CAPITULO XVII

LA ELECCION

DON JUAN i Santiago salieron juntos de la cárcel al momento mismo en que la procesion pasaba por la puerta: el concurso que solemnizaba este aparato relijioso, aunque abundante en jente del pueblo, era mui mediano en personas de clase mas elevada, porque a la sazon estaba reuniéndose gran número de ellas en la iglesia de Santo Domingo donde iba a verificarse la eleccion de que arriba se habló como de un asunto en estremo interesante para el desgraciado

D. Mateo. Este no iba en el acompañamiento, apesar de que esa rogativa, segun decían, era una de tantas plegarias que el día en que debe decidirse algun negocio politico de consideracion, hacen los devotos en la ciudad, no obstante las frecuentes lecciones con que la esperiencia les enseña no ser mui aceptables ante la providencia a quien se invoca, si los fines son torcidos.

Cuando Santiago al salir alzó la colcha que adornaba la puerta, lo primero que se ofreció a sus ojos, fué Juan Canció, quien por su figura singular, le llamó la atencion. Iba riéndose como acostumbraba i llevando el sombrero cojido con ambas manos, miraba curioso i admirado a todas partes, lo que le facilitó el notar inmediatamente la mirada burlona de Santiago, i correspondérsela con un saludo, haciéndole una cortesía i alzando lentamente la mano derecha, como para tocarse el sombrero, sin recordar que llevaba descubierta la cabeza. Muchas veces los incidentes mas insignificantes i que apenas pueden provocar una sonrisa, sirven para restablecer la jovialidad del corazon que la habia perdido por sucesos mui graves: tal es la frivolidad del hombre por fortuna suya, particularmente en la juventud. La urbanidad de Juan Cancio hizo, pues, olvidar en parte a Santiago i a D. Juan, el estado de molestia en que se hallaban a causa de Monterilla.

Para Santiago hubo todavía algo mas que contribuyó en el mismo sentido. A poca distancia de Juan Cancio venia Beatriz la hija de D. Mateo, con su mantilla i su hábito negro sobre el cual colgaba por delante un cinto de cordovan.

Era Beatriz tan bonita que Santiago se hubiera enamorado de ella a no estarlo ya de Baciliza, cúya correspondencia le parecía tan segura, que creía una perfidia cualquier afecto que sintiera por otra mujer. En consecuencia se limitó a desear tan solo uní mirada esperándola mui viva i afectuosa, porque ya estaba acostumbrado a recibir este favor respecto de algunas mujeres. Mas en esta vez se engañó mucho en tal esperanza, pues Beatriz no cuidándose de nadie, venia al lado de un Capellan a quien miraba atentamente los pliegues de la sobrepelliz que ella misma habia prensado, porque siendo aquel, por decirlo así, el Capellan de la familia, sus vestiduras sacerdotales estaban al cuidado de esta jóven, en cambio del que de su conciencia tenia escrupulosamente el Capellan. Así fué que no pensó en mirar a Santiago, entretenida solo en censurar en silencio el poco cuidado que de aquel ropaje parecía haber tenido el sacerdote i en oirle cantar el oficio que venia entonando con todo el jesto misacanto sin ocuparse al parecer, ni de Beatriz ni de las vestiduras.

Santiago se olvidó al fin de ella, distrayéndose con aquel el concurso que iba marchando sobre esa alfombra de flores, i entre una nube de incienso, con cierta especie de poesía para los corazones piadosos, i de ternura para los que consideran al hombre en los actos con que tributa como puede a su culto religioso.

Poco importaba esta procesion a D. Juan que solo deseaba acabase de pasar, para poder emprender sin obstáculo a camino a fin ir o buscar al Dr. Témis i a Emilio velarles la conversacion de Monterilla i ofrecerles al mismo tiempo los servicios de la amistad. Mas le fué precisó aguardar hasta que pasó el último músico i se hizo ménos compacto el séquito de la procesion.

Apénas se desembarazaron de este obstáculo se fueron para : Santo Domingo.

