POR EPIFANIO
DISCURSO PRONUNCIADO EN LA VELADA LITERARIO-MUSICAL DEL 5 DE AGOSTO
DE 1893, EN MEDELLÍN
Señoras y señores:
A estas horas de la noche duerme Epifanio Mejía, en su melancólico
retiro, el sueño visitado por la locura, que es el mayor tormento
de la vida humana. Cuando su nombre va aquí de labio en labio, él
yace aletargado, o fabrica en los ruidos de la noche el palacio de
sus quimeras. Hace catorce años que noches como ésta arropan con su
capuz esa pobre alma, y aglomeran sobre su ingrato destino las
tinieblas, precursoras indolentes del sepulcro. La luz de la mañana
baña en tristezas su calabozo solitario, y los arreboles de la
tarde se apagan en la vaguedad de sus pupilas azules. Ya no
canta:
"Serenas son mis tardes
Con arreboles;
Cargadas de silencio
Pasan mis noches,
Y mis mañanas
Bulliciosas y alegres
Llegan a casa."
¡Cómo están tristes nuestras montañas sin el gorrión familiar, sin
la golondrina errante, amiga del alero de la casa paterna! Allá
viviría y moriría el poeta; pero vuestra piedad reparadora se
anticipa a la muerte, invade con cariño el lugar de la penitencia
desolada, y despierta a Epifanio a vida nueva, en el lecho de su
miseria. La luz irá filtrando sus lampos en aquel cerebro dormido;
el pensamiento se pondrá en relación con los objetos a él tan
caros, y Antioquia tendrá otra vez, a la cabeza de su región, el
romancero de sus virtudes, de su belleza y de sus glorias.
Será vuestra esta resurrección, señoras y señores; os doy las
gracias por ello en nombre de la Literatura americana.
La Poesía, dice Quintana "sirve de atractivo a la verdad
para hacerla amable, o de velo para defenderla; enseña a la
infancia en las escuelas despierta y dirige la sensibilidad en la
juventud, ennoblece el espíritu con sus máximas, le engrandece con
sus cuadros, siembra de flores el camino de la virtud, y abre
templo dé la gloria al heroísmo.
Aventuraré algunas palabras, con perdón vuestro, sobre las causas
que han rebajado este alto concepto de la Poesía entre nosotros, y
tributaré mi modesto homenaje de cariño y admiración a Epifanio
Mejía.
Se advierte un tardío desarrollo o una prematura decrepitud en las
Letras colombianas, que se acomodan a asuntos extranjeros y
desdeñan el Parnaso que la Naturaleza nos abrió, delante de los
ojos, con el Descubrimiento, y el camino que la Libertad nos abrió,
delante de los espíritus, con la Independencia. Se prefieren las
viejas doctrinas, aun en presencia de los nuevos rumbos de la
Literatura, que la acercan a la tierra y dan a sus creaciones la
vitalidad del medio ambiente, y se vuelve la espalda a los raudales
aborígenes de nuestras costumbres. Y así, pueblos holgados sobre el
planeta, nos falta campo para movernos con nuestras fantasías;
sociedades venidas ayer a la libertad, cargamos con tradiciones
seculares del mal gusto, y huéspedes de la Historia contemporánea,
estamos rehaciendo la historia de las Letras; si no es que
exabrupto botamos al agua nuestro equipaje criollo, y somos como
mendigos a la puerta de los extraños, que comen las sobras de sus
banquetes y encienden las luces de sus fiestas. Es odioso este
papel subalterno de la Literatura colombiana.
En la distribución de los dones del Arte, si los pueblos guerreros
dan la Epopeya, si los pueblos viejos dan la Leyenda, si los
pueblos conmovidos dan el Drama, si los pueblos martirizados dan la
Elegía, si los pueblos coléricos dan la Tragedia, si todos elaboran
lo que les es propio, Colombia, en la América tórrida, tiene, para
dar de sí, la juventud, el paisaje, el encanto indiano, la vida
independiente, es decir, un escenario nuevo de hombres y de cosas.
Mas la Poesía conserva la esclavitud en sus carnes, la estremece la
selva virgen, tiembla en la vida libre, y renuncia al albedrío que
la hizo señora de su suerte. Desposeída de sus atributos, se rinde
y nada vale, porque el gran incentivo del Arte es la novedad, como
que provocar sensaciones nuevas, o fuertes asociaciones de ideas,
constituye el triunfo intelectual. El talento tiene de la
sorpresa.
Bastaría para la reivindicación americana del Arte, mirar en torno
nuestro y reproducir el paisaje "al través de un
temperamento," como quiere Zolá; repasar nuestras
sensaciones, y dar la conciencia colombiana; mirar hacia atrás y
repoblar el mundo muerto de los recuerdos indígenas; seguir en el
polvo las huellas de los padres de la Patria, y cantar con bordones
de acero el futuro que s entrevé para los pueblos libres. No sé
rechazaría el progreso cosmopolita, sino que nos serviríamos de sus
herramientas para nuestra obra, como el progreso se servirá de la
obra nuestra para sus nuevas conquistas. Hermosa perspectiva que
trunca en hora pérfida la tradición española!
Hablo a un auditorio patriota.
