-Estoy a la disposición de ustedes, señoras, en cuanto me sea posible servirles, las dijo.
Sin darle tiempo para más, le interrumpieron casi en coro:
-Venimos a pedirle que suelten al santo padre Bisot. ¡A que lo suelte! ¡a que lo suelte!...
-Pero, señoras....
- ¡Lo suelta, seguían todas a un tiempo, o quedamos prisioneras de usted!
- ¡Pero, señoras!
-Y no nos iremos jamás! continuaban a una voz.
-Es que....
-Nos quedaremos aquí toda la vida, sí, sí, sí, que nos quedaremos.
-Bien, pero....
Las señoras siguieron importunando con su algarabía y Conto resolvió dejarlas hablar. Cuando, cansadas y anhelosas de una respuesta, callaron, él les respondió:
-Bien quisiera, mis señoras, complacerlas; pero la Constitución me prohíbe soltar al padre Bisot, de quien ustedes me hablan, y que es un santo.... En cuanto a que ustedes se queden, no me opongo; sólo sí que para mujeres tan buenas mozas no está la casa bien aparente.... Pueden ustedes quedarse aquí toda la vida, yo haré que las cuiden, y si ustedes me lo permiten les haré compañía.... Las acompañaré.... no más.
Dicho todo esto en un tono de desenvoltura tal y de sarcasmo que a medida que Conto hablaba iban ellas enrojeciéndose, y cada equívoco o reticencia les producía desvanecimientos. Corridas y azoradas, por el hecho de estar sin las demás, balbuceaban una que otra tímida súplica u observaban algo precipitadamente. Esto sólo les servía para empeorar la situación, pues de cada palabra tomaba margen Conto para decirles un donaire. Por último resolvieron irse, todas mohínas y desanimadas; tanto así, que no quisieron ni dar cuenta a sus compañeras del resultado de la misión. Por otra parte, ya las demás se habían ido, o entrado en las iglesias, y no quedaban sino las archienergúmenas, y eso, únicamente a la expectativa. Poco después de salida la comitiva de mujeres, entró el Obispo con los seminaristas y algunos clérigos tenidos como importantes. Bien recibidos por Conto, no lograron sino lo de las mujeres salir abochornados y verse reídos y burlados por los estudiantes, al regreso.
El padre Bisot -según cuentas- ya había salido de Popayán para Buenaventura bien escoltado, camino de su tierra; y el Presidente sólo se proponía llamar la atención hacia el cuartel -propalando falsas noticias- para que la marcha no fuera turbada por accidente ninguno, corno lo hubiera sido al proceder de otra manera. Esa tarde, y durante tres días, las señoras conservadoras mandaban al prisionero opíparas comidas -cada una un festín- que se recibían en el cuartel y de las cuales se aprovechaban los soldados.
Los días pasaron y la revolución pasaba a ser un hecho. Por ahí el... de Julio se pronunció al otro lado del Cauca el señor Francisco Mosquera, que había sido o de los libertadores de Cuba, uno de los pocos que regresaron vivos de la fatal expedición organizada por Cisneros y tan fuertemente criticado por la Prensa éste su Jefe y Capitán Araña. Con algunos hombres se pronunció, y dos o tres días estuvo dueño de algunos cerros, en los cuales estableció guerrillas. Después de un tiroteo ligero y sin mayores consecuencias, rindieron las armas y entraron prisioneros a Popayán, donde fueron entregados al General Sánchez, que tenía una tropa numerosa en el edificio del Colegio Mayor.
Por esos días se reunió una Democrática, y a ella asistieron los liberales más notables de Popayán o residentes allí. Hablaron Manuel Santiago Valencia, abogado y talento de renombre, Julián Trujillo, I. Cucalón, M. Garcés y otros más. Todos los discursos se aplaudieron y luégo la Democrática fue a saludar al Presidente y a ofrecerle sus servicios. Miembros nombrados por la Sociedad le dirigieron la palabra, contestando Conto con una magnifica improvisación.
Se principió poco después a reunir batallones, en que los estudiantes de la Escuela Normal nos alistarnos de los primeros, como soldados rasos. En vano fue el señor Rector a reclamarnos, porque, como puestos de acuerdo, lo echamos a una voz en horamala. Estábamos bajo las órdenes inmediatas de Conto y de Trujillo, este último era entonces nada más que Jefe de la plaza. Catedráticos y discípulos, todo en esa grata confianza con que despunta la vida militar. Armados de pequeñas escopetas ordinarias y alguno que otro privilegiado de fusiles de piedra -chopos- era tal nuestro entusiasmo, que nos creíamos in vencibles. Una noche hizo Conto que tocaran generala, seguramente para probar la calidad de los defensores de la ciudad, y más bien faltaron a su puesto los hombres de barba en pecho que los jóvenes voluntarios. No pensando en los odios que se alzan agrios por encima de las pasiones generosas, ni en los azares del porvenir, o si pensando en ellos, sin temerlos, cada uno de nosotros hacía ruido a la cabeza de una patrulla, sin miramientos a la calidad de las familias, a las in fluencias personales y poderosas; ni a nada otra cosa que nuestro deber y nuestro corazón. Así que, íbamos tan fácilmente a una iglesia como a una escuela, a la casa de un clérigo como a la casa de un agonizante.
