La muerte de Uriel Zapata
Uriel Zapata era un joven abogado antioqueño que termino sus estudios pero no logró graduarse por falta de recursos económicos. Era casado con una muchacha Villamil, quien con los dos hijos del matrimonio, por apremiantes necesidades, tuvo que regresar a la casa de sus padres. Uriel no solamente carecía de fortuna sino que era un infortunado. Estaba para que lo protegieran, pero se constituyó en protector de los exguerrilleros liberales que entregaron sus armas en los Llanos Orientales.
El gobernante de esos tiempos, general "jefe supremo", después de desarmar "a los malos hijos de Colombia", trajo del Valle un equipo de "pájaros" de esa región, cuyo récord inmediatamente anterior a los mediados del año 53, dejó un incontable número de víctimas. y los "pájaros", en Bogotá, fueron investidos de autoridad, como miembros del G-2, institución llamada a prestar los servicios de inteligencia al alto gobierno.
No tardaron los policías pinillistas en poner sus ojos sobre el protector de los exguerrilleros del Llano, y un día del comienzo de diciembre del 53 Zapata cayó preso. O, más exactamente, desapareció.
Entre sus especiales prerrogativas, el G-2 contaba con cárcel propia. Era esta una casa de tipo antiguo, que por lo demás no ofrecía ninguna particularidad. Una noche, Uriel Zapata fue sacado de la cárcel del G-2 y metido en la carrocería de un camión cubierto que partió con rumbo por el momento desconocido.
En una estrecha grada del Salto de Tequendama, a muy poca distancia de donde el agua se precipita, apareció un cadáver humano. La alcaldía de Soacha procedió a rescatarlo y comprobó que a la víctima le habían recortado las orejas. Estas mutilaciones no solamente constituían una prueba de que el crimen se había perpétrado, sino que los pabellones recortados iban a engrosar la colección de orejas que los "pájaros" conservaban.
Como ya se había echado de menos la presencia de Uriel Zapata de sus lugares habituales y fundadamente se temía que algo muy grave le había podido ocurrir, los amigos del desamparado jurista antioqueño fueron a Soacha e identificaron plenamente su cadáver.
De la investigación de la muerte de Zapata fue encargado un juez nortesantandereano, caracterizado por su parcialidad y su pasión política. Y el funcionario investigador, muy aficionado al tejo, todas las tardes se iba a reventar unas "mechas", precisamente con los "pájaros", íntimos amigos suyos. En estas circunstancias, la investigación no avanzó ni una línea después del rutinario auto "cabeza de proceso". Tan escandalosa fue esa demostración de parcialidad que el ministro de Gobierno, Lucio Pabón Nuñez, decidió nombrar un investigador especial, y confió el caso a un funcionario liberal, el abogado Emiro Quintero Chica.
Antes de continuar con este relato, quiero informar que el general Powels, comandante de la Fuerza Aérea, confió a dos exdetectives de la seguridad que ahora hacían parte del servicio de inteligencia de la FAC las pesquisas conducentes al esclarecimiento del crimen. Estos dos detectives, mis antiguos conocidos, en sus pesquisas por los contornos de la catarata encontraron un pantalón y un zapato, prendas que relacionaron con los hechos en investigación y me participaron de su hallazgo. El pantalón presentaba una particularidad muy expresiva: para quitárselo a la víctima no se tomaron el trabajo de abrir la hebilla del cinturón sino que cortaron la correa de un navajazo que también dejó una abertura en el paño de la prenda.
Los comisionados del general Powels me encargaron la misión de dar a reconocer estos restos de la ropa de Uriel a sus inmediatos parientes. Un hermano de la víctima observó atentamente el zapato viejo y reconoció que correspondía aun par de calzado ya muy usado que había cedido poco tiempo antes al infortunado abogado. Por su parte, la viuda de Uriel, sin poder contener las lágrimas y sin tratar de disimularlas, reconoció el pantalón y besó repetidas veces el viejo y sucio resto de la ropa de su marido.
