EL DOCTOR TÉMIS

PARTE PRIMERA

CAPITULO I

EL HUÉSPED

TRATABASE en una poblacion poco distante de la capital, de hacer con magnificencia, en uno de los últimos amos, las fiestas con que se debia celebrar el Santo Patrono, del que era mui devoto el vecindario; i aunque la festividad no habla de tener lugar hasta despees de uno o dos meses, ya se ocupaban de ella la mayor parte de los vecinos, de tal modo, que no solamente no se hablaba entre ellos de otra cosa, sino que tambien empezaban a acordarse de antemano las providencias necesarias a fin de que aquella vez fuesen tan lucidas las fiestas, que se estableciera como costumbre en Bogotá, el concurrir a ellas en los años posteriores.

Bien se deja considerar que lo primero que los ocupó, i el asunto que con mas gusto i actividad comenzaron a arreglar, fué la distribución de un impuesto, que debía llamarse voluntario, sobre todos los vecinos, con escepcion únicamente de los que tenias Ya sobre si el gravámen de imponerlo: que al efecto se organizó una comision en Calidad de Consejo irle hacienda, encargada de repartir con arreglo a los principios, el continjente del impuesto: que despues de varias sesiones en que muchas doctrinas económicas de la materia fueron discutidas acaloradamente, en público i con toda la táctica parlamentaria a que se habitúa el ciudadano bajo los Gobiernos representativos; resolvieron dividirla contribución en. dinero i en especie, nombrándose el recaudador que debia llevar a efecto una i otra, i que por un olvido, naturalmente involuntario, quedó relevado irle la obligacion de rendir cuentas, al ménos en sesion pública.

Mas, concluido todo esto, otra de las cosas que algunos de los vecinos principales hicieron en preparativo de las fiestas, i sin duda, la que a un gran número agradaba menos; fué convidar anticipadamente a varios cae sus amigos residentes de la ciudad i en los distritos circunvecinos. No podía, esperarse, sinembargo, que el concurso fuese mui abundante, si solo habia de componerse de estos convidados, aun suponiendo, como se debe, que muchos aceptasen; pero no se ignoraba allí que lo mas importante i ménos gravoso para todos, era únicamente la propagacion de la voz que anunciase las fiestas con grande aparato; pues que siendo esto lo que jeneralmente atrae las gentes a un lugar mas bien que a otro, sin necesidad de invitacion especial; apènas era indispensable hacer algunos convites que en jeneral, no tenias por móvil ni el afecto ni la jenerosidad, sino que se dirijian al objeto final de lograr una crecida inmigracion temporal, mui útil por las especulaciones que debia proporcionar a los vecinos, siquiera durante ocho dias.

El que prodigó mayor número de convites fue el Alcalde de la parroquia, que lo era entónces D. Alejo Gotera, hombre mui respetable en el distrito por su aire de dignidad   lugareña, i por la importancia que le daba, además de su caudal, la estrecha amistad que mantenía en Bogotá con personas de alto rango, las que no tanto por el mérito intrínseco de D. Alejo cultivaban con él sus relaciones, cuanto por el interes de obtener a virtud de ellas, cierta influencia que les convenía ejercer en cada localidad, i que acaso no alpauzaban a sostener sino a favor de un órgano a quien para ello tenian que adular en cierto modo, apelar del poco, aprecio con que en realidad lo miraban, i de la humillacion a que los sujetaba la familiaridad que les era indispensable soportar en su trato cuando venia a la ciudad: familiaridad que por desgracia era tan de esquisito gusto para D. Alejo, que se vanagloriaba de ella continuamente en su tierra; lo que le habia valido ya, no tanto el hacerlo dueño de una gran consideracion, cuanto el inspirar cierta especie de temor a su poder. Asi era que su lejana casa, blanqueando desde una colina, llamaba con respeto las atencion de los parroquianos, como se hacían respetar desde lèjos los palacios de los Señores feudales, o el templo de la Meca.

Las hijas de D. Alejo, calzadas ¡vestidas de zaraza aun en los días de trabajo, pasaban en el lugar por una aristocracia de lujo, por gana réjia comitiva, si no de buen tono, de buen orgullo cuando menos. Todos los Domingos por la mañana se veían en uno de los ángulos de la plaza, atados a los pilares de cualquiera de las casas, como si todas estuviesen sometidas igualmente a este vasallaje, los hermosos caballos en que la gran familia venia a oír misa a la iglesia parroquial, adornados todo; especialmente el de la esposa de D. Alejo, con sus jaquimones cubiertos de chapas de plata, ajuar correspondiente a las cantoneras de los cómodos sillones de las Señoras, unos forrados en terciopelo color cíe violeta, otros en fino paño de grana, pero todos galoneados ricamente. Las jóvenes de la familia, cuyos cuerpos perfectamente cilindricos, iban siempre vestidos con camisones verdes o colorados; daban vuelta por la plaza, despues de haber oido la misa; i se entretenían allí largo rato en galanterías con los varones mas distinguidos del vecindario, ó en comprar de los diferentes artículos que constituían el pequeño comercio del lugar, cuya plaza era un emporio abierto solamente los domingos por dos o tres horas.

