EL FUEGO DEL CIELO.
I
¿VEIS pasar esa nube pavorosa,
ora roja, ora pálida, sombría
cual estéril estío? Tal parece
que en alas de la noche tenebrosa
huye de una ciudad el grande incendio.
¿De dó viene? ¿del cielo ó de Oceano?
¿Es el carro de fuego en que demonios
tal vez á algún planeta van cercano?
¡Ah! de su seno, caos misterioso,
de cuándo en cuándo un rayo tortüoso,
como larga serpiente, baja al llano.
II
¡El mar! ¡doquier el mar! ¡doquier las olas!
En vano el ave, en busca de la tierra,
apresura, afanosa, el raudo vuelo:
¡agua en redor, y por encima el cielo¡
Las ondas por las ondas empujadas,
van en tropel: los ojos no descubren
aquí y allí sino ondas agrupadas.
A intervalos los peces que viajando
van á flor de agua, en juego con las olas,
hacen brillar al sol sus conchas de oro
y el suave nácar de sus anchas colas.
Semeja el mar rebaño que sacude
su vellón; vago círculo de bronce
limita el horizonte en lontananza;
el cielo azul se mezcla con las ondas…
- « ¿Debo secar el mar? » dice la nube.
- « ¡No! »…
Recobra su aliento, y rauda sube.
III
Allí está un golfo cuya verde orilla
se proyecta en el agua perezosa:
se oyen trinos, tal vez de la avecilla,
de esos que alegran la mañana hermosa.
Allí asoma la tienda de la tribu
que, libre al sol y al agua, pesca y caza,
y alegre vive de su pobre industria.
Puras son sus costumbres: allí el niño,
la doncella, el guerrero, sobre el césped
danzan, dadas las manos con cariño;
y de la llama del hogar en torno,
que abate el viento y se reanima luégo,
se dan á dulce canto y dulce juego.
Las doncellas, tan negras como el ébano,
bellas como la noche, sonreían
viéndose en sus espejos, y extraían
luégo la leche á sus camellas dóciles.
Bañábanse desnudos los varones
y las mujeres, todos inocentes,
en el cerúleo golfo…Esas naciones
¿dó moraban ayer?...Voces hirientes
de címbalos se mezclan á los ruídos
de los vientos del mar estremecidos...
La nube se detiene vacilante.
- « ¿Es aquí? »...
Y alguien dícele: -« ¡Adelante! »
IV
¡Hé allí el Egipto! Campos matizados;
llanuras prolongadas por llanuras:
yacen al Norte mares de aguas puras,
y al Sur los arenales retostados.
El Egipto sonríe entre dos mares,
éste de agua, y aquél de ardiente arena.
Tres montes, fabricados por millares
de esclavos, levantaban hasta el cielo
su cúspide invisible, á los humanos
ojos sus bases esquivando, hundidas
entre la arena. De la aguda punta
hasta la base, íbanse ensanchando
y en gradas anchurosas explanando.
Una alta esfinge de granito rojo
y un dios de mármol verde las velaban:
los vientos abrasados del desierto
sus párpados jamás bajar lograban.
Los navíos entraban en el puerto:
una ciudad gigante sumergía
sus pies de piedras entre la onda fría.
Mugir se oía el simoún nefario,
y sobre los guijarros las escamas
crujir del espantable cocodrilo.
Cual una piel de tigre, se extendía,
de islas manchado, el amarillo Nilo.
El astro-rey se hundía. El mar en calma,
al abrigo del viento, el globo de oro
reflejaba,-ese mundo, de la tierra
lámpara inextinguible, y vida y alma.
En el cielo rojizo y en las ondas
bermejas, cual dos reyes se veían
dos soles que buscarse parecían.
- « ¿Ya me detengo aquí? » la nube clama.
- « ¡Sigue! » dice la voz.
Y más se inflama.
V
¡Arena y más arena! ¡es el Desierto:
mar de polvo, sin límites ni puerto!
aquí nada está quieto: las montañas,
de amarillenta cima, desparecen
cuando la tempestad desata su ira,
y el cielo las arenas oscurecen.
De cuándo cu cuándo ruidos misteriosos
el silencio interrumpen; perezosos,
con tardo paso van los caminantes;
sus filas se deslizan, semejantes
a serpientes de mármol, á lo lejos.
