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¡Con qué cuidado tronchó la flor! Esa mañana olvidó contar los botones" muchos de los cuales mostraban ya la encarnada entraña. Como un rayo de luna sobre tristes ruinas quedó el clavel sobre el ahumado cuadro. De hinojos las dos las manos entrelazadas sobre el pecho y la mirada suplicante, rezan fervorosas: -"Santa Ana de Dios amada y de todos alegría". -"Sed siempre nuestra abogada" pues sos madre de María...." La madre se levantó convencida de que Santa Ana no desoiría a su hija y ésta de que le haría el milagro. De un salto se pone Sol en la cama y besando la borrosa imagen, le sopla lisonjera: -Estás muy hermosa con ese clavel. Toditicos son tuyos. Pero ya sabés.... Qué remedio, volver al trajín; para eso la habían soltado de la escuela. Clava la niña en el calabazo una mirada reveladora de profunda repugnancia. ¡Ella en la escuela, con amigas, y cargando aguamasas! Pero la buena de la imaginación le ayuda a llevar la carga soplándola con su sonador aleteo. A su mamá y a la muñeca les contaba lo que soñaba dormida. Soñaba estar en los exámenes hecha un brazo de mar, el salón colgado de dibujos y primorosas obras de mano; ella era examinada y contestaba a todo con voz firme y sin vacilaciones. -¿Por qué será - preguntaba a la madre - que dormida sé tántas cosas, y después, por más que brego, no puedo acordarme? -Eso es el ángel de la guarda que se las enseña, m'hija. Y a la muñeca le confiaba el gran secreto: El Dr. Jorge estaba allá, se reía con mí y me dijo que estaba muy sabida. ¡El regocijo de la niña el día que se encontró una moneda! -La vi relampaguciar, mamá, sobre una piedrita. Santa Ana que me la puso allí para que yo recoja pa mi camisón. -Eso no, hija; lo que uno se encuentra se lo debe llevar al Sr. Cura. A las niñas que no lo hacen se les aparta el ángel de la guarda. Vaya llévesela y dígale que usté se la encontró. Y regresó feliz: el Sr. Cura le había dicho - musitó al oído de la señora para que Eulalia no se percibiera - que le llevara la moneda a su mamá, y que no tuviera escrúpulos. La niña se complacía en comunicar, que ella se había encontrado una moneda de cinco pesos; que ya estaba en la escuela; que en Diciembre haría la primera comunión; que tenía una mata de clavel que echaba las flores más lindas del mundo y más "güelerosas". Muchos la felicitaban, prometiéndole regalo para el gran día. -Mamacita - le repetía a Doña Dolores - si viera todos los regalos que me van a hacer el día de mi primera comunión (y contaba en los dedos). Don Salvador, mi muñeca, uno; Doña Rosaura, dos; Faustinita, tres; Camila, cuatro.... Un montonón así, mamá. -¿Cuántas amanecidas faltan? ¿En qué mes estamos? Pues en Septiembre. ¿No vio el ocho la fiesta tan linda de las Hijas de María? -Yo ya no quiero ser Hija de María - replica desconsolada - con la señorita Tea allá.... Y volviendo al tema: -Antós faltan Octubre, Noviembre y tantos días de éste.... ¡Virgen ...! ¡Cuándo será ese cuando ...! Eso pa los del velorio, mamá. Otra de las preocupaciones de la niña era el premio. -Si me pelo, mamá, no me dan nada.... Récele harto a Santa Ana. Pero yo no me pelo. Vea" sí la línea reg....reg.... reta y la curva, y los puntos cardinales. Vea, por allá por el alto de la manga del Sr. Cura sale el sol, y es el Oriente, y la casa de Faustinita queda al Norte. Ella nos enseña que la tierra es redonda, mamá. (Se queda pensativa). Yo, si me preguntan digo que sí, pero yo no soy boba pa crer. En arismética sí me luzco porque sé escribir unas cantidades grandototas, de millones y todo.... Faustinita me da premios cada rato y me apunta notas buenas. No tengo ni una fallita.... Ya ve todos los pesos que me ha dao de premio. Y el otro día que dijo