Desde la esquina de la plaza alcanzaron a ver a Enrique que con otros jóvenes se dirija para aquella iglesia; él a su vez los vió también, i en tal virtud los aguardó para todos juntos.

-Van UU. para Santo Domingo? preguntó Enrique dándole el brazo a D. Juan, i siguiendo con él.

Sr.: voi a buscar al Dr., Témis que supongo estará allí i a quien tengo que hablar con mucha urjencia.

-¿Con el Dr. Témis? preguntó Enrique

-Si, Sr. con él. Voi a buscarlo i a ofrecerle mi cooperacion si puede servirle de algo en el negocio de las cartas que U. presenció el otro día en casa: del Sr. Osman -Creo que a Emilio le irá mui mal en ese asunto, Enrique porque lo he visto esta mañana escesivemente abatido.

-¿Sí? ¿Dónde lo vió U.?

-Por la calle, mui temprano...

-¿ I hablaron sobre ese asunto?

-Ni sobre ese, ni sobre ;otro alguno; pues U. sabe que Emilio me aborrece, seguramente porque Adelaida me quiere.

-Bien.-: pero ¿ por qué cree U. le vaya mal a este jóven en el asunto del Mordedor ?

-¿ Yo...? dijo Enrique un poco embarazado. Yo no se bien por qué: sin embargo Monterilla le es bastante temible , i dice que tiene armas horribles para combatirlo. Con todo, repito que nada sé, i aun suplico a U. Que si llegaren a sospechar que yo soi quien ha contado lo acaecido, procure defenderme.

-¿ Por qué teme U. eso? dijo D. Juan mui alarmado.

-Porque...... ya ve U.: la ribalidad con Emilio...

-Pero yo creo que U. nunca seria capaz de una traicion semejante.

-Yo ahora solo me ocupo de la patria; de modo que lo único que llama mi atencion, es la eleccion que va a verificarse i en la que tengo muchas esperanzas.

-¿De veras hai esperanzas?

-No solo esperanzas, sino seguridad fundada.

-¿ Pero en qué ? ¿ Se sabe algo de nuevo o en el asunto, pues tanta confianza tiene U. de un triunfo tan difícil?

-Qué mas puede saberse que el abatimiento manifestado por los del partido opuesto? ¿No es una prueba infalible de que están perdidos?

-¡ Oh! eso no me parece bastante, Enrique. -A mí sí: quizá sea poco para U., porque como hai sospechas de que no es mui entusiasta...

En esto llegaron a la iglesia de Santo Domingo. Ya era tan abundante el concurso, que los recien venidos no pudieron hallar un punto ventajoso para colocarse i observar el escrutinio. El pálpito contenia media docena de espectadores tan ufanos del sitio preferente a que habían conseguido elevarse, que no parecía hiciesen caso de la estrechez que los incomodaba. Los escaños que formaban la barra estaban todos ocupados por muchas personas paradas encima, i que teniéndose unas de otras, se veian en gran peligro de ir a tierra. Lo mismo sucedía con algunas mesas esparcidas en la iglesia i sobre cada una de las cuales se veía un grupo compacto, cuyo peso las hacia crujir. Los que como D. Juan i Santiago no habían logrado subir a ninguna parte, daban vueltas al rededor de esa barra de espectadores, estirándose aquí i empinándose mas allá para buscar un hueco por donde pudieran divisar siquiera la cabeza de algun diputado: Sinembargo D. Juan solo buscaba al Dr. Témis o a Emilio sin poder encontrar al uno o al otro, ni entre los que estaban observando, ni entre los muchos que arrimados a los altares i con su pliego de papel sobre la copa del sombrero, llevaban curiosamente con lápiz el rejistro privado de la votacion.

-Cansado de buscar se quedó por fin en el altar mayor -Junto a Enrique, aguardando que se decidiera la eleccion, para que al disiparse la jente le fuera mas fácil encontrar a los que necesitaba. Por último quedó escluido el candidato de D. Mateo.

