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Llega la Nochebuena. Es su heraldo el chillar de la víctima, el cerdo sacrificado en aras de la alegría, esa divinidad tan propicia a la infancia y tan huraña luego. La hoguera del holocausto levantando espesas columnas de humo, esparce en los aires el olor de la chamusquina. Llega con el chirriar de las cazuelas, que es alegre tonada, con los efluvios de las fritadas, con la engolosinada chiquillería, la cual armada del chuzo, a hurto de la madre que todo lo ve, ensarta el dorado buñuelo, y sopla que sopla, huye proclamando su habilidad; con la iluminación de las moradas campesinas; con la pólvora que, subiendo chispeante y zumbadora, estalla y se deshace en lluvia irisada de estrellas; con la busca del Niño, por escondrijos de prados y jardines, que tántas lágrimas hará verter a la doncella incauta; con las sorpresas del árbol de Navidad; con la leyenda de la flor de la yerbabuena. La misteriosa florecilla perfuma por un instante las heladas ráfagas de la media noche, el instante en que el Dios niño salta del seno virgen a las pajas del sucio pesebre.... Pero ay! que ni al ángel le fue dada la dicha de conocerla, porque el Diablo la destruye en el furor de su derrota. Sol sabe de eso por las añoranzas de su madre y la oye con el deleite con que oye un cuento de princesa encantada y patojito vencedor. En sus tiempos de abundancia allá en la finca pregonada, de todo gozaron, y los pobres llevaban su buena parte. Elena oía a su madre como quien oye llover, y Eulalia se envanecía de haber sido primero, de no tener nada qué envidiar. Como la niña no era testigo de aquellos placeres, no sufría; otra fue la causa de sus tristezas: el árbol de Navidad que el Párroco levantó en el atrio de la Iglesia con el fin de hacerse a recursos para una obra pía. -Allá está - proclamaba el Sacerdote por todas partes - allá lo tengo de checherero. Vayan todos a comprarle y no pierdan su tiempo regateando, que el Niño tiene precio inglés. Un ramillete de flores era lo que parecía aquel sietecueros; de cuyos brazos colgaban juguetes; chucherías, zarandajas, tentadoras golosinas. Al pie, entre un nido de sedoso musgo, el Niño Dios, sonriente, de azules y alegres ojos y cabellos de oro. No era un recién nacido, era un niño travieso que jugaba con el mundo sin mostrarle miedo a la cruz. Los padres y las madres con sus hijos, cargándolos y de la mano, empujan, atropellan; el árbol sacudido por el tumulto, aljofara con lluvia de pétalos a la afanada multitud, y se va quedando desnudo de dijes y flores. El cesto que el Niño Dios tiene a su lado rebosa de billetes; van por la plaza los niños tocando las corneticas, inflando las pompas de caucho y enseñándose felices todo lo que el Niño Dios les había traído. Sol no osa arrimar, estaba tan mal trajeada, y a qué. De lejos mira aquel árbol donde, balanceándose las muñecas de su deseo, le dan el tormento de Tántalo. Aunque no fuera esa grande- susurra señalándola- con esotra de falda azul se contentaría.... y hasta con la de trapo que se hallaba junto a un carrito. De la entreabierta boca de la engolosinada niña chorrea un hilo de cristal, que cual hilo de araña refleja la luz en fugaz relampagueo. Una rolliza campesina que va contemplando extática una negraza de trapo que le valió cien pesos, tropieza con la niña. -!Virgen m'hijita - exclama la serrana - pero a busté se le van a salir los ojos si Dice no lo remedia. Tenga (presentándole unos confites), tenga Pa que no vele tanto. ¡Ella velando! ¿Qué dirían? Y