que pusiéramos ejemplo de cosas perfumadas, yo levanté el dedo y dije: "el clavel de mi casa". Faustinita se rió y me dijo: Ah linda.... Mamá, yo quiero mucho a Faustinita, iiii.... ; la quiero como de aquí al cielo.... Faustinita le había dicho muchas veces: "Te has lucido mucho hoy, camína vamos a tomar el algo a casa". A trueque de una costura, le dijo un día: "tienes manos de ángel, tóma estos cinco pesos, para que cómpres confites, pero no te los vayas a comer de una asentada, porque te hacen daño". -Y yo se los dí a uste, mamá, apuesto diaque ya no se acuerda. -Cómo no, hija, si por esos cinco pesos comimos algo ese día. -Si no tuviéramos que comer, mamá, ya había comprao yo mi muselina, y tal vez me habría sobrao pa unas boticas. Y la señora que veía en las atenciones de la maestra a Sol un medio delicado de socorrerla, solía exclamar: -A Faustinita se la va a llevar mi Dios con trapitos y todo. La maestra por su lado, haciéndose lenguas de su nueva discípula: que prometía mucho; que en lo inteligente nadie le ponía el pie adelante; que su aprovechamiento prodigioso era prueba de no andar errados los que opinan que antes de los diez años no deben mandarse los niños a la escuela. -Me voy a lucir con Sol en los exámenes, allá lo verán; pues todos saben que entró hecha un animalito ahora el primero de Agosto.... Es tan suave esa niña, tan buena, que yo misma tengo que agradecerle. Las niñas se encantan oyéndole contar el cuento de María Estrellita. Lo cuenta tan querida que yo no me encanto menos. Me he aprovechado de él para corregir a las tremendas y desaplicadas. Y créanmelo que he conseguido mucho. La amenaza de que les puede salir un cacho en la frente las aterra. Decir alguna que no cree en María Cachona es motivo de escándalo y de queja. Y hablaba de beca: los servicios de Don Pedro al Municipio; Doña Dolores, que cuando la fortuna le sonreía, era la madre de los pobres y bondadosa como ninguna, el lustre de la familia, la miseria en que había venido a parar, las cualidades de la niña, todo la hacía acreedora, más que ninguna otra, a ese beneficio. -Hay que mover cielo y tierra - le repetía a Da Dolores - El Sr. Cura, el Inspector Local, Don Salvador, todos se interesarán. Así la maestra llevaba al atribulado ánimo de la viuda la dulce esperanza de mejores días. Doña Dolores acariciando aquella idea: Sol de maestra! Por poco que fuera el sueldo, sería para ella el hallazgo de un tesoro; ya podía morirse tranquila sin pensar que dejaba a sus pobres hijas sin amparo.... "Santa Ana de mi vida, vos sabrés". Otro de los temas de la niña era su traje. -Ah bueno, mamacita, si Santa Ana la socorriera ligero pa que me comprara mi traje. Es que me reviento, mamá.... Tal vez si uste le diera el marrano. -Allá verá m'hija, cómo el día menos pensado; si Santa Ana no es interesada! A mí ya me hizo dos milagros: usté no me pegó cuando quebré la sopera, y me dentró a la escuela. Si me mandara ligero mi camisón hasta me la comía de alegre.... Y tal vez blanco será mejor, mamá, que me sirva pa todo, pa la primera comunión y pa ir a los exámenes. -Blanco no se lo dejo hacer - contestaba la señora como sí se tratara de cosa hecha - encubridorcito, m'hija le queda muy bonito.... Si usté es pobre. -¿Pero botas sí no hay ni bamba; no? -¡Usté está loca? Ya iban andando los días de Octubre. Sol sale de la escuela y se dirige a su casa a más correr, llevando un pequeño lío. -¡Mi traje! - grita en llegando - ¡mi traje que me dio Faustinita! ¡Véanlo.... más lindo! Tánta era la locura que en la casa temieron que el vino hubiera vuelto a hacer de las suyas. La maestra que sabía de los anhelos de la niña, le dio el traje de los que el Municipio destina a escolares pobres; pero se lo ocultó, diciéndole