Darío se fue al hotel que se le indicaba y a las ocho en punto
llamaron a su puerta. Era la Policía, y fue aprehendido en nombre
del Gobierno.
Fernando Escobar, el médico, que lo era del Capitán, general de la
Isla, había recabado de la autoridad que alejaran a Mazuera de
Cuba, pintándolo con los colores más escandalosos. Un buque que
hacía vela para Méjico, lo recibió a bordo y lo arrojó sobre las
costas de Yucatán. Allí fue fusilado. Hombre tremendo, murió
mártir.
- ¿Y sus últimos momentos? preguntó Vesga.
-Son un secreto.
- ¡Menos para mí! dijo un nuevo personaje que entró en la cámara.
Era el huésped del número 13 del Hotel Francés, que acudía a la
cita con un pequeño cofre debajo del brazo. Tomaba parte en la
conversación de improviso.
-Yo asistí, dijo, a los últimos momentos de Darío Mazuera, y
celebro que el giro de la conversación me ahorre preliminares.
Desde que la violencia española arrojó a Mazuera sobre las costas
de Méjico, yo fui su amigo. El era extraño a los acontecimientos
políticos y yo revolucionario.
Mi amistad lo arrastró al funesto desastre. Cuando le conocí, el
infortunio lo había probado amargamente, y una preocupación
constante mantenía su espíritu melancólico.
-Necesito tranquilidad para reparar las faltas de mi vida, me dijo
en una ocasión, confidencialmente.
Sus faltas no las conocía, no quería averiguarlas; era testigo de
sus buenas condiciones y me bastaba eso para estrechar su mano como
amigo.
En la prensa periódica atacaba con calor al Gobierno. El
Combate, periódico que tenía mi responsabilidad, contenía
artículos que concitaban a la guerra civil. Los beligerantes
castigaban con la muerte a los escritores enemigos. Mazuera estaba
de continuo en la redacción de El Combate: éramos
inseparables. El 14 de Agosto de 1868 la ciudad fue tomada por las
tropas enemigas y la imprenta cercada por la soldadesca, al mismo
tiempo que corregía, ayudado de Mazuera, las pruebas de mi
periódico. Se nos aprehendió como conspiradores y fuimos llevados
al cuartel. Yo adivinaba mi suerte y me preparé a morir.
-La vieja tenía razón, exclamó Mazuera.
El me había no se qué presagios de una adivinadora en París.
-Siento, agregó después, que Rafael Pombo tenga que acabar
trágicamente su nuevo Gil Blas, que imaginó en
Broadway.
Estas palabras no tenían para mí ningún sentido.
-Yo le había exigido los datos de su vida, interrumpió Pombo, para
escribir un libro con ese título, y él me los prometió con esta
frase que recuerdo perfectamente:
-Te los daré, o vivo o muerto.
El recién venido continuó: El cuarto que nos servía de prisión
tenía una ventana cubierta con fuertes hierros.
-Por aquí, dijo Mazuera señalándola, no seremos libres.
La puerta estaba asegurada con cerrojos pesados y al lado de afuera
se sentían los pasos de un centinela, y más allá la guardia.
-Dado caso que forzáramos la puerta, sería preciso matar al
centinela y rendir la guardia para ponernos en salvo, agregó
Mazuera. Es necesario, pues, entregar vencido el pensamiento, como
se ha entregado vencido el cuerpo.
Yo pensé entonces con más seriedad en la muerte. Único responsable,
debía ser el único sacrificado. Nada temía por mi compañero, porque
él estaba protegido por su doble carácter de extranjero y de
neutral.
La noche fue larga como noche de agonía.
Cuando dio el reloj las doce, sentimos una agitación muy viva en el
cuartel. Apliqué el oído a la cerradura y pude comprender que se
trataba de una marcha. Oí más, y me cercioré de que el Jefe tenía
noticias de la proximidad del enemigo y pensaba abandonar la
ciudad. Las órdenes se dieron, en efecto, y a las cuatro, el grueso
del Ejército desfilaba por debajo de nuestra ventana de fierro. El
Jefe de las fuerzas se había detenido, casualmente, en frente de
nosotros, hacia la mitad de la calle. Esperaba a un Ayudante que le
habla llamado la atención.