Muy pocos días antes de que el juez parcial hiciera entrega del expediente, con motivo de la aparición de las prendas y de las publicaciones de que el pantalón y el zapato de la víctima habían estado en mi poder, me llamó a rendir declaración juramentada. Pensé en que tenía que habérmelas con el juez y los "pájaros", y pedí, o más exactamente exigí, que la diligencia relacionada conmigo fuera presenciada por un funcionario de la Procuraduría General de la Nación. Como mi petición, de ninguna manera, debería ser desatendida, me llamó al periódico el doctor Madero París, delegado del procurador, y me dijo que había sido comisionado para presenciar mi declaración. Nos citamos cerca del juzgado y llegamos juntos al despacho del juez. Mi informe, vago y un tanto fabuloso y despistador, llenó dos o tres folios del expediente.
Tan pronto como el juez Quintero Chica recibió el cuaderno informativo "le mostré mi juego" y lo puse en contacto con quienes sabían más que yo. Así, el asesinato de Zapata quedó plenamente aclarado. La misma noche en que lo sacaron de la cárcel del G-2, lo llevaron al Salto. La hora de la noche era bastante avanzada, y fue allí, muy cerca de la catarata, donde sometieron al prisionero a las peores torturas y le recortaron las orejas. Al parecer, los "pájaros" no se dieron cuenta de que el cadáver de su víctima había quedado enredado y con facilidades para el rescate. Después, desde la carretera, ya abajo del Salto, botaron las prendas en dirección al río pero el pantalón y el zapato, también sin que se dieran cuenta los asesinos, quedaron en los matorrales.
Bajo la dirección del juez Quintero Chica, la investigación marchó a grandes pasos. Los "pájaros" fueron incomunicados, inclusive el jefe de la pandilla, Campo Elías Castro, un suboficial en retiro a quien sus subalternos, sus compañeros y también sus superiores, llamaban el "Capi Castro". Todos los sindicados rindieron indagatoria, y en contra de ellos Quintero Chica dictó auto de detención, providencia que también cubrió al "Capi Castro", quien participó activamente en el monstruoso crimen.
Por esos tiempos se decretó la amnistía para los delitos políticos, pero con la excepción de los crímenes atroces. El “jefe supremo" influyó no muy discretamente para que el favor fuera concedido también a los asesinos de Zapata, pero este crimen era lo bastante monstruoso y cargado de agravantes para merecer la gracia de amnistía.
Sólo pasados pocos meses, una nueva medida del ejecutivo absolutista abrió las puertas de la cárcel al "Capi Castro", al "pájaro azul" ya todos los demás comprometidos en el repugnante delito.
Ya caído del poder, Rojas Pinilla fue llamado ajuicio por la Corte Suprema de Justicia, y se decretó la práctica de la audiencia pública. Fue entonces cuando tuve la oportunidad de presenciar algo insólito: Rojas Pinilla entró al recinto de la audiencia de brazo del "capi" Campo Elías Castro, quien acompañó al exgeneral en el banco de los acusados durante toda la vista pública. Hay honores que cuestan, pero también hay otros sumamente baratos.
El asesinato de Uriel Zapata fue un estigma que llevó Rojas Pinilla desde los comienzos de su abusivo mandato, aunque quedó desdibujado por muchos atropellos más y por el escándalo de sus jugosos negocios de beneficio personal.
Fueron muchos los actores de este episodio. Al "capi" lo volví a ver varios años después, ya valetudinario y de inofensiva apariencia. A los detectives del general Powels dejé de verlos hace mucho tiempo. Supe de uno de ellos que murió en accidente de tránsito hace diez años o poco más. Nunca supe qué suerte corrió Lizarazo, el "investigador" que jugaba al tejo con los "pájaros". Falleció, ya hace algún tiempo, Emiro Quintero Chica, el valeroso investigador e inolvidable amigo. Tampoco volví a tener noticia de la familia de Uriel Zapata, cuyos hijos ya deben estar llegando a los 40 años. Comprobadamente supe que el "pájaro azul" murió achicharrado entre Flandes y Espinal cuando conducía a grandes velocidades un lujoso automóvil robado. Bueno, es que ha pasado mucho tiempo. Algunas cosas se olvidan, pero otras quedan imborrables en la memoria.
De mediana estatura, cetrino, delgado y de ojos vivaces, era Campo Elías Castro, cuyo apodo de "capi" tiene un origen elocuentemente expresivo de las costumbres dictatoriales de la época a que nos hemos referido. Rojas Pinilla autorizó & Castro para uniformarse de capitán cuando ejecutara misiones tales como las visitas a guarniciones militares, en calidad de espión o echadizo para observar "cómo iban las cosas". A esas inspecciones del "capi" le temblaban los coroneles. y los generales, también.