Eulalia que se las tenía juradas. Eulalia no se cansaba de repetírselo: "Yo tengo un pajarito que todo me lo cuenta". La niña atristada y atisbando al pajarito Picotero, entra a su casa diciendo: -Yo no estaba velando, mamacita; era viendo las cosas tan bonitas que el Niño Dios les trajo a los muchachos. ¿Por qué será - continúa llorosa - que a mí no me trajo nada? -El sí le trajo, cómo nó, a todos nos tralo. No ha visto, pues, los buñuelos y la natilla que nas ha mandado.... y hasta manjar blanco. Démosle gracias que si no es por eso, nos habíamos tenido que quedar a tí suspiramos. La niña, mirando a su madre, replica con viveza: -¡Eh! verdá; es que a los que vemos pobres nos manda cositas dé comida! Irguiéndose ofendida la princesa Eulalia, protesta: -Eso no es una limosna; el lo fuera, dé la puerta les devuelvo yo sus menjurjes. Doña Dolores enfermó, decían que a causa de los "menjurje". La enfermedad resistió a la terapéutica casera. El doctor fue mandado por Da Rosaura. El Dr. admiró las flores una por una; pero nada como el mantón de Manila- otro jardín decía él- con que la coquetería de Eulalia tapó la vejez y la fealdad de una mesa. Por temor a las malas lenguas se abstuvo ella de ofrecerle un ramito de flores. El doctor prescribió limonadas. ¡Pero Doña Dolores tomar limón! -Eso destroza la sangre, doctor; recétame otra cosita. El médico, sonriente, formuló una poción en la que entro el ácido cítrico, que obro como él lo esperaba. Sol, al ver al doctor en su casa, huyó a esconderse en el último rincón, y fueron menester súplicas y amenazas para hacerla ir a la botica. El médico no se fijó en la niña sino en el momento de ponerle la rotulata a la botella. -¿De dónde sacó la china - le pregunta mirándola cariñoso - esos ojos tan bellos? ¿Quieres regalármelos? Ella, sonriendo tímida los eclipsa con sus delgados bracitos. . El, entregándole la botella, le acatada el mentón, diciéndole: -Mamacita se pondrá buena con esto, y no te tapes esos ojos, que brillan como estrellas.... La niña, con el corazón palpitante, corre y entra a casa toda atafagada dando la buena nueva. De la caricia y del chicoleo, ni una palabra; ni a la muñeca, su muda confidente. Ya no le quedó duda, el doctor era su novio.... Y más que nunca ardió en ella el anhelo, de ser bella, y de galas y arreos. No se cansaba de mirarse en el espejillo del muñequero. En sus tareas de cenicienta, en la calle y en la casa, la buena de la imaginación le escondía, con deslumbrante velo de tisú, la negrura de su suerte. Nadie pensara, al verla desmedrada, aunque con esmerado aseo, tan pobremente vestida; agobiada con el calabazo o con el tarro, que la pobre criatura iba engalanada con el traje color de crema, de flores color de lila, tan deseado y con la banda de flotante cinta. La mirada fija en el vacío denunciaba el éxtasis y el leve sacudimiento de los labios, el diálogo con la quimera. El doctor por su lado con el floreado mantón entre ceja y ceja: "Si es un jirón - se decía - un jirón de los cármenes de Granada.... y ese fleco, ese fleco - repetía - que le cae cual una lluvia de seda". Como de encargo para la refinada arqueóloga, dueña de tan preciadas vejeces, esa su grande amiga de Bogotá, a quien debía tan delicadas atenciones. Nada mejor para él demostrarle su gratitud y amistad. ¿Cómo conseguirlo? -¡Ah - se dijo, dándose una palmada en la frente Doña Rosaura...! Y Doña Rosaura fue y le sirvió de lengua: que el mantón era de mucho precio - dijo; que el doctor lo quería para un regalo, y ella regalárselo a él en señal