Alli fue donde inició su amistad con la familia de D. Alejo, D. Juan de Oliva, una vez que estuvo de tránsito en aquel pueblo. Como era Bogotano i en estremo franco i galan, pues que toda su vida la habia pasado en el celibato, tenia propension a dirijirse a las damas, particularmente a las de aldea, i usaba de tanta afabilidad con ellas; que en un momento se ganó el cariño de todas las hijas i aun el de la esposa de D. Alejo.

Santiago, el hijo mayor de este; aunque mui jóven respecto de D. Juan; contrajo tambien con él estrecha amistad i una pronta familiaridad e intima confianza; porque D. Juan gustaba mucho de la sociedad de los jóvenes, en razon de que así creía eludir algun tanto las intimaciones de la edad, i porque naturalmente amaba i respetaba la juventud, por cuanto se imajinaba en ella, con gratas esperanzas, la patria futura. Además Santiago era de suyo un mozo mui agradable por su jénio pronto, su natural talento i su buena fe, adornado todo con un poco de cultura que la circunstancia feliz de haber sido en su niñez, como hijo de D. Alejo, el favorito del maestro de escuela, le había proporcionado hasta el grado de enzeñárle algo de música, aunque concretada a la guitarra i solo para cuando se le ofreciera en las tertulias de la estancia.

Si D. Alejo era respetado, Santiago era mui querido de todos, hasta el estremo de que varias calaveradas en que una que otra vez lo habia hecho incurrir su precipitación, habian sido celebradla, obrando mas bien como objeto de diversion, que como causa de aborrecimiento; porque nunca habian pasado de una pequeñez, habían sido tan naturales i se tenia tanta seguridad de la enmienda ,que no se hacia caso de ellas. Ya había tambien desempeñado algunos cargos de los que le permitia su poca edad, i ejercidolos con tanta pureza i honradez, que D. Alejo i todos los vecinos que veían en este jóven un hombre de bien, se prometían de él mucho con el tiempo, para el progreso del lugar.

No habiendo estado jamas en Bogotá, i teniendo un deseo mui vivo de conocer esta ciudad, quiso aprovechar la ocasion que para ello le brindaban los preparativos de las fiestas, i el estar D. Alejo mui ocupado en las graves funciones de su empleo; por cuya razon, no pudiendo venir por sí mismo a comprar varias cosas indispensables para la familia i a convidar algunos amigos, entre los cuales se contaba D. Juan, a quien estimaba mucho; resolvió encargar a Santiago de esta comision.

Un día, pues, estando aquel solo en su cuarto, se le apareció Santiago, no como al Rei Ramiro, montado en su caballo blanco, con su espada i su estandarte, sino en una mula negra con su arreador i su ruana, Era un domingo por la tarde cuando sucedió este advenimiento de Santiago, quien sin prévio anuncio ni otra formalidad, venia a alojarse en la casa de D. Juan, por haber temido. segun le aseguró repetidas veces despues de los primeros cumplimientos, causarle un grave pesar al preferir para hospedarse, otra casa de las muchas con que estaba comprometido al alojamiento. No era esto, tal vez, culpa de D. Juan, que bastante habia hecho con no dar nunca motivo para que se le creyese tan intolerante. Pero procediendo en consecuencia a corresponder como era debido a la predileccion que le mostraba Santiago, i que en este caso era por otra parte mui real i sincera, lo aceptó con sumo placer en su casa, apesar de no ser la mas propia para tal efecto, porque viviendo, como vivía, enteramente solo, no le era fácil obsequiar satisfactoriamente a su huésped.

Eran ellos, sinembargo, de grande confianza, como se ha dicho; lo que alentó a D. Juan con la esperanza de que le fuesen disimuladas las faltas que podían notarse; en cuya virtud se apresuró a dictar las órdenes convenientes para llenar del mejor modo posible los deberes de la hospitalidad, al mismo tiempo que comenzó a ver, con no mucho gusto, los estrechos corredores de su casa cubiertos de cargas i trajinados por una multitud de pajes que decoraban con un cotraste grotesco la escena a veces romántica i jeneralmete sombría del que vive solitario.

