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CAPITULO VIII
LA CISNE
CONTINUABAN D. Juan i Santiago en la disputa que los ocupaba
hacia largo rato, acerca de la necesidad de buscar un abogado;
cuando tocando a la puerta se presentó el Alcaide seguido de una
mujer, que segun dijo él, quería ver al Sr. Santiago.
Apénas hai necesidad de advertir que esta mujer era precisamente
la misma que había encontrado Santiago la noche de la retreta, la
que en cierto modo había ciado origen a aquella prision i quien
sabe a cuantas consecuencias graves para lo sucesivo. Con todo,
Santiago no había llegado a maldecir ese encuentro fatal, porque
ademas de que su recuerdo le ofrecía siempre cierta solemnidad e
interes, era bastante discreto para no conocer que él solo tenia la
culpa de sus males, pues ella àntes lo. había esquivado i aun
advertiendole bondadosamente huyese del peligro a tiempo en que
quizá pudo haberse evitado. Fuera de eso era tan reconocido, que
bastaba decirle una vez con sinceridad alguna palabra de afecto o
hacerle al un halago, para creerse siempre comprometido a estimar o
a lo ménos a considerar a la persona que lo había favorecido;
mayormente cuando ese favor era tan triste como el llorar sus penas
una joven sentada a su lado debajo de unos árboles. Tan blando era
su corazon, que fueron necesarios el desengaño mas desagradable i
la viva ilusión últimamente causada por Baciliza, para que olvidase
casi del todo el interes que la noche de la retreta le habla
inspirado el encuentro de la joven que ahora venía a visitarlo.
Esta siguiendo al Alcaide se presentó en la prisión de Santiago;
pero lo raro es que D. Juan que conocia a todo el mundo, la vid ese
día por la primera vez; lo que sinembargo era mui natural; pues
élla no había querido presentarse en público i huya de la jente
hacia algun tiempo.
Esta muchacha de edad como de diez i ocho años, notablemente
bella i agradable, era conocida, entré las pocas personas que la
rodeaban, con el sobrenombre de la Cisne, aplicado al principio no
por desprecio, sino ántes bien como elojio de su belleza. Iba
vestida aquel día con un camison mui bien cortado de muselina color
de pasa, una mantilla corta de paño negro i vuelta de terciopelo, i
un sombrero adornado con su ancha cinta de raso matizada de colores
vivos i brillantes. Aunque este sombrero era la parte de su vestido
que mas detestaba, se servia de él para taparse la cara
poniéndoselo mui mal, a pesar de las recomendaciones de su
protectora que no quería lo llevase sino cuando saliera con su
basquiña de bayeta azul, i eso colocándoselo convenientemente de
modo que se le viera la cara. De resto la actitud de la Cisne no
dejaba de desdecir mucho del carácter de su traje, pues se
entreveían en ella no tan solo los signos del recato, sino bastante
de sentimental i aun de culto i delicado.
Siempre que D. Juan veía un personaje de semejante vestido,
tenia por costumbre sonreír infaliblemente i ponerse mui festivo i
familiar; pero en esta ocasion léjos de hacer talcosa, se le vio
por el contrario, grave i como admirado, Santiago se avergonzó de
semejante visita; i la Cisne turbada i como buscando con los ojos,
pareció interrogár quien de los dos era la persona a quien tenía
que dirijirse, porque en aquel acto le fué imposible adivinar cual
era Santiago, a causa de la capa i el sombrero con que lo veía por
primera vez. Ultimamente preguntando por él, cuyo nombre iba ya
tomando vuelo por el bajo mundo, D. Juan se lo designó con un
ademan mui comedido que agradó en estremo a la Cisne, quien
dirijiéndose entonces a Santiago le dijo:
-Señor: yo que en parte tengo la culpa de los males que U.
padece actualmente, había creído de mi deber, cualesquiera que
fuesen las dificultades, presentarme ante el juez para declarar en
su favor; i ahora vengo a advertirle qué no se ha querido oír mi
esposicion, manifestándoseme que ya los hechos están esclarecidos i
que para U. no queda remedio alguno.