que era el premio debido a su formalidad. La niña no se cansaba de admirar la humilde tela, la contemplaba de cerca y de lejos, la desdoblaba, la olía, asegura no desteñir. Por fin se realizaba ese deseo, traje nuevo, de ella, sin que otro lo hubiera lucido, sin que nadie se lo enrostrara ni le hiciera chacota.... y color de crema con flores de lila.... Doña Pastora se lo cortaría, la niña le pagaría en mandados. ¡Cómo iba a cuidarlo! Lo guardaría en el baúl de su mamá. En el apartamiento del muñequero le preguntaba a la muñeca: "¿Qué irá a decir el doctor? querida". Tratando en balde de esconder su alegría, suplica a la modista que se lo corte. La modista exige en pago muchos mandados, muchos viajes de tierra, de esa en que Sol había sembrado el clavel, que la señora aunque a su pesar declaraba que el de la niña había florecido más hermoso. ¡Qué iba a regatear la inocente criatura¡ Indicando con timidez un figurín se atreve ésta a insinuar. -Vea, misiá Pastora, así como este tan bonito. -Bonita quedabas, descalza y tan flacucha - vocifera la desabrida modista - con esos pliegues.... y tampoco hay tela! La niña no insiste. Cortado por la señora, de cualquier modo le quedaría bien. Y siempre buscando pretexto para ir a ver si ya la modista le había puesto mano. Y la agriada señora indiferente a aquellas ansias; que mañana; que ese otro día; que no había afán. Y Sol, en el potro de la paciencia. La niña no podía concebir ese traje sin banda. La pícara de la imaginación, siempre cual diablillo tentador, reproduciéndoselo con aquella cinta anudada a la cintura, y aquellas colas mecidas por el viento. ¿Qué podría dar ella por esa banda? Una mañana el clavel amaneció como un ramillete de encendidas flores bordado de gotas de rocío que tiritaban y caían. ¡Tántos claveles....! Santa Ana iba a encantarse. Y los claveles se marchitaron, y los pétalos se desgranaron mustios cual lágrimas de virgen engañada. Abrieron otros, y aquella banda escarabajeando en la quimérica imaginación de la criatura. Para mayor tormento, un buhonero se le atraviesa en su camino. Entre la mar de chucherías, la soñada cinta a veinte pesos vara. Sol no puede aguantarse. -El le fía, mamacita querida, dígale y verá. El se la fía hasta que venda el marrano. Tánto suplicó la niña, tan vehemente era la expresión de su deseo, que el checherero hizo causa común con ella para obligar a Doña Dolores a contraer la deuda. La resistencia de ésta era prueba de honradez, y el cochino, buena finca. Al amor de madre se unía en Doña Dolores, allá en lontananza, la visión de la futura maestra. Sol iba a ser el apoyo de su vejez, el amparo de sus hijas.... Imposible resistir. La niña envuelve y desenvuelve aquella cinta. ¡Aquellos visos, aquel fugaz relampagueo iba ella a lucirlos! La mira y remira, así como el poeta lee y relee la estrofa que suena con la armonía soñada. La engañifa del agua negra fue el almuerzo de Sol ese día. El hombre, cual bestia en celo, ruge al ver un muchacho - un leñador vestido de guiñapos - que, sentado en la puerta de la pulpería de Bárbara, devora plátanos a mordiscos. Cintas y perendengues vuelan de la imaginación de la soñadora. Se pára, se queda en pie mirando al granuja con el ojo triste del perro hambriento. El, indiferente, enguye y enguye voraz. Las doradas cáscaras esparcidas por el suelo excitan inclementes el apetito de la infeliz. Amaga recogerlas; se detiene, vacila; ¡podían verla! Siglos le parecen los instantes que el goloso tarda en retirarse. Temerosa, cual si se tratase de la ejecución de horrendo crimen, las apaña, las roe vigilante y esconde los residuos.... Ya los exámenes estaban encima, y la primera comunión les seguiría. Había que estudiar mucho, tánto, que la maestra abría la escuela