El día 31 de Agosto, por la mañana, todo estaba quieto. Sólo el Jefe Municipal y muy pocos más iban y venían de la Oficina Telegráfica. ¿Qué podía ser eso? Como a las doce el ansia y la incertidumbre se leía en el rostro de los empleados públicos, señal de un grave pensamiento, que los más estaban muy lejos dé adivinar. Con mucha razón estaban inquietos y hasta espantados, porque los telegramas llegaban del campamento y daban las peores noticias. Ahora se había principiado el combate; ya el enemigo tenía más ventajas; ya nuestras tropas se reducían.... que vencen..., que vencemos. ¡Todo era in cierto! El último telegrama casi decía francamente que nos habían derrotado. Por esto principiaron las autoridades a organizar la resistencia o siquiera la seguridad de la retirada de nuestras tropas para Buenaventura. Pusieron presos a los conservadores más influyentes, dieron un alerta emboza do a las tropas y esperaron los acontecimientos, que se creían terribles. A las 3 6 4 de la tarde, en medio de la consternación de los que conocían las noticias, llegó el parte de la victoria, que hizo el efecto de una sacudida eléctrica en todos los habitantes.
La música tocó, y tocaron las campanas, a pesar del sacristán, y gritaron bandos en todas las esquinas, y se bebió y se peroró y se bailó. Las pobres mujeres, valerosas como heroínas antiguas, ni aun preguntaban por los deudos que tal vez habían muerto. El contento de esa tarde no tuvo sombra. Al día siguiente el hecho se particularizó; se supo más distintamente, y la ansiedad fue muy grande. Ya tras la palabra triunfo no se veía otra cosa que el campo de batalla con sus episodios atroces, y la idea de la muerte se unía a todos los pensamientos. Desde el día anterior, y mucho más ese día, las mujeres, los niños y los ancianos se fueron para el campamento a ver a los suyos. ¡Qué éxodo aquél de tan desgarradores episodios!
Muy poco, y no por nuestra voluntad, permanecimos en Cali. Al saber la noticia de la derrota de los conservadores, desesperada vergüenza discurrió por nuestro ser. La perspectiva de un peligro es tan aterradora como se quiera, pero más lo es la perspectiva de una burla por rehuírlo.
Desde el acto de la noticia, como llevo dicho, principió la población a desbandarse en caravanas más o menos numerosas para el Ejército del General Trujillo. Algunos amigos y yo logramos conseguir bagajes, y con sencillos atavíos corrimos como todos para el lugar del siniestro. A las 6 de la tarde del día 1° de Septiembre nos despedimos en Cali de los amigos, oímos las mil recomendaciones para los Oficiales y los soldados; que nos hicieran los que por cualquier motivo no podían marchar, y a todo el galope de nuestras cabalgaduras tomamos el derrotero de San Pedro. La noche nos cogió cerca del río Cauca, y en plena oscuridad comenzamos a atravesar las densas selvas de la otra banda. De cuando en cuando encontrábamos viajeros o mujeres que como nos otros se dirigían al campo de batalla. La luna bañó durante algunas horas las copas de los altos cachimbos y penetraba como una lluvia de plata por entre los carrizales y la entrelazada arboleda del camino. Las sombras movibles de los grandes árboles, al quebrar los rayos de Lucina, asustaban a nuestros caballos, y el canto de los que iban adelante dilatándose en los términos del bosque y muriendo en las profundidades de la soledad, se volvía tan extraño que hacía pensar en los genios de las selvas de las leyendas druídicas. Muy lejos, como un sordo aliento de la floresta, se oían rodar los grandes ríos que riegan esas comarcas, y de trecho en trecho los perros de las chozas ladraban triste y melancólicamente, y las aves de la noche revoloteaban de un lado al otro, mezclando sus gritos extraños a los mil tonos lúgubres de la oscuridad. De todas las veredas que cruzan el camino salían gentes a pie y a caballo, que después de enterarse de nuestra ruta, engrosaban la larga