LA BUHARDILLA.
I
IMPONENTE, severa, misteriosa
se alza la iglesia altiva:
en sus muros desplégase la ojiva,
como una flor abierta
y de calada piedra inmensa rosa
las hojas abre sobre la ancha puerta.
En la bóveda enorme
de su nave sombría
santos, ángeles, vírgenes, el cielo
y el infierno disforme,
se mueven y confunden
cual sueño de agitada fantasía;
pero no halaga tanto al alma mía
la iglesia venerada
con sus arcos, sus vidrios de colores,
sus lámparas de tibios resplandores,
su torre audaz, su espléndida fachada,
como ese cuarto estrecho y encumbrado
en donde suena música tan suave,
cual si estuviera un ave
cantando en el alero del tejado.
Bello es el templo santo;
¡pero encierra ese mísero aposento
tan inefable encanto!
Más grata es para mí la placentera
brisa fugaz, que el huracán violento;
más sublime que el cedro y la palmera,
oculto y pobre nido;
mi espíritu, perdido
en la extensión del ponto turbulento,
prefiere el alga sobre el mar flotante
al escollo gigante,
y al piélago extendido sin ribera
la pobre golondrina pasajera.
II
¡Feliz albergue! Abierta
entre verde follaje la ventana,
ocúltase á la luz, medio cubierta
por la verde persiana.
Duerme el gato en su alféizar, y lozana
resca azucena brota
en un jarrón de porcelana rota,
do poblados de abetos ó abedules,
trazara el chino los que nunca agota
su soñador pincel campos azules.
Y allá dentro, en la mísera morada,
se ve pasar á veces la figura
bellísima, encantada,
de un ángel, de una sílfide, de un hada.
Mirad, es ella, es ella:
la hija del pueblo, la feliz doncella,
la de los dulces cantos de ternura,
de paz y de alegría;
huérfana, pobre y sola en este asilo;
mas su rostro inocente
resplandece tan plácido y tranquilo,
como si á Dios mirase frente á frente.
Aun no ha manchado el cieno la corriente
de su pura existencia;
aun no amenaza el ave de rapiña
al ruiseñor canoro;
aun brilla con la luz de la inocencia
el alma de la niña;
aun guarda el polvo de oro
el ala de la tierna mariposa;
aun conserva su esencia
el frágil cáliz de la flor hermosa.
Un mundo de alegría y de placeres
es horizonte á la feliz ventana:
la plaza, y los que pasan, y los niños
con sus risas y juegos; las mujeres
que á lentos pasos van despareciendo
en la iglesia cercana;
la confusa armonía
del popular estruendo;
la luz alegre del sereno día.
¡Niña feliz! Como alredor de un templo,
puro y modesto á su alredor es todo;
todo á su corazón es dulce ejemplo.
La abeja hace su miel; la flor ufana
ríe al cielo sereno; sombra fresca
al suelo da la torre gigantesca;
y la estrella lejana,
á la voz de su Dios siempre obediente,
viene á encender, enfrente
de la estrecha ventana,
faro resplandeciente.
Su cuello virginal no se descubre
entre precioso encaje trasparente:
limpio pañuelo púdico lo encubre.
Si las perlas no brillan en su frente,
no la enturbia tampoco la mancilla;
su mirada es alegre, dulce, amante;
y do la luz de la mirada brilla,
¿qué valen los destellos del diamante?
III
En un rincón del aposento estrecho
se oculta el casto lecho;
sobre la mesa un libro que consuela,
por la Piedad escrito,
la leyenda devota de los santos,
donde Dios á los fieles se revela
con místicos encantos.
Y entre el ramo bendito
y la divina Virgen,
la elegida entre todas las mujeres,
del gran Napoleón pobre retrato
fijan á la pared cuatro alfileres.
¿Cómo el águila en jaula tan oscura?
¿Porque nó? En la penumbra misteriosa
do la inocente niña en paz reposa,
cual su azucena, pura,
yo me complazco, oyendo
allá en lo más profundo de la mente,
el fragoroso estruendo
que lejano resuena
al rodar el cañón pesadamente
hacia los campos de Austerlitz y Jena.
Y allí también, al lado
del noble Emperador, de la victoria
brilla la cruz, orgullo del soldado
que en el sangriento suelo
cayó de la batalla, y de su gloria
parece que dirija
un rayo puro desde el alto cielo,
para que vele por su pobre hija.
