Este último quiso curarlo de ese amor, por lo estrafalario casi fantástico, y empleó los buenos versos, que eran el único récipe adecuado para las dolencias morales de Candelario, porque acostumbró su inteligencia a comprender mejor lo que revestía los velos de la prosodia. Restrepo le dijo, enojado y cariñoso:
No más cantos, no más; si la hermosura
Por otro, no por ti, de amor suspira;
Si no hay para tu negra desventura
Una sola mirada de ternura
Que haga vibrar las cuerdas de tu lira;
Si tu alma de poeta su ambrosía
Esparce en las arenas del desierto;
Si tu eterna y tenaz melancolía
No ha de trocarse nunca en alegría;
Si náufrago tu amor no hallará puerto;
Si las flores que arrancas a tu mente
Para guirnalda de su sien de diosa
Son holladas con planta indiferente;
Si no ha de refrescar tu mustia frente
El rocío de su alma candorosa,
Echa sobre su cuerpo una mortaja,
Tóma las vestiduras de un querube;
Que del revuelto mundo en la baraja
Ella es la carne que al sepulcro baja,
¡Tú eres el genio que a los cielos sube...!
Esta valiente poesía le impresionó y lo hizo reflexionar. Las Lecturas para ti se acabaron y Obeso volvió a encontrar su asiento calmado junto al costurero de Zenaida.
Ya la he nombrado. Esta buena joven fue la compañera de Candelario durante catorce años. Cuando salió del Colegio en 1867 se encontró solo; muy lleno de proyectos, pero sin rumbo; con deseo de obrar, de agitarse, pero sin dinero, que es el aceite de la máquina humana. Su vida fue en breve borrascosa. El antiguo estudiante era una calavera de esos a quienes si el sol alumbra, la luna no desampara, con lo cual quiero nombrar a un redomado tunante. Sin embargo, la irritadora orgía no maleaba sus sentimientos, que eran incorruptibles, ni minaba su organismo de cíclope. El vino parecía ungir tan sólo sus músculos de atleta. Cuando Bogotá lo hostigaba, emprendía largos viajes en busca de mucho sol, de grandes bosques y de aguas caudalosas. Los viajes no agravaban sus gastos, porque los hacía a pie y sin dinero en el bolsillo. Un día el amor se le apareció en traje de dentrodera: una fresca muchacha del pueblo, de catorce años, respondió a los requiebros del negro, con esa esquivez sin arrogancia que es por donde principia el consentimiento. Los enamorados se entendieron y fundaron la casa que todos los bogotanos conocían bajo la razón social de Obeso & Zenaida.
Una aventura curiosa le ocurrió a Candelario al principio de estos amores. Zenaida trabajaba con su madre en una casa vecina a la de Rojas Garrido. En ese tiempo el grande orador figuraba como candidato para Presidente de la República, y su nombre era muy combatido. Obeso deseó una noche conversar con Zenaida, y como no disponía de las llaves de la puerta, resolvió dirigirse por los tejados al lugar de su amada. Escaló una tapia y anduvo por los techos con muchas precauciones. Se había quitado los botines para no hacer ruido y llevaba un revólver en la mano en previsión de ataque. Todo marcha bien un momento, pero al pasar sobre la casa de Rojas Garrido, los perros ladran, la servidumbre se levanta sobresaltada, el poeta deja caer el revólver al patio y emprende la fuga precipitada por el caballete de las casas, como un gato gigantesco, para ocultar no su crimen sino la vergüenza de su falta. Al otro día los amigos de la candidatura de Rojas publicaron la noticia de una tentativa de asesinato en la persona de este ciudadano, por odios políticos, y prometieron que los pormenores del siniestro plan los descubriría bien pronto la justicia. En efecto, los jueces se hicieron cargo del asunto. ¿Qué optar en este caso? Obeso tenía seguridad de ser descubierto, y se hallaba perplejo entre confesar el objeto de su extraña excursión nocturna, o declararse verdaderamente culpable. Lo uno, no era decente; lo otro, era estúpido. Tomó un tercer partido y se encerró en su buhardilla por tres días. Al cabo de ese tiempo salio de allí con un rollo de manuscritos debajo del brazo y se dirigió a casa de Rojas Garrido.
