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El
Barco Turco
I
Toñito fue el último niño bautizado
por la cruzada evangelizadora del padre Eustaquio. La prueba es que todos sus amigos
menores llevan nombres que no son de cristiano: Bryan, Wilmer, Hayler. Los curas
franciscanos pasaban cada año bautizando a los que habían nacido y casando a sus padres.
No volvieron desde que aquellas tierras del río Atrato se vieron inundadas de paisas que
llegaron a montar aserríos para llevarse la madera y después dedicarse al narcotráfico.
La vida no volvió a ser la misma de aquellos días en que las mujeres le cantaban a San
Lorenzo para que el viento soplara y se llevara la cascarilla del arroz que iban pilando.
Toño se crió en la orilla del río
Chajeradó. Aprendió a nadar antes que a caminar y se fue haciendo niño mirando a las
mujeres en currucas lavar ropa sobre tablas de madera, ya que en esa tierra no hay
piedras; una piedra es allá un tesoro. No fue a la escuela porque no había y porque a
nadie le interesaba aprender a leer habiendo radio. Los viejos sabían sólo sumar y
restar para saber cuánto les debían los aserríos de Riosucio, tres días aguas abajo,
donde les compraban la madera. Toñito ni nadie sabe cómo ni por qué un día llegaron
incendiando las casas. Todavía tiembla de miedo cuando cuenta lo que ha vivido desde
aquella madrugada.
Yo estaba haciendo un trompo porque me
había aburrido de los barcos y de las cometas. La cosecha de arroz no había llegado y
por eso teníamos tiempo para jugar. Porque cuando llegaba el arroz, se venía como una
creciente del río y no había lugar dónde guarecerse para descansar. Los hombres grandes
lo cortaban con machete, y las mujeres lo arrimaban al pueblo. Los niños hacíamos
mandados, y no nos dejaban quietos; a los hombres había que llevarles biche para que no
se aburrieran y a las mujeres agua con limón para que aguantaran el sol. Lo malo de ser
niño es que todos los trabajos que a nadie le gusta hacer los tenemos que hacer nosotros,
y cuando todos se echan a descansar, uno tiene que seguir haciendo mandados.
Hacer trompos es difícil. No hay con
qué redondearlos para que se queden dormidos sin derrotarse. Los mejores son de chachajo,
un palo duro para trabajar, que por eso mismo dura. A mí me gustaba más hacer barcos y
soltarlos río abajo a que encontraran su destino. Me gustaba acompañarlos desde la
orilla hasta que se perdieran de vista. Los motores que suben y las trozas de madera que
bajan me ahogaron muchos barcos, pero yo seguía haciéndolos porque quería que alguno
llegara al mar. Todas las aguas van al mar, decía mi papá; y mi abuelo creía que se va
a morir allá. Es verdad: el río todo se lo lleva al mar, ya sea los chopos que tumban
los rayos, las cosechas de arroz que se desbarrancan, la ropa y los tenis que se dejan
secando a la orilla, los animales que se confían. Hasta la basura que uno bota, al mar
llega.
Hice en palo de balso todos los barcos
grandes que pasaban por el Atrato y que miraba cuando acompañé a mi tío Anselmo a bajar
unas trozas de cativo a Riosucio, donde las negociaba. Allá los barcos son grandes como
casas, tienen techo, estufa y televisión y adentro hasta se crían gallinas. Uno puede
vivir en ellos toda la vida, sin bajarse, porque, ¿a qué se baja uno si todo anda con
uno? Van hasta Cartagena jalando madera y vuelven trayendo remesa y loza, y duran hasta
dos días en llegar y dos días en volver. Mi tío me decía que había barcos más
grandes que esos en el mar, pero yo no le creía. No le creía, aunque él era mi amigo y
me había enseñado a caminar el monte, que tiene su maña. Una culebra mapaná mata un
novillo mientras uno mira dónde lo mordió; un tigre mariposo puede romper de un puño
una panga; una espina de chonta atraviesa una bota de caucho de lado a lado.
Mi tío Anselmo había andado mucho por
el mundo. Conocía Quibdó y conocía Itsmina, donde corren las aguas al revés y van al
otro mar, y había trabajado en el aserradero de la boca del río León, que recoge la
madera de todos los ríos. Un día entró en disgusto con los patronos porque no querían
reconocerle una plata que le debían. Se fueron a las malas y mi tío, que conocía el
daño que puede hacer una rula, le zampó dos planazos al encargado y lo dejó boqueando
como un pescado embarbascado. La policía dio en perseguir a mi tío y por aquí llegó y
no volvió a salir.
