Capítulo IX

 

   La discoteca era una masa sólida de estrépito y de humo, de luces de colores que giraban, de olor a muchedumbre, a tabaco, a sudor, a trago, a música, traspasado por vaharadas lentas y aromáticas de marihuana. Mientras buscaban sitio, Angela reconoció a los músicos:

- Son los Auténticos -dijo. Son buenísimos.
- ¿QUÉ? -Escobar no oía nada. Le lloraban los ojos en el vapor y el humo, le dolía la cabeza en el barullo.
- ¡LOS AUTÉNTICOS! ¡SON BUENÍSIMOS!
- ¿QUIENES?
- ¡LOS AUTÉNTICOSSS!
- Ah.

   No podían ser los Auténticos. O por lo menos, no podían ser los auténticos Auténticos.
   Consiguieron media mesa, dos wiskies.

       ¡AY TU TIENES UN CAMINAO!
       ¡QUE ME TIENE TRASTORNAO!
       ¡Y CUANDO BAILAS LA MURGA!
       ¡OYE MAMITA, QUE BUENA ESTAS!

   No eran los mismos Auténticos.
- Bailemos.
- ¿QUÉ?
- ¡BAILEMOS!

   En la pista atestada no podía caber ya nadie, pero cupieron, y bailaron. Una masa de música, una muralla, líquida, impenetrable, ensordecedora, un río de culebras escurridizas que llegaba hasta las corvas, se retorcía en el vientre. Cuerpos, rostros, luces, hombros, espaldas, un banco de peces, una red de agonías. Una niña bajita se abrió paso en la masa balanceando los hombros, vestida de tigresa, barriendo el viento con el pelo, seguida por un tipo que también balanceaba los hombros como loco. Una gorda bailaba como un trompo, sola en medio de la pista, feliz.

        ¡LOS MUCHACHOS SE ALBOROTAN!
        ¡CUANDO LA VEN CAMINAR!

   Cantaban los músicos, felices también, sudorosos también. Pasaban brazos, cuellos, cabezas, piernas, un señor de bigote que no sabía bailar y se reía, otra vez la tigresa con los ojos cerrados. Una mulata alta con un peinado afro y con una boca enorme. Un borracho parado en el borde de la pista, con un vaso en la mano, mirando. Se dio cuenta de que había perdido a Angela, tragada por el mar. La buscó entre la bruma, convertido de golpe en un escollo inmóvil contra el que se estrellaba el oleaje. Lo empujaban, lo pisaban. Se abrió paso de vuelta hasta su mesa, bebió su whisky, en el que el hielo se había fundido por completo.

      ¡AY PERO QUE RICO!
      ¡OYE MAMITA QUE BUENA ESTAS!

   Había perdido a Angela. Le dieron un beso en la mejilla.
- ¡Hola, primo.
   Patricia. Le brillaban de dicha los ojitos estrábicos. Todo el mundo parecía contento esa noche.
- No me esperó mucho, ¿no? ¿Quién es esa niña tan linda? ¿Qué?
- ¿QUIEN ES ESA NIÑA?
- No. . . -Escobar buscó una salida: -Es la hermana de...
- ¿QUIEN?
- ¡LA HERMANA DE LA MUJER DE. . . -se le quebró la voz-de mi amigo el que estaba preso. . . ¿Se acuerda? -¡Cómo no me voy a acordar! Por su culpa hoy estuvo la casa todo el día llena de generales. No me los resisto.
- ¿QUÉ?
- ¡LOS GENERALES! ¡NO ME LOS RESISTO!
   Recordó que tenía que darle las gracias a su tío Foción.
- ¿Su papá está en su casa?
- ¿QUÉ?
- ¿SU PAPÁ?
- ¿Usted cree que papá sale todas las noches de discoteca como usted?
- ¿Y usted?
- ¿QUÉ?
- ¿Y USTED?
- No vengo nunca-se defendió Patricia, indignada. -Nos trajo Vicky
-¿QUÉ?
- ¡VICKY! ¡LA HERMANA DE JEFFERSON! ¿QUIERE CONOCER A JEFFERSON?

   Señaló en la neblina a un mulato pálido, de gafitas redondas y barbita de Trotsky, que bailaba con la mulata de la boca grande. Bailaban como gatos, dándose golpes de cadera. La mulata golpeaba con su culo flexible las nalgas escurridas de Jefferson Calarcá Marroquín. Debía ser Vicky.

- ¿VICKY?
- ¿Qué?

   Se hundieron en la muchedumbre. Y en su lugar brotó Angela, como si surgiera de las aguas. La música cesó, dejando un gran suspiro.

- Bueno, me voy -Patricia le dio un beso. --Ahí viene su niña linda. Hola, qué hubo. Yo soy Patricia. Soy prima de este señor.
- Qué hubo, cómo le va. Angela.
- Bueno, chao.
- ¿Esa es su prima del restaurante?
- No, otra.

       ¡EN EL BARRIO HAY!
       ¡TRES DÍAS DE CARNAVAL!

- Bailemos -dijo Angela-. No se me pierda otra vez.
-¿Yo?
   Pero recordó que tenía que llamar a Foción.

       ¡EN EL BARRIO HAY!
       ¡TRES DÍAS DE CARNAVAL!

   El cantante, un negro joven y fornido, tenía que mantener lejos el micrófono para no reventar los parlantes.

- Espéreme: voy a llamar a mi tío.
- ¿QUÉ?
- ¡MI TIO FOCIÓN! ¡FEDERICO! ¡ESPEREME!

   Atravesó la discoteca como si atravesara un río. Encontró un teléfono a la entrada del baño. Vio bailar a Patricia desmadejada en los brazos de Jefferson, y alzar el rostro Para besarlo. Le dieron celos.

- ¿Tio Foción? Soy Ignacio.
- Ah, mijo ¿cómo estás? ¿Soltaron a tu amigo? El general Gómez me dijo que estaba fichado por veinte lados.
- Sí, tío. Muchísimas gracias.
- Tú también estás fichado, Ignacito. ¿Qué es lo que les pasa a ustedes los muchachos?
- No. Nada. No sé.

   ¿Fichado él? ¿Por qué? El estrépito de la música ahogaba en el teléfono la voz enfisemática de Poción.

- ¡Bueno, gracias tío!
- No me grites, mijo, te oigo divinamente. ¿En dónde andas? Hasta tu tía Clema está oyendo aquí la gritería. ¿Has visto a Patricia?
- No, no, no. -negó Escobar rápidamente.
- Me dijo que anoche la habías llevado a discoteca. No sé, Ignacito. Tal vez es que Clema y yo estamos muy viejos.
- No, tío. . .
   Patricia y la mulata pasaron a su lado, camino del baño.
- Es su papá -dijo Escobar tomando la bocina. Patricia hizo gesticulaciones silenciosas, y huyó. Foción, en el teléfono, tosía, se ahogaba.
- Mijo, en vez de andar en esas: ¿por qué no te vienes a trabajar al banco?
- ¡Por favor, tío! ¡Después hablamos!
- No grites. Te oigo divinamente.
   Colgó por fin. Escobar se abrió paso de nuevo hasta su mesa. Estaba fichado por veinte lados.
- Tengo perico -le dijo Angela. ¿Quiere meterse un pase?

  Sí, necesitaba un pase. Estaba fichado por veinte lados. Volvieron a atravesar la muchedumbre embravecida en dirección al baño. Había cola ante la puerta, y la gente salía restregándose las narices. Debía haber media tonelada de coca en esa discoteca.

- Vicky tenía -explicó Angela. -Siempre tiene.
- ¿Vicky?
- Una amiga mía que es modelo.

    Encerrados en el baño. Escobar besó por fin a Angela, largo y hondo, sintiendo que por fin cedía bajo la suya su boca larga y húmeda, como un sabor lejano y casi imperceptible a vino y a langosta. Pero desde afuera les golpeaban impacientes a la puerta. Metieron rápidamente un pase. Salieron abrazados. Bailaron.

      ¡TU AMOR ES UN PERIO-0-ODICO DE AYE-E-EER!
      QUE A NADIE ¡LE INTERESA YA LE-EER!

    Escobar intentaba recordar con precisión el beso. ¿Así era besar a Angela? ¿Y así de fácil, en fin de cuentas? La veía bailar frente a él, con una sonrisa olvidada en la música que no era ya la sonrisa de Lilith. Miraba el remolino de sus largas piernas, curiosamente independientes. Miró sus propios pies, que también le parecieron seres extraños, animales con vida propia. Miró más pies. Los largos pies de Vicky, calzados de sandalias. Los pies de la gordita vestida de tigresa, con zapatos dorados. Empezaba a conocer ya a todo el mundo. Vicky bailaba con una sonrisa feliz en la ancha boca roja, sin que se le moviera un pelo del peinado afro en el fragor del baile. Más allá vio a Patricia: los senos le saltaban bajo el suéter como si no llevara sostén.

- ¿Me mira? -preguntó Angela.
- Sí, la miro -mintió Escobar. Miraba los senos de Patricia, las caderas de Vicky, unos hombros desnudos más allá, brillantes de sudor, una espalda desnuda que pasaba. Se concentró en sus propios pies, asombrado de ver que se movían. La música cesó de un golpe. Durante un momento vio todavía el movimiento de sus pies en la pista, con un ruido de arrastre. Angela lo tomó de la mano y lo llevó a la mesa.

   Se sentaron ante sus vasos tibios, se besaron de nuevo sin hablar, hasta perder el aliento. La mano de Escobar encerró un seno de Angela y empezó a acariciarlo, y luego se abrió paso por la abertura de la blusa para acariciarlo desnudo, sintiéndolo liso y tibio, ligeramente sudoroso, latiendo contra su palma.

- La quiero. Angela.
- No me quiera. Yo no quiero a nadie.
   Se siguieron besando, ya casi horizontales sobre las sillas inestables. Los interrumpió Patricia, tosiendo varias veces.
- ¿Me presta un minuto a mi primo?
   Se lo llevó a la pista, donde evolucionaban unas cuantas parejas desmayadas y lentas al ritmo de un bolero.
- ¿Habló con papá?
- Sí.
- ¿Qué le dijo de mí? Ay, Ignacio ¿sabe que usted baila mucho mejor de lo que parece? Qué ridiculez los boleros ¿no? ¿Qué le dijo papá?
- Yo le dije que la acababa de ver a usted besando a Jefferson.
- Ay, no sea bobo. . . ¿Además qué tiene de malo? Es mi amante.
- Anoche me dijo que no era su amante.
- Ay, no hablemos de lo de anoche. Ya le dije que le explicaba otro día.
- Hoy es otro día.
- Sí, pero hoy yo estoy con Jefferson y usted está con una niña lindísima. ¿Qué le dijo papá?
- Nada. -Viejo reaccionario y pendejo. . .