Estas inexploradas soledades
pertenecen á Dios, á Dios tan sólo;
sólo ÉL de estos vastos arenales
sabe el fin dónde está, dónde está el polo.
Siempre cubre este mar cárdena bruma,
y negruzcas cenizas son su espuma.
- « ¿Cambio en lago el desierto?» desde el cielo
clama la voz.
- « ¡Más lejos! »…
Y alza el vuelo.
VI
Cual un inmenso escollo, levantado
sobre las ondas; cual montón informe
de rocas, por gigantes hacinado,
hé aquí á Babel, el monumento enorme.
De la luna á los pálidos reflejos,
larga sombra lanzaba, que cubría
cuatro elevados montes, á lo lejos.
Bajo las plataformas oprimidos,
los vientos melancólica armonía
modulaban, y quejas y gemidos.
La humanidad en otro tiempo en torno
invisible vagaba, y algún día
la torre había de elevarse al cielo,
uniendo el hombre á Dios, y el astro al suelo.
Las mayores montañas de granito
no dieron materiales suficientes
para el coloso. Cimas sobre cimas,
en caracol constante é infinito,
en torno alzaban las altivas frentes.
Enormes boas se veían apenas
como lagartos deslizarse lentos
en torno á los excelsos monumentos.
Palmeras elevadas, formidables,
á los pies del coloso se veían
apenas como arbustos miserables.
Pasaban elefantes por las grietas
de los muros. Enjambres numerosos
de águilas raudas y de enormes buitres
revolaban en torno á los hermosos
pórticos, cual en torno á una colmena.
- « ¿La aniquilo? » la nube dice airada.
- « ¡Márcha! »
- « Señor, me siento fatigada. »
VII
Dos ciudades allá, desconocidas,
cuyas excelsas torres escalaban
el espacio, veíanse tendidas
bajo la parda bruma de la noche,
y sus dioses y pueblo reposaban.
Dos hermanas gemelas parecían
que en un lecho común, de amor, dormían.
Las torres, bosquejadas por la luna,
proyectaban sus formas en el cielo.
Los ojos, al través del pardo velo,
entre el confuso caos divisaban
altas columnas y anchos capiteles
que entre las vagas sombras blanqueaban.
Enormes elefantes de granito
que cúpulas inmensas sostenían;
colosos que á sus plantas contemplaban
arrastrarse mil monstruos horrorosos,
frutos de inmundo, aterrador delito;
jardines ricos de aromadas flores;
árboles corpulentos y vistosos
sobre bellas cascadas inclinados;
templos en donde, en carros de colores,
había miles de ídolos sentados;
salones donde estaban grandes dioses
repartidos en circo, gravemente
mirándose, sentados en sus sillas,
ambas manos teniendo en las rodillas,
y fija la mirada, alta la frente……
Esos palacios, esas avenidas
de do surgían sombras misteriosas;
esas aéreas puentes suspendidas;
esas torres, fantasmas temblorosas……
todo causaba espanto á la mirada,
entre tántos objetos abismada.
Sus anchas sombras en el vacuo cielo
dilataban los altos edificios,
cubiertos de la noche por el velo.
Al través del confuso laberinto
brillaban las estrellas, como vistas
al través de un encaje; el horizonte
franjeaban de luces anchas listas.
¡Ciudades del infierno! ¡pobres locas!
Nuevos deleites trae cada momento;
las horas de la noche son muy pocas
para las órgias: cada pavimento
sabe un secreto vergonzoso, inmundo…..
¡Viles ciudades! ¡úlceras del mundo!.....
Todo dormía. Leves resplandores
á intervalos cruzaban vagarosos,
hachones de la fiesta, últimas flores
que ornaran los festines voluptuosos.
Los muros, blanqueados por la luna,
la sombra interrumpían, y lanzaban
su imagen á la próxima laguna.
En la tibia llanura se escuchaban
ruidos vagos de besos y suspiros.
Las ciudades, cansadas de la fiesta
diurna, gozaban plácido reposo
y se enviaban de amor beso ardoroso.
El viento perfumado revolaba
de Sodoma á Gomorra, y retornaba……
Pasa entonces la nube que fulgura……
- «!Aquí!» clama la voz desde la altura.