-¿ Qué le dije a U. ? preguntó entónces D. Juan al entusiasta. Enrique.

-Es verdad; pero yo creía con razon todo lo contrario: a así que esto no puede ser.

-¿Qué aguardamos, pues, aquí P dijo D. Juan, podemos irnos, porque yo tengo que buscar al Dr. Témis.

-Yo me quedo todavía; aguardo el último resultado, pues mi candidato no era de un modo absoluto el que acaba de ser escluido.

D. Juan entonces mirando con desprecio a Enrique, lo dejó i se fué con Santiago para ver si el Dr. Témis se hallaba por casualidad en la calle del comercio.

En efecto; al frente de la iglesia estaba cuando salió D. Juan,¡ lo que mas sorprendió a este fué ver allí tambien a D. Mateo en ocasión de ser casi seguro estuviese de los primeros en la barra llevando su rejistro con suma atencion Aun habita de entraño algo mas en esta circunstancia; i era que D. Mateo, sobre quien con la pérdida de la eleccion iba a recaer un golpe tan terrible, se mostraba escesivamente contento. Con, su sombrero abollado i su casaquita de nueve años, no estaba cabizbajo i con las manos atras como andaba de continuo, sino que mostrando grande animacion i sobándose las manos hacia tantas cortesías al Dr. Témis, cual si hubiera recibido de él un gran favor, pues ademas parecía empeñado en besarlo, la mano apesar de la publicidad del sitio.

D. Juan se les acercó con Santiago, i D. Mateo los saludó mostrando toda la dulzura con que saludan siempre los hombres en estos momentos en que son felices. Preguntóles luego, aunque no con el interes que era de esperarse, sobre el estado en que se hallaba la eleccion, del cual procedió D. Juan a darle cuenta, sintiendo mucha pena al verse obligado a decirle que su candidato habia sido escluido desde el primer escrutinio; pues se imajinaba que el gozo de D. Mateo provenia de alguna esperanza cuya pérdida Iba a sorprenderlo desagradablemente. No obstante siguió este tan contento i satisfecho como ántes lo estaba; i se despidió del Dr. Témis estrechándole la mano i ofreciéndole que pronto se verian.

Inmediatamente procedió D. Juan a referir al Dr. palabra por palabra la conversacion de Monterilla. Le Indicó las sospechas que en ese mismo momento habia concebido contra Enrique, infiriendo hubiese sido el que reveló a Monterilla todo lo acaecido donde el Sr. Osman, pues lo dejaba colejir así no solo la ribalidad con Emilio, sino mas aun el interes qué manifestaba de que no se le creyera capaz de tal hecho. El Dr. Témis lo oyó atentamente, i luego que acabó, le dijo:

-Mucho agradezco a U. esta revelacion porque me suministra gran luz una luz mui útil i que acaso ninguna otra cosa podria proporcionármela.

-Si es así, lo celebro, contestó D. Juan; mas debo manifestarle que i mi mucho riesgo de ser engañado, pues Monterilla ordenó lo que me dijo, corno para que U. lo supiera; i esto hace mui probable que esa luz de qué U. habla sea engañosa i propia mas bien para estraviarlo i asegurar mejor, ni planes contra U. i contra Emilio, que para confiar en ella esponiendose a caer en una red.

-No, Sr.; en esto no me engaño. La revelacion que U. me hace acaba de facilitarme el comprender, a Monterilla perfectamente, sentirlo en mi mismo i ver como estoi viendo en este instante el frontispicio de esa iglesia, las columnas que van a sostenerlo i las bóvedas donde pretende esconder sus misterios i los de sus clientes. Es eso tan cierto que podria pronosticar, sino fuera perjudicial ahora, el curso de estos acontecimientos, i las quejas a que tal vez tendré que exponerme al ridículo seria si yo dijese que Monterilla no es para mí temible; mas descendiendo hasta allá, le aseguro a U. que no me inquietan ni su maña, ni sus planes, ni ménos aun sus discursos. Otra cosa es la que me inquieta i me interesa mas ahora; en la que acepto a todo servidor, i res de la cual agradecería mucho cualquier noticia exacta.

