Hizo la admirable campaña del Sur a órdenes del General
Trujillo, y uno de sus mejores poemas con la cortada de El
Nudo. Era allí infatigable, pero agitador y propagandista,
cual si continuara en e! campamento discursos interrumpidos en las
Asambleas, a la manera de los inspectores de ejército de la
Convención francesa. No sería esto lo más a propósito para la
disciplina, ni le hacía mayor gracia tal libertad al General
Trujillo, por lo que el Jefe e Isaacs se trataban a distancia. Bajo
su tolda, en los riscos de Miraflores y San
Julián, solía de tarde en tarde escribir una página o grabar
una estrofa en su libro de memorias.
Lo oí hablar luégo en las Cámaras Legislativas; vi apedrear su
hotel por las turbas regeneradoras, tres días antes de que un
guijarro feliz, tirado por los godos, le enseñara al doctor
Galindo, de un modo perentorio, la excelencia de las doctrinas
conservadoras.
Muchos años después (1886) Antonio José Restrepo y yo fundamos
La Siesta, con el objeto de hacer, so capa de un periódico
literario, una hoja política, y Jorge Isaacs buscó para nosotros
sus carteras de viaje por la Costa Atlántica, la Sierra Nevada y la
Goajira, y nos dio a escoger lo que a bien tuviéramos. Tomamos lo
que él quiso. Así es como La Siesta tiene un repertorio de Isaacs
que no posee ninguna otra publicación de la República.
Y cuando en 1887 me echaron de Bogotá, por anarquista o por
cualquiera otra cosa, puso en manos de mi madre una carta para el
poeta Justo Sierra, que nunca agradeceré lo bastante.
Antonio José Restrepo llegó conmigo. Mientras nos abrían la puerta
del Asilo, reparamos en una capilla que queda enfrente, adonde
llevan a los locos a oír misa los domingos, como si lo que no
entienden los racionales estuviera al alcance de los
enajenados....
Abrieron. En el patio había algunos infelices tomando el sol en
posturas ridículas. En el corredor se paseaban otros; de los
cuartos cerrados y del interior del edificio salía una vocería
confusa.
- ¿Dónde está Epifanio?-preguntamos al portero.
-Por aquí-nos dijo, y guió hacia la puerta del poeta.
Una celda desmantelada, con una cama por único mueble, en el suelo
desnudo, de tierra bermeja. Hacia frío allí dentro. Epifanio nos
recibió con amabilidad y nos rogó que tomáramos asiento en la
cama.
-Es lo que tengo aquí-nos dijo.
Le dimos las gracias.
- ¿Y cómo va de salud ?-le preguntó Restrepo.
-Estoy bien-respondió. -No me ha vuelto el ataque y puede ser que
no me repita.
Entonces reparé que había envejecido y que estaba extenuado. Hacía
cuatro meses lo había visto robusto y fuerte: con el pelo y la
barba rubios, la cara llena, los ojos azules, y en mangas de
camisa; se daba trazas en aquellos días a un obrero alemán sin
trabajo. Ahora lo barría la desgracia. Le trajeron una taza de
caldo, que tomó a sorbos, y luégo encendió un cigarro.
-Me entretengo fumando-habló en voz baja.
-No puedo leer ni escribir; eso me hace daño. Fumo y descanso del
viaje....
- ¿De qué viaje?
- Ah! ¿No lo saben ustedes? Yo vengo de descubrir otro Continente,
más allá del Viejo Mundo, donde no hay tabaco, ni candela, ni
periódicos; donde se usan unas monteras grandes y negras, y donde
vive Zaida, que se viste de las flores del jardín y es como una
rosa de Alejandría. Se llama la tierra de la Soledad;
desembarca uno en el puerto de Carpintero...
Deliraba, y le interrumpimos:
- ¿No ha vuelto a hacer versos?
Pareció fijar su pensamiento.
-A Yarumal llegarán unas catorce cargas con mis poemas. Es la
historia del mundo desde la creación. ¡Quién sabe si eso
guste!
-Vamos. Recítenos usted algo. Lo último que haya escrito; tenga
usted la bondad, D. Epifanio.
Lo último que había escrito eran dos cuartetos insignificantes, qué
no reproduzco. Pero en la conversación nos habló de El arriero
de Antioquia, un poema que tenía inédito.
-Es el arriero que ustedes han visto: fuerte, honrado, alegre, con
su camiseta al hombro y su arriador en la mano, maldiciendo y
cantando por nuestros caminos.
Logramos copiar este fragmento:
"Es lunes por la mañana,
Apenas va amaneciendo;
En el naranjo del patio
Ya chillan los azulejos.
"Sentado sobre una enjalma
Que está doblada en el suelo,
Aguarda con impaciencia
Su desayuno el arriero.
"Juana, su mujer, le trae
Chocolate en coco negro,
Con una arepa redonda
Y una tajada de queso.
"Muerde sorbe, traga,
Y sopla y sigue sorbiendo,
Y con el último sorbo
Le dice a Juana ¡hasta luégo!
Nuestro aplauso pareció agradarle, y fuímonos derecho a lo de
Isaacs.
-No lo conozco personalmente-nos dijo- pero he leído a
María mil veces. ¡Qué lindo aquello! "Una tarde,
tarde como las de mi país, engalanada con nubes de color de violeta
y lampos de oro pálido, bella como María, bella y transitoria como
fue ésta para mí..." ¡Ave María! Y qué triste aquello:
"Estremecido, partí a galope por medio de la pampa
solitaria, cuyo vasto horizonte ennegrecía la noche..." De
Bogotá me mandaron hace mucho tiempo un cuaderno de versos de
lsaacs con La Montañera, La Muerte del Sargento, De Antioquia a
Medellín, Río Moro... ¡Oh, Río Moro! Esa poesía es especial,
no se parece a nada de lo que nosotros hacemos:
"Vi al pescador de los lejanos valles
Tus peñas escalando silencioso,
La guarida buscando de la nutría
Y el pez luciente con escamas de oro."
- ¿Pero esto no es muy lindo? ¡Ave María! Yo querría conocer la
letra de lsaacs. ¿Les escribe a ustedes? Tráiganme las cartas:
guardo una de Vergara y Vergara; Quijano Otero también me ha
escrito. ¿Dónde está Isaacs? ¿Vive en Bogotá? ¿Es rico?
-Vive en Ibagué y es pobre.
A estas palabras se nos acercó como para decirnos un secreto.
- ¿Con que está pobre? Pues si ustedes le escriben, díganle de mi
parte que voy a recibir ochocientos bultos de mercancías francesas,
y que puede tomar de ellas lo que necesite, sin reparo.
Lo mismo les digo a ustedes.
Y decía aquello tan de corazón, con tal fe de caballero, que
sentíamos una profunda angustia por el noble enfermo. Antes de que
se engolfara en sus quimeras de comerciante, saqué del bolsillo un
canto de Isaacs.
-A propósito-le dije -aquí tiene los últimos versos de D. Jorge,
veamos qué le parecen.
Tomó el cuaderno con mucha curiosidad, vio la fecha y la firma, y
me suplicó que leyese.
-Desde el principio al fin del canto, se estuvo de pie oyendo con
suma atención e interrumpiendo con exclamaciones de gozo,
haciéndose repetir las estrofas, principalmente las descriptivas.
Entornaba los ojos para seguir los pensamientos intrincados, y
cuando encontraba una palabra extraña, nos preguntaba el
significado. Por el momento no estaba loco, sino muy cuerdo.