VIII
La nube estalla ya; la viva llama
la desgarra en jirones y la inflama;
en lenguas angulosas convertida,
desciende á los palacios culminantes,
y baña con su luz enrojecida
de los templos las cúpulas brillantes.
¡Oh Sodoma! ¡oh Gomorra! ¡Cuán ardiente
lluvia sobre vosotras se desata!
¡Raza de maldición! ríos de fuego
descienden en hirviente catarata……
El pueblo se despierta, él, que se había
dormido sin temer su negra suerte:
tiembla la tierra; el Justiciero envía
olas de destrucción, olas de muerte.
Huyen las multitudes aterradas,
y la llama las sigue en oleadas.
Y bien como en los muros desplomados
se esparcen las hormigas, tal asoman
hombres, entre las sombras embozados,
á las torres excelsas, colosales,
que crujen sordamente y se desploman.
Ya nadie puede huír: bajo la lluvia
de llamas los caminos desparecen;
el fuego en su vaivén convierte en polvo
los puentes; las techumbres se estremecen
y caen; el fuego en cada dura losa
se estrella, y lanza lumbre pavorosa.
Rápido cual corcel libre de rienda,
corre sin tregua el fuego soberano,
limpio y bermejo, cual si oculta mano
impulsara sus ondas; y los dioses
de bronce y marmol, vanse retorciendo,
y al suelo vienen con pujante estruendo.
Ruge el fuego, y ondula, y fiero abate
los gruesos torreones de oro y plata;
su onda, color verdoso y escarlata,
lanza en redor sombríos resplandores
que proyectan fantásticos colores.
En vano algunos magos, confiados
en sus dioses, pasean sus estatuas;
y el sacerdote su alba vestidura
tiende sobre los lagos inflamados:
¡en vano! el fuego, que revuelve el viento,
del templo inunda el ancho pavimento.
Un pueblo se congrega en un palacio,
que chirria: el fuego muerde las columnas,
que al punto se deshacen, como el hielo
se deshace al calor que vierte el cielo.
Llega el gran Sacerdote al lago ardiente
de do todos huyeron, y su tiara
se incendia, como antorcha, de repente;
lleva la mano el mísero á su frente,
y se adhiere cual si alguien se la atara.
Niños y ancianos, hombres y mujeres…..
todos corren: las llamas por doquiera
los siguen y deslumbran, y no hallan
salida en medio á la voraz hoguera.
La multitud se precipita loca
en busca de aire, en busca de consuelo……
¡Ay! en infierno convirtióse el cielo.
IX
Como un cautivo sale á la muralla
de su prisión á contemplar el cruento
castigo de su cómplice, así mira,
aterrada Babel el escarmiento.
Se oyó un gran ruido entonce en el profundo,
que hizo en sus ejes retemblar el mundo,
tan pujante, que aquellos que en los senos
habitan del abismo, lo escucharon,
y temblaron también, de espanto llenos.
X
No hubo piedad. De aquellos condenados
á muerte, nadie se salvó: tendían
las manos suplicantes hacia el cielo;
y en vano, que las llamas consumían
cuanto encontraban, con voraz anhelo.
Algunos se abrazaban pronunciando
un gemebundo adiós, y preguntando
qué dioses un volcán vertido habían.
En vano se ocultaban bajo techos
de mármol; Dios descarga sus enojos
de preferencia en los soberbios pechos.
Invocaban sus dioses, mas la hoguera,
que ni templos ni altares respetaba,
cebábase en los dioses, cuyos ojos
ruedan en gotas de encendida lava.
Consumió todo el ígneo torbellino:
hombres y brutos, árboles y flores;
los campos arrasó el soplo divino,
haciendo ostentación de sus furores.
¡Todo despareció! La llama airada
redujo las ciudades á la nada.
XI
Hoy la palma que crece silenciosa
entre rocas, marchítase afligida
al recibir el soplo de los vientos
de esa región desierta y maldecida.
¡Ese aire pudre y mata! Las ciudades
un tiempo populosas, hoy ejemplo
dan del furor de Dios á las edades.
Sobre sus ruinas duerme perezoso
un lago pestilente de que suben
columnas de humo negro y sulfuroso.
ENRIQUE ALVAREZ.
