cuando usted puso la Serenata Haffner. Ah, eso. Entonces oíamos música. Siempre oíamos música mientras Inga pintaba, música clásica, decía que era mejor para ella y mejor para el modelo, siempre cosas de Bach, Mozart, cosas así, Wagner. Todo lo que yo sé de música lo aprendí con Inga. De música clásica, digo: música culta, como la llama. Estábamos oyendo a Mozart, la Serenata Haffner, y trabadísimas y empericadísimas y medio jaladas también, y me preguntó de pronto que si yo nunca había bailado con música de Mozart. Y yo no. Entonces ella empezó a bailar a Mozart, descalza, por todo el taller. Increíble. Después me dijo que ella había estudiado ballet, de chiquita, en Polonia, que parece que a todas las niñas les enseñan. Ella era hija de un oficial alemán, noble. Inga von Ruhenhammer, se llama, aunque los cuadros los firma Inga Sigfried, por Sigfried, usted sabe, el de Wagner. Estaba casada con un alemán también, pero separada, también alemán de aquí, colombiano. Yo no lo conocí. Creo que vive en Barranquilla.
- Angelita, usted es como una señora que yo conozco que se llama Lulucita Pineda, que se pierde siempre cuando empieza a contar una historia. No se vaya por las ramas. Inga estaba bailando a Mozart. Y qué pasó.
- No, si yo nunca hablo tanto. Pero además lo que importa son los detalles. ¿Que quiere que le diga? ¿Me acosté con una vieja y aquí estoy? Si le aburre, me callo.
- No, no. Siga. Inga estaba bailando. Y qué más.
- Bueno, ella bailaba por todo el taller, increíble, y yo ahí sentada como una boba. Y me dijo que bailara yo también. Que uno no sabía lo que era bailar mientras no hubiera bailado a Mozart. A mí me daba pena por lo que estaba desnuda, pero dije bueno, qué carajo… Ah, no: fue que Inga me preguntó que si me daba pena bailar desnuda y yo le dije que pena no, sino frío. Y me dijo que no fuera idiota, que bailar desnuda era como había que bailar, parece que en la Alemania nazi bailaban siempre todos desnudos, hombres y mujeres. Y entonces ella también se quitó el suéter y los pantalones y todo, para que viera yo. Inga tiene un cuerpo increíble, viera, no parece que tuviera cuarenta y cinco años. Yo no sé, hace ejercicio. Y está siempre toda bronceada, porque se asolea desnuda. Tiene una finca en Tabio, que me llevó varias veces. Viera la casa que tiene, con cuadros y cosas que se trajeron los papas de Alemania, bueno, de Polonia. Pero bueno, usted no quiere que me vaya por las ramas. Bueno, entonces nos pusimos a bailar las dos, claro que yo inventando, más o menos ¿no?, pero a los dos minutos ya ni me daba cuenta, era como si me llevara la música, era increíble, yo no sé si por la coca o la hierba o por Mozart, pero era increíble bailar desnuda. Nunca había sentido tal sensación de libertad ¿me entiende? de, de, eso, de libertad. Bueno, y acabamos rendidas. Acabé yo rendida, porque Inga es una atleta, la viera.
- Me la imagino.
- Ay, Escobar. . . No es una lesbiana de esas marimachos, no vaya a creer. Viera el cuerpo que tiene. Ya quisiera yo tener un cuerpo así, a los cuarenta y cinco años.
- Bueno, entonces usted se cansó. Y entonces qué.
- Ah, se está empezando a entusiasmar con los detalles ¿no?
- No. . . pero me interesa. Siga. -Déjeme comer mi langosta.
- Por favor Angelita. No me puede dejar en la mitad del cuento.
- No me llame Angelita.
- Arcángela.
- Eso ya me lo dijo.
- Pues se lo vuelvo a decir. A ver, siga.
- Déjeme comer mi langosta. Yo vine aquí a comer langosta, no a contarle mi vida.
   Callaron. Comieron. Al cabo de un instante Angela prosiguió:
- Bueno, pues entonces yo me cansé, y me tiré en una especie de cama inmensa que tiene Inga en el taller, toda llena de cojines y de almohadas y de alfombritas persas y de sedas. Y me sentía, si viera, descansada y feliz. Es decir, cansada, pero feliz, y libre, libre libre libre, como no me había sentido libre nunca ¿me entiende? Y entonces Inga vino ahí conmigo y me empezó a acariciar. Y a mí me pareció tan natural, y era todo tan increíble. . . y la empecé a acariciar yo también. Y así empezó la cosa ¿ve? Con la Serenata Haffner.
- Y resultó que usted no era frígida.
- Bueno, yo sabía que no era frígida, pero creía que me estaba volviendo frígida por lo mal que estaban funcionando las cosas con Richi. No sé, yo creo que haberme casado con Richi fue un error. Yo creo que nunca estuve enamorada de Richi. Enamorada-enamorada, ¿me entiende? No sé. Yo creo que nunca he estado enamorada. A lo mejor es que no soy capaz de enamorarme, no sé. Inga me decía que yo era fría. No frígida, sino fría ¿me entiende? ¿Usted ha estado enamorado de verdad alguna vez?
- En este momento estoy enamorado de usted.
- Ay, bobo. . . Es en serio. Nadie se puede enamorar de mí, porque yo no me puedo enamorar de nadie.
- ¿Y Richi?
- Richi, sí. Pobre. Todo esto Richi no lo sabe, yo no le he contado nunca. Lo de Inga, quiero decir. No se lo había contado a nadie. No sé por qué se lo estoy contando a usted.
-¿Les puedo retirar a los señores? ¿Les provoca algo más? ¿Un postre, un helado, un flanecito?
- ¿Tienen helado de vainilla?
- Cómo no, un helado de vainilla.
- ¿Flambé?
- ¿Un helado flambé? No, señorita, no tenemos helado flambé. Le podemos hacer unas crepsusé, que esas sí vienen flambé.
- No, entonces déme un helado de vainilla. Es que yo soy fría ¿sabe? Frígida no: fría.
- Cómo no, señorita -el camarero estaba desconcertado-.
   ¿Y al señor le provoca algo? ¿Unas crepsusé, un pai de limón, unas fresitas con crema?
- Nada, gracias. Un tinto.
- Un tintico, cómo no.