   Se apretó contra él. Los boleros no son ninguna ridiculez, por el contrario. Escobar acomodó mejor contra su pecho los senos de Patricia, pequeños y jóvenes. La oyó soltar una risita ahogada.

- Suélteme. Su novia se va a poner celosa.
- No es mi novia.
- Jefferson se va a poner celoso.
- Jefferson no es su amante.
   El bolero moría. Se separaron. Respiraron hondo, al unísono. Rieron. Patricia le dio un beso.
- Bueno, váyase con su vieja esa que le parece más bonita, que yo.
- No me parece más bonita -mintió Escobar.
- ¡Ja!
   La vio alejarse, salir del brazo del mulato trotskista.
- ¿Lo abandonó su prima?
- No sea celosa, Angela. Usted es la mujer más linda del mundo.
- No soy celosa. A mí qué me importa.
   Se besaron un poco, pero había pasado la embriaguez. Salieron a la calle.
- Vamos a mi casa -propuso Escobar.
- A donde esa loca yo no voy ni muerta.
- Angela, no me puede dejar ahí tirado en la mitad de la noche.
   Se dejó besar un instante. Desde el asiento de atrás, Lucas soltó un gruñido y adelantó la cabezota. Angela le dio también a él un beso en el hocico.
- Lléveme a conocer la noche de Bogotá.
   Escobar se sintió agobiado.
- La noche de Bogotá es esto, niña: carros, pitos, semáforos, niños pidiendo plata, de cuando en cuando un muerto. Si quiere se la muestro desde la ventana de mi cuarto: se ve toda.
- No sea bobo. Es en serio, quiero conocer la noche de Bogotá. Quiero saber qué pasa aquí cuando las niñas buenas como yo están en su casa, acostadas.
- No pasa nada.
- Tiene que pasar algo. Lléveme a conocer un burdel.
- Angela por favor. . . ¿Quiere que la contraten?
- A lo mejor. . . -Angela sonrió con una sonrisa enigmática. -Eso es lo que cree Richi que ando haciendo. Bueno, lléveme a otra parte.
- Si no hay nada más. Esto. Restaurantes, discotecas. Ya la llevé a un restaurante y a una discoteca. ¿Quiere que vayamos a otro restaurante y a otra discoteca?
- No, a algo que no sea ni restaurante ni discoteca. A algo real. A la verdadera Bogotá.
- Esto es lo real.
- No puede ser esto. Tiene que haber algo más. Aunque sea un infierno.
- Bueno, hay el infierno, claro. Pero es peligrosísimo.
- Lucas nos defiende.
- Pero niña. . .
- Ay, bueno, Escobar. Usted sí es un cobarde ¿no? Déjeme en mi casa.
   Escobar se resignó.
- Eche hacia el sur. Ahí iremos viendo.

   ¿Qué irían viendo? Angela esperaba un paseo dantesco por el infierno bogotano, y Escobar se daba cuenta de que él tampoco lo conocía. Y había querido hacer un poema épico sobre esa ciudad que ni siquiera conocía. Iba mirando por la ventana, tratando de recordar algún sitio sórdido y espantoso. Discotecas, restaurantes. Un hospital, tal vez; pero no le daban demasiadas ganas. ¿La Universidad? ¿Eso era lo más sórdido y espantoso que conocía en esa ciudad sórdida y espantosa sobre la cual había querido escribir un poema sórdido y espantoso? Veía pasar letreros luminosos inocentes: droguerías, floristerías, relojerías, bares. Todo cerrado. El Séptimo Círculo, en tubos de neón rosados y naranjas que imitaban el crepitar del fuego, le pareció la salvación. Parquearon.

   Era un bar, y no prometía mucho. Tipos solos sentados en la barra con cara de aburridos, putas envejecidas. De parlantes ocultos brotaba en un chorrito pegachento y viscoso la voz de Julio Iglesias. Angela despertó miradas de lascivia en hombres gordos que bebían y fumaban ante mesitas con lámpara, acompañados por muchachas con cara de aburridas en la penumbra malva.

- Oiga, Escobar: Julio Iglesias.
- Es que estamos en el séptimo círculo del infierno.

   Se sentaron en la penumbra del fondo. Pidieron whisky. Iban a acabar borrachos, acodados en la barra con cara de aburridos. Se cortó Julio Iglesias en la mitad de un glogloteo de voz, y de los parlantes surgió una voz entusiasta:

- ¡Y ahora señores! ¡An nau yéntlemen! ¡El Séptimo Círculo se complace en presentarles! ¡Di Séven Circl is japi tu prisént! ¡El único! !Di onli! ¡El mejor! ¡Di best! ¡El auténtico! ¡Di autentic! ¡STRIP TISSSS!!!. . . ¡Con las mejores muchachas! ¡Di moust biútiful guirls! ¡de la noche de Bogotá! ¡of di nait of Bogotá! ¡La Atenas! ¡Di Atenas! ¡Suramericana! ¡of Sauz América!

   Se oyó un redoble de tambores y luego las primeras notas de La Marsellesa. Se abrieron, bamboleantes, las cortinas plateadas de un minúsculo escenario en el fondo de la pista de baile. En las mesas hubo algunos aplausos. Se encendieron luces de colores y salió al escenario una joven vestida con velos de muselina y ajorcas de metal, parpadeante bajo los reflectores.

- ¡Cleopatra, reina de Babilonia! ¡Cleopatra, cuín of Babilonia! -anunció el parlante, y dio paso a una música oriental. Cleopatra hizo serpentear los brazos, esbozó los pasos de una danza. Una esclava negra encadenada empezó a despojarla de sus velos al ritmo de la música. Cuando quedó desnuda, con un corazoncito de lame dorado sobre el centro del sexo, cesó la música. Las dos mujeres saludaron entre vaharadas dulzonas de sudor y maquillaje, y recibieron un aplauso disperso.

   Luego salió Rosita, la Colegiala -lítel Ros, di sculguerl-una falsa rubia de trenzas con una maleta llena de libros, falda de cuadritos y medias tobilleras. Se desvistió contoneándose, conservando sólo un corazoncito color rosa sobre el sexo.

- ¡Pobres niñas. . .! -comentó Angela.
- Es la noche de Bogotá -explicó Escobar, tratando de besarla.

   Salió entonces Pascale, la Francesita. -Pascale, di lítel french- que tenía unos senos enormes. Y luego nuevamente la esclava del primer número, sólo que ahora era Irina, la mujer pantera, y la sacaban en una jaula, gruñendo y dando vueltas en cuatro patas mientras sonaba la música de circo. El número siguiente se llamaba la Consulta, di chekap: Cleopatra, vestida de médico, auscultaba los senos de la francesita con un estetoscopio y acababa fingiendo que la violaba sobre una rudimentaria mesa de quirófano. Y en el otro -Las Amigas, De Gud frends- la negra y la falsa rubia se acariciaban y se besaban sobre la misma mesa, cubierta ahora de almohadas y cojines de raso. Luego se cerraron definitivamente las cortinas del escenario y volvió a cantar Julio Iglesias.

   Escobar las vio salir una por una, ya vestidas, de detrás de la barra. La negra se despidió del barman con un beso, y los dos rieron por algún motivo, y ella salió a la calle del brazo de Cleopatra, que llevaba un bebé dormido. La falsa rubia se quedó en la barra intentando despertar a un borracho. Pascale la francesita, se sentó en una mesa con tres de los hombres gordos. Le hacían chistes procaces y le palpaban los senos gigantescos, ahora contenidos a medias por una especie de corsé.

- ¡Pobres niñas. . ..! -repitió Angela. Escobar estaba pensando en cómo podría incluir algo por el estilo en su poema épico de La Bogoteida. Julio Iglesias fue nuevamente interrumpido en la mitad de una canción, y de nuevo se oyó el redoble de tambor y el comienzo de La Marsellesa.

- ¡Y ahora, señores! ¡An nau yéntlemen! ¡La superestrella internacional de la canción erótica! ¡De super-star of di erotic song! ¡La famosa Voz Erótica de América! ¡De feimous vois of América! ¡La bellísima! ¡De biútiful! ¡La sensacional! ¡De incrédibel! ¡La incomparable!. . .¡¡SAMANTHA!!!!

   Sonó una marea estruendosa de cuerdas y de cobres, y se abrieron las cortinas plateadas del escenario. Angela le dio un codazo a Escobar:

¿Oye? La obertura de Tanhauser.

   Salió una muchacha vestida con un abrigo largo de cuero negro y botas de montar, y una cachucha de visera de oficial nazi. Hizo unos pasos de baile. Escobar apretó el codo de Angela y la besó en el cuello.

- No se burle. Bailar música seria es increíble. Es que esta niña no sabe, pero con Wagner se baila increíble, no crea.

   La incomparable Samantha renunció pronto, y se quitó el abrigo de cuero y la cachucha de oficial SS mientras el barman instalaba un micrófono en el escenario. Debajo del abrigo estaba desnuda, salvo por un complicado arnés de correas negras que le ceñía el torso y las caderas, con aros de cuero en torno a los senos erguidos y una correa de cuero que se perdía en la línea de sus nalgas. Se paró ante el micrófono, abierto al compás de las piernas y una mano apoyada en la cadera. En la otra tenía una fusta de montar, con la cual se azotaba levemente las botas.

- Bueno, ésta por lo menos tiene bonito cuerpo- dijo Angela.
   Pero Escobar miraba la cara de Samantha, ya sin la gorra de oficial, reconociéndola.

Los ojos negros, la mirada perdida, la piel morena y mate, la boca fina y corta. Una vez, hacía tiempos, le había escrito un soneto:

           Cecilia, mi amor te esquiva.
           Ya lo ves: se finge inerte.
           De tanto querer quererte
           no te quiere fugitiva. . . .

