II


Afirmamos, señor, que la obra de Arrieta representa en la poesía el trabajo y las as de la escuela liberal, y así la señalaremos, no como el modo de ser particular de un individuo sino como la expresión general de un partido, o por lo menos como su natural y preciso desarrollo en la literatura.
En cuanto al poeta, diga Quintana por nosotros: "Es un privilegio concedido a todos los que abren una nueva carrera el poder errar sin que su gloria padezca." Y así nos habremos separado por completo del individuo, y entraremos de lleno en su trabajo.
Siéndonos de importancia secundaria el método que hayamos de seguir, optamos por el que. de seguro, es más del agrado de usted. Los liberales tenemos, ha de confesarlo, de vez en cuando alguna galantería.
Adivinamos su primera interrogación: ¿por qué no está Dios en esas poesías? seguida, como es usual, de un formidable y despreciativo ¡ateo! para el poeta. Si la educación católica habituara, a la franqueza de la verdad, nos bastaría contestarle: en el orden físico, en el moral y en el intelectual, el Dios del Catolicismo es un signo a que no corresponde ninguna idea real; y, en consecuencia, el terrible adjetivo, una palabra inofensiva. Pero caemos en la cuenta de que es preciso ir más despacio, porque la cólera podría cegar el entendimiento: bien que lo mismo da, puesto que la razón de los religionarios vive en perdurable tortura.
La preocupación crea ciertas ideas que la antigüedad consagra y que respeta el tiempo. La verdad en su camino las aplasta, porque ella no se cuida del capricho de los hombres, que es efímero, ni del tiempo, pues tiene como medio de acción el infinito. Es lenta esta obra de demolición pero necesaria; y la cumple la humanidad en unas épocas mejor que en otras, porque los siglos, para la civilización, como los hombres para el placer, están más o menos de humor.
El siglo pasado rió con Voltaire de todas las supersticiones, y al son de esa carcajada que él heredó de Rebelais "o aprendió de Carlos V," vinieron al suelo tronos y altares, sacerdotes y dogmas. Nuestro siglo con seriedad imperturbable refrenda las conquistas del anterior y hace su tarea. Ya el Dios católico está juzgado, y vencido, y condenado... y caerá!
Y es un fenómeno digno de estudio éste, señor, en la Historia: que la poesía, dejada de la mano de Dios se hermosea y crece, como sucede con esos niños que se desarrollan lozanos y se vigorizan cuando se les quita una mala nodriza.
No hay en ese libro ni siquiera un destello de la vida de ultratumba: "ella, dice Arrieta, no ha iluminado mi conciencia con sus lejanas estrellas, ni refrescado mi frente con sus auras."
Grandes filósofos de la antigüedad y grandes poetas, negaron que el hombre fuera otra cosa que materia organizada. La investigación moderna ha confirmado ese profundo vaticinio del genio antiguo. La fisiología del cerebro ha sido en la cuestión un torrente de luz. A más pensamiento corresponde mayor masa cerebral; a menos cerebro menos pensamiento: esa es la fórmula.
La ideología, por otra parte, sólo ha descubierto en la formación de las ideas, sensaciones, que se recuerdan, que se enlazan, que se suceden. Las ideas generales y las abstractas, como las particulares y las individuales, como las compuestas y las simples, son además el producido de nuestra sensibilidad, obrando sobre la naturaleza. Ni las hay innatas, ni las hay independientes de los sentidos.
Y ¿cómo puede la poesía desconocer eso que la ciencia enseña, ella que es hija predilecta de la verdad? Arrieta ve con imperturbable serenidad el fondo de la tumba, y ni huye horrorizado en presencia de la realidad, ni le da vértigo el abismo oscuro. Encuentra al hombre como es, bien capaz de producir el pensamiento y de conservarlo; y halla que aquello de San Juan Crisóstomo, de elevarse en la carne misma más allá de la carne, no pasa de ser una expresión atrevida.
