TRANSITO

DON LUIS SEGUNDO DE SILVESTRE

 

A la atrayente figura de este vigoroso novelista apenas consagra una breve referencia don Antonio Gómez Restrepo en su reseña sobre la «Literatura Colombiana», escrita para la «Revue Hispanique» y reimpresa por «Ediciones Colombia» en 1926, con algunas notas complementarias del propio autor.

En la noticia biográfica preliminar del cuento «Un par de pichones», que publicó el «Repertorio Selecto» en el mismo año de 26, monseñor Rafael Maria Carrasquilla se limita a manifestar que aprecia más el citado cuento que la novela «Tránsito». Tampoco es muy explicito don Roberto Cortázar en su monografía sobre «La novela en Colombia»; Matos Hurtado apenas lo trata en su «Compendio de la historia de la literatura colombiana», e Isidoro Laverde Amaya, fuente muy valiosa para el caso, se despacha del tema en quince líneas. Así, pues, bien puede afirmarse que la personalidad del autor de «Tránsito» está aún por estudiar.

La brevedad que han de tener estas noticias nos oblige a ceñirnos a lo estrictamente indispensable. Sin embargo, procuraremos dar al lector una idea general y sintética acerca de Hernán Pérez del Pulgar, H. P. del P. H., Saldaña o González Cortina, que de todos estos seudónimos usó don Luis Segundo de Silvestre.

Había nacido este paladín de la fe católica y de las ideas regeneradoras en Bogotá y el primer día de junio de 1838. Se graduó en jurisprudencia, y el año de 1858 era secretario privado de don Mariano Ospina, en ese entonces presidente de la República.

Desde muy joven tuvo de Silvestre marcada afición a las letras: tanto, que su padre, que era un hombre práctico, le escribía de Honda cuando el hijo contaba veinte años:

«Con mucho placer he recibido la tuya a la que me acompañas tu plan de un instituto científico, el que me dices lo has trabajado tomando algunas ideas que sobre progreso del país me has oído en las conversaciones que tengo contigo y tus hermanos; y que me remites este trabajo como para desagraviarme de la molestia que me causa el que te hayas dedicado a la poesía, y para que vea yo que no escribes versos solamente: tu escrito es bueno y me complace que tengas pensamientos tan serios a tan poca edad; tu proyecto me indemniza de la pena que me da el verte estudiar poesía, en vez de mecánica, mineralogía química o alguna ingeniatura, porque estos estudios estarían en consonancia con el espíritu de este siglo en que todo es progreso. Con la poesía no vivirás:   todos los poetas han sido pobres... Repara, mi querido hijo, que se hace más entre nosotros con el serrucho de un carpintero, que con la estrofa de un poeta.

El establecimiento científico a que se refiere lo transcrito y que planeaba don Luis Segundo, era nada menos que un instituto nacional de ciencias y bellas artes, regido por el gobierno y dividido en dos grandes escuelas: una que debería abrazar todos los ramos propios de la educación de la mujer, y otro para varones, que comprenderla todas las ciencias y las artes. Mas a pesar de que el secretario privado del presidente perdió varías páginas del folleto en hacer cuentas y buscar arbitrios a su ventura universidad mixta, aquí sí que soñó como poeta, por más que su padre no lo hubiese advertido: aspiraba a «rifar» las minas de platino del Chocó y el territorio aurífero de Cocorná, en la provincia de Mariquita, y a vender en millón y medio las de plata de Santa Ana. Con el capital así obtenido el gobierno procedería a fundar un banco hipotecario, aplicando a ello un tercio; a distribuir otra tercera parte entre los comerciantes para que comprasen frutos exportables, y a Invertir la parte restante en la introducción de inventos útiles al país. Lo que no se advierte es de dónde iban a salir las rentas de la universidad, pues el producto de las rifas se emplearía, como dicho queda, en cosas bas­tante ajenas a los estudios.

Dos lustros después de haber dado a luz el famoso plan, don Luis Segundo hace la primera Incursión de importancia en el periodismo al lado de su hermano Adolfo, con quien fundó «La Patria», semanario cuya vida, que comienza el 12 de julio de 1867, hemos podido rastrear hasta el 12 de octubre del mismo año.

