20 Crónicas Policíacas
Felipe González Toledo

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El "Doctor Mata" , criminal único

Un verdadero maestro de lo que el derecho penal llama la premeditación, y un simulador de grandes facultades histriónicas fue Nepomuceno Matallana. Hombre oscuro y de malos antecedentes, que dejó guardados en Boyacá cuando se vino para la capital de la República, se entregó al ejercicio de la profesión de abogado sin que sus conocimientos hubieran pasado el ciclo de primaria. Para actuar como tal incurrió en falsedades y maromas, en las cuales era un experto.

En miles de toneladas de papel se difundió en su época la trayectoria criminal de Nepomuceno Matallana, y el autor de este recuento, habiendo cubierto casi totalmente la serie de aventuras delictivas del falso abogado, llegó a fastidiarse tanto que ahora se ocupa del personaje porque sería imperdonable que dentro del propósito de recordar los grandes crímenes, olvidara al más grande de los criminales.

En la población de Caldas, Boyacá, nació Matallana en el comienzo del siglo. Fue muy conocido en Chiquinquirá y en la provincia de Ubaté, región en la cual se inició como delincuente, pero de esos delincuentes que no dejan rastro. A temprana edad, pues no había pasado mucho de los 20 años, contrajo matrimonio con Carmen Sarmiento, mujer que ya había caminado buena parte del otoño de su vida, pero que disponía de algunos dineros.

-No se meta con ese sujeto porque es un pícaro -le dijeron a doña Carmen sus hermanos.

Pero como Matallana redoblaba sus reverencias y sus requerimientos, doña Carmen acabó por casarse, y tal como si fuera una niña díscola de 15 años, recibió el imborrable sacramento a escondidas de su familia.

"A esta vieja hay que matarla, pero todavía no". Así debió pensar Matallana cuando los hermanos de Carmen lograron evitar la enajenación de las tierras de que la anciana esposa de Matallana era propietaria. El buscón sólo pudo disfrutar de la venta de una cosecha de papa y de unas joyas que tenían el mérito de ser tan antiguas como su dueña.

Se cuenta que Matallana, mucho antes de venir a Bogotá, mató aun hombre en su región y escondió el cadáver entre dos grandes piedras, donde los gallinazos "piquetearon", como muy propiamente se puede decir. Sólo tiempos después alguien encontró los huesos y se ataron cabos que señalaban a nuestro personaje como autor de ese homicidio, cuando ya era muy difícil, por no decir imposible, cobrarle el delito. Ni siquiera fue llamado a declarar.

Instalado ya en Bogotá, puso en juego un sistema de su invención. Escogía a sus víctimas entre fichas sueltas de la sociedad. Así cayó una proxeneta en uso de retiro, necesariamente bueno; cayó un homosexual adinerado que vivía lejos de su familia; cayó también el propietario de una bomba de gasolina, separado de su mujer y sus hijos; cayeron dos hacendados, enemigos entre ellos y sin parientes cercanos; cayeron varios más y, finalmente, le correspondió el turno a don Alfredo Forero, negociante y cambalachero, ya mayor de 60 años y distanciado de su esposa y su hija. En todos estos casos se contó con la eficaz y fiel ayuda de un peón que era algo así como los sicarios de estos tiempos, pero de a pie.

Como estas personas solitarias eran dueñas de considerable fortuna, después de ocultar los cadáveres entraba a actuar el falso abogado con la falsificación de poderes generales autenticados ante el notario con suplantación del otorgante o empleando el sistema de falsear letras de cambio que responsabilizaban a sus víctimas de cuantiosas deudas.

Don Alfredo Forero, la última de las víctimas de Matallana, disponía de un buen capital y de un gran sentido del negocio. Alejado de su familia, contaba con la compañía de Merceditas López, una muchacha de 20 años que se había portado con él leal y cumplidamente. De manera ocasional Forero se relacionó con el tinterillo de esta historia, y los negocios fueron el tema de sus conversaciones. y hablando de negocios Matallana le ofreció en venta a don Alfredo unos terrenos ubicados al sur de Usme y sembrados de eucaliptus que muy pronto serían maderables. Forero hizo cuentas y apreció que la oferta constituía una buena oportunidad.