Sin embargo, vino sabiendo cómo era el
cuento de las maderas. Hacía cuentas: aquí nos pagan a tanto, en Riosucio vale tanto, en
el río León vale tanto y ¿cuánto no valdrá en Cartagena? Se puso de valiente a sacar
cuentas y a contárselas a los aserradores del río Curvaradó, y por eso lo mandaron
matar y lo mataron: lo ahogaron a palazos. Salió a los tres días por allá abajo, en las
bocas del Murrí, hinchado como un manatí y blanco como paisa descolorido. Mi abuelo dijo
que esa muerte se debía dejar quieta, porque la venganza trae más muertes. Pero no le
hicieron caso. Hubo muertos de aquí y de allá, hasta que el negocio de la madera se
acabó.
Un día pasaron los guerreros, gente
que maneja el monte y maneja los fierros. Nadie los conocía: venían de travesía y
traían dos heridos, flacos y acabados como el santo Cristo de Buchadó. Pidieron ayuda.
Al que llega al pueblo se le curiosea, aunque siempre se le ayuda. Descansaron, comieron,
lavaron ropa y durmieron. Se veían nerviosos por los heridos, que cada noche se miraban
más blancos. No valieron remedios, ni aguas, ni hierbas, ni rezos. Se murieron porque
tenían ya poca sangre. Los enterramos en el cementerio, por ahí disimulados, y el
comandante nos dijo que no podíamos decirle a nadie.
_Si lo hacen --añadió--, volvemos, y
no a preguntarles qué pasó.
Pero el tiempo pasó y vinieron otros
tiempos peores. La gente del río Curvaradó aguantó tres años comiendo arroz y
mazamorra de plátano, porque no quería vender su madera regalada, hasta que llegaron
otros paisas con su mochila llena de negocios y lo pintaron todo facilito y pulpo; mucha
gente se matriculó en esa suerte y aceptó entrarle al negocio de la coca: sembrarla,
trabajarla y meter los billetes entre la mochila. No había ni riesgos ni pierdes. Se
trabajó bonito al comienzo, los afueranos cumplían y pagaban. Yo me fui dando cuenta de
todo porque ya estaba volantón y mi ilusión era salir del río, conocer Cartagena, mirar
el mar. Era lo que soñaba.
La coca es un negocio que tiene la
fuerza del agua cuando la atajan. A la gente que se mete con ese mal, mal le va. A mi
mamá no le gustaba el vicio de vivir detrás de los billetes, pero hubo gente que vio por
ahí un hueco para salir adelante y se comprometió hasta el mango del hacha, como dicen.
Yo no sé cómo sería. Lo cierto es que un día los compradores llegaron armados y
hablando duro.
_Pagamos a tanto, y si no les gusta nos
importa poco. Además, ya sabemos que ustedes colaboran con la guerrilla y queremos
advertirles que eso no lo permitimos más.
_El trato no era ese --les dijo mi
abuelo--. Si ustedes no pagan lo prometido, aquí no se tienen más negocios con ustedes
_y todos los hombres grandes estuvieron con él.
_¡Guerrilleros de mierda! Por eso es
que no quieren colaborar con nosotros _volvieron a decir los diablos.
Era gente muy cismática, que nada
permitió. Tocó aceptar que pagaran la mercancía al precio que les dio la gana y se
fueron sin despedirse. Todos creímos que las cosas habían quedado así, sin más peleas,
en puras amenazas, pero mi abuelo nos aterrizó:
_No, esos diablos vuelven; es mejor
guarecernos en la montaña.
Y volvieron. En la noche de ese día mi
abuelo se levantó muchas veces; yo pensé que los orines no lo dejaban dormir, porque él
siempre se levantaba tambaleando, salía al jardín y volvía descansado. Aquella vez, sin
embargo, fue distinto. Tampoco los animales estuvieron quietos, y yo me dije que si los
perros no ladraban era que ya no llegaba nadie. Entre oscuro y claro me acuerdo que se
oyeron los primeros gritos:
_¡Guerrilleros de mierda! ¡Los vamos
a quemar en los ranchos! ¡Salgan para verles la cara!
Mi abuelo alcanzó a decirme:
_Métase entre los costales del arroz y
no se rebulla, que ahí no le pasa nada _y salió.
En la puerta lo mataron; cayó casi al
lado mío; yo ni siquiera pude darle la mano para quedarme con su último calor.