una hora antes de la reglamentaria, y la niña madrugaba más que de costumbre. Era el 2 de Noviembre. Las nubes caían sobre la tierra, la envolvían en un sudario ceniciento y la empapaba una llovizna tenaz empujada por soplos tan helados que calaban los huesos. Ni el piar de un pajarito, ni un clavel en la aterida mata. Reverentes las campanas saludaron a María, y con doble lastimero plañían la oración por los difuntos. El gotear, un gotear monótono y triste, hacía dúo al doble lastimero. Sol, emparamada, se recoge cruzando los bracitos sobre el pecho, y suplica a su madre que no se levante. Pero Doña Dolores, que no tenía "un medio partido por la mitad" para mandarles cantar responsos a su marido y a las almas de sus deudos, tenía que comulgar y oírse todas las misas. Y todos en el pueblo, como Doña Dolores, desafían la llovizna y las encharcadas calles para acudir a la iglesia. Ese doble lastimero era el reclamo de las almas que padecen las penas del Purgatorio. La dormida memoria de los que hicieron el misterioso viaje, despierta dulce y compasiva. Acude la multitud al banquete eucarístico, olvidada de sus propios dolores. En el pecho, Dios, y en la mano, pasando las cuentas, el rosario, ese crucífero que es un tesoro de indulgencias.... Todo por las ánimas en pena. A la triste mañana sucede una tarde serena. -Bendito sea Dios - se oía por todas partes - pues ya que las ánimas no tuvieron su misa en el cementerio, siquiera van a tener sus responsos. El doble lastimero llama a la procesión. Todo viste luto: la cruz alta, el sacerdote, los monagos; la reverente multitud. Al volver de una esquina se ve el cementerio allá al pie de la falda: un cuadrado de paredes que la intemperie ennegreció; cruces, que claman esperanza; bóvedas de ladrillo; que gritan vanidad; yerbajos, que dicen abandono; arbustos y flores, que cantan recuerdos, soledad y silencio, que murmuran paz. La puerta de fúnebre enrejado con el escudo de la muerte - una calavera entre dos tibias - gira pesada y muda. Cada cual va en busca de la huesa de su cariño y ofrenda flores y reza. El rumor fervoroso de la súplica se percibe como un gemido.... Y las cruces y las bóvedas desamparadas mueven a compasión.... y manos caritativas las desnudan de las hebras rutilantes que enredó la araña, de los musgos y de las escamas de rizado liquen, con que el olvido, piadoso, las adornó callado y lento. Da. Dolores perfuma la fosa de su marido con un tiesto de violetas blancas. La niña, posando una mano en el hombro de su madre, le dice: -Mamá, a mí lo que me trae es una mata del clavel. Como si no la hubiese oído, la señora se ocupa en podar el olivo, que, formándole dosel, defendía a la cruz de la intemperie. Un tominejo piando tristemente salta y revolotea al rededor de la sepultura. Sol, señalando el nido que se escondía entre el follaje del arbusto sagrado, suplica im-paciente: -Mamá, mamá, apártese, que aborrece los pichoncitos El tenue roce de las hojas y el piar de los polluelos anuncian el regreso de la temerosa avecilla al lado de sus hijos. La niña oye el delicado arrullo y atisba embelesada lo que pasa en el secreto del nido. Doña Dolores, persignándose, abre la ajada novena de las ánimas, esa novena que ella se sabía de memoria. Las voces de la madre y de la hija forman en aquel coro, en aquella como canturria fervorosa, en que los vivos sirviendo de lengua a los difuntos, suplican y se quejan: "¡Ay de mí¡ Ay Dios inmenso" Hijo ingrato que paseas Atiénde y míra cristiano Lastimados se oprimen los corazones, y los ojos se empapan de lágrimas. La tarde se muere arrebujada en neblinas. Brilla un lucero solitario con brillo de pupila lacrimosa, y la media luna, como un broche empañado. Una luz lánguida y fría, esmalta la pátina