EL PUEBLO.

ADULAR á las turbas maldicientes
en sus odios satánicos- ¡jamás!
Las turbas no son hombres, son serpientes
que al que más las abriga muerden más!
 

El Pueblo rudo y fuerte se levanta
á tál altura, que se acerca á Dios;
las turbas van tan bajo, que su planta
siempre las lleva de un abismo en pos.
 

¡Desgraciado de aquel que en ellas fía!
los mismos que le sirven de escabel
habrán de disputarse con porfía
quién á su cuello le atará el cordel.
 

Las turbas son aquellos que escupieron
en el rostro al divino Salvador;
los que en Colón, infames, no creyeron,
esclavos de un estúpido rencor;
 

Los que insultaron, ebrios de cinismo,
á Carlota Corday, con mano audaz
sobre las gradas del cadalso mismo
hiriéndola, cobardes, en la faz.
 

Cuando Pelayo férvido levanta
en los astures montes su pendón
y al moro hostiga con fiereza tánta
que sus rudos mandobles rayos son;
 

Cuando Padilla, mártir denodado,
sucumbe, como un héroe, en Villalar,
y su cadalso en templo se ha trocado
y el libro de su historia en sacro altar;
 

Cuando Cavour y Garibaldi-estrellas,
probadas de la Patria en el crisol,-
dieron á Italia páginas tan bellas
que ante su brillo se oscurece el sol,
 

¿Quiénes son los que entonces fortifican
la gloria de los héroes inmortal?
¿Son el Pueblo, ó las turbas que trafican
con cuanto encierra el mundo de inmoral?
 

El Pueblo rompe á trozos la Bastilla,
el Pueblo azota el rostro de Haynó,
el Pueblo dobla heróico la rodilla
ante el deber; pero ante el crimen no.
 

El Pueblo el yugo de tiranos doma;
con sus héroes celebra el gran festín
de Grecia, con Arístides; de Roma,
con Bruto; de Venecia, con Manín.
 

Las turbas son las sombras que entristecen;
el Pueblo es siempre el sol que nos da luz;
¡las turbas cuanto tocan lo envilecen;
el Pueblo adora con amor la Cruz!
 

Mientras el Pueblo en el desierto truena
contra aquellos que olvidan á Moisés,
las turbas venden cara la cadena
que á la ignominia sujetó sus pies.
 


Oh Pueblo! ¡nunca inclines la cabeza
ante los falsos ídolos! ¡Vé en pos
del trabajo y la luz con entereza,
y en tan bello ideal contempla á Dios!
 

R. M. DE MENDIVE.

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