-Tenga la bondad de sentarse, le dijo Rojas.
¿A qué puedo atribuir el placer de esta visita?
Candelario tomó una silla.
-Maestro, respondió, me trae un asunto muy grave. ¿Es verdad que hace tres días intentaron asesinarlo?
-Es evidente, contestó Rojas.
-Y se conoce el nombre del responsable?
-La Policía está sobre la pista: se ha reconocido el revólver y de aquí a mañana tendremos entre las manos al asesino.
-Pues es lo que no sucederá, Maestro, repuso Candelario con voz grave.
Rojas miró a Obeso de pies a cabeza.
- ¿Qué dice usted? le preguntó sorprendido.
-Digo que no se buscará más al supuesto asesino, porque usted no lo ha de permitir.
-Nada comprendo, absolutamente.
-Pues lea estos papeles, dijo Candelario, alargando a Rojas el rollo de manuscritos; ellos le darán alguna luz.
Rojas Garrido leyó la carátula: "Que cosa sea el asesinato del doctor..., Novela que responde a ciertas cosas del día, por C. Obeso." Después, colocándose los anteojos, empezó a leer la primera página. De pronto arrojó sobre la alfombra las hojas de papel.
- ¿Usted se atreve?....
-Me atrevo, querido maestro. La justicia me está haciendo una novela y yo se la hago a usted; pero vengo a proponerle una transacción: nada más fácil para Rojas Garrido que hacer suspender una causa injusta, ni nada más sencillo para Candelario Obeso que volver trizas una mala novela. Conque así....
Como Rojas Garrido estuviera cada vez más sorprendido, Candelario le contó su aventura con todos los pormenores, y le dijo cómo, en último extremo, había resuelto escribir esa novela para que la victima intercediera por el culpable.
Lo oyó con atención Rojas, y poco después la causa y la novela de Obeso desaparecieron a un tiempo.
Ya en Santa Marta, con motivo de otros amores, estuvo en la cárcel treinta días, y para vengarse de sus enemigos escribió y publicó una novela que se titula: La Familia Pigmalión, de la cual se conservan muy pocos ejemplares, porque la recogieron los interesados con un cuidado solícito.
Al lado de Zenaida, Obeso trabajaba, para ganarse la vida, Gramáticas, Robertsons, Aritméticas, etc., etc. En una ocasión tradujo una táctica militar, que fue mirada con ojos piadosos por el Gobierno y produjo al poeta mil pesos de un solo golpe, con los cuales compró libros, muebles, flores, rancho, vino, linones y botas para Zenaida, y un vestido nuevo que estrenó con pompa y metiendo mucho ruido. Cuando las finanzas estaban en buen pie, como él mismo decía, la casa, del poeta adquiría holgura: los escaparates se llenaban de bujerías, el patio se engalanaba con tiestos de flores nuevas, la mesa era opípara y en los rincones de la despensa había rimeros de botellas de buen vino y de excelente coñac. Durante los largos periodos de insolvencia, la casa engalanada iba quedándose poco a poco vacía, porque todo pasaba a poder de los usureros: libros y ropa, joyas y muebles, las flores del patio y las pinturas de la pared, sin que quedara otra cosa que la máquina Doméstic que Zenaida volteaba incesantemente en el costurero, al compás de un cantar largo y perezoso, con que la cabeza de los pobres se desvanece en lánguida indiferencia. El mismo Obeso salía muchas veces con líos de ropa hecha por Zenaida, ya al comenzar la noche, para venderla por cualquier cosa o dársela en empeño a un israelita ladrón; volvía de continuo sin un solo real en el bolsillo, y colocándose sobre un cajón, su único taburete entonces, mojaba la pluma de oro que yo le había dado y que jamás quiso vender ni empeñar, y comenzaba o proseguía esos laboriosos trabajos didácticos de encargo, con los cuales conseguía ocho o diez pesos para hacer mercado los viernes.

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