Con lágrimas en los ojos dejé el Batallón, en que estaban mis amigos de los claustros, para ir al Valle, en donde había de enrolarme en las filas del poco tiempo después glorioso Ejército del Sur. El viaje fue sin tropiezo hasta Cali, en compañía de mi amigo Eugenio Colmenares, compañero íntimo en mis estudios y en mis calaveradas locas de los viejos queridos días de la infancia.
Se aproximaba el encuentro con los conservadores, que invadían el Estado desde los breñales de Antioquia, cuando llegué a Cali. Esta ciudad es el tradicional foco de las resistencias liberales, que se explican de bien sencilla manera. De tiempo muy lejano han gozado sus habitantes de ciertos fueros, que les dan independencia, como que hay cierto comunismo en pastos y en maderas, sumamente cómodo para las clases pobres, que lo aprovechan criando caballos, cabros y ovejas, y manteniendo vacadas que bien les producen lo apremiante para la existencia, así como recogiendo la madera para sus construcciones y el combustible para sus hogares. En tiempo de los conservadores, o no tenían esto, o se les ponían multitud de trabas enojosas. Además, casi la totalidad de los caleños eran negros o de color, que sufrieron en la época de la esclavitud mal tratamiento de sus amos; y tanto ésto como aquéllo los llevaba a la defensa del Partido liberal. Ya en este camino -que fue el de la mayoría- les ataron a las pasiones del Partido, las desgracias y los triunfos de sus Jefes. Luégo se han aquilatado en las largas luchas por la causa, y en 1876 estaba el pueblo de Cali incondicionalmente ligado a los destinos del Partido liberal. La Democrática, establecida desde 1848, o antes, había tomado-a la aproximación del peligro-un carácter resuelto, frente a frente a la Sociedad católica, que balo el influjo de los gamonales conservadores llenaba sus filas cada día con nuevos contingentes.
En pocos días se organizaron tres batallones de voluntarios, 5°, el 4° y el 3° de reserva, que partieron inmediatamente para los campamentos, a órdenes-respectivamente-de Francisco A. Escobar, Echeverri y R. Escobar.
Pudiera parecer que los hombres escasearan después de estas levas numerosas, pero muy al contrario: era asombroso ver cómo se improvisaban batallones allí todos los días. Conto decía en discurso a las tropas de Cali, que "esta ciudad, como el ave mitológica, renacía de sus cenizas." Y si la comparación era vieja, no por eso era me nos exacta.
Era Jefe entonces del tercer Departamento (que en departamentos se dividió el Cauca en la guerra), el Coronel Cesáreo Sánchez Martínez, valiente oficial en 1860, que señaló su actitud en el campo de Segovia; pero desgraciado y perdido por el abuso de los licores. Entusiasta y fervorosos yo fui a pedirle una colocación activa, e inmediatamente me hizo su Secretario, destino que acepte provisionalmente Primera y acaso única vez en que he probado la vida seria de oficinas, aunque allí no era del todo seria, porque el carácter Coronel Sánchez nos hacia pasar momentos muy divertidos. Los altos Poderes del Estado, el Presidente y su Secretario, vivían en Cali, y la actividad política de esos días era, como puede suponerse, sobrexcitante en extremo. Viriles disposiciones se tomaban contra el enemigo y los de ideas encontradas se desafiaban, esperando el día venidero como el completamente definitivo. Ya se sabía, en efecto que las tropas conservadoras adelantaban su marcha y que nuestro Ejército, acampado en San Pedro y sus cercanías, las aguardaría a pie firme para batirlas. Pasados algunos días, Conto y su Secretario marcharon para el Norte a unirse al Ejército y para allá fue también el batallón Zapadores, que llegó en esos días y que sólo se detuvo unas pocas horas en la ciudad. Conocí allí al Coronel Vinagre Neira, de noble y hermosa presencia, y afable y cortés con todo el mundo. Produjo un grande entusiasmo la llegada de este Cuerpo, así como la del Pichincha, que llegó uno o dos días después. Cuando los soldados desfilaban, el pueblo los seguía en grupos numerosos por las calles de la ciudad mujeres, especialmente, que se desvivían por servirles de algo Una cuadra arriba de la Merced oí, que al pasar los soldados, una negra, en un rapto de entusiasmo, e dirigiéndose a sus compañeras: " ¡Como nos llevaran, les serviríamos aunque fuera de voluntarias!" y daban gritos a una voz al Partido liberal y mueras a los conservadores. Había, con motivo tal vez de la ida del Presidente y del apresuramiento de los batallones de la Guardia, cierta sorda impaciencia, como si se previera un inmediato peligro.

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