de las bóvedas; va al osario y cobija misericordiosa los huesos que allí yacen revueltos y olvidados; baja por las grietas y besa compasiva a los que allí duermen devorados por el tenaz roer de los gusanos. Fingen sombras suplicantes los devotos que no cesan de rezar, y el sacerdote, envuelto en la negra capa, donde relucen en blanco relieve el libro apocalíptico y el divino Cordero, que, alumbrado por amarillentos cirios, va cantando de tumba en tumba. El llanto incesante de las campanas va por los aires siempre lastimero. El melódium solloza y confunde sus sollozos con las plegarias que parecen salir de las descarnadas bocas de los muertos. Al pasar por las flores que cobijan los restos de Don Pedro, Don Salvador, que va a zaga del sacerdote, ve de rodillas a la madre y a la hija. El sabe de su miseria y de ese amor de la señora a la memoria de su esposo. -Dolores - dice en voz baja, deteniéndose y dejando caer un billete en el cesto que lleva un monago - por el alma de Pedro. Doña Dolores le da las gracias con una triste mirada. El sacerdote y el coro, en la lengua litúrgica, cantan y lloran con Job: "Yo sé que mi Redentor está vivo; sé que resucitaré del polvo de la tierra en el día último, y que de nuevo seré rodeado de mi piel; yo sé que veré a mi Dios en mi propia carne.... Kyrie, eleisón. Tomando el hisopo de plata, el sacerdote ordena: Pater noster Apagado murmullo arrulla a la muda sepultura, y el agua bendita la salpica. Torna el sollozar del coro, torna, gemebunda, la salmodia del sacerdote: 'Inclina, Señor, tu oreja a nuestras preces.... "Requiescat in pace". El lugar, la lúgubre escena, la fúnebre salmodia, la penumbra misteriosa, el roce frío de perezoso viento, toda aviva el fervor y sobrecoge el ánimo. Poco a poco, despaciosamente, y musitando oraciones, se van alejando los devotos. Da Dolores y Sol, entre los últimos. La fúnebre puerta se cierra, y vuelve al cementerio el silencio pavoroso, y vuelve la soledad.... Las flores lo perfuman, lo baña la luz mortecina de la luna, que extiende y alarga sobre el hollado suelo la sombra de las cruces. Soplan, y van lentas, ráfagas heladas que hacen tiritar la fronda, fingiendo aquí susurro de oraciones y allá suspiros de almas que padecen. De cuando en cuando brilla una luciérnaga, que es para el pueblo ánima agradecida, y se oye de cuando en cuando el ominoso canto del currucutú. Es alta noche; la luna se ha ocultado; todo yace en tinieblas; la llovizna es igual y constante. Por las solitarias calles del pueblo se oye de trecho entrecho el sonido de un esquilón, y una voz cavernosa que pide: "Un padrenuestro por las benditas ánimas del pulgatorio". Es un hombre todo arrebujado y alumbrado por una linterna sorda, que cumple piadoso voto. Doña Dolores despierta a sus hijas para atender al triste reclamo, y bostezando rezan. La cavatina de los gallos anuncia el amanecer. Doña Dolores siente que Sol tiembla. ¿Qué tiene, hija, tiene frío? - le pregunta tocándole la frente con la palma de la mano y las mejillas con el dorso. La niña, dando diente con diente, contesta que sí, y mucho miedo del animero, y de morirse y de que la dejen sola en el cementerio. Al frío sucede el ardor de la calentura. -Está que quema, anuncia Doña Dolores. La gripa que está haciendo tánta leña. La niña no atiende a lo que le dicen, y habla de muertos que se la van a llevar, de la muñeca, de la primera comunión.... -Ya está disvariando - grita la madre llevándose las manos a la cabeza ¡qué hago yo, Dios mío! Elena refunfuña que eso no; que se acuerden de los escalofríos que le dan a ella, de los sofocos. El segundo día la niña amaneció sin fiebre, y quiere levantarse para ir a la escuela. -Me apuntan falla, mamacita, y pierdo mi premio. ¡Qué dirá