-Es que necesito -dijo Matallana- reunir unos centavos para pagar una hipoteca, y liberar así un edificio que quiero vender para viajar a Europa antes de que me haga viejo.

Alfredo acostumbraba informarle a Merceditas López de todos sus negocios, y gracias a sus confidencias de alcoba fue posible que la justicia se abriera paso y no quedara en la impunidad la muerte de don Alfredo, tal como quedaron los anteriores crímenes de Matallana.

Impulsado por su senil afecto a Merceditas López, abrigó el propósito de hacerle un gran regalo. Le ofreció a Mercedes una casa, y con la muchacha visitó varias propiedades de buen precio, en busca de la que a ella más le gustara. En ese momento, precisamente, fue cuando se atravesó Matallana y le ofreció a Forero el bosque de eucaliptus situado en el cerro de "Calderitas", al suroriente de Usme. Se fijó la fecha del viaje y una mañana, a muy temprana hora, don Alfredo se despidió de su compañera con la promesa de llegar antes de que se entrara la noche. Esta despedida, como habrá de verse, fue para siempre.

Con el paso de los días creció la angustia de Mercedes López. Además de la falta que le hacía su viejito bondadoso y cordial, la atenazaba la certidumbre de que había perdido la oportunidad de ser dueña de una casa. Acosada por la impaciencia, le hizo antesala al "doctor" Matallana, quien finalmente le informó:

-No espere muy pronto a don Alfredo porque él tuvo que huir para salir de un lío muy serio. -Y confidencialmente añadió en voz muy baja-: Un lío de faldas...

¿Lío de faldas? En la expresión de Matallana, Mercedes adivinó una mañosa mentira. Y adoptó la determinación de llevar el caso al conocimiento de las autoridades.

Realmente, fue poca la atención que le prestaron a Merceditas, pero la averiguación siguió su curso rutinario, camino del "archívese". Por hacer algo, eljuez de instrucción a cuyo despacho correspondió la denuncia de Mercedes llamó a declarar a Nepomuceno Matallana.

Mercedes López se había situado, como si ésta fuera su única ocupación, en la puerta del juzgado de instrucción que tenía a su cargo las averiguaciones, y ahí la encontré varias veces y me comunicó el motivo de sus inquietudes. Tales cosas decía, que era necesario creerle.

Una mañana, en el mismo juzgado supe que Matallana estaba rindiendo declaración. Cuando salió, le formulé algunas preguntas, y él, con ademán de desagrado, se limitó a responder:

-Gajes del oficio...

Con su respuesta evasiva, el tinterillo quería ratificar su posición de que su condición "profesional" le impedía revelar los motivos por los cuales don Alfredo Forero se había ausentado.

Hablé luego con el juez, y obtuve la facilidad de echarle una mirada a la declaración que Matallana acababa de juramentar. Dijo el dañino sujeto que era abogado, que tenía 43 años de edad y que se había graduado en la "Universidad Republicana".

Por un recuerdo familiar estuve en capacidad de decirle al juez :

-Este "abogado" de 43 años se habría graduado a la edad de doce años, pues la Universidad Republicana se cerró en 1918.

La angustia de Matallana también debió crecer, acosado por la insistencia de la muchacha en averiguar por su “viejito”

-Para qué busca a Alfredo Forero habiendo tanto muchacho -le dijo el tinterillo a Merceditas, y agregó-: Si le hace falta dinero, tome estos 200 pesos y ojalá no vuelva con tanta frecuencia porque yo vivo muy ocupado.

Mercedes no recibió el dinero que le ofrecía Matallana, y de la oficina del falso abogado salió directamente al juzgado de instrucción; en esta vez, el investigador le prestó más atención y le escuchó todos los detalles relacionados con la partida de don Alfredo. Tal como él mismo se lo había informado, la muchacha le dijo al juez:

-Alfredo iba a ver un bosque de eucaliptus situado más allá de Usme, en un cerro llamado Calderitas. Debían viajar hasta Usme en el automóvil del doctor Matallana, y de ahí continuaban a caballo, en bestias que un peón llevaría desde Bogotá.

