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CAPITULO X
EL LIBELO
D. JUAN salió de casa del Doctor Témis; i aunque no llevaba una
resolucion mui espontánea de encomemdar a Monterilla la defensa de
Santiago, cresa por lo menos disimulable tan eleccion, ya porque el
Doctor Témis no la contradecía, i a hasta cierto punto la aprobaba,
ya porque estaba visto que no habla otro que pudiese, en las
circunstancias actuales, ayudar a la libertad de Santiago. En tal
virtud iba andando mui aprisa para la carcel, con el objeto de
hacer que Monterilla se pusiese inmediatamente en movimiento como
defensor, i acelerarse los beneficios de esa grande eficacia de que
habia blansonado sin cesar desde que sele reunió en el
altozano.
Entretanto Monterilla estaba en la prisión de Santiago a la que
habia vuelto de su promesa, llevándola por supuesto, el consebido
escrito de recusacion. En esta vez se le habia presentado con
ademanes sumamente corteses, quitándose el sombrero desde la
puerta, inclinándose casi hasta el suelo, i desembozandose en
seguida la capa ; pues tenia de costumbre, cuando llevaba en u
legado algun docuemnto de mui grande interes, ir embozando,
seguramente por la tendencia natural de su carácter al ministerio i
a la desconfianza. Después limpiándose el sudor de la frente,
respirando con ansiedad i dejando ver todas las señales de un
hombre que llega escevamente fatigado, le dijo:
-Siento mucho, Sr., haberme demorado algunas horas; pero U. Se
servirá disculparme en atención a que actualmente tengo tantos
negocios, que no veo; i los clientes son numerosos, que apenas me
dejan dar un paso.
-No era tampoco, le dijo Santiago, demasiado urjente el que U.
Se moleste. -¡ Ah! Sr: esa no es molestia; importa el contrario,
(selo digo in lionga) tengo muchísimo gusto en servir a U. i puede
por lo mismo ocuparme con satisfacción, sin olvidar que, aun cuando
me pese el desirlo, tengo como nadie la cualidad de andarles a mis
clientes los pasos, según decimos los practicos, como si fuera un
ringlete.
Acercándose luego a la mesa, i sacando de debajo de brazo el
legado sempiterno, lo puso sobre ella, desatando la cabuya con que
estaba amarrado. Como alli iba el libelo que Santiago debia
suscribir, Monterilla tuvo que barajar los papeles para encontrar
el que a la sazon necesitaba. Viéronse entonces sobre aquella mesa
todas las curiosidades que contenia este legado, i que quizá ningun
ojo humano logra contemplar sino en manos semejantes. Esta era como
una especie de estuche profesional de Monterilla; no el que llavaba
de ordinario consigo a todas partes, sino el de las ocaciones
solemnes, el que estaba en la casa custodiado entre papeles de seda
i bajo de siete llaves.
Lo primero que se observaba en él era una gran lámina de firmas
i rúbricas autógrafas de todos los funcionarios públicos de aquel
tiempo; documento a la verdad mui curioso i estimable para su
dueño, que sabia hacer de él cierto uso lucrativo. Se veía en
seguida una hermosa i completa coleccion de papel sellado desde el
año de catorce, que no se habria encontrado ni en el museo mas
curioso. Monterilla estimaba por tanto esta coleccion como a las
niñas de sus ojos, como el paladín que lo defendía de los
paracronismos a que se ve es-puesta frecuentemente su profesion.
Asi que cuando Santiago le preguntó para qué guardaba tanto ese
papel, refiriéndose a uno que estaba sellado con un águila que
tenia una granada en cada garra, Monterilla le contestó:
-Sr; este es uno de los utensilios mas importantes de mi legajo.
Yo gozo una especie de renta que llamo, corno llama el Gobierno
este ramo, mi renta de papel sellado. Cuando alguno necesita, pues
que suele ofrecerse, un medio pliego de este surtido, ocurre donde
mi, que tengo fama de curioso; i ocasion ha habido en que me han
dado hasta cincuenta pesos por una de estas hojas que U. con tanta
inocencia me pregunta para qué conservo.
-No es mala su especulacion, le dijo Santiago, siempre que ese
articulo le cueste a U. mui poco.
-No me cuesta nada, D. Santiago: me lo encuentro entre los
expedientes que manejó o en los que rejistro por curiosidad en los
archivos. No obstante, tengo tambien la precaucion de comprar al
terminar cada año económico, algunos sellos de todas clases para
adornar con gusto mi legajo.
-¿ i qué Hace U. de ese papel cuando no logra venderlo?
-Yo ?
-Si, Sor; U.