-Aunque estimo mucho, dijo Santiago, el interes que U.
manifiesta por mi inocencia, no puedo ménos de decirle que ha hecho
mui mal en dar ese paso; i celebro mucho que el juez se haya
rehusado a oír su declaracion, porque siempre he seguido el sistema
de que los sucesos íntimos de mi vida, aunque me cueste un gran
sacrificio, no caigan jamas bajo el dominio de los Tribunales ni
pasen del circulo de la familia i lo mas del de la amistad.
-Tiene U. razon, contestó la Cisne; pero a lo ménos no me
vituperará el haber venido a advertirle que su causa está en un pié
mui delicado i que U. tiene sobre si al juez mas tonto del
mundo.
-¿No digo, repuso D. Juan, volviéndose a Santiago, que es ya
indispensable buscar un defensor?
-Bien, pues, dijo Santiago : busquemos ese defensor; pero ha de
ser ahora mismo. Quiero a todo trance salir pronto de esta cárcel ;
porque si aun estói en ella mañana, protesto que me arrojaré por
ese balcon.
Este rapto enérjico se produjo en Santiago por la presencia de
la Cisne, la que sin saber como, le traía vivamente a la
imajinacion la idea de Baciliza, ofreciéndosele un con traste de
ilusiones que lo arrebató en favor de esta última. Por una
coincidencia rara, D. Juan en aquel momento se acordó igualmente de
Baciliza, pero de un modo mui distinto; pues veía a la Cisne con
cierto interes, no solo por su belleza, sino tambien porque infería
ser ella precisamente la heróina de las aventuras de su amigo la
noche de la retreta.
Iba a salir a buscar el defensor; pero todavía lo detuvo
Santiago diciéndole que era mas conveniente esperar a Monterilla
con el fin de ver primero en que quedaba el negocio importante de
la garantía.
-¿A Monterilla? preguntó la Cisne al oír lo que acababa de decir
Santiago. Guárdese U. de semejante hombre.
-Si, añadió D. Juan; a Monterilla no... yo voi mas bien a buscar
un abogado.
I con esto D. Juan salid de la pieza sin aguardar mas
razones.
- ¡Ah ! Señor: Ese Monterilla, repitió la Cisne a Santiago luego
que quedaron solos, es un hombre del que conviene guardarse
mucho.
-Sí, dijo Santiago: ya sé que debo desconfiar de todos los que
no me sean bien conocidos en Bogotá, como...
Al llegar aquí, se detuvo porque consideró que no estando la
Cisne al cabo de los pensamientos que lo ocupaban entónces i lo
hacían concluir con aquellas palabras, podía creerlas un sarcásmo
con que trataba de ofenderla quejándose de su primer encuentro; i
él estaba mui distante de querer semejante cosa. Pero la Cisne, que
al hablar de Monterilla, había sentido agolpársele mil recuerdos
dolorosos, se afectó profundamente por aquellas palabras que
parecían un cargo indirecto contra ella.
-¡Ah! Señor:! exclamó entónces. Si U. supiera cuan desgraciada
soi, no se indignaría contra mi. Léjos de eso, léjos de
despreciarme, llegaria tal vez a inspirarle una compasion, no
humillante como la que nosotras inspiramos siempre a ese mundo
compasivo; sino tierna i jenerosa como la que yo siento por mis
recuerdos, como la que me inspiro a mi misma...
Al decir esto la Cisne ya no pudo ocultar sus lágrimas, i
llevando a los ojos un pañuelo blanco que tenìa en la mano, se
interrumpió mientras se las enjugaba. Santiago que era mui
sensible, no pudo prescindir de interesarse nuevamente; por su
interlocutora.
-No se aflija U., le dijo, que en todas las situaciones de ha
vida hai desgracias que sufrir.
-Sí; pero no en todas, replicó ella, hai tanta infamia que
arrastrar: no en todas es tan involuntario hallarse, i sinembargo
tan Inevitable para muchas. Si U. supiera.... : ¡ Ah ! ese
Monterilla es un malvado!
-Sí, dijo Santiago: ya comprendo que ese hombre he ha causado a
U. grandes desgracias, i que yo debo temerle. Mas ¿qué desgracias
son esas? ¿Fué su amante acaso semejante figura ?
-No, Señor; pero me ha causado mucho mal; i aunque yo no sé mas
de él que lo que hizo con mi padre, eso basta para que lo crea el
hombre mas inicuo.