de gratitud, y que estaba pronta a dar lo que le pidieran. -Qué voy a exigirte yo a vos, ala, por eso - decía a Doña Dolores -. Aunque fuera de oro.... y si siquiera fuera cosa que lo valiera; no te digo que ni me han ofrecido por él.... Figurate que es de los tiempos de mamita Soledad. En fin, que Doña Rosaura obsequió con dos colchas a Eulalia; que al recibir la preciosa antigualla, el doctor, entusiasmado, ofreció a la señora, no sólo recetarle gratis a los pobres de su devoción, sino darles la botica, que en la misiva portadora del regalo, a la dama bogotana, aparecían, Eulalia de princesa cautiva; la muerte hecha vida y la vida hecha muerte; el orgullo de redentor, y el arte de hermana de la misericordia, enseñando al que no sabe y consolando al triste. Aunque cedió el achaque, le era imposible a la señora levantarse. El médico habló de agotamiento, de leche, de algún reconstituyente. El "imposible" vagó por los labios de la enferma; Elena, la Dios me lleve y Dios me traiga, qué... y Eulalia, siempre empeñada en ocultar lo que todo el mundo sabía, en lucha tenaz.... Doña Dolores se moría y las hijas no movían recurso. Sol lo comprendió al ver a su madre víctima de un síncope, y temblorosa y asustada corrió a Don Salvador a Doña Rosaura, a la modista misma en demanda de socorro. Doña Rosaura proclamó la necesidad, y ordenó a la niña ir a ella cada mañana por leche para la enferma. El tesoro de la Asociación del Sagrado Corazón de Jesús, se hallaba exhausto; pero a la Directora se le hizo cuesta arriba no auxiliar a la señora, fundadora de la santa hermandad cuando fue rica. La modista tampoco dejó ir a la niña con las manos vacías; le anticipó dinero por tabaco. Pero eso sí, al once por ocho. Y el doctor no tanto por filantropía, cuanto por ser la enferma quien era, mandó el vino que él mismo había prescrito. Eulalia, que empuñaba las riendas del gobierno, resolvió que en la preciosa alhaja, la sopera de dorada porcelana, fuera Sol por la leche. ¿Sacar a la calle los pobres trastos del servicio? ¡Qué vergüenza! Sol cuidadosa y ufana, llevaba el dije: no era el tarro; no era ese nauseabundo calabazo.,.. Una mañana la niña iba paso ante paso por solitaria calle, agarrada como de costumbre por la acariciadora imaginación. No oye ni el golpeteo de puertas que se cierran, ni las voces de alerta.... ese alarma que cunde. Era un novillo, una fiera escapada del matadero. Aquel novillo cebado en las dehesas del Cauca, lustroso, canelo, de jeroglíficos en los flancos, de mirar feroz, de amenazadora cornamenta, corre a la ventura, resoplando, echando babaza, envuelto en polvareda y arrastrando la doble soga que, vencidos, soltaron los jiferos. La silbadora chiquillería lo azuza; latidores perros lo persiguen. Los perros huyen mudos cuando la fiera se digna mirarlos. En la esquina de la calle por donde la niña iba, el animal vacila, se yergue, lanza un bramido. La niña despierta y huye sin saber a dónde; tropieza y cae, ella de bruces, y en pedazos la sopera sagrada. Exhala, al levantarse un ¡ay! lastimero, llevándose las manos a los pies. Chorrea sangre de las narices y brota sangre del dedo tropezado. La aterra esa sangre. La tierra, ávida absorbe la leche que corre veteándose de amarillo, y en cada fragmento de la porcelana parpadea la luz. Pasa un granuja zarrapastroso con un cabestro en la mano. -¡Hijuel tropezón! - grita insensible. Mandaron a Victoriano por vino - quebró el frasco en el camino -. Pobre frasco, pobre vino. - Pobre.... Y va alejándose voleando el cabestro y silbando el