Ya que hubo Santiago desensillado su mula para ensillar en lugar suyo un hermoso baul de D. Juan; hecho desalbardar las bestias de carga para enalbardar las barandas, i quitádose los utensilios de camino para engalanar con ellos una de las columnas; se sentó a descanzar en un sofá, entrando en conversation seguida con D. Juan, que sentado a su lado le atendía, aunque no podía ménos de verse obligado frecuentemente a dejarlo por cortos momentos, a fin de dar alguna órden para improvisar un refresco oportuno; con cuyo motivo hizo venir a la casa una vieja de la vecindad, no queriendo introducir una moza; porque tenia sus razones para .juzgar a Santiago un poco susceptible.

Estói mui ansioso, mi querido D. Juan, de conocer pronto a todo Bogotá, decía Santiago acercándose a la ventana que daba a la calle i cuyos bastidores trataba de abrir.

-Temo, repuso D. Juan, que el resultado no deje mui contenta su curiosidad; o diré mejor, que la satisfaccion de su curiosidad no lo deje a U. mui contento: porque Bogotá, añadió, carece, segun dicen, de todo cuanto es digno de llamar la atencion. Aquí no hai, artes, no hai riqueza, no hai espectàculos... , no hai nada.

-Pero al mènos, dijo Santiago, todos convienen en que para un habitante de aldea siempre ofrece Bogotá mucho de interesante; i en ese caso, creo que yo, como cualquier otro forastero, habré de quedar mui satisfecho.

-Como U. ha estado ya en otras poblaciones un poco adelantadas, es posible que lo interesante que pueda haber aquí, disminuya mucho a sus ojos.

-No Sr. continuó Santiago: me atengo a lo que dicen los otros; que siempre hai mucho de curioso en Bogotá para un habitante del campo.

-Puede ser, contestó D. Juan acercàndose tambien a la ventana; i me ha de creer U. que hai ocasiones en que me da tentation de atreverme a añadir que quizá igualmente pudiera haberlo para un ojo poético, filosófico, político o moral. 

-De eso dicen que hai mucho en Bogotá, repuso Santiago es una ciudad célebre por la escesiva abundancia que gota, a lo ménos de ojos políticos i poéticos, que sin duda tendrán mucho que ver en esta tierra; pero no son de esos los míos que ùnicamente ven lo material. En efeto, continuó despues de haber abierto el bastidor i mirado a la calle no obstante la ancha ala de su sombrero que se doblaba contra los balaustres al esforzarse por abrazar con su mirada la mayor estencion posible: lo que es en esta calle, no hai mas que casas bajas, i a decir verdad, no se ven aquí mas frontispicios que los que se ven del lado de la iglesia en la plaza de mi parroquia.

-Por allá hácia el centro, dijo D. Juan, ya verá U. algo de eso, sinembargo de que en jeneral hai mayor número de casas bajas i malas del que U. supone; i eso lo que quiere decir es que Bogotá está colocada respecto de arquitectura, en el rango mdedesto que tanto se recomendaba a la antiguó Salento. ¿ Qué importancia, pues, tendrá esta ciudad a los ojos de los que tan solo se limitan a medir la altura de los edificios, a contar los dentellones de una cornisa o a mirarse én el mármol de una pared ?

-Sinembargo, contestò Santiago, yo sostengo que me gustaría mucho ver todo eso en una ciudad; porque sino se va a ella a otra cosa que a ver hombres, estos los hai donde quiera i siempre se ha dicho que todos son lo mismo. Por eso cuando alguno viene de Europa, de lo que me gusta mas oirlo hablar es de los edificios, i entónces tambien es cuando me inspira mas curiosidad.

-Con todo, dijo D. Juan, debe tenerse presente que en eso suele usarse un poco de ponderacion.

-Es verdad, añadió Santiago; pues no seria mucho que hallándonos a tanta distáncianos pintasen mal las cosas, cuando de aquí a mi tierra no mas, he sufrido ya un engaño acerca de Bogota. Ahora al entrar venia yo por la alameda, pensando en que si de allí me hubiera vuelto para mi casa, ya llevaba alguna idea con que desmentir una de esas exajeraciones que me tenia engañado a mí mismo, pudiendo hacer ver que la alameda de Bogotá es una alameda sin álamos, pues por mas que rejistré no vi uno solo.

-¡Vaya! esclamó D. Juan: así pudiera U. decir muchas cosas semejantes; pues eso todo depende del jénio dé las lenguas modernas.

-Pues bien, repuso Santiago; para evitar ese engaño del jénio de las lenguas, que como acabamos de ver, es un jénio que apoya i protege mucho la exajeracion de los viajeros, me atengo mas bien a lo material, porque siquiera puedé verse pintado ¡destruir así las dudas, como me sucedió el otro día con un palacio de las Tuillerias i una catedral de Burgos que vi en unas láminas que exitan el deseo de viajar de un modo casi irresistible.

