Trabajaba con mucho escrúpulo; con un pudor literario enteramente virginal. Su pensamiento era maduro, sus frases ensayaban tres o cuatro vestidos antes de tomar la forma definitiva. Destilaba su idea lentamente como una rica esencia y retocaba y pulía el lenguaje hasta quedar satisfecho él mismo. Por donde se viene a comprender que era, si fecundo, sobrio; más bien calmado que bullicioso; de pulso tranquilo; el reverso de los literatos abrumantes, que escriben ochenta mil páginas y ponen la lengua y las ideas en bancarrota. Remolinos de viento, sin estilo ni dirección, a quienes toda la vida les falta el bautismo, y no pueden diferenciarse jamás de la masa gruesa y vulgar de sus consumidores.
Solamente un gran sufrimiento o un largo viaje interrumpían los trabajos de Obeso. La muerte le arrebataba sus hijos de pocos días de nacidos y sufría cruelmente. Cuando murió su último niño, estaba en la más absoluta miseria, a tal punto, que no tenía con qué comprar drogas, ni tuvo lo preciso para mandarle hacer un ataúd. Tomó al pequeñuelo debajo del brazo, envuelto en una sábana, y se dirigió a una agencia mortuoria. Solicitó un cajoncito fiado, y como se lo rehusaran, dejó en depósito el cadáver de su hijo, mientras iba a conseguir en la calle con qué pagar el ataúd. Después con el pequeño bulto debajo del brazo se fue al cementerio, relativamente feliz por haber conseguido una caja de cuatro pesos, diez reales que cuesta el derecho a un hoyo en el panteón y una cruz ordinaria de masera para señalar la sepultura.
El Gobierno lo nombró Cónsul en Tours, do veces, y fue a Europa en 1881. Se embarcó en tercera clase en un buque francés y llegó al Havre sin un real. Al saltar a tierra un golpe de viento le arrojó el sombrero a la mar, y hé allí al poeta sin blanca en el bolsillo y sin sombrero en la cabeza. Un compatriota, que hacía la travesía con él, le prestó con qué cubrirse; otro le facilitó un tiquete de ferrocarril, y al amanecer estaba Obeso en París, perdido en esa inmensa capital del mundo, solicitando por la casa de algún amigo que lo guiara en el enorme laberinto. Dio al fin con un paisano, que se alegró muchísimo de verle, y que lo llevó por la noche al baile público de Bullier, Allí pasó el negro por un brasilero, mercader en diamantes, y las cocottes que creyeron esta broma, se disputaban el honor de agasajarlo y de atraerlo. Una de ellas le cayó en gracia al millonario, quien la acompañó a su casa y se hizo el mejor de sus amigos. La muchacha creía hacer un gran negocio en sus relaciones con el brasilero; seguramente soñó con ajorcas de diamantes y puñados de oro; con viajes románticos a la América. y aun con un matrimonio fabuloso. Pasados cuatro días, quiso saber a qué atenerse y le mandó pedir en préstamo cuarenta luises. La respuesta de Candelario fue espantosamente lacónica:
-Hija, le decía: ¡estoy en la lata!
No faltó quien le explicara a la dama que esto quería decir que el supuesto comerciante era un pobre de solemnidad.
Al regresar a Colombia escribió su poema titulado LUCHA DE LA VIDA, que consta de 152 páginas. Estaba agotado por una disentería aguda y abatido por la miseria, de modo que muchas veces no podía comprar el vaso de leche cruda que so portaba su estómago diariamente. Bajo estos auspicios, esa obra terna que ser pesimista, y lo es mucho. Como poema dramático carece de combinación, porque Candelario no podía desarrollar con novedad y desembarazo un argumento complicado. Presentaba a la escena muchedumbre de personajes, con los cuales no sabía después qué hacer, y los eclipsaba a destiempo: o cuando empezaba a interesar al lector, o demasiado tarde. Por otra parte, LA LUCHA DE LA VIDA es un golpe de vista sobre la sociedad, bien penetrante, y la historia elocuente de los íntimos dolores del poeta. Sólo agregaré que pinta allí personajes reales, que yo podía señalar con el dedo, y cuadros fielmente transcritos de la vida bogotana.
En ese poema está ya determinado y persistente el hastío de la vida. El poeta, bajo el nombre de Gabriel, se queja amargamente de su suerte y aspira a morir con cierta especie de voluptuosidad. Se siente grande por la inteligencia, pero la piel negra lo quema como un baño de fuego, y entonces desmaya. ¡Infortunado poeta! Con su cuerpo negro y su cerebro resplandeciente, era un arrecife que se tornaba en faro.
En 1881 quiso suicidarse. Era muy de mañana cuando fue a buscarme a mi casa, con el pretexto de que se iba en ese día para el extranjero. Salimos a-tomarnos un trago de despedida y lo noté muy preocupado.
- ¿Qué tienes, Candelario? le pregunté.
-Estoy triste; ya se ve: es tan penoso dejar a Bogotá!...
Sentados, conversamos largamente. Cuando dieron las nueve en la Catedral me dijo que era hora de partir y me entregó una cartera.
-Consérvala en mi nombre, me dijo; la he comprado para ti, pero prométeme que no la abrirás hasta mañana.
- ¿Y por qué?
Es un secreto que adivinarás más tarde.
Se lo prometí como deseaba, y el me dejó por un momento para recibir en un almacén algo que necesitaba para el viaje. Yo tenia la cartera en mi mano y no pude vencer la tentación de abrirla. Me sorprendió lo que estaba escrito allí dentro: era la despedida del que se va a morir, un testamento formal que hacia Candelario. Me puse en la calle y precipitadamente fui a buscarlo. Al llegar á la primera de Florián oí el ruido de un disparo cercano, a media cuadra de distancia. Fui allá. El proyectil había desgarrado el techo de una casa y caía sobre la acera una nube de polvo que tapaba los objetos. Cuando el viento desvaneció el polvo, vi a mi amigo de pie, con un rifle en la mano, el rostro ensangrentado y parte del cabello ardido. Llegué a tiempo para arrebatarle el arma que quería usar de nuevo, porque no había acertado la primera vez. Lo llené de reproches, y él exclamó solamente:
- ¿Soy muy estúpido; debí apuntarme a la cabeza y no al pecho; otro día será!...
Ese día llegó, por desgracia, el 29 de Junio de 1884. A media noche se disparó en las entrañas una pistola rémington. Se sabe el resto. Tres días de dolorosa agonía soportados con un valor ínclito, nada de sacerdotes ni plegarias a la cabecera del lecho; su vida que se apaga en un beso sobre la frente de Zenaida; un modesto entierro civil, y en el panteón el número 322, que señala la tumba del poeta.
Candelario Obeso tomó la muerte por su propia mano en vez de esperarla calmado. "El libre muere ufano;" yo no le culpo, porque cada uno tiene el derecho de dejar la vida aunque sea por el escotillón.
Bogotá, 10 de Febrero de 1886.

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