himno nacional. El terror, la sangre, el dolor la enajenan. No se aterraron menos las hermanas al verla así "hecha un Nazareno". Pero al saber la suerte de la sopera, tiemblan. ¡Su mamá que quería esa sopera como a las niñas de sus ojos! ¡y qué leche iban a darle ...! ¡Sol merecía que la mataran por distraída, por.... Cuando la señora se levantara, entonces sería el llanto y el crujir de dientes. La niña lloraba sin consuelo. ¿Cómo iría a ser el enojo de su mamá, cuando hasta Elena se había confundido? Y no tiene ya vida; en amarga y cruel tórnasele la dulce imaginación; ahora le presenta a Doña Dolores muerta; ahora, iracunda y justiciera. Si se moría no se iría derechito al cielo. Ya su mamá no volvería a acariciarla con el dulce nombre de María Estrellita! A veces le entraba el deseo de que la señora no se levantara; y lacrimosa y suspirando solía exclamar: -Yo quiero morirme, para qué nada en la vida...Y la mata de clavel, esa mata que ella cuidaba con tánto esmero, ayuna de riego, y el polvoriento velo del olvido tiñendo a la muñeca con la amarillez del pergamino. Con la quietud, la leche, el vino y los cuidados volvió Doña Dolores a la vida; y cuando se dio cuenta de lo que pasaba, sorpréndese de ver a Sol más demacrada que nunca. -No hay como madre - vocifera, - Esta muchachita se está muriendo; ya no es más que ojos y pelo... Para eso que ni por chanza me la han peinado; no han sido ni para remendarle los trapitos, que ya lo que parece es una pordiosera con esos hilangos.... ¿Qué será de ella si yo llego a faltarle? Voy a pedirle a mi Dios que se la lleve primero. La niña que por parecerse a María Estrellita siempre gustó de andarse limpia, lo más que se lo permitía la naturaleza de sus oficios; que ella misma se sacaba las niguas porque la horripilaba el que otro le arrimase la aguja, jamás se atrevió a habérselas con el peine por lo abundante de los cabellos. Elena ni se percató de lo que decía su madre, y Eulalia se defiende con lo que de rato se había menester para la cosa y con lo melindrosa de la niña cuando no era Doña Dolores la que hacía de doncella. Sí, mamacita - suplica la niña - péineme usté, pero no me tire mucho, que es que yo no me sé peinar porque estoy chiquita.... Y vea - agrega mostrando los pies y los brazos - que estoy muy limpiecita; pues siempre que voy por agua me lavo los pies y todo. Y luego la niña de hinojos a los de la madre, y los cabellos ocultando piadosos la hilachosa espalda, y un peine de cuerno desdentado, que ala aquí, que se para en el enredo, que tira allá; la víctima que gesticula, que se agita, que ajusta los párpados, que ahoga los ayes, y la madre que templa las hebras, llevando por ellas los dedos ajustados a modo de tenazas, y que anima diciendo: "María Estrellita se dejaba peinar muy formalita". A cambiarle las vestiduras. -¡Pero con qué, Dios mío! La madre busca, rebusca, rebruja. -Hilangos.... Esto no; y ponerse uno a remendarlos es botar el hilo. Vean, muchachas, qué encuentran por al para quitarles los harapos a esta angelita; que es imposible dejarla así con la cabeza en glorias y el.... -Nó, mamacita, no diga, que es pecao - suplica la niña sonriendo. No hubo más remedio que echar mano de un cuasi desperdicio de Eulalia. Aquella criatura raquítica, como flor falta de savia, pensaba que el deshecho de la hermana le sentaba a maravilla: Sentíase bella entre aquellas faldas, que empeoró él arreglo para que no arrastraran. El endeble talle desaparecía entre aquella blusa de flotantes mangas y mutiladas golas. Con la mejoría de