Es lo mejor de Amelia el romance que vamos a copiar
íntegro, para que se aprecie cómo desarrolla un cuadro Epifanio y
cuánto vale su musa en la acción metódica y en el relato de la
leyenda:
Oíd, está tronando:
La tempestad se acerca;
Cuajada y tenebrosa
Se ve la nube densa.
Cual rubores de oro
Los rayos se descuelgan
Vibrando en el vacío
Sus amarillas lenguas.
Por el revuelto espacio
Las hojarascas secas
Sobre corrientes de aire
Remolinando vuelan.
Con estampido sordo
Derrama en las cavernas
Sus retumbantes ecos
La ronca tronamenta.
La silbadora nube,
De la borrasca recia
Por los mojados campos
Extiende el ala negra.
El águila batiendo
Sus alas altaneras,
Altiva y orgullosa
Se cierne en la tormenta.
Sobre la verde cumbre
De la pelada sierra,
Cabaña solitaria
En el azul blanquea.
Del amarillo patio
Junto a la parra nueva,
El encorvado anciano
De blanca cabellera,
Cercado de sus hijos
Sus oraciones reza.
Arrulla la paloma,
La golondrina vuela:
Con su bramido rudo
La tempestad se aleja.
Mirad! Por e! Camino
Que abajo amarillea,
Viajero solitario
Desciende hacia la vega.
Es joven: sobre el labio
Se le divisa apenas
El arqueado bozo
Que a despuntar empieza.
Alegre canta y suba
Canciones antioqueñas,
De aquellas que en la infancia
Las madres nos enseñan.
Cabalga blanco potro
De cola y crines negras,
Palomo tablaceno
De altiva descendencia.
(Un ágil campesino,
Jinete a toda prueba,
Le tuvo miedo el día
Que le estrenó la rienda).
Dejaron ya la falda,
Tomaron la ancha vega,
Galopa el potro. . . canta
El joven sus endechas.
Al brillo de la tarde
Relumbra la estribera,
El acopado casco
Herrado centellea.
Saltado brilla el ojo
Y fija el alba oreja;
La suelta cola al viento
Como plumaje ondea.
Se ve del otro lado
Del río, en la pradera,
Con sus paredes blancas
La habitación de Amelia.
Mirad! Tras las barandas
Se ven dos rubias trenzas;
Levántase una frente;
Dos ojos reverberan;
Se tiñen dos mejillas
De grana, rosa y perla.
Envuelta en amplias ropas,
Pisando adormideras,
Para la playa sale
La virgen antioqueña;
Parece blanca ninfa
De la gentil pradera.
Sus ojos ven a Carlos
En la anchurosa vega;
A Carlos, que de lejos
Salúdala por señas.
El potro galopando
Ligero al río llega;
Pero al pisar la orilla
Con rapidez voltea.
Las aguas van crecidas
Y turbias y revueltas;
Las encrespadas olas
Sobre la playa ruedan.
El atrevido joven
Al bruto hinca la espuela,
Y a la corriente turbia
Precipitarlo intenta.
En rápidos corcovos
Y en ágiles carreras,
Y dando resoplidos
El potro salta vuela.
El látigo rechina
Sobre las ancas tersas,
Se cubren los ijares
De rojas, lacres hebras.
Los ojos del mancebo
De cólera se inyectan;
De abrillantada lluvia
Los de la pobre Amelia.
En fin, en listos vuelos,
Cual ágil loca fiera,
El bruto va a las ondas
Abriendo campo en ellas.
Los ecos de dos gritos
Se juntan en la vega,
¡Adioses que dos almas
Se dan sobre la tierra!
Al viento va el cabello,
El blanco traje ondea;
La sonrosada planta
La grama mueve apenas.
¿Quién es aquella virgen
Que va por la ribera
Como ilusión que huye
Como ilusión que vuela?
¡Parece de los montes
Selvática Nereida
Que busca las espumas
Para mojar sus trenzas!
Como enlazados cuerpos
Que sin cesar voltean,
Por el revuelto río
Jinete y potro ruedan.
¡Adiós! Al pobre joven
Faltáronle las fuerzas. . .
Las ondas lo sumergen,
Las ondas se lo llevan. . .
El potro libre y solo,
Moviendo las orejas,
Soplando la corriente
Con la nariz abierta,
El anca sumergida
Y alzando la cabeza,
Cortando el oleaje
Llegó a la orilla opuesta.
Mi cómo pisa
Las pálidas arenas!
Las crines sacudiendo,
¡Miradlo cómo tiembla!
No hay astros en el cielo,
Oscura está la tierra:
¡Aquí y allá brillando
Cual lámparas viajeras
Asoman los cocuyos
Sus vividas linternas!
Con lastimero acento,
Con desgarrante pena
Aúllan tristemente
Los perros de la sierra.
Un ¡ay! lejano y triste,
Un ¡ay! que el viento lleva
Por el sombrío campo.
De rato en rato suena;
De playa en playa gime
Con clamorosa queja,
Como el postrer sollozo
De lira que se quiebra!
