Se acostumbra en Colombia recibir lo forastero con proporciones
de aumento y reducir lo propio a tamaño insignificante, y así
tenemos un centenar de ídolos literarios que se refugian en nuestra
credulidad cuando fastidian en sus respectivos países. El carácter
de esta fiesta reivindica para el pueblo antioqueño el culto de los
dioses Penates y el espíritu de justicia.
No queremos ni necesitamos encumbrar nuestro poeta en picos
inaccesibles, ni decir de él lo que no sea con la verdad, porque
mañana caería de esa altura, y estaríamos nosotros desautoriza por
nuestras propias exageraciones. Pero lo proclamamos el primero de
los poetas sobrevivientes, como lo quiere el pueblo que ha recogido
sus canciones, las mujeres que suspiran sus endechas, y por los
fueros de su desgracia.
Además, los hombres distinguidos no son mayores ni mejores en
ninguna parte, y la Fama es un injerto de la inteligencia en la
multitud, que se da dondequiera. Estemos, pues; satisfechos de
nuestra admiración por Epifanio Mejía. El no ha combatido en las
rudas batallas, no ha escudriña do las pasiones humanas, los
problemas sociales, la Filosofía y la Historia. Todo ello está
aparte de su ingenio, y si comparece en sus escritos es de un modo
vago, como un recuerdo muy débil. Su ojo, hecho para los detalles
de la naturaleza, no se aventura en lo desconocido, y su mirada
fina, que distingue los matices de las hojas y de las flores, los
caprichos de las nubes y las tragedias de los nidos, se entorna en
la oscuridad y se cierra en lo recóndito. Así está bien; vale más
así que las Sibilas del desastre, que se emboscan en los versos
para explotar a los pueblos. Es un poeta sincero y honrado, que
está en el secreto de la tierra que ha trabajado con el sudor de su
frente.
Porque, señoras y señores, no lo ha sorprendido la enfermedad en el
ocio, ni de él puede decirse que no hizo provisiones para el
invierno. Lejos de mí avivar vuestros sentimientos caritativos con
el recuerdo de su vida de trabajador, por que sé que vuestra
compasión si ve, no distingue, y que para
vosotros la pena, por sí sola, justifica la dádiva; pero tiene
singular mérito un hombre que junta al carácter de artífice el de
obrero. No fue de los que hacen milagros con la aritmética, de los
que soplan sobre los billetes y los multiplican, de los que entran
por las puertas cocheras a los palacios de gobierno, de los que se
escurren a las tesorerías, de los usureros que exprimen la miseria
humana; sino que incorporó en la tierra el esfuerzo de muchos años
de su vida. Con el hacha en la mano ha recorrido los bosques que
nos pinta; Camino de la roza tropezó con el nido de La
Tórtola; abrió la fértil vega donde sacrifican El
Novillo; levantaron sus manos la casita del Caunce, cuyo
penacho de humo saluda a la casa de Aures de Gregorio; ordeñó las
vacas del Corral que nos deleita, y fue con queso de su al quería y
con pan de su troje con lo que aderezó El Arriero
Antioqueño su desayuno de chocolate en coco negro....
A los poetas encomiendan los pueblos la Belleza que quieren
transmitir a la posteridad, y que al fin es lo menos frágil en el
hatillo de la especie humana. El Progreso nivelará este lomo de
dromedario de los Andes, donde vivimos; la invasión de gentes
extrañas mezclará nuestras costumbres y confundirá nuestra lengua,
y, cuando esto suceda en los libros de Gregorio y de Epifanio se
encontrará una impresión del momento actual, que huye, hasta donde
ellos han podido grabarla. Poetas de esta laya no tienen sucesión;
ni hay que esperar que la tengan, en la correspondencia con la
naturaleza, tan expresiva como en Gregorio, tan candorosa como en
Epifanio, por que llegarán los poetas sometidos a otras influencias
y encontrarán el escenario ocupado por otros asuntos. La salud de
Epifanio es por esta razón de tánta importancia para nuestro
renombre y de tánta significación para las letras colombianas. Con
la pérdida de su razón se ha interrumpido la galería de sus cuadros
primorosos, que son una parte del gran lienzo de Antioquia, en el
que el Cultivo del Maíz da el fondo y otras obras son
pinceladas de maestros. Unos meses, unos días quizá, arrebatados a
la locura, nos servirán para encontrar el hilo de tántas creaciones
sepultadas en este cataclismo, u olvidadas en el descuido de tamaña
desgracia. ¿Qué no habrá tras de Amelia, iras del Arriero
Antioqueño, tras de Dos Julias, que casi estarnos a
punto de descubrir en la necrópolis de Epifanio? Veo llegar de
bulto esa procesión, hoy de sombras, en medio de flores campesinas,
música de las fuentes y colores hurtados de caprichos del amanecer.