-¿ Es decir que U. tiene padre? -Ya no, Señor; murió hace pocos
días.
-I Monterilla tal vez tendria la culpa ¿no es verdad ?
-Por lo ménos yo estói persuadida de que en cierto modo
contribuyó mucho a abreviarle su carrera: le referiré a U, cómo,
para que me crea i no se fíe de tal hombre. -Mi padre i yo vivíamos
en una casita de arrabal por el barrio de las Nieves: solos
enteramente, pues mi madre habia muerto hacia algunos años. Mi
padre era un antiguo violinista que en otro tiempo ganaba su vida
dando lecciones de música a la mayor parte de los aprendices del
barrio. Pero desde muchos años atras se fué arruinando, porque los
profesores nuevos, a favor de su mérito, i tal vez mas, de la moda,
se apoderaron no solo de la enseñanza, sino lo que era peor para mi
padres del teatro, de las iglesias i hasta de las capillas ménos
frecuentadas; de modo que el violin no le daba ya ni con que
mantenerse él solo, ni ménos con que sostener a su familia. Mas ni
aun de diversion le servia; porque algun tiempo despues de su ruina
le acometió un reumatismo tan grave que no le permitía manejar el
arco ni salir a ha calle. Desde entónces él infeliz de mi padre
pasaba la vida sentado en una silla, sin poder apénas moverse. Mi
madre al morir me había dejado una pequeña suma que pusimos a
interes en poder de un comerciante: con el rédito que esto producia
nos sosteniamos, aunque en una miseria espantosa, pues ademas de
ser tan escaso aquel rédito, que, calcule U., no era mas que de
diez pesos, mui rara vez nos lo pagaban con puntualidad: así era
que mi padre padecía no solo los dolores de su enfermedad, sino que
sufría igualmente todos los horrores de la miseria. -Luisita, me
decía una noche, (todavía lo recuerdo como si acabara de suceder),
Luisita, no te duermas, (pues él creía, que iba a dormirme porque
me veía sentada en un rincon con la cabeza reclinada sobre un
banco) no te duermas todavía, que quiero aplicarme otra vez esa
untura que me recetó la vecina: es buen remedio i con él me siento
un poco aliviado. Seria conveniente entónces que lo frecuentase U.
mas, le dije acercándome con la vasija en que estaba preparada la
untura. Si seria eso mui conveniente, repuso él; ¿pero no
consideras, hija mía, que es menester economizarlo, porque no
tenemos con qué comprar mas si se acaba? -No faltará, Señor, le
dije; es, imposible que falte: podemos gastar ahora todo este, que
mañana habrá recursos ¡compraremos mas. i Qué confianza! esclamó i
qué confianza cuando ves que hoi no liemos tenido qué correr i
porque efectivamente, señor; mui bien lo recuerdo i nunca podré
olvidarlo... ¡ pobre padre mío... ! no habiamos comido ese día. ...
¡ Mira! me gritó entónces; porque yo con los ojos llenos de
lágrimas no vela bien lo que hacia : mira; ten cuidado, no acerques
tanto la vasija a la luz para calentarla, pues con el calor de la
loza se acaba mas pronto la vela, i si quedamos a oscuras antes de
que puedas recojerte, eso es mui triste. Mi padre me decía esto,
porque hacia mucho rato que se estaba acabando la vela, despues de
habernos servido cuatro coches. Mas, yo le dije: no, importa,
Señor; no pienso recojerme: U. necesita que lo acompañe, pues segun
veo, con esos dolores no podrá descansar en toda la noche entónces
la pavesa que, no sobresalía ya del candelero, chirrió un instante,
empezó a relampaguear hasta que se hundió mas, i quedó por un rato
suspendida en ella una lucesita tan débil i fúnebre que no permitia
aplicar bien el medicamento, ni ménos calentarlo. Aprovechando
sinembargo el, servicio imperfecto que aun nos prestaba esa luz,
siquiera en los momentos en que se aclaraba i crecía un poquito,
traté de concluir la aplicacion de la untura; pero ántes de
lograrlo se acabó la vela del todo.... Me he detenido en esta
minuciosidad, porque fue un incidente que, dió lugar a que mi padre
me dijera una cosa mui triste, para mi i, de que todos los días
hago memoria. -Luisita: esa luz se ha apagado para siempre i tú has
quedado envuelta en las; tinieblas; así se apagarà bien pronto el
resto de vida que ahora me conserva: no quiera Dios que entónces
quedes envuelta tambien en los horrores de la desgracia! I ese
padre, Señor, a quien no habian hecho llorar los rigores del
hambre, lloró entónces mi oscuro porvenir.