-Pues lo que hago segun las circunstancias, es emplearlo en
diferentes esperimentos del arte que yo llamo mi derecho
convinatorio. I no vaya U. a creer que es este algun arte de
birli birloque, como algunos ignorantes piensan: al contrario, es
un arte que exije profunda atencion a la cronolojía de los
tiempos, mucha cuidado en guardar las apariencias i en
sostener la verosimilitud de la verdad; i aun algunos
conocimientos en la literatura i las letras No podria yo,
por ejemplo, decir que este papel, así tan amarillento como U. lo
ve, pueda valerme un millon de pesos; pero si, tal vez quinientos,
o mil, i hasta según los casos, dos o tres mil pesos.
Del mismo modo aparecieron en el legajo otros varios objetos
curiosos que Santiago indignado ante semejante hombre que tenia el
descaro de presentarle su abominable legajo no quiso observar;
comprendiendo que trataba de hacerlo partícipe de las burlas e
ironías con que se estaba divirtiendo i dando algunos indicios de
sus nunca bien ponderadas mañas i sagacidad; i advirtiendo
fácilmente el sentido malicioso de sus pleonasmos.
Por último barajado mas el envoltorio, apareció sobre algunos
papeles grasientos el escrito de recusacion que habia sido el
objeto aparente de aquel escrutinio. Este escrito ocupaba dos fojas
integras, lo que manifestaba bien el motivó que, habia ocasionado,
la tardanza de Monterilla. En el momento que este lo encontro celo
presentó a Santiago para que lo firmase haciéndole àntes un prólogo
verbal que debía obrar mucho en favor de tal obra. Santiago lo
recibió i apegar de su disgusto se puso a leerlo, porque hablarle
de recusacion en aquellos momentos, era compendiar todos sus
pensamientos forenses, sus esperanzas actuales, i las garantías que
gozaba como ciudadano. Mientras leía, Monterilla juzgando su
escrito mui del agrado de la persona a cuyo servicio estaba
destinado, se quedó con la mano puesta sobre los papeles que
estaban encima de la mesa, i vuelto hàcia Santiago, lo miraba
sonriera: do como quien aguarda que al concluir una lectura que
ascede cuanto se espera, va a prorumpirse en vivas espresiones de
satisfaccion.
Santiago, sin embargo, ántes de acabar su lectura, se quedó con
el escrito en la mano mirando atentamente a Monterilla, como para
escudriñar los motivos que lo habian guiado en la redaccion de
semejante libelo: Pasado un momento en esa mirada interrogante, le
dijo al fin:
-¿Sabe U. Sr. Monterilla, que yo no quiero firmar este escrito ?
-¿ Por qué ? preguntó Monterilla mui admirado. -Limpiamente,
continuó Santiago arrojando el papel sobre la, mesa; tome U. su
escrito i déjeme en paz.
-¿Cónque no lo firma U?
-No.
-Este sin embargo, es un escrito mui bien arreglado a todas las
fórmulas que prescribe el derecho i usadas en la práctica, que vale
mas todavía que el tal derecho. Es adecuas un escrito mui bueno, en
que con garbosa donosura se hallan citados Parladorio, Bolaños i
Gregorio López; i al que adorna mas de media docena de referencias
a diferentes códigos, que tengo mis razones para creer mui del caso
i que segura dicen todos mis cofrades, hablan de la materia a las
mil maravillas. Ahora ¿ qué me dice U. de esos rasgos de erudicion
que son para chuparse los dedos?
Mui bueno estará su escrito, dijo Santiago paseándose pero
repito por última vez que ni U, ni ese Parladorio ni esos diablos
donosos que tanto menciona, me lo harán firmar.
Ya estuviera aquí Parladorio, repuso Monterilla, que le aseguro
no desdeñaría poner su firma en un escrito que es nada ménos, todo
un escrito de lujo, en el que, yo le haria ver, como se sostienen
con una enerjía que ni él mismo fuera capaz de emplear, las
garantías i los derechos, que no se lían de reclamar como quien
pide limosna.
La enerjia de que hablaba Monterilla no era mas, segun se habrá
ya inferido, que una coleccion de insultos groseros dirijidos por
Santiago al juez para manifestarle que debias abstenerse de conocer
en su causa. La intention de Monterilla al redactar así el libelo,
habia sido la de lograr que a mérito de tales insultos consignados
por escrito, sefulminase contra Santiago otra causa, en la que
nombrándosele tambien de defensor, se le doblara la remuneracion,
pues estaba seguro de la completa defensa de arabas sin que por eso
se le aumentase el trabajo, siendo su jurisprudencia para las dos
cuestiones, tan clara, tan fácil, tan terminante, i con todo eso,
tan desconocida de muchos, que los argumentos hervian en su cerebro
i lo traían tan ajitado que no sabia que hacerse para ser nombrado
lo mas pronto posible como defensor. Hablaba en tal virtud de la
defensa con tanta seguridad i persuacion del éxito, si. acaso se la
encargaban, que cualquiera habría creído ser Monterilla
efectivamente un portento de talento i de sabiduría. Mas apesar de
eso, Santiago insistia ciegamente en no firmar el escrito.