El juez pidió a la prefectura de seguridad un buen detective, y lo puso a trabajar. Este auxiliar, un agente secreto de apellido Capote, comenzó por rastrear las pistas que daba Merceditas. Si las bestias habían sido llevadas de Bogotá, en el retén de Usme debía haber alguna constancia. En efecto, en la fecha indicada por Merceditas, en el retén aparecía registrado el paso de dos caballares conducidos por un hombre que dijo llamarse Hipólito Berrera. Así comenzó a desenredarse la sutilísima trama.

Capote comenzó a averiguar por los lugares donde alquilaban bestias, ya para entonces muy escasos en Bogotá. Preguntando dónde alquilarían bestias para viajar por los lados de "La Regadera", obtuvo una dirección de Puente Aranda, donde alquilaban buenos caballos de paso y; efectivamente, allá le informaron que un doctor Matallana había tomado en alquiler los caballos, el moro "Talismán" y el bayo " Jonatás". El informador agregó que el doctor había pagado por anticipado el valor de el alquiler y que había dejado al dueño del negocio una suma como garantía por las bestias y sus aparejos. Después, según dijo el hombre de Puente Aranda, un calentano vino por los animales como a las 5 de la mañana.

-Precisamente los zamarros que estaban ahí colgados se los puso el calentano para emprender el viaje.

Capote examinó los zamarros y entre uno de los bolsillos encontró una clave definitiva: una tarjeta profesional del "Doctor Nepomuceno Matallana -Abogado titulado e inscrito-". La tarjeta contenía la autorización para que Hipólito Herrera pudiera pasar con los caballos por el retén de Usme.

En su declaración juramentada Matallana mencionó que tenía o había tenido propiedades en Pubenza, abajo de Tocaima El detective viajó a Pubenza, fácilmente dio con el hombre que buscaba y lo trajo a Bogotá. Por lo poco y lo vago que habló Hipólito con el detective, se ataron algunos cabos más, y el investigador ordenó la captura de Matallana para someterlo a indagatoria. El tinterillo cayó en numerosas contradicciones y el juez le dictó auto de detención.

En cuanto a Hipólito, el detective Capote esposó al calentano y se lo llevó para la región paramuna de Calderitas, donde presumiblemente se había cometido el crimen contra el incauto don Alfredo Forero.

Siempre me ha repugnado la tortura como medio investigativo, y en este caso, debo reconocerlo, el detective Capote empleó una tortura a su modo. Sistema que en la época presente deben haber empleado mucho los "investigadores" en cuyas manos ha caído tanta gente inocente. A este viaje de pesquisa a la montaraz región de Calderitas se sumó Merceditas López. Es decir, su empeño en buscar al desaparecido la llevó a convertirse en investigadora. Merceditas, antes de abandonar la carretera para emprender el ascenso por los cerros, compró una gallina gorda, unas dos libras de papa, cebolla, sal y algo de tomar. Se proponía preparar en algún rato de descanso un espléndido piquete. Hipólito rompió el silencio para quejarse del frío. Algo iba de los 30 grados de su llanura de Pubenza al páramo. y como si esto fuera poco el calentano iba en camisa de mangas cortas. Sin que Capote lo hubiera previsto, este era un auténtico suplicio que comprometía a hablar claro. Después de mucho caminar, Hipólito dijo a sus acompañantes:

-El doctor Matallana me trajo una vez por aquí hace años, pero no hacía tanto frío como ahora. También es cierto que tal vez no hacía tanto frío como ahora, y esa vez yo traía ruana. Una ruana gruesa, de pura lana. Sabrosa.