La Cisne, que en fuerza de estos recuerdos derramó algunas
lágrimas, continuó despues diciendo.
-Estas tinieblas, Sr. fueron las mas angustiosas para mi, i
nunca la noche se ofreció mas negra a mis ajos ni mas semejante al
abismo. Con todo, tratando de serenarme algun tanto, dije a mi
padre, pasado un momento: si no viene mañana Monterilla, podria yo
misma ir a cobrar el rédito del mes vencido, a ese Sr. comerciante.
-Si viene, me respondió, es hombre mui servicial, i sabe que es hoi
el único que puede ayudarnos. Yo que no tenia de él la misma
opinion, pues siempre lo había aborrecido, se lo manifesté así a mi
padre en aquel momento. Él un poco enfadado me dijo: ya se vé; será
porque no es buen mozo que lo detestas; pero has de saber que
muchas veces lo feo tambien merece aprecio. -No Sr. dije; no es por
eso que lo aborrezco sino.... yo no sé porqué motivo. -Pues no has
de ser caprichosa, continuó: has de tener siempre alguna razon para
amar o aborrecer: así fué siempre tu madre; ni amaba ni aborrecía
sin una razon convincente. Yo no le repliquè porque no puedo
determinar algunas veces esa razon, i me contento con esperar que
el tiempo la determine; pero tambien creo que como mi madre, amo o
aborrezco con razon. Al día siguiente vino en efecto Monterilla, i
mi padre sintió mucho gusto de verlo, pues no queria que yo fuese
donde el comerciante por el rédito que nos correspondía; mas no
tardó en desvanecerse la esperanza que lo habia lisonjeado un
momento, pues Monterilla le manifestó que el deudor había quebrado
hacia ocho dias, que este era ya un hecho notorio, i que si mi
padre lo ignoraba, eso provenia del encierro a que lo tenia
condenado su enfermedad. Yo que no sabía quo cosa era quebrar un
deudor, al ver a mi padre tan fuera de sí, por la desesparacion que
súbitamente se apoderó de él, le dije; tranquilícese U. ¿ qué nos
importa que quiebre o no ese deudor ? ¿Cómo, qué nos importa,
desgraciada, dijo él furioso i Yo desgraciada! repuse con mucho
susto. ¿ Por que? -Sabes, prosiguió, lo que es quebrar un deudor?
Es aumentar con la desesperacion las angustias del desgraciado,
irritar cruelmente los dolores de un enfermo, robarle el bálsamo
que lo aliviaba i arrebatarle la mano píadosa que lo socorría: es
llenar de làgrimas los bellos ojos de una hija virtuosa como tu,
bella i resignada cual te veo, pero bien pronto pálida i descarnada
por el hambre i el pesar: es poner a prueba la resignacion de un
padre enfermo como yo; es forzar a la maldicion i a la blasfemia el
labio de un moribundo que durante su vida no habia hecho tal vez
mas que conformarse i bendecir a Dios en medio de sus trabajos: es
sobretodo, obligar al hombre de bien a que maldiga de la honradez
si ha de ser víctima del dolo; al jóven virtuoso a que apostate de
la virtud i se lance en el camino del fraude i de la mala fé; es
peor que asesinar, con vil alevosía i que corromper con una
prostitucion infame... No, padre mío, le interrumpí; no puede ser
tanto; i si fuere ¿cómo no ha de triunfar nuestra conformidad? No,
Luisa; ella tiene limites estrechos i hai a veces empujes que nos
obligan a traspasarlos.-Entónces Monterilla que había estado
paseándose pensativo, concluyó con una especie de confianza: no hai
que desesperar, amigo, que todo puede componerlo uná mano hábil. -¿
Cómo ? preguntó mi padre ¿ de qué manera? -Pues es cosa clara, dijo
Monterilla; cobrando esa obligacion. - ¿ Se burla U. ? preguntó mi
padre ¿ luego es posible cobrar una obligacion de un quebrado que
tiene acreedores sin término, i mas privilejiados?- Esa es la
gracia, decía Monterilla, i en eso consiste la habilidad. ¿ Pero
quién posee semejante habilidad ?-¡ O! Habemos muchos... -¿ Sería
U. capaz? interrumpió mi padre.-¡Qué tiene que ver -! Mi padre