Después fueron sacando a los mayores y
amarrándolos uno con otro como trozas para echar al río. Las mujeres gritaban y rezaban
y los niños corrían sin saber para dónde. El jefe de los diablos disparaba como si
fuéramos guatines. Yo no me podía mover, el aire no me pasaba y el poco que me pasaba
hacía un ruido que me hacía bullir de miedo. Todo eran carreras de unos y de otros, el
pueblo era un solo dolor. Como mandado por mi abuelo, me desencostalé y corrí a buscar
salida al monte. Los disparos me seguían, nadie corría para el mismo lado, los diablos
disparaban a la loca. Los muertos quedaron en los patios, en el puerto, entre las casas. A
quien cogían con la mano, lo mataban a machete. Yo no sé de dónde me salió tanta
carrera. Me caía y era como si me hubieran botado en un colchón; me espinaba y era como
si me hubieran hecho cosquillas.
Corrí hasta donde dejé de oír
gritos, muy lejos del río. Creo que por allá nunca habían pasado cristianos, porque la
maraña era oscura de lo puro espesa. Tanto corrí que la noche llegó rápido, y entonces
fueron los mosquitos los que me arrinconaron. No había manera de salirse de la nube que
hacían alrededor de uno. Parecía que se podían coger a manotadas, pero ninguno quedaba
en mis manos, y cuando dejaron de atormentarme, comenzó el frío. Yo casi nunca había
sentido frío y esa vez lo sentí porque llegó acompañado del miedo. Miedo a que alguien
llegara y miedo a que no llegara nadie. Miedo a la noche y miedo al tigre. Miedo a los
muertos que habían matado, miedo a que hubieran caído mis papás y mis hermanos. Miedo a
que no los hubieran matado sino que anduvieran perdidos por esos andurriales. El miedo
siempre escoge con qué cara lo quiere a uno mirar. Lo peor es cuando lo mira con varias
caras y uno no se le puede esconder a ninguna.
Me desperté cuando el sol ya estaba
calentando. El miedo se había quedado entre la noche, y entonces fue el hambre la que
llegó a acorralarme. Yo dije: mejor morirme a que me maten, no salgo. Y aguanté así,
buscando pepas todo el día para matarla, pepas que mi abuelo me había mostrado. Pero con
la noche llegó otra vez el miedo y no llegó solo, sino de la mano de dolor de tripa. Esa
noche los ruidos de animales grandes se vinieron cuando los mosquitos se fueron. Estaba el
runruneo de los búhos, que no me daba miedo. Estaba el gruñido del mariposo, que hacen
los micos para que el tigre no se acerque. Los gruñidos son tan iguales que ni la tigra
se da cuenta. Un rato los sentía por allá, y al otro rato por acá, más tarde habían
cambiado de sitio, y después volvían a aparecer por donde habían llegado. Me encomendé
al Cristo de los Milagros y así, acompañado, me quedé dormido.
Cuando amaneció me levanté y me dije:
no, mejor salir a buscar la muerte que dejar que venga por mí. Sin embargo, ¿para dónde
coger si había dado tanta vuelta que ya no supe ni por dónde había llegado? Las aguas
lo llevan, recordé que mi abuelo me había dicho. Y siguiéndolas fui llegando a
corrientes más gordas y así, poco a poco, al río y por su orilla, al pueblo, donde todo
estaba quieto, vacío y no se oía pasar ni el viento. Nadie había para darme razón de
quién había quedado vivo. A los muertos alguien los había desenterrado y los perros los
habían desparramado por todas partes. Me eché a llorar en el sitio donde habían matado
a mi abuelo; ni él ni ninguno de los cuerpos de nosotros estaba por ahí, pero los
rastros de las sangres llevaban al río. Lloré mucho, mucho, y entonces arrimé a la
playa y esperé a que alguien me llevara hacia abajo. Pero ninguna panga, pequeña o
grande, arrimaba a la orilla, así yo le hiciera señas y le gritara y le gritara. Nadie
quería saber nada de lo que había pasado en el pueblo para no tener que dar cuenta a la
ley de lo que había visto. Todo el mundo sabía y nadie quería saber.
