ESCENA III

(Alberto y el Conde se alejan por el bosque hasta perderse de vista. A pocos momentos bajan a la casa dos encapotados de negro, que todo lo observan y luego se descubren cuando han percibido que nadie pasa).
Emilio y Álvaro
EMILIO-Padre, qué fortuna para nosotros haber descubierto esta trama infernal; sin embargo, temo todavía por la vida de mamá. ¿Si estos pícaros la hieren en el coche?
ÁLVARO-No lo temas, hijo mío. Cuando fueron a llevarme la carta a Zaragoza, en que me avisaban que tu madre estaba de muerte; mientras hacía algunos aprestos de viaje, observé que al conductor se le había caído un papel del bolsillo, sin que ni él ni su compañero se percataran de eso, yo, con natural curiosidad y movido por no se que vago presentimiento de que eso me interesaba, lo recogí y fue allí donde supe, con todos sus pormenores, el horrendo crimen que prepara el Conde de Casa Roja. Decía que Antonio y Manuel darían el último golpe en la casa de Roja. Yo les pregunté a los conductores cuales eran sus nombres, y se llamaban Antonio el uno y el otro Manuel. No me quedó duda. Ellos eran los que debían atravesar mi pecho y matar a tu madre. Tuve un violento ímpetu de ahogarlos juntos entre mis brazos, pero me refrené, pensando que cualquier ligereza comprometería la vida de mi esposa. Entonces yo resolví llevar a cabo lo que tú sabes. Con tu auxilio y el de la Pálida quitamos los vestidos, las armas, los documentos, todo, a los bandidos; se les hizo confesar pormenores, y todo lo dijeron. Yo te ordené que vistieras las ropas de Antonio que tenía tu mismo ¿cuerpo, y yo tomé las de Manuel; felizmente, en virtud de esta argucia estamos aquí, frente a frente del Conde de Casa Roja, para salvar a María, tu tierna madre y mi esposa querida.
EMILIO-Ardo en deseos de acabar con estos bribones.
ÁLVARO-Aguardemos. El Conde no se salva él merece la muerte. ¡Oye! Ese hombre es un falso Conde; desde su niñez fue inclinado a los vicios más detestables, y cuando sólo tenía veinte años era temido en todo el país por sus crímenes. Estuvo en presidio muchísimo tiempo por falsificador de moneda; luégo se le enjuició por un asesinato; la Policía lo persiguió, pero en vano; siempre se escapaba. Decíase entre el pueblo que todas las noches salía a la ciudad a cambiar sus onzas falsas y que al rayar el alba se iba a una casa que tenía en la cumbre del monte; esta casa dizque es roja y por eso se le puso Conde de Casa Roja. Sea lo que fuere, lo cierto es que hace más de veinte años que huye de la justicia del Rey; pero por fortuna para España y para mí, hoy voy a aplicarle el castigo que merecen sus delitos, en nombre del Rey.
EMILIO-Decid en nuestro nombre.
ÁLVARO-No tal. Tengo orden de La justicia para aplicarla en nombre del Trono.
EMILIO- ¡Oíd! Suenan los pitos. Es hora.
ÁLVARO -Responded con vuestro pito, así como yo, para que nos crean alerta. (Tocan los pitos y se entran a la casa).


ESCENA IV

Alberto, el Conde, Dª. María, Emilio y Álvaro
(Alberto y el Conde conducen a Dª. María hacia la casa, envueltos cada uno en un negro capote. Emilio y Álvaro salen de la casa cuando lo marque la escena.)
Dª. MARIA-Confío, señores, en que los caballos de repuesto que tenéis no se demorarán.
EL CONDE-No, señora. Pronto estarán aquí.
Dª. MARÍA- ¿Y los guías?
CONDE-Aquí están. ¡Manuel, Antonio, salid!
EMILIO-Estoy pronto.
ÁLVARO-Yo también...
Dª. MARIA- (Aparte). ¡Qué cosa tan particular! Me parecen todas estas voces conocidas. A decir verdad, tengo miedo; pero es preciso que yo vea a mi marido antes de que se agrave, y todo lo arrostraré. (Dirigiéndose a todas). Pues que estamos ya preparados, podemos partir.
CONDE-No partiréis todavía; tengo que deciros alguna cosa. Dª. María, ¿conocisteis en algún tiempo a Roque Álvarez?
Dª. MARIA-Sí le conocí; y aun lo he oído mentar después bajo el título de Conde de Casa Roja, y al pueblo y a los pregoneros los he oído gritar bajo mis ventanas que era un facineroso....
CONDE- ¡Vos tuvisteis amores con ese malvado!...
Dª. MARIA- ¡Falso!
CONDE-Es verdad. Y en este mismo instante vais a temblar por haberlo desechado. Dª. María yo ese bandido (se descubre), y este puñal va a ser mi venganza (saca un puñal).
Dª. MARIA- ¡Perdón! ¡Piedad!
ÁLVARO-(A Emilio.) Tú en el corazón a Alberto, y yo al Conde.
CONDE-Para ti no hay perdón.
Dª. MARIA- (Gritando.) ¡Socorro! ¡Socorro!
CONDE- ¡Muere! (Levanta el brazo, y al mismo tiempo que Alberto alza el suyo para herir a Dª. María, Álvaro y Emilio se descubren).
ÁLVARO- ¡Alto ahí, miserable! (Cogiéndole el brazo al Conde y quitándole el puñal) Yo soy quien se venga. Vas a morir.
EMILIO- (Deteniendo el brazo a Alberto y clavándole un puñal.) iAsesino, muere! (Alberto da un ¡ay! tristísimo y cae de espaldas.)
Dª. MARIA- !Álvaro, Emilio! ¡Mi esposo, mi hijo! ¿Cómo os veo aquí? Dios mío, ¿será posible tánta felicidad en tal angustia?
ÁLVARO-Todo lo sabréis, vida mía; pero antes voy a acabar con este miserable.
Dª. MARIA-Álvaro, perdónalo como yo lo perdono.
ÁLVARO- iImposible! (Dirigiéndose luégo al Conde.) D. Roque, nada os puede salvar; así que, encomendaos a Dios si sois creyente.
CONDE- ¿Conque me pensáis matar alevosamente? ¡Y os llamáis caballero!....
ÁLVARO-Encomendaos a Dios, pues ya no os queda sino un minuto.
CONDE- ¡Ah, sois un cobarde que mata a un hombre desarmado en altas horas de la noche.
ÁLVARO- (Martilla una pistola y saca del bolsillo un papel.) Lo que os he dicho es la verdad. Mirad. (Le muestra la orden de la justicia para matarlo.) Yo os mato en nombre del Rey y de mi honra. (Le dispara la pistola y D. Roque da un ¡ay!, y muere.)
CAE EL TELÓN

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