-¿Pero no estaba U., le replicaba aquel, tan enojado con ese
juez? ¿No ha dicho contra él horrores delante de mi mismo? ¿A qué
viene, pues, ahora ese escrupulillo para haciarme perder el trabajo
de mi escrito?
-Es cierto, decía Santiago, que estaba i aun esté¡ irritado
contra ese hombre; pero cuanto he podido decir de malo en mis
raptos de cólera, debe serme disimulado, porque el viento se lo
lleva: mas, consignar bajo mi firma tinas injurias indecentes, eso
es ya otra cosa de la que estói mui lejos, pues desde niño me en
enseñaron en la escuela el deber de acatar en todo caso la
autoridad, cualquiera que sea el hombre que la ejerce
lejíitimamente te. Por tanto, repito a U. que cargue con su libelo,
i se vaya con sus papeles a defender a otros reos.
-Pero Sr., repuso Monterilla afectando paciencia: el escrito
puede estar algo picante, lo confieso; pero ... ya ve U: por, no
hacer otro i perder el tiempo que i urje i urje en estremo... Al
fin se trata de un hombre que no vale un ardite...
-Pero yo si valgo, interrumpió Santiago gritando. a mi si me
hacen caso, o me lo harán algun día, por lo ménos en mi tierra: asi
que no por el decoro de ese hombre, sino por el mio; no por respeto
a él, sino por respetarme yo mismo, no debo firmar ese libelo, i,
repito que no lo firmaré.
-Es decir que la recusacion se queda sí! efecto; porque ya
repetido a U. que no hai tiempo que perder.
-¡Qué recurso ! esclamó Santiago: resignarnos, pues ha sido
posible hallar quien sea capaz de hacer bien un escrito to de
recusacion.
-¡ Oh ! gritó Monterilla ; U, no puede decirme tal cosa : yo los
hago, i me precio de hacerlos primorosos. i Calcúle U. . . un
escrito como este .... ! Ya se ve.... jente tímida del campo...
A este tiempo entró D. Juan, quien dirijiendose a Monterilla,
le dijo :
-Celebro mucho hallar a U. aquí.
-I yo no celebro que lo halle, dijo Santiago.
-No obstante, repuso Monterilla mui atento dirijiendose a D.
Juan ; U. me tiene a su disposition, i me apresuro a ofrecerle los
servicios de ese magifico escrito que está ahí sobre la mesa, i que
por el gusto juridico mas malo, ha sido desairado por el Sr. D.
Santiago.
-¿ Cómo a si?, preguntó D. Juan.
-Porque no ha querido firmarlo.
-Mal hecho; pues yo vengó determinado a que U. se en cargue cíe
la defensa de Santiago.
-¡De cual Santiago? preguntó este mui alarmado. De Santiago el
hijo de mi padre no será, c no es verdad, Sr. Juan ?
-Sinembargo le contesta este; es preciso que U. consienta en
esta eleccion, pues se hace de acuerdo con el voto de uno de los
mejores abogados.
-¡ Qué gracia i exclamó Monterilla mui ufano: los buenos
abogados siempre me recomiendan los negocios que les parecen
demasiado àrduos. I tengo la complacencia, añadió , con arrogancia,
de corresponderles de un modo .mui satisfactorio.
-Así será, dijo Santiago pero les declaro a UU. dos, que.; en
este asunto tengo un abogado mui bonito que me ha dado el consejo
de no ponerme en manos del Sr. Monterilla, quien me dispensará la
franqueza; el corazon de ese bogadito sabe mas, en mi i concepto,
que la cabeza de ese grande abogado de . que habla D. Juan;.
-Ya lo comprendo a U, dijo este sonrièndose.
-Pero yo no lo comprendo, añadió Monterilla ; i solo observo que
este Sr. me profesa tina ciega antipatía, sin dar razon de su
dicho, como décimos los prácticos.
-No tengo inconveniente en darla, contestó Santiago, si U. tiene
la paciencia de oirla.
-No me faltarla esa paciencia; porque antes bien me sobra cuando
se trata dé que haga a de mi una eleccion en. que hasta Cierto
punto está ya comprometido el crédito de mi oficio: pero por ahora
es escusado que se moleste en relatar las calumnias con que se
vengan de mi los envidiosos : las sé...de memoria mejor que la leí
procedimental; por que todos se han propuesto hacérmelas aprender a
fuerza de repetírmelas. Mas yo me callo, que ya llegará su tiempo
de desmentir por junto.
