LA MUERTE DE LÁZARO ESCOBAR
Una concepción pesimista de la vida lleva el arte a la
extravagancia o a la caricatura. El ingenio puede sostenerse aun
así, y de ello hay ejemplo en todos los países. Lázaro Escobar era
uno palpable.
Visitábamos juntos el cementerio protestante después del entierro
de Murillo. Ese piadoso lugar tiene un melancólico abandono, propio
para inspirar pensamientos tristes. Las yerbas que se alzan al
nivel de las cruces, las flores de color pálido, los humildes
sepulcros, hace todo guardar silencio y evocar recuerdos dolorosos.
Callados dábamos vuelta al recinto por los angostos caminos hechos
con menudos guijarros sobre la yerba, cuando encontramos una bóveda
más que las otras humilde y perdida entre las yedras y los rosales
de flores amarillas. No tenía inscripción alguna, ni restos de una
corona amiga, ni vestigios de un pensamiento de la memoria humana.
...
-Y como ella soy yo, dijo Lázaro Escobar. Yo, vivo, he muerto.
Sobre mí la indiferencia ha tenido su ramaje tupido. La miseria ha
borrado las letras de mi nombre, y después de tánta lucha y tánto
trabajo, por coronas he tenido el aislamiento y la soledad.
Calló un momento y luégo continuó como respondiendo a una cuestión
interior:
-Ah, sí hay su diferencia: esta tumba hace padecer, y yo hago
reír.
- ¿Que no haya aquí ni un recuerdo, ni una señal de cariño? le
observamos nosotros.
- ¿Y qué? "La ingratitud es la independencia del
corazón," nos respondió, y salimos del cementerio.
El discurría: -Yo no seré menos afortunado que ese muerto, -si en
esto hay fortuna: -mi nombre no se recordará en la piedra de mi
sepulcro, y si acaso el sepulturero cumple su deber, seré en breve
la cifra cero en el cementerio. ¡Tanto monta!
Sacó un lápiz, y sobre una hoja de papel, que apoyó al tronco de un
eucaliptus, principió a dibujar. Su mano corría rápida y las líneas
se sucedían.
-Así responderé a los hombres, nos dijo, alargando la hoja.
El dibujo representaba una multitud delante de una bóveda sin
nombre y un cadáver sentado dentro, vuelto hacia ella, que apoyaba
el pulgar sobre la punta de la nariz y doblaba las falanges
desnudas de carne, en son de burla. Sarcástica mueca dilataba las
líneas de la calavera, y atrás se veía una lejanía negra, negra y
sin límites.
- ¿Qué es eso? le preguntamos.
- ¿Eso negro? Es la nada para donde todos caminan, respondió, e
hizo añicos el rápido dibujo.
Pintado está Lázaro en esas expresiones y en este cuadro. El
artista pasó por medio del tumulto de los hombres armado de su
lápiz, con una queja siempre en los labios, con una constante
amargura, y sin esperanza de mejor fortuna ni de otra vida. Capaz
de los éxtasis de la belleza perfecta, de la concepción hermosa en
sus primeros años, el infortunio ausentó de su paleta los colores
serenos, de la punta de su lápiz la línea griega, de su inspiración
las figuras armónicas, de la naturaleza los modelos hermosos, para
dar campo, en todas sus formas, a la sátira amarga y aun a veces a
la ironía cruel. Lázaro descomponía la hermosura como puede un
joyero quebrar un diamante. Ponía miedo en el valor; hipocresía en
la virtud; traición en la amistad; atrevimiento en la flaqueza;
resignación en los celos; abatimiento en la esperanza; esperanza en
la decepción. . .
Hacía estrecha la frente herniosa, cárdeno el labio rosado, chapín
el "breve pie andaluz." Disponía a su antojo de
la deformidad, y estaban a su alcance todas las situaciones
ridículas. Pero su lápiz, que jamás cobró salario; su lápiz
independiente, no grababa la viva sátira, que condena a la burla y
al desprecio, sino cuando él creía que había justicia. Sus
caricaturas eran, casi siempre, la venganza solidaria de una gran
parte de la sociedad herida por faltas notorias que Lázaro
condenaba.
