Los dos se despidieron con sollozos. A los seis años, cuando Ortiz iba a vestir la toga, recibió una carta de Tunja. Le decía el padre de Julia:
"Ofrecí a la Virgen mi hija desde que era muy niña. Hoy es la esposa más feliz, porque e la es posa de Cristo."
Julia había profesado en un convento, y las personas piadosas corrían la voz de que era una santa. Cuando en 1863 se desterró a las monjas, D. José Joaquín Ortiz, herido en su antiguo amor, y en su espíritu sectario, la pintó en La monja desterrada:
De pie, sobre la popa de una nave
Que rompe la onda del cerúleo mar,
La faz enternecida, pero grave,
¿Dónde va esa mujer? ¡Ni ella lo sabe!
¿A Italia? ¿A Francia? ¿A España?
¡Donde quiera que llegue, tierra extraña
Sólo su planta logrará pisar!
Tenía, pues, el argumente: la mujer hermosa y amada que abandona las pompas del mundo y los amores, y tiene, bajo la protección de la Virgen, la virtud del olvido, para ser santa, y la perseverancia de la fe, para ser mártir.
Toda la actividad que es posible a los 69 años, la puso en ejercicio Ortiz para dar cumplido término al poema que en su imaginación se extendía como una epopeya. Al primer canto sucedió el segundo, y el tercero, y el cuarto, y el quinto, hasta el décimo. A principios de Enero le fue preciso descansar, porque principiaban a cubrírsele los objetos como con una capa de musgo.
-No es nada-respondía a los amigos que se inquietaban por su salud. -Me siento más fuerte que otras veces.
Como le preguntara un día Miguel Antonio Caro, por qué vivía tan retraído, le respondió:
-Trabajo en mi gloria y en mi salvación.
-Deus te audiat-murmuró el académico.
A fines de Abril sólo podía trabajar una hora diaria, y distinguía con inmenso trabajo los caracteres que trazaba su mano. A mediados de Mayo le era imposible encontrar la pluma y llevarla con acierto sobre la tinta; sin embargo, oraba y esperaba. La imagen de la Virgen de Lourdes se mantenía allí, en medio de sus floreros y de sus ramilletes, de pie, en el cuadro, sobre las primeras piedras de la gruta, escuchando las oraciones de Bernarda.
El trabajo, al principio de proporciones vastísimas, tuvo, por fuerza, que modificarse, y Ortiz se circunscribió a dar remate al poema por una invocación personal. Es uno de los más bellos trozos de poesía castellana ese en que el vate creyente pide humilde a una Divinidad rayos de luz para sus ojos apagados. El 28 de Mayo estaba concluida la última estrofa, y el 5 de Junio cumplía el poeta 70 años.
-Quiero comulgar en casa, el día de mi santo, y que estén mis amigos cerca-dijo a sus hijos.
Se avisó a los numerosos amigos de Ortiz y el Nuncio apostólico prometió oficiar.
La nueva se divulgó en la capital, entre las personas de iglesia, de que D. José Joaquín Ortiz había cegado; de que se le diría misa en su propia casa, y que se esperaba un milagro de la Virgen de Lourdes, que volviese la vista perdida al insigne escritor católico. El enfermo tenía momentos de abatimiento y momentos de alegría. Los hechos le probaban las previsiones del médico, pero la esperanza agrandaba en su alma el poder del socorro de la Virgen.
-Mi resolución está tomada, se le oyó exclamar. En uno o en otro campo, el triunfo sobre mi espíritu será completo.
Oraba más que de costumbre y el resto del tiempo permanecía pensativo.
-Que se llame al doctor Osorio, dijo a su familia el día 4.
-Está prevenido, le respondió uno de sus hijos.
El 5 a las diez de la mañana, la ceremonia de la misa había principiado. La escogida concurrencia de amigos atendía más a la vibración, todavía sonora, de las estrofas de Ortiz, leídas antes de la misa, que a la ceremonia religiosa. Sin embargo, todos estaban pendientes de los labios de Ortiz, porque la conclusión, la plegaria del vate ciego, la recitaría al mismo tiempo que el sacerdote levantara la hostia. Se aguardaba entonces el milagro. La campana del sacristán principió a dar los golpes acompasados; el sacerdote, con la cabeza inclinada, fue, poco a poco, levantando la hostia y Ortiz alzó el canto melancólico en voz cadenciosa y solemne. Cuando el sacerdote apuraba el cáliz, Ortiz dio fin a esta estrofa magnífica:
Palma de Nazaret, Virgen María,
Cual la ofrenda de Abel suba ligera
En vuelo fácil la plegaria mía
Al almo cielo, do el amor impera;
Y mientras luce el suspirado día
De abandonar la terrenal esfera,
No desampares al que gime triste
En este valle, donde tú gemiste.
A cada verso sus párpados se extendían, sus pupilas se dilataban en busca de claridad. Todos los ojos estaban fijos en el anciano. La misa terminó.... y él permanecía ciego!
El doctor Osorio y Proto Gómez se acercaron entonces.
-Es nuestra hora, dijeron a la concurrencia.
-No podrán más que Dios! exclamó el Nuncio.
Pronto estuvo el poeta tendido sobre una mesa de operar; la mano de los cirujanos cortaba hábilmente los cristales empañados de los ojos. Una hora pasó.
-Mire usted, mandaron al paciente.
El poeta dio un grito al ver la luz del día.
-Milagro! exclamaron los católicos.
-Sí! milagro de la ciencia, respondió D. losé Joaquín Ortiz.
Desde entonces es libre pensador.
(El Octavo Mandamiento)
Bogotá, Junio 14 de 1884.

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