De aquí no se fueron todos los peninsulares, con las últimas cargas
de Ayacucho: quedaron algunos devotos del pasado colonia y, cuando
fue tiempo, levantaron en la Literatura el pabellón arriado en los
combates, como un medio de contener la expansión de nuestra
Democracia. Con la Academia, primero, y después con el sofisma
de
la Madre Patria, introdujeron el contrabando de antigüedades y
emprendieron el renacimiento arcaico. Se dejó sorprender el
patriotismo por la gramática, y retrocedimos nosotros, sin que
adelantara España, para darnos un abrazo con la Monarquía delante
de las naciones. El gran sollozo de Cuba, que rueda por las olas
del Mar Caribe a todos los hemisferios, como queja de sirena y
rugido de leona, no fue suficiente para detenernos. Y, ya véis qué
lejos hemos ido en estas y otras promiscuaciones culpables, cuando
un hombre engreído en el mando no se contenta con que tengamos a
Cervantes de Saavedra en nuestros escaparates, sino que quiere
darles un DUEÑO a nuestras Democracias.
Nos trajeron el habla de Castilla los españoles; yo no quiero
recordar cuánto nos costó este vocabulario, desde que los
Conquistadores arrancaron a los indios la palabra con la vida,
hasta que los Pacificadores clavaron en una escarpia la lengua de
Camilo Torres; pero ya que tenemos un idioma, bueno o malo,
aprovechémoslo en nuestros propios asuntos.
Por sólo hablar de un muerto y de un desgraciado, que no provocarán
protestas, diré que Gregorio Gutiérrez González y Epifanio Mejía,
representan entre nosotros la Lira nacional que se remoza en los
asuntos americanos y se conforta al beber los alientos de la zona
tórrida. Y como uno y otro se han distinguido en cantar lo
característico de Antioquia, con énfasis regional, dejadme en mi
entusiasmo que los salude, porque sus versos salvan el concepto de
la Federación proscrita!
Gregorio es el precursor, y a él se le debe glorificar el primero,
porque, solicitado a la vez por muchas tendencias literarias, y con
perplejidades inevitables al principio, quedó al cabo como poeta
esencialmente antioqueño, de manera que lo perdurable de su obra es
lo que reproduce o transparenta este pequeño mundo montañés donde
hemos nacido. Al sol de otro clima, al contacto de otros objetos,
su producción fue abundante y rica; pero cuando no convertía la
mirada al suelo natal, faltábale algo de la rúbrica con que
distinguió sus versos en la avalancha métrica de esos tiempos. Las
montañas fortalecieron su talento, dieron no vedad a su palabra,
color a su verso, extensión a su fantasía y proporción a sus
poemas. Gran parte de Antioquia está en su libro: la porción
amable, recatada y pintoresca del pueblo; el panorama solemne y
recreativo de la tierra, y los súbitos arrebatos y enternecimientos
de la raza. Por mí sé decir que admiro al poeta, no obstante lo
contencioso de su criterio y la porfiada flauta de la música de su
estilo.
Admiro el Cultivo del Maíz, que les dio valor poético en
Antioquia a las faenas de que vivimos, repudiadas o menospreciadas
por la literatura meticulosa; que despojó el paisaje de la
retórica, de la frase hecha, de la sentencia pseudomoral; que nos
dio la naturaleza descuidada como ella es, un cielo multicolor y un
bosque caprichoso, que pobló las faldas y las hondonadas de frescos
inmortales, y nos devolvió el maíz en canastilla de novia, que
enriqueció el Arte americano con retratos macizos de peones y de
aldeanos, y rompió las trabas del concepto sutil para acercarse a
la comprensión popular, por medio de imágenes nativas y de palabras
llanas. Por la obra de Gutiérrez González circula el alma de este
pueblo, su fuerza y su pasión por el trabajo; y las mujeres
comarcanas se mueven allí con un sello de nobleza y distinción que
jamás se les había dado. Fue un golpe decisivo para los versos
ceremoniosos, las pasiones falsificadas, la naturaleza apócrifa,
para todo el abarrote español de factura madrileña o mestiza. Al
perderse la balumba de ejercicios de ortología y métrica de los
pedantes clásicos, ¿a dónde fue los versos de Cultivo del
Maíz? Fueron a todas partes: subieron como galanes por escalas
de seda al retrete de las damas; invadieron a la sombra del jardín
los costureros; se sentaron en los grandes salones; loquearon entre
los chismes del tocador; fueron marmitones en las cocinas; se
mezclaron a las meriendas de las familias; y, huyendo de las
ciudades, recorrieron los campos, convidando los vecindarios al
trabajo y la energía, con sus notas estimulantes.
Epifanio siguió a Gregorio, como la cenefa al muro, como cuadritos
de dibujo limpio, de luz mermada, como de respiración contenida,
pero tan apegados a la tierra antioqueña, que son su aderezo de
fiesta, los zarcillos de esa Judía errabunda que Jorge Isaacs acaba
de requirir de amores como a una doncella del Viejo Testamento. Se
diferencian. Si Gregorio compara, el otro expone; si el uno se
expande, el otro se limita; si el de la casa de Aures traza grandes
círculos al aire libre, el del cortijo del Caunce se recata bajo
los árboles para acabar sus miniaturas, esmerilar y bruñir sus
joyas. Más fluyente el primero, más opíparo, más luminoso;
Epifanio, sosegado, tímido, confidente; los dos igualmente queridos
y saludados como heraldos de la Montaña.