Nos atrevemos a creer que después de estas dos cuestiones, -Dios y la inmortalidad, -lo que mas llamara la atención de usted ha de ser el no encontrar en el libro de Arrieta un recuerdo si quiera para los que trajeron a la Patria la Cruz y el idioma de Cervantes. Y antes de seguir, permítanos que averigüemos, si es a sus ojos muy meritorio eso de enseñarle castellano a un individuo para que oiga y comprenda su sentencia de muerte, y de regalarle una cruz con que necesariamente ha de marcar al instante el lugar de su tumba en el cementerio Este paréntesis nos lo sugiere un español de horca y cuchillo, D. Manuel. Bretón de los Herreros, que dice al hablar de la grandeza del descubrimiento de América, y dirigiéndose a la España:
Gran cosa fue ganar tan vasto imperio,
¿Pero qué hiciste de él?-Un cementerio!
Usted ha echado de menos siempre esos buenos tiempos de la Colonia, en que nuestro suelo manaba para el catolicismo leche y miel; en que todo era Cristo y Rey; todo furor religioso y codicia cristiana. Usted ha sentido la necesidad que hay de volver a Colombia el perdido encanto de ese pasado risueño; la amorosa disciplina de esos días pastoriles; la caridad de esos solícitos misioneros, y el candor y la dulzura de los Conquistadores. Y así, no es raro que lo preocupe el no encontrar en el libro de Arrieta la más pequeña grata reminiscencia de esos tiempos y de esos hombres.
Es que la Escuela liberal ve de otro modo la Historia. Con criterio seguro ella ha condenado la obra de España en nuestra patria, y se afirma cada día más en la necesidad de la independencia. No ha encontrado en el régimen colonial sino terror ni en los misioneros católicos otra cosa que codicia; y halla la santidad y mansedumbre de los conquistadores, cortadas al molde de aquel Gobernador de Venezuela, de quien habla Juan de Castellanos:
El cual, por más autorizar su mando,
Ahorcó dos soldados en llegando.
Es verdad que armada con un Dios ficticio, caminando hacia un cielo imposible,
De un Dios ya muerto el fúnebre sudario,
como ha cantado La Revilla, y reverenciando hasta el crimen, la poesía católica va por el mundo en marcha amenazadora, a la manera de aquel gran Titán Polifemo, de quien dice Virgilio que hacía temblar las montañas a su paso, se apoyaba en el pino más crecido de la selva y las olas furiosas del Océano apenas alcanzaban a mojar con espuma su cintura; pero como el Titán de la Eneida, el Catolicismo es ciego, y día vendrá en que, perdido del todo en las tinieblas, no sepa del camino ni pueda parar los golpes del enemigo.
Ese día lo prepara ya la poesía en Colombia. ¡Homenaje de vítores al que haya pronunciado la palabra redentora! ¡Salud al que tenga en alto la bandera!
Y ahora no se piense que la poesía liberal carece de energía y majestad por falta de creencias. Nada hay que más aliente, que más haga creer, que más haga esperar, que la verdad; pero esperar en ella misma, y eso es lo único que puede dar grandeza y majestad a toda obra de la inteligencia.
El trabajo de Arrieta es un trabajo complejo; y esta facilidad de generalizar sin decaer, constituye, a nuestro modo de pensar, lo más valioso de su talento.
Antes que todo, es un poeta completamente señor de su fantasía; así, que en sus versos no hay esas vaguedades, inverosimilitudes y delirios que son muestra, las más de las veces, de pobreza de entendimiento.
Por lo que toca a la forma, dice Pinzón Rico que encuentra en las poesías de Arrieta: "Fluidez continua en la versificación; admirable corte en los períodos métricos; lenguaje de una corrección intachable; inspiración ardiente y de incansable vuelo; novedad y maestría en las imágenes, donosura en los giros, armonía, nervio y gradación completas en la concatenación del atrevido pensamiento."...
Luego tiene usted -académico de la Academia de Bogotá,- mucho bueno que admirar en el libro, salvedad hecha del fondo, si ha de creerle al distinguido redactor de La Pluma, quien, sea dicho de paso, atacó las tendencias del libro de Arrieta, y además juzgó el libro de usted con tánta benevolencia y agasajo como el redactor de La Defensa.

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