Anima cada uno con igual brío aunque de diversa manera a la
Juventud, para que prosiga la obra empezada y venza. El poeta
mejicano le re cuerda que ella en sí tiene fuerza suficiente para
arrostrar los rigores de la fortuna:
No cejes en tu camino
Aunque el destino te mande
Luto y penas de continuo,
Que si es muy fuerte el destino
Tu también eres muy grande.
Nuestro poeta la aguijona con el recuerdo de un muerto lidiador de
la causa liberal, que será para ella, si abandona el combate, un
remordimiento.
Al que abandone el asediado muro
Porque tras él amague la tormenta,
O se asuste del éxito inseguro,
A ese su ejemplo servirá de afrenta!
Ni el blando amor, ni la calma de hogar, ni los más puros goces
pueden alejar un momento la idea revolucionaria de sus
cantos.
Acuña le dice a Laura:
Sí, Laura.... que tu espíritu despierte
Para cumplir con su misión sublime,
Y que hallemos en ti a la mujer fuerte
Que del oscurantismo se redime.
Y Arrieta a su esposa:
Que en los aires ya suena y se dilata
Cual trueno de rugiente catarata,
El confuso clamor de la pelea
Que empellaron, sin tregua ni descanso,
Los bravos lidiadores de esta idea
Que Reina del humano pensamiento
A la Razón proclama;
A tu esposo el deber allá le llama,
Si bien, señora, él sea
Como soldado oscuro,
El último en el lauro de la fama.
La misma vehemencia, el mismo calor, la misma resolución en ambos.
Así como idénticos fines y esfuerzos iguales. Va Acuña como una
avalancha contra las preocupaciones, y Arrieta es un alud que las
derrumba. En los dos ¡qué fe en el progreso! ¡qué ardor! ¡cuánta
majestad! Señor, compárelos usted y no tardará en exclamar como
Aquiles en la lucha de Ulises y de Ayax:
Basta: ambos sois dignos de la victoria!
No, señor, no crea usted que los versos de Arrieta son un
movimiento aislado y exótico. ¿Ha leído usted alguna estrofa de
Antonio José Restrepo? Ese nombre nos es muy querido y lo colocamos
aquí con entusiasmo y recogimiento. ¿No? Pues oiga usted. En
Diciembre de 1878 contemplábamos absortos el Tequendama una alegre
caravana de estudiantes; estaba con nosotros Restrepo. Jamás lo
habíamos visto más silencioso y meditabundo. Una hora pasó, y como
él callaba todos nos preguntábamos ¿qué tendrá Antonio? De pronto
lo vimos llegar al borde del abismo, arrojar su sombrero sobre las
yerbas de la orilla y apostrofar así a la catarata soberbia:
¿Es consciente la fuerza que te empuja?
¿Lleva vida en su seno la burbuja
Que a tu fondo cayó?
¿No es el mundo un autómata que gime
Bajo una ley eterna que lo oprime?
Es esa ley un Dios?
Las aguas caían con estruendo y él cantaba:
Tinieblas y mudez! En la penumbra
De la conciencia humana solo alumbra
La luz de la razón
Ella las zarzas del camino baña,
Muestra al hombre tras árida montaña
Valle de redención.
Su voz se iba transformando poco a poco en grito:
Su tibio rayo enrojeció la pira
En que postrado yace ardiendo en ira
El déspota feroz;
En que se tuesta el labio del malvado
Que elevó la impostura a apostolado
De infame religión.
Por un momento ahogó su acento el estruendo de la ola que se
despeñaba; luégo oímos
Hoy no existen ni sílfides ni ondinas,
Ni náyades, ni faunos, argentinas
Voces no suenan ya
En la concha de nácar de los mares;
El ángel de la noche en los palmares
No ha vuelto a suspirar.
Nos parecía estar en presencia de dos cataratas....; él
seguía:
Rompió su carro el sol: hoy pobre estrella
Con manchas en la faz, aunque muy bella,
Cruza la inmensidad.
Callaron las sirenas y tritones;
El error y la fe, las ilusiones
Y aun los dioses.... se van!
No, señor, no crea usted que los versos de Arrieta son un
movimiento aislado y exótico: la poesía revolucionaria es una
necesidad del siglo, y se hace campo con la ineludible fuerza de
todas las necesidades.
Vamos a terminar; pero antes, una palabra más sobre el objeto de
estas cartas. Cuenta la historia de la Colonia, que un día se
presentó a Quesada un Teniente de Belalcázar pidiendo permiso para
ir adelante en busca de El Dorado. -Si lo intenta, respondió altivo
el fundador de Bogotá, se lo impediré a lanzazos. -Pues bien,
replicó el Teniente, ni al General ni a mí se los daréis por la
espalda. Así nosotros, señor, hemos presentado a sus ojos el libro
de Arrieta como él es, para que usted lo recomiende en su periódico
y vaya a donde su periódico va; si usted se opone a esto, tenga
entendido que ni al General ni a nosotros herirán sus tiros por la
espalda.
Bogotá, Noviembre de 1880.