   El camarero se retiró. Escobar se quedó mirando a Angela, que sonreía con sonrisa enigmática.

- No sé que me está pasando. Yo nunca les hablo a los camareros. ¿Qué le estaba diciendo?
- Que usted no se puede enamorar de nadie. ¿Se enamoró de Inga?
   Angela soltó una carcajada.
- ¿De Inga? Usted cómo es de bobo, Escobar. No ha entendido nada.
   Encendió un cigarrillo. Le dio vueltas entre los dedos, pensativa.
- Era peor que Richi. Quería que dejara de modelar, que me separara de Richi, que nos fuéramos juntas a Europa: Inga dice que si uno no conoce Europa no conoce nada, y que Colombia es una mierda, que aquí la gente es horrible. Menos yo, claro. Me decía que yo podía ser como una valkiria, pero que me faltaba hacer ejercicio: natación, y salto, y sobre todo, remo. Imagínese: yo remando. Además no quiero ser una valkiria.
- Pero se separó de Richi.
- Pero eso fue ahora. Mucho después. Yo había peleado con Inga. No me iba a separar de Richi, que me adora, para irme con una lesbiana de cuarenta y cinco años ¿no?

   El restaurante estaba ya vacío. A prudente distancia, pero bien visibles, el máitre holandés y el camarero esperaban de pie, con sonrisas forzadas, cambiando de pie de cuando en cuando. Escobar pidió la cuenta.

- La cuenta, cómo no.

   Besó las manos frías de Angela. Salieron, mientras a sus espaldas apagaban las luces. Angela se estremeció en el viento de la calle, y Escobar la abrazó, y la llevó abrazada hasta el jeepcito blanco, sintiéndola ceder y tiritar bajo su abrazo. Dos gamines emergieron de la oscuridad:

- ¡Yo se lo cuidé, señorita, yo se lo cuidé!

   Escobar les dio plata. En el jeep, Lucas los recibió con grandes muestras de alborozo. Escobar besó a Angela, que le devolvió el beso y luego lo apartó, sonriendo.

- Me prometió que no iba a tratar de besarme.
- Me dieron celos de Inga -respondió Escobar con la boca seca, intentando besarla nuevamente. Ella retiró la cara.
- No sé por qué le estuve contando todo eso. Yo nunca hablo tanto.
- Vamos a mi casa -propuso Escobar.
- ¿Donde esa loca? Ni muerta. Ah, claro: es por esa loca suya que me puse tan nerviosa. Lléveme a donde mi hermana.
- Es tempranísimo- alegó Escobar: -Todavía debe estar eso lleno de antropólogos.
- Vamos a bailar -decidió Angela.
- ¿Y Lucas?
- El espera. Está acostumbrado ¿no, Lucas? A veces en donde Inga le tocaba esperar horas.

   Escobar se dio cuenta de que estaba irremediablemente enamorado.

 

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