-¿Cual es, Señor? preguntó D. Juan.

-Saber el paradero de esa joven que llevó a Emilio la carta; de esa jóven que segun dice U. i yo lo habia inferido ya, tambien es objeto de las amenazas de esos hombres, i en mi opinion quien corre mas peligros.

-Es verdad; pero yo no comprendo por qué el Dr. Témis mis se interesa tanto por una mujer que está al servicio de esas jentes

-Sin embargo, le digo a U. que me intereso por esa mujer mas que por nadie; porque tal vez soi el único que tiene por ella un interes inocente; porque no me queda duda de que posee principios de virtud; porque es la víctima mas desvalida, la mas desgraciada i la que no puede buscar un protector que no le exija recompensa.

-Basta, Sr., que U. me haga esta indicacion para que yo le ofrezca con sinceridad mi cooperacion en beneficio de esa desgraciada que ha merecido inspirar a U. una idea tal vez exacta i mover su jenerosidad.

-Yo creo sinembargo haber hecho por ahora lo bastante.

En efecto el Dr. Témis había hablado a D. Mateo, cuya anciana esposa se hallaba gravemente enferma i en la mayor miseria para que recibiera a la Cisne en calidad de enfermera, admitiendo una pequeña pension que él pagaria mensualmente para contribuir con solo esto al alivio de personas tan desgraciadas por la pobreza. Esta era, la causa de la alegría de D. Mateo aquel día, pues desde entónces iban a minorarse los sufrimientos qué durante tanto tiempo lo habian atormentado. El Dr. Témis no comunicó esto D. Juan contentándose con añadir que lo mas importante por entonces era fuese hallada inmediatamente esta joven sobre la cual pesaba una amenaza mui fácil de realizarse, i a quien D. Mateo queria recojer en su casa, a cuyo efecto la estaba buscando.

-Apénas he visto, dijo D. Juan dos veces a esa joven: quizá la conoce mejor mi amigo Santiago ¿no es verdad ? añadió volviéndose hacia su compañero.

-Yo no conozco en Bogotá, contestó este, sino a Baciliza.

-¡Qué Baciliza ! esclamó el Dr. Témis con desprecio: se trata- de una mujer que a la verdad es casi desconocida en esta ciudad, pues varios a quienes he hablado acerca de ella, dicen solo que algunas veces la han visto cruzar los calles como una sombra que se disipa dejando tras si un interes particular.

-Esa, repitió, Santiago a quien el amor iba ya volviendo un tonto, debe de ser Baciliza.

-No Sr., dijo riéndose D. Juan: es la que fué a visitar a U. uno o dos días despues de su prision.

-¡Es verdad ! esclamó Santiago; me había olvidado de ella. Sé su historia, i me dijo que vivia con una mujer a quien llaman aquí la Daifa. -Entónces ya es fácil encontrarla averiguando por esta última, dijo D. Juan. -No Sr., opuso el Dr. Témis; yo sabia que vivia con la Daifa; pero tambien sé que ya no está allí, i ha desaparecido.

-¿ Ha desaparecido? preguntó D. Juan recordando al momento lo que D. Félix le había dicho. Permitame U..... Anoche oi en casa de Baciliza que se decía haberse cometido ayer tarde un asesinato o suicidio en el boqueron de San Francisca. Tal vez ha sido la víctima la Cisne...

-¿Se ha cometido algun asesinato? preguntó mui sorprendido el Dr. Témis, que acabando de salir de su casa, ignoraba aun las noticias que ese día circulaban entre las jentes. ¿ Le han dicho a U. tal cosa? ¿i no se sabe con seguridad la persona que ha muerto?

-No Sr., dijo D. Juan, quien entónces refírió el suceso en los mismos términos que lo había oído a D. Félix.

El Dr. Témis se manifestó al principio mui afectado por esta novedad. Mas al fin tranquilizándose continuó:

-Es imposible quo esas sospechas sean acertadas: no puedo dudar de que lo habría yo sabido si hubiese sucedido asi; porque hai una persona encargada de darme avisos sobre la conducta de la Daifa respecto de la Cisne.