Adelante caminaba Hipólito Herrera con las manos esposadas atrás; le seguía Capote, revolver en mano e inspeccionando el terreno a cada paso, y detrás marchaba Merceditas con su carga de viandas. Capote observó un lugar donde estaba la tierra removida, y su mirada pasaba de la tierra a la cara del preso, y de la cara del preso a la tierra en cuyos contornos había matas de frailejón algo mustias. Tomó a Hipólito por un brazo, le quitó una de las esposas, lo puso contra un árbol más o menos corpulento y ahí quedó atado al cerrarse la argolla que le habían quitado de la mano izquierda. Mientras el preso permanecía abrazado al árbol, el detective se dedicó a reunir leña y luego le ayudó a Merceditas a prender candela. A sólo tres metros del árbol al cual permanecía esposado Hipólito, ardía la leña sobre la cual colocó Mercedes una olla que le habían prestado donde compró la gallina. Agua se consiguió fácilmente, y la muchacha no tardó en despescuezar la gallina. En el agua hirviente Mercedes metió la gallina para desplumarla, y con una navaja de Capote, una vez desemplumado y desencañonado el cuerpo de la inocente víctima de la gula, procedió la improvisada cocinera a abrir el animal y alistarlo para el cocido. Capote lavó la olla y trajo más agua para lavar las papas y preparar el condumio.

Bien pronto, el caldo echó a hervir, y el cautivo, con la máxima expresión de vencimiento, no quitaba sus ojos verdosos de la olla, para él tan distante y tan ajena.

- Señor, por vida suyita, regáleme un sorbito de caldo que me muero de frío.

El detective le respondió con unas preguntas: -Si se muere de frío, ¿de qué murió don Alfredo Forero? y ¿dónde lo enterraron?

Cuando ya Capote y Mercedes estaban devorando la gallina y las papas y tomando sorbos de caldo con cuchara de palo turnada, se dieron cuenta de que las lágrimas rodaban por las enjutas mejillas de Hipólito. El detective le pidió que contestara:

-Si le damos gallina, papas y caldo, ¿usted qué nos da?

-Si me dan mas que sea un sorbito de caldo caliente, yo les cuento unas cosas -respondió el preso entre sollozos.

-Dígalas pronto antes de que el caldo se enfríe -lo urgió Capote.

El detective cortó un palo con la navaja y él mismo se empeñó en remover la tierra y la encontró blanda. En seguida desató a Hipólito del árbol y lo puso a trabajar.

-Le advierto, Hipólito, que si trata de correr le echo plomo.

-No, señor. !Ave María!

Después de sacar mucha tierra con ambas manos dijo Hipólito:

-¡ Aquí está!

Efectivamente, Capote y Merceditas al mirar al fondo de lo que Hipólito había cavado vieron algo que podría ser un cadáver, es decir, el del señor Forero. Hipólito continuó sacando tierra y vieron más claro: ahí estaba el cadáver de don Alfredo. Merceditas reconoció las ropas que su "viejito" llevaba el día de su desaparición. El detective y la muchacha dieron por cumplida su tarea, Herrera quedó nuevamente esposado y con los chismes de cocina que les habían prestado emprendieron el camino de regreso. Con su navaja Capote fue dejando señales en los árboles y tomando puntos de referencia para no perder la ruta.

Al día siguiente regresaron el juez investigador con su secretario, Capote, otra vez Merceditas y, claro, el calentano Herrera. En esta vez Herrera viajó con una buena ruana que el mismo juez le regaló. Posteriormente, se llevó a la práctica la diligencia de reconocimiento del cadáver en el Cementerio Central. Este acto rutinario dio curiosos pero inútiles resultados, porque Matallana insistió en que no tenía ni idea de lo que le había pasado al señor Forero, y así como venía negando su viaje a Calderitas, se encastilló en un no rotundo a cuanto se le preguntó.

-La última vez que vi a Forero fue en mi oficina de abogado, cuando me contó que estaba metido en un lío muy grave, que lo obligaba a esconderse.

Bien se puede decir que la tarjeta encontrada en un bolsillo de los zamarros fue la clave definitiva para el esclarecimiento del crimen, clave muy bien aprovechada por Capote, quien se calificó como un "sabueso" de verdad que, como se pudo ver, condujo al descubrimiento de la remota sepultura de los despojos mortales de la víctima.

Por aquellos días, los lectores de la prensa sólo tuvieron ojos para las informaciones que se publicaban sobre el atroz crimen de Matallana.

Fue mucho el trabajo que tuve en esos días y, como si esto fuera poco, recibí una citación de un juzgado penal del circuito para rendir indagatoria en relación con una denuncia que contra mí presentó Matallana. Ocasionalmente me encontré con el juez que me citaba, y cuando me reclamó la desatención a su llamamiento, me disculpé:

-Usted sabe, mi querido juez, que para los llamados delitos de prensa hay un procedimiento especial. Primero se pide una rectificación o aclaración, y si el periodista se niega a publicarla, entonces sí se llama a declarar ante el juez.

