NARCISO GONZÁLEZ LINEROS


A este Senador se le conoce en su estilo, sin hojear los números de La Reforma, y. se le descubre como orador sin ir a las tribunas del Senado basta preguntar por la calle de Florián, seguirla hacia el Norte, y pararse en la esquina frente al almacén número 48. Allí, detrás del mostrador, sobre el cual hay rollos de papel para las paredes, se ve un escritorio antiguo y una silla en frente; sobre las tablas del escritorio hay periódicos manuscritos diseminados y sobre la silla está un hombre al cual no podréis distinguir al principio, porque la tienda es muy oscura y un ala de la puerta se mantiene casi siempre entornada. Entrad si os place, y mientras él os vende el último número de La Reforma, que has oído anunciar a gritos por los gamines, -con el estribillo invariable: "La Reforma número tal; ha salido este buen periódico noticioso y no vale sino cinco centavos, etc."- podréis examinarlo a vuestro gusto. Es un hombre maduro: de estatura mediana, de cuerpo ancho, de rostro lleno, con barba blanca recorta da, que sirve de marco al cutis de los pómulos y de la nariz rojo-desvanecido, con el brillo del tafilete; abajo de la frente, que es ancha, unos anteojos de vidrios gruesos; la cabeza calva, hasta la parte posterior, de donde se desprenden algunos haces de pelo blanco y negro, pero descuidados, semejantes a la cola de un ave muerta. Y si no queréis ir a la tienda número 48, paraos en las Galerías de la plaza de la Constitución, y lo veréis seguir hacia el barrio de Santa Clara, con paso largo y medido, siempre con un sobretodo abotonado y largo, con un cigarro en la boca, un paraguas debajo del braza y en la mano izquierda una llave y papeles. A nadie mira, a nadie saluda: los anteojos van hacia adelante y él parece que sigue a los anteojos.
Tiene la misma fisonomía en sus artículos y en sus discursos. En la prensa parece lleno de una gran convicción. Se la niegan algunos, pero a nuestros ojos aparece clara cuando lo vemos seguir inflexible una línea que él se ha propuesto continuar hasta el fin. Yerra muchas veces, pero muchas veces acierta, y cuando discurre, aunque lo haga sin fundamento, cierta tenacidad sincera lo releva de la ofuscación repugnante. En su periódico levanta una especie de soberanía adusta. El juzga por su propia cuenta, y condena y absuelve como le parece. Carece de la ternura pública, porque hasta sus agasajos revisten en lo escrito una forma dura. Tiene, sin embargo, debilidades cariñosas, como por ejemplo con el eximio Salvador Camacho Roldán, y las tuvo con el Presidente Zaldúa, aunque un poco menos espontáneas. Su inteligencia es ilustrada y parece que le son manuales las ciencias exactas, porque en mucho de sus razonamientos sigue con seguridad un procedimiento aritmético.
Habla como es y como escribe. Mientras los demás Senadores discuten, González Lineros se mantiene con la cabeza echada para atrás, en la mano un lápiz que de cuando en cuando lleva sobre una hoja de papel que tiene sobre el pupitre. Es la crónica que escribe para La Reforma, sobre el giro de los negocios del Senado. Si le toca el momento de terciar en la discusión, se para y se mantiene frío y áspero como un risco. Aparece como dictando un editorial para La Reforma.
Una antipatía profunda por el partido conservador mantiene a Narciso González Lineros en un terreno liberal visible en la prensa, y atrayente. Se puede asegurar hoy que él no haría un viaje en jovial compañía con los conservadores ni aun siquiera al rededor de su cuarto.
(La Actualidad, 1884).

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