-¡Ojalá! dijo Santiago, en quien el interes por la Cisne se iba despertando a virtud de la buena opinion que de ella acababa de exponer el Dr. Témis. Me seria mui lisonjero continuó, cooperar, como lo ofrezco, a la proteccion de esa jóven.

Sí, repuso el Dr. Témis: ella podría ademas ser mui útil en la actualidad en casa de D. Mateo quien quiere aceptarla como enfermera de su esposa, que tiene gran necesidad de ella.

-Yo creía, dijo D. Juan, que esa Sra. estaría mucho mejor, porque acabo de ver en la procesion a la Señorita Beatriz

-Ella salió hoi desde mui temprano, dijo el Dr. Témis pues segun acaba de manifestarme D. Mateo, tuvo que ir a la iglesia, lo que es para ella un deber diarió qué jamás pospone a ningun otro.

-Así es, repuso D. Juan; porque esa Señorita es sumamente virtuosa. -Por lo ménos, continuó el Dr. Témis, podría ser mui virtuosa si supiera en qué consiste la virtud; pero lo ignora i tal vez podría enseñárselo la Cisne. -¿ Luego el Capellan? dijo D. Juan en tono de reconvencion.

-El Capellan es un buen hombro, de los muchos que sostienen como un dogma, que las grandes virtudes cristianas se reducen a la devocion i al retiro: esa es la doctrina que enseña a Beatriz i que ella, como es natural, sigue tan ciegamente que ha llegado a creer son las únicas sin poder hacerse cargo de otras.

-No puede menos de haber error en eso, añadió D. Juan, porque a la verdad la conducta de Beatriz hoi, me parece vituperable.

-Si, Sr. Sobre esto se ha dicho siempre mucho, pero jamas se repetirá lo bastante. Si la devocion i el retiro son virtudes, las considero mui ínfimas en la escala de la moral: esas son meramente necesidades del corazón, o deberes, si se quiere, del alma piadosa que con la oracion no puede hacer sino alabar a Dios o pedirle la virtud o mas bien la felicidad que es el objeto comun de las plegarias de un devoto.

-Eso me parece exacto, dijo D. Juan; pero sea lo que fuere si creo que Beatriz tiene una gran tendencia a la virtud.

-Mucha en aquel sentido, continuó el Doctor Témis : i por eso deseo hallar a la Cisne para que asista a Doña Gonzaga, porque esta tiene necesidad de los auxilios de una virtud de otro órden de la compañía de una persona que sabiendo ser el teatro del mundo la única escena de la caridad, no huya de él para tener mas tiempo de hacer oracion i evitarse la impertinencia del desgraciado.

-¿ Es decir que U. llega hasta creer mas virtuosa a la Cisne que Beatriz ? interrogó Santiago.

-Por lo mènos sabe mejor en qué consiste la virtud. En los principios morales de Beatriz hai deficiencia o error, i es indudable que debe corromper tanto el corazon una virtud falsa, como un vicio verdadero. No quiero por esto hablar contra la oracion de Beatriz, sino decir que Doña Gonzaga necesita los servicios de una mujer que ántes que la devocion, profese la caridad.

En este momento habiéndose concluido la eleccion que se estaba verificando en la iglesia, salió la jente en tropel; unos mui alegres, otros mui tristes. Se acercaron despues al Dr. Témis varios Ministros i otras personas, entre las cuales D. Juan i Santiago nada tenian que hacer, en cuya virtud se retiraron apesar de que D. Juan deseaba decir aun, al Dr. Témis, que si lo creia conveniente, dejaria de irse a las fiestas resolviendo mas bien acompañar a Emilio por si acaso necesitaba de su auxilio en las circunstancias peligrosas en que se hallaba. Mas determinando arreglar esto con Emilio mismo, se fué a dejar a Santiago en su casa para irse luego donde el Sr. Osman.

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