-Pero es que no se trata de un delito de prensa -arguyó el juez- pues la denuncia contra usted, presentada por Matallana, es por el delito de hurto.

Ocurrió que cuando el investigador del crimen de Calderitas practicó una inspección ocular en la oficina del falso abogado, yo lo acompañé en esta diligencia. Abierto el escritorio, vi un álbum fotográfico. Contenía retratos de mujeres, con dedicatorias ridículamente amorosas. y qué mal gusto tenía Matallana. Desprendí muy disimuladamente la foto de la "mona" Forero, una de las amantes más duraderas del tinterillo, y la publiqué en el periódico. "Esto es un hurto", dijo Matallana y formalizó la denuncia contra mí. Muy mala voluntad me tenía el famoso delincuente, porque en el periódico donde yo trabajaba en esos tiempos, como el apellido "Matallana" es tan largo no me cabía en los titulares y resolví apocoparlo. Aquello fue un éxito, porque quedó "doctor Mata", y así lo llamaron por el resto de su vida. Bueno, y por lo del famoso "hurto" nunca me tomé el trabajo de atender la repetida citación del juez penal del circuito.

La diligencia de reconstrucción del crimen atrajo muchísimos curiosos, y la cola multitudinaria subió hasta el lugar de los hechos. Matallana viajó a caballo, pero como durante la diligencia permaneció mudo e inmóvil, le tocó regresar a pie. No sé si yo lo merecía, porque también regresé "a pura pata". Fue que en aquel torbellino de la diligencia me robaron el caballo alquilado.

La publicidad del caso Matallana dio lugar a que varias familias cayeran en la cuenta de desapariciones de allegados suyos ocurridas en idénticas circunstancias. Entre los desaparecidos que en sus últimos tiempos tuvieron relaciones con el falso abogado, figuran personas aisladas, adineradas y sin parientes cercanos, pero esto se supo a la hora de descubrir el "Mr.HydeMr." que había detrás del "Dr. Jekyll", es decir al "doctor Mata", detrás del "abogado Matallana".

De las desapariciones atribuidas a Matallana no quedó rastro alguno o asidero para intentar investigaciones. Solamente en el caso de Leonor López, proxeneta retirada, casualmente se encontró un juicio ejecutivo contra ella, promovido por Nepomuceno Matallana. Quién sabe cómo desapareció a Leonor, a quien no era fácil llevarla de paseo a Calderitas. Es posible que la vida de la proxeneta hubiera llegado a su fin en una pequeña finca que el falso abogado tenía entre Bogotá y el antiguo municipio de Usme, y que el cadáver lo hubiera sepultado allí mismo. Pero eso habría ocurrido varios años antes y la investigación era poco menos que imposible. El juicio ejecutivo tuvo su curso en un juzgado civil del circuito de Bogotá, con base en una cuantiosa letra que contra López tenía Matallana en su poder. Hábilmente y bajo cualquier pretexto, cuando la ejecución estaba en marcha, Matallana pidió y obtuvo el desglose del documento. Sólo, pues, quedó en el expediente la copia autenticada por el juez, y el original desapareció. Muy seguramente Matallana falsificó la letra después de la muerte de Leonor López, y valido del falso documento promovió el juicio ejecutivo. En la demanda denunció como bienes embargables un edificio de apartamentos, construcción levantada en la carrera 5ª.entre la calle 14 y la Avenida Jiménez de Quesada, cuadra antiguamente llamada "Calle de Pamplona". El edificio, que representaba todo el capital de Leonor López, era de dos bloques que sumaban quince apartamentos. Como no apareció la "deudora", pasados los requerimientos públicos, se decretó el remate. El edicto se publicó en un periódico de escasa circulación, y se puede decir que la fecha fijada para el remate llegó sin que lo hubiera visto interesado alguno. Se presentó solamente un postor, que era un testaferro de Matallana, y como no tenía competidores se hizo adjudicar la propiedad por las tres cuartas partes del avalúo, que por sí mismo era notoriamente bajo.