lleno de gozo suplicó a Monterilla le hiciese aquel favor,
preguntándole lo que convendria hacer para llevarlo a efecto, i
ofreciendole una recompensa por su importante servicio. Monterilla
le dijo que el medio era mui sencillo i que mi padre debía
endosarle su obligacion para evitar así el costo de un apoderado,
haciéndole observar con esta circunstancia, las comodidades i
economías que le iba procurando. Mui bien pareció esto a mi padre
quien quedó contentisimo, porque no sabia qué significaba esa
palabra endoso que yo despues aprendi a fuerza de oírla
pronunciar cuando los trabajos que eso nos acarreó. Mi padre me
mande; pues, que trajese un escritorio donde estaban sus papeles, i
que alcanzara el tintero. Mientras yo traía estas cosas Monterilla
se paseaba prodigándose unos elojìos interminables por su destreza
en el manejo de los asuntos de plaza. Luego hizo escribir a mi
padre, yo no sé qué, porque ignoro esas cosas; pero ello es quede
allí a pocos días, mi padre estaba demandado, lo ejecutaron por la
misma cantidad que tenia en poder del comerciante, i algo mas; i
como no poseíamos, otra cosa para pagar, que la casa en que
vivíamos i que nos dejó mi madre, pues hasta el último mueble lo
habíamos vendido para mantenernos; fuimos en aquel estado de;
miseria arrojados de la casa.
Lo que Monterilla había hecho escribir al padre de la Cisne i
que ella no pudo esplicar a Santiago, fué un endoso por valor
recibirlo; frase que todos saben debia constituir a Monterilla
en positivo acreedor de aquel infeliz, en el caso en que no pudiera
el deudor quebrado, cono en verdad no. podia, cubrir el valor de la
obligacion : así que, acreditándo Monterilla la quiebra, que era
demasiado cierta, dirijió su accion contra el endosante i se pagó
con la casa que, segun decía la Cisne, era lo único que les
quedaba.
Ella continuò refiriendo a Santiago, cómo su padre, despues de
lanzado de la casa, habia sido conducido al hospital donde murió a
pocos días, quedándose ella abandonada enteramente. Pero no refirió
cómo en este tiempo habia empezado a ser víctima de otra especie de
desgracias; porque su delicadeza la obligó a pasar en silencio el
resto de su historia, habiéndose limitado en su relacion a ciar a
Santiago, para que se guardase, la misma idea que ella tenia de
Monterilla. Sinembargo, a fin de que el lector forme un concepto
mas cabal de esta jóven, es preciso mencionar algunos de los
últimos incidentes de su orfandad.
Enrique, un jóven a quien Santiago debia conocer despues, porque
no dejaba de tener cierta celebridad en Bogotá a causa de su
conducta perversa, habia finjido a la Cisne un amor tan grande, que
ella llegó a creerlo; i aunque nunca pudo amarlo por mas que se
esforzaba a ello, corno todos lo habían dicho que era mui bonita, i
su madre le había repetido a menudo que no se casara nunca, si no
lo hacia de un modo mui ventajoso; llegó a persuadirse de que,
tenia, un, mérito superior, i de que siendo un ánjel de belleza,
nada tenia de increíble que aquel amante se determinara a elejirla
por esposa, no obstante su humilde nacimiento i su pobreza,
respecto del nacimiento i riqueza del amante. Tal creencia obró en
la Cisne moviéndola a darle algunas esperanzas, que apesar de que
ella las dirijia al matrimonio, Enrique las comprendía mui
torpemente.
Con todo eso, nada había este podido lograr de sus inicuos
proyectos, aun en medio de tantas circunstancias que; parecían
protejerlo; pues luego que la Cisne se convenció, de la falsedad de
ese amor i adivinó las esperanzas atrevidas que lo alimentaban,
cobró a Enrique una aversion tan invencible, que aun cuando hubiera
llegado al último estremo de la degradacion, nunca habria hecho
participe de sus favores, a tan pérfido i presuntuoso amante.