   Reconocía sus senitos erguidos y puntudos, con el pezón oscuro, el denso vello de su vientre. Hacía meses. Desde aquella noche, no había vuelto a ver a Fina. ¿Qué había pasado con Fina? Le vino una avalancha de recuerdos. Fina llorando, Edén Morán Marín en el orinal de un bar, su fiasco con Cecilia, que ahora se llamaba Samantha. Seguía linda. Cantaba con voz ronca, muy cerca del micrófono para hacerla sensual, marcando el compás con ligeros fustazos en las botas, contoneándose con lascivia un poco perezosa en sus arreos de cuero, al son de una música lancinante que ya no era Wagner, que sonaba más bien a violín zíngaro:

- Mi amante
  es el diablo.
   Y suspiraba, y hacía ruidos sensuales en el micrófono.
- Mai Lover
  is de devil.
    Y nuevamente suspiraba, y se acariciaba el cuerpo con las manos abiertas.
- Mon amán
  sé le diáb.

   La voz políglota de América. Con un dedo distraído, Escobar acariciaba el cuello de Angela, absorto. Angela le puso una mano delante de los ojos. Volvió en sí.

- Perdón -se disculpó.-Es que a esta niña la conozco.
- Usted no puede tener tantas primas, Escobar.
- Esta no es prima. Cuando la conocí, era puta. Bueno, puta. . . era estudiante. Fue una noche complicadísima. Han pasado meses.

   Angela miraba a Cecilia con los ojos entrecerrados, impenetrables, amarillos: ojos de gato montés.

- ¿Qué ha hecho usted en estos meses? Desde la noche aquella en que nos conocimos donde su hermana?
- No sé. Uuuf. Hace tiempos, ¿no? Peleé con Inga, me separé de Richi. . . Desde que me separé no hago más que tener novios. No sé qué me pasa.

   Escobar sintió celos. Recordó a Cecilia, hacía tiempos, le había dicho que había conocido mil hombres.

¿Cuántos novios? ¿Mil?
- No sea bobo. Mil hombres, imagínese. . . No hay.

   Sonrió con su larga sonrisa, perversa en las comisuras. Le dio un beso en la boca, se abrazó a él dándole cortos besos en el cuello. Escobar la besó también, y se perdieron hasta que cesó la canción ronca de Cecilia, y se oyeron aplausos. - ¡Divina! -gritaba Pascale, la francesita, en la mesa de los tres gordos. -¡Divina, Samantha! ¡Charmante! -y aplaudía como loca. Dos de los gordos también aplaudían. El tercero tenía el rostro enterrado entre los enormes senos blancos de Pascale, que parecía no darse cuenta. Escobar y Angela aplaudieron. Cecilia saludó inclinándose, sin sonreír, se volvió de cara al fondo y se inclinó de nuevo, mostrándole al público las ancas abiertas. Hubo más aplausos, Y algún rugido por parte de los señores gordos. Cecilia volvió a saludar y se retiró. Y ya se quedaron con Julio Iglesias para siempre.

   Cecilia salió luego por detrás de la barra, con un abriguito gris y zapatos altos de tacón de aguja. Escobar se levantó, la tomó por el codo cuando llegaba a la puerta.

- ¡Cecilia!
   Cecilia -o Samantha- se volvió sin reconocerlo. Entre mil hombres, imposible.
- ¿Nos conocemos? -interrogó. Y siguió, sin pausa. -Ole quihubo, usted sí ni más ¿no? Bueno, me voy, se me hace tarde, chaito.
- Ven y te tomas un trago con nosotros.
- ¿Usted está con esos? Ni muerta. Nos vemos otro día ¿oquei?
   Pero acabó cediendo, encogiéndose de hombros, indiferente, disponible. Las presentó a las dos.
- Angela, Angela. . . Me suena, ole. ¿Yo a usted de qué la conozco? ¿Usted no trabaja en donde doña Blanca?
   Angela se atragantó. Escobar intervino.
- Usted no me había dicho que trabajaba en donde doña Blanca, Angela.
- ¡Ay, Escobar, no sea bobo!
   De la mesa de los tres gordos les llegó la voz aguda de la francesita:
- ¡Samantha! ¡Divina, Samantha! ¿Que si te quieres venir a sentar con nosotros?
- Hola, Paséale, quihubo. No, yo aquí con éste y una amiga. Nos vemos. - Se inclinó hacia Escobar, le murmuró al oído: -Con esos tres, ni muerta. El grandote es el coronel Buendía.
   Escobar no supo qué decir.
- ¡Ah. . .! ¿Y los otros?
- El otro es un senador que lo llaman el Puma. De lo peor. El otro si no sé, no lo conozco. Pero si anda con esos debe ser también de algo de coca.

   Pidieron más whiskies. Cecilia le hizo un guiño al camarero, diciéndole que les trajera del bueno, del de contrabando. Julio Iglesias se interrumpió de nuevo, y los parlantes anunciaron a la más grande, la más famosa, la más popular orquesta del Caribe: los únicos, los verdaderos, los famosos, esta noche en el Séptimo Círculo como todas las noches para su distinguida clientela, . . . ¡ ¡LOS AUTEN- TICOSSSS!!!

   Eran otros Auténticos. De bigote y corbatín, vestidos de cubanos, con trompetas. El cantante empezó a cantar canciones con la voz de Julio Iglesias.

- ¡Ay, Julio, divino. . . ! -se extasió Cecilia. -Saqueme a bailar ¿oquei?

   Salió a bailar con Cecilia, que olía a sudor bajo su abrigo gris. Pero era un olor fresco, de sudor recién hecho. Vio que el coronel Buendía se ponía en pie, se acomodaba la pretina y se dirigía a Angela. Angela hizo que no con la cabeza. El coronel Buendía se colocó un pañuelo blanco sobre la ancha palma, e insistió. Cecilia bailaba floja en brazos de Escobar, con los ojos cerrados, tarareando la canción con su voz erótica de Samantha. Escobar vio que Angela se levantaba al fin y salía a bailar con el coronel. El de anteojos negros seguía quieto en su silla. El senador manoseaba los senos de Pascale, que se esforzaba en vano por sacarlo a bailar. Involuntariamente, Escobar tropezó con la ancha espalda del coronel Buendía, que le hizo una ligera inclinación de cabeza.

   Bailaron toda la tanda. Cecilia dijo entonces que más bien se sentaran ¿oquei? Angela debió decirle lo mismo al coronel, que la devolvió ceremoniosamente a su mesa y estrechó la mano de Escobar:

- Coronel Buendía, un amigo más.

   Pascale, la francesita, bailaba ahora feliz en la pista desierta, agitando frenéticamente sus senos colosales. El senador se balanceaba frente a ella como un enorme simio, brillante de sudor. Cecilia se levantó y dijo que ya volvía, ¿oquei? y se fue a hablar con el barman.

- ¿Cómo le ha parecido la noche de Bogotá? -preguntó Escobar. La vi bailando muy apambichada, de lo más chévere.
- ¡Ay, Escobar, no sea bobo! El tipo trataba de amacizarme, y yo a no dejarme, trancándolo así con el codo. Pero el tipo es fuertísimo, y me apretaba toda contra la barrigota. ¿Y sabe qué? ¡Tiene una pistola enorme entre los pantalones! Yo estaba aterrada.
- A lo mejor no era una pistola.
- ¡Ay no sea bobo! Es del servicio de Inteligencia del Ejército, me dijo. ¿Sabe que yo en la vida había conocido un militar? Déme un beso, que el tipo nos está mirando.
   Escobar la besó.
- ¿De quién son ojitos lindos? me decía. ¡Me quería besar! ¿Se imagina? Increíble. Bueno, usted también estaba bailando bien amacizado con su amigota Cecilia.
- Es distinto. Yo a ella la conozco de antes. Usted estaba bailando con un desconocido, un coronel del servicio de Inteligencia del Ejército.
- Me invitó a su finca ¿sabe? Tiene una finca inmensa en Montería, me dijo. Que cuando quiera vamos en su avioneta.
   Cecilia regresó.
- Tengo perico -dijo. -Le compré a Diamantino, el del bar. Pero eso sí, me lo pagan ¿oquei? Usted tiene cara de no pagar, flaco.

  Las dos mujeres desaparecieron en el baño, y Escobar se quedó esperando su turno. Sentía clavados en la nuca los ojos inmóviles del coronel Buendía. Pidió la cuenta.

- Nos vamos -anunció cuando volvieron Cecilia y Angela.
- ¿Ole, y su pase, flaco? Pero eso sí me lo paga, pendeja si no soy. ¡Ay, oles! ¿Puedo salir con ustedes? Yo lo que es con éstos no me quedo ni muerta.

   Salieron los tres juntos. El coronel Buendía murmuró algo en el oído de su inmóvil compañero de anteojos oscuros, que se levantó de inmediato y los detuvo cuando llegaban a la puerta, poniendo una mano pesada en el hombro de Escobar.

- Que manda decir mi coronel que no se muevan sus personas.

   Escobar sintió un escalofrío en el bajo vientre. Angela se apretó contra él de un lado, y Cecilia del otro. El gordo de anteojos oscuros se paró bloqueando la salida, llevándose mano a la pretina de los pantalones. Al cabo de un momento llegó el coronel.

- Mis respetos, señorita Bettina -dijo, dirigiéndose a Angela. -Y a usted también, caballero, ¿Me harían el honor de tomarse un trago conmigo?

   Volvieron a entrar. El coronel les presentó a su amigo, el senador Pumarejo, Pascale, la francesita, dio emocionados besos a Cecilia y a Angela y le tendió la mano a Escobar, diciéndole risueña:

- Enchantée, monsieur.

   Escobar le besó la mano. Tenía las suyas empapadas de sudor. El coronel Buendía pidió whisky, insistió en cambiar dos veces la botella. Brindaron.

- Me repite su nombre, si es tan gentil. - Ignacio Escobar -dijo Escobar con la boca reseca, volviendo a beber. El coronel cerró un instante los ojos, concentrándose.
- Ah.
  Sacó su pañuelo, lo colocó sobre su ancha palma, e invitó a bailar a Angela:
- ¿Me concede esta pieza? Si el doctor Escobar no se molesta, por supuesto.
   Angela, pálida, salió a bailar. El coronel le murmuraba cosas en el oído. Cecilia le dijo a Escobar en voz baja.
- Se ganó la lotería su amiga, flaco. . . Si le va bien. Ese coronel Buendía es teso.

   Escobar los miró bailar con un nudo en el vientre. Angela le decía que no al coronel, sonriendo. El senador Pumarejo soltó a la francesita y abrazó los hombros de Cecilia, que se estremeció en su abriguito gris ratón y se soltó, apretujándose contra Escobar.