IV
¡Cruz de Napoleón! ¡Joya guerrera!
Corona de laureles
de refulgentes rayos circundada!
Cuando él llevaba sus soldados fieles
al campo de la muerte y de la gloria,
sobre aquella legión entusiasmada
cual talismán de honor la suspendía,
y la gran obra al terminar, el día
feliz de la victoria,
-"Venid, venid por ella,"-les decía.
¡Y les daba su cruz ! y el héroe estoico,
el rudo veterano,
contenía sus lágrimas en vano,
mudo adorando al semidiós heroico;
y parecía que al tocar su pecho
con la encendida mano,
á su contacto, esplendorosa y bella,
del corazón brotaba aquella estrella.
V
Cuando despierta el sol canta festiva,
canta y después trabaja,
sentada pensativa
en su silla de paja;
y mientras sin cuidado
de su existencia cumple la ley santa
y el alma á Dios levanta,
el Silencio á su puerta está sentado.
Así, Señor, tu mano protectora
cubre el asilo santo
do la inocencia mora,
do jamás el quebranto
vino á turbar su placentera calma.
Cuando esa virgen por nosotros ora,
en alas de su puro pensamiento
sube á los cielos su alma,
sin manchar con su sombra el firmamento.
Mas ¡ay ! está la pérfida serpiente
en la sombra escondida!
¡Ocúltase la oruga entre las flores!
Palabra indiferente
puede turbar la vida:
el mal brilla quizás á los fulgores
del consagrado cirio,
y la curiosidad, llama inocente
que de la virgen en el pecho arde,
torcedor puede ser, crudo martirio
al corazón de la mujer más tarde.
De alegres cuentos y de chistes lleno,
sobre aquel viejo armario está olvidado
breve libro, impregnado de veneno;
digna obra del pasado
siglo fatal, del corruptor reinado
de ese Voltaire ¡ay Dios! que lanzó al mundo,
parodia vil del genio á su alma ajeno,
el Tártaro profundo.
VI
Siglo que hasta al morir, de sangre y vino
manchado, en tu sarcástico semblante
conservaste, insultando á tu destino,
de la orgía la risa delirante:
¡oh sociedad sin Dios, por Dios hollada,
que rompiendo á la par cetro y espada,
joven ¡ay! el amor escarneciste,
vieja, la compasión ¡Alegre mesa
de festín bullicioso, que termina
en patíbulo triste!
¡Mundo, á la pura luz del Cristo ciego,
que Satán ilumina!
¡Maldición á tus sabios!
Cual humo sucio mancha impura llama,
sangre y horrores, crímenes y agravios
serán pavesa eterna de tu fama.
VII
¡Frágil esquife que al abismo lleva
la dormida corriente!
¡Corazón do el dolor aun no se ceba!
¡Pobre niña infeliz! ¡Pobre hija de Eva!
¡Voltaire ¡ay! la serpiente,
la tentación, la duda, la ironía,
se oculta en un rincón de tu aposento!
Con mirada satánica te espía,
¡y ya ríe contento!
¡Oh, tiembla, tiembla! El seductor sofista
de cuanto lodazal encierra el mundo
revolcóse en el cieno;
y después á los ángeles, inmundo,
mancha con su veneno.
El milano iracundo
que astuto sobre ti su vuelo tiende,
sobre el alma feliz se precipita,
y su garra maldita
el ala limpia y blanca
que por volar al firmamento extiende,
hiere, rompe y arranca.
Siempre, siempre en acecho
él cuenta los latidos de tu pecho,
las ideas que cruzan por tu frente.
Si en aturdido vuelo, hacia él se inclina
pensamiento imprudente,
siniestra luz sus ojos ilumina.
Y á veces, como lobo siempre alerta,
al umbral de la puerta
de tu morada santa,
al poeta fatal sólo visible,
de Satanás horrible
la espantosa cabeza se levanta.
VIII
Ay! Si tu mano abriera indiferente
ese libro maldito, de repente
en tu fiel corazón Dios moriría.
Y tu serena frente,
anublada y sombría,
en la mano apoyaras esta noche;
y en funesta visión, allá, en lejana
magnífica alameda,
vieras volar la deslumbrante rueda
del charolado coche,
y mofarías del pudor mañana !...