La Cisne se conservaba virtuosa, pero no podia decirlo a nadie
en su situacion envilecida, i ménos a Santiago, respecto del cual
no quería esponerse a que creyera empleaba un artificio ridículo e
inverosímil para interesarlo en su favor: pero si le refirió, que
perseguida de Enrique, una parienta en cuya casa se habia recojido,
empezó a molestarse, porque ademas de ser una mujer mui pobre i no
poder mantenerla, le disgustaban en estremo las visitas
impertinentes de ese jóven, i aun llegó a sospechar de semejantes
relaciones la deshonra de su casa. Con este motivo la Cisne fué
entregada a una vieja llamada la Daifa que ocultamente hacia parte
de la compañía de los ladrones a la cual pertenecia el Mordedor.
Esta mujer iba con frecuencia a casa de la parienta de la Cisne, i
se interesò con ella para que se la confiara, ofreciéndole un asilo
que le prometía como honrado, pero que secreta i maliciosamente
esperaba hacerse pagar mui bien con el tiempo i despues de que su
protejida fuese familiarizándose con el vicio que desde aquel
momento comenzó a rodearla por todas partes. Alli fué donde recibió
el sobrenombre de la Cisne que su protectora queria llevase como
emblema de su cuello flexible i elegante que ella nunca se cansaba
de elojiar: allí fué donde despojada por la fuerza de su vestido
antiguo, se le hizo poner otro mas adecuado al fin que se tenia en
mira, i el cual, pensaban con razona habria de servir eficazmente
para acelerar el cambio que intentaban.
Con todo la Cisne tenia mui arraigados sus sentimientos
virtuosos; de modo que su infernal protectora, desesperando ya de
lograr la ganancia opima que se habia prometido con la nueva
educacion que trataba de infundir a la Cisne, empezó a convertirse
en su mas cruel i encarnizada enemiga, hasta cl estremo de haber
pasado ya de las amenazas, a algunos maltratamientos de obra
demasiado ásperos para una jóven tan delicada como aquella. Todo,
sinembargo lo arrostraba la Cisne i sufria con paciencia los muchos
trabajos que le ocasionaba la heroica i prolongada oposicion que
sostenia. Con no poca dificultad había logrado eludir los medios de
que indirectamente se servían para empujarla al camino de la
infamia; así era que en las continuas salidas a que la obligaban,
para que anduviese por la ciudad, sola, con su sombrerito i su ropa
degradada, tenia que irse por el campo a ocultar lejos de la jente
la afrenta que le comunicaba su traje. Esta era la causa de que D.
Juan, como se ha dicho, no la conociera.
La Daifa habia hecho ya a la Cisne graves amenazas por su
firmeza; de modo que esta llena de temor huya de estar en la
infernal guarida de aquella mujer, i procuraba pasar el tiempo en
los sitios mas solitarios. Pero desde la prision del Mordedor la
Daifa se propuso obligarla a ir todos los dias a la carcel,
poniéndola así de mensajera cerca de tan indigno lugar; con lo que
la Cisne sufrió uno de los sacrificios mas grandes para su orgullo
i delicadeza.
Santiago que la había oído con interes, compadecido de tantos
combates le ofreció proteccion i socorro; mas ella se rehusó a
aceptar esta oferta porque venia de un jóven; i le dijo tan solo
que únicamente quería morir, pues jamas creta que llegase un día eh
que pudiera reconciliarse con esa túnica que amortajaba su virtud i
degradaba el sepulcro de su honor:
A este tiempo el alcaide se presentó de nuevo llamando a la
Cisne de órden del Moderador, qué tambien, como, se ha dicho,
estaba en la cárcel; i a cuya orden ella obedeció como quien
reconoce el llamamiento de un amo severo, Es de advertir que el
Mordedor, que detestaba en jeneral a todas las personas decentes,
aborrecía mui particularmente a la Cisne, siendo este
aborrecimiento en cierto modo con los celos de la Diafa, la mayor
fortuna que la habla defendido en su peligrosa situacion:
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