Todo está allí, lo de arriba y lo de abajo: desde el minero en los
socavones, que vigila dentro de la tierra, hasta la
montañera en su cabaña, que luce sobre las alturas.
Oh! Ya se destaca la montañera, la doncella de tierra
fría, hacen y casta, con el zumo de las moras en las mejillas, los
negros ojos dulces y velados, ceñido el traje sobre las carnes
llenas, la montera en la cabeza, que le da al rostro una
grata penumbra. ¡Cuánto vigor en esa figura que decora las sierras,
que esparce fragancia de cultivos nuevos y tiene la redondez y
tersura del globo de la granadilla! Encantadora siempre: si viene
de la fuente, con el cántaro rojo a la cabeza; si pila el maíz a
compás alternado con el mancebo hercúleo; en la piedra de moler,
inclinado el pecho, con los brazos que vienen y van, con la espalda
que ondula, con el cuerpo que se mece rítmico ; al fogón donde se
cuecen los fragantes manjares rústicos, la mazamorra, los frísoles
y la arepa, con las candelas en el rostro y aguados por el humo los
negrísimos ojos; en la estera del costurero, junto a la
banqueta de la madre, que la mira adelantar el bordado en
el tambor, mientras repasa las ropas de la familia; o si
va al pueblo los domingos, con su mejor vestido, cuidadosa del
camino para no ensuciar los pies recién layados, tapada del sol con
el sombrero de paja, alegre por las compras que hará en la feria, o
sonriendo callada a visiones de amor, si tiene novio; y cuando se
engalana para recibir a su prometido, y el día aquel del
casamiento, si rompe el baile, si prueba el vino, si estalla en el
primer beso a su marido el amor prolífico de las montañas :de
Antioquia.
Es a él, a Epifanio, a quien se confía el menaje íntimo de la
familia antioqueña. Lo designa su género; lo queréis
vosotros.
Si esta fiesta contribuyera a fijar la jurisprudencia con respecto
al mérito, se vería un cambio saludable en la dirección de las
recompensas un cambio radical en el aprecio de las popularidades.
No sería el que quita, sino el que da, el aclamado: el que da de su
mente, o brazo, o bolsa, y menguarían la fuerza, el engaño y la
lisonja. El canto del antioqueño interpreta la pasión
nuestra por la libertad y revela estados íntimos de sentimiento
popular en los conflictos de las armas; cabe uno, en las primeras
estrofas, tal cual es, y halla en ellas la clave de lo que bulle en
la mente:
"Nací sobre una montaña;
Mi dulce madre me cuenta
Que el sol alumbró mi cuna
Sobre una pelada sierra,
"Nací libre como el viento
De las selvas antioqueñas,
Como el cóndor de los Andes
Que de monte en monte vuela.
"Pichón de águila que nace
En el pico de una peña,
Siempre le gustan las cumbres
Donde los vientos refrescan.
"Amo el sol porque anda libre
Sobre la azulada esfera,
Al huracán porque ruge
Con libertad en las selvas.
"El hacha que mis mayores
Me dejaron por herencia,
La quiero porque a sus golpes
Libres acentos resuenan!
"Forjen déspotas tiranos,
Largas y duras cadenas
Para el esclavo que humilde
Sus pies, de rodillas, besa.
"Yo, que nací altivo y libre
Sobre una sierra antioqueña,
Llevo el hierro entre las mano
Porque en el cuello me pesa."
Sabéis demasiado el origen humilde de estos versos, y bien: si no e
interpusieran la vanagloria y el mandato, ellos resonarían en los
cobres y las cuerdas de nuestras Bandas oficiales, por sobre ese
himno, de letra feudataria, que nada dice a nuestra razón, á
nuestra convicción, ni a nuestro entusiasmo.
Se han escuchado ya casi todos los versos populares de Epifanio
Mejía, y quiero, para concluir, llamaros la atención hacia un
contraste.
Vivimos pensativos y febriles en esta edad batalladora: cada
cerebro se excita con mil deseos fuertes, el no es un péndulo sino
una carga de fusil o una caldera de vapor; la pupila ahonda en los
cuerpos para ver los íntimos laboratorios; y, sin embargo, muchos
como yo, hijos de esta canícula intelectual, con aspiraciones a
zona más ardiente, para que maduren temprano los racimos de la
vida, protestamos que descansa el espíritu en la sencillez e
inocencia de estos versos; que nos bañamos con gusto en el remanso
de aguas cristalinas del poeta, y nos sumergiremos con él,
deleitados en la tranquilidad de las cosas que nos rodean, como en
retorno a la infancia y culto a los recuerdos, para seguir el paso
de carga de la existencia combatida. La Ciencia, la Verdad
filosófica y la República necesitan cantores, y los que respondan
al reclamo tendrán ovaciones en días no lejanos; pero sus frentes
caldeadas por el combate en la alta empresa, descansarán al amor
del follaje de Epifanio, bajo el todo saludable de helechos y
batatillas de su musa agreste.
He dicho.