Eché a caminar río abajo por la
orilla hasta que me quité el pueblo de encima. Por la tardecita, de pronto, un motorista
se apiadó y me recogió en su panga. Los pasajeros venían hablando del fracaso del
pueblo, de lo que nos habían hecho, y alguien dijo que a los muertos los habían tirado
al río para que nadie los reconociera; que a unos los habían rajado para que nunca
boyaran; que a otros los habían botado enteros y que éstos, al tercer día, salían a
flor de agua en la Moya de los Chulos, que por eso así se llamaba. Decían que los chulos
navegaban sobre los muertos inflados como vejigas, hasta que a picotazo limpio los
reventaban y el difunto se profundizaba entre las aguas. Comencé a rogar por que a mis
papás no los hubieran rajado ni que los chulos los hubieran reventado, para poder
hacerles siquiera un alabado. Al poco rato llegamos a la Moya y yo le dije al marinero que
me dejara ahí. No estaba solo. Había gente del pueblo esperando el tercer día para ver
quién llegaba. Las mujeres rezaban en un altar que le habían hecho al Señor Milagroso;
los hombres bebían biche y hablaban sin hacer ruido. Todo mundo con la esperanza de
recoger su muerto y enterrarlo en tierra. Una vecina mía, doña Edelmira, juraba y
rejuraba que los muertos que se hunden en el agua se vuelven pescados.
A la tarde llegó el primer finado, don
Anastasio, el dueño de una tienda llamada Mi Orgullo. Lo sacaron. Parecía que lo
hubieran cebado, por lo gordo, y no tenía ojos. Lo sacaron a pedazos, le rezaron, y al
hoyo. La familia no se hallaba. Al rato llegó un primo mío.
_Ese es mío _grité.
Me lo sacaron y me ayudaron a
enterrarlo. Yo me sentí importante, porque todos me dieron el pésame, y triste, porque
era mi propia sangre.
A la madrugada comenzó la cosecha.
Llegaba uno tras otro, tantos, que los huecos que se habían abierto no alcanzaron. Sólo
se oían los "ese es mío", "ese es mío". Hacía frío de ver tanto
muerto. Aunque mi gente, la que yo esperaba, no llegó. Cada muerto era la ilusión de que
fuera mi papá, mi mamá, mis hermanos. Pero no. Ninguno, por más que mirara y mirara los
que iban arrimando, y tratara de que alguno fuera el que esperaba. Uno necesita el
cuerpito del muerto para poder llorarlo, y para que descanse ese arrebato que le deja a
uno el finado por dentro. Sin muerto, el muerto sigue vivo. Un muerto da vueltas alrededor
de los vivos como los tábanos alrededor de las bestias.
Esa tarde llegaron los diablos y
dijeron que estaba prohibido pescar los muertos, que había que dejarlos seguir río abajo
y que si alguien desobedecía la orden lo echaban a hacerle compañía al difunto que
sacara. Con la última familia que quedó, los Mosquera, nos fuimos en la línea. No hubo
nunca más. Al poco tiempo llegamos a Vigía del Fuerte. La panga se acercó y alcanzamos
a ver que el cuartel de la policía, la alcaldía, la Caja Agraria, todo estaba derrumbado
y todavía echaba humo. Alguien dijo:
_Fue la guerrilla retaliando por lo del
río Chajeradó _y nadie volvió a hablar.
Mi abuelo --me dije-- tenía razón.
Por el río bajaban las tarullas
despacio, y el motor runruneaba y runruneaba. Medio dormido, me despertó un golpe sobre
una de las bandas de la panga: era una ola que casi nos hace dar el bote. Me restregué
los ojos porque no entendía dónde estaba. El río se había vuelto una ciénaga
grandísima. El marinero dijo:
_El golfo está picado _y diciendo eso
aparece de porrazo el golfo, es decir, el mar. Me puse arrozudo de verlo y sobre todo de
olerle ese olor que viene de sus propias profundidades. Me dio por abrir los brazos como
los pájaros y por llorar como un recién nacido; sentí como si esa inmensidad me bañara
la pena. Al rato desembarcamos en Turbo, donde arreglé con el patrón para que me llevara
a Cartagena a cambio de lavarle la panga y de ayudarle a atracar donde fuera arrimando.
II
Toñito llegó al hospital entre la
vida y la muerte. Yo cumplía mi turno de urgencias y lo recibí en coma. Había estado en
el agua tanto tiempo que se encontraba al borde de una hipotermia fatal. Lo reanimamos y
poco a poco lo fuimos sacando del hueco y devolviéndolo a la vida.
La historia es corta: Toñito se había
escondido en un barco de bandera turca que zarpó rumbo a Nueva York, y al rato los
marineros lo descubrieron y el capitán ordenó botarlo al mar. Toñito no opuso
resistencia, sino que le dio la cara al agua y no se dejó empujar sino que se echó solo.