-Mi Coronel, le dijo éste, tocándose el kepis militarmente. Hay
parque en el edificio.
-Que se movilice.
-Hay prisioneros.
-Que se fusilen.
Y partió a galope.
El momento era supremo y quise hacer una revelación íntima a mi
amigo. Le dije:
-Usted es inocente y extranjero y no se atreverán a tocarlo. Mi
responsabilidad es ineludible y voy a morir. Oiga usted....y le
conté proyectos de felicidad que pronto iban a desvanecerse y en
cantos de amor prometido que acabaran en el sepulcro. Le mostré a
mi novia que hacía pedazos el ajuar de las nupcias y vestía paños
enlutados, y dije a Mazuera: Si muero, que sepa Isabel que son para
ella mis últimos pensamientos.
Jamás vi a Mazuera enternecerse, y en ese momento se enjugaba una
lágrima.
Al cabo de un instante de recogimiento, Mazuera se dirigió a
mí:
-No es el caso tan desesperado, dijo. Usted vivirá.
- ¿Cómo?
-De un modo muy sencillo:
- ¿Cuál?
-Usted dará mi nombre y yo daré el suyo.
Yo protesté
-Veo que no me comprende, insistió: usted dirá que es Darío
Mazuera, colombiano, y se le dejará libre; yo daré su nombre y no
se podrá probar mi identidad.
- ¿Y bien?
-Mientras tanto usted dará parte a la autoridad civil.
- ¿Y qué?
-Ella hará el reclamo.
-Es imposible. Sería una cobardía de mi parte.
-Entonces usted quiere perderse y perderme.
- ¡Oh, no!
-Pues bien: yo lo hago responsable de mi vida.
En este momento entró un pelotón de soldados.
- ¿Quién es Darío Mazuera? preguntó el sargento.
Darío me clavó una mirada suplicante y me dijo al oído:
-Por su madre, por su padre, por su novia, por su amigo...
-Soy yo, respondí, sin saber lo que decía.
-Está usted libre.
Darío Mazuera me abrazó, y puso en mi bolsillo una hoja de papel en
que había escrito algunas líneas en la mañana. Al sentirme libre,
pensé en la libertad de mi amigo. Volé a casa del Gobernador para
avisarle lo que ocurría: se me dijo que no estaba. Entonces corrí
al cuartel. Yo que ría llegar, pronunciar mi nombre y salvar a mi
amigo. Era tarde. Una descarga de fusilería llenó el espacio y
Darlo Mazuera había muerto. Después de algunos meses pude recobrar
la razón. La hoja de papel que puso en mi bolsillo era su
testamento. Miradlo.
Rafael Pombo tomó la hoja deshecha de manos del extranjero y
leyó:
"Si mi vida ha sido estéril, no lo será mi muerte, que
ella contribuye a la felicidad y al amor. Tenga como premio, a lo
que es más bien hastío que sacrificio, un bondadoso recuerdo.
Quiero que mis cenizas descansen en la Patria, cerca a las de mi
Jefe en la guerra de 1860. El cofre que guarda mis
Memorias, a Rafael Pombo; la noticia de mi muerte, a
Florentino Vesga.
Darío Mazuera."
-He venido, pues, a cumplir una deuda contraída hace 16 años, dijo
el huésped del número 13.
- ¿Y las Memorias? Preguntó Pombo.
-En este cofre.
- ¿Y las cenizas generosas del mártir?
-En la tumba de Julio Arboleda.
Así se explican las precauciones tomadas por Francisco Altamirano,
el célebre millonario de Yucatán.
(Las Memorias de Darío Mazuera están en prensa, y mientras tanto se
nos ha permitido tomar copia de algunos capítulos que verán
nuestros lectores en los próximos números).
(El Octavo Mandamiento, 1884)