- ¡A este es que lo odio, flaco! -le cuchicheó-. Es peor que el coronel porque es más...   más sucio. No deje que me toque, flaco.

Escobar la abrazó. Los bailarines regresaron. Angela tenía los labios fijos en una sonrisa forzada. El coronel le acercó la silla, la ayudó a sentarse.

- Gracias, Aureliano -musitó Angela.
- Soy su rendido admirador, Betty -dijo el coronel. Y sirvió una nueva ronda de whiskies.
- Tómese un trago, Ceballos -le dijo a su guardaespaldas.
- Gracias, mi coronel. De servicio no pruebo.
   El coronel soltó una carcajada, y puso la manaza sobre el muslo de Angela.
- ¿Se fija, Betty? Ceballos me cuida como una madre. Echese una canita al aire, Ceballos! ¡La vida hay que vivirla!
- La subversión no descansa, mi coronel.

   El pavor iba creciendo en el vientre de Escobar. Angela estaba rígida, con la mano del coronel, que ella no miraba, apoyada en su muslo y subiendo lentamente bajo la seda del vestido. Cecilia, del otro lado, terminó su whisky y empezó a beber de la copa de Pascale, llena de un licor verdoso.

- ¡Samantha! ¡Divina! -exclamó Pascale- ¿Esto te gusta, el benedictine? ¡Ca vient de France! Mais ca va te donner mal au coeur, tu sais. Mal al corazón.
  El senador Pumarejo se puso en pie, llevó la mano al pecho y recitó:
- ¡Salvo mi corazón, todo está bien!
   El coronel Buendía lo sentó de un empellón amistoso.
- Usted qué va a saber de poesía, hermano. Oiga. Oiga esto:

           Y yo me la llevé al río
           creyendo que era mozuela
           pero tenía marido. ..

   Le guiñó un ojo al senador, procaz.
- ¿Usted conoce estos, Betty? Se llama el romance de la Casada Infiel.

          Y yo me la llevé al río
          creyendo que era mozuela
          pero tenía marido.
          Fue la noche de Santiago
          y casi por compromiso. . .

   Llevaba ya la mano a la altura de la ingle de Angela, pero al ver que el coronel estaba recitando los músicos callaron, y el coronel se sintió obligado a ponerse de pie. Recitó el romance de la casada infiel hasta el final, exaltándose, terminando con un altivo movimiento de cabeza que le soltó sobre la frente un largo rizo negro, hasta entonces fijado al cráneo con gomina. Hubo aplausos. Pascale, riendo y aplaudiendo como loca gritó:

- ¡Ole!
   Cecilia, consumido el benedictine, empezó a beber el whisky de Escobar. El coronel Buendía se sentó, respirando fuerte. El senador Pumarejo se puso en pie:

      Hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,
      que en vano nos ofrece su carne la mujer:
      tras de ceñir un talle y acariciar un seno
      la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer...

   En cuanto el senador acabó, el coronel Buendía se incorporó de nuevo:

      Vera Marloff, mujer rubia y morena
      luna llena y crepúsculo de sol:
      Vera Marloff, en tu nostalgia caben
      los siete nombres tristes del amor. . . 

Llegado su turno, el senador replicó:

      Quiero escribir los versos más tristes esta noche,
      Escribir por ejemplo: la noche está estrellada
      y tiritan azules los astros a lo lejos. . .
  
   Escobar veía que la tensión vigente del guardaespaldas del coronel había cedido, y que movía los labios en silencios.

      ¡Ya no la quiero, es cierto! ¡Pero tal vez la quiero!
      ¡Es tan corto el amor. y es tan largo el olvido!. . .

  El senador Pumarejo se sentó, sonriendo, y manoseó los grandes senos de Pascale, que pedía algo en francés:

- Du Prévert! Vous ne connaissez rien, vous, de Jacques prévert?

   El coronel volvió a ponerse en pie:

      Esta rosa fue testigo
      de ese que, si amor no fue,
      ningún otro amor sería. . .
      Esta rosa fue testigo
      de cuando te diste mía. . .

   Cuando terminó se dejó caer pesadamente en el asiento. Cecilia se había bebido su whisky.

- ¡Mas trago, carajo! -gritó, mientras el senador Pumarejo, en pie, declamaba:

   Pasó con su madre. ¡Que rara belleza!
   Me clavó muy hondo su mirada azul.

   Trajeron otra botella de whisky. El coronel Buendía recitaba ahora con los ojos cerrados, firmemente plantado sobre sus gruesas piernas abiertas:

        Ojos claros, serenos,
        que de dulce mirar sois alabados. . .

   El senador Pumarejo replicó con:

        Ojos hay soñadores y profundos
        que nos abren lejanas perspectivas
        Ojos cuyas miradas pensativas. . .

   Y el coronel:

        Porque son, niña, tus ojos
        verdes como el mar, te quejas. . .

   Y el senador:

        ¿Qué es poesía? dices, mientras clavas
        en mi pupila tu pupila azul. . .

  Y el coronel:

        Margarita: está linda la mar, y el viento
        lleva esencia sutil de azahar. . .

  Y el senador:

        Palemón el Estilita, sucesor del viejo Antonio,
        que burló con tanto ingenio las astucias del demonio. . . .

  Y el coronel:

        Contra mí ceñida toda, muda y pálida,
        por la estepa caminabas. . .

   Estaban los dos rivales agitados y febriles, y remataban sus recitaciones respectivas con un largo trago de whisky y un golpe seco con el vaso en la mesa. Cecilia se durmió en el hombro de Escobar. Los músicos enfundaron sus trompetas y se fueron. Pascale bailaba sola en la pista, al son de una música imaginaria. Cuando el coronel se embarcó en el interminable Brindis del Bohemio (brindo por la mujer. más no por esa. . .) Escobar comprendió que tenía por delante por lo menos diez minutos. Le murmuró a Angela.

-Salga como si fuera a ir al baño. Yo salgo detrás. Nos encontramos en el carro. Angela se levantó con sigilo. El guardaespaldas ni siquiera se movió de su silla. Al cabo de un minuto Esobar se incorporó con precaución, pero no pudo evitar despertar a Cecilia, que se le agarró del brazo.
- ¡No me deje sola, flaco! ¡Yo con estos no me quedo!
- ¡Shhhtt! -hizo el guardaespaldas. Escobar se quedó un instante con la respiración contenida, y medio erguido, sentado en el aire, y luego puso en pie a Cecilia tirándola del brazo. La arrastró hacia la puerta, murmurando entre dientes una disculpa.
- Creo que Samantha se está sintiendo mal...
- SSHHHHTTT! -silbó el guardaespaldas. El coronel atacaba ya la parte crucial del largo poema:

           Pero faltaba un brindis: el de Arturo,
           el del bohemio puro,
           de noble corazón y gran cabeza...

   Caminó sin respirar hasta la puerta, arrastrando a Cecilia sin volverse. Angela esperaba con el carro prendido, pero se demoraron todavía obligando a Lucas a cederle una parte de su asiento a Cecilia. Lucas gruñía, Cecilia decía que ella no se montaba junto a ese animal. Por último Escobar subió atrás, y Angela arrancó a toda velocidad, regañándolo por haberse empeñado en traer a Cecilia.

- No la podía dejar sola. Ella estaba más aterrada que nosotros.
- Es que ustedes no los conocen, flaca -dijo Cecilia.
- Me dio su tarjeta -dijo Angela.

   Escobar leyó en la tarjeta, que tenía el escudo de Colombia en relieve dorado:

Coronel Aureliano Buendía
Servicio de Inteligencia del Ejército Nacional
Jefe de Investigaciones Especiales

   Cecilia rio con risa de borracha:

- Juá Juá juá, me muero de la erre. Especiales las cosas que le hace hacer a una, el muy corrompido. ¡Que dizque inteligencia! Pura coca, eso el coronel y el senador ese son de los puros capos, es que ustedes no los conocen.
- A propósito de coca, yo necesito un pase -dijo Escobar. -Pare un momento, Angelita.
   Pararon. Metieron un pase cada uno. Angela propuso que armaran un cacho de marihuana para tranquilizarse.
- ¡De la que nos salvamos! ¿Vio?
- La poesía amansa a las fieras.
No se burle. ¿Vio cómo me metía la mano por la pierna? Le tuve que prometer que iba con él a su finca en Montería, en su avioneta. Y usted me hubiera dejado violar, tan tranquilo ¿no?
- Claro que no. Primero me hubiera hecho pegar un tiro, o dos. ¿Por qué le hizo creer que se llamaba Betty?
- Bettina. No sé, me acordé: así se llamaba una modelo que era muy famosa cuando yo era chiquita, y como yo quería ser modelo, en la casa me llamaban Bettina. ¡Pero claro, imagínese! No le iba a decir que me llamaba Angela Rueda Gómez ¿no? y darle mi número de teléfono y todo.
- Yo sí le dije que me llamaba Ignacio Escobar.
- A usted no lo quería violar.
- ¿Usted qué sabe? Pregúntele a Cecilia.

   Cecilia estaba lívida, con la mirada perdida. Cuando Escobar le tocó el hombro se desgonzó dulcemente encima de Angela. Su cabeza cayó sobre el timón, haciendo sonar el pito en medio de la noche. Lucas, nerviosísimo, empezó a ladrar con fuerza.

- ¡Haga algo! -gritó Angela- ¡Ahora se nos murió esta vieja!

   Escobar bajó del jeep por detrás, recogió el cuerpo exámine de Cecilia, la enderezó en el asiento. El pito dejó de sonar. Angela tranquilizó al perro con caricias y ruidos cariñosos.

- Y ahora qué hacemos?

- No sé. La podemos dejar aquí sentada en la acera, apoyada en un poste. Ya pronto va a amanecer. Cuando se despierte, coge un bus y se va a su casa.
- ¡No sea insensible, Escobar! Ahí la roban, la violan, la matan. Son apenas las cuatro de la mañana.
- ¿ Tan temprano? Increíble. ¿Y qué quiere que hagamos?
- Llevarla a un hospital.
- No sea boba, lo que tiene es la pálida.
   La podemos llevar a mi casa.
- ¡Ah no yo donde esa loca suya no voy ni muerta! :
- Ay Angela, no sea boba. La loca de mi casa esta dormida. Son las cuatro de la mañana, al fin y al cabo.