-¡Qué quiere U ! En esas viejas ciudades del continente antiguo esto debe ser naturalmente lo que mas llama la atencion, en especialidad a algunos hombres de nuestras poblaciones. Con todo para mí tengo que este nuevo mundo puede ofrcer en otro órden espectáculos tambien mui grandiosos i admirables. Asi es que yo me ateveria a decir a un Viajero que quisiera admirar solamente lo material de la sociedad humana, que fuese al mundo antiguo, donde podria asombrarse delante de las torres mas elevadas i solemnes, marchar por los caminos mas cómodos, perderse en las ciudes mas populosas. Pero tambien hallaria alli los tronos mas soberbios, los ejércitos mas numerosos, el lujo mas arrogante: allí donde veria el refinamiento de la civilizacion; vería tambien las mujeres mas corrompidas, los jóvenes mas disolutos. Pero si quería igualmente contemplar lo bello i grande de la naturaleza orijinal, pasearía tambien este continente donde lo detendrian las rocas mas imponentes, donde se mecería sobre las concavidades mas pavorosas, i lo embriagarla cl perfume de una ve vejetacion inalterable que se burla delas estaciones. donde vería que las cordillera i los valles están habitados por hombres que ántes de conocer las proporciones de la arquitectura, ya saben debatir i sostener los principios de la libertad, de la nobleza i dignidad humanas; donde por todas partes ofrece la sociedad esa difícil e interesante crisis de la ignorancia a la ilustración, de la servidumbre a la libertad. ¿Qué sociedad humana puede presentar hoi mejor el espectáculo estupendo de todas las revoluciones en todas partes, en todas las cosas i a un mismo tiempo? ¿dónde se vé mejor el efecto del siglo; de este siglo que esta hablando en Europa, pero mirando i dirijiéndose a América? ¿ dónde, por consiguiente, puede sentirse mas que aquí ese movimiento reformador, tan osado i activo, que no se sabe de pronto donde la razon corrije, ni donde lucha o perece, o el error i la precipitacion pierden o extravían? En otras partes habrá además, costumbres curiosas i dignas de imita cien, no lo dudo; pero en pocas serán tan varias i contradictorias como aquí, principalmente en Bogotá, donde se ven a un tiempo mismo las qué nacen, las que ántes también existían i las que están muriendo; así es que vedlos costumbres en infancia, en vejez i en decrepitud. -Ahora, si siguiéramos en el órden político...

-No hablemos dé política, interrumpes Santiago, que tú a mi  ni a mi padre nos gusta gran cosa.

D. Juan notó entónces que su interlocutor no podía comprenderle quizà, el calor que manifestaba al hablar de una tierra que amaba con tanta ceguedad i qué valía para él mas que ninguna otra, en términos de esponerlo ese amor no solo a hacerle perder el tono familiar de la conversacion cuando hablaba de ella, sino tal vez a incurrir en algun error o exejeracion.

Santiago en efecto no había entendido bien por qué causa su amigó hablaba con tanta seriedad que casi parecía enojado; pero si alcanzó sinembargo, a formarse del conjunto de aquellos conceptos la sola idea de interés.

-Esos espectáculos de que U. hace mérito; le dijo, sin duda me agradarían, si yo pudiera observarlos con un interes de estrajero, para burlarme de lo ridículo i no asustarme de lo peligroso. Por tanto i en mi caso le aseguro que mas me gustaria que lo que U. pondera, fuesen los teatros, los bailes, los paseos, las orquestas...

-No falta un poco de todo eso, dijo D. Juan paseándose por el cuarto. I luego deteniéndose al frente de Santiago, quien ya rabia vuelto a tomar su asiento en el sofá, le hablaré de orquestas, añadió; i aun hago mas: lo convido a oír tina orquesta para, esta misma noche.

-¿ Para esta noche? ¿ dónde? preguntó Santiago levantándose para pasearse con D. Juan.

-Sí; para esta noche, contestó este: lo convido a lo que aquí llamamos la retreta.

-¿La retreta? He oído hablar de ella ¿Cónque eso es una orquesta?

-Si; lo mismo.

-Acepto, pues; i aunque en la cara le conozco a U. que piensa darme un chasco, como si la funcíon no valiera un grano de anís, ya he oído decir que es una funcion mui bonita : así es que apesar de estar, un poco cansado, le exijo que me lleve.

-Mui bien, repuso D. Juan; iremos a retreta, es cosa a la. que sea por hábito, sea por cualquira otro motivo, lo cierto es que nunca falto. U. sabe que siempre he sido aficionado a la música; es decir, aficionado a oírla, porque en cuanto a manejar algun instrumento soi lo mas inepto del mundo, aunque de muchacho me pusieron a aprender las cartillas de todos ellos.

La conversacion entre D. Juan i Santiago siguió sobre Juan música mientras llegaba la hora de refrescar, o mas bien mientras se les servia el refresco, pues la hora ya habia pasado.

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