Faustinital Pero la fiebre y el delirio no tardaron en volver. La madre, más confundida que antes, ahora pensando en el fantasma del tifo, exclama: -Y ni para qué pensar en médico; con qué cara; si ni visitas, ni medicamentos se le han pagado nunca. A Eulalia, contagiada de los temores de su madre, le escarabajea una mariposa negra que encontró posada en el cuadro de Santa Ana el día de difuntos. Recuerda haberle oído contar a su mamá que la muerte de Da María del Pilar había sido anunciada por un animalejo de esa especie.... El doctor, mandado por Doña Rosaura, fue. Sol, cual un gatico manso, se prestó al minucioso examen, que fue para ella deleitosa caricia. El muñequero y la banda fueron trasladados a la cama de la enfermita, por antojo de ésta. Y la muñeca oyó la amistosa confidencia: el doctor le dijo china hermosa, le puso la cabeza en el pecho y en la espalda, la pulsó, le abrió los ojos, le posó el dedo en la lengua, y tan cariñoso que le mandó respirar ligero, con fuerza y que contara hasta diez. Si le hubiera mandado contar más, ella que sabía escribir millones y trillones.... La muñeca tuvo la promesa de un pedacito de la cinta para que se engalanara, y oyó la sentencia fatal, sin inmutarse, como el fanático mahometano que sabe que su sino se cumple: -Cuando Don Salvador me dé mi muñeca, usté va a ser la dentrodera, aoye. -Hay mucho qué hacerle - dijo el médico después del examen. Y pensó: "Neumonía en la cima del pulmón en una niña tan débil...." El corazón de la madre leyó el peligro al través de la impasibilidad profesional, y de rodillas al pie del cuadro de Santa Ana se la entregó a Dios. La noche del sábado, quinto de la enfermedad, por no tener tareas al día siguiente, la maestra veló al lado de su querida discípula. Con su aristocrática mano y amorosa delicadeza, llevaba a los tostados labios de la niña un clavel empapado en agua de lluvia; la acariciaba llamándola María Estrellita y hablándole de los exámenes, del permiso, de sus arreos, de la primera comunión. La niña que parecía un escuerzo, oprimida, las mejillas teñidas de ligeros arreboles, fijaba en su ángel bueno una mirada intensa, esa mirada angustiosa de la asfixia, tratando de sonreír. Se oye allá lejos la voz del esquilón y la cavernosa del devoto. La niña busca la mano de su dulce enfermera. Se está enfriando, cuchichea ésta al oído de Doña Dolores. La cabeza le arde, pero los pies y las manitas están yertos. Se le va el pulso y le vuelve muy irregular; muy despacioso a ratos y como loco después... Señora, es un ángel que el cielo reclama, tartamudea bañada en lágrimas. La madre se levanta, secos los ojos, pálida, serena, espectral. Por un instante clava la mirada en su hija, la bendice muda y muda se inclina. La niña siente que la besan en silencio, y percibe que le dicen quedo, muy quedo: "Hasta luego, hija de mi alma..." De repente la enfermita se incorpora, anhelante. Ese anhelar angustioso va apagándose.... apagándose.... se apaga.... Ciérranse los lívidos y entreabiertos labios; caen los párpados; dos lágrimas temblorosas se enredan en las pestañas, así como en las alegres mañanas las gotas de rocío en los estambres de las flores. Duerme con una placidez.... Ya le vistieron la bata color de crema y le ciñeron la banda color de lila, la coronaron de flores. Era una nube de tules la caja que le mandó el doctor, donde la acostaron rígida. El sepulturero cavó un hoyo muy negro que la recibió en su seno, y la cobijó con paladas de tierra que sonaban lúgubres. La dejaron sola. Al pie de su pobre crucecita, allá cabe la fosa de su padre, se renueva un clavel encarnado que se salpica de rocío, que regala a las brisas su perfume y al tominejo dulce miel....
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