CANTO DE NERÓN.

Nescio quid molle atque facetum.
HORACIO.
 

AMIGOS! mata el tedio,
y es sabio quien lo evita!
Venid al espectáculo
á que Nerón invita,
Nerón, entre los Césares
Consul tres veces ya!...
 

¡Nerón! del mundo el árbitro
y dios de la armonía,
que al són de lira mágica,
con alta maestría,
al noble estilo jónico
todo su encanto da!
 

Jamás función idéntica
os dió el liberto Palas;
ni juego tan espléndido
os ofreció en las salas
de sus festines áulicos
el ático Agenor;
 

donde el austero Séneca,
alegre y sin desdoro,
á la salud de Diógenes
libaba en copa de oro
el de Falermo célebre
néctar embriagador...
 

Ni cuando sobre el plácido
Tíber, cantando amores,
á Aglae, bajo asiáticas
cortinas de colores,
en abandono lúbrico
mirábamos remar;
 

ni cuando, al són de músicas,
con los hambrientos leones
nuestros esclavos míseros,
cubiertas sus prisiones
de flores, en Batávïa
hacíamos luchar!...
 

¡Veréis en llamas vívidas
arder á Roma entera!...
á esta elevada cúspide
trajeron mi litera,
que así del espectáculo
podré gozar mejor...
 

¿Qué es ya la lucha efímera
del tigre con el hombre?...
¡Yo haré que Roma impávida
alguna vez se asombre,
presa en el ígneo círculo
del monstruo destructor!
 

¡Así conviene al príncipe
que mata su fastidio!...
En medio del monótono
cansancio con que lidio,
á veces, como Júpiter,
mi rayo hé de vibrar!...
 

¡Venid! la noche lóbrega
tendió su negro manto:
lanza su luz mortífera
el fuego, y con espanto
veréis, en olas múltiples,
las llamas aumentar!
 

¡Mirad! el humo pálido
medroso al cielo sube...
flota en la oscura atmósfera
como una densa nube
y en espirales diáfanos
se vuelve á disipar...
 

¡Crece el incendio!...inflámase
la cúpula altanera...
Todo es una vorágine
de llamas!... ¡Quién pudiera
sus devorantes ósculos
alguna vez gozar!...
 

¡Ved cómo corren trémulas
las gentes espantadas
mirando las marmóreas
columnas derribadas
y con siniestro estrépito
murallas mil caer!
 

¡Cuánto las llamas hórridas
vierten asombro y luto!
¡Y cómo al Tíber rápidos
van á rendir tributo
arroyos mil metálicos
que el fuego hace correr!...
 

Todo perece: pórfidos
y esculturales bronces...
Ceden las puertas áureas
vencidad en sus gonces;
¡y húndense las estatuas,
signos de lo inmortal!...
 

¡Grandioso incendio! Intérprete
de mi anhelar parece!
¡Propicio sopla el ábrego,
y con su aliento acrece
la devorante cólera
del fuego colosal!...
 

¿Resiste el Capitolio?...
¡Ya su muralla oscila!...
¡Arde, como el del Báratro,
acueducto de Sila!...
¡Arded termas y pórticos,
Nerón lo quiere así!...
 

Y tú, ciudad de Césares,
Roma, imperial matrona,
ciñe á tu sien la fúlgida,
la sin igual corona,
cuyo esplendor flamígero
tan digno hallé de ti!...
 

Niño escuché el pronóstico
de voces sibilinas
que la ciudad de Rómulo
oculta en sus colinas,
burlando el tiempo, incólume
habría de brillar.
 

Hoy que sus altas cúpulas
en llamas mira envueltas,
y sus gloriosas lápidas
casi en carbón disueltas,
decidme… ¿su auge espléndido
cuánto podrá durar?...
 

¡Cómo el incendio cárdeno
es bello en noche oscura!...
Eróstrato, mi émulo,
mirara mi ventura
con palidez!... ¿Hay víctimas?
¡No lo puedo evitar!...
 

¡Ved cómo el pueblo atónito
se agita de repente...
¡Arda Roma! …Ea! fámulos,
quitadme de la frente
esta guirnalda artística...
¡Se puede marchitar!...
 

Si mancha vuestra túnica
la sangre del hermano,
con los cretenses néctares
lavadla: es inhumano
en indolencia frígida
sangre mirar verter.
 

¡Ay! del que ve sin lástima
de un reo los tormentos!
¡Ay! del que del patíbulo
los tétricos lamentos
con himnos ditirámbicos
no goza en distraer!
 

¡Roma, burlé tu cólera!...
¡Tú mi venganza has visto!...
El culto de tus Númenes
hoy se lo das á Cristo: 
¡mañana ante mí, idólatra
te postrarás tal vez!...
 

¡Fuí el vengador solícito
de crímenes impuros!...
Si hoy eres ruína lúgubre,
¡sobre tus nuevos muros
la Cruz, siniestro símbolo,
no se alzará otra vez!...
 

Yo, para darte artísticos
y nuevos ornamentos,
te destruí... Magnífica
saldrás de tus cimientos:
Roma!...seré tu artífice
al par que tu señor!
 

Sí!...tus cristianos réprobos
te hacían desgraciada:
caiga su Cruz!...Satélites,
matad!...hé aquí mi espada!...
Ah! dadme rosas...dádmelas!...
¡No hay nada cual su olor!...
 

JOSÉ A. SOFFIA.

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