Ya el Padre Piñeros no oía las campanas de Santo Domingo que
acababan de dar al viento las últimas campanadas para el rosario.
No las oía, aunque los fieles lo aguardaban hacía mucho tiempo y
las beatas se encaminaban desde por la tarde a la iglesia del
célebre fraile.
-Mira que no faltes, decía una devota a otra beata. No faltes, que
es el bendito Padre Piñeros el del sermón.
- ¡Habría de faltar, simplona, cuando este pobre sacerdote es el
más milagroso!
-Y el más sabio....
-Y el más instruido.
-De todo sabe.
El Padre Piñeros, a pesar de su compromiso, no pensaba ya en el
rosario, y se decía para su capote:
-Todos los días hay rosarios, pero no todos los días hay
tesoros.
Su cabeza hervía con mil proyectos al oír la lima que mordía la
barra, y las granujas de oro volar a un tiempo profusas como
insectos brillantes.
-Aquí tiene usted, dijo Pichi, alargándole el oro en un lienzo;
aquí tiene usted, parece que hay lo suficiente.
-Bien, sí, sí, lo suficiente.
-Conque Padre, volvió a preguntar Biolo ¿si usted encuentra bueno
el oro, haremos negocio?
-Es que....
- Sí, o no?
-Bien, por la mañana lo sabrán ustedes. Vénganse temprano a esta su
casa y traigan las barras que faltan.
-Está bien.
Los tres extranjeros tomaron el zaguán y se echaron a la
calle.
-Esto marcha, dijo Biolo en italiano a sus compañeros.
-Marcha, dijo Pichi.
-Marcha, agregó Patrilli.
Cuando los italianos doblaron la esquina, ya había cerrado la
noche, y el Padre Piñeros se arrebujó en su capa y tomó, a su
turno, la calle. Nadie lo hubiera conocido con ese vestido. Al
pasar por Santo Domingo, las beatas desfilaban burladas. El clérigo
oyó este diálogo, de pronto, entre las mismas que conversaban con
tánta unción horas antes:
- ¿Vuelves mañana?
- ¡Qué he de ir, simplona, si el Padre Piñeros es un
mentiroso!
-Y un bruto.
-Y un ignorante.
-Y un cándido,
-Allá lo veremos, dijo el Cura poR lo bajo. Mañana será otra cosa,
grandísimas.... holgazanas.
Los italianos estuvieron muy temprano al otro día en la casa del
Padre Piñeros. Un muchacho traía en un pequeño baúl las barras de
oro.
-Aquí estamos, mi Padre. ¿Nos hemos tardado?
-Es buena hora.
- ¿Y qué resolvió su paternidad?
-Que hago el negocio.
-Me alegro.
-Pero mi propuesta no es ventajosa.
-Veamos.
-Doy a ustedes por todo $ 6,000.
- ¿De ley?
-De ley.
-Es imposible.
-Pues no puede ser más.
-Vaya por ocho mil.
-Está hecho.
-Aquí está el dinero.
-Y aquí están las barras.
-Contando
-Contando.
Los italianos entregaron las barras y el clérigo les dio, fuerte
sobre fuerte, $ 8,000.
Se despidieron luégo como buenos amigos y los extranjeros se fueron
diciendo:
-Es un buen parroquiano nuestro Cura. Y el buen Cura decía:
- Qué sujetos tan tratables! Y el oro que vale $ 20,000.
Veinte días habían pasado de inefables dulzuras para el sacerdote.
El súbito negocio le había producido en menos de un día $ 18,000,
libres, de ganancia. Durante los primeros diez días había pensado
en enterrar, también, todo ese oro, como lo había hecho en otra
ocasión uno de sus colegas, en la iglesia; pero "el oro a
interés es más productivo," se decía, y después de mucho
cavilar, resolvió enviarlo a la Casa de Moneda para que se lo
acuñaran.
Esa mañana-el día 20-había él mismo, acompañado de un fiel
sirviente, llevado las barras a la Administración. El Jefe no
estaba allí y tomó un recibo de uno de los oficiales.
-Mucho cuidado ¿eh? ¡Mucho cuidado!
El oficial le dio el correspondiente recibo; hecho esto, pensó el
bueno del clérigo en el almuerzo, Sacó el reloj:
-Son las diez, una hora más tarde de lo que yo acostumbro almorzar.
Pero los tiempos todos no son unos.
En el tránsito se enteró con un amigo de la suerte de sus antiguos
conocidos. Se le dijo que hacía más de quince días que habían
tomado el camino del extranjero, después de comprar letras en el
Banco de Bogotá.
-Pobres buenas gentes, murmuró el clérigo: irán a cumplir la
segunda parte de su compromiso. En cuanto a la santa madre Iglesia,
yo la represento.
Y luégo en voz dulce:
-Oremos por ellos.
El almuerzo apetitoso estaba allí sobre el blanco mantel. La sopa
humeaba en la ancha fuente, y una botella de vino rojo rociaba su
licor en copas de clarísimo cristal.
El Padre Piñeros contempló aquel hermoso cuadro y tomó asiento en
una de las más anchas poltronas. Puso su servilleta sobre las
rodillas y tomó la cuchara. Iba ya a empezar el sabroso bocado
cuando tocaron a la puerta. El Cura dejó la cuchara.
-Concepción, dijo a la ama de llaves, mira quién toca. Si es un
pobre, dile que no hay nada; si un feligrés, que estoy
enfermo.
Volvió nuevamente a empuñar la cuchara y atacó la sopa. La criada
apareció en el umbral.
-No es pobre ni feligrés, dijo la criada. Es un señor.
-Dile que no estoy aquí.
-Es que quiere hablar con usted sin falta. Dice que es mucha la
urgencia.
-Que vuelva.
-No quiere irse.
-Pregunta quién es.
Fue el ama y pronto estuvo de vuelta:
-Mi amo, es el señor Administrador de la Casa de Moneda.
El Cura dio un salto de la silla y corrió al encuentro del
Administrador. Pensó que como no había estado en el establecimiento
cuando llevó las barras, sería preciso una nueva formalidad.
-Muy a sus órdenes, señor mío; muy a sus órdenes. Dispense usted
que lo haya hecho de morar. Siga por aquí.
-Estoy aquí bien para lo que he de decirle.
-Veamos qué es, veamos.
-Sabe Su Paternidad que es usted muy bellaco?
El Padre Piñeros se quedó lleno de asombro.
- ¿Sabe usted que es un farsante?
- ¡Cómo! Explíquese usted, balbuceó el pobre clérigo.
Explíquese.
-Es en vano que se finja inocente. La Policía lo sabrá todo.
-¡La Policía!
-Sí, señor. La Policía sabrá que usted, un sacerdote respetable, ha
llevado barras de cobre a la Casa de Moneda para que se le hagan
morrocotas!
Era un golpe tan tremendo, que el sacerdote de las hebras blancas,
del cabello recortado, cayó para atrás sin sentido.
Se supo lo ocurrido. Los tres italianos eran tres aventureros, y
las diez barras, cobre legítimo.
Un telegrama de Honda dio noticia del embarque de tres individuos
con nombres ingleses: eran Pichi, el lombardo; Patrilli, el
milanés; y Biolo, el romano. Seguramente se dirigían a visitar la
tumba de Francesco en el cementerio de los pobres de
Panamá....
(La Actualidad, Diciembre de 1883).