Cuando de noche se recogía en su boardilla, después de un recio
trabajo, por lo general infecundo, sacaba de todos los bolsillos de
su vestido hojas de papel, en que apuntaba ideas en forma de líneas
durante el día y las extendía sobre una mesa humilde de pino en que
estaban, aquí y allí esparcidos lápices y colores. Tomado algún
descanso, abría un enorme libro y trabajaba sobre hojas de grueso
papel hasta la media noche. Después de consultar el último apunte y
de ampliarlo en forma de caricatura, sobre una página del libro, lo
cerraba y dormía. Todas las noches, durante diez años, hizo lo
mismo, y a su muerte trabajaba sobre un tomo que tiene en la
portada el número 10 que le corresponde.
En un estante muy modesto estaban los cinco últimos tomos y
nosotros preguntamos a Lázaro:
- ¿Qué obra es ésa?
-Es un secreto.
- ¿Para todos?
-Tú puedes verla.
Abrimos el último tomo y nos sorprendió el lujo de inventiva y de
verdad. Ellos son la historia contemporánea del país en forma de
caricaturas. Las que teníamos a la vista eran las concernientes a
la evolución. Si no alcanzó el infierno de Dante al señor
Otálora, le tocó por lo menos el purgatorio de Lázaro Escobar. Esa
siniestra obra de perfidia está allí con sus incidentes cómicos y
grotescos. Una parte, sobre todo, que se puede titular Los
Misterios de la Comedia, caricaturas de los secretarios de
Otálora, no tiene precio, y entre ellas la de Laza Grau, que bien
puede llevar abajo este titulo: Laza, el
Picapedrero.
- ¿Esto lo publicas? le preguntamos.
-Cuando tenga dinero.
- ¿Y si no lo consigues?
-Que se pierda.
- ¿Pero dejas perder tánto trabajo?
-Esa es mi suerte.
Siempre en Lázaro la misma melancolía, el mismo desamor genial, la
misma indiferencia que lo siguió hasta sus últimos momentos.
El 1° se nos avisó que Lázaro estaba muy malo. Buscamos pronto un
médico. La señora de la casa había salido por el cura de Las
Nieves. A la una llegamos precipitadamente. La enfermedad hacía
progresos inusitados. El enfermo, empero, dormía.
-Y bien, doctor, ¿qué dice de nuestro enfermo? preguntamos al
médico.
-Es cosa de minutos, nos respondió. Que se le deje quieto.
El doctor tomó su sombrero y se fue.
-Oye usted, dijimos al cura que acababa de llegar: manda el médico
que se deje quieto al enfermo.
-Primero está la salvación, dijo el clérigo, y se acercó al
lecho.
Al ruido de sus pasos, Lázaro abrió los ojos. No se notaba en ellos
turbación alguna, aunque sí estaban amortiguados por las sombras de
la muerte. Nos reconoció al punto y tendió su mano flaca que
estrechamos llenos de emoción.
-Ya ves: esto concluye, nos dijo.
Su mirada giró en torno y se clavó en el clérigo:
- ¿Y usted qué quiere aquí? le preguntó con voz clara. ¿Cree usted
que tengo plata? ¡Ah, si soy Lázaro Escobar!
Como nada contestaba, Lázaro le señaló la puerta con su mano
débil:
-Caballero, puede ir usted a su iglesia. No gusto de pícaros y
menos a la hora de la muerte.
El clérigo salió maldiciendo.
-Quiero papel y lápiz, dijo el moribundo.
A pesar de la prescripción del médico, se le dio lo que
pedía.
-Será la última, murmuró, y su mano ya torpe hizo un esfuerzo sobre
el papel.
-Toma, nos dijo, es mi última voluntad.
Recibimos aquello y recostamos al enfermo sobre altas almohadas
para que respirara con me nos trabajo.
-Todo es inútil, balbuceó, con voz ininteligible.
Eran las dos: a las tres Lázaro Escobar había muerto.
Buscamos el papel que nos había dado. Era una caricatura extraña.
En el cementerio solitario, un poco de tierra removida, el cadáver
de Lázaro reía bajo el suelo, reía de diez generales cobardes de la
República que sembraban al rededor árboles de laurel. No puede
dudarse que esto era ya obra del delirio...
Un modesto acompañamiento depositó en el cementerio ayer el cuerpo
de este joven desgraciado con el cual pierde la Patria uno de sus
verdaderos artistas.
(La Actualidad, Enero 3, 1884).