No le tenía miedo al agua porque había nacido en ella y desde niño la manejaba. Pero un
barco es un barco y puede tener veinticinco metros de alto; el agua lo azotó, pero no lo
reventó. La turbulencia de las hélices casi lo ahoga, aunque él sabía que a las
corrientes no hay que contrariarlas y se dejó llevar por ellas hasta que el barco se fue
alejando y la calma retornó.
Flotó mucho tiempo; entendió que
nadando no podía llegar a la playa. Eso lo salvó de la desesperación. Duró
sobreaguando más de tres horas, hasta que unos pescadores que regresaban de las islas de
Barú lo rescataron, según ellos, muerto. Lo frotaron con aceite de tortuga para sacarle
el frío y le dieron agua de coco hasta que volvió a respirar. Sin embargo, respirar no
era lo mismo que revivir y por eso me lo trajeron al hospital, donde me fue tomando
confianza. Yo lo acompañaba a comer y él me miraba con su miradita agradecida. Me contó
que había resuelto irse de Cartagena para donde "el viento fuera", porque en
Cartagena lo habían tratado de "incendiar".
Yo vivía con una gallada en la calle.
Nos rebuscábamos por donde podíamos. Éramos cuatro: tres nacidos en el Chocó y uno
nacido en un pueblo llamado Chengue, en los Montes de María. Comíamos lo que el día nos
procurara. Por la noche dormíamos en la puerta de los almacenes finos, en los cajeros de
plata y hasta debajo de los carros. Nos vivían sacando a palo de todas partes porque
decían que ensuciábamos, que olíamos feo, que robábamos. La ley nos mantenía
derrotados y siempre de huída; los guachimanes nos daban patadas si nos dejábamos
apañar. Nos pareció muy buen negocio vender aceite de coco en la playa, pero nunca se
pudo. Ahí los enemigos eran los vendedores que habían arreglado con la policía y le
pagaban para poder vender ellos solos. A los hoteles no podíamos arrimar porque ahí
contratan sapos con guayacán de día y machete de noche; los turistas a veces querían
darnos plata y la ley no los dejaba. Decían que metíamos basuco y que más encima
vendíamos coca. ¿Coca? ¡Si no teníamos para comer! A veces chupábamos sacol contra el
frío y contra el hambre, porque el sacol es una cobija que quita el frío y seca la
tripa. Los que venden coca y marihuana son la policía y los guachimanes.
El parche había salido del barrio
Mandela, a donde llega todo el que no tiene casa. Cuando la panga me dejó en el puerto de
Cartagena, lo primerito que hice fue ir a buscar ese barrio. El marinero me dijo:
_Vaya que allá algo consigue, y hasta
puede encontrar a su papá y a su mamá.
Se me alegró el alma de sólo pensar
en volverlos a ver, aunque fuera por un ratico. Es lo que uno quiere de la gente que se
va: volver a verla para decirle que uno está vivo. A mí me atormentaba pensar que a mi
gente la hubieran matado creyendo que a mí me habían matado. Eso los hubiera puesto más
tristes. A veces me conformo pensando que los diablos no les dieron tiempo de pensar en
nada.
En el Mandela hay miles de familias.
Todos han llegado de huída, dejando el camino de los muertos. Pero quieren seguir
viviendo y les toca aceptar la vida como viene. Uno no puede ponerse a regatear con el
destino cuando le ha visto la cara a la muerte. Había mucho pueblo del Atrato y unos
pocos del río Chajeradó. Cartagena siempre ha sido desde siempre como la mamá de esos
ríos, y todo mundo tira para acá cuando le va mal y también cuando le va bien. Cuando
llegué al Mandela lo primero que pensé era que los diablos que acabaron con mi pueblo
debían de andar por ahí. Pero también me dije que era imposible que aquí, en medio de
tanta gente, nos fueran a rematar.
El día que entré al barrio ya era
noche y lo primero que me topé fue a un familiar, don Tato, primo de mi papá. Era un
viejo acomodado y buena persona. Me puse contento porque creí que me iba a dar hospedaje,
como es siempre la costumbre en los ríos. El que llega, así sea de noche y lloviendo,
tiene asegurada la comida y la dormida. Pero don Tato me dijo, sin que yo hubiera abierto
la boca:
_Aquí no es como allá; aquí cada uno
es cada uno. Nada de que me ayude, que fue que tal cosa y tal otra. No, nada. Aquí lo que
se usa para poder vivir no son las manos sino los codos, que sirven para dar codazos.