Tentadoras, tu lecho sin reposo
cercarían fantásticas quimeras,
y extendería el sueño temeroso
para huír de tu lado alas ligeras.
¡No más horas de encanto placenteras!
¡no más dulces canciones!
Tu espíritu, caído
en el mar de las locas ilusiones,
entre sus olas móviles perdido,
como las ovas de la playa, iría
de oprobio vil á efímera alegría.
IX
¡De tu padre la cruz te está mirando!
¡La cruz honrosa del soldado viejo
que en la Guardia Imperial murió lidiando!
Angel tentado, pídele consejo.
¡Consejo pide á tu inocente hermana,
la blanca flor que asoma
humilde á tu ventana,
y á tu virginidad mezcla su aroma!
¡Déjate aconsejar por la paloma
que blando tiende el vuelo cadencioso;
por los santos formados á la puerta
del templo misterioso;
por el órgano ardiente que despierta
su ancha y lóbrega nave
con sus himnos de amor, interrumpidos
por lúgubres gemidos;
por la callada iglesia oscura y grave;
por los cielos de alegre luz vestidos!
Déjate aconsejar por esa aguja
que siempre en voz muy baja
¡trabaja,» está diciéndote, «trabaja! »
Escúchala obediente;
al Trabajo le dió el Omnipotente
dos hijas, que se adoran con ternura:
la Virtud casta y pura,
que la dulce alegría santifica;
la Alegría inocente
que la Virtud austera dulcifica.
Escúcha, escúcha el misterioso acento
que resuena en el viento,
que baja de la nube,
que en sus trinos de amor repite el ave,
que de la oscura tierra al cielo sube.
La voz que todo sin cesar murmura,
«¡sé pura, » está diciéndote, «sé pura!»
¡Sé pura cual la aurora,
como el alegre nido,
cual la torre sonora,
como la espiga que el estío dora,
como el astro encendido,
cual la flor que se inclina vergonzosa,
cual todo lo que ríe y lo que canta,
cual todo lo que plácido reposa
de Dios en la paz santa!
Víve tú en esa paz, víve tranquila:
del corazón la calma reverbera
en la serena luz de la pupila.
Víve alegre también: á la fe austera
no son los dulces júbilos agravios;
la inocente alegría
es el calor que en nuestro pecho inflama
la luz celeste que Verdad se llama.
Siempre esté de alegría revestido
tu espíritu sereno;
todo el mundo de júbilo está lleno:
el bullicioso nido,
el pálido alhelí, las verdes hiedras
puso Dios en la torre demolida:
¡hasta sus rotas piedras
necesitan placer, amor y vida!
¡Sobre todo, sé buena!
Es la bondad serena
dón celeste y augusto
que toda el alma llena.
Con sola esa virtud y sentimiento
hizo Dios el espíritu del justo,
y con sólo un zafiro el firmamento.
Así, cual azucena,
como cisne de cándida blancura,
entre las frentes consagradas, pura
tu frente al cielo se alzará serena;
y de aquellos serás que sin cuidados,
recogiendo su mies en los sembrados
de las santas acciones,
en puerto protector anclan su nave,
y alzando á Dios en tiernas oraciones,
á los pies de la cama, humilde ruego,
duermen en paz toda la noche luégo.
EL POETA A SÍ MISMO.
Sobre el tendido prado,
sobre el valle y el bosque rumoroso
el cielo luz purísima destella:
tú, poeta inspirado,
viérte, viérte tu canto religioso
sobre el niño, y el viejo, y la doncella.
El apacible puerto
al náufrago infeliz, que por los mares
entre las olas va, sin rumbo cierto,
del viento á la merced, muestre tu mano;
la inocencia á la virgen; los altares
al pueblo; al mozo ufano
el porvenir; la eternidad sombría
al tembloroso anciano.
Sea tu inspiración seguro guía
del espíritu humano,
y lo que anhela ansiosos en ti lo encuentre.
En todo corazón haz que Dios éntre;
en todo corazón que á tu voz se abra
arrója esa palabra,
que á la duda que siempre el alma esconde
verbo revelador siempre responde.
Tu pensamiento así, soñador noble,
va penetrando en la robusta frente
del buen pueblo creyente:
tal la dura raíz del tenaz roble,
que por ningún obstáculo se arredra,
quebranta y abre la maciza piedra.
TEODORO LLORENTE.