-Puesto que U. conviene en eso, dijo entonces, D. Juan, me
permitirá que le hable con franqueza. Sea justo o injusto, ello es
que tanto Santiago como yo hemos temido que U, segun esas calumnias
de que acaba de hacer mencion, pudiera comprometernos de algun modo
en la defensa que va a emprender. Así es que àntes de conferirle
tal encargo hemos resuelto resguardarnos, previniendo a varios
abogados, a quienes consultaremos en caso necesario. Le hago esta
revelacion para manifestarle que nuestros temores se han
desvanecido i depositamos en U. una absoluta confianza.
-¿ Conque habian preparado varios abogados ? Vea U : esa es una
cosa que otros muchos han hecho tambien; porque a mi me tienen
miedo, yo no sé porqué, i me tratan con tanta confianza apesar de
eso, que todos me lo dicen en buen castellano. ¿ i no tendré razon
para creer que soi de mas talento que otros, al observar que se
hacen semejantes necedades ? Cuando yo vivía en la casa paterna, el
R. Padre mi tío tuvo una sandez de que siempre me acuerdo en estos
casos. Estaba él cierta noche durmiendo con toda la tranquilidad
sacerdotal, cuando empezó un terremoto formidable. Yo que estaba
despierto, porque siempre lo estói, salí corriendo mui alborotado
gritando:-Padre! Padre! huya Vuesa Paternidad que se le cae el
edificio encima. Entónces estirándose con gran pachorra me
contestó: - huye tú, Pedro, que yo tengo pereza; pero te encargo me
dejes abiertas todas las puertas, i así si el convento se cae,
tendré por donde salir. Me acuerdo de este pasaje, porque si yo
hubiera de caerle al Sr. Santiago, no seria él ménos sandio en
dejarme desplomar encima con -la confianza de que lo salvaria
despues el consejo de algunos abogados. Nada de eso, Sr.: no tema
U., mal alguno, i encárgueme la defensa sin inquietud, que yo le
garantizo su inmediata libertad.
-Será así, dijo Santiago resignado, puesto que no hai otro
defensor para mí; puesto que no merezco que me patrocine un abogado
i no ha¡ quien pueda elevarse hasta mi inocencia, o si se quiere,
descender hasta mí mismo.
-Alguna de esas. cosas sucederá, dijo D. Juan; pero lo cierto es
que U. tiene que encargar su defensa a Monterilla.
-¿Me asegura pronta libertad? U. de veras, dijo Santiago a su
defensor, una pronta libertad?
-Si Sr. Estará U. en libertad mañana a las doce del dia; por que
hoi no tenemos ya tiempo para obrar. I lo mejor es que gozará su
libertad sin tener que volver a ocuparse nunca de esta causa: vea,
pues, cual era el defensor que tanto se empeñaba en rechazar. Si
desde el principio hubiera U. sido dócil, ya baria mucho que gozaba
de esa libertad; bien que esto no sea gracia mia respecto de U. que
está inocente, lo que es gran lástima; pero aun cuando fuera el
mismo Rolando con toda su pandilla, le aseguro que tambien lo
sacaría en palmas por esas calles de Dios.
-¿ I concluido esto, preguntó Santiago, podré tambien estar
seguro de que los dos no tendremos mas dares ni tomares?
-Eso exije esplicacion: tendremos algunos dares de allá para
acá, i algunos tomares de aquí para allá; porque yo no le trabajo
de balde a ningun parroquiano, i mucho ménos a U. que no ha sabido
echarse al bolsillo a todo un Monterilla que le sería allí mui
útil.
-Será U. remunerado, por supuesto i ya que está decidido así
este asunto, venga entonces ese libelo de recusacion para
firmarlo.
-No, Sr., dijo Monterilla; eso era cuando yo representaba
únicamente el papel de acomedido; mas ahora que soi un defensor en
regla, declaro que tal recusacion ni nos conviene ni es necesaria
de ningun modo. Yo guardaré mi escrito para que aumente la
coleccion de modelos que adorna mi legado; i alquilarlo a los
aprendices, que esta es otra de mis rentas, a fin de que lo copien
mutatis mutandis, como decimos los prácticos, en los casos
que se les ofrezcan.
-Sin embargo, dijo Santiago; de no haber recusacion, creo que U.
se engaña en la oferta que acaba de hacerme; porque si ese juez
pudiera ahorcarme, me ahorcaría todos los días; bien que yo hiciera
con él lo mismo de mui buena voluntad.
-No importa: eso nada significa. La fuerza de mi lójica no
respeta animosidades, i ante ella caen que da gusto las
prevenciones, las antipatías, todas las pasiones innobles i
malévolas: va U. a verlo mañana; i entonces yo le preguntaré quien
es Pedro Monterilla.
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