fila. Y todos callábamos. Sólo poniendo muy atento el oído se sorprendían tiernos diálogos entre las madres, las mujeres o los hijos de los que estaban en el campamento, llenos de unción, de amor y de esa incertidumbre que se anticipa al propio conocimiento de la adversidad. A veces los de adelante se detenían, porque alguna madre se había sentado a llorar, inconsolable, desgracias que presentía para los que le eran caros. Palabras de una atención extraña entre rudos y desconocidos, volvían la calma, aun que aparente, a su corazón, y la marcha seguía. Todos liberales, bien pronto fuimos una gran familia de hermanos, y en las pocas ventas abiertas a esas altas horas, cuando uno se paraba a comer o a beber algo, se hacía una obligación de convidar al resto de los viajeros, y con agradable complacencia el pobre probaba el regalo del rico y el rico el humilde manjar del pobre. Algunos compañeros míos, vencidos por el sueño, me exigieron que descansáramos unos minutos, como a las 2 de la mañana. Llegábamos a esa hora a Sonso, hermoso pueblecito, de los más hermosos aun por sus contornos. Nos bajamos y en los arrayanes de una colina amarramos las cabalgaduras. Luégo, extendiendo nuestros encauchados sobre la yerba húmeda por el rocío de la noche, dormimos una hora. Un diligente compañero nos despertó a las 4, y ya aparecía la aurora con la espléndida pompa de los valles del Cauca. Aprestamos nuestras caballerías, ya ligeramente repuestas, y antes de las 7 es tuvimos en Buga. Allí ya había multitud de soldados nuestros y de heridos de todos los partidos.
El anhelo era inmenso por ver el campo de batalla, anhelo que se había aumentado con las noticias que tuvimos a media noche en el río Amaime por dos Oficiales, que decían haberse batido y uno de los cuales mentía cobardemente. No era el uno Oficial sino Jefe, el Coronel Manuel Sarria, hijo del General Sarria, lancero legendario del tiempo de la Independencia y de las guerras civiles que siguieron en los años de la fundación de la república. Extraño me fue tropezar con Sarria a esa hora, a 7 leguas o más del campo de batalla, y me entró desconfianza de su valor al encontrar lo con Francisco Caldas; cobarde como no hay dos. Sarria había abjurado del liberalismo por instigaciones del Obispo, pero después se batió en los Chancos como buen liberal y fue a dar su vida, con Camilo Mendoza, en la Cuchilla del Tambo, no sólo valerosa sino heroicamente.
El sol arreció de una manera bárbara a las 8 y 9, cuando tomamos el camellón de la salida de Buga, y el calor era desesperante. Cada momento encontrábamos heridos en parihuelas y muertos que llevaban a enterrar a Buga en los hombros de los prisioneros. Mientras más nos acercábamos al campo de Los Chancos, más era el número de procesiones mortuorias con que tropezábamos. A un cuarto de legua ya se encontraban los primeros caballos muertos. A las 11 en punto llegamos a pleno campo de batalla. Con íntima efusión abracé a mi padre, Médico Mayor del Ejército liberal, que había secundado con su consejo y su coraje al General Trujillo y que ahora con su ciencia atendía solícito a los heridos...
NOTA- Este interesante escrito aparece de puño y letra del autor, pero sin fecha. Nos inclinamos a creer que data de 1878, y que fuera el primero de una serie en que consignara él sus recuerdos de la campaña terminada el año anterior, durante la cual acompañó a su padre, al lado del General Trujillo, hasta la rendición de Manizales, el 5 de Abril de 1877. Luégo de un corto viaje al interior de Antioquia, vino a estudiar a esta capital, y por entonces consignaba ya sus impresiones y recuerdos como para publicarlos algún día. Esta página vivirá, tanto por lo que tiene de personal del autor, como por la verdad y sano criterio con que juzga muestra el comienzo y caracteres de una de nuestras más encarnizadas guerras civiles. (El Editor).

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