Doña Dolores fueron alejándose los socorros y lloviendo las reclamaciones. Doña Pastora puso a Sol cual no digan dueñas por la tardanza en el pago de los tabacos: que mal agradecidas; que abusadoras; que eso se sacaba de hacer bien; que si no le llevaba los tabacos, no volviera a asomar las narices por allá, ni por aguamasa ni por nada. La niña, recordando la escena de Bárbara, lloró, pero no se atrevió a decirle nada a su mamá. En fin, que "la miseria de alfombrilla" volvió a sentar sus reales en la casa de la viuda. En balde se devanaba los sesos Doña Dolores. No había de qué tirar. Era imposible defender ya la sopera. Con ella se le iba el alma; pero Pedrito desde el Cielo lo veía.... ¡La sopera! Elena se refugia en su mutismo de enferma, y Eulalia, como en asilo sagrado, en casa vecina. Sol, de pie, con aquel vestido caricaturesco, y muda, se queda de una pieza. Con el corazón palpitante invoca a las ánimas benditas, a su "madrecita Santa Ana". -Pero la sopera, ¿dónde está la sopera? ¿La vendieron por mi enfermedad? ¡Dios mío! ¿Qué camino cojo yo? Otra que Sol, miente, aprovechándose de la suposición de la señora. Pero ella, trémula y difunta la color, tartamudea. -Un toro que me embistió.... se me cayó de las manos.... la verdá pa mi Dios.... mamacita! Esa turbación la condena. -Ahora sí me las vas a pagar todas juntas - vocifera la señora - quien la ve.... ! Y echando rayos por aquellos ojos, siempre mortecinos, erguida y temblorosa, avanza llevando en alto un alpargate blando y deshilachado. Sol se recoge como un gusanillo, esconde la cara entre las manos, se resigna á morir.... Súbito el brazo vengador cae desarmado, y estallando en sollozos, la madre oprime contra el seno a su hija. Enjugándose las lágrimas con el reverso de la mano, aliviada de los temores que tánto la atormentaron, la niña cuenta el sucedido. -Eres mi ángel, yo lo sé. La necesidad es la que me pone así. Si ese toro te mata, hijita de mi vida, ¿qué fuera de mí? -Y Santa Ana me hizo el milagro, mamacita; yo le he rezado mucho para que usté no me pegara. Santa Ana la socorre, allá lo verá. -Es que si no fuera por esa querida, no estaba yo contando el cuento; ¿con qué me habían sostenido en la enfermedad? Y apoyada la frente en la huesosa mano, la señora se queda pensativa. -Esta tarde vamos al cementerio, m'hija. ¿Cómo estarán las maticas? ¡Pensará Pedrito que ya no me acuerdo de él! Esta tarde vamos y le llevamos la trinitaria que está tan bonita. ¡Y no sé cómo es que no van al cementerio! Para mí es un consuelo tan grande. Y fue y regresó serena. Pero al ver el fogón apagado, llevándose las manos a la cabeza, se dirige a un cuadro que tenía colgado en la cabecera de su cama, roñoso y curtido: -Santa Ana - exclama, levantando al cuadro los brazos suplicantes y angustiosa la mirada - acordate que aquí no se ha juntado hoy la candela! No hay re medio - barbota meneando convulsa la cabeza - hay que acudir a Salvador. El agua negra, esa agua hervida con sal, cebolla y ojos de manteca, surge en la imaginación de la niña. -Pues bebemos agua negra; ya no estamos enseñadas, pues? -¿Y con qué sal? responde la señora fuera de sí. Sol semejaba ese día un ex-voto vestido de burlas. El hambre y el susto le habían trocado su palidez de morena en la palidez verdosa de la cera de olivo. Don Salvador se percata. El añaje de la niña lo proclamaba con claridad meridiana. En la casa de la viuda de su amigo debía haber desnudez y hambre, mucha hambre. Así se lo dice a sus vecinos de almacén, a su mujer, a sus amigas, y todos