   No estaba muy seguro de que la señora Niño durmiera alguna vez. Entre los dos pasaron el cuerpo de Cecilia al asiento de atrás, donde Lucas la olisqueó con desconfianza y empezó luego a lamerle la frente sudorosa. Escobar se sentó al volante.

- ¿Usted sabe manejar?
- Mejor que usted. Cuando no hay que parquear ni echar reverso, ni se atraviesa algún irresponsable, soy Fittipaldi. Y a estas horas no hay buses.

   Echaron hacia el norte, por la carrera séptima desierta. Escobar manejaba con el ceño fruncido. Atrás, bajo la lengua incansable del perro, Cecilia murmuraba frases obscenas e incoherentes. Angela, que viajaba con la cabeza apoyada en el hombro de Escobar, se enderezó de pronto como con un resorte.

- ¡Pare, pare, pare!

   Escobar frenó en seco, el jeep culebreó aullando en medio de la calle, paró contra el bordillo del andén.

- Mire lo que me hizo hacer. ¿Qué pasa ahora?
- Un sitio -explicó Angela, quitándose de encima el corpachón de Lucas.
- Ahí atrás hay un sitio con un nombre maravilloso. Eche reverso.
- Ya le dije que yo no sé echar reverso. Pero bueno.

   Retrocedió, trazando amplias eses. Afortunadamente a esa hora la calle estaba vacía. Se detuvieron ante una inmensa mansión oscura que se alzaba en el fondo de un jardín, en medio de altos árboles, tras una verja de lanzas. Un letrero verde menta anunciaba discreto: Los Jardines de Alá. La puerta acristalada de la casa, y una o dos de las ventanas, estaban iluminadas.

- Entremos -propuso Angela.
- ¡No, por Dios! Son las cuatro de la mañana. Angela.
- Entremos. Tiene un nombre divino: Los Jardines de Alá.
   Tiene que ser un sitio increíble.
- ¿Y qué hacemos con Cecilia?
   Angela echó una mirada al asiento de atrás.
- Está muerta. La podemos dejar ahí. Lucas la cuida.
- En primer lugar, antes de cinco minutos se van a robar a Lucas. En Bogotá hay medio millón de desempleados que viven de los recursos naturales, usted sabe.
- No sea bobo. Lucas es enorme. Además: mire, uno parquea ahí adentro, con todos esos carros.
   Escobar maniobró para entrar. Un portero armado de escopeta les cerró el paso.
- ¿Los señores son socios?
   Miraba con desconfianza el interior del jeep, el perrazo sentado en el asiento de atrás, el cuerpo desvanecido de Cecilia.
- No. . . -empezó Escobar. Pero Angela lo interrumpió:
- Somos amigos del coronel Buendía.
- Cómo no, señorita, sigan.
   Y les abrió de par en par la verja, y luego vino trotando a abrirles la puerta del jeep.
- ¿Les ayudo con la otra señorita?

   Cecilia dormía como un niño, con la boca entreabierta. Lucas había cesado de lamerla. Escobar le dio una propina al portero, diciéndole que cuidara a la señorita y al perro, y subieron las amplias escaleras que llevaban a la casa. Bajo un letrero rosado que decía Recepción, con anteojos de sol bajo la cruda luz de tubos de neón, dormitaba un hombrecito vestido de carmelito brillante. Escobar lo sacudió por el hombro, y por todo el cuerpo le corrieron vetas verdeazules y purpúreas, reflejos tornasolados a la luz fluorescente del techo. Alzó el rostro ocre y pardo, lampiño, con el pelo negro y opaco en un rígido bucle majestuoso, acartonado de gomina, y una sonrisa servil, luego arrogante, luego indecisa en los dientes verdinegros.

- ¿Qué se les ofrece a los señores? ¿El señor es socio?
- No -dijo Escobar.-Somos amigos del coronel Buendía.
- Ah, sí, cómo no. Pero no les puedo dar la Arcadia Feliz, está ocupada esta noche. ¿El señor viene con mi coronel?
- No, no. El nos recomendó este sitio. ¿No tienen un cuarto con baño?
   El hombrecito los observó con suspicacia. Escobar sacó la tarjeta del coronel, se la tendió. Le echó apenas una mirada.
- Sí, cómo no. Es que como mi coronel siempre pide la Arcadia... El Nirvana también está ocupado esta noche. Les puedo dar el Paraíso, pero. . . ¿Mi coronel no viene con ustedes?
- Pídale algo para Cecilia -sugirió Angela- Azúcar.
- Ah, sí. ¿Tiene un poco de azúcar? Es que afuera tenemos una amiga enferma, con un perro.
   El hombre de carmelito jugueteaba con la tarjeta del coronel, indeciso. Angela se la quitó de las manos.
- Azúcar no tenemos, no señor. ¿Bórax no se les ofrece? ¿Coquita? ¿Cremas?
- No, entonces nada -dijo Angela. Llévenos al Paraíso.
-
¿La señorita es amiga de mi coronel Buendía?
- La señora es mi esposa -aclaró Escobar con dignidad. El hombre de carmelito los contempló irresoluto a través de sus anteojos de sol.
- Es que el Paraíso también está ocupado -dijo por fin.
- Y el Edén de las Huríes, y el Olimpo, y los Campos Elíseos. . . Me temo que estamos llenísimos esta noche. Si los señores hubieran venido con mi coronel. . .
- Bueno, dénos el Empíreo -sugirió Escobar.
- ¿El Empíreo? No hay ningún Empíreo, no señor.
- Como se llame, da lo mismo. Un cuarto con baño.
- No sé. . . -el hombre de carmelito todavía vacilaba.
- Ya sé que son recomendados de mi coronel, pero. . . Les puedo dar uno de los cuartos de atrás.
- ¿Sería para cuánto tiempo?
- Para esta noche -dijo Angela.
- Sí, cómo no.
   Emergió de la Recepción con una llave en la mano, de mala gana, renqueando.
- Es que no es fácil encontrar el cuarto -explicó. Si no, les decía que subieran solos.

   Subieron las anchas escaleras alfombradas. Había jarrones de mármol en los apoyos de la balaustrada, y en los descansos de la escalera reproducciones de esculturas clásicas y copias de frescos eróticos pompeyanos. Atravesaron varios saloncitos con divanes, y una galería de espejos de dimensiones reducidas, pero visiblemente inspirada en la de Versalles. De las cornisas del techo colgaban angelotes de yeso. Subieron otro tramo de escaleras más angostas, avanzaron hasta el fondo de un pasillo festoneado de estuco y penetraron en una habitación larga y estrecha, pintada de azul pastel, con un alto catre dorado al fondo. Escobar miró en torno:

- ¿Este es el Nirvana?
-
No, señor. El Nirvana está ocupado. Si el señor vuelve otro día, con mi coronel, o con un socio. . .
- Bueno, no importa -dijo Escobar, alargándole una propina.
- El baño es a la derecha.
- Gracias -dijo Escobar, y cerró la puerta. Pero el hombrecito la bloqueó con el pie.
- Si al señor no le importa pagar el cuarto por adelantado. Como el señor no es socio.
   Pensó un instante hacerlo poner a la cuenta del coronel Buendía. Pero pagó. El hombre de carmelito se alejó por el pasillo, cojeando. Angela emergió del baño.
- No hay toallas.
   Alcanzó al hombrecito en la escalera. Cuando volvió, Angela estaba sentada en el borde del catre con expresión de desconsuelo.
- El agua del baño sale carmelita -explicó.
- Es el color que tienen siempre estas cosas -la tranquilizó Escobar.
- No sea bobo. ¿Qué hacemos?
- Déjela correr. Son los tubos. Es herrumbre. Es que este cuarto no es evidentemente lo mejor de este sitio. No es la Arcadia Feliz de su novio el coronel Buendía. ¿Cómo se le ocurrió decir que éramos amigos suyos?
- No sé. Se me ocurrió de pronto. Pensé que un tipo así debía ser como el dueño de un sitio así ¿no?
   Escobar se acostó en el catre al lado de Angela. Le acarició la espalda a través del vestido.
- No sea impaciente. Tenemos tiempo ¿no? Pagamos por toda la noche.
   Escobar se arrodilló en el piso a sus pies. Le besó la rodilla dura bajo la piel. Veía las largas piernas desnudas y pulidas perderse en la sombra de la falda.
- Hay en el universo, más allá del sistema solar, unos lugares misteriosos que los astrónomos llaman agujeros negros -explicó, mientras le acariciaba las piernas. Son estrellas de masa tan densa que ni siquiera su propia luz logra escapar a su fuerza de atracción y cae de vuelta en la estrella, por su propio peso. Ahora entiendo por qué usted no deslumbra, Angela, siendo tan linda: por culpa de ese agujero negro entre sus piernas.
   Angela le acarició una oreja.
- Qué piropo más complicado. ¿Y así quiere usted ser poeta?
- ¿Quiere algo más directo, como de coronel? ¿De quién es agujerito negro?
- No es negro -dijo Angela, y se desabotonó la falda hasta arriba, abriéndola sobre sus caderas. En efecto, era más bien cobrizo. No llevaba calzones. En torno al agujero negro se le dibujaba un triángulo de piel clara en el vientre dorado.
- Qué bonito -comentó Escobar.
- No me puse calzones porque hoy tenía que filmar una publicidad de unos jabones -se sintió obligada a explicar Angela- y los calzones dejan marcas.
- ¿Sí? -dijo Escobar, besando el vientre. Del ombligo hacia abajo siguió el caminito de hormigas que señalaba el tenue vello transparente, peinó con la lengua los rizos suaves y cobrizos del pubis, se fue acercando a los labios rosados del sexo como un agrimensor que triangula un terreno. La acarició con la punta de la lengua y la sintió estremecerse. Su olor era más fuerte que su sabor, como el de las ostras o los higos. Se oyeron golpes en la puerta. Angela se sentó de un brinco, cerrándose las faldas. Escobar fue a abrir una rendija.
- Es el señor de carmelito.
   Le entregó una toalla pequeña y áspera, de tela de arpillera, y un rollo ya empezado de papel toilette. Tuvo que pagar por ambos.
- Este sitio no me gusta -declaró Angela.
- Angela, por favor. . .
- No me gusta que el agua salga carmelita en el baño. No me gusta ese señor vestido de carmelito tornasolado.
- Niña, por favor. Es un guardián. A la puerta de la noche hay un guardián. A veces es un dragón. A veces, un tipo vestido de carmelito tornasolado.
- No haga literatura. Yo no pensé que pudiera existir ese color.
- Es que usted no conoce la realidad del país. Son tejidos especiales que se fabrican en Hong Kong para las clases medias latinoamericanas. Es el imperialismo.
- No hable tanto. Escobar. ¿Usted por qué habla tanto?