A poco se hizo cargo de la redacción de «La República», en reemplazo de don Jorge Isaacs, y allí, siguien­do los consejos que su padre le diera en la carta de marras, estableció secciones dedicadas exclusivamente a la industria y a la agricultura, amén de una «Revista de Bogotá», encomendada a Hernán Pérez del Pulgar, Y aunque como redactor principal no supo distinguirse entre los buenos periodistas de su tiempo, justo es reconocer que se rodeé de muy buenos colaboradores, entre otros don José Manuel Groot, don José Joaquín Ortiz, don José Maria Vergara y Vergara, y don Miguel An­tonio Caro.

Ya al final de su existencia efectuó una segunda sa­lida periodística en compañía de Antonio M. Silvestre (¿otro de sus hermanos?). Este nuevo semanario, «El Orden», apareció el 1º de enero de 1887; pero don Luis Segundo sólo alcanzó a redactar los dos primeros números, pues falleció el 10 de enero de ese año víctima de una antigua dolencia cardiaca.

En la cosa pública nuestro novelista Intervino concurriendo en varias ocasiones al congreso, sirviendo una magistratura en el tribunal del estado soberano del Tolima y en la Corte Suprema Nacional, y como secretario de Gobierno y encargado del despacho de hacienda en el mismo estado soberano del Tolima, al lado del presidente don Antonio B, Cuervo, de quien fue luego jefe de estado mayor en la contienda de 1876, y compartió con éste y con el general Manuel Casablanca la derrota en Garrapata el 21 de noviembre del mismo año.

El general Briceño en su libro «La revolución —1876-1877— Apuntes de la Historia», dedica al señor de Silvestre el siguiente elogio: «El señor Luis Segundo de Silvestre se hallaba en el Tolima desempeñando el destino de magistrado del Tribunal Superior, cuando fue llamado por Cuervo a la secretaría de gobierno, en los momentos de peligro: su actividad y su consagración fueron asombrosas; colaborador más activo, más inteligen­te le habría sido difícil al señor Cuervo encontrarlo en la república».

Si hacemos caso omiso de sus escritos doctrinarios, ecuánimes y sensatos en general, y de alguno que otro epigrama no exento de gracejo, de los que corren por ahí haciendo el oficio de «patas> en los periódicos que como redactor principal se veía obligado a llenar de pé a pá, el bagaje literario de don Luis Segundo de Silvestre se reduce, prácticamente, a una biografía de Manuel Briceño, escrita cuando aún vivía el general, a los cuentos «El alojado» y «Un par de pichones», y a la novelita «Tránsito», que se reproduce en el presente volumen. Pero con ser tan breve ¡ qué jugosa y estimable resulta su labor literaria!

«El alojado» es un relato algo soso de la entrada de los vencedores de Boyacá a Santafé y de un Idilio de amor entre una chica realista y un oficial de la Legión Británica

En «Un par de pichones» se describe de manera maestra Un hogar santafereño de los postreros días del virreinato y primeros de la revuelta española contra Pepe Botellas, revuelta que había de parar en el grito de independencia de las colonias, los desmanes del ejército pacificador y la precipitada huida de los realistas a raíz de Boyacá. En este ambiente histórico se encierra la existencia de un par de viejos de buena pasta, las hijas solteronas y un ejército de gatas y gatos, a sombra de un caserón de aquellos en que sobraba espacio para albergar a cuatro beatas pobres y hasta a un clérigo de misa y olla arrancado de alguna página de Quevedo.

Visitaba la casa «un joven colegial de San Bartolomé de los que llamaban capistas, que es como si dijéramos externo, quien, prendado de Chepita, la de los brazos rollizos, rara vez faltaba a la tertulia de don Pedro, aunque no pudiese, por la vigilancia de doña Cata.rina, decir al oído de la garrida muchacha la menor palabra confidencial. Era el estudiante galante y decidor, y su continente tenía atractivo a pesar de que el pobrísimo vestido que gastaba no era parte de realzar su gallardía. Componíase éste de una esclavina o capa corta de color de panza de burro, pantalones de marsella tan amarilla como la yema dé un huevo, y tan cortos, que dejaban ver los tobillos cubiertos con calcetines de hilo de Ramiriquí, que, como saben los que alcanzaron a conocerlos, tenían la propiedad de no permanecer sujetos a la pierna sino descender en forma de rosca sobre el zapato, dándole al pie la apariencia de la pata de las palomas que los niños llaman calcetas, por tenerlas cubiertas de plumas. Finalmente calzaba zapatos de cordobán con orejillas sujetas con una estropeada cinta negra, y gastaba, en vez de sombrero, cachucha de paño azul. Dábale este vestido la apariencia de una sota de baraja española; pero, así y todo, era gallardo; y como tenía muy buenos modales y conversación fácil y agradable, hacía olvidar lo pobre, extravagante y raído de su vestimenta. Llamábanlo en casa de don Pedro, el cucuteño, por ser oriundo de Cúcuta.