Leonor López tenía un hijo que vivía muy alejado de ella, pero sabía que mantenía relaciones de negocios con un tal Matallana. Su empeño fue hasta encontrar al "doctor", quien dio una explicación igual a la que empleó tiempo después para tratar de embaucar a Merceditas, la amante de Forero; que Leonor estaba metida en un lío y se había ausentado del país.

-Indirectamente -dijo Matallana- recibí noticias de doña Leonor, cuando hace algún tiempo estaba en París, de paso para no sé dónde. Yo tengo por ahí esa carta, que es la única noticia que he recibido. Cuando tenga tiempo la busco; vuelva la semana entrante y es posible que la haya encontrado, y se la muestro.

Cuando el muchacho regresó, Matallana le mostró la carta. Estaba firmada con el nombre de una mujer desconocida, y se refería muy vagamente a la "estatua". Aclaró Matallana que Leonor, al despedirse, le dijo que le enviaría noticias suyas, pero llamándose "estatua", para que no la identificaran si el papel caía en otras manos.

El muchacho, desconcertado y decepcionado, se fue a París a averiguar por la madre entre la colonia colombiana y acabó enrolándose como combatiente de la guerra mundial. Para beneficio de Matallana, el hijo de la "estatua" debió morir en la guerra.

De no haber sido por la enorme cantidad de memoriales, peticiones, apelaciones, etc., de Matallana, el juicio no habría sido tan largo pero se prolongó por años y terminó con el veredicto condenatorio del jurado, por unanimidad. Por entonces eran cinco los miembros del tribunal de conciencia, que recientemente fue suprimido, y el juez de la causa había calificado el homicidio con los peores agravantes. En las mismas condiciones fue condenado Hipólito Berrera, participante muy activo en el asesinato de Forero. Hipólito Herrera la pasó bien en la prisión. Era muy aficionado a la música y tocaba bandola muy bien. En la cárcel formaron un trío, del cual era el principal el tocador de bandola y bandolero Hipólito. Recuerdo que cuando terminó la audiencia, que fue multitudinariamente concurrida, el poeta Fernando Arbeláez, de excelente humor, se acercó al defensor de Matallana, doctor Isaías Hernán Ibarra, para felicitarlo. Evidentemente, Ibarra hizo una defensa magistral, elocuente y hasta conmovedora. Al darle un abrazo, el poeta Arbeláez le dijo al abogado:

-Estuviste formidable. Me dejaste maravillado. Después de esta defensa, que absuelvan a tu "doctor Mata", pero... que no lo suelten.

La sentencia condenatoria no se hizo esperar, el juez del conocimiento condenó a Matallana y a Herrera a la máxima pena. Es decir, a veinte años de presidio. Sin embargo, fueron puestas en juego diversas argucias, y con el fundamento de una ligera falla procedimental, el tribunal superior anuló la condena y ordenó convocar aun nuevo jurado. La tramitación de todo esto requirió mucho tiempo.

La nueva audiencia, con otros defensores, se aproximaba ya a su final, cuando en la cárcel Modelo Matallana sufrió un colapso cardíaco y falleció casi repentinamente. Alcanzó a pasar poco más de diez años en la prisión. Casi simultáneamente, quiero decir muy poco antes o muy poco después, murió Hipólito Herrera. El proceso, pues, por la muerte de los acusados, pasó al archivo.

Definitivamente quedaron en la oscuridad los demás delitos del falso abogado, y el proceso público sólo sirvió para que en Ubaté y en sus vecindades boyacenses recordaran homicidios perpetrados por Matallana en su juventud, cuando todavía estaba muy lejos de ser el famoso "doctor Mata". En Caldas, pequeña población de Boyacá, tierra natal de Matallana, se hizo notar la desaparición de un campesino, y mucho tiempo después fueron hallados los huesos dentro de una gran grieta formada en una piedra de tamaño gigantesco. Se dice que hubo sospechas contra Matallana pero no se constituyó ninguna prueba. "Mata" se calificó como uno de los más grandes criminales en la historia delictiva de Colombia.

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