atendieron al reclamo con dinero y ropas usadas. Doña Dolores daba gracias al Señor, anunciando el milagro. Sol, alelada. ¡Pero Eulalia.... ! Sin el ambiente de resignación cristiana que la rodeaba; sin el temor a Dios y el horror a Lucifer, se trueca en un Prometeo con faldas. A voz en grito, y fulmínea como una diosa, protesta: -Nosotras no estamos de limosna. Mamá, tíreles esa porquería a la cara, bótela lejos....! ¿Cómo se reirán de nosotras?.... Ja! ja! ja! Sol, que mira cobija para su mamá y batas con perendengues para ella, tiembla: Su mamá lo iba a devolver! Pero Doña Dolores, clamando a Dios perdón para su hija, se hace lenguas de lo caritativo de aquel pueblo. Ni sirviéndoles de rodillas - exclama - alcanzo a pagarles tanto así. Y con la actitud y el gesto de los mansos cuando toman una resolución, se hace oír con acento golpeado: -La limosna se les da a los pobres. Nadie la necesita más que nosotras. Que Dios nuestro Señor les pague a todos con la gloria eterna. Sin hacer caso a su madre, Eulalia se vuelve a Elena sonriendo burlona, y con mordaz sonsonete le pregunta: -¿Y vos sí vas a lucir esas galas? Tomando con asco una falda de java -¿Las galas de la nieta de ño Telmo y ña Socorro, de la señorita Dorotea Bedoya.... ? ja! Ja! Ja! Qué caritativa está la señorita Tea, la sobrina de mi sia Barbarita.... Elena, que todo lo ha presenciado, recostada a una puerta y fumándose un tabaco, embelesada con el humo, masculla desperezándose y bostezando: -Yo no me voy a poner cosas usadas. Sabemos si me contagian una enfermedad? Lo que me toque lo vendo para ponerme los dientes. Las montañeras me lo compran. -Síiiii! Aquel síiii silbado por la princesa Eulalia con ceremoniera cortesía, rompe el aire, vibrante y sarcástico. Una bata del color de la flor del jaramago se lleva los ojos de Sol. El amarillo es el color que le sienta bien a su color moreno; Doña Pastora se lo había dicho. Enfundada en aquella bata, levantando los brazos encantada para verse mejor, se parece la niña a una ave que hubiera caído en un batido de yemas de huevo. La bata le baja en sueltos pliegues desde las axilas. Esto es lo que más la fascina. -Mamá - suplica - recórteme el pelo y recójamelo con moños de cinta. "Vea, con esa" (mostrando una ajada y desteñida). Eulalia no puede contenerse; como una loca agarra de los molledos a su hermanita, y zangoloteándola barbota rugiente y chasqueante: -¡Si está hecha un primor la levantamuertos! Sali para que oigás: "Allá va esa con la bata de...." ¡Qué vergüenza, Dios mío! Y suelta el trapo a llorar. Elena, aspaventosa, le grita a la niña que se vaya lejos, que con ese amarillo le alborota la bilis. Como la luz de un cirio que se apaga, se apaga el entusiasmo de la niña. -Mamacita querida, remiéndeme más bien las mechitas viejas y éste me lo vende pa comprar uno nuevo. Las muchachas se burlan de mí. La señora la disuade diciéndole qué no haga caso; que Eulalia tiene el diablo adentro, y que Elena es una cismática; que le ofreciera a Dios la chacota, a El a quien vistieron de rey de burlas.... -Sus trenzas tan bonitas - continúa - no se las vaya a cortar. ¿Quién mete a piojo entre costura? Y usté es humilde como María Estrellita. -Y qué liace, mamá, que mi Dios me haiga hecho pobre, - replica la niña, ya convencida. Pero pídale harto a Santa Ana pa que a mí también me haga el milagro. El socorro llevó a casa de la viuda la tregua de Dios. El ánima de Don Pedro - ayuna de misas hacia buenos tiempos - tuvo una rezada, y las puertas de Doña Pastora se abrieron para la niña. |