Entienda que no es que yo no quiera; es que aquí no se puede. O sobrevive usted o
sobrevivo yo. Así que vaya cogiendo camino.
Me dije: pues bueno, el viejo tiene su
genio, pero no será así todo el mundo. No obstante, nadie me quería alojar en su pedazo
de rancho, porque no eran ni ranchos siquiera, sino meros tapados hechos con plástico y
cartón sobre el barro de la ciénaga. El agua había que traerla de un tubo que la botaba
de tanto en tanto, y para hacer del cuerpo había un zanjón donde todos descargábamos y
nadie tapaba. Di vueltas hasta que encontré a una señora sola, que no era ni siquiera de
la tierra. Me quedé mirando un crío que gritaba y lloraba. Le dije que si ella quería
yo le arrullaba la criatura; me contestó que no, que la niña lo que tenía era hambre y
eso no se resolvía meneándola. Le dije:
_Pues déjeme quedar en un rinconcito y
yo le ayudo en la casa y salgo a buscar para los dos.
_Mire a ver si encuentra sitio _me
respondió.
Y me quedé a vivir con ellas. Casi no
podía dormir porque la niña gritaba y lloraba día y noche, y la vieja le daba agua de
arroz. Yo salía por la mañana y volvía con algo por la tarde, y en esas andanzas
conocí al parche. Salíamos juntos y mientras unos campaneaban, otros buscábamos.
Conseguíamos para nosotros y para llevar a la casa, pero eso no fue suficiente y la niña
amaneció muerta un día. Era que traía un hambre muy brava y no pudimos dominarla.
Muerta la niña, la señora vendió el encapullado que tenía y el nuevo dueño me hizo
volar.
Para mejor fue, porque pocos días
después de salirme a vivir a la calle, llegaron los diablos y mataron a siete muchachos,
todos salidos de los ríos de por puro miedo. Por eso nunca más quise volver al Mandela.
Con los parceros hicimos un trato: todo lo que consiguiéramos era para todos, nadie
podía rebuscarse solo. Si uno busca entre las canecas, si uno le hace el rápido a un
turista, si uno se jala un vidrio, pues todo tiene que ser ayudado, y para no pelear, que
a quién le toca cuánto, pues lo mejor es que a todos nos toque todo. Nos iba bien,
vivíamos. Uno sin los diablos detrás puede respirar. Pero hay muchos diablos, unos que
son de verdad y otros que les ayudan. Un día encontramos una puerta para dormir y allá
hicimos el parche. Salíamos por la mañana y volvíamos por la noche, hasta que el dueño
del almacén se disgustó y nos echó la ley. Entonces, en venganza, le pinchábamos las
llantas del carro y nos abrimos. Hicimos el parche en una alcantarilla que tenía una sola
entrada. Era como un hueco largo y allá nos metíamos. Hasta que una noche, como a las
dos de la mañana, oí un ruido como de alguien hablando; los otros estaban volando porque
habían sacoliado, pero como yo tenía esa vez mucho dolor de cabeza, no quise meter.
Cuando me di cuenta, estábamos ardiendo. Yo salté gritando y como fui el primero en
despertarme, las llamas no habían cogido fuerza. Pero de todas maneras, una pata se me
alcanzó a incendiar; los otros no pudieron salir. Se murieron como pollos en un asadero.
Yo me di cuenta de que eran órdenes del cucho del almacén, porque al otro día, sin que
nadie avisara, y muy de madrugada, fue la policía a sacar los cadáveres en bolsas negras
de plástico. Nadie sabía que allá había muertos; sólo yo y los que habían hecho el
mandado. Yo me dije ahí mismo:
_Me voy, me voy, me voy para donde
vayan los barcos.
Y se fue Toñito en el barco turco.
Yo he pedido en adopción al pelado y
he hecho todo el papeleo, pero el Instituto de Bienestar Familiar me ha salido con el
cuento de que él no es huérfano, porque sus padres no han sido declarados legalmente
muertos, ni tampoco desaparecidos, porque nadie ha puesto el denuncio de su desaparición,
y que, por lo tanto, hay que esperar un tiempo a ver si alguien lo reclama, o si los
padres aparecen y van a buscarlo al instituto. Eso significa varios años de espera y de
trámite. A juzgar por la agilidad con que se hacen los tramites, Toñito cumplirá la
mayoría de edad antes de que el juez tome una decisión que me permita adoptarlo.
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