«Tratábanlo con tal intimidad, que lo convidaban a rezar el rosario las noches que iba de visita; y después se completaba la velada con juegos de prendas que ponía el cucuteño, o con la charla de don Pedro, que acostumbraba a decir cuanto le saltaba a la mollera con toda la gracia y desenfado de los andaluces.

«El cucuteño sabía rasguear la guitarra y cantar, y aunque pocas veces se prestaba a este ejercicio musical, porque tenía bastante talento para no volverse vulgar, cuando lo hacía era a maravilla».

En este cucuteño reside ni más ni menos, el mayor atractivo del cuento, pues la narración que de las andanzas del mozo nos sirve de Silvestre es de las pocas referencias que nos quedan respecto a la juventud del Hombre de las Leyes. Las escenas en que se describen el regreso del prócer, cuando era vicepresidente de Colombia, a la casa del español, el miedo con que éste y su esposa lo reciben, recordando un antiguo vaticinio del quevedesco clérigo de antaño; el escondite del viejo entre un cofre, y su muerte por asfixia, mientras Santander intenta salvarlo de la terca e innecesaria defensa de la vieja, son páginas comparables a las más graciosas del género costumbrista, y a la vez están impregnadas de ridículo, de tristeza, de amor, de un sentimiento, en fin, que nos hace reír llorando. Monseñor Carrasqullía afirmaba haber alcanzado a conocer personajes de los que figuran en el cuento, el cual estimaba como una fotógrafía de colores.

La novelita «Tránsito» que en seguida va a leerse, no es inferior a «Un par de pichones»; por el contrario, la consideramos como una de las muestras más simpáticas entre las narraciones colombianas de su género, pues, a descripciones llenas de color y de verdad, se agregan en ella un argumento interesante y un sentimiento delicado y puro que no desmaya; los caracteres están bien definidos, y para el estudio de nuestro folklore tiene un gran valor.

De Silvestre conocía palmo a palmo el escenario que describe, así como el tejemaneje del tabaco, pues su padre no sólo se ocupó en negocios de esta planta durante varios años, sino que es autor de un opúsculo, dedicado, por cierto, al general Mosquera, e Intitulado «Diez días de ocio en Nariño, o apuntes sobre el cultivo del Tabaco en las orillas del Magdalena».

Don Pepa Samper, gran conocedor de las regiones y gentes que describe de Silvestre, como que a más de ser tolimense nativo ejerció el cargo de jefe político del cantón de Ambalema (precisamente cuando se hallaba en su auge la industria del tabaco), dice:

«El plan de la novela recientemente publicada por el señor de Silvestre es sencillo y natural; la trabazón carece de artificiales complicaciones y hay en ella fácil engarce de muchos cuadros de costumbres tolimenses y cundinamarquesas, en cuyo fondo se ponen de relieve unos cuantos caracteres trazados con verdad. Nótese en todas las páginas del relato una especie de serenidad suave y amable, aunada a un arte natural con que se da interés aun a los menos dramáticos episodios; y en toda la pintura de la plebeya pero simpática heroína, reina una exquisita delicadeza de contornos y perfiles y un colorido que hace amar y estimar a la honrada y laboriosa hija del pueblo, siempre dominada por la ingenuidad del sentimiento.