   Angela se tendió sobre el catre. Cruzó un antebrazo sobre los ojos para defenderlos de la bombilla solitaria del techo. La sábana formaba largos pliegues rectos desde su cuerpo hasta las puntas de la cama. Escobar se sentó a su lado, la acarició.

- No me gusta este sitio. Hace calor. Es húmedo. Huele a meados de gato.
- Niña, por favor.
- Abra la ventana ¿sí?

   Pero detrás de las cortinas cerradas no había ventana, sólo el muro liso, con la pintura azul pastel florecida en borbotones de humedad. Y sobre el fondo azul, limpiamente trazados con pintura carmelita, el marco de la ventana y sus barrotes entrecruzados, como si se abrieran sobre el cielo.

- Empieza a darme pánico -dijo Angela, apoyada en un codo.

   Escobar se inclinó para besarla, le abrió la blusa, le besó la piel suave entre los senos, que empezaba a perlarse de gotitas de sudor. Empezaba él también a sentir que le faltaba aire. - Mientras viene la muerte, hagamos el amor. Dentro de veinte años, cuando tumben esta casa para edificar otra, encontrarán nuestros esqueletos abrazados.

- No sea bobo. Tengo claustrofobia. Vámonos a su casa.
   Salieron al pasillo.
- A la derecha -dijo Angela.
- No, a la izquierda. Vinimos de por allá.
- Por eso: a la derecha.

   A los pocos metros desembocaron en una rotonda de la que arrancaban varios corredores. Por ahí no habían venido; había una reproducción en tamaño natural de El Beso de Rodin, que antes no habían visto.

- No importa: allá se ven unas escaleras.

   Bajaron dos tramos, hasta una puerta cerrada. Volvieron a subir. Retrocedieron, encontraron de nuevo el Beso de Rodin. Ahora la mujer se cubría con un sombrero de ala ancha. Bajaron unas escaleras alfombradas y llegaron a un vasto hall sombrío donde se oían carreras rápidas de ratas. De las paredes colgaban grandes cuadros de mujeres rollizas en el baño, rubensianas. Había varias puertas, y todas estaban cerradas. Subieron nuevamente, y penetraron en una larga habitación vacía, desmantelada, con las ventanas tapiadas y cuatro grandes mesas de billar iluminadas y cubiertas de polvo.

- Empecemos otra vez desde el principio -propuso Escobar con optimismo.
   Pero no había principio. Los corredores bifurcaban sin orden, en todas direcciones, las escaleras se repetían idénticas. Encontraron unas de doble hélice.
- ¡Mire que maravilla de escaleras! -exclamó Angela.
- Baje usted por las unas y yo por las otras, como en un baile de antes.
- Pero niña. . .

   Bajaron. Al cabo de dos curvas comprendieron que los dos ramales eran divergentes y los apartaban cada vez más, y corrieron aterrados escaleras arriba, y se abrazaron jadeantes.

- A lo mejor no hay salida -divagó Escobar. Por eso nos hicieron pagar el cuarto por adelantado.
- ¡No sea bobo!

   Tras una puerta cerrada oyeron voces apagadas, y luego ayes y gemidos y bramidos de amor. Por lo menos no estaban solos. A lo lejos creyeron oír música, y la siguieron por largos corredores, perdiéndola a menudo, parándose a escucharla con el oído contra las paredes, devolviéndose a veces, cogidos de la mano.

- Estoy segura de que nunca hemos pasado por aquí. Esta casa no puede ser tan grande.
- Qué quiere que le diga. Si seguimos adelante, algún día veremos la luz del sol. Creo que vamos hacia oriente.
 
  La música estaba ahora detrás de ellos, y ellos estaban otra vez ante las mesas de billar. Angela empezó a gimotear.

- ¡Por favor no se ponga histérica! Tiene que haber salida.
  A ver, vamos despacio. Déme la mano.

   Encontraron por fin una ventana abierta, pero demasiado alta para descolgarse sin peligro. Muy abajo, en un patio cerrado por un muro, había ropa tendida en alambres y largos barandales con gallinas dormidas. Respiraron el aire fresco de la noche, que olía a ropa mojada, y se besaron a la luz de la luna.

- Estoy seguro de que cuando entramos la luna ya se ha bía puesto -reflexionó Escobar.
- No sea bobo. No me asuste.
- A lo mejor han pasado varios días.
   Oyeron música de nuevo, esta vez mucho más cerca.
- Bach -reconoció Angela. La Misa de Réquiem.

   Atravesaron un pasillo sumido en las tinieblas y desembocaron en un pequeño gabinete cerrado por pesadas cortinas de brocado. Detrás, una pequeña puerta daba a la galería de espejos de Versalles.

   El hombre de carmelito tornasolado avanzaba lenta, majestuosamente por el parquet brillante de la galería, contoneándose, admirando su reflejo repetido en las lunas marchitas. Cientos de hombres de carmelito avanzaban contoneándose, admirándose con la mirada ciega de sus gafas de sol. Se quedaron fascinados mirando el espectáculo, sin ruido, ocultos en las sombras del gabinete. Escobar, en pie detrás de Angela, sentía subir y bajar sus hombros en un resollar de fatiga. El hombrecito ejecutó un rápido paso de baile frente a los espejos, recorrido de la cabeza a los pies por vetas iridescentes. Angela sofocó una tosecilla.

- ¿Quién anda ahí?

   Silencio. El hombrecito, con más circunspección, dio un par de giros lentos sobre un pie.

  Y luego, de improviso, se lanzó hacia adelante con impulso irresistible, en sabias curvas diagonales que lo llevaban de una pared de espejos a la otra al ritmo solemne de la Misa de Bach. "Qui tollis peccata muuundiii"... canturreaba, acompañándose con movimientos culebreantes del torso y las caderas y un tchín tchín tchín en las pausas de la música, mientras se deslizaba incansable frente a los espejos, describiendo amplios arcos de círculo como si patinara, frenando a veces con el brazo izquierdo alzado y el derecho apoyado con fuerza en la barriga, la pelvis echada hacia adelante en un rápido movimiento de sierra, como si se frotara contra el vientre de una pareja imaginaria. Y su cojera era invisible. '"Miserere nobis. . . tchín tchín tchín, a-agnus Dei qui tollis peccata muu-uundi. . . tchín tchín tchín. . . do-oona nobis paaa-ce", y el hombre giraba en el sitio con la ingrávida gracia de una campeona de patinaje artístico, avanzaba hasta el fondo de las galerías y retrocedía de espaldas con notable pericia, sin mirar hacia atrás, el rey indiscutible de la misa bailada.

- Como mi papá cuando bailaba pasodoble -susurró Angela. -Iba hasta la pared de enfrente y se devolvía de para atrás porque no sabía dar curva.

   Pero el hombrecito tornasolado sí sabía, dibujaba espirales y volutas, se transfiguraba bajo el baile. Saltaba a veces en el aire en un potente grand écart, se dejaba caer trenzando un entrechat, giraba y resbalaba casi aéreo, luminoso, y los cambiantes reflejos caleidoscópicos de su vestido carmelito de dacrón o nylonita le daban un brillo deslumbrante de ave del paraíso.

- Baila mejor que Inga -reconoció Angela, maravillada.

   Pero había algo de obsceno en aquella contemplación clandestina del hombre de carmelito enajenado en la danza, lanzando un pie hacia adelante, tchín tchín tchín, mientras en los espejos docenas de hombres de carmelito lanzaban todos a una un pie hacia adelante entre destellos de luz de las arañas. El disco, sin embargo, ya llegaba al final, y el bailarín se quedó inmóvil. Hubo un silencio. Y cuando se disponían a salir de su escondite para felicitar al hombrecito y preguntarle el camino de la salida, del fondo de la galería, oculto a sus miradas, brotó un aplauso solitario. Una figura rechoncha y negra atravesó la galería en toda su longitud, en una especie de trote, con los brazos abiertos.

- ¡Magnífico, mijo, magnífico! ¡Nijinski, mijo!

   Tomó entre sus manos el rostro del hombre de carmelito, brillante de sudor por el esfuerzo, y le plantó un largo beso en los labios. Escobar quedó paralizado de asombro, era monseñor Boterito Jaramillo, con su sotana de botones morados. Los dos caminaros abrazados hacia la salida del fondo.

- ¿Vio, qué horrible? - Angela estaba escandalizada.
- Horrible no. Como usted con Inga.
- ¡No compare! ¿Vio ese viejo disfrazado de cura?
- Es que es cura. Monseñor Boterito Jaramillo. Amigo de mi mamá. Tiene cáncer en la lengua.
- ¡Qué asco! ¿Vio como besaba al tipo en la boca? ¿El cáncer es contagioso?

   Atravesaron los saloncitos que ya conocían, bajaron las grandes escaleras con jarrones de mármol y frescos pompeyanos. En el agujero de la Recepción no había nadie: una centralita telefónica erizada de cables, con lucecitas rojas parpadeantes. La puerta de cristales se abrió de golpe, dejando pasar un torbellino de viento de la madrugada, frío y húmedo, y entró Pascale, la francesita, envuelta en un abrigo que le dejaba la mitad de los senos al aire.

- Oh, Bettina! Chic, alors! On va étre à plusieurs!
- ¡Ssshhhttt! ¡No digas nada! -le suplicó Escobar viendo venir a través de la puerta acristalada las siluetas abrazadas del coronel Buendía y el senador Pumarejo. Empujó a Angela dentro de la covacha de la Recepción, y se acurrucaron debajo de la mesa. Se oyó el paso pesado, vacilante, del coronel y el senador. La francesita se puso a tararear La Vie en Rose, fingiendo. Escobar le dio mentalmente las gracias.
- ¡Néstor!
   No hubo respuesta. Pascale tarareaba la Vie en Rose con voz aguda.
- Ala, Puma, el hijueputa de Néstor no está -dijo la voz pastosa del coronel Buendía.
- ¿No está el hijueputa, hip!, de Néstor? -interrogó la voz pastosa del senador Pumarejo.
- No está el hijueputa -dijo el coronel, y eructó.
- Miráme el hijueputa: no está -constató el senador.