«Tan verdaderos son los cuadros trazados por el señor de Silvestre, que para nosotros, hijos nativos del alto Magdalena o del Tolima, y adoptivos de Bogotá, cada uno de ellos es una evocación. En nuestra juventud hemos oído contar en los patios, al amor de la luna y los jazmines y emparrados, las consejas populares relativas al Mohán o Moján, al Poira y a la Madre del monte, a los Tunjos o gnomos y duendes, a la Candileja y a otros espíritus buenos o malos; hemos tomado parte en las corridas de gallos y caballos de San Juan y del San Pedro y hasta del San Churumbelo; hemos navegado muchas veces el Magdalena entre Neiva y Honda, en balsa o canoa, y dormido en ranchos y caneyes o en las ardientes playas, a la pampa; hemos vivido como el autor hace vivir a muchos de sus personajes en Girardot; estuvimos sentados algunas veces a la hospitalaria mesa del inmejorable caballero inglés señor Crostwaite (el propietario un tiempo de la factoría de Nariño); hemos pasado apuradas crujías de viajero en el Saldaña, el Coello y otros ríos; hemos visto las iniquidades de malos hacendados y caciques de pueblos, abrumando impunemente la miseria de labriegos desvalidos y persiguiendo la virtud de muchas Tránsitos; hemos observado muy de cerca la vida del cosechero del tabaco y de la cigarrera, yaprendido a estimar el tipo de la ñapanga o cinturera; y en fiestas libres y populares, como las del Guamo y Purificación, de Ibagué y Ambalema, así como en herranzas, pesquerías y otras diversiones, hemos visto en su plena florescencia de vida ardiente, llena de pasión y candor y sin disimulo, amable, al hospitalario y honradote pueblo de las llanuras del Tolima.

«Como todo eso lo conocemos y lo hemos vivido, las escenas de Tránsito, lejos de habernos cogido de nuevo, han sido para nosotros como las de un cosmorama, por largo tiempo retenidas en la memoria, Podemos afirmar que todas son absolutamente reales, así como lo es el lenguaje de todos los actores. El primoroso tipo de Tránsito, idealizado y todo como aparece, está magistralmente copiado del natural; el tipo del protagonista está correctamente delineado y bien sostenido; los balsero, o bogas Cipriano Quimbayo y Juan Brilles son tan auténticos, en absoluto, que podemos decir que hemos viajado en balsa o en canoa con ellos, la ventera del puerto de Purificación, el Matías y la Damiana que viven sobre la barranca de la confluencia del Luisa y el Magdalena (donde dormimos en 1854, en campaña), y los dueños del caney donde el protagonista fue amparado tan generosamente, después de su naufragio en el río, son retratos fotográficos; Endimión es la representación de uno de tantos jóvenes de buena ley, caballerescos, impresionables, agudos en el decir y de humor alegre, que produce la sociedad sana de Bogotá; el tío del protagonista —director de la factoría de Girardot— es un hombre severamente campechano, austero y bondadoso, incansable en el trabajo e inflexible en su espíritu de orden y moralidad, como hay tantos entre nuestros negociantes de Cundinamarca; Urbano, que por ningún titulo merece su nombre bautismal, no es una fantasía, sino un verdadero hijo de cacique hacendado, de aquellos que campan por su insolencia y corrupción en nuestros pueblos; y otros de los personajes subalternos son Individuos con quienes todos hemos tropezado por estos mundos de Dios».

Cerraremos esta noticia transcribiendo los comentarios que «Tránsito> mereció a nadie menos que a don Juan Valera, y que pueden leerse en la carta que el ilustre novelista español escribió a don José María Rivas Groot para acusarle recibo del «Parnaso Colombiano». Dice así el gran escritor:

«Es lástima que no lleguen por aquí ni leamos nosotros sino poquísimos de los libros en prosa que ustedes escriben. Yo, lo confieso, aun no he leído más que una novela de Bogotá: Tránsito, de  Silvestre. Y aseguro a usted que han quedado vivamente impresas en mi mente las escenas que describe, en las fecundas márgenes del Magdalena; las fiestas populares, las alegres cabalgatas, los apasionados amoríos, y el poético baile y tonada y canto a la vez, que llaman bambuco, y que se me figura que no ha de ser inferior a nuestros fandangos, boleros, jotas y seguidillas. Todo lo que leo de ahí me parece más que español. Tal vez nosotros vamos degenerando, o por decirlo así, destiñéndonos y como perdiéndonos modestamente en la cola de la cultura europea, mientras que ustedes conservan mejor el individualismo, la autonomía de raza, Ahí puede llamarse a un cachaco un dandy y cachaquería la hig life, Ahí siguen los coliche. o asaltos, como los había en mi mocedad en nuestras ciudades de provincia cuando improvisábamos un baile en la casa de algún amigo, invadida de repente. Y ahí se canta, se baila y se toca el bambuco en coro, por galanes y damas, que comprenden, estiman y ejecutan la música más sabía de Schubert, de Chopin y de Beethoven, y aún compiten con ella, escribiéndola, como nos cuenta el señor Cané de la señorita Teresa Tanco».

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