  Los oyeron ir y venir pesadamente. Bajo la mesa, Escobar abrazaba a Angela, con el terror de que Néstor regresara en cualquier momento con su vestido fluorescente.

- ¿Qué hacemos? -preguntó el senador. -Yo me quiero tirar a la francesa.
- Ahora, Puma, espérese "dijo el coronel. -Yo me hubiera querido era tirar a la Betty esa de mierda, estaba buenísima. Pero yo la localizo, no se preocupe. ¡Néstor!
- Si no la localiza usted, hermano, no la localiza nadie en este país. Oyeron la risa gruesa del coronel Buendía.
- Ni tanto, hermano, ni tanto. . . Pero esa me las paga. Y el que también me las paga es el hijueputica ese del marido, Ignacio Escobar. A ese sí lo tengo bien ubicado. Comunista. ¡¡Néstor!! Ni supe a qué horas se nos volaron el par de hijuemadres. ¡¡Néstor!! Nada, parece que se murió el hijueputa.

   Angela temblaba contra el pecho de Escobar, bajo la mesa.

- Camine nos tiramos entre los dos a Pascuala -propuso el senador. Uno por cada teta.

- ¿Usted se tira a las viejas por las tetas, Puma? -el coronel Buendía soltó una risotada. - ¡Con razón le tienen ese pánico! ¡ ¡ ¡Néstor!!! Bueno, qué carajo, será irnos a tirar con la francesita. Pero esa ya es un cuero, Puma. Me hubiera gustado que Néstor nos hubiera sacado a un par de pollitas del Edén de Huríes. Ah, mierda ¿pero cómo hacemos para entrar al Nirvana? A estas horas lo cierran.

   El coronel entró en la Recepción con paso vacilante, buscó largamente entre las llaves del fichero. Tenía los pies a un centímetro de la mano de Escobar, de la pierna de Angela, que contenían la respiración, apretujados debajo de la mesa.

- Apúrele, hermano -dijo el senador-, que esta francesa y yo estamos que nos tiramos, ¿no, Pascualita?
  Oyeron una palmada sobre carne desnuda y un grito de Pascale.
- Ah, merde! ¡No seas maleducado, Puma!
- ¿Qué es el afán hermano! -exclamó el coronel-. ¿Acaso ustedes los senadores madrugan?
- No, pero es que mañana tengo que cerrar un negocio. Ahí esta: si mañana corono, le cierro este sitio tres días y tres noches con las viejas que quiera y todo el trago libre, whisky, champaña, lo que quiera.
   El coronel Buendía masculló entre dientes mientras separaba llaves encima de la mesa:
- Con la flaca esa de mierda, Betty. Me dejó bien caliente, la muy puta. ¡Ah, bueno, aquí está la llave! Va a haber que hacer echar a Néstor, cómo va a dejar sola la Recepción. Bueno, hermano: el Nirvana es nuestro.
  Se alejó por fin. Todavía oyeron la voz aguardentosa del senador Pumarejo:
- A ver, francesita, a ver si vas a poder tú con los dos. Un puma y un tigre. Porque mi coronel Buendía es un tigre.
- Pascualita ya me conoce -rio el coronel.
- Oui, mon colonel. ¡Ay!

   Se alejaron sus pasos, sus voces. Pasaron dos minutos antes de que Escobar se atreviera a moverse. Salió de debajo de la mesa entumecido, con la espalda y la nuca adoloridas. Ayudó a salir a Angela. Salieron al jardín. Una línea rosada despuntaba ya sobre los cerros, en el cielo todavía verde de la aurora.

- ¡Abráceme!-pidió Angela- ¡Mire a ese tipo ahí!

   Dormido al volante de un jeep del ejército vio a Ceballos, el guardaespaldas del coronel Buendía, con los brazos cruzados sobre el pecho y las gafas de sol escurridas sobre las narices. La enorme culata azulada de la pistola le asomaba del cinturón. Al lado del jeep, junto al jeepcito blanco de Angela, dormía un largo Mercedes verde oliva con el escudo del Ejército Nacional en la placa. Enorme, con la pelambre gris cuajada de rocío, casi negro en la luz indecisa, Lucas galopó hacia ellos ladrando y agitando la cola.

- ¡Quieto, Lucas, callado Lucas! -suplicó Angela. Lucas se irguió en dos patas apoyado en su pecho, feliz, estornudando, lamiéndole la cara, ladrando. Sus ladridos repercutían secos y limpios en la luz creciente del alba, pero Ceballos no se movió de su sitio, profundamente dormido. Escobar tomó el timón de nuevo, dejando a Angela que apaciguara al perro. El perro pisoteaba a Cecilia. Había olvidado por completo a Cecilia, que empezaba a despertar de su estupor cannábico.
- ¡Chite perro! ¡Chite perro! -exclamó Cecilia, y se llevó las manos a la boca. -Tengo ganas de vomitar- dijo con voz infantil y los ojos inundados de lágrimas.
- ¡Mierda, mi jeep! -exclamó Angela. - ¡Sáquela rápido, Escobar!

   Cecilia asomó la cabeza por la ventana y cedió a las arcadas. Un chorrito de bilis cayó sobre la grava. El perro lo olfateó, desconfiado. Angela acomodó a Cecilia, se sentó atrás con ella, le dio a oler un perfume. El jeep, frío, se negaba a arrancar. Escobar sentía que de un momento a otro iba a llorar de la desesperación y de la rabia. Arrancó a saltos, estuvo a punto de llevarse por delante al portero de escopeta que les abrió la verja y a un taxi que pasaba con las luces todavía encendidas en la luz transparente del amanecer. El taxi lo esquivó con un rechinar de frenos y de llantas y le gritó hijueputa y siguió rumbo al norte. - ¡Se nos quedó Lucas! -gritó Angela. - Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda- dijo Escobar metiendo reverso entre crujidos de maquinaria forzada. Retrocedió culebreando. Lucas ladraba en medio de la calle. Lo hizo subir y arrancaron de nuevo hacia adelante con nuevos chasquidos de hierros. Al cabo de unas cuadras Angela soltó una risa súbita, larga, de inmenso desahogo. Cecilia, ya despierta, se echó también a reir. Escobar frenó lentamente, a la orilla de la acera, descansó sobre el timón su cabeza palpitante, exhausto. Cecilia se arreglaba el pelo, se echaba saliva en las cejas, todavía riendo, se frotaba los dientes con los dedos. Ya empezaban a pasar los primeros buses.

- Ay, ole, vamos a tirar ¿oquei? -propuso Cecilia.
- Coca -pidió Escobar - Un pase.

  Se sentía hinchado, con las mejillas sucias de barba y grasa, viejo. Angela le dio coca. Incluso Angela se veía ajada en la luz blanca del amanecer, con la nariz brillante y el maquillaje trasnochado y demasiado arrebolado sobre la piel plomiza. Sólo Cecilia parecía intacta.

- Ay, oles: vamos a tirar -insistió.
- Escobar miró a Angela. Se sentía vuelto añicos. No quería ir a tirar, ni a nada. Quería dormir, dormir. Angela cerró los ojos en dos largas ranuras y aprobó con la cabeza. Y arrancaron.

  Era una responsabilidad muy dura, pensó Escobar, la que se le venía encima. Pero pensaba poco. Acostarse a la vez con Angela y Cecilia. ¿Podría? ¿Podría con ambas? No. ¿Por cuál empezar? No iba a poder. No era un tigre. No era un puma. Vagamente, delante de la trompa del jeepcito, veía abrirse las calles. El cielo se blanqueaba por oriente, e incluso había ya gente que abría rejas de tienda, y grupos que esperaban en las paradas de los buses. ¿A dónde irían? Pero tenía un problema: no iba a poder con ambas.

   Subieron. Escobar rodeaba con un brazo la cintura de Angela, con el otro la de Cecilia, y Lucas subía delante, ladrando. Recordó el problema del hombre que tenía que atravesar un río con un burro y un tigre y una brazada de forraje.

   Chévere -dijo Cecilia, mirando el apartamento. Escobar besó a Angela. La besó largamente. Hubiera preferido estar solo con ella. Fue a la cocina a sacar trago y vasos. Habló en voz alta:

- A ver. A ver qué se puede hacer.

   Se sentía entusiasmado, aterrado, ridículo. No iba a ser fácil.
   En la sala, Cecilia había dispuesto coca en tres líneas equitativas sobre la mesa.       Lucas dormía en el sofá, con la cabezota gris entre las patas.

- Flaco ¿no tienes música?

   Se sintió injustamente postergado, explotado: él traía trago, él ponía música. Echó a andar la Serenata Haffner. Abrazó a Angela, que lo besó en el cuello.

- Hola, a ver, fue que me trajeron a mirar aquí como si yo fuera qué o qué- dijo Cecilia.

Y besó también a Cecilia. La ayudó a quitarse su abriguito gris, y debajo estaba vestida solamente con sus correajes de estrella internacional de la canción erótica. Protestó por la música:

- ¡Esa vaina no, flaco, no seas fúnebre! Pon algo de Julio Iglesias ¿oquei?

   Escobar puso un disco de salsa. Volvió a besar a Angela. Le abrió la blusa, le acarició los hombros lisos, anchos, le besó la garganta.

         ¡Dime cómo me arranco del alma
         esta pena de amor!
         esta pena de amor!
         ¡esta pena de amor!

cantaba a plena voz el tocadiscos. Escobar dejó a Angela Y fue otra vez a besar a Cecilia. Se sentía burocrático: un beso a la una, un beso a la otra. Las abrazó a las dos al tiempo, tratando de besarlas de manera imparcial: a una en el cuello, a otra en la sien, a otra en el hombro, a otra en los ojos. Besó a Cecilia en la boca, manteniéndola quieta por las correas de la espalda, tratando de atrapar con la otra mano a Angela, y al hallar aire entre la mano volvió a buscar el seno puntiagudo de Cecilia. Cecilia se le escapó de entre las manos, se puso a bailar sola en medio de la sala, con las hebillas de su correaje tintineando.

        ¡Dime cómo me arranco del alma
        este inmenso dolor!
        ¡de esta pena de amor!
        ¡de esta pena de amor!

- ¡Esta fiesta está chévere! -gritó Cecilia alzando hasta el techo los brazos, escapando de nuevo al torpe abrazo de Escobar, huyendo rumbo al tocadiscos para poner la música más alto. Escobar se acuclilló ante la mesa a aspirar coca, ahuyentó a Lucas que venía a lamer los restos, buscó a Angela. La había vuelto a perder.

 

 

   Fue a encontrarla en el baño, mirándose al espejo, seria, ausente, hablándole en voz alta a su propio reflejo: -Angela. ¿Quién eres? Angela.

   La besó, le dio coca, le abrió el vestido y lo dejó caer en el piso en un montoncito susurrante. Ya desnuda, la abrazó sin hablarle. Angela se dejó abrazar. Se dejó besar. No dijo nada. Se dejó empujar hacia la sala. Se dejó empujar hacia Cecilia, que bailaba sola, con los ojos cerrados, y cerró ella también los ojos, y se dejó bailar. Escobar se desvistió también, y las abrazó a ambas en el baile, apretando contra el suyo sus cuerpos sudorosos y calientes.

       Díme cómo me arranco del alma
       esta pena de amor!
       ¡esta pena de amor. . .!

   Cecilia se deslizó hasta el piso, olorosa a sudor, a alcohol, resbaladiza, tibia. Escobar cayó de rodillas sobre ella mientras sobre sus cabezas seguía bailando Angela. Los correajes de Cecilia se le clavaban en el pecho, trataba de abrirle las piernas con la mano y de entrar en su sexo abierto, huidizo, tropezando, resbalando en el cuero del arnés. Sintió en sus ingles el soplo frío del perro, que olisqueaba a Cecilia. Su erección se contrajo. Ahuyentó al perro.

       ¡Díme cómo me arranco del alma
       esta pena de amor!
       ¡esta pena de amor. . . !

   Vio a Angela tirada en el sofá, con las piernas abiertas, y a Cecilia arrodillada entre sus piernas. Angela se estremecía, con los ojos cerrados. Se acercó a ellas, las acarició a ambas, tocó sus cuellos y sus piernas con sus piernas, con sus manos, se perdió en el contacto de sus pieles, de sus olores, de sus espaldas, de sus risas, de sus besos. Puso su boca en el sexo de Angela, sintió en la espalda el peso tibio de los senos de Cecilia, el frío metálico de sus arneses. Apartó nuevamente de un manotazo a Lucas, que introducía por todas partes su hocico resollante y que se fue gimiendo a un rincón, respiró hondo, volvió a poner el disco.

!Díme como me arranco del alma
esta pena de amor!
¡esta pena de amor!
¡esta pena de amor!

   Las invitó a su cuarto. Caminó manteniendo su erección en la mano. Las echó a ambas encima de su cama y se dejó caer entre las dos, sintiéndose feliz y poderoso. Besó sus vientres, sintió sus manos en su sexo, el calor de sus pieles contra su piel, una lluvia de besos sobre todo su cuerpo, el pelo lacio y suave de Angela en sus ingles. Casi no cabían en la cama los tres. Veía los senos de Cecilia, afilados y morenos, asomando por entre las correas. Los senos de Angela, más pálidos, más separados en el pecho. Se sentía rodeado de senos, como de olas en el mar, tibios y suaves, y pasaba las manos y los labios de uno a otro, sin distinguir ya olores, manos, pieles, cabezas, labios, caricias, risas, besos. La música cesó de pronto en la sala. Alguien los miraba desde la puerta. Una mujer. No la reconoció en el primer momento. Era Fina. Se había cortado el pelo.

  Las niñas desnudas se incorporaron una tras otra. Cecilia rompió el silencio, riendo:
- No vas a poder con todas, flaco.
  Fina estalló en un ataque de histeria.
- i¡ VAYANSE DE MI CASA, CARAJO!!
  Cecilia empezó a protestar, ofendida.
- ¡Oooooora! ¿Y esta quéée?. . .

   Fina se arrojó sobre ella para golpearla con los puños, con el rostro monstruosamente deformado y lanzando un chillido de rabia, y las dos chocaron gritando y rasguñando entre las sábanas revueltas y los cuerpos desnudos, sobre la cama que crujía. Escobar intentó separarlas, recibió una violenta patada que le cortó el aliento, atrapó las muñecas de Fina y encorvado y gimiente la arrastró lejos de la cama mientras ella lanzaba patadas y mordiscos y le escurrían las lágrimas y la saliva por la cara y el cuello, gritando, sacudiéndose. Angela contuvo a Cecilia, que sangraba en el labio y las narices.

   Fina se debatía entre los brazos de Escobar, rugiendo histérica. Le dio una cachetada. Se echó a llorar, cayó al piso, llorando.

   Las otras salieron a la sala cuchicheando, recogiendo su ropa de los muebles y el piso. Angela le echó a Cecilia su abriguito gris ratón sobre los hombros. Escobar dejó a Fina llorando y fue a la sala. Hizo cara de impotencia. Le tenía cierto rencor a Fina. Buenas horas de volver.

- Es Fina -cuchicheó. -Es mejor que se vayan.
- ¿Y a mí quién me paga? -interrogó Cecilia. -¡Y mi boquita, uy, cómo me volvieron mi boquita! -lloriqueaba. -Eso sí a mí me pagan y me pagan mi perico que se lo metieron todo, aaay, mi boquita!. . .
- ¡Sshhhh! -hizo Escobar, mientras Angela abría su cartera y se disponía a girar un cheque.
- ¡Muuucho, sí, cheque chimbo, ni que una fuera imbécil! ¡Págueme en plata, flaco malparido, que para eso nos trajo!

   Escobar encontró sus pantalones, extrajo de un bolsillo un montón de billetes arrugados. Le parecieron pocos. Le había salido carísima la noche. Cecilia los contó, los guardó satisfecha en el bolsillo. Todavía protestaba. Angela le tiró un beso desde las escaleras. Escobar se puso los pantalones. Se sentía ridículo desnudo.

   Cuando regresó al cuarto, Fina estaba sentada en la cama. Tenía los ojos secos. Las orejas le asomaban, insólitas entre el pelo cortado a ras de la nuca.

- ¿Quiénes eran esas putas?
- No eran putas.
- Já, já.
- Una es la hermana de Ana María, Angela.
- ¡Puta! ¿Y la otra?
- No, mi amor. No es puta.
- ¡Puta, puta, puta, puta! -Fina temblaba de furor. ¿Y la otra? ¿La morenita de las correas?
- Ah, esa sí es una puta. Cecilia. Tú no la conoces.
- ¡Pues claro que no la conozco, imbécil.
   Se echó a llorar.

   Al cabo de un rato prudencial. Escobar, que había permanecido en pie, inmóvil, con las manos en los bolsillos, silencioso, se sentó en la cama junto a ella. No sabía qué decir.

- Mi amor. Volviste, mi amor. Te esperaba. Te cortaste el pelo.
   Lo apartó de un empellón, fue a sentarse en la punta de la cama.
- Ni volví, ni tu amor, ni me esperabas. Sí, me corté el pelo. Farsante.
- Hacía tiempos que nadie me decía farsante -dijo Escobar.
- Sí, volvía. ¿No ves que estaba volviendo? ¿No ves que estaba aquí? ¿No ves? ¡Y tú ahíiiiiiíiiiiiíí!. . . .
   Se echó a llorar otra vez. Escobar, removido en las entrañas, intentó abrazarla:
- Mi amor, mi amor. . . .
- ¡Mierda tu amor!

   Pero Escobar siguió abrazándola, sollozando él también, apretándola con toda su fuerza hasta que oyó crujir sus huesos, besándole el pelito corto, nuevo, la nuca desnuda que no le conocía.

- Hueles a otra. A otras -dijo Fina.-¿Cuánto les pagaste?
- No les pagué -mintió Escobar.- Perdóname, mi amor, no te esperaba. . .
- ¡Claro que no me esperabas! ¿Entonces para qué me dices que me esperabas?
- Porque ya no te esperaba. ¡Carajo, llevo tres meses esperándote! ¿Por qué te fuiste?
- A tí no te importa.
- Claro que me importa. ¿Dónde estabas?
- Si te importara, me hubieras buscado.
- ¡No te busqué porque no tenía ni idea de dónde estabas! Fina, por favor. . . ¿Dónde estabas?
- En Cali. Con mi familia. Estuve enferma.
- ¡Mi amor!. . . -se enterneció Escobar. -Mi amor, mi amor. . . -Le acarició los ojos, el pelo espeso y corto, las orejas que asomaban entre los mechones negros dándole un aire ligeramente cómico. La besó en la sien, reconociendo el viejo olor de su pelo en el cráneo. Murmuró con la boca seca;
-Mi amor: quiero que tengamos un hijo.
   Fina se puso en pie de un salto.
- ¡¡ ¿AHORA?!! -tenía la cara contraída por la incredulidad y la cólera -¡¡¿AHORA??!! -se echó a llorar de nuevo. Escobar se acercó a ella, la tomó por los hombros encogidos y convulsos de llanto, la abrazó, le hizo ruidos de consuelo:
- Sí, mi amor, ahora. Tengamos un hijo. ¿No querías? Ahora yo también quiero.
- ¡Mira, Ignacio! ¡Imbécil imbécil imbécil imbécil! ¿Sabes por qué me fui a Cali? ¿Por qué estuve enferma?
   Reventó de nuevo en llanto.
- ¡Porque yo quería tener un hijo contigo, y tú no querías, y entonces me fui, y abortéééeeeeééeeee!. . .

   Y lloró desconsoladamente, quieta, parada en la mitad del cuarto, con los brazos colgantes y la boca congelada en un grito, un aullido de agonía que le hinchaba las venas del cuello. Escobar se quedó helado.

   Al cabo de un minuto por lo menos, tendió las manos hacia Fina. Fina saltó hacia atrás.

- ¡No me toques!
   Escobar avanzó un paso. Fina saltó de nuevo.
- ¡No me toques!

   Escobar se quedó quieto, dejó caer las manos. Fina retrocedió hasta la puerta del cuarto caminando de espaldas, sin perderlo de vista. La siguió paso a paso. Ella emprendió, una carrerita hasta la salida, cerró de un portazo en sus narices. Oyó su carrera atropellada escaleras abajo.

   Se dejó caer en un sillón con la cara entre las manos. Su vida hecha añicos. ¿Por dónde se empiezan a recoger los pedazos?

   En el techo golpeaba la señora Niño